lunes, 28 de junio de 2021

Estás equivocado pero te voto (editorial del 26/6/21 en No estoy solo)

 

Desde hace tiempo que una importante cantidad de argentinos ya no vota a favor de alguien sino en contra de otro. Este fenómeno, que no es estrictamente local, puede llevar a malentendidos y a errores de diagnóstico por parte de los ganadores. Para desarrollar mejor esta idea comenzaré por algo que resulta temerario cuando ni siquiera están determinados los frentes y los candidatos: voy a afirmar que, al día de hoy al menos, hay buenas chances de que el gobierno gane la elección de medio término. Lo muestran las encuestas más o menos serias pero sobre todo alguna mínima observación del comportamiento de los votantes en los últimos años. En otras palabras, si bien la pandemia en todos los países le ha pasado factura a las administraciones que tuvieron que enfrentarla, el núcleo duro del votante oficialista parece estar asegurado. ¿Alguien se imagina que el 37% que votó a Cristina en 2017 hoy votará otro candidato? Sería una tontería suponer que a ese 37% habría que sumarle automáticamente los 11% que había sacado Massa en esa misma elección pero, sin duda, en provincia de Buenos Aires, el oficialismo tiene un piso de algunos puntos por encima del 40% y es muy difícil que la oposición logre superar ese porcentaje. Ni siquiera parece probable que alcance el 41% que había obtenido Esteban Bullrich en 2017, número que permitió a JxC alcanzar un 42% a nivel nacional.

Asimismo, en CABA el oficialismo local arrasará pero no conseguirá el 63% que en 2017 habían sumado Carrió (con 51%) y Lousteau (con 12%). Seguramente pueda estar en un número que supere los 50 y que el Frente de Todos mejore una magra cosecha del 21% que en esa elección lo llevó a obtener 3 de 13 diputados. Así, en CABA es de suponer que el oficialismo nacional esté en un número más cercano al 30% que al 20%, y que allí pueda llevarse al menos un diputado más. Después se puede analizar provincia por provincia donde en algunos casos también se eligen senadores pero cuesta imaginar grandes sorpresas al día de hoy: oficialismo y oposición ganarán un diputado más o un diputado menos en cada distrito; quizás, por pequeña diferencia, algún distrito arroje una nueva mayoría en senadores pero no mucho más. El punto es que esas pequeñas diferencias permiten especular con que el oficialismo alcance la mayoría automática también en diputados porque son pocos los escaños que necesita. De hecho JxC ya está instalando el número fatal: “estamos a 7 diputados de ser Venezuela”. No se comprende por qué las mayorías en un congreso llevarían automáticamente al autoritarismo cuando parece que eso no ha sucedido en los 16 años que lleva el PRO dominando la legislatura porteña. ¿O es que solo devienen autoritarias las mayorías legislativas cuando pertenecen a espacios populares? Tampoco se comprende que está lejos de ser evidente que la parálisis del gobierno tenga que ver con la falta de mayorías en ambas cámaras. ¿Cuántas leyes no salieron por ese puñado de diputados que se necesitan? ¿Faltan diputados o decisión política? La respuesta no debería descartar la posibilidad de que estén ausentes ambas cosas.

Pero parafraseando a Silvio Rodríguez, quien cantara “Nadie sabe qué cosa es el comunismo y eso puede ser pasto de la ventura”, podría decirse que nadie sabe qué carajo pasa en Venezuela, ni en Nicaragua, ni en el seno del gobierno, pero lo que importa es encontrar un cuco y decirle a la gente que a través de un simple voto puede acabar con él. Más que políticos la oposición parece estar compuesta por alquimistas y no ofrece ninguna alternativa. Solo es activadora de temores y conspiraciones: viene el monstruo y no nos quieren dar la Pfizer. Eso es todo. Tratará de cambiar los nombres y buscará caras nuevas. El voluntarismo a-ideológico de “La leona” será reemplazado por los mensajes de la neuroayuda de Manes pero allí no hay ninguna pretensión robusta de discutir modelos de país sino solo ingeniería electoral. La apuesta es que al núcleo duro de votos se le sumen los desencantados del gobierno, aquellos que votaron a Alberto Fernández y hoy están arrepentidos. Los hay y son muchos pero de ahí no se sigue que vuelvan a votar a la oposición o se inclinen por opciones minoritarias. Por supuesto que, máxime en una elección legislativa, la polarización es menor y hay electores que apuestan a la posibilidad de que se alce con una banca algún espacio o candidato que no podrá ganar la elección, como fue en su momento Randazzo que, con sus 5 puntos, fue señalado como “el que le hizo perder la elección a CFK”. Pero no parecen opciones sustantivas o que se lleven una cantidad de votos decisiva. A la oposición se le puede ir algo por derecha si no logra acordar con los libertarios y al oficialismo algo por izquierda y por nuevas ofertas de peronismo más ortodoxo pero salvo algún distrito puntual parece difícil que la sumatoria de esos votos definan ganadores y perdedores de la elección. La clave es que aun cuando los desencantados con el gobierno puedan ser muchos, un buen porcentaje de ellos volverá a votarlo porque jamás votaría a JxC.

Y aquí volvemos a lo que les planteaba al principio. Existe la posibilidad de que un eventual triunfo del gobierno sea interpretado incorrectamente por el propio gobierno como una señal de que está en el camino correcto. Pero la paradoja es que aun muchos de sus votantes lo van a apoyar considerando que no está haciendo las cosas bien o, al menos, no las está haciendo según las expectativas que se tenían. A su vez, este tipo de voto no es exclusivo del oficialismo. También puede haber votantes en la oposición que consideren que el papel de sus dirigentes es patético pero los va a apoyar por el simple hecho de ser antiperonistas. No está ni bien ni mal. Pero en un escenario donde la polarización es tan fuerte y las alternativas no aparecen, hay una buena cantidad de votos que se ganan de esa forma. “Estás equivocado pero te voto porque los que están en frente son peores”, podría ser el resumen del razonamiento. Si esa lógica se aplica a elecciones legislativas es más que probable que se aplique a elecciones presidenciales y esa especulación es la que sostiene a algunos dirigentes.

Siempre se dice que la política debe escuchar el mensaje de las urnas pero ese mensaje es múltiple y complejo. Por eso yo agregaría un pedido más porque no alcanza con escuchar. Escuchar se puede escuchar un ruido pero lo que hace falta es interpretar y comprender correctamente ese mensaje. A veces un voto a favor no implica un apoyo al rumbo elegido.        

           

 

miércoles, 23 de junio de 2021

Los jóvenes y la política: del Eternauta al Joker (editorial del 19/6/21 en No estoy solo)

 

La transformación cultural que está viviendo la juventud es tan vertiginosa como los tiempos que corren y, en materia política, puede entenderse como el paso del Eternauta al Joker.

Se ha instituido al año 2010, tras la muerte de Néstor Kirchner, como el momento en que una masa de jóvenes se volcó masivamente a la política argentina. Esto incluía aquellos que rondaban los treinta y pico y que habían crecido con el discurso antipolítico propio de la gran despolitización de los años 90 que tuvo su éxtasis en el “que se vayan todos” de 2001; como así también a veinteañeros o sub veinte que encontraban en el kirchnerismo su primera experiencia “con la política”. Es una injusticia decir que ese fenómeno fue producido por la muerte del expresidente en lo que algunos llamaban “efecto luto” puesto que la interpelación a la juventud ya estaba dada y el hecho luctuoso solo aceleró y visibilizó lo que se venía dando. Sin embargo es real que la muerte de Néstor le dio al kirchnerismo y a esa generación un mártir al que venerar. Acorde a los tiempos, surgía un Nestornauta reproducido infinitamente al estilo Andy Warhol, el héroe era colectivo, la patria era el otro y la elección del 2011 se ganó con el 55% de los votos.

A partir de ese momento, comenzó una enorme campaña de estigmatización hacia ese sector y a cualquier militancia juvenil del espacio peronista se le adjudicaba la letra escarlata K y se la ubicaba detrás de “La Cámpora”, fantasma que llegaba para reemplazar al “comunismo” entre las pesadillas de la derecha vernácula. Fue cierto que La Cámpora como agrupación juvenil creció desde el poder aunque eso tuvo que ver con las circunstancias de su surgimiento. También es cierto que de repente ser de “La Cámpora” fue una suerte de moda entre los jóvenes, casi una tribu urbana con una retórica contestataria contra el poder real pero apoyada económicamente desde el Estado. El nivel de estigmatización fue feroz e injusto aunque también es verdad que por momentos se actuó con prepotencia y que solo algunos dirigentes de esa generación estuvieron a la altura de las responsabilidades; los que se acercaron por moda se fueron alejando, el kirchnerismo se fue desgastando y, para colmo, diseñó una ingeniería electoral inmersa en su micromundo. La patria era el otro salvo que ese otro fuese Scioli y por ello el kircherismo aceptó que sea candidato a desgano mientras, cantando canciones de Los Redondos, apoyó a Aníbal Fernández que no era un buen candidato para la Provincia por el enorme nivel de desaprobación que tenía. Era imposible perder contra Macri; era imposible perder contra Vidal. Por eso no había por qué bancar a Scioli ni a Domínguez en la Provincia en tanto ninguno de ellos era del riñón K. Pero llegó el cachetazo y cuatro años de Macri para hipotecar generaciones. Ese fue el golpe final de aquella experiencia y el comienzo de otra que en los últimos tiempos va ganando visibilidad. Me refiero al fenómeno de jóvenes, en algunos casos adolescentes, que se han volcado masivamente hacia posiciones conservadoras, de derecha y libertarias. Aquí no hay mártir ni héroe colectivo; tampoco militancia territorial; es un universo completamente nuevo impulsado con enorme potencia a través de las redes sociales, los influencers y el mundo gamer. El Eternauta devino Joker.

Se los llama reaccionarios porque lo son. En otras palabras, son el efecto de una reacción contra algo y en ese sentido podemos decir que se trata de un fenómeno que trasciende nuestras fronteras. Porque sucedió en Estados Unidos cuando muchos jóvenes emergieron “de la nada” para apoyar a Trump y ha sucedido en otros países de Europa donde, de repente, espacios de derecha enormemente agresivos y jugando al límite como desde hacía mucho tiempo no ocurría, han ganado relevancia política. Las posiciones radicalizadas los hace fácilmente estigmatizables y la dificultad que tienen para insertarse en la vida política a través de las instituciones tradicionales hace que los analistas los desprecien o los estudien casi como un fenómeno antropológico. Así, se los suele reducir a un grupo marginal, racista, misógino y homofóbico sin tomar en cuenta que aun cuando efectivamente algunos de ellos puedan serlo, estos espacios están expresando también un enorme descontento en sectores a los que las políticas identitarias y la agenda contra el cambio climático les resultan temáticas como mínimo alejadas de sus necesidades inmediatas, para decirlo de manera benevolente. Entonces ya no hablamos de los hijos de los empresarios ricos defendiendo fascistamente sus intereses de clase; hablamos de hijos de trabajadores que no pertenecen a ninguno de los grupos considerados minoría y están hartos de un capitalismo financiero que impone condiciones de manera global afectando su vida, esto es, la de las capas medias y bajas. Al igual que en la película protagonizada por Joaquin Phoenix, quienes salen a realizar protestas masivas son jóvenes con caretas de payaso para representar su hartazgo frente a los poderosos y a una casta política que no resuelve sus problemas. Los titulares de los diarios hablan de “Payaso justiciero contra el poder” y se llama a matar a los ricos tal como el Joker hacer en el subte cuando tres yuppies aburridos comenzaron a hostigarlo gratuitamente.  

Es que a diferencia de la prédica anticapitalista de las izquierdas o los espacios populares, estos sectores reaccionarios entienden que la salida es individual y que hay una asociación entre ese capitalismo global y los Estados con políticas socialdemócratas que en el plano cultural abogan por una destrucción total de las identidades que, en momentos de crisis económicas especialmente, son refugios esenciales para los individuos y las comunidades. Esta nueva derecha es antisistema, entonces, porque observa que el sistema está cooptado por un progresismo que impone condiciones de vida de manera global. Y reacciona canalizando esos sentimientos como puede e incluso a veces a través de expresiones políticas caricaturescas y que nadie imaginaba que podían llegar a gobernar. De hecho, el Joker es un enfermo mental que se declara “apolítico” pero es quien desde su historia personal desata una revolución en las calles. Nunca mejor dicho en este caso: lo personal es político.

En general, los análisis de izquierda y populares apuntan a mostrar que se trata, en el mejor de los casos, de desclasados que no conocen su interés objetivo de clase. Y puede que en parte así sea; pero también puede que haya que reflexionar acerca de por qué amplias mayorías se encuentran cada vez más incómodas con el estado de cosas y no se ven representadas por opciones de izquierda. Porque estas mayorías padecen la precarización, la corrupción, la falta de trabajo, la inseguridad, la violencia policial, la falta de horizonte y el desprecio por sus creencias, sus costumbres y hasta por su modo de hablar; se trata de amplios sectores de la población que podrían apoyar la intervención estatal pero observan que ésta está siempre dirigida a otros. Siempre hay otro que aparece como minoría y está delante de ellos al momento de la repartija que nunca llega. En Estados Unidos fue claro cuando de repente se observó cómo la mayoría de los trabajadores acabó apoyando al partido republicano; en Brasil sucedió algo parecido cuando el grueso de los trabajadores y las clases populares le dio la espalda al PT a pesar del éxito de sus gobiernos al momento de bajar drásticamente la pobreza. La novedad está, entonces, en que el giro de las izquierdas y los espacios populares hacia una agenda fragmentada que pasa por alto las exigencias de las mayorías, ha dejado el campo abierto para que sectores de una derecha recalcitrante puedan aparecer como representando un clamor que tiene legitimidad y que, sobre todo, está adoptando una épica. “Todos somos payasos, maten a los ricos”, reza uno de los carteles en la película. Y para esta derecha, que es confusa ideológicamente y que incluye sectores que históricamente estuvieron separados como conservadores y liberales, esos ricos pueden ser los grandes magnates del capital financiero tanto como la casta política o el funcionario de turno.

Los roles, entonces, parecen estar cambiados. Si la rebeldía, la interpelación, la libertad y hasta la alegría siempre estuvieron asociadas con la izquierda que luchaba contra el statu quo, el conservadurismo, la represión y el oscurantismo, hoy encontramos que es la derecha la que se rebela contra un sistema en el que el statu quo cultural es progresista. Efectivamente, son los espacios del centro a la izquierda los que llaman a permanecer encerrados, a postergar la felicidad, a manejarnos con cautela, a cuidarnos, a endiosar el relativismo y a protocolizar la vida en nombre, ya no de un posmarxismo, sino de un neopuritanismo que se las ingenia para justificar cancelaciones y escraches. Hay buenas razones y causas nobles y sensatas en esta agenda, especialmente durante un momento de pandemia donde hubo que lidiar contra antivacunas y terraplanismos varios, pero también se puede hacer el ejercicio y observar que todas estas propuestas están asociadas a valores que caracterizaban al statu quo que defendían las derechas hasta hace muy poquito tiempo.

Hoy es la derecha la que dice “prohibido prohibir” y la izquierda la que establece la lista de lo prohibido. El mundo parece patas para arriba. Ya no discutimos individualismo versus colectivismo. Ni siquiera sabemos bien qué estamos discutiendo. Apenas somos espectadores, con una careta en la mano, dedicados a observar qué nuevo payaso hará la revolución.  

  

jueves, 17 de junio de 2021

La muerte de la Ilustración: del “atrévete a pensar” al “atrévete a reclamar” (publicado el 10/6/21 en www.disidentia.com)

 

Mucho se viene hablando en los últimos años de la infantilización de la sociedad occidental asociado al culto a la juventud y al desprecio por la vejez. Efectivamente, si bien jóvenes ha habido siempre, este fenómeno se coronó en el mayo del 68 cuando la juventud irrumpió como sujeto político para establecer una querella generacional de la cual salió victoriosa. Hoy todos queremos ser jóvenes pero lo más interesante es que ese deseo va más allá de la cuestión estética. En otras palabras, no se trata solamente de emular a través de cirugías o tratamientos las bondades que la biología depara a la juventud sino de algo que no se deja ver fácilmente en la superficie. Me refiero a la necesidad de abrazar una serie de valores y actitudes asociadas a la infantilización y en franca oposición a los valores ilustrados que constituyeron occidente en los dos últimos siglos.

A propósito, en “¿Qué es la ilustración?”, un brevísimo artículo publicado en 1784 en un periódico de Berlín, el filósofo Immanuel Kant respondía a la pregunta de la siguiente manera:

“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía del otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo sin la tutela de otro. ¡Sapere Aude! [¡Atrévete a saber!] Ten el valor de servirte de tu propia razón: he aquí el lema de la ilustración”.

A fines del siglo XVIII, en un claro intento por avanzar en un proceso de secularización que se apoye en los valores que emanan de una razón universal, Kant nos está diciendo que debemos atrevernos a pensar por nosotros mismos, a abandonar todo tutelaje, sea de la religión, un libro o lo que fuera. Claro que, agrega, los tutores van a decirnos que no estamos preparados y van a meternos miedo; y claro que será enormemente difícil hacerlo porque esto de dejar que otros piensen por nosotros, dice Kant, se ha transformado casi en una segunda naturaleza, sobre todo porque es muy cómodo no estar emancipado y que la responsabilidad de las decisiones recaiga sobre los otros.

Pero detengámonos un momento en esta idea de “emancipación”, que en distintos sistemas jurídicos del mundo suele estar asociado justamente a aquello que sucede cuando cumplimos determinada edad. Estar “emancipado”, en este sentido y al menos jurídicamente, supone un punto de inflexión para ingresar en la adultez, es romper con la tutela de los padres, dejar de depender y asumir enteramente las responsabilidades de los propios actos.

No casualmente, 200 años después de la publicación de Kant, el filósofo francés Michel Foucault, en un artículo que lleva el mismo nombre que el del prusiano, afirma que, para Kant, la ilustración “es un proceso que nos saca del estado de ‘minoría de edad’” y que por “minoría de edad” debe entenderse, justamente, el hecho de aceptar la autoridad de otro al momento de tomar decisiones.    

Como bien observa Foucault, para Kant, salir de la minoría de edad es un hecho pero es también una tarea y una obligación. En otras palabras, el fin del siglo XVIII, con Federico II dando libertad en materia religiosa, no es una época ilustrada pero sí una época de ilustración en la que se está comenzando con el proceso de abandonar la minoría de edad aunque su consecución todavía esté lejos. De aquí que la idea de ilustración aparezca más bien como un proyecto cuyo cumplimiento es una obligación.

Si bien está claro que hoy tampoco hemos alcanzado la mayoría de edad, incluso podríamos contentarnos con algo que Foucault menciona en su artículo y refiere a la modernidad como una actitud antes que como un período histórico. Dicho de otro modo, lo que caracterizaría a la modernidad (y a la ilustración), más que una serie de hechos que pudieran ubicarla entre una fecha y otra de nuestro calendario, es una actitud crítica sobre la realidad. Eso es la modernidad y la ilustración.

Dicho esto, entonces, cabe retomar la idea de infantilización de occidente para observar que, como les decía algunas líneas atrás, no solo el proyecto kantiano de atreverse a saber y abandonar la minoría de edad no se ha cumplido; tampoco goza de buena salud la actitud crítica tan propia de la modernidad que establecía Foucault. Esto plantea que la crisis es bastante más profunda de lo que imaginamos porque no se trata simplemente de otorgarnos más tiempo para la consecución de un proyecto. Se trata de haber cambiado radicalmente el proyecto. Hoy no es un valor ni un objetivo de la sociedad abandonar la minoría de edad ni todo tutelaje. Por el contrario, la competencia por la victimización y la creación de nuevas generaciones de jóvenes autopercibidos vulnerables, hace que no se busque la emancipación sino perpetuar la demanda contra los tutores. El “Atrévete a pensar” deviene “Atrévete a sentir” para luego coronarse en un “Atrévete a reclamar”. Es que como el eje está puesto en los sentimientos y son ellos los que constituyen la identidad, las opiniones adversas no son vistas como parte de un juego democrático o un uso de la razón pública sino como una agresión por la que alguien debe pagar. El otro no es un ser racional sino un deudor por el solo hecho de que yo lo considero así. La relación acreedor-deudor es determinada voluntaria y unilateralmente. Por eso de la búsqueda de libertad y autonomía pasamos a la necesidad de protección. Si vivir una vida en el mundo real nos daña, la responsabilidad no estará en nosotros sino en el tutor que no nos protegió en cualquiera de las formas que este tutor venga, esto es, Estado, padres, etc. La culpa siempre la tiene el otro o el victimario que nunca es circunstancial sino esencial y eterno. La apelación a la razón es mal vista; la pretensión de objetividad es fascismo; exigir responsabilidades es ser de derecha. Les estamos diciendo a los jóvenes que, si no se realizan, la culpa la debe tener alguien o, lo que es mejor, el sistema que seguro está representado por alguien que es el enemigo y el responsable de todas sus frustraciones.

Como indica Robert Hughes en el ya clásico La cultura de la queja:

“El numero de americanos que sufrieron malos tratos en la infancia y que gracias a eso deben ser absueltos de culpa por todo (…) puede equipararse al de quienes (…) aseguraban haber sido en una vida anterior Cleopatra (…) Parecer fuerte puede ocultar simplemente un tambaleante andamiaje de “negación de la evidencia”, mientras que ser vulnerable es ser invencible. La queja te da poder, aunque ese poder no vaya más allá del soborno emocional o de la creación de inéditos niveles de culpabilidad social. Declárate inocente y te la ganas”.

Este contexto, que Hughes ya describía en las conferencias que darían lugar al libro mencionado en 1993, hace que más de dos siglos después del llamado a atreverse a saber hoy nadie quiera saber nada ni nadie quiera ser mayor de edad porque eso automáticamente lo ubica en el lugar de responsable. A fines del siglo XVIII lo revolucionario era pensar por nosotros mismos, alcanzar la mayoría de edad. En estos días, se inculca que es revolucionario seguir siendo menores de edad y encontrar nuevos tutores a quienes poder reclamar.    

 

  

       

martes, 8 de junio de 2021

La política después del Covid: entre la amnesia y la anestesia (editorial del 5/5/21 en No estoy solo)

 

Una oposición militante de una marca de vacunas difícilmente pueda ofrecerse como opción de poder. Ausentes de vocación política, frente al gobierno lo único que hay es un grupo de personas que trabajan de opositores y que recrea como farsa un posicionamiento ideológico de la guerra fría que enfrenta a sputnikianos con pfizerianos. Sin embargo, la historia reciente, el coronavirus y una gestión oficialista que contenta a pocos pone al espacio opositor en un lugar expectante para 2021 y 2023.

Se trata de dos elecciones distintas y difíciles de comparar pero a grandes rasgos se pueden anticipar algunos lineamientos que pueden ser válidos para ambos comicios. Si para el actual oficialismo ubicar a Alberto Fernández al frente de la fórmula fue la llave para atraer ese 10 % de moderados que le faltaba para ganar, para la oposición la estrategia es materia de debate. Algunos referentes del PRO (R. Larreta, Vidal, etc.) y una parte del radicalismo pretenden acercarse al centro suponiendo que la crisis económica y la pandemia le permitirán recuperar parte de ese voto que “se llevó” Alberto. Entienden, en este sentido, que una vez plantados como la alternativa al oficialismo conseguirán el apoyo de la derecha más radicalizada a través del “voto útil” antiperonista.

Por su parte, con Macri y Bullrich a la cabeza, la presunta ala dura del PRO supone lo contrario: hay que ganar esos 5 puntos que se escapan por derecha con los Espert y los Milei para que la crisis económica haga el resto y el electorado de centro decepcionado con Alberto se pliegue a una nueva oferta de cambio. Esgrimen como argumento que la radicalización posterior a las PASO 2019 les hizo recuperar muchísimos votos. De esto se sigue que según cuál de las dos alas triunfe en la interna de Juntos por el Cambio tendremos una oferta más o menos radicalizada de parte de la oposición. Y en este punto los moderados lo tienen más difícil al menos al momento de marcar la línea discursiva porque todo el tiempo son corridos “por derecha” desde el ala más dura que solo le habla a los propios.

Los ejemplos de Macri y Bullrich son claros en ese sentido. Cuando el primero va a la mesa de Juana Viale y cuenta que en momentos de crisis se encerraba desde las 19hs a ver Netflix, le está hablando a los propios y, lo que quizás es peor aún, está ganando espacio entre los propios. Efectivamente, mientras los votantes oficialistas reproducen una y otra vez esa declaración como prueba para desacreditar al expresidente, el votante PRO se identifica con la idea que está de fondo en la incontinencia inimputable de Macri. Porque encerrarse a ver Netflix pone a Macri como una víctima de la política y de su rol al frente del Estado; se trata casi de un atormentado que realiza un sacrificio circunstancial; alguien que “fue puesto ahí” para hacer un trabajo que antes los políticos hacían por él. Su obsesión por marcar las horas (“me despierto a las 7hs y me encierro a las 19hs”) no habla de un hombre ordenado. Más bien refleja que la labor de presidente era solo una parte acotada de su vida y no es el único argentino que ve las cosas de ese modo. Macri era un simple administrador que administra un Estado como administra una empresa o un consorcio y que quiere eliminar al enemigo para luego volver a la actividad privada. Tiene el mal humor del jefe que tiene que hacer algo porque sus empleados son unos inútiles. Es que Macri y buena parte de sus votantes entienden que el Estado y la política no son constitutivos de la vida en comunidad o el camino para la transformación de la realidad; más bien Estado y política son cosas que se padecen y aparecen como “fuerzas exteriores” que coartan la libertad e imponen, entre ellas, pagar los impuestos. Por eso Macri también habla como un comentarista. Él está siempre mirando “desde afuera” aun cuando es presidente. En esta marco se entiende que en el mismo reportaje reconozca que disfrutó más siendo presidente de Boca o afirme que en este país, para ganar dinero, haya que evadir impuestos.   

Por su parte, Bullrich ha adoptado el desparpajo de una retórica incendiaria que se beneficia con micrófonos amigos refractarios a la repregunta. Bullrich sabe que tiene terreno libre para decir lo que sea porque su “batalla cultural” no pretende establecer nuevas interpretaciones entre lo que se dice y la realidad. Tomando de la nueva izquierda la idea de que la realidad es un relato construido por lo cual la batalla debe darse en el plano del discurso, Bullrich, como buena parte de la nueva derecha, acepta el juego e invierte el orden para decir que la realidad es un relato pero quien relata es la nueva izquierda progre y no la derecha capitalista, etc. Si la realidad ya no está ahí para contrastar los dichos de nadie, juguemos a la mugre de significantes que significan cualquier cosa y que cada uno interprete como quiera. La realidad no puede venir a aguarnos una buena creencia de modo que entre la realidad y la creencia, la que deberá ceder es la realidad. Véase si no cómo una diputada cordobesa puede arrogarse el derecho a ofenderse por un chiste sobre la Avenida Córdoba por dificultades de comprensión o por un sesgo ideológico que no puede más que despertar risa.

Yendo puntualmente a la elección legislativa y a las candidaturas, no es casual que todos los opositores quieran jugar en CABA. Es que con el antecedente de que los presidentes no peronistas de la última era democrática fueron antes Jefes de Gobierno en CABA, saben que siendo candidatos allí tienen el camino allanado a la presidencia. La tentación es grande porque el carácter antiperonista de la capital hace que la gente vote hasta un ladrillo con tal de que no sea peronista y las condiciones objetivas de la ciudad hacen que no erigirse como el principal opositor desde la ciudad más rica y con mayor potencia comunicacional, sea como chocar una calesita. Por eso Lousteau, Bullrich, Vidal y hasta el propio Macri coquetean con esa posibilidad.  

Por último, claro, le rezan al San Covid para que haga lo suyo. En realidad, cabe decir, oposición y oficialismo se han acomodado para ser favorecidos, de alguna manera, por el virus. Para el oficialismo el virus ocupa el lugar que ocupaba CFK para Macri. Es la explicación para todos los padecimientos, la pesada actualidad que se suma a la pesada herencia de Macri. Y para la oposición el virus es la posibilidad de que se erosione el gobierno y haga olvidar, más rápido de lo que corresponde, el desastre que hicieron cuando estuvieron en la administración. En este sentido, para ellos el virus tiene la función de generar una suerte de “amnesia ciudadana”. Para el oficialismo, en cambio, la función del virus es la de una “anestesia ciudadana” que logre que la mayoría, o al menos los propios, no expongan con demasiada vehemencia que tras 18 meses de gestión hay muchas promesas incumplidas. ¿Qué prevalecerá entonces? ¿La amnesia o la anestesia? Ninguno es síntoma de Covid ni una secuela pero una de las claves de la próxima elección estará en cuál es la respuesta a ese interrogante.