jueves, 28 de septiembre de 2023

El pinganillo es el mensaje (publicado el 25/9/23 en www.theobjective.com)

 

Fragmentar lo común; quebrar los vínculos; mediar la comunicación hasta incomunicar: en la España de las necesidades electorales, “el pinganillo es el mensaje”. Efectivamente, el escenario de la globalización que debilita las soberanías nacionales nos trae el horror de lo igual gracias a la vigilancia universal de instituciones supranacionales pero, al mismo tiempo, ofrece el infierno atomizado de las diferencias que pretenden ser cada vez más diferentes e inconmensurables.

Y no se trata de pasar por alto la historia de la violencia con la que se han construido buena parte de los Estados nacionales a lo largo de la historia; menos aún de poner en duda el derecho a las reivindicaciones lingüísticas en tanto patrimonio cultural de un pueblo. Pero lo cierto es que, tras la caída del muro, el “fin de la historia” vino fragmentado en una multiplicidad de heterogéneas identidades. Éstas pueden ser nacionales, raciales, religiosas, de género o asociadas a la orientación sexual pero el mandato indica “fragmentarse”. Dado que, a su vez y, como si esto fuera poco, un mismo individuo podría tener identidades múltiples, las combinaciones prácticamente infinitas hacen que se cumpla el sueño húmedo de la posmodernidad: que cada uno sea “único”.   

Entonces, más que los Estados nacionales, lo que parece el principal enemigo del pensamiento hegemónico vigente es todo tipo de comunidad. Efectivamente, en tiempos líquidos donde la moda es fluir, la estabilidad que propone la comunidad es un estorbo. Así, nada debe estar quieto cuando el negocio está en la velocidad en que puedan circular las mercancías (y no olvidemos que la identidad es quizás la gran mercancía de estos tiempos).

Por cierto, se habla de la insatisfacción democrática como un fenómeno salido de un repollo sin reparar que hay un dispositivo cultural que nos impulsa a diferenciarnos cada vez más, a romper todo lazo como si lo común, al igual que la biología y la realidad, fuera de derechas.

Es como si en vez de priorizar todo lo que de hecho compartimos, se fomentara la incomprensión, la idea de que todos somos tan distintos que en última instancia nadie puede establecer una conexión robusta con el otro. En esta utopía de la incomunicación, la traducción es imposible y el pinganillo aparece como símbolo necesario y, a la vez, inútil.    

A propósito, dos referencias vienen a mi cabeza: una filosófica y otra literaria. La primera refiere a Fritz Mauthner, un filósofo nacido en Bohemia, alguna vez citado marginalmente por Wittgenstein pero muy admirado por Jorge Luis Borges.

Contra la moda del neopositivismo que llegaría algunas décadas después, para Mauthner el lenguaje no permitía conocer la realidad tal cual es y la comunicación era imposible porque todo lenguaje es privado. Esto significa que aun cuando usted y yo habláramos, por ejemplo, un mismo idioma, nuestra percepción del mundo estaría mediada por palabras cuyo sentido nunca es exactamente el mismo. El ejemplo estrella en este sentido es el de la percepción de los colores: lo que para mí es verde para usted puede ser un tono más cercano a los azules, etc. En Contribuciones a una crítica del lenguaje, Mauthner afirma cosas tales como: “Aquello que sostiene, no solamente el cura y el pueblo acerca del lenguaje, lo que sobre él escriben casi todos los lingüistas, (…) esto es, que el idioma sea un instrumento de nuestro pensar (un admirable instrumento, además) me parece una Mitología”; o “(…) Nunca podrá ser el lenguaje fotografía del mundo, porque el cerebro del Hombre no es una cámara oscura verdadera y porque en el cerebro se albergan fines, y el lenguaje se ha formado según razones de utilidad”.

 

Por su parte, la referencia literaria la brinda G. K. Chesterton gracias a uno de los increíbles personajes de El club de los negocios raros. El libro repasa las historias de un grupo de personas que tiene oficios extraños pero que, sin embargo, les sirven de sustento: una agencia que le ofrece a sus clientes emociones fuertes en la vida real como ser perseguido por un loco que los quiera asesinar; un hombre que se “alquila” como acompañante de fiestas en las que finge ser un tonto para resaltar la inteligencia de su cliente; un agente inmobiliario que vende casas construidas arriba de los árboles; un juez moral que es contratado por gente que quiere recibir un castigo por alguna mala acción cometida, etc.   

Pero uno de los miembros del club es un antropólogo que considera que los idiomas son creaciones individuales y que, en su afán de probar su hipótesis, un día deja de hablar y comienza a hacer movimientos extraños con su cuerpo, lo cual hace que todos lo tomen por loco. Sin embargo, estaba cuerdo. Solo había inventado un idioma nuevo. El detalle era, claro está, que el único que sabía hablarlo era él. Este personaje, creador de una gramática que solo él reconocía, me remite a una tercera referencia, en este caso, el famoso “Pan Ajedrez” del artista argentino Xul Solar, justamente, gran amigo de Borges también. Esta particular derivación del ajedrez suponía la participación de dos jugadores, pero nadie podía jugarlo correctamente porque sus reglas eran cambiadas constantemente y solo eran conocidas por el propio Xul Solar.  

Dicho esto, en la utopía del mundo fragmentado donde cada uno solo puede ser comprendido por sí mismo, lo curioso es que lo común, aquello que se intenta destruir, ese lazo que conecta a la comunidad (de hablantes) y que se busca mantener oculto, se filtra e irrumpe en los descuidos, como ya lo había dicho Freud cuando explicaba algunas de las manifestaciones del inconsciente. De esta manera, detrás de la performance de las intervenciones, la burocracia y las polémicas en el congreso, de repente a todos se les pasa por alto que al representante catalán le traducen al castellano, (esto es, al idioma común), la intervención del representante gallego, y así con cada uno de los idiomas cooficiales.

Digamos entonces que, paradójicamente, en el momento en que eso común que conecta historias y cosmovisiones diversas es puesto en el centro de los ataques, es cuando más evidente surge su relevancia y su rol para establecer lazos comunitarios y una comunicación que nunca será perfecta ni total, pero que, en tiempos donde se intenta romperlo todo, se hace cada vez más necesaria.       

 

jueves, 21 de septiembre de 2023

Messi no habla inglés (y no debería preocuparnos tanto) [publicado el 14/9/23 en www.disidentia.com]

 

Se hizo viral en estos días una conferencia de prensa de Lionel Messi hablando un inglés fluido. Como todos sabemos, el genio futbolístico de Messi es inversamente proporcional a su capacidad en el manejo de los idiomas, de modo tal que enseguida supimos que era falso. Sin embargo, era Messi, era su voz y era su boca la que pronunciaba las palabras en inglés. La explicación llegó apenas más tarde: se trata de una de las tantas posibilidades que ofrece la Inteligencia Artificial (IA). Es que un video, en cualquier idioma, atravesado por la IA, puede reproducir al protagonista con su misma voz, en la lengua elegida y moviendo la boca como si esas palabras salieran de allí. Esta maravilla naturalmente abre la puerta a un sinfín de usos extraordinarios, pero también a manipulaciones que en breve serán imposibles de detectar. Si desde hace ya mucho tiempo se viene advirtiendo, con mayor o menor grado metafórico, que cada vez cuesta más distinguir la ficción de la realidad, el avance tecnológico ha roto ya la última barrera.   

Se trata de un paso más, quizás el definitivo, hacia la desaparición de la posibilidad de poder afirmar la verdad sobre algo, aunque para ser más justos, no hacía falta la intervención de la IA para llegar a este punto. En todo caso, el uso de la IA en esa línea es una consecuencia de algo que estaba roto desde mucho antes.  

Efectivamente, si ya no hay una realidad objetiva o un mínimo acuerdo respecto de lo que consideramos una base empírica común, es imposible que haya verdad en el sentido tradicional porque nuestros dichos no se refieren a un único mundo sino a múltiples. Es más, para ser precisos, habría que decir que la saludable crítica a la Verdad con mayúscula ha derivado en un mundo en que hay tantas verdades como sujetos y en el que todo se reduce a verdades contingentes del aquí y el ahora, un imperio de verdades minúsculas. 

En el mientras tanto, y como parte de un mismo proceso, han caído en descrédito las instituciones cuya autoridad “emanaba verdades”: la religión, los maestros, los médicos, las universidades, la justicia, los científicos, etc.

Conocemos que una de las falacias más comunes es la de adjudicar verdades a una autoridad por el solo hecho de serlo, pero estas instituciones que aun falazmente en algún momento generaban estabilidad y ofrecían confianza, hoy, para bien o para mal, han perdido ese privilegio: a la iglesia se la acusa de corrupta, a los maestros y a los universitarios se los señala por adoctrinar, la justicia acaba amoldada a las presiones de la turba y el poder de turno, los científicos se abocan a la acumulación de papers y los médicos han recibido el último cachetazo en la pandemia donde pasaron de ser los héroes que ponían el cuerpo a ser acusados de atemorizar y promover que nos quedáramos adentro. Si es tiempo de posverdad es también porque estamos en un tiempo de posautoridad.

Que sea tan difícil hablar de la verdad o llegar a mínimos acuerdos en el momento de la historia de la humanidad en que más información hay disponible, podría parecer paradójico; y sin embargo, sucede que a mayor información, mayor es la desconfianza. Es como si hubiera una suerte de descrédito del consenso y de la evidencia.  

A propósito, leí hace algunas semanas una entrevista que le realizaron al experto en comunicación, Ignacio Ramonet, en CTXT, https://ctxt.es/es/20230701/Politica/43571/entrevista-ignacio-ramonet-pascual-serrano-redes-sociales-trump-guerra-ucrania-conspiracion.htm en ocasión de su último libro sobre Trump y allí decía lo siguiente:

Cuanto más científica es una explicación, más discutible resultará. Por todas esas razones, para muchos ciudadanos, la pregunta pertinente, ahora, no es: “¿Qué pruebas científicas hay de que tal cosa es así?” Sino: “¿Por qué tanta insistencia en querer demostrarme y convencerme de que tal cosa es así?”. Esa es la sospecha principal, la desconfianza epistémica que se ha ido extendiendo, vía las redes, en nuestras sociedades. Es como si asistiéramos a una insólita inversión de aquella célebre predicción atribuida a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, según la cual “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Hoy, muchos activistas de redes conspiracionistas, consideran que una verdad repetida mil veces, es probablemente una mentira”.

En la repetición, entonces, la falsedad se hace verosímil y la verdad sospechosa. Del mismo modo, hay una desconfianza sobre lo “normal” y lo distinto deviene una virtud.

Pero, sobre todo, mayor información no supone acercarse más a la verdad porque ésta ha dejado de ser una conquista de la racionalidad y ya no hay método ni autoridad que funcionen como vehículo hacia la misma. Es que la proliferación de información hace que también circulen datos falsos o interpretaciones delirantes que sobresalen por el único mérito de objetar los consensos. Un verdadero imperio, también, pero de la diferencia.  

Sin embargo, habría que matizar en parte esta idea o, en todo caso, ser más precisos: porque no vivimos en un mundo sin verdad; en realidad, lo que ha ocurrido es que la verdad se ha trasladado a la esfera estrictamente individual. En otras palabras, todo se puede poner en tela de juicio, hasta hay gente que cree que la biología y la física son de derecha…, pero lo que no se puede objetar es la “verdad individual”, lo que el sujeto “siente”.

El punto es que hay una jerarquía entre los sintientes y entre los sentimientos porque hoy el lugar de la verdad lo tienen las víctimas, reales o ficticias. En otras palabras, no es cualquier sintiente sino el que sufrió un padecimiento lo que ubica al padeciente en la verdad. Más puntualmente: ni siquiera es importante que haya padecido realmente. Lo que importa es que logre posicionarse como víctima de algo o alguien. Es una cuestión menor, pero si se hace énfasis en las notas de color que aparecen en los portales de noticias, toda biografía de personaje famoso incluye ya en el título un padecimiento. Es como si la única manera de darle credibilidad al personaje sea como una historia de superación: “Juan Pérez, la historia del hombre que ganó el nobel, obtuvo 60 medallas olímpicas y llegó a la luna a pesar de tener una madre alcohólica”.  

En tiempos de posverdad y posautoridad, la única autoridad es la de la víctima y es de ella que emana la única verdad incontrovertible. Entonces lo que importa es que se pueda justificar la condición de padecimiento: si soy negro, padezco el racismo, si soy mujer padezco el patriarcado, si soy trans padezco el “cuerpo equivocado” y así sucesivamente en la carrera invertida del mérito donde ya no sobresale quien ha hecho mejor las cosas sino quien haya sufrido más según estándares que son estrictamente subjetivos.  

En resumen, digamos que todavía hay una pretensión de verdad solo que ésta se ha trasladado al ámbito individual y no es una verdad racional sino una a la cual se accede por revelación, ya no religiosa, sino “experiencial”. La diferencia es virtuosa y por eso la desconfianza es señal de sagacidad porque toda normalidad y todo consenso debe ser derribado, aunque más no sea desde la defensa de las teorías más inverosímiles.

Aceptemos entonces este falso Messi bilingüe, pues es evidente que, en el mundo actual, hay cosas más preocupantes que los alcances de la IA.   

 

miércoles, 13 de septiembre de 2023

La religión del perdón selectivo (publicado el 11/9/23 en www.theobjective.com)

 

Es imposible comprender en toda su magnitud los enfoques sobre los grandes temas de la agenda pública española de las últimas semanas sin tomar en cuenta la incidencia de la perspectiva del progresismo woke. Y no me refiero solamente al beso de Rubiales o a la delirante persecución a un grupo de chavales por los comentarios desafortunados que pudieran hacer en privado por whatsapp, sino también a la eventual posibilidad de una amnistía a los implicados en el procés.   

Es que resulta harto evidente que el progresismo se ha transformado en la religión de los tiempos presuntamente seculares, aun cuando esto incomode a sus devotos y aun cuando, naturalmente, haya resistencias.

Es más, como bien indicara un colaborador de este mismo espacio, Miguel Ángel Quintana Paz, la nueva religión progresista, a pesar de su obsesión contra la tradición judeocristiana y la Iglesia, se ha apropiado de muchos de sus símbolos, como ser, por ejemplo, el énfasis en la víctima. Claro que, en esta apropiación, el aprecio por la víctima deviene glorificación del victimismo con la consecuente divisoria entre personas que, por su color de piel, religión, género, etc. están determinados a ser víctimas o victimarios.       

Sin embargo, Quintana Paz agrega que hay un aspecto central de la tradición judeocristiana con la que el progresismo no se lleva bien: el perdón.

Efectivamente, más allá de la retórica garantista, una acción que contradiga los valores neopuritanos de la nueva dogmática, será perseguida de manera implacable independientemente del momento en que haya ocurrido. El linchamiento público puede ocurrir por un comentario en una red social realizado 15 años atrás; o, peor aún, en esta lógica de aplicación retroactiva de los linchamientos, utilizando los valores de la sociedad actual se pueden juzgar las acciones ocurridas hace 500 o 1000 años, tal como atestigua la moda del derribo de estatuas o la censura a determinadas obras y autores clásicos.

Sin embargo, llegados a este punto, es necesario hacer algunas consideraciones.

En primer lugar, esta particular relación que el progresismo tiene con el perdón debe entenderse a la luz de lo que es, desde mi punto de vista, uno de sus rasgos esenciales, esto es, la construcción de los vínculos sociales a través de la noción de “deuda”. Efectivamente, como decíamos antes, la sociedad progresista es una sociedad partida en dos donde hay víctimas y victimarios. Si eres no hombre, no blanco, no hetero, etc. perteneces al bando de las víctimas. Si no, lamentablemente, eres un privilegiado y te toca estar del lado de los victimarios. Esa condición es inamovible porque lo que lo define es una identidad y no las acciones de los individuos. Así, a estas personas que son víctimas “por esencia” se les debe algo que sería, por definición, imposible de pagar y, por ende, el victimario tiene una deuda que, también por definición, sería imposible de saldar. En otras palabras, nada de lo que hagan los varones blancos y heteros será suficiente. Nunca. Entonces el progresismo dice buscar la igualdad pero en realidad su continuidad depende de la posibilidad de perpetuar la desigual relación de poder existente entre acreedores y deudores.

En la comparación entre el castigo social en forma de linchamiento “virtual”, tan de moda últimamente, y el castigo por la vía judicial, está el mejor ejemplo del funcionamiento de este progresismo que no perdona y postula deudas eternas. Es que cuando una persona realiza un acto que está fuera de la ley, existe una penalidad en función del acto. Es lo que se conoce como “proporcionalidad”. Para tal acto, tal castigo en proporción al acto realizado. Desde la pena más baja a la pena más alta. Pero lo central allí es que con el cumplimiento de la pena, sea la que fuera, “la deuda” se extingue, aun para los peores crímenes. Eso quiere decir que el malviviente “paga” y cuando “paga” no debe más. Su castigo no es eterno. No sucede lo mismo con las “faltas” juzgadas por el progresismo woke. Allí no hay proporcionalidad, ni purga ni redención; el castigo no termina nunca del mismo modo que la cancelación es para siempre.

A su vez, en segundo lugar, dado que no hay proporcionalidad, el acto más trivial puede ser juzgado con una severidad inusitada según el humor de la turba. En otras palabras, como todo es lo mismo, alguien puede decir que lo de Rubiales es una agresión sexual que merece la cárcel, o un comentario idiota en un whatsapp privado puede iniciar una “cacería” mediática que, en el mejor de los casos, solo acabe con el fin de la carrera académica de un estudiante y su humillación pública.   

Ahora bien, si el progresismo fuera coherente en esta dinámica tan nociva, alcanzaría con advertir que estamos transitando una pendiente resbaladiza hacia una sociedad asfixiante que atenta contra nuestras libertades. Pero me temo que hay algo peor, de modo que a aquella advertencia hay que sumar una segunda vinculada a la particular selectividad que muestra el progresismo al implementar su pasión persecutoria sobre determinadas personas y determinados hechos.         

Pensemos, si no, en la eventual amnistía que se estaría negociando a cambio de los votos necesarios para la investidura de Pedro Sánchez. Se trata curiosamente de un concepto vinculado a la idea del “perdón”. De hecho, la propia noción de “amnistía” deriva del griego “amnestía” que significa, justamente, “olvido”, y del cual se sigue un sinfín de conceptos caros a nuestra civilización occidental, al menos desde Platón a la fecha.

En este caso puntual y por evidentes razones políticas, de repente puede haber perdón y olvido aun cuando la acusación que pesa sobre Puigdemont y demás intervinientes, tiene como objeto una acción que en cualquier lugar del mundo sería juzgada con la máxima severidad.    

Entonces ya ni siquiera es el problema de que todo parece lo mismo y de que acciones menores de eventual incivilidad o falta de decoro, se evalúen de manera desproporcionada, sino que acciones que deben considerarse desde el punto de vista penal, de repente, gozan del beneficio del olvido y el perdón solo por la conveniencia del poder de turno. Resulta así evidente que el progresismo ha devenido una religión en la que hay perdón, pero solo de manera selectiva.     

Aun con un grado de cinismo, permítaseme concluir estas líneas afirmando que podríamos perdonarles que fueran sectarios y fascistas, pero lo que no vamos a aceptar es que sean incoherentes; aunque mejor sería acabar con aquella frase que pronunciara un gran cantautor catalán cuando en un perfecto castellano afirmara: “si no fueran tan temibles, nos darían risa”.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Milei: el presidente necesario (editorial de No estoy solo publicado en www.canalextra.com.ar el 9/9/23)

 

Nadie lo imaginó, pero estamos a un paso del fin de la grieta. Y no es que los adversarios hayan decidido acordar o que uno de ellos haya hegemonizado el escenario. Más bien, la grieta se cierra en la medida en que la irrupción de una tercera fuerza “exterior” ubica a los viejos contendientes de un mismo lado. El peronismo vs antiperonismo aggiornado en el formato de kirchneristas vs antikikirchneristas/liberales/republicanos, se resignifica porque ambos ahora son vistos como parte de lo mismo: “la casta”. A los liberales de JxC le salió un libertario que los acusa de no ser lo suficientemente liberales y hasta de ser “zurdos” y socialdemócratas; y a los progresistas, tras años de recitar a Laclau, les aparece un populista de derecha que genera un “nosotros” versus un “ellos”, solo que el “ellos” no es Clarín ni el poder real, sino los privilegiados de la casta, espacio que compartiría el kirchnerismo no solo con sus “exadversarios políticos” de la grieta, sino con periodistas “ensobrados”, empresarios prebendarios, etc. Dosis de la propia medicina para todos.    

La irrupción parece vertiginosa y lo es, pues, al fin de cuentas, hasta hace unos tres años, Milei decía que ni siquiera le interesaba participar en política. Pero las señales abundaban tanto debajo como sobre la superficie de la sociedad y solo esperaban un catalizador. El resto se hizo solo y aquí estamos viendo el milagro: de repente, de manera involuntaria, los ahora excontendientes señalan con el dedo a la “antipolítica” y advierten sobre el riesgo de lo desconocido, del “outsider”, señalamiento que no hace más que confirmar que ellos son los “insiders”, los que están “adentro”.

Y allí aparece una paradoja porque Milei es el que puede llevarse a todos puestos, incluso puede llevarse puesto el país entero, pero, a su vez, es aquel que en un eventual gobierno puede generar tal caos que será el cheque en blanco para el regreso de todos aquellos que, a veces con justicia y a veces no, fueron denostados por él. En un país donde mañana es el largo plazo, puede sonar a futurología barata o ciencia ficción. Pero los pasos en esa dirección ya se están dando en la práctica y desde lo discursivo.

De hecho, esta parece ser la postura del kirchnerismo, en la misma línea del error cometido en 2015. Para este caso, bien cabe eso de “Si vas a cometer errores que sean originales”, aunque no se trata de un mensaje que prenda entre quienes creen hacer política pero solo buscan tener razón. Aquella vez se hizo mucho para perder o, en todo caso, no se hizo todo para ganar porque Scioli no era “de los propios”, “la batalla cultural estaba ganada” y “Macri era la dictadura que no iba a poder avanzar”. El resultado ya lo conocemos: 4 años después el país era otro, la batalla cultural se fue a la mierda y el condicionamiento para el nuevo gobierno sería fatal. Para colmo de males, se volvió pero se volvió peor… y ahora la estrategia parece ser que le explote todo a Massa. Algo así como “el que agarró la papa caliente que le dé el primer mordiscón y la coma toda”.

Entonces, ¿la idea será reaparecer como oposición intensa durante un eventual gobierno de Milei para decir “el kirchnerismo gobernó hasta 2015 y de lo demás no nos hacemos cargo? No tengan dudas. De hecho, entre 2019 y 2023 el kirchnerismo fue oficialismo opositor. De ahora en más, aprovechando el mal presidente que ha sido Alberto y su gran labor destructiva, todo se le achacará a él y a su ministro de economía. Y ya está. Volvamos a la comodidad de resistir con aguante porque somos pocos pero somos mejores y tenemos épica. Capítulo cerrado. Si los hechos han sido distintos, problema de los hechos.     

En el caso de JxC la situación parece menos clara. Ante un eventual gobierno de Milei es probable que el espacio se rompa y un sector aparezca como aliado, al menos en un principio. Quizás de esa manera puedan hacer que Milei avance con todo lo que ellos no pudieron y que, cuando la gente se queje, ellos salgan a criticar al libertario y a decir que hay que hacer un capitalismo más humano. Fíjense que al lado de Milei hasta Melconián tiene corazón y da ganas de invitarlo a comer un asado para que cuente chistes y putee. 

Pero un eventual triunfo de Milei también permitiría un reciclaje de distintos sectores, no solo los estrictamente vinculados a la política formal. Recuerdan el ¿“Contra Menem estábamos mejor”? Si reemplazamos a Menem por Milei, tendremos allí uno de los posibles escenarios del nuevo “acuerdo antigrieta” que tan bien funcionaba en los años 90 cuando Página 12 y Nelson Castro o Joaquín Morales Solá estaban del mismo lado porque estar en contra de Menem era comodísimo. Ahora incluso sería todavía más fácil porque en aquel momento había muchos que criticaban a Menem por antiperonistas y no por antiliberales, pero ponerse en contra de un presidente como Milei será facilísimo y tendrá costo cero.  

Entonces Milei será la ocasión perfecta para que se reciclen todos: los republicanos que son republicanos solo cuando son oposición, no van a criticar las recetas liberales sino que nos hablarán de la división de poderes y de los peligros de los personalismos; los programas de archivo van a hacer informes para concluir que el problema de Milei es que es misógino y que habla con los perros; los progres van a poder volver a intentar ser rebeldes porque ahora gobierna el cuco con todos sus hombres de paja; los ecologistas van a hablarnos de los derechos de los pulpos mientras muestran a Milei con un tentáculo en la boca; el debate de los 70 y la dictadura volverá al centro de la escena para que los trotskistas puedan marchar por algo más que la agenda identitaria de las universidades estadounidenses; los indignados tomarán el exabrupto del día contra los consensos fáciles y mayoritarios para pescar en la pecera y destrozar a alguien en las redes, y los periodistas, después de tantos años, van a volver a poder usar el gesto adusto y decir que están en contra del poder… ¡con lo que eso significa para un periodista!

La lista puede seguir, ya que Milei será el villano ideal para científicos, médicos, docentes, pueblos originarios. Todos van a merecer hasta alguna nota de TN para que las nuevas camadas de sus periodistas crean que no son como las viejas camadas que los contrataron para que crean que no son como ellos.  

Contra Milei nadie va a ser de derecha… lo cual se agradece en un país donde nadie puede decir que es derecha y donde ni la derecha se atreve a decir que es de derecha. De modo que, efectivamente, todos gozaremos de ser progres contra Milei. Incluso nos dirán que viene el fascismo y aparecerán los neoalfonsines hablando de democracia mientras el congreso lleva 4 años sin poder resolver, por ejemplo, una ley de alquileres. El consenso democrático roto se sutura contra Milei. Habrá actos con cantantes populares contra el fascismo donde no solo esté Víctor Heredia sino Lali Espósito y finalmente Milei sucumbirá, sea porque su fracaso estrepitoso chocará fuertemente con la sobreexpectativa que genera en un sector que cree en soluciones mágicas; o, por el contrario, porque el éxito de sus políticas demostrará que el país que él tiene en su cabeza tendrá más problemas que el problemático país en el que vivimos hoy. Y allí volverán los derrotados por un tipo que se hizo famoso a los gritos en la TV, para señalarnos y exigirnos que aprendamos la lección. Nos van a decir que si no los votamos “va a volver un Milei” y todo regresará a la normalidad: el señor pobre a su pobreza, el señor rico a su riqueza, el señor casta a su “casteza”.  

Hacia el final, en la película Batman, El Caballero oscuro, se indica que Batman no es el héroe que merecemos, pero sí el que necesitamos. La analogía es útil porque, efectivamente, el fracaso de la política merecería un candidato mejor que Milei. Pero quizás Milei sea el candidato que esta deslegitimada clase política y dirigente necesita para que al menos se la pueda valorar en comparación. Si no fuera porque el experimento y el camino hasta allí tiene un final tan abierto como riesgoso, podría decirse que, quizás, hasta les sale bien.    

 

 

domingo, 3 de septiembre de 2023

Milei, el Joker argentino (publicado el 31/8/23 en www.disidentia.com)

 

El triunfo de Javier Milei en las elecciones primarias en Argentina ha generado un estruendo que incluso ha cruzado el Atlántico para ocupar enorme cantidad de espacio en medios de España y el mundo. Dado que se trata de un fenómeno complejo y que la precisión ha estado ausente en algunos análisis, creí necesario acercar algunas interpretaciones que, ojalá, enriquezcan el debate. 

En la línea de lo que podría ser un Bolsonaro o un Trump, Milei es un outsider de la política. Sin embargo, difiere de aquellos en que tiene un sólido marco teórico libertario y anarcocapitalista o, como le gusta indicar a él, minarquista. Tomando en cuenta que las propuestas abiertamente liberales en la Argentina tuvieron más ministros de economía que votos, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Acaso la sociedad ha dado un giro hacia el liberalismo? Definitivamente no. El voto a Milei, más allá de que algunas intuiciones de liberalismo económico hayan calado profundo, es un voto fastidio y antielites. Claro que hay un sector de la sociedad que está viendo al Estado como un enemigo, pero sería voluntarista suponer un giro ideológico de esa magnitud. De hecho, todos los estudios cualitativos muestran que más de la mitad de los argentinos abrazan los pilares básicos del Estado de Bienestar lo cual incluye salud y educación pública de calidad, empresas estratégicas en manos del Estado, etc. Dicho esto, a mí me gusta decir que el voto a Milei, tiene más que ver con la actitud que con la ideología y, sobre todo, con la potencia de la divisoria que logró instalar entre un “nosotros” (como agregación de individuos), y la “casta política”.   

El llamado voto “bronca” y la creciente insatisfacción que Milei supo representar han sido tradicionalmente vehiculizados a través de opciones de izquierda. Sin embargo, ese sentimiento de frustración y de reacción rebelde frente a lo dado es representado por la derecha porque la izquierda ha devenido el statu quo, especialmente en lo cultural. Ha ocurrido en Argentina y viene ocurriendo en diversas partes del mundo. De hecho, si bien Milei ha recibido un apoyo bastante parejo en todas las generaciones de votantes, no es casual que tenga mucho predicamento en sectores jóvenes, mayoritariamente varones. Se trata de un grupo asfixiado por los nuevos patrones neopuritanos a los cuales continuamente se intenta “reeducar” y a los que se acusa de privilegiados por el solo hecho de ser varones.

Pero también Milei tuvo una potente presencia entre los más pobres, quitándole votos al peronismo donde siempre tuvo su base de sustentación. Dicho de otra manera, Milei no fue votado solo por los jóvenes emprendedores de clase alta que juegan a las criptomonedas y no quieren pagar impuestos, sino también por los precarizados repartidores de Rappi o por las clases medias profesionales que trabajan para el exterior a cambio de salarios irrisorios de menos de 1000 USS que el Estado argentino hace todo lo posible por desincentivar. Todos estos trabajadores tienen en común al Estado como enemigo. ¿Pero cómo fue que Milei logró penetrar entre ellos? Allí confluyen múltiples variables, pero hay cierta línea de continuidad con los procesos que se dieron en Estados Unidos y en Brasil cuando el Partido demócrata y el Partido de los trabajadores respectivamente, viraron su agenda de representación. Ya no eran los trabajadores sino una infinita suma de minorías cada vez más minoritarias. El peronismo, cuya columna vertebral han sido siempre los trabajadores y cuyo referente conceptual ha sido el pueblo, va transformándose desde la segunda década del siglo, en una fuerza hegemonizada por el progresismo. Ya no serán los trabajadores sino las mujeres, los LGBT, los negros, los marrones y todas las subvariantes imaginables; y ya no será el pueblo tal como lo entendía la doctrina social de la iglesia de la cual abrevó el peronismo original, sino esta sumatoria de colectivos siempre divisibles y competitivos en su condición de víctima.

Si bien la aproximación de sectores progresistas le permitió al peronismo del siglo XXI consolidar una fuerza mayoritaria que, por ejemplo, permitió la reelección de Cristina Fernández de Kirchner en 2011 con el 54% de los votos, la dinámica sectaria de ese mismo progresismo al interior del espacio y hacia afuera, en lo que respecta al tipo de políticas a aplicar y a los sujetos de esas políticas, generó un paulatino pero cada vez más profundo alejamiento de los sectores populares.

Este punto es interesante, porque la derecha, llamemos “tradicional”, encarnada por Mauricio Macri, nunca pudo hacerse fuerte en los sectores donde Milei sí lo ha hecho. Una vez más, la lista de sucesos que explican esto es grande, pero podríamos englobarlo en la idea de que tanto el peronismo progresista como esa derecha que era su principal oposición parecen hablarle a una Argentina que ya no es; de aquí que la respuesta del electorado sea “antipolítica” si al 30% de Milei obtenido con un discurso contra “la “casta”, le agregamos un 5% de voto en blanco y un 30% de ausentismo, varios puntos por encima del número de ausentismo tradicional.

Asimismo, si bien el fenómeno Milei es hijo de la crisis de representación que vienen atravesando las democracias occidentales y la Argentina en particular desde hace tiempo, no hubiera habido lugar a un discurso centrado en la idea de libertad sin los confinamientos de la pandemia. No solo el encierro en sí y “la casta” determinando cuándo se puede salir, algo que pasó en todo el mundo, sino, en el caso puntual de Argentina, el resentimiento que generó la evidencia de que el Estado, aun con todo el esfuerzo que se le pueda reconocer, no alcanzaba a proteger desde lo económico y lo social a más de la mitad de los argentinos. De esta manera, todos los empleados estatales, a quienes se les permitió retirarse a su hogar mientras siguieron recibiendo su salario del 1 al 5 de cada mes, fueron vistos como privilegiados por esa otra mitad que tenía que salir a trabajar asumiendo un riesgo para su vida.     

Por ello también llama la atención que el gobierno actual haga campaña, al estilo de lo que hiciera Sánchez contra el bloque “PP-VOX”, azuzando la idea de la llegada de un fascismo que “viene por nuestros derechos”. El punto es que con más de la mitad de los chicos en la Argentina en condición de pobreza, una mitad de  trabajadores “informales” y una inflación que se proyecta a un número superior al 150% anual hacia diciembre, buena parte del electorado se pregunta por qué derechos vendrán “si nosotros ya los hemos perdidos todos”.  

¿Hay en Milei una propuesta de futuro? Naturalmente hay una serie de ideas que prometen cambiar radicalmente al país enarbolando aquel mito de la Argentina potencia de un siglo atrás. Sin embargo, lo que parece más fuerte es la necesidad de la destrucción de lo que hay. Si el futuro es el “No hay futuro”, hagamos mierda lo que hay. Es el Joker con el resto de Jokers prendiendo fuego todo sin importar demasiado el mañana; un resentimiento popular que reacciona contra los privilegios pero que ni siquiera tiene que “enmascararse”. En esto hay una diferencia sustancial con las propuestas liberales de otra época en la Argentina. Es que el candidato que quería aplicar una receta liberal no podía admitirlo en campaña. Pasó con Macri y pasó con Menem de quien todos recordamos su famosa frase “si hubiera dicho todo lo que iba a hacer, no me hubieran votado”. Con Milei es distinto. Él dice todo lo que va a hacer y dice todo lo que no se animaron a decir aquellos que llevaron adelante reformas liberales de menor alcance que las que él propone.

Para finalizar, digamos que no se sabe qué va a pasar. Hace pocos días se hizo la elección y recién el 22 de octubre tendrán lugar los comicios generales donde se elegirá un presidente en caso de que alguno de los candidatos obtenga 45% o un 40% con una diferencia de 10% sobre el segundo. Si esto no sucediera, habrá una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados en noviembre. Por estas horas, no se descarta que Milei pueda llegar a esos 40%, pero lo más factible es que el libertario sea, al menos, uno de esos dos candidatos más votados que dirimirá la elección en noviembre. Su oponente saldrá de la derecha liderada por Macri en las sombras, y el candidato moderado del peronismo quien, desde mi punto de vista, es quien tiene más posibilidades de alcanzar el balotaje contra Milei. Llegados a ese punto, es probable que veamos al sistema político argentino crujir y plantear un panorama inédito con alianzas impensadas apenas semanas atrás. Si la incertidumbre es el sentimiento que mejor parece describir al futuro de los argentinos desde hace algunos años, todavía no existe la palabra para definir qué es lo que está por venir.