domingo, 25 de diciembre de 2022

Messi: la identidad y el nuevo Dios (publicado el 21/12/22 en www.disidentia.com)

 

Año 2024. Tras los mensajes de usuarios y medios como el Washington Post que acusaban a Argentina de salir campeón del mundo sin tener negros en el equipo, Netflix inicia la filmación de la película que recordará la epopeya deportiva con una particular cláusula. Efectivamente, Messi será representado por una mujer afroamericana; Di María por un joven asiático con sobrepeso; el mediocampo del equipo será interpretado por hindúes y referentes de pueblos originarios, y el arquero Dibu Martínez por una mujer trans vegana. La realidad no tiene ningún derecho a desoír el nuevo canon de moralidad.

Hablando de realidad y de películas, volviendo al año 2022, déjenme contarles una que vi la noche anterior a la final de la copa del mundo: What Do We See When We Look at the Sky? Se trata de una película georgiana estrenada en 2021 y dirigida por Alexandre Koberidze quien, aprovechando la invitación al festival de cine de Mar del Plata que se realizó en noviembre de 2022, se quedó en Argentina unas semanas más para ver el mundial. La anécdota viene a cuento porque el título de su película refiere al gesto de Messi cuando señala al cielo después de cada gol y porque la película cuenta una particular historia de amor con toques de realismo mágico que se desarrolla en el transcurso de un hipotético mundial en el que Argentina es campeón de la mano de su número 10.

La trama es tan simple como asombrosa: un joven y una joven se cruzan casualmente varias veces hasta que deciden formalizar una cita. Sin embargo, el día anterior caen presos de una maldición por la cual a la mañana siguiente amanecerán convertidos en personas con otra apariencia física e incapaces de destacarse en lo que mejor hacían: medicina en el caso de la chica; jugar al fútbol en el caso del chico. Ambos acuden a la cita igualmente sin saber que el otro también cambió de apariencia y naturalmente nunca se encuentran. Sin embargo, otra vez la casualidad hace que coincidan en un mismo trabajo tiempo después. Pero lo que previsiblemente pensábamos que ocurriría no sucede y el reencuentro con sus verdaderas identidades, finalmente, se dará a través de una foto también casual que les toman como pareja hipotética para el casting de una película. Es que cuando la foto se revela, aparecen como eran originalmente y allí se “redescubren”. Ese final me llevó a pensar que, para el director, el cine y la fotografía serían capaces de ir más allá de las apariencias, de captar la verdadera identidad de las cosas. Para escándalo de Platón, el arte sacándonos del engaño de la caverna.  

Algo parecido sucede en buena parte de las intervenciones públicas, no solo en redes sociales sino entre periodistas consagrados cuando hablan del mundial: el equipo campeón como revelando una identidad popular oculta, una argentinidad que se expresa triunfante a través del arte del fútbol y de su artista principal: Messi.

Todo empieza en la suposición de que parte de la liberación que lo lleva a Messi a ser campeón tiene que ver con haberse “maradonizado”. La prueba de ello sería el partido contra Países Bajos en el que un Messi como nunca se vio, arremetió contra el referí, el técnico y un jugador rival al que llamó “bobo”.

Porque en el país del psicoanálisis estaba claro que, para “soltarse”, Messi debía “matar al padre”. Mascherano le había dejado la cinta de capitán y Maradona había fallecido dos años atrás. A partir de allí hemos visto el mejor Messi y, sobre todo, hemos visto al Messi ganador de la Copa América (tras haber perdido dos finales) y al Messi ganador de la Copa del mundo (tras haber perdido una final y, sobre todo, tras no haber tenido performances destacables en los torneos que disputara desde 2006).

¿Pero qué se está diciendo cuando se afirma que Messi se “maradonizó”? En realidad, lo que se indica es que Maradona representa el espíritu argentino, lo cual incluye garra, carácter pendenciero y jugar al límite de las reglas (incluso a veces por fuera de ellas). Al mismo tiempo Maradona es gambeta, finta, y eso es lo que siempre diferenció el fútbol argentino de la maquinaria inglesa que privilegiaba el colectivo por sobre lo individual. Maradona es el gol con la mano fuera de la regla y el gol más maravilloso de la historia gambeteando a siete ingleses. Todo en el mismo partido. Recordemos, por cierto, que Borges decía que el argentino era ante todo individualista y que veía en el Estado a su enemigo; y que en el mismo texto indicaba que a diferencia de los europeos que creen en el orden del cosmos, para los argentinos lo que hay es caos. Como generalización es falsa pero sirve para este ejemplo porque Messi también representa esa gambeta argentina impredecible y “caótica”. Pero al mismo tiempo Messi es el fruto de un laboratorio como el del Barcelona y de una historia de vida por la que dos terceras partes de la misma las ha transcurrido en España. Asimismo, está el carácter de las personas y Messi no es Maradona. Los que odian a Maradona por su compromiso político, muchas veces en la forma del exabrupto, sus excesos, contradicciones, etc. reivindican a Messi como el Dios bueno frente al Dios sucio. Son los que desde medios de comunicación de Argentina y Europa llamaron “vulgar” a Messi cuando se paró desafiante frente a Van Gaal. Se reproducía allí la idea de un Messi que había sucumbido al barbarismo de ese origen que la Europa blanca no pudo torcer. Y al mismo tiempo, los que idolatran a Maradona le reprochan a Messi que sea solo un jugador de fútbol, que sea una divinidad demasiado pulcra. ¿Qué es esto de una figura que no se posiciona políticamente y que no tiene escándalos sexuales? ¿Cómo puede ser que este argentino se haya casado con la noviecita del barrio de Rosario, Argentina, reivindique la idea de familia tradicional y haya decidido tener 3 hijos cuando la vida posmoderna nos invita a reemplazarlos por bull dogs franceses?

Lo curioso en esta disputa es que Maradona y Messi tienen cosas en común pero representan valores diferentes y eso choca con la idea de que representan la identidad argentina porque se supone que la identidad es una sola. Y no lo es o, en todo caso, podemos aceptar que la identidad argentina pero también seguramente la identidad de distintas naciones, tiene contradicciones y está lejos de ser monolítica. Todo eso junto somos los argentinos como un montón de cosas juntas son los españoles o los nigerianos.

Pero lo que no quería pasar por alto es cierta hipocresía de los auscultadores de valores. Porque los valores que Maradona y Messi representan solo son destacados en la medida en que logran triunfar. En el caso de este último se habla de la persistencia, el coraje y el esfuerzo, a lo cual se le suma el trabajo en equipo, la sensatez y la mesura del entrenador, siempre con la palabra justa y medida tanto en la derrota como en el triunfo. Pero todo esto se destaca porque ganó. Si no estaríamos hablando de la falta de actitud y la poca argentinidad de Messi, y de la falta de liderazgo de un técnico inexperto. La diferencia estuvo en el arquero argentino despejando con un pie una pelota imposible en el minuto 123 de la final; o atajando los penales contra Países Bajos en lo que podría haber sido una eliminación temprana en cuartos. Esa es la delgada línea entre un análisis y otro. Y lo mismo con Maradona. Todo se destaca a través del triunfo. Son valores a resaltar solo en el éxito. Llamativo. O no tanto.

Y de repente llega el momento de la política. No hay nada más obvio que trazar analogías entre las características de un equipo y un deportista, y las características de un gobierno. De modo que ya lo sabemos: si los analistas son opositores y el equipo gana dirán que la selección de fútbol es el ejemplo que la política debería seguir; si son opositores y el equipo pierde dirán que es una radiografía del gobierno que tenemos. La misma lógica invertida se aplica a la prensa oficialista con el agregado de que, aunque resulte increíble, en este caso hubo munición pesada y hasta operaciones de prensa cruzadas para tratar de señalar que el expresidente de Argentina, Mauricio Macri, traía mala suerte. Lejos de dejar pasar la humorada, las usinas de medios de comunicación alineadas con el macrismo acercaban, después de cada partido, fotos en las que Macri estaba en la cancha como “prueba” de que él no era el factor de “mala suerte”. Hablando de suerte, digamos que, a diferencia de España, en Argentina, los expresidentes que gustan del fútbol no escriben columnas deportivas.  

Para finalizar, con Messi se dio un fenómeno extraño. Salvo unos cuantos medios y periodistas madridistas que no deben estar pasando su mejor momento, buena parte del mundo quería que Argentina triunfe por Messi. Incluso en Argentina había un especial énfasis en que éste era el torneo que había que ganar por Messi. Lo merecía él más que los argentinos. El triunfo en el epílogo de su vida profesional es el punto cúlmine para una carrera en que lo extraordinario fue habitual y un traspaso generacional jugado casi en un terreno metafísico. Si aquellos que contamos algunas canas ya tuvimos en Maradona a nuestro Dios, los que todavía no contaron 30 abriles merecían ver la coronación de una nueva deidad, propia, contemporánea. Un mojón para su hagiografía, el suceso a ser recordado nostálgicamente en el futuro con el orgullo de ser un testigo presencial. Es poder contar dónde estaba yo el 18/12/22 cuando vimos nacer un Dios en un deporte y en un país donde confluye lo mejor y lo peor y donde, al menos en lo que refiere al fútbol, se puede dejar de ser monoteísta.    

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Preguntas para un kirchnerismo sin Cristina (editorial del 17/12/22 en No estoy solo)

 

La semana pasada comentábamos que la renuncia a toda candidatura de parte de CFK inauguraba una pregunta acerca de “Quién” debía ser el candidato pero que, al mismo tiempo, esa incógnita ocultaba interrogantes importantes, esto es, el “Hacia dónde” y el “Para qué”.

Es que las urgencias hacen que todo se deposite en la selección del candidato, lo cual, claro está, no es menor; pero el kirchnerismo en particular parece estar enfrentando una tarea que viene procrastinando desde, al menos, el 2015 porque CFK era la respuesta a las 3 preguntas. Ella era el “Quién”, y ella sabía “Hacia dónde” y “Para qué”, al menos eso pensaban sus seguidores. Pero ahora ella, en el mejor de los casos, intentará ser determinante en el armado de las listas. Y no más que eso. Naturalmente, seleccionar un candidato dice algo del “Hacia dónde” y el “Para qué” pero no demasiado o, en todo caso, como en el caso de Alberto Fernández, pareciera que puede fallar.

Para ser justos, esta crisis identitaria atraviesa a todos los espacios populares de centro izquierda y, si uno va un poco más allá, casi que podría decir que es un problema que atraviesa a los distintos agrupamientos políticos tras la disolución del sistema de partidos. Así vemos con más frecuencia coaliciones más o menos amorfas constituidas más por temor a lo que hay en frente que por coherencia programática y Argentina no es una excepción en ese sentido.

Pero ¿cómo se posiciona hoy el kirchnerismo en relación con el peronismo? ¿Se sostiene la idea de “nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio” o el peronismo es algo “a superar” entendiendo por tal algo más que una actualización doctrinaria? Más preguntas: ¿cuál es hoy el sujeto histórico del kirchnerismo? ¿Los trabajadores formales y los sindicatos? ¿Podrían ser los trabajadores de la denominada “economía popular”? ¿Y qué de las minorías LGBT o la política de las diversidades que abrazó particularmente este gobierno? ¿Ahí está el nuevo sujeto? ¿A pesar de la base peronista se tenderá a la idea de una sumatoria de particularidades para reemplazar a la categoría de “pueblo” en tanto supuestamente “pasada de moda”? Si ese fuese el caso, ¿hasta qué punto se podría hablar de la pertenencia a un espacio “popular”? Por último, ¿acaso los jóvenes del trasvasamiento generacional no pueden ser el sustituto adecuado para las categorías clásicas? A juzgar por la cantidad de chicos que votan a Milei bien cabe abrir un interrogante allí pero quizás podrían ser todas estas opciones y más. De hecho, con Ernesto Laclau a la cabeza, son muchos los teóricos que desde hace ya algunas décadas vienen planteando que las categorías del marxismo clásico y, en este caso, las del peronismo clásico, deben ser reformuladas a la luz de una sociedad fragmentada en la que distintas identidades tienen en común el hecho de no ver satisfechas sus demandas. Sin embargo, especialmente sin CFK pero, sobre todo, sin claridad conceptual ni una referencia capaz de articular todas estas demandas hacia un horizonte, es una incógnita cómo poder procesar puntos de vista que, en muchos casos, son contrapuestos o tienen intereses en conflicto.   

Podemos incluso ponerlo en otros términos. ¿Cuál es el modelo kirchnerista 2023? La pregunta viene al caso porque en los últimos 30 años, en nombre del peronismo, se han votado variantes peronistas neoliberales, nacionales y populares, y socialdemócratas.

Entonces, ¿cómo sería un kirchnerismo sin CFK como candidata en un escenario completamente distinto al que se dio entre 2015 y 2017? No podría hablarse de un kirchnerismo sin CFK pero sí, digamos, se trataría de un kirchnerismo que deberá, alguna vez, transitar un camino propio ante la eventualidad de una CFK que no esté al frente de todas las decisiones. ¿Un kirchnerismo 2023 inauguraría un nuevo tipo de peronismo, retornaría a su variante nacional y popular en un contexto distinto o continuaría en esta variante socialdemócrata adoptada en 2019?

Alguna pista para ir perfilando lo que viene lo podrían dar los modelos del kirchnerismo a nivel mundial.  ¿Es el partido demócrata estadounidense y la socialdemocracia europea? ¿Es el neopopulismo latinoamericano que después de los primeros 3 lustros viene edulcorado? ¿Es China y Rusia que desde el punto de vista cultural han decidido brindar una batalla contra todas las políticas derivadas del individualismo globalizador de Occidente? ¿Acaso podría ser todo esto a la vez?

Lo peor es que no se trata de preguntas retóricas y en la mayoría de los casos la respuesta es “no se sabe”. La situación es algo más alarmante en la medida en que posamos la atención sobre aspectos más específicos, por ejemplo, sobre cuál es el plan de desarrollo adecuado para la Argentina o cuál va a ser su política en torno a la propiedad y a la explotación de los recursos naturales, y su política en materia de energía. ¿Se tratará de seguir la agenda de las ONG o hay algo para discutir allí en materia de soberanía, moleste a quien le moleste? A propósito de la soberanía, ¿se va avanzar hacia un modelo plurinacional con pluralismo jurídico como el de Bolivia? ¿Hacia allí se quiere ir como parte de una agenda que interpele mayorías?   

¿Y la deuda? La gran crisis del actual gobierno se dio alrededor del acuerdo con la deuda. Sin embargo, ¿cuál es el plan del kirchnerismo? En su momento, con dólares en la reserva y un monto inferior a pagar, se decidió cancelar con el FMI. ¿Cuál es la alternativa ahora? ¿Una renegociación? ¿En qué términos? ¿Cuáles serían las condiciones que Argentina pondría sobre la mesa al momento de negociar?

Respecto del tan nombrado Poder Judicial, sobran los hechos para demostrar su obscena connivencia con el poder real. Frente a ello, el gobierno actual apeló a la autodepuración. ¿Cuál es la propuesta del kirchnerismo? ¿Nombrar a los jueces a través del voto popular como mencionara hace poco tiempo CFK? ¿Esa es la propuesta? ¿En serio?

Por último, los siempre presentes medios de comunicación. Que una de las primeras acciones del gobierno de Macri fuera cercenar la ley de medios, demostró que buena parte del conflicto de los últimos años en la Argentina tiene que ver con la reacción de un multimedio que vio afectada su posición dominante. Ahora bien, ¿cuál es la propuesta K para 2023? ¿Volver a una ley de medios que ya en el momento de su formulación estaba quedando atrás frente al avance tecnológico y una comunicación que comenzaba a transitar otros carriles? Para muchos, “ley de medios” era una suerte de palabra mágica que venía a resolver los problemas de los argentinos, entendiendo por tal, las mentiras vertidas por los medios. Sin embargo, no hace falta extendernos para explicar que la ley de medios no tenía que ver con contenidos y menos aún con “la verdad”. Pero volviendo a la pregunta, entonces: ¿en 2023 la disputa volverá a ser para que Clarín se desprenda de alguna de sus múltiples licencias? ¿Será contra “el lado Magnetto de la vida” 15 años después como si nada hubiera cambiado en el medio?

Es curioso pero la oposición lleva años definiendo qué es el kirchnerismo e incluso adelantando lo que el kirchnerismo va a ser con o sin CFK. Es como si todos supieran lo que es el kirchnerismo menos los propios kirchneristas.  

martes, 13 de diciembre de 2022

Notas del día después (editorial del 10/12/22 en No estoy solo)

 

1

El antiperonismo tardío te invita a su primera proscripción. Pero si la primera de 18 años fue trágica, la segunda se repite como farsa. He aquí entonces una especulación: los sectores del antiperonismo más recalcitrante avanzaron hasta este lugar porque también saben que en la práctica esto no tiene consecuencias inmediatas. Caso contrario, es probable que el clima social los hubiera hecho, como mínimo, tomar algunas precauciones.

 

2

Al mismo tiempo, hay que decirlo, tocaron a CFK y el quilombo no se armó. No solo la tocaron. También le gatillaron 2 veces en la cabeza y el quilombo tampoco se armó. Falló la performatividad del lenguaje. Dijimos “quilombo” y no se armó. Pareciera que el quilombo, además de decirse, debe hacerse. Con todo, digamos que afortunadamente “nomeolvides” entra en 140 caracteres. Por cierto:   2022 no es 2010: la Argentina de Alberto y CFK perseguida no es la del bicentenario. De la Argentina proyectada de la CFK de 2010 a la Argentina transcurrida de Alberto y la Argentina recordada de la CFK de 2022.

 

3

A nadie le importa lo que diga la justicia. Los culpables y las víctimas ya están determinadas de antemano. Además juegan de fondo aquí dos ideas bastante extendidas que a veces son compatibles y a veces no: el denunciante siempre tiene la razón porque así lo reza el mantra del empoderamiento que estimula tanto la derecha liberal como la izquierda; y el poder judicial está corrompido porque revestido de poder republicano solo expresa los intereses del poder real contra las mayorías.

Los que forman parte del sistema judicial tampoco están interesados en la justicia. Para el fiscal Luciani la idea de asociación ilícita contra CFK (acusación que finalmente no prosperó) no tenía que ver con los hechos. No se necesitan pruebas para aseverar ello. Es que el fiscal solo quería decir que “el otro”, aquel espacio que él no votaría, es una “banda de delincuentes”; el otro es malo. La política deviene moral. Los salierys de Carrió entran a escena. El pueblo se cagará de hambre pero moralmente. El peronismo, en cambio, es una asociación ilícita que incluye desde su líder a sus votantes. “Nadie es peronista gratis”; se es peronista porque se obtiene un beneficio espurio. Nosotros somos distintos, claro.

 

4

El escándalo del viaje a Lago escondido es escandaloso porque es banal y no porque sea parte de una confabulación; es escandaloso además porque es una acción trivial habitual y no excepcional. No hace falta ningún cónclave para confabular. Lo dice uno de los chats. Los confabuladores confabulan donde quieren. Aquí hay solo exhibición de la promiscuidad y de la vulgaridad. Van porque les pagan unos hoteles caros y lindos, buena comida y unas excursiones. Nada menos pero nada más. Son eso (también). Lo hacen siempre con impunidad. Solo que esta vez alguien interesado en que se filtrara lo filtró. Algo de la propia medicina, dicen. Filtración del mal frente a las filtraciones del bien que filtra Majul.

 

5

CFK está podrida. Ya lo estaba en 2015 cuando terminó su mandato y lo está ahora más después de cargar sobre sus espaldas con ser la responsable de elegir a un presidente que no ha hecho una buena gestión. Agreguemos a ello dos puntos. El primero, el ya mencionado episodio de un grupo de lúmpenes descerebrados a punto de volarle la cabeza. El segundo: el avance de las causas judiciales que, se suponían, en un gobierno “propio” debían cesar. Frente a ello el albertismo decidió ser el espectador de la autodepuración que no llegó. Es que si hay mafia no hay autodepuración salvo que haya una mafia del bien. Para alguien que en 2015 fue despedida con una plaza llena y cuya única motivación podía ser el reconocimiento de la historia, de la cual se espera ahora la absolución, es un golpe al narcisismo.

Si CFK fue candidata en 2017 lo hizo para ordenar la tropa propia y acabar con las tentaciones acuerdistas de quienes decían reivindicar al peronismo mientras negociaban con el macrismo; si fue candidata en 2019 fue solo para vencer a Macri y para que no queden dudas de que los kirchneristas debían votar a Massa y a Alberto Fernández, quienes no habían ahorrado demostraciones de todos los lugares comunes del antikirchnerismo más burdo. ¿Para qué ser candidata a presidente en 2023? ¿Para ir al frente y exponerse a perder en un balotaje pagando los platos rotos de una gestión a la cual se refiere en tercera persona? ¿Para qué ser candidata a vice en 2023? ¿Para volver a avalar a alguien que hará un gobierno que puede volver a darle la espalda? ¿Para qué ser candidata a senadora en la provincia de Buenos Aires? ¿Para ganar la provincia y llevar al kirchnerismo allí ante una eventual derrota a nivel nacional? Esta última opción no es despreciable pero es razonable pensar que CFK es una persona capaz de decir “muchachos y muchachas… no es que haya devenido una leona herbívora pero ahora el cuerpo pónganlo ustedes”.

 

6

El odio ordena. Por eso la persecución pública de Luciani en modo cadena nacional ordenó políticamente al oficialismo y encolumnó a todo el peronismo detrás de ella, incluso a quienes no la soportan; y la aparición de Massa en el ministerio ordenó administrativamente al gobierno. Ambos movimientos que se dieron casualmente casi en simultáneo aumentaron las expectativas electorales de la actual administración que hoy entiende que hay 2023. Difícil, pero hay.

Sin embargo la candidatura de CFK que algunos daban por hecho se desvanece en el aire y ha dejado al oficialismo en estado de shock. Ella no quiere la papa caliente; Massa dice no quererla tampoco; Alberto la quiere pero nadie desea dársela; los gobernadores no tienen espalda ni para llegar a la verdulería.

La oposición tampoco sabe bien qué hacer porque su orden depende de poder subir al ring a CFK. Sin retador deseado los golpes pueden volver contra ellos mismos. Los payasos de siempre dirán entonces que se trata de una estrategia de CFK. No sabemos si lo dicen porque lo creen o porque es lo único que saben decir. Especulamos aquí también que pueden ser las dos cosas.        

 

7

El candidato es el proyecto cuando no está CFK. Si está CFK el candidato es ella y no el proyecto. Eso ya fue un problema cuando en 2015 una mayoría escasa se acercó a votar a Macri, es decir, se acercó a votar cualquier cosa menos el proyecto. Sin CFK como candidata, aun cuando podemos especular con que tendrá un rol central en las decisiones del armado electoral, el problema del oficialismo es que tiene que salir a mostrar que además de una suma de espacios es un proyecto. Es importante el “Quién” y es muchas veces determinante. Pero ante la inédita situación de un oficialismo sin CFK y sin candidato puesto, es necesario, además del “Quién”, el “Hacia dónde” y, sobre todo, el “Para qué”.

  

domingo, 11 de diciembre de 2022

Volver de Siracusa (publicado el 8/12/22 en www.disidentia.com)

 

En el epílogo del libro Pensadores temerarios, el politólogo estadounidense Mark Lilla recuerda una anécdota sobre Heidegger. Corría el año 1934 y el pensador alemán acusado de colaboracionista del nazismo retomaba la enseñanza universitaria tras su paso como rector de la Universidad de Friburgo, cuando un colega se le acerca y le pregunta irónicamente: “¿De vuelta de Siracusa”?

¿Acaso Heidegger había viajado hasta aquella ciudad siciliana que ofrece hoy monumentos griegos increíblemente conservados y espacios bellísimos como la isla de Ortigia? No precisamente. La referencia era hacia otro filósofo que no había hecho un solo viaje sino varios con un propósito específico y con un desenlace que no fue el esperado.

Estamos hablando de Platón quien invitado por su discípulo Dión llega hasta Siracusa por primera vez en el año 388 AC con el objetivo de ilustrar al tirano Dionisio “el viejo”. Como indicara en su Carta Séptima, bajo el presupuesto de que “no se acabarán los males del género humano hasta que la clase de los filósofos rectos de verdad llegue al poder político o hasta que, por alguna ventura divina, la clase de los que gobiernan en las ciudades se ponga a filosofar”, Platón busca hacer del de Dionisio un gobierno virtuoso. Sin embargo, allí se encuentra con que la manera italiana y siracusana estaba lejos de la racionalidad esperada y que rebosaba de banquetes y excesos. De allí se seguía que “estas ciudades jamás acaben con la rotación de tiranías, oligarquías y democracias”, lo cual no era otra cosa que la enumeración de sistemas de gobierno que se alejaban del ideal. No solo era poca la predisposición de Dionisio a la filosofía de Platón sino que creyó ver en éste a un conspirador. Platón acaba yéndose y la historia cuenta que su barco es interceptado y que él acaba siendo tomado como esclavo con la fortuna de que en la isla de Egina es reconocido por su amigo Aníceris de Cirene quien lo compra y lo libera.

Esta primera decepción de Platón no fue óbice para que recobrara el entusiasmo casi veinte años después tras la muerte de Dionisio ocurrida, como no podía ser de otra manera, tras una noche de excesos. Allí, una vez más, su discípulo Dión logró convencerlo. Es que la llegada al poder de Dionisio “el joven”, quien aparentemente tenía una disposición a la virtud, las leyes, la educación y la filosofía, parecía inaugurar una nueva época en Siracusa. Pero ello tampoco resultó. De hecho, se dice que en esta ocasión Platón habría sido encarcelado en una latomía desde la cual se extraía la piedra para los monumentos de la ciudad pero que Dionisio “el viejo” había transformado en cárcel. De ahí también la leyenda instituida varios siglos después por el pintor Caravaggio de “La oreja de Dionisio” para describir una formación rocosa gigante que con algo de imaginación se parece a una oreja pero que sobre todo representaba la idea de que Dionisio “el viejo” gozaba al escuchar amplificados allí los gritos de los prisioneros.

Hubo un tercer viaje algunos años más tarde y la historia continúa con el propio Dión desde el exilio complotando y alzándose en armas para finalmente liberar a Siracusa de la tiranía. Sin embargo, poco tiempo después, la traición se haría presente y Dión sería asesinado, hecho que afligió profundamente a Platón. 

Esta apretada síntesis que en buena parte Platón relata en su Carta Séptima, es la que permite echar luz al comentario del colega de Heidegger acerca de un supuesto regreso desde Siracusa. En otras palabras, lo que se le estaba espetando a Heidegger era su colaboracionismo con el régimen nazi desde el lugar del filósofo que pretende iluminar al tirano. No es éste el espacio para indagar en este punto pero podría tratarse, al fin de cuentas, de una lectura bastante benevolente de la actuación de Heidegger, quien aparecería más como un ingenuo que como un cómplice.

Pero esta larga introducción viene a colación de un fenómeno que, como vemos, se puede rastrear hasta los orígenes de nuestra civilización. Nos referimos a la idea de los consejeros del poder (no necesariamente dictatorial, claro), sea que vengan en la forma clásica del filósofo, sea que vengan en la forma aggiornada del asesor contemporáneo que está cerca de gobernantes y funcionarios de repúblicas liberales modernas.

Lo primero que cabe puntualizar es que hay cierto sentido común que considera al político siempre como una suerte de demagogo proclive a desviarse del gobierno de las leyes. Incluso cuando afortunadamente ya no abunden tantas tiranías, lo cierto es que aun de los representantes elegidos a través del voto democrático persiste la idea de que, al fin de cuentas, el autointeresado afán por el poder será más fuerte que la virtud y la perspectiva del bien común. No es por cierto un prejuicio pues sobran los casos de políticos que incluso en cargos menores se aferran a los mismos como un derecho adquirido confundiendo el vivir “para” la política con el vivir “de” la política. Pero también está la idea de que los hombres y mujeres de la política necesitan asesores, gente con conocimiento, que venga a orientarlos. Por cierto, esto no es necesariamente un error pues el político de hoy tiene que tomar decisiones sobre una innumerable cantidad de áreas sobre las cuales es imposible que sea un experto. Sin embargo, sobrevuela la idea de que la propia expertise del político ya no alcanza para gobernar de lo cual se sigue una suerte de “gobiernos de los asesores”, esto es, un grupo de burócratas y técnicos a sueldo que saben “lo que el político debe hacer”. La derecha suele apelar a economistas y abogados, en muchos casos, provenientes de empresas multinacionales, formados en “el exterior” como prueba de idoneidad pero sobre todo como prueba de haber pasado el control ideológico. Por izquierda la situación no es muy diferente si se trata de control ideológico solo que los elegidos van a buscarse a determinadas universidades y tienen una formación “más social”. Sus discursos parecen opuestos pero en ambos casos se trata de intentos de llevar adelante una ingeniería social de la cual quedan presos incluso muchos gobernantes en la medida en que por no saber, por no poder, o por no querer, acaban siendo testigos de una dinámica en la que el Estado se autonomiza y las políticas públicas se transforman en manuales burocratizados de quienes creen que gobernar es protocolizar la vida.

Que el ciudadano común perciba al Estado y a los gobernantes cada vez más lejos de sus necesidades del día a día es una de las consecuencias de este proceso. Así es frecuente ver gobernantes, en muchos casos incapaces, que se rodean de asesores que solo saben de un tema y, lo que es peor, consideran que ése es el único tema importante para la vida de una sociedad. En Argentina se suele decir que las derechas gobiernan un país que desprecian, que llegan al poder enojados con la gente, como si gobernar no se tratara de gobernar, justamente, gente. Se presentan como los buenos gobernantes de un pueblo de mierda y esto, por supuesto, no sucede solo en Argentina. Para estas derechas gobernar es administrar lo que entra y lo que sale independientemente de que ello que entra y sale a veces son seres humanos. Sin embargo, si las derechas gobiernan un país que desprecian podría decirse que las izquierdas gobiernan un país que no entienden (o que se niegan a entender). Eso se observa cuando privilegian su sesgo ideológico por sobre la realidad y cuando al ser abofeteados por la misma deciden acusarla de ser un constructo ideológico de la derecha. Es como si se hubieran tomado demasiado en serio la famosa Tesis XI de Marx que llamaba a transformar el mundo en lugar de seguir perdiendo tiempo en interpretarlo. El punto es que están tan apurados en transformarlo que se han olvidado de interpretarlo y, sobre todo, de comprenderlo.  Lo que no encaja es “fascista” o “fake” y debe ser cancelado. Si se apiadan de nosotros y no nos cancelan, nos ofrecen el gesto magnánimo de encasillarnos en la categoría de no haber comprendido la evolución de la sociedad, de vivir en un tiempo pasado. En ese caso nos permiten llegar más tarde a la verdad y formar parte del mundo aunque un poco rezagados, claro está.

Las excepciones abundan de modo que la generalización hecha aquí es claramente injusta. Cada uno pondrá, entonces, en su lista, los casos de políticos y asesores valiosos que no se ajustan a la regla. Porque los hay y muy buenos. Pero cada vez más somos testigos del modo en que gobiernos enteros son cooptados por la maquinaria invisible de los que como Platón creen que pueden y deben iluminar el camino a seguir. Que Siracusa forme parte de una isla llamada Sicilia, es la metáfora perfecta para comprender cómo los ciudadanos observan que “la política asesorada” pretende estar cada vez más presente y sin embargo solo está más y más aislada.