martes, 5 de abril de 2016

Una "y" en busca de contexto (publicado el 17/3/16 en Veintitrés)

¿Qué es lo que define al periodismo actual? ¿La velocidad? ¿El cinismo de los periodistas? ¿La era de las imágenes? ¿La baja calidad? Probablemente todo eso pero sobre todo, lo que lo define, es la ausencia completa de contexto a la que nos invita y que puede ejemplificarse con lo que llamaré “la ideología detrás de las “y””. Aunque suene raro me estoy refiriendo efectivamente a la partícula lógica “y”, al conector que permite decir, por ejemplo, “Había una casa y un árbol” o “Fuimos al cine y a comer”.
Quien ha hecho énfasis en las “y” como uno de los elementos esenciales para describir el periodismo actual, o el modo en que el periodismo es determinante en la propagación del sentido común en sociedades como las nuestras, es el filósofo Peter Sloterdijk. Para el alemán “El “y” es la moral de los periodistas”. ¿Por qué? Porque lo que hace el periodismo es atomizar, separar la noticia y quebrar las relaciones entre las cosas; instalar que cada átomo, cada noticia, vale por sí misma y se inscribe en una suerte de cinta que las va exhibiendo de a una por vez. Todas valen una unidad y esa es la gran operación cínica. Porque afirmar que todo vale una unidad significa que la “y” ya deja de ser una partícula que permite adicionar cosas para transformarse en aquello que hace que las cosas se conviertan en iguales. Así, es igual la muerte de hoy, el hecho de corrupción de ayer, la pelea de la farándula de la tarde, el estado del clima para el resto de la semana y el partido de Boca. Todo vale uno, por lo tanto, todo vale lo mismo y en tanto tal solo hace falta separarlo por una “y”: hubo un asesinato hoy “y” un funcionario se quedó con dinero del Estado ayer “y” a la tarde se pelearon dos vedettes “y” mañana va a llover “y” a la noche juega Boca.  Esta falta de relación se enmarca en la ausencia total de una narrativa y de un sentido. No hay horizonte ni una línea de continuidad. Solo existen puntos separados sin contexto. En Crítica de la razón cínica, Sloterdijk lo explica así: “Una cosa es “una cosa” y en medio no permite nada más. Establecer contextos entre “cosas” supondría ideología. Por ello, quien establece contextos es despedido. Quien piensa debe bajarse (…) El empirismo de los medios solo tolera informes aislados, y este aislamiento es más efectivo que cualquier censura, ya que a menudo se preocupa de que aquello que está contextuado no aparezca coherentemente e incluso se encuentre con dificultad en la cabeza de las personas. Si no hay contexto ni relaciones cualquiera puede decir cualquier cosa.  Porque ese decir cualquier cosa, que tan bien se refleja en las entrevistas a Durán Barba por ejemplo, se basa en un vaciamiento de sentido de las palabras, una igualación por la que, justamente, todo vale lo mismo. ¿Qué importa decir que Macri es revolución y es de izquierda si inmediatamente nos informan que existe una señora que da de comer a 30 gatos en Villa Adelina y que un niño afgano quiere una remera de Messi?
Pero es más, la igualación y, con ello, el vaciamiento y la banalización de todo sentido, que en el periodismo se expone a través de las “y”, se puede trasladar a un fenómeno que está en pleno auge en los programas políticos de la Argentina comenzando el 2016. No se trata simplemente del “panelismo”, esto es, la instalación de que todo programa tiene que tener un conductor y unos panelistas que discutan sobre todo con indignación y espectacularizadamente; se trata de la cantidad de invitados que rodean al panelismo. En otras palabras, salvo excepciones que son vistas como anacrónicas, los programas políticos de hoy ya no llevan a una o dos personas para dialogar con el conductor sino que llevan al menos media docena de invitados que se suman a la ya media docena de panelistas. Asimismo, como se trata de programas extensos de, como mínimo, dos horas, los panelistas quedan pero los invitados van pasando y a duras penas pueden intervenir, en el medio del griterío, una o dos veces. Así, para locura de los productores, alguno de esos programas, de frecuencia diaria, puede llegar a contar con hasta 25 o 30 personas en escena durante una emisión. ¿Un programa en el que circulan los comentarios y las opiniones de entre 25 y 30 personas no es un culto a las “y”, a la igualación de la mejor y la peor opinión? Si más de dos docenas de personas salen a dar un debate televisivo en “los tiempos” de la TV, ¿es capaz el televidente de recordar qué ha dicho cada uno? Es más, probablemente, el televidente ni siquiera sepa los nombres de los involucrados.
Frente a esto, Sloterdijk le propone al ciudadano un utópico “retiro de los medios masivos” si lo tomamos en sentido literal, o una necesaria toma de distancia, un salirse de esa lógica para poder, desde la lejanía, reflexionar mejor. En sus propias palabras: “[Los medios de información] inundan nuestras capacidades de conciencia de una manera antropológicamente amenazadora. Efectivamente, hay que haber abandonado durante largo tiempo –quizás meses o años- la civilización de medios de una manera total y absoluta para a la vuelta, estar de nuevo centrado y concentrado, de tal manera que la renovada distracción y desconcentración que produce la participación en los modernos medios de información se pueda observar en sí misma. Visto desde un punto de vista psicohistórico, el proceso de urbanización e informatización de nuestras conciencias en la alianza de medios supone el hecho de la modernidad que más profundamente ha incidido sobre nuestras vidas”.
Para finalizar, lo interesante es, además, la conexión que Sloterdijk establece entre esta lógica del periodismo y el capital, conexión que, claramente, nunca debemos olvidar pues este tipo de periodismo es el periodismo propio de la era del poscapitalismo. En palabras de Sloterdijk: “El capital se puede leer tan a menudo como se quiera y no se habrá entendido lo decisivo mientras no se sepa por propia experiencia y se haya absorbido en la propia estructura mental y modo de sentir que vivimos en un mundo que pone las cosas en una relación de falsa semejanza, de falsa uniformidad, de falsa equivalencia (pseudoequivalencias) entre todas y cada una de las cosas, llegando así a una desintegración espiritual y a una indiferencia en la que los hombres pierden la capacidad de diferenciar lo correcto de lo erróneo, lo importante de lo que no lo es, lo productivo y lo destructivo…, ya que están acostumbrados a tomar lo uno por lo otro”.