sábado, 30 de mayo de 2020

Censurados (en nombre de la libertad) [editorial del 30/5/20 en No estoy solo]

Episodio 1: el último sábado entrevisté al ex vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires, Gabriel Mariotto. Hizo declaraciones fuertes y la nota fue levantada por los principales medios de este país, entre ellos el portal INFOBAE y los diarios Clarín y La Nación. Incluso el diario ABC de España, a través de una corresponsal militante, se hizo eco de la nota. Días después, varios editorialistas dedicaron sus espacios de radio y televisión para comentar las supuestas declaraciones de Mariotto. Digo “supuestas” porque la mayoría de los medios reprodujo el recorte de la nota radial que había realizado el primer medio importante que levantó la nota. No usaré este espacio para hacer una exégesis de las palabras de Mariotto pero claramente hubo una tergiversación. Se presentó a Mariotto como formando parte del gobierno y como protagonista de una estrategia gubernamental por la cual se eligió a un moderado para engañar al electorado y luego dar rienda suelta al “verdadero peronismo” que vendría a estatizar los servicios públicos y el comercio exterior cuando él simplemente dijo que eso era lo que le gustaría aunque lamentablemente, en el gobierno, no había lugar para el debate. Es decir, lo que era una crítica al gobierno se expuso como un plan del gobierno y para reinstalar la idea de la coexistencia, cada vez más en tensión, entre un ala dura y un ala moderada dentro del Frente.
Episodio 2: el humorista Dady Brieva, quien no se caracteriza por las declaraciones solemnes, fue titular de cuanto medio exista en la Argentina por haber afirmado, supuestamente, “Tenemos que ser Venezuela”, “Seamos Venezuela”, etc. Quizás Brieva quiere que seamos Venezuela pero no dijo eso, al menos según lo entiendo yo. El sentido de su intervención fue que dado que cualquier intento de avanzar en una política de transformación del statu quo provoca que la oposición acuse al oficialismo de seguir el modelo de Chávez y Maduro, pues entonces “seamos Venezuela”. Es decir, si por apenas hacer algunas pequeñas modificaciones nos acusan de radicalizados, entonces seamos radicalizados y vayamos por las transformaciones. Total nos dicen radicalizados aunque no lo seamos. Una vez más, se toma a alguien que no forma parte del gobierno como portavoz del mismo cuando en realidad está criticando al gobierno, al igual que lo hizo Mariotto, por ser demasiado moderado; y, una vez más, se intenta azuzar la disputa interna entre un ala dura y un ala blanda en el gobierno.
Episodio 3: a principio de la semana, el canal TN exponía imágenes que presuntamente correspondían a una protesta en Villa Azul. Horas más tarde, los intendentes de Avellaneda y Quilmes, Jorge Ferraresi y Mayra Mendoza, denunciaban que esas imágenes correspondían a protestas en Chile. Tenían razón y el medio tuvo que pedir disculpas; días más tarde varios medios hacen circular un supuesto video de Milagro Sala bailando en una fiesta en plena cuarentena. Todos se indignan. A las horas alguien advierte que se observa un arbolito de navidad en el video. Pues claro, correspondía a la fiesta del año nuevo. Uno de los periodistas que había difundido el video y había obtenido más de 1800 RT hasta este momento, finalmente aclaró que se había equivocado y que el video no correspondía a la cuarentena. Este segundo mensaje no llegó a los 50 RT. 1800 contra 50. El trabajo estaba hecho. “Que la verdad no disminuya tu indignación”, podría ser uno de los nuevos apotegmas del periodismo. Nadie censuró nada y hasta pidieron disculpas. Y sin embargo fueron más los que se enteraron y se quedaron con la mentira que con la verdad.    
Episodio 4: un día después de una marcha libertaria anticuarentena que reunió unas 200 personas en Plaza de Mayo, C5N publica que el economista libertario que se pasea por cuanto canal de TV exista, Javier Milei, cobró ayuda del Estado. En realidad la cobró porque su empleador la pidió pero a nadie le importó. Lo que se intentó mostrar es una doble moral del economista al que diariamente vemos realizar sus performances antiestatistas. Como si no pudiéramos rebatir con argumentos teóricos sus tesis perimidas y los desastres que generó en nuestro país cada intento de aplicar las políticas que Milei defiende. ¿Hacía falta intentar desacreditar su persona tal como muchas veces hace el propio Milei cuando habla de “los políticos”? Alguien dirá que se le ha dado un poco de su propia medicina. Pero la verdad es que es una medicina de mierda. Sigo prefiriendo los debates. Si Milei decide no hablar más que sea porque siente que pierde la batalla discursiva. No por una supuesta mancha en su vida personal, mancha que, además, insisto, en este caso a mí no me parece tal.
Episodio 5: el exministro de justicia de Brasil, Sergio Moro, iba a dar una charla en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Cuando la información circuló, hubo una enorme ola de repudios de personalidades de relevancia y hasta de algún funcionario del gobierno nacional. Finalmente los organizadores decidieron dar de baja el encuentro. ¿Saben cuál es mi opinión de Moro? Que ha sido una de las principales espadas del Lawfare en Latinoamérica, que ha utilizado de manera corrupta su rol en la justicia para atacar políticamente a sus adversarios. Lejos de observarlo como alguien que lucha contra la corrupción lo considero parte de un sistema que atenta contra las democracias del continente. Y sin embargo, creo que debería haber podido dar la charla; creo que merece decir lo que cree; también tienen el derecho quienes lo repudian a repudiarlo en los canales correspondientes pero la cancelación de un evento, esto es, la cancelación de la palabra, no es algo que haya que celebrar. Es muy peligroso que haya un grupo social que se erija en tribunal de quiénes pueden y quiénes no pueden hablar. Si se censurara la palabra de figuras del gobierno nacional porque un sector de la población los considera ladrones, autoritarios o lo que fuera, ¿qué pensaríamos? A mí me indignaría. Lo interesante es que las personas que repudiarían a las figuras del gobierno nacional creen tener razones tan potentes como las que yo tengo para repudiar a Moro. Esto muestra que una vez abierta la puerta de la censura por algunas razones se produce una pendiente resbaladiza que rápidamente lleva a que mucha gente se quede sin voz, máxime en tiempos donde nadie escucha argumentos sino la moralidad de los actos personales de quien los emite. Yo no creo que la libertad de expresión ni ningún derecho sean absolutos. Pero tienen razón los liberales cuando afirman que una vez que se justifica una censura comenzarán a justificarse muchísimas censuras más. 
Último episodio: en los momentos en que escribo estas líneas Donald Trump firma un decreto para garantizar la libertad de expresión en Twitter. Esto se relaciona con que la red del pajarito ha blanqueado la existencia de editores capaces de censurar o calificar noticias. En nombre de la lucha contra las fake news, Trump entiende, y entiende bien por cierto, que Twitter aplica un sesgo ideológico en esas ediciones porque solo se censuran y se califican mensajes de algunas cuentas y no de otras; solo se llama la atención sobre opiniones, denuncias falsas, agravios personales e incitación al odio si refiere a personas o grupos que pertenecen a la agenda de la corrección política de Twitter. En cambio, si usted tiene una opinión, una denuncia falsa o incita al odio y a la persecución personal de grupo o persona que esté fuera de la agenda de protección, tiene plena libertad para decir lo que le dé la gana. En este sentido, Trump afirma: si hay editores, entonces Twitter debe responder legalmente como lo haría cualquier medio tradicional sobre todo lo que se escriba allí. Frente a ello Twitter afirma “nosotros no somos un medio”. Probablemente Trump pierda legalmente la querella pero triunfa en la disputa simbólica que expone que las redes sociales no son un espacio de neutralidad. No solo por los algoritmos y las burbujas que generan sino ahora porque directamente tienen editores con una línea ideológica clara. Lo cual no está ni bien ni mal. O quizás esté muy bien pero entonces habrá que responder. Esto de “atacan como partido político pero se defienden con la libertad de expresión” vale entonces para medios tradicionales como para redes sociales.
Con todos estos episodios quise hablar, entonces, del problema de la libertad de expresión en Argentina y en el mundo. Dejé de lado la cuestión teórica porque los dilemas aparecen sobre casos concretos. Entonces, si declares lo que declares un medio tergiversará lo que vos digas, ¿de qué libertad de expresión me están hablando? ¿De la libertad del medio a hacerte decir lo que no dijiste?  ¿Ustedes en lugar de Mariotto y Brieva seguirían hablando o más bien se autocensurarían para evitar la tergiversación? Si por razones políticas, (porque un error que siempre se repite para el mismo lado no es un error), un canal importa imágenes de disturbios de Chile para generar zozobra en nuestro país o miente sobre la actualidad de Milagro Sala; si una red social te dice que es neutral pero te muestra lo que quiere y te bloquea; si las actividades públicas van a depender de la aprobación de personas o grupos que se sientan ofendidos, ¿en qué sentido podemos creer que nos estamos expresando libremente?
Y fíjense que en ninguno de los casos mencionados intervino un gobierno; es más, en el caso de Trump su intervención es a favor de la libertad de expresión. Es decir, la censura hoy pasa menos por los gobiernos que por las empresas (medios tradicionales y/o gigantes tecnológicos) y se enmarca en un clima cultural en el que en nombre de la protección de presuntos ofendidos, antes que un cambio en el modo de actuar, se promueve la hipocresía de un lenguaje para el ámbito público y un lenguaje distinto para el ámbito privado.
Quienes todavía defienden los medios tradicionales como espacios de libertad son ridiculizados en el día a día; y quienes ingenuamente creyeron que la libertad la iban a encontrar en las redes sociales, empiezan a ver cómo explota su burbuja. No solo porque los que controlan estas redes están decididos a censurar sino también porque buena parte del público que las consume son los primeros que, en nombre de la libertad, harán todo lo posible por cercenarla.              
        

domingo, 24 de mayo de 2020

¿La cuarentena más larga del mundo? (editorial del 23/5/20 en No estoy solo)

En los últimos días, distintos medios han planteado, como una forma de crítica al gobierno nacional, que la cuarentena en Argentina va camino a transformarse en la más larga del mundo. Naturalmente ninguno de los que lo afirma se ha puesto a comparar qué tipo de confinamiento existe aquí y en otras partes del planeta pero como título logra ser impactante más allá de que, con un poquito de maldad, alguien podría advertir que no hay cuarentenas más largas que otras porque todas duran, por definición, cuarenta días. 
Lo cierto es que al momento de escribir estas líneas, el gobierno estaría pronto a anunciar una extensión del confinamiento hasta el 7 de junio y, según los trascendidos, al menos en el AMBA, la extensión podría llegar a ser incluso más rigurosa ante el evidente aumento de los casos.
Llegados a este punto existe una verdadera encrucijada para el gobierno porque aun si liberase al resto del país, la caja de resonancia mediática está en AMBA y, además, pequeño detalle, el movimiento de la economía depende, en un porcentaje muy alto, de lo que suceda en Ciudad de Buenos Aires y Provincia. Si fue difícil ingresar en el confinamiento, está siendo más difícil salir de él.  
En líneas generales, los conflictos que se dan en Argentina y en el resto del mundo tienen que ver con la tensión entre libertad y seguridad o, para plantearlo en otros términos, la tensión entre un enfoque paternalista del Estado y una mirada más liberal que hace énfasis en la responsabilidad individual de los ciudadanos.
En la práctica, en el gobierno argentino, ha prevalecido una lógica paternalista y, en todo caso, una vez establecido un marco de restricciones generales, comenzó, de a poco, a liberar medidas que dependen de la responsabilidad individual. Porque, en los hechos, sin responsabilidad individual no hay medida tomada por el gobierno que pueda ser efectiva. Es decir, si liberamos para hacer una salida recreativa con chicos y la gente se va a comer asado con amigos sin el distanciamiento social u organiza un torneo de fútbol barrial, no habrá manera de contener el virus.
De hecho, nadie del gobierno lo puede decir pero en la medida en que fueron pasando los días, evidentemente la policía fue haciendo la vista gorda ante eventuales violaciones a la restricción. Está muy bien que así sea: las medidas buscan disuadir a un número razonable de personas. Habrá un porcentaje que no acatará nunca y no hay recursos materiales ni humanos en el Estado como para controlar eso. Para decirlo con un ejemplo, recuerdo la pregunta de un periodista al presidente: “¿la salida recreativa de una hora se puede dividir en dos salidas de media hora? ¿Y quién va a controlar eso?”. Cómo el presidente y quienes lo rodeaban no respondieron con vehemencia ante semejante pregunta es digno de admiración pero la respuesta debió ser: “Claro que nadie puede controlar eso. ¿Vos querés que ponga un policía con cronómetro que siga a cada chico? ¿Querés que haga eso en los denominados “barrios populares” también? Y si lo hago, ¿vas a aplaudir la medida o vas a decir que nos hemos transformado en un estado policial que persigue a los chicos?
Volviendo a lo conceptual, esta tensión entre libertad y seguridad, en este caso, asociada ya no al enemigo invisible del terrorismo, como sucede en Europa y Estados Unidos, o a “la inseguridad”, como sucede en Latinoamérica, sino a “la salud”, no se puede definir en términos absolutos y varía según el grado de terror que padezca la sociedad: a mayor conmoción social, mayor posibilidad de aumento del control en nombre de la seguridad y mayor predisposición de los ciudadanos a ceder espacios de libertad. Porque si no existiera “la inseguridad”, ¿hubiéramos aceptado la imposición de cámaras en las calles? ¿Si no existiera el miedo al coronavirus, avalaríamos sin más que nos midan la temperatura o bajarnos una app con geolocalización para que sepan dónde estamos y con quién?  
Pongo casos concretos porque, justamente, los dilemas se plantean en casos concretos. Es que es muy fácil predicar a favor de la libertad desde los libros y la comodidad de mi casa pero teniendo responsabilidad de gobierno y recursos limitados yo tengo que actuar. Entonces, ¿qué hago? ¿Libero todo y permito que el fin de semana largo la gente se vaya a la playa? ¿O cierro todo hasta que se vaya el virus y me expongo a que el confinamiento se rompa de facto? Evidentemente, la solución no puede ser extender el confinamiento indefinidamente del mismo modo que a nadie se le ocurriría prohibir el sexo para controlar el VIH ni el uso de automóviles para evitar las 7000 muertes anuales que Argentina tiene por accidentes de tránsito.
Ahora bien, las marañas normativas o la continua actualización de las normas no ayudan a su cumplimiento aun cuando, con buen tino, nos explican que la situación es dinámica. No puede ser que yo pueda ir a comprar un churrasco todos los días, pero si quiero entrar a una juguetería o pasear a mi hijo me tenga que fijar el número de DNI y si es día impar y/o fin de semana. Entiendo que complicando tanto las cosas se busca disuadir pero cuando las normas resultan irracionales o de imposible cumplimiento hay un incentivo grande a pasarles por encima. Lo mismo podría decir de unas medidas que hasta este momento no han sido confirmadas pero que, según los rumores, supondrían la cancelación de la tarjeta SUBE para todo aquel que no sea trabajador esencial. Sin dudas debe haber buena voluntad en quien idea tales medidas pero está olvidando que quien hoy se sube a un colectivo en la provincia de Buenos Aires no lo hace para ir al shopping de Palermo a pasear sino que lo hace porque está desesperado, necesita laburar y no tiene auto propio. Además, dejar el poder de policía en el colectivero augura conflicto multiplicado exponencialmente. ¿Se imaginan cómo termina una situación en la que alguien necesitado de ir a laburar sube al colectivo, pone su tarjeta, el lector se la rechaza y el colectivero le dice “tenés que bajarte”? Sí, yo también me lo imagino. Lo mismo para otra medida que se impondría y que indica que habría que pedir turno a través de una app para poder viajar en tren. ¿La gente no tiene para morfar y vos me pedís un código QR para que me siente en un tren en el cual se suele viajar como el orto y al cual le debo sumar el miedo a enfermarme y morirme? Exímanme de comentario alguno, por favor. Insisto, al momento de escribir estas líneas, las medidas mencionadas no han sido confirmadas. Ojalá, entonces, se busquen alternativas y no se lleguen a implementar.
Más allá de esta crítica, quiero decir que también es atendible la posición de quienes tienen responsabilidad de gobierno, y en esto incluyo al gobierno nacional, a los gobernadores y a los intendentes de todos los colores políticos. Porque el confinamiento solo se puede extender con guita y guita no hay; y si los muertos suben el costo político lo pagarán ellos. O sea toda la ciudadanía los va a putear: si cierran porque cierran y si abren porque abren.
Entonces sobre este punto quiero centrarme en estas líneas finales porque más allá de este difícil equilibrio entre libertad y seguridad, o entre miradas paternalistas y miradas que depositan la confianza en la responsabilidad individual, está el hecho de que vivimos en sociedades fragmentadas y complejas donde lo único que hay en común es que todos creen tener algo de qué quejarse. Se quejan los de más de 70 años; los que viven solos y no pueden ver a la pareja; los que viven con mucha gente y ya no se soportan; los pobres que le reclaman todo al Estado como si los recursos fueran infinitos; la clase media que quiere pagar menos impuestos pero también quiere un Estado que la proteja; los ricos que se quejan de la emisión pero viven de los subsidios estatales; los que trabajan desde la casa; los que tienen que ir a trabajar; los que no trabajan; los padres separados; los que tienen hijos chicos; los que tienen hijos más grandes; los que tienen abuelos; los del rubro tal; los del otro rubro; el que vendía no sé qué; las profesiones liberales; los emprendedores de la cerveza artesanal; los periodistas que tienen sobrinos; los que sacaron crédito por el sistema UVA asumiendo el riesgo que no quisieron asumir otros, pero ahora quieren que les congelen las tasas; los inquilinos; los propietarios; los alumnos que creen que tener derecho a la educación es que les aprueben las materias y que les den el título; los docentes que dicen que trabajan mucho; los médicos porque son expuestos; los mismos médicos porque no reciben pacientes con otras patologías; las madres progres porque la salud psíquica de su “niñe” está en peligro si no va a la plaza a interactuar con “otredades”.
Todos reclaman con la misma vehemencia como si todo reclamo valiese lo mismo y como si todos los reclamos tuvieran que resolverse de manera urgente. “Mi” derechito, “mi” vidita es la que importa y el Estado tiene que responderme porque yo y mi sectorcito somos lo más importante.
A este clima de época, sumémosle, entonces, la tensión extra que supone una pandemia. No sé si tendremos la cuarentena más larga del mundo pero, evidentemente, no es un buen momento ni para gobernar ni para vivir en este maldito planeta tierra. 

miércoles, 20 de mayo de 2020

El gobierno de los médicos (publicado el 13/5/20 en www.disidentia.com)


Epidemiólogos, infectólogos, virólogos, médicos en general se han transformado en referencias recurrentes en los tiempos de pandemia. La mayoría de ellos constituyen comités de expertos convocados por los gobiernos al momento de tomar decisiones. Cada uno de los lectores tiene las herramientas para poder identificar a qué país le ha ido mejor y cuánta responsabilidad le cabe a cada gobierno de modo que mi intención no es adentrarme allí. Más bien me interesa pensar cómo, por la aparición repentina de un virus, prácticamente la totalidad de la población del mundo se vio obligada a cambiar sus hábitos y a aceptar acciones impuestas por los expertos que rodean a los gobiernos de un modo que jamás podíamos imaginar. De repente, en nombre de la salud y más allá del confinamiento obligatorio, debimos aceptar que se nos tome la temperatura para ingresar a un local de compras o en medio de una carretera; que existan certificados de inmunidad capaces de abrir la puerta a una jerarquía social que distinga “los inmunes” de los “no inmunes”; que aplicaciones a las cuales tenemos que brindarles nuestra geolocalización nos indiquen por qué calle ha transitado un apestado y nos limite la circulación si los apestados somos nosotros, etc. Si bien buena parte de esta información ya la brindábamos voluntariamente a empresas como Google o Facebook, la novedad es que estas nuevas formas de control se hacen en nombre de la salud de la población y de la recomendación de “los expertos” que levantan el dedo y nos dicen qué debemos hacer. Claro que estos expertos que comenzaron a manejar nuestras vidas no son los expertos de la economía o de otras disciplinas sociales sino los médicos. El fenómeno no es nuevo. Tampoco son nuevas las advertencias que podemos hacer.


La medicalización de la vida

Fue el filósofo francés Michel Foucault el que, sumando elementos para desarrollar las nociones de biopolítica y biopoder, esto es, las formas de ejercicio de poder que tienen por objeto la vida biológica del hombre, trató de articular los diferentes estudios de historiadores acerca del origen de la medicina tal como la conocemos hoy día. Su interés estaba en mostrar lo que él llamó “la medicalización de la vida”. ¿Por qué? Porque para Foucault, un estudioso de las formas de constitución de la subjetividad, el poder se ejerce a través del proceso de normalización de individuos y poblaciones. Y en este proceso, la medicina, al menos desde el siglo XVIII, ocupa un rol central. La “medicalización de la vida”, entonces, refiere a la función política de la medicina, al modo en que su saber se va extendiendo hasta ámbitos que trascienden lo estrictamente médico para convertirla en un saber central del control social de los Estados modernos.
Para desarrollar algo más este punto, me serviré de un breve artículo de Foucault denominado “Nacimiento de la medicina social”.
La discusión que está de fondo gira en torno a cuándo comenzó la “medicina social”, esto es, en qué momento de la historia la medicina dejó de ocuparse de los cuerpos individuales para ocuparse de “lo social”. Si bien hay quienes ubican a la medicina social como emergiendo en la década del 40 del siglo pasado, Foucault indica que esto es un error pues hacía dos siglos ya que el paradigma liberal había puesto el énfasis sobre las poblaciones en general.


Las etapas de la medicina social

Foucault entiende que el desarrollo del biopoder asociado a la medicina social atravesó tres etapas a partir del siglo XVIII: la medicina de Estado, la medicina urbana y la medicina de la fuerza de trabajo.
La primera etapa se dio hacia finales del siglo XVIII en Alemania de la mano de la aparición de “la Ciencia del Estado”. A la administración pública le interesaba el cuerpo de los individuos en tanto que su conjunto constituía el Estado y frente a los conflictos económicos, políticos y territoriales, una Ciencia del Estado debía tener un control de su población. Alemania constituyó así una “policía médica” cuya función era obtener un sistema completo de registro que además de las tasas de natalidad y mortalidad, hacía énfasis en la observación de la morbilidad y los fenómenos epidémicos. Además se quitó a las universidades y a la corporación de médicos la decisión sobre el tipo de formación y los títulos, pasando todo a manos del Estado; se generó una organización administrativa para controlar la actividad de los médicos y se nombraron funcionarios médicos por región.
La segunda etapa, la de la medicina urbana, se desarrolló en Francia hacia fines del siglo XVIII de la mano de, justamente, el vertiginoso proceso de urbanización que sentó las bases de lo que es hoy París. El hacinamiento, las masas de pobres que comenzaban a aparecer alrededor de las fábricas, las epidemias y el extrañamiento que suponía una forma de vida que nada tenía que ver con la vida rural, generaba nuevos focos de conflictos. Según Foucault, la burguesía, que todavía no se alzaba con el poder formal, propició y perfeccionó para esta época el modelo de la peste que se venía utilizando desde la Edad Media.
En realidad, para ser más precisos, desde la Edad Media había dos grandes modelos: el de la lepra y el de la peste.
El de la lepra era una medicina de la exclusión, porque se separaba al individuo para darle salud al resto. El leproso era enviado a un lugar alejado para mantener a salvo a los sanos. Sin embargo, el modelo de la peste que se perfeccionó a partir del siglo XVIII era una medicalización que no excluía sino todo lo contrario: se trataba de distribuir a los enfermos, individualizarlos, clasificarlos y vigilarlos controlando constantemente su estado de salud. Había que incluirlos pero para controlarlos. Se trataba, ni más ni menos, que el modelo de medicalización a través del formato de la cuarentena. Y en tiempos de covid-19 estoy casi obligado a citar la descripción que Foucault hace de las cuarentenas medievales:
         
1)    “Todas las personas debían permanecer en casa para ser localizadas en un lugar determinado. Cada familia en su hogar y, a ser posible, cada persona en su propio aposento. Nadie debía moverse.
2)    La ciudad debía dividirse en barrios a cargo de una autoridad especialmente designada (…) De este jefe dependían los inspectores, que debían recorrer las calles durante el día o permanecer en las esquinas para verificar si alguien salía de su vivienda (…) Se trataba (…) de un sistema de vigilancia generalizada (…)
3)     Estos vigilantes (…) debían presentar un informe detallado (…) Se empleaba, por tanto (…) también un sistema de centralización de la información.
4)    En todas las calles por donde pasaban [los inspectores] pedían a cada habitante que se asomara a una determinada ventana a fin de verificar si seguía viviendo (…). El hecho de que una persona no apareciera en la ventana significaba que estaba enferma [o que había muerto].
5)    Se procedía a la desinfección casa por casa”.

Si cambiamos al inspector que nos pedía que saliéramos a la ventana por la app que te descargas en el teléfono y te mide la temperatura, notaremos que no hay demasiados cambios.
En cuanto a la tercera etapa que menciona Foucault, la de la medicina de la fuerza de trabajo, ésta se desarrolló en Inglaterra, el país de la revolución industrial, donde resultaba imperioso ejercer un control social sobre los pobres y los trabajadores. Hacia fines del siglo XIX, los conflictos sociales tenían como protagonistas a los obreros y las condiciones paupérrimas a las que se veían sometidos los pobres se transformaba en una amenaza social, política y sanitaria para las clases acomodadas. Se lanza una “ley de los pobres” por la cual el Estado se hace responsable de la salud de las clases menos aventajadas y, al mismo tiempo, según Foucault, se establece un mecanismo de control sobre esas poblaciones que incluye registros de vacunación, epidemias y enfermedades, localización de lugares insalubres, etc.
En este sentido, no es casual que hubiera reacciones y revueltas contra el control médico. Incluso desde sectores religiosos se abogó por el derecho a morir y a enfermarse según el propio deseo y el destino sin intervención alguna del Estado.




La tiranía de los médicos

A propósito, y para graficar, cabe citar la novela del inglés Samuel Butler, Erewhon, publicada en 1872, es decir, justo en el momento al que Foucault hacía referencia. Más allá de la propuesta de su novela, antecesora de las grandes distopías del siglo XX, Butler realiza una crítica potente al espíritu victoriano. Lo hace a partir de las posibilidades literarias que le otorga imaginar una civilización que estaría aislada más allá de las montañas.
En esta particular civilización, los feos eran sacrificados y enfermarse era castigado penalmente porque el enfermo es un individuo que no logra realizarse, supone una carga económica para el Estado y es un riesgo para el resto de la sociedad. En la página 136 de la edición de Akal de 2012, por ejemplo, podemos encontrar la sentencia de un juez frente al caso de un “tuberculoso reincidente”:

“Me aflige ver a alguien tan joven y con tan buenas perspectivas en la vida rebajado a esta condición penosa a causa de su constitución, que únicamente cabe considerar como maligna. Sin embargo, su caso no es uno en el que haya que mostrar compasión, no es éste su primer delito: ha llevado usted una vida criminal […]. Se le condenó a usted el año pasado por bronquitis aguda y ahora que tiene usted veintitrés años, ha pasado por la cárcel en no menos de catorce ocasiones por enfermedades más o menos odiosas”.

Sin embargo, lo que más interesa a los fines de esta nota es que existe una segunda razón por la cual padecer una enfermedad en Erewhon es castigado por la ley. Se trata de una razón política vinculada a la posibilidad de una “tiranía de los médicos”. En el veredicto recién mencionado el mismo juez lo expone:

“Pero independientemente de esta consideración e independientemente de la culpa física que acompaña a este grave delito suyo, hay otro motivo por el cual no deberíamos mostrar clemencia, aunque nos sintiésemos inclinados a ello. Me refiero a la existencia de ciertos hombres que permanecen escondidos entre nosotros a los que llaman médicos. En caso de que se relajase el rigor de la ley o de la opinión pública tan solo un poco, estas personas descarriadas, que se ven obligadas ahora a trabajar en secreto y a las que solo corriendo un gran riesgo se puede consultar, pasarían a frecuentar los domicilios, su organización y su conocimiento íntimo de los secretos familiares les daría tal poder político y social que no se podría resistir. El cabeza de familia estaría subordinado al médico, que interferiría entre marido y mujer, amo y sirviente, hasta que el poder de la nación recayera únicamente en manos de los médicos y todo aquello que apreciásemos estuviese a su disposición”.

Las palabras del juez resumen lo dicho hasta aquí y expresan el sentimiento de, al menos, una parte de la Inglaterra de fines del siglo XIX, aquella que ya advertía el control social que suponía una medicina cuya pretensión era ir mucho más allá de su ámbito de incumbencia.
De todo lo expuesto, naturalmente, no debe inferirse un llamado a renunciar a los avances de la ciencia y menos aún supone desconocer el modo en que la medicina, que siempre es social, nos ha mejorado la vida a todos. Tampoco pretendo decir que el Estado es un monstruo malo o caer en grandes teorías conspirativas. Para ello ya alcanza con las hipótesis de los antivacunas o con los que sostienen que el covid-19 es una creación artificial lanzada para justificar el ingreso a una etapa de capitalismo autoritario.  
Se trata simplemente de advertir que en nombre de la salud también hay control social y que debemos ser conscientes de ello al momento de determinar cuánto estamos dispuestos a ceder en pos de nuestra tranquilidad. No hay en este sentido ningún manual y los límites se corren todo el tiempo según las circunstancias. En todo caso, lo que sí puedo decir es que es una buena noticia que los gobiernos se rodeen de expertos pero los expertos están lejos de ser infalibles, especialmente cuando pretenden ir mucho más allá de su parcializado saber. Sin menospreciar la dificultad que supone diagnosticar y actuar sobre un cuerpo individual para brindarle salud, extrapolar ello al cuerpo social es un error enorme y, sin embargo, demasiado frecuente. Lo que sirve para un paciente puede no servir para la comunidad toda o quizás sí desde el punto de vista sanitario pero la vida individual y la de una comunidad resultan mucho más complejas. Es decir, consultar expertos es algo que todo gobierno y todo individuo que pertenezca a una comunidad debe hacer. Pero la perspectiva de totalidad que debe tener un gobernante o un individuo común al momento de tomar decisiones, no puede quedar completamente atada a la mirada parcial del experto, porque todos somos cuerpos biológicos pero también somos mucho más que eso.   



sábado, 9 de mayo de 2020

Viejos de mierda (publicado el 29/4/20 en www.disidentia.com)


El hecho de que alrededor del 80% de los muertos por covid-19 sean mayores de 70 años ha hecho que el confinamiento de los denominados “adultos mayores” se transforme en el eje de controversias a lo largo del mundo en tiempos donde comienza a pensarse cómo se sale del aislamiento.
El gobierno de Macron aseguró que los mayores de 65 años debían continuar confinados más allá de la fecha de “fin de la cuarentena” y tuvo una respuesta monolítica de buena parte de los franceses que hasta advirtieron la posibilidad de un mayo en el que la única revolución sea la de las canas. Días después, el gobierno debió dar marcha atrás; en Reino Unido, al menos hasta el momento en que escribo estas líneas, la posibilidad de un confinamiento selectivo para los mayores estaba en estudio pero, en Alemania, Ángela Merkel aseguró que encerrar a los mayores para regresar a la normalidad era inaceptable desde el punto de vista ético y moral. Del otro lado del océano, en Argentina, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, al igual que sucediera con Macron, debió retroceder con la iniciativa de establecer un sistema de permisos de salida riguroso para mayores de 70 años cuyo incumplimiento sería penado.     
A nivel conceptual, al momento de defender o atacar la medida, hay mejores y peores argumentos esgrimidos tanto por los gobiernos como por los afectados. Estos últimos utilizan, naturalmente, razones vinculadas a los derechos individuales y a cierto universalismo o principio de generalidad por el cual seleccionar a un individuo o grupo específico en detrimento de otros o en detrimento del resto de la sociedad, supondría una medida claramente discriminatoria. Pero no faltaron quienes, más acorde a los tiempos, han enarbolado una defensa de los mayores en nombre de la identidad de un grupo vulnerable. Allí empiezan a aparecer algunos problemas porque dentro del grupo “mayores”, los varones son visiblemente más afectados que las mujeres y todavía no se sabe con exactitud a qué se debe. Con todo, esta evidencia trae tensiones porque si se trata de un asunto, llamemos, “biológico”, se mostraría que el lenguaje y la construcción cultural tienen límites objetivos; pero si esta vulnerabilidad no estuviera asociada a lo biológico sino a hábitos como los excesos o el deterioro físico por trabajo arduos, se acercaría evidencia para afirmar que el capitalismo (o los mandatos patriarcales) también afectan a varones. De aquí se seguiría un deber de propiciar políticas públicas de discriminación positiva sobre ellos o, al menos, sobre un sector de ellos.
Por parte de los gobiernos, en líneas generales, el argumento es utilitarista, y se expone en términos de llevar adelante acciones que favorezcan a la mayoría, aun cuando ello afecte a individuos o grupos particulares. Todos son argumentos atendibles pero a mí me interesaba posarme en la vejez como problema, ya que la desgracia de que esta pandemia ataque con tanta virulencia a quienes tienen más edad, vuelve a poner el eje en las dificultades que tienen las sociedades actuales para encarar el desafío de convivir con el envejecimiento de un sector de la población.
Es que más allá de la circunstancial pandemia que, más temprano o más tarde, algún día terminará, la situación de “los viejos” suele ser encarada desde la perspectiva económica, especialmente a partir del desequilibrio económico que genera que, sea por la baja en la tasa de natalidad en Europa, sea por la pauperización y la informalidad laboral en los países en vías de desarrollo, las cuentas de los sistemas previsionales no cierren. Porque con un promedio de edad que supera los 80 años, los jubilados reciben, por su condición de tal, durante prácticamente 20 años, un estipendio que los aportes de los sectores activos no logran cubrir. Dicho más fácil: la gente vive más tiempo después de jubilarse y los trabajadores que aportan son menos. Matemática básica. No se puede autosustentar. Las soluciones que se han dado a este desafío varían de país en país, desde subir la edad de jubilación hasta sistemas de capitalización privado pero se trata de parches y, en algunos casos, el remedio es peor que la enfermedad ya que subir la edad de la jubilación impide que haya trabajo para los más jóvenes y los sistemas de capitalización privada no han obtenido mejores resultados ni para el individuo ni para la comunidad, tal como lo demostró el caso argentino.
A propósito, entonces, de la vejez como problema, vino a mi mente una novela corta, llamada Diario de la guerra del cerdo, publicada, justamente, por un argentino en 1969: Adolfo Bioy Casares. El dato no es menor porque si bien parece ambientada en los años 40, momento en el que en Argentina irrumpía el peronismo, también puede leerse como una reacción al avance de las ideas socialistas y a esta reivindicación de la juventud por la juventud misma que fue tan potente en los años 60, como si haber nacido después que otra persona supusiera un mérito.
En la novela, “la guerra al cerdo” es como denomina un diario a la persecución que los jóvenes realizan sobre los viejos. El protagonista es un hombre que está cercano a “hacerse viejo” y relata, en forma de diario personal, los hechos que se van sucediendo: golpizas, secuestros, persecuciones y asesinatos a viejos por su condición de viejos. Nunca queda del todo claro por qué lo hacen. Por momentos parecen razones morales, por ejemplo cuando se manifiesta el desprecio que tienen los jóvenes por las actitudes lascivas que puede tener un viejo con una jovencita. Pero también se dice que puede obedecer a cuestiones económicas vinculadas al problema demográfico o, simplemente, a la intolerancia de una generación que está acelerada y ya no puede aceptar las torpezas propias de quienes tienen más edad.
Esto se puede conectar con algunas de las ideas expresadas por Simone de Beauvoir en La vejez, publicado, justamente, un año después que la novela de Bioy Casares. Allí ella afirma:
“Si los viejos manifiestan los mismos deseos, los mismos sentimientos, las mismas reivindicaciones que los jóvenes, causan escándalo; en ellos el amor, los celos, parecen odiosos o ridículos, la sexualidad repugnante, la violencia irrisoria. Deben dar ejemplo de todas las virtudes. Ante todo se les exige serenidad; se afirma que la poseen, lo cual autoriza a desinteresarse de su desventura. La imagen sublimada que se propone de ellos es la del Sabio aureolado de pelo blanco, rico en experiencia y venerable, que domina desde muy arriba la condición humana; si se apartan de ella, caen por debajo; la imagen que se opone a la primera es la del viejo loco que chochea, dice desatinos y es el hazmerreír de los niños. De todas maneras, o por su virtud o por su abyección, se sitúan fuera de la humanidad. Es posible, pues, negarles sin escrúpulo ese mínimo que se considera necesario para llevar una vida humana”.
Sin embargo, volviendo a la novela, Bioy Casares, en un pasaje extraordinario, le hace decir a uno de sus protagonistas algo que la autora de El segundo sexo también advertiría en su libro. Casi en clave psicoanalítica, uno de los protagonistas de la novela afirma: “Hay un nuevo hecho irrefutable: la identificación de los jóvenes con los viejos. A través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. ¡De ellos mismos tal vez! (…) En esta guerra los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser. Un odio bastante asustado”.
Probablemente haya muchas razones para explicar por qué la vejez aparece hoy como problema, y nótese que en estas últimas líneas comencé a hablar de “viejos” porque es tanto el espanto que nos provoca la vejez que debemos nombrarla con eufemismos como “los abuelos” (a pesar de que muchos no han dejado descendencia), los “adultos mayores” (que evidentemente parecen que son mayores que los adultos que se definen por ser “no mayores”), etc. Pero no son ni abuelos ni son adultos mayores. Son viejos y, en general, se los trata como viejos de mierda. Porque en una cultura donde impera el musculito, el verse bien, la velocidad y la juventud, a un viejo no le queda otra que ser un viejo de mierda.
Sobre todo porque ser viejo es sinónimo de improductivo y aquí podemos permitir cualquier cosa menos dejar de ser activo. Por eso el viejo es un descartado y no compite en igualdad de condiciones ni siquiera en las nuevas políticas de la identidad. Es que, en la carrera meritocrática por ver qué grupo es más víctima, los viejos pierden ya que, al no producir y al ver mermada su capacidad de consumir, quedan fuera de la competencia. Por eso, incluso quienes defienden el uso del lenguaje inclusivo, excluyen a los viejos. No los llaman “les viejes” ni “les abueles” ni “les adultes mayores”. Tampoco se habla de “les infectades” cuando hacen referencia a los afectados por el covid-19 probablemente porque la mayoría de los que mueren son viejos y son viejos de mierda porque además de viejos son pobres. De hecho, por el tipo de jubilación a la que acceden, en buena parte del mundo, ser viejo es sinónimo de ser pobre. De aquí que la gerontofobia, el desprecio por los viejos, sea quizás, más bien y sobre todo, una aporofobia, un desprecio por los pobres.
Además los viejos tampoco entran en el tipo de representación clásica en tanto extrabajadores porque como también indica De Beauvoir, “el interés de los explotadores es quebrar la solidaridad entre los trabajadores y los improductivos de modo que éstos no sean defendidos por nadie (…) Los viejos, que no constituyen ninguna fuerza económica, no tienen los medios de hacer valer sus derechos”.
Por ello, en tanto nuestra cultura nos evalúa según nuestra producción, ser viejo es una carga, una sobrevida inmerecida. Podemos tolerar que cumpla 65 años si sigue produciendo, esto es, si no se asume como viejo, o sea, si sigue produciendo como si fuese joven. Su “sobrevida” tiene que ver con la negación de lo que es. Sobrevivirá por no ser lo que es, por ocultarlo. Los propios viejos dicen sentirse bien si producen como lo hacen los jóvenes. No hay nada en el ser viejo en sí mismo que sea virtuoso. La única virtud está en poder ser como un joven. No se valora lo que se es sino lo que permite que no se vea lo que verdaderamente se es.
Cumplir más años y eventualmente obtener el beneficio de la experiencia no tiene ningún valor en tiempos donde reina lo efímero. De hecho hoy ya nadie busca la inmortalidad en sí misma sino que, en todo caso, lo que se busca es la continuidad (eterna) de la juventud.
Para concluir, una última reflexión: siempre solemos decir que no podemos saber quiénes somos si no recuperamos nuestro pasado, nuestra historia. Por supuesto que esto es verdadero. ¿Pero por qué nos desinteresamos de lo que vamos a ser? Esa es la pregunta que se hace De Beauvoir cuando indica “No sigamos trampeando: en el futuro que nos aguarda está en juego el sentido de nuestra vida; no sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos: reconozcámonos en ese viejo, en esa vieja”.
Si logramos reconocernos en ese otro viejo puede que actuemos diferente a como actuaron los jóvenes de la novela de Bioy Casares; puede que tengamos algo menos de odio a aquel viejo de mierda que vamos a ser.      
     

lunes, 4 de mayo de 2020

Tus presos, mis presos y el día después de la pandemia (editorial del 2/5/20 en No estoy solo)


Pasados los cuarenta días de confinamiento y ante un escenario, sanitariamente hablando, mucho más benigno que el que se esperaba, el gobierno perdió el control de la agenda del debate público. Tiene un amplio apoyo de los ciudadanos, incluso de muchos que no lo votaron en la última elección, a partir de que hay cierto acuerdo en que el confinamiento preventivo fue una política acertada; y tiene el apoyo de todos los políticos con responsabilidades sobre el territorio, sean del color que sea. Si estos últimos lo hacen por amor o lo hacen porque nadie quiere pagar el costo político de un brote en su distrito no es relevante en este caso. Pero lo cierto es que hoy el gobierno parece ir detrás de los hechos tratando de explicar lo que se puede y lo que no se puede explicar.  
¿Cuándo se rompió esa suerte de tregua implícita que había impuesto la irrupción de la pandemia? El día que Alberto Fernández mencionó a Rocca. Allí la agenda mediática viró completamente hacia lo económico más allá de que uno sospeche que la intención no era proteger a las pymes sino esmerilar a un gobierno que había osado pensar un impuesto a las principales fortunas de este país, algunas de las cuales reconocieron, a través del blanqueo, que habían evadido millones y millones de dólares de impuestos. El mensaje para el gobierno, entonces, fue claro: mientras lo que se redistribuya sea la pobreza, pidiéndole solidaridad a las clases medias para con las clases bajas, las aguas estarán calmas. Pero si se va por una redistribución real de la riqueza que afecte a los poderes concentrados, allí enfrentará a un sector que no piensa ceder ni un paso.
Otro aspecto que vuelve a quedar expuesto es que hay problemas de gestión. Claro que se cuenta con la herencia de un Estado desmantelado y claro que la pandemia suma dificultades imposibles de prever pero estamos presenciando una gestión a la que le costaba arrancar incluso antes de la aparición del covid-19. El BCRA tiene problemas y los bancos le han impuesto condiciones al gobierno además de trabarle los préstamos a las empresas, otorgar una tasa bajísima por los plazos fijos y cobrar tasas usurarias por las deudas con tarjetas de crédito; en la ANSES, Vanoli tuvo que renunciar porque los errores acumulados fueron demasiados, y en el Ministerio de Desarrollo hay un elefante loteado con patas de distinto color que quieren ir a lugares diferentes.
Además la sensación es que a Alberto no le gusta delegar y se ha cargado sobre los hombros también la esfera comunicacional. Como estrategia es buena porque lo hace muy bien y capitaliza apoyo pero no hay persona sobre la tierra que pueda soportar semejante presión. Es una tontería pero una muestra de los errores a los que esto puede llevar se dio en el mensaje grabado que extendía el confinamiento hasta el 10 de mayo y donde no quedó claro si habría una salida recreativa de una hora. Insisto: el mensaje estaba grabado y nadie de los que lo rodeaba lo advirtió. Y sin embargo, ese error llevó a cortocircuitos con gobernadores, intendentes y mucho mal humor entre ciudadanos que se habían ilusionado con esa posibilidad. Que mucha gente entienda lo que quiera o que haya dificultades de comprensión no es una justificación. Al contrario, si todos sabemos que mucha gente no entiende los mensajes o entiende lo que quiere, lo que hay que hacer es dar mensajes esquemáticos, repetitivos y claros. Alberto lo hace muy bien pero no puede hacerlo siempre bien.
Para finalizar, la controversia acerca de los presos merece varios comentarios aparte. Como alguna vez dijimos aquí, la oposición al gobierno no será moderada. Por supuesto que sería descalificar al sector no oficialista si lo redujéramos al pensamiento de Felicitas Béccar Varela. Pero cuando uno presta atención a las afirmaciones de los formadores de opinión, cabe advertir que lo que se está gestando es un caldo de cultivo para la irrupción de un liderazgo capaz de asumir ideas reaccionarias que parecían marginales. Dicho en otras palabras, estamos discutiendo si deben venir médicos cubanos y lo estamos discutiendo porque son cubanos; estamos discutiendo contra tipos que tienen un micrófono e instalan que “vos estás preso por la cuarentena y los chorros están sueltos”; estamos discutiendo contra uno de los diarios más importantes que al momento de dar una descripción de María Fernanda Raverta, flamante titular de la Anses, la presentan como camporista, hija de montonero y criada en una guardería de La Habana, que “se quedó” con la ANSES. Por todo esto, lo que enfrentará al gobierno no será una socialdemocracia blanca y progresista. No será un Felipe González. Puede llegar a ser un Bolsonaro. Esto, por supuesto, no hace que el gobierno sea inmaculado ni lo exime de culpas; menos aún lo aleja de sus propias tensiones y sus propios prejuicios.
Porque, y vale la aclaración, si bien es casi imposible estar informado en este país, al día que escribo estas líneas, en la provincia de Buenos Aires fueron excarcelados menos del 1% de los presos y la acordada del juez Violini indica que aquellos reclusos que podrían gozar del beneficio de la prisión domiciliaria serán aquellos que no hayan cometido delitos graves. Otros países, con gobiernos de derecha o de izquierda, han enviado a prisión domiciliaria a un porcentaje más alto de reclusos y sin embargo a pocos se les ocurre que detrás de esto hay un plan gubernamental de favorecer a los presos. ¿Cuál sería el beneficio que obtendría un gobierno por liberar a los delincuentes?  
Además, la medida de excarcelar y exigir prisiones domiciliarias no solo puede defenderse por razones humanitarias sino también por razones pragmáticas y estrictamente egoístas. Porque si el virus entra a cárceles hacinadas el contagio será masivo y mientras 45 millones de personas estamos encerradas y la economía se viene a pique, el colapso en el sistema de salud lo acabarían generando los presos. ¿Cómo te pondrías si no pueden atender a tu viejo porque el hospital público o Swiss Medical, obligada ante el desmadre, tiene que ocupar sus camas de terapia intensiva con asesinos, chorros y violadores?  
Dicho esto, es verdad que hay jueces que han mandado a sus casas a delincuentes que han cometido delitos graves; es verdad que podemos preguntarnos por qué se otorga prisiones domiciliarias cuando el Estado reconoce que ni siquiera cuenta con la suficiente cantidad de tobilleras electrónicas; y es verdad que hay sectores del gobierno que consideran que determinados delitos tienen que ver más con la desigualdad social que con la responsabilidad individual.           
Esto me da pie para insistir en algo que escribí hace unos meses. La Argentina no se divide entre garantistas y punitivistas sino que enfrenta punitivismos selectivos. La derecha, que tiene poluciones nocturnas con el control que ofrece la cuarentena, detesta los derechos humanos pero sale a esgrimir cínicamente razones humanitarias para exigir que los genocidas puedan volver a sus hogares como humildes e inocentes viejecillos; pero la progresía, que se reivindica garantista, en realidad hace un punitivismo selectivo, tal como se vio en el caso de los rugbiers donde, por tratarse de presuntos asesinos ricos, todos festejaban que “los pibes chorros” de las cárceles los amenazaran con fajarlos y violarlos; este punitivismo selectivo de la progresía solo acaba esgrimiendo los derechos humanos de los sectores que cree representar; los derechos son para “mis presos”; para “los tuyos” escarnio público, escrache y tortura eterna en la “plaza pública” de Twitter. Los enemigos de esta progresía que encarna la corrección moral parecen no pertenecer a “lo humano” y lo más peligroso es que para ocupar ese lugar de las “no personas” ni siquiera hace falta una sentencia judicial: alcanza con una denuncia en una red social vinculada a algún tema que esté en la agenda de la progresía para que desaparezca la presunción de la inocencia y que toda la biblioteca de los derechos humanos se vaya al carajo.
Naturalmente los punitivismos selectivos no son equivalentes pero estas contradicciones hay que advertirlas porque es por allí donde las ideologías de las derechas más reaccionarias aprovechan para intentar igualarlo y relativizarlo todo.
El gobierno entendió que el dilema entre la salud y la vida era falso. Lo habíamos dicho aquí. La cuarentena solo se puede aguantar con guita en el bolsillo o con un plato de comida en la mesa. De aquí que se esté destinando una cifra récord de recursos para mantener la paz social. Mientras, del otro lado, como ocurrió siempre, ha empezado esa lenta pero penetrante tarea de esmerilar la figura presidencial, un desgaste que espera el momento en el que, como se dice en la jerga, empiecen a “entrar las balas”. Esos sectores piensan en el mediano plazo porque habrá un día después de la pandemia. Y para ese día el Gobierno debería estar preparado.

domingo, 26 de abril de 2020

El capitalismo es un virus (publicado el 2/4/20 en www.disidentia.com)


Mientras libros como La peste o Ensayo sobre la ceguera vuelven a ocupar los primeros puestos en la lista de los más vendidos, junto a otras novelas de ciencia ficción y apocalípticas que nos hablan de pandemias y fin del mundo, fui a mi biblioteca y encontré dos libros que me van a ayudar con estas líneas. El primero es un ensayo del inclasificable William Burroughs, titulado La revolución electrónica; el segundo es otro ensayo pero, en este caso, perteneciente a Susan Sontag: La enfermedad y sus metáforas.
El texto de Burroughs no tiene el rigor ni el orden de un texto conceptual sino que, por momentos, parece seguir esa particular técnica creada por él para romper la linealidad de la escritura. Me refiero a aquella por la cual tomaba fragmentos propios o ajenos, los cortaba y luego los pegaba aleatoriamente en otro lugar de la hoja. La bautizó cut up y con ella realizó ese extraño libro llamado El almuerzo desnudo.
Escrito en los años 70, La revolución electrónica se puede ver como un manifiesto político revolucionario que, antes de la aparición de internet y de una tecnología que invadiría nuestras vidas, propone utilizar la tecnología contra sus propios creadores. Pero lo central es que en este libro desarrolla la idea de que el lenguaje es un virus y que la palabra escrita, en particular, se ha transformado en un virus constitutivo de lo humano. Si la palabra no ha sido reconocida como un virus es, diría Burroughs, “porque alcanzó un estado de simbiosis estable con el huésped” a tal punto que se replicará en las células sin perturbar su normal metabolismo.
Esta idea de la palabra como virus o, más bien, de utilizar el virus como metáfora me llevó al segundo libro aquí mencionado, publicado por Susan Sontag en 1977. En estas páginas, lo que la ensayista estadounidense hace es un estudio comparativo sobre las metáforas y las cargas simbólicas que giran alrededor de la tuberculosis y del cáncer. Desde la mirada romántica de la tuberculosis como presunta “enfermedad del alma” que se había transformado en una suerte de ideal estético entre literatos, pensadores y ciertos círculos burgueses durante el siglo XIX; hasta el cáncer como una enfermedad “del cuerpo”, de la que no se puede hablar y que, en tanto su presunto origen tendría que ver con emociones no expuestas, se transforma en una patología de la cual es responsable su portador. Por supuesto que, además, Sontag advierte sobre la utilización metafórica de las enfermedades, especialmente del cáncer, claro, al momento de dar cuenta del orden social; y de cómo este tipo de utilización puede derivar lisa y llanamente en genocidios cuando se afirma que la comunidad x es un gran organismo y que hay un elemento canceroso (léase un grupo étnico, religioso, político, etc.) que viene a amenazarla y a carcomerla.
Traigo a colación ambos libros porque la idea del virus que hace simbiosis con la entidad a la que invade hasta generar una unidad indivisible, sumado a la posibilidad de hacer del virus una metáfora, brinda una herramienta novedosa al momento de analizar este particular momento en el que las fronteras de los países están cerradas y millones de personas a lo largo del mundo se encuentran aisladas en sus hogares.
Porque como les decía hace algunas semanas aquí mismo, lo que está afectando a la economía mundial es el hecho de que el coronavirus esté impidiendo la circulación de personas, mercancías y signos por la sencilla razón de que ése es el fundamento del capitalismo. Sin circulación no hay capitalismo porque el capital se disemina como un virus y es más efectivo en la medida en que aumenta su grado de contagiosidad.  
Ahora bien, si lo propio del capitalismo y, más aún, del capitalismo financiarizado, es la circulación viral, nos encontramos ante la paradoja de que lo que lo está poniendo en jaque es un virus que impide la circulación. El virus covid-19 desviraliza al capital, le impide contagiar porque pone trabas, segmenta y aísla a aquello que debe circular.
Lo interesante es que, como decía Burroughs respecto del lenguaje, podría pensarse que el propio capital es un virus que cada uno de nosotros porta y que ha hecho una simbiosis con nuestro organismo. Somos nosotros mismos los que lo reproducimos y toda nuestra vida está organizada en función de la productividad, incluso los momentos de ocio. En tanto somos átomos de capital que necesita circular y producir es natural que quedándonos en casa sintamos que se desmorona todo el orden que forjamos durante mucho tiempo. Es que, claro está, de repente comenzamos a vivenciar una alteración completa del tiempo y el espacio impuesta por circunstancias externas, una suerte de improductividad obligatoria que altera, literalmente, nuestro cuerpo y nuestro aparato psíquico. En tiempos donde está tan de modo adjudicar todo a la cultura y al lenguaje, nos encontramos encerrados en casa con nuestros cuerpos amenazados, nuestra vida desnuda a la intemperie, hecha pura biología, y sin ningún otro horizonte más que la supervivencia básica. El tiempo de una pandemia es también el tiempo en que lo superfluo queda expuesto como tal y, para una cultura y un debate público que en general se basa en lo superfluo, eso es un problema.  
Igualmente, de esto no debería seguirse, como muchas lecturas neomarxistas han sugerido en las últimas semanas, la inminente caída de un capitalismo herido ni nada por el estilo más allá de que la magnitud de la crisis económica, social y política es mucho menos predecible que la magnitud de la crisis sanitaria. Aun así estoy dispuesto a afirmar que el coronavirus no hará ninguna revolución. Lo siento mucho.
De hecho ni siquiera debería inferirse de la idea de que el capitalismo sea un virus, la necesidad de aniquilarlo pues los virus no son necesariamente “malos”, a tal punto que muchos son esenciales para el equilibrio de la vida.
Incluso jugando algo con las palabras, un buen ejemplo de que los virus no poseen esencialmente una carga negativa en el uso cotidiano es la idea de “viralización” que se ha puesto de moda con el auge de internet y las aplicaciones. La viralización tiene una carga neutral y meramente descriptiva referida a aquello que tiene rápida circulación, aquello que se replica como en un efecto contagio. Y puede servir para denunciar una injusticia o, a veces, para cometerla. Pero en todo caso, el problema será de lo viralizado y no de la viralización, más allá de que todos sabemos que ninguna técnica es estrictamente neutral ni está disociada de su tiempo histórico.  
Para concluir, entonces, si bien estoy lejos de subirme a la tendencia de suponer que habrá un antes y un después de la pandemia en un sentido estructural, es real que por un lapso de tiempo breve, la paradoja de un virus que afecta la viralización del capital, ha creado un experimento social de una magnitud y una celeridad sin precedentes en la historia de la humanidad; un experimento que ha quitado la hojarasca para dejar ver, entre otras cosas, que los Estados actúan sobre nuestros cuerpos directamente, que en nombre del temor somos capaces de sacrificar nuestros derechos individuales y que sin circulación no hay coronavirus. Pero tampoco capitalismo.


jueves, 23 de abril de 2020

Aislamiento y pantallas: ¿la distopía deviene utopía? (publicado el 15/4/20 en www.disidentia.com)


“Todas esas actividades, desde luego, al igual que nuestra propia vida familiar, se las debíamos a la televisión. En esa época ni yo ni nadie había soñado con la posibilidad de encontrarse con otro personalmente. En realidad existían todavía, aunque casi nunca se las invocaba, ordenanzas antiquísimas que lo impedían: encontrarse cara a cara con otro ser humano era un delito punible (…) Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor. Naturalmente, de la inseminación de Margaret se ocupó AID y, como todos los niños, el único contacto que David y Karen tuvieron con su madre fue durante su breve vida uterina. Eso, no hace falta decirlo, enriquecía inmensamente, en todo sentido, la experiencia humana. De niño me había criado en el jardín de infantes del hospital, ahorrándome así todos los peligros psicológicos de una vida familiar físicamente íntima (para no mencionar los riesgos, estéticos y no estéticos, de una higiene doméstica compartida). Pero lejos de estar aislado, me encontraba rodeado de compañía. En la televisión nunca estaba solo”.
El anterior fragmento bien podría pasar por la descripción que realizará un adulto occidental dentro de unos años, en tiempos “DC”, “después del coronavirus”. Cambiamos el “televisor” por la pantalla del dispositivo y ya. Sin embargo, es parte de un cuento llamado “Unidad de cuidados intensivos”, publicado en 1977 por el británico James Ballard.
La existencia de este cuento me la recordó una nota que Mark O´Connell publicara el pasado 1 de abril en la centenaria revista de política y cultura New Statesman. El título de la nota lo dice todo: “Por qué estamos viviendo en el mundo de Ballard”.
Allí O´Connell explica bien cómo el hecho de un mundo jaqueado por un virus que ha generado un cierre masivo de fronteras, con casi 3000 millones de personas que están en este mismo momento aisladas en su casas, rinde uno de los mejores homenajes a muchas de las distopías que planteó el autor de Rascacielos, Noches de Cocaína, El imperio del sol y Crash, entre otros. 
En el cuento mencionado, tal como se sigue del párrafo escogido, el narrador ha naturalizado una vida de aislamiento a través de la cual, paradójicamente, ha forjado lo que para él es la unidad esencial de la vida: la familia.
Pero claro, el detalle es que esta familia, compuesta por una esposa y dos hijos, nunca ha tenido la posibilidad de conocerse personalmente. Habían construido una vida juntos, iban al teatro, al cine, luego se casaron, fueron de luna de miel a Venecia y criaron a sus hijos a través del televisor, sin moverse del living de sus casas y sin haberse siquiera tocado alguna vez. Sin embargo, fueron una familia feliz hasta que el narrador decide violar la ley y propiciar un encuentro, primero con su mujer y luego con los pequeños hijos.
El encuentro personal les genera una enorme desilusión ya que los cuerpos no eran los que parecían ser detrás de la pantalla, a tal punto que marido y mujer no se reconocieron. La razón es fácil de entender: tal como sucede hoy en día con los influencer que hacen culto a su imagen en instagram y abusan de los programas de edición para estar siempre estéticamente aceptables, los habitantes de esta sociedad imaginaria se maquillaban antes de salir a través de la pantalla, construían una imagen que difería de su apariencia real. El cuento no tiene un final feliz porque, en general, cuando la realidad difiere demasiado de lo que imaginamos, las reacciones pueden ser aterradoras y, por supuesto, lejos de intentar cambiar lo que pensamos, tratamos de acomodar el mundo a nuestras ideas. Pero este cuento sirve para realizar algunas reflexiones personales. Por lo pronto, como mencioné en este mismo espacio algunas semanas atrás, la pandemia es útil para revelar el funcionamiento del capital, claramente afectado por la ausencia de circulación de bienes, personas y signos, pero lo que vendrá después de la pandemia no será el fin del capitalismo ni supondrá un giro de 180 grados en nuestros estilos de vida. Más bien, y en este punto me permito dialogar con algunas de las intervenciones de filósofos y pensadores que se han generado en las últimas semanas y que se pueden encontrar en un libro on line llamado Sopa de Wuhan, lo que probablemente suceda es la aceleración de procesos que ya estaban desarrollándose. Si lo pensamos a partir del cuento, la paradoja de un mundo en el que a pesar de estar conectados a través de dispositivos nos sentimos y estamos cada vez más solos y deprimidos, estaba en pleno desarrollo antes de la pandemia. Es decir, O´Connell o quien escribe estas líneas, podríamos haber usado este mismo cuento para describir el funcionamiento de la sociedad en diciembre del año 2019. Sin embargo, en pocas semanas estamos siendo testigos de una aceleración vertiginosa de la ya de por sí vertiginosa tendencia a la digitalización y al control de la vida. Porque en muy poco tiempo el sistema educativo completo se las ha ingeniado para brindar contenidos y generar interacciones entre docentes y alumnos; el teletrabajo pasó a ser la solución para todas las empresas cuyo servicio así lo permite; el comercio digital creció exponencialmente por razones obvias; el consumo cultural vía streaming y los recursos de actuaciones en vivo a través de las redes sociales se ha convertido en algo cada vez más explorado; los envíos a domicilio ya no son producto de la comodidad sino de la necesidad y el proceso de bancarización (todavía relegado en países del tercer mundo donde la economía informal tiene mucha preponderancia) se ha visto desbordado en la medida en que los Estados comienzan a distribuir distintos tipos de ayuda económica a través de los bancos.
A primera vista, nada de lo recién listado resulta negativo más allá de que sobre cada punto se puede abrir un asterisco. Por mencionar solo uno, en el caso del teletrabajo, cuando culmine el tiempo de la zozobra, habrá que aclarar con precisión los límites porque muchas empresas consideran que el empleado que realiza su labor en la casa debe estar disponible las 24 horas y cumplir objetivos que exceden cualquier régimen laboral razonable.
Este punto nos puede servir de puente para desarrollar mínimamente el otro aspecto antes mencionado. Me refiero al del control de la vida. ¿Acaso no estábamos, antes de la pandemia, inmersos en un control de nuestros datos en manos de Estados y empresas como nunca sucedió en la historia de la humanidad? ¡Pues, claro! Y lo más curioso es que todos esos datos los brindamos de manera más o menos consciente o, en todo caso, era un precio que aceptábamos pagar por el beneficio de participar de un mundo interconectado en el que, para lograr la velocidad que deseamos, debemos brindar información personal, especialmente, claro está, vinculada a nuestros perfiles de consumo. 
Pero el proceso se está acelerando en nombre de la prevención de la enfermedad. De aquí que no nos haya sorprendido que una de las claves del control de la pandemia en China o Corea del Sur haya sido no solo una cultura oriental menos reacia a la obediencia y al Estado, sino un complejísimo esquema de control de datos que incluye millones de cámaras de reconocimiento facial, dispositivos capaces de medir la temperatura corporal, aplicaciones que advierten el circuito que pudiera realizar una persona enferma, y geolocalizadores generales que, en nombre de la planificación de políticas públicas, brindan la información sobre dónde estamos y qué lugares hemos visitado. En esta línea no es casual que Estados Unidos y Alemania estén avanzando en un eventual certificado de salud que acredite quién está sano para poder circular y quién no.   
O´Connell culmina su nota sobre Ballard afirmando que el fenómeno del coronavirus estaría demostrando que todos queremos abandonar el aislamiento y dejar a un lado medios tecnológicos para estar allí afuera abrazándonos, confundiéndonos entre amigos y extraños, circulando por nuestras grandes ciudades; que, si bien, gracias a esta pandemia, estamos metidos circunstancialmente en un mundo ballardiano, no somos como los personajes de Ballard: queremos constituir familias o lazos normales, saltar por encima de la pantalla.
Sin ánimo de polemizar, no estoy tan seguro que ése sea el sentimiento general. Podría ser el mío y quizás el de algunos lectores, pero el estado de aislamiento, cuando no está acompañado de enormes dosis de angustias que nos confunden, puede ser el lugar para repensar valores, costumbres, prácticas y la consecuencia de ello quizás diste del mundo maravilloso en el que todos nos abrazamos y volvemos a vivir en comunidad. ¿Por qué no pensar que después de estar aislados durante semanas, muchas personas, antes que salir deseosas de una vida en comunidad, se manifiesten al contrario? Quizás a muchos se les revele que sus relaciones familiares y de pareja son una mierda, que su trabajo es una mierda, que sus actividades sociales son una mierda y que allá afuera, en el mundo sin maquillaje, la vida es una mierda. Incluso puede ocurrir que estando aislados y sin proyección de futuro se acentúe mucho más la cultura de vivir el aquí y el ahora. Al fin de cuentas, todos los planes pueden echarse por la borda por un virus que puede matarte, arruinarte económicamente, destrozarte psíquicamente o, en el mejor de los casos, simplemente retrasar un año lo que tenías pensado hacer. Por último, el hecho de que esté permitido salir de casa solo para “lo imprescindible”, entendiéndose por ello la necesidad biológica de “conseguir comida”, podría generar al menos una reflexión acerca de qué es lo esencial y qué es lo superfluo, qué es lo que verdaderamente necesitamos para tener una vida plena y cómo muchas de las cosas que consideramos imprescindibles para ser felices quizás no lo sean.
Como les decía, con la aceleración de los procesos que ya estaban en marcha no habrá un cambio drástico o, en todo caso, la aceleración lo hará parecer drástico aun cuando no lo sea. Lo que sí puede ser drástico es que muchas personas se den cuenta que ya eran un personaje de Ballard y que el mundo que pensaba el británico es mucho menos displacentero de lo que se suponía. En los años 70 se trataba de un mundo distópico. Pero visto desde la perspectiva actual, puede haberse transformado en un ideal a perseguir, una verdadera utopía.