miércoles, 26 de julio de 2023

El relativismo es el sistema (publicado el 19/7/23 en www.disidentia.com)

 

¡Pánico moral! Tras el debate entre Sánchez y Feijóo, el 23J amenaza con repetir el resultado de las últimas elecciones en España y reproducir un escenario que viene dándose en distintos países donde la derecha obtiene buenos resultados y la ultraderecha resurge. En algunos sitios, a su vez, este fenómeno se solapa con la aparición de candidatos antisistema que irrumpen y son capaces de disputar con los partidos tradicionales. 

Frente a ello, analistas y referentes de las progresías del mundo tratan de encontrar explicaciones que, al eludir toda autocrítica seria, recaen en la presunta manipulación de los medios de comunicación, y/o en la supuesta reacción de unos supuestos privilegiados.

Lo cierto es que la mala administración de los gobiernos socialdemócratas, especialmente en lo económico, puede ser una de las razones del resurgir de la derecha; pero también hay razones más de fondo, a saber, una izquierda que afirma “más Estado” como respuesta compulsiva a todo y que, de repetirse tanto, más que una respuesta parece un ataque de hipo; o la evidente decisión de avanzar con una agenda de minorías que se aleja cada vez más de los intereses de las mayorías trabajadoras que la izquierda solía representar. Sumemos a esto que, en el plano social y cultural, esa misma agenda avanza vertiginosamente imponiendo un clima de asfixia y censura hacia todo aquel que ose al menos poner en cuestión algunos de los principios de la nueva moralidad neopuritana, y tendremos un panorama más o menos preciso del estado de la cuestión.  

Ahora bien, aunque todas estas son razones de fondo, quisiera ir todavía un paso más allá y para ello me serviré de una novela del escritor estadounidense Philip Dick publicada en el año 1956 y cuyo título (The World Jones Made) se tradujo al castellano como El tiempo doblado.  

Más allá de mutantes y colonizaciones de otros planetas, algo bastante repetido en la afiebrada mente de Dick, lo interesante de esta novela es que el autor de El hombre en el castillo, la sitúa en el escenario de una posguerra nuclear originada por visiones del mundo en pugna donde cada una decía representar y pelear por la Verdad.

Tras el desastre, las civilizaciones sobrevivientes entendieron que la única salida para construir un mundo nuevo era acabar con ese tipo de ideas y avanzar hacia una cosmovisión relativista, tránsito que describe bastante bien el derrotero de la humanidad hacia la posmodernidad después del año 45.

Lo cierto es que, en El tiempo doblado, el relativismo fue adoptado como política de Estado a partir de una suerte de “libro sagrado” cuyo autor era un tal Hoff. Siguiendo las directivas de este libro que era impartido en las escuelas y que se encontraba presente en todas las casas, ya nadie podía afirmar taxativamente nada.     

Con todo, como suele ocurrir cuando la ley es de imposible cumplimiento y es, dejemos agregar, irracional, la gente no la cumple. De hecho, uno de los protagonistas de la novela es un agente de la policía secreta preocupado por identificar a quienes no respetan el relativismo. Justamente, y para pavor del policía, uno de sus interlocutores confiesa: “Todo el mundo viola la ley. Cuando le digo a usted que las aceitunas tienen un gusto terrible, técnicamente estoy violando la ley. Cuando alguien dice que el perro es el mejor amigo del hombre, está haciendo algo ilegal”.

La novela, lateralmente, va dando mensajes que tienen mucha actualidad y que, evidentemente, Dick considera que serían algunas de las consecuencias de un Estado que fomente el relativismo: por ejemplo, en un pasaje, los protagonistas piden heroína de forma completamente legal en un bar; en otra, unos hermafroditas que actuaban en el circo y que eran una suerte de mutantes, cambian de sexo constantemente durante la performance.   

Pero lo interesante es que la trama gira cuando en ese mismo circo aparece un tal Jones que tiene la capacidad de ver el futuro hasta un año de distancia. Así, por ejemplo, ve ahora lo que le va a pasar dentro de 6 meses y luego lo vuelve a ver una vez cumplidos los 6 meses. ¿Qué tiene de relevante que aparezca un sujeto con este poder? Justamente, quien conoce el futuro, puede afirmar con certeza algo. En otras palabras, Jones acaba con el ideal del relativismo porque afirma cosas y esas cosas, además, se confirman en la realidad.

Lo interesante es que Dick capta perfectamente bien el sentir de una sociedad en la que nada se puede afirmar y lo que generaría, en este contexto, la irrupción de alguien que hable con la Verdad o, al menos, con una pretensión de ella. Así, en uno de los pasajes del libro se dice: “la gente no quiere conjeturar más; quiere certidumbres. El gobierno está edificado en torno a la ignorancia, a la conjetura. Y como ahora alguien puede saber, el gobierno está pasado de moda”.

De repente todo se precipita: la irrupción de Jones genera una revolución social y política. La gente sale a la calle con pancartas que indican: “Acabemos con el reino tiránico del relativismo”. El gobierno que “estaba pasado de moda” termina cayendo.

Un pueblo harto de conjeturas y de ignorantes que no pueden afirmar nada, harto de que todo pueda ser o no ser, erige en un líder absoluto a la persona capaz de decir que las cosas son de una manera, con todo lo que eso conlleva, naturalmente. Quizás sea para preocuparse, y la novela lo plantea, pero se trata de una reacción natural ante ese orden de cosas.

Digamos, entonces, que la novela de Dick es premonitoria en muchos aspectos, pero sobre todo da en el eje respecto del comportamiento de las mayorías ante gobiernos repletos de ingenieros sociales incapaces de defender una posición coherentemente y que, temerosos de afectar intereses, inventan sus hombres de paja y gobiernan en beneficio propio.

Por lo tanto, si las grandes instituciones que construyeron Occidente deben disolverse en el mundo líquido y posmoderno para aceptar al único gran relato admitido y la única religión posible, esto es, la de la víctima, es natural que haya una reacción; si ya no hay mentira sino solo “cambio de posición”; si sobre todo se puede decir una cosa y al rato decir lo contrario, como sucedió durante la pandemia, donde al desastre objetivo y la incertidumbre propia del caso, se le superponían gobiernos e instituciones mundiales capaces de montar un experimento social de normas cruzadas y contradictorias, también es natural que haya una reacción.

Dicho a la inversa: ¿cómo no va a haber una reacción si se aprueba una ley que pretende defender a las mujeres de las agresiones, pero acaba favoreciendo a los violentos? ¿Cómo no va a haber reacción si el Estado se rige por patrones objetivos para determinar nuestra edad, nuestra nacionalidad, la acreditación de nuestros estudios y nuestros niveles de riqueza al momento de pagar impuestos, pero permite que la mera subjetividad alcance para cambiar de género?

En síntesis, ¿cómo no va a ser el tiempo de las derechas y de los antisistema si la izquierda se volvió relativista y el relativismo es hoy el sistema? 

 

 

domingo, 23 de julio de 2023

Quizás sea nada (editorial del 22/7/23 en No estoy solo)

 

Si el spot de campaña de Unión por la patria resumía el clima interno y el espíritu de época llamando a dejar “la patria es el otro” por un “la patria sos vos”, otro tanto debería poder decirse del spot de Bullrich, “Si no es todo, es nada”.

A diferencia del spot oficialista en el que prácticamente no hay texto y lo único que se afirma es “La patria sos vos. Vamos a defenderla”, aquí parece que hay mucho que explicar y es la propia candidata la que pone la voz y el cuerpo para hacerlo.

En el spot se puede escuchar: “Si estuviéramos en un país normal tal vez alcanzaría con un buen administrador o un teórico de la economía. Pero no estamos viviendo en un país normal”; “el diálogo no saca a los narcos de Rosario”; “va a hacer falta mucha fuerza para recuperar el orden”; “la corrupción no se termina por consenso”; “las cajas y los privilegios nunca se los suelta negociando”; “el mejor plan va a tener que defenderse, más que en la teoría económica, en la calle”; “no podemos darnos el lujo de hacerlo a medias otra vez. Si no es todo, es nada”.

Un texto atormentado de sentido que podría haber sido creado a partir de Inteligencia artificial con todas las evaluaciones cualitativas de las consultoras y al cual, por si hiciera falta, se lo acompaña con imágenes seleccionadas con la precisión adecuada para que todo valga lo mismo y todo pueda mezclarse, desde Massa y Moyano hasta el “gordo mortero”.

Naturalmente, lo primero que intenta hacer el spot es despachar a Rodríguez Larreta (el presunto “buen administrador”) y a Milei (el presunto “teórico de la economía”). Lo hace desde la peligrosa ubicación de ser quien determina la excepcionalidad. La idea es que en un país normal, no haría falta una Bullrich, pero como no estamos frente a un país normal, necesitamos gobernantes excepcionales para tiempos excepcionales. Que suela haber tensión entre las leyes democráticas y republicanas, y aquellos que se autoperciben líderes excepcionales para tiempos excepcionales, es otro asunto.      

Luego, si se presta atención a las frases que continúan, el eje está puesto en el orden y en “no dialogar”, “no consensuar” y “no negociar”. Por supuesto que cada una de estas declaraciones está conectada con todo aquello que cualquier ciudadano de bien quisiera combatir, la droga, las cajas de la corrupción, etc., pero la selección de las palabras no es casual y apuntan a constituir la imagen del Sheriff con la que Bullrich cree que la Argentina se arregla. Tantos “noes” muestran que el orden de Bullrich no es el de una transformación por la vía positiva; es un orden de la negatividad.      

Por si esto fuera poco, llama a defender un plan (de ajuste) en la calle y para culminar, en el caso de que hubiera alguna duda, plantea un blanco o negro: “si no es todo, es nada”. Curiosamente se trata de la supuesta lógica binaria que el sector de Bullrich le atribuyó al kirchnerismo durante años a partir de aquella frase del “vamos por todo”. Para Bullrich, Macri (y ella misma, habría que agregar) fracasó por tibio, lo cual puede coincidir con el diagnóstico de un sector de la oposición, pero, evidentemente, no coincide con el diagnóstico de la mayoría de la población, la cual, si agradeció algo a Macri, fue que no hiciera todo lo que se proponía.

De hecho, si nos posamos en lo ocurrido en Santa Fe el último domingo, y más allá de algunas encuestas que posicionan a Bullrich sobre Larreta, el horizonte mayoritario, al momento de los votos, parecería ir por otro lado. Dicho en otras palabras, hasta ahora, los triunfos de la oposición se vienen dando por (y al modo de) los candidatos de Larreta. Desde Jujuy hasta los resonantes triunfos en San Luis, San Juan y ahora Santa Fe, lo que está ganando es un modo de construcción lo más amplio posible, sin nacionalización de la elección y utilizando la estructura que ofrece el partido radical en los territorios (la fórmula que le dio el triunfo a Macri en 2015).

Nada garantiza que el 13 de agosto los votos de los candidatos que triunfaron y juegan con Larreta vayan al actual jefe de gobierno automáticamente, pero si se comprometen con la elección, es de esperar que Larreta tenga una ventaja allí. Si se trata de “todo o nada”, entonces, quizás acabe siendo nada bastante pronto, aunque el final de la interna opositora estará abierto hasta el 13 a la noche. Sin embargo, un eventual triunfo de Larreta echaría por tierra una pregunta más que pertinente acerca de si, en tiempos de centralidad del kirchnerismo, es posible el triunfo de una oposición que no ingrese al debate público a los gritos, impulsando un antiperonismo furioso y prometiendo lograr tu consenso cagándote a palos. Si después lo acaba haciendo en la práctica es otro asunto, pero al menos en el modo de la presentación, hasta ahora, el gran problema que parecía (y que parece) tener Rodríguez Larreta es cómo construir una oposición más cercana al centro y con propuestas algo más realistas; una derecha que va a ser derecha pero que entiende que los cambios los tiene que hacer con algunas bases mínimas de consenso con una parte, al menos, de sus adversarios; una derecha que pueda seguir siendo de derecha pero al menos esbozar en algún momento que quizás el problema de Macri no fue su falta de aceleración sino su rumbo.

Insisto en que hablo del terreno de lo discursivo y que al momento de gobernar puede que tengamos las peores versiones de los aquí mencionados, pero a juzgar por los resultados hay una ventana para otra posibilidad. En todo caso, lo paradójico es que esa versión más moderada, que no se aleja tanto de la propuesta de Massa, es la que, de triunfar en la interna, probablemente disminuya demasiado las chances de un triunfo del oficialismo.

De hecho, aunque, repetimos, es una tontería extrapolar los números de las elecciones que se vienen dando a la elección nacional, hay que tomar en cuenta que en los distritos que explican casi dos tercios del padrón (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, CABA y Mendoza), el gobierno probablemente pierda por paliza en todos salvo en Buenos Aires (donde hasta puede ganar).

Alguien dirá que se trata de provincias que en general han sido refractarias al kirchnerismo pero, con una diferencia como la que se especula, la única posibilidad que tiene el oficialismo para sostenerse competitivo es ganar Buenos Aires con un margen importante y arrasar en el norte. Si observamos que salvo algunas excepciones como las de Formosa o Tucumán, los números no parecen ser arrolladores, y si agregamos que San Juan se ha perdido y que la siempre indescifrable San Luis también, la tendencia parece ser clara. No definitiva, pero clara.   

Para finalizar, entonces, un eventual triunfo de la estrategia Larreta al interior de su espacio, supondría agregar una variable más a los análisis. Es que si bien no hay duda de que el fenómeno Milei corrió el centro hacia la derecha obligando al propio oficialismo a ofrecer su candidato de centro, existe la posibilidad de que una mayoría del electorado opositor se incline por una versión distinta de la oposición, presuntamente más moderada. Esto nos permitiría pensar los últimos años de la política argentina como un péndulo o como una serie de tendencias en espejo: a saber, del mismo modo que la respuesta a la radicalización del kirchnerismo fue la radicalización de la derecha con Macri, la respuesta a la moderación del kirchnerismo, con Alberto Fernández y Massa, sería una moderación de la derecha.

Con una interna que se definirá por poco, no tendrá sentido hacer análisis terminantes ni tener demasiada esperanza. De hecho, del mismo modo que el kirchnerismo se viene reduciendo, pero sigue siendo relevante, un sector de la oposición, incluso si resultara perdedor, seguirá soñando con un país donde “es todo o es nada” y con un plan de ajuste que será defendido en la calle, no por la argentina blanca que desea Bullrich, sino por la policía.

 

 

miércoles, 19 de julio de 2023

Incumplir no cuesta nada (publicado el 17/7/23 en www.theobjective.com)

 

En los momentos previos a una elección es de esperar que cada uno de los candidatos exponga sus promesas de campaña con mayor o menor grado de credibilidad. Los análisis deben realizarse caso por caso, pero en general podría decirse que los opositores pueden prometer gozando al menos del “beneficio de la duda” porque no les ha tocado gobernar; para los oficialismos, en cambio, la situación es más compleja porque si prometes demasiado quiere decir que algo de tu gestión está en falta.

Asimismo, oficialismos y oposición tienen, a priori, distintos límites en cuanto al contenido de las promesas. En Argentina, este fenómeno es conocido como “Teorema de Baglini” en referencia al dirigente del partido radical que alguna vez lo expresara. El teorema indica que cuanto más alejado del poder se está, más margen existe para promover propuestas irrealizables. Como contrapartida, la otra cara del teorema, indica, entonces, que cuando más cerca se esté del poder, hay una mayor tendencia a que las propuestas se moderen y que se adopten perspectivas algo más realistas. Teniendo el 1% de intención de votos, puedo decir cualquier cosa. Teniendo el 30%, no.

De aquí que no deba sorprender que los partidos mayoritarios tiendan a acercarse hacia el centro y que los partidos ultra, sea por izquierda o por derecha, sabedores de que sus posibilidades de llegar al gobierno son bajas, sean proclives a la desmesura y a las propuestas hiperbólicas.

Yendo al caso concreto y aunque sería injusto circunscribirlo a España, digamos que la coalición oficialista es generosa en promesas y medidas de cumplimiento inmediato de claro corte oportunista. Tenemos la promesa de viviendas que ya no sabemos cuántas son y que se multiplican como los panes y los peces; el bono “interrail” y el cultural, además de avales y créditos para viviendas orientados a los jóvenes, y para los viejos quedó la posibilidad de ir al cine por 2 euros a ver lo último de Casanova y Alba Flores; también hubo ayudas para la agricultura, y la lista puede continuar. Como les indicaba al principio, a quien tiene responsabilidades de gobierno y lanza promesas o medidas previas a la campaña, en todo caso le cabe la pregunta acerca de por qué demonios no lo ha hecho antes.   

Siguiendo con el oficialismo está la zona gris de Yolanda Díaz, gobierno y oposición al mismo tiempo que busca “correr al gobierno por izquierda” y mostrarse más radical que Sánchez. Ella toma al pie de la letra el teorema y avanza con una propuesta de 20.000 euros para los que tengan el mérito de haber dado 18 vueltas al sol y, como si esto fuera poco, deseen emprender o formarse. Para el resto, se ofrece una reducción de la jornada laboral a 32 horas con el mismo salario. Lo interesante es que podría haber propuesto un subsidio de 500.000 euros o reducir la jornada laboral a 20 horas y a nadie le hubiera importado demasiado. Esto tiene que ver con que, como indicábamos, son propuestas de quien sabe que no va a ganar. Pero hay algo más y en eso quisiera centrarme ahora. Es que a nadie le importa demasiado porque en el fondo, el costo del incumplimiento de una promesa es cada vez más bajo.      

Dicho de otra manera, y una vez más cabe aclarar que no se trata de un fenómeno estrictamente español, una coalición oficialista capaz de prometerlo todo o apurar medidas con fines estrictamente electoralistas no tiene grandes consecuencias en las urnas. En todo caso, si el próximo 23J Sánchez es derrotado, no será por ello.

¿Por qué incumplir las promesas no tiene un alto costo? La respuesta necesitaría más desarrollo, pero podemos mencionar tres aspectos.

En primer lugar, a pesar de que la tecnología nos ofrece la posibilidad de acceder a archivos donde se pueden refrescar las promesas de los candidatos para evaluar su cumplimiento, la nueva temporalidad en la que vivimos lo aniquila todo. Velocidad mata archivo. La información fluye tan rápido que ya nada puede ni debe durar demasiado. No más que un par de días de escarnio público en redes si algún usuario con mínimos conocimientos de edición se ha tomado el trabajo de armar un video de menos de un minuto y ya. En el mejor de los casos, la promesa incumplida se hace meme o un slogan y allí puede tener más potencia, aunque también, de tanto circular, puede esterilizarse.

El segundo aspecto, quizás más profundo todavía, es que la promesa, como bien han trabajado muchos filósofos, desde Nietzsche a Arendt por solo citar algunos, es central para establecer lazos de continuidad en el tiempo tanto en el plano individual como comunitario. La promesa permite generar una conexión entre pasado y futuro porque supone un compromiso que abarca desde el momento de su formulación hasta su pretendido cumplimiento; y también es lo que permite crear grados de confianza y responsabilidad para un universo común. Pero esto a nadie le importa. Hoy hay que fluir. Lo perdurable es de derecha y el pasado solo existe para ser reescrito por los dueños de la moral actual; el presente es un espacio a ser habitado desde la emergencia del desastre por venir y la indignación; y el futuro es el lugar a rechazar por una sociedad infantilizada que sabe que allá adelante deberá ser adulta.

Por último, el incumplimiento de la promesa no tiene ningún costo porque al no haber una realidad común, nadie puede afirmar a ciencia cierta que una promesa se ha incumplido. Por ello, un presidente puede decir que no ha mentido, sino que ha cambiado de opinión. Para mentir o para incumplir una promesa tiene que haber una realidad común que pueda establecer si nuestros enunciados se corresponden o no con ella. Si los interlocutores hablan de mundos distintos e inconmensurables, y si lo que existe depende de la autopercepción y no de una realidad externa, ya no hay verdad ni incumplimiento, sino solo opiniones que valen todas lo mismo y que son intercambiables.

Para finalizar, entonces, si este enfoque es correcto, más que indignarnos respecto al bajo costo electoral que tiene el incumplimiento de las promesas, deberíamos apuntar a cuáles son las condiciones de posibilidad de este escenario. Abrumados y alienados por una información que fluye a velocidades extremas, gobernados por una casta de tecnócratas sociales dispuestos a romper todo vínculo intertemporal e intergeneracional, y asistiendo a un debate público donde los interlocutores hablan de realidades distintas y paralelas, que la política incumpla lo que promete, parecería ser casi lo de menos.        

 

 

domingo, 16 de julio de 2023

La patria sos vos (y ya era hora) [editorial del 15/7/23 en No estoy solo]

 

Se inauguró la campaña y habrá que reconocer a los creativos de Unión por la Patria que en menos de un minuto pudieron sintetizar tanto el clima electoral como el de época.

Para los que no lo vieron, el spot muestra diferentes rostros con la pretensión de abarcar distintas identidades (mujeres, varones, trabajadores rurales y de la construcción, mujeres cosiendo, jóvenes, científicos, algún presunto trans, médicos, maestras, niños, probablemente una mujer lesbiana, viejos, alguno un poco más rubio, otro un poco más morocho, un estudiante de cine, uno que parece de clase media, otro que parece de clase baja, etc.) y debajo de cada uno de sus rostros aparece la palabra “Patria”. Hacia el final se observan tres candidatos, Wado de Pedro, Agustín Rossi y Sergio Massa, y la voz en off indica: “La patria sos vos. Vamos a defenderla”.

La participación de De Pedro sería inexplicable si no se tratara de un mensaje dirigido a los votantes K que afectados por la culpa no quieren votar a Massa. El mensaje entonces es “Wado, el candidato de CFK, apoya a Massa”.

Ese mensaje, a su vez, incomodaría a Juan Grabois quien había prometido bajar su candidatura en caso de que el candidato a presidente fuese De Pedro. Y ahora resulta que De Pedro está con Massa aunque Grabois afirma que Massa es el círculo rojo y el FMI. Pero Wado está con Massa…en fin…. creo que usted lo ha entendido todo.

A propósito, el experimento de la candidatura de Grabois es inexplicable por donde se lo mire. Esto no va en detrimento de su figura, por cierto. Lo que es inexplicable es que el kirchnerismo le haya dado espacio a Grabois facilitándole el escenario con una lista única. Es que para quien lo haya olvidado, allá, muy lejos en el tiempo, esto es, unos 15 días atrás, Scioli era el traidor que osaba participar en las PASO y dividir al oficialismo. Como consecuencia, el kirchnerismo utilizó todos los mecanismos de presión formales e informales para que Scioli se bajara, siendo el más artero el exigirle avales imposibles de conseguir y el armado de listas propias, algo que, como les indicaba anteriormente, no fue un requisito para Grabois.

¿Cuál es, entonces, el sentido de haberle facilitado la candidatura a Grabois? ¿Los votos que pueda traer Grabois? Vamos, hablemos en serio. ¿Acaso la idea de que había que seducir al votante kirchnerista atribulado para que no termine votando al trotskismo? Aceptemos ese argumento y preguntemos: ¿entonces se supone que ese votante K va a votar a Grabois en las PASO afirmando que Massa es el diablo encarnado, la derecha, el FMI, La Embajada, pero al momento de la primera vuelta lo va a votar a Massa “para que no vuelva la derecha”? ¿Por qué haría eso? He escuchado algunos argumentos: “es que se trata de darle un mensaje a Massa”. Sin embargo, a juzgar por las encuestas, la interna estaría 9 a 1 de modo que seguramente el mensaje que recibirá Massa es que los que lo corren por izquierda son una minoría palermitana bastante pobre en el oficialismo.

“Lo que pasa es que Massa no es kirchnerista”, dicen otros. Pues claro. El punto es que Grabois tampoco lo es y, una vez más, esto no es contra Grabois, pero en todo caso, lo que parece es que Grabois es, ante todo, Graboista.

Entonces, si Grabois pierde 9 a 1, se va a intentar instalar que el kirchnerismo está muerto porque el candidato apoyado por los K de paladar negro perdió por paliza. Si a Grabois le va bien, y por bien entiendo perder 7 a 3, se dirá igualmente que el kirchnerismo está muerto pero, a su vez, el kirchnerismo le habrá dado vuelo a un candidato que acumula para sí mismo y que, llegado el caso, se sentará en una mesa diciendo “yo he sacado 10% de los votos en la general. Vengo a negociar”.     

Pero les decía que el hallazgo del spot era haber captado, también, el clima de época al dejar de lado el “la patria es el otro” por el “la patria sos vos”.

Podrá verse como un giro individualista o “hacia la derecha”, pero lo cierto es que comprende a la perfección que hay demasiada gente harta de vivir mal mientras la psicopatean con que hay una “deuda” con “el otro”; gente que siempre la ve pasar, que nunca es “el otro” y que tiene necesidades sin necesariamente ser pobre. ¿O es que acaso no ser pobre te transforma en culpable de algo? Se trata de gente que desde hace tiempo se viene preguntando cuándo le tocará algo en un país que lleva más de 10 años sin un crecimiento sostenido y donde bajo la retórica de “los derechos” se impulsa una carrera por la victimización en un supermercado donde el principal comprador es el Estado.

Que alguien exija que alguna vez le toque una y que se moleste cuando ve que, a su alrededor, los que dicen pensar en el otro se benefician bastante sin ser el otro, parece más razonable que de derecha.    

De hecho, cabe preguntar a quién se le habrá ocurrido que el peronismo plantea una patria para “los otros” y nunca para uno, nunca para los “yoes”. Se trata de esos misterios que se originan en alguna lectura sesgada que circula y se instala por ignorancia o por manipulación.

Es que regalarle los “yoes” a la derecha, esto es, el compromiso personal y autointeresado por una Argentina mejor para cada uno de nosotros y para los que queremos, es un premio para una derecha que, naturalmente, lo recibe con los brazos abiertos; algo parecido sucede con la idea de “patria”, atravesada por todos los prejuicios habidos y por haber impulsados por un progresismo que asocia las fronteras y la tierra de los padres con una categoría “milicoide”.

Para finalizar, entonces, digamos que se trata solamente de un spot, naturalmente. Pero si Massa avanza en esa dirección durante su campaña y en un eventual gobierno, el oficialismo podrá volver a interpelar a sectores que desde hace tiempo se sienten ajenos; será una interpelación a esos “otros” que nunca eran “los otros” a los que apuntaba el kirchnerismo mientras indicaba que vos no te merecías nada porque eras un privilegiado.

Por cierto, ¿saben qué? Les voy a decir algo: ya era hora.     

 

 

 

lunes, 10 de julio de 2023

Francia: es verdad, pero favorece a la derecha (publicado el 5/7/23 en www.disidentia)

 

En septiembre de 2018, en este mismo espacio, publicaba una nota titulada “La Europa sumisa” cuyos primeros párrafos planteaban el siguiente escenario:

En 2022 habrá elecciones en Francia. La candidata del nacionalismo populista, Marie Le Pen, obtendrá la mayor cantidad de votos pero no le alcanzará para ganar en primera vuelta. Y cuando todos supondrían que sería el candidato del socialismo el que llegaría al balotaje, el escenario de fragmentación y descontento apolítico y posmoderno, sumado al crecimiento de la población islámica, hará que un nuevo partido denominado Hermandad musulmana, con el 22,3% de los votos, desplace de la segunda vuelta al candidato socialista por apenas cuadro décimas. El máximo referente de la Hermandad, su candidato, se llamará Mohammed Ben Abbes y será un líder potente con un discurso liberal en lo económico, una propuesta imperial para una Europa ampliada y una única gran pretensión para Francia: incidir en el laicismo de la educación.

El día de la segunda vuelta habrá atentados y se suspenderán las elecciones. Pasadas algunas horas se sabrá que quienes perpetraron esos atentados son fascistas simpatizantes de Le Pen y yihadistas musulmanes que nada tienen que ver con la prédica democrática de la moderada Hermandad. Estos hechos precipitarán un acuerdo entre los socialistas y la Hermandad, y el electorado progresista acabará votando a Mohammed Ben Abbes en nombre de la defensa de la democracia y la República Francesa.

Ben Abbes será presidente y la Sorbona se hará islámica; los colegios laicos seguirán siéndolo pero con menos recursos estatales que contrastarán con una millonaria inversión de petrodólares saudíes para las escuelas privadas islámicas; bajará la delincuencia por políticas de “mano dura” y disminuirá la desocupación porque habrá un retiro masivo de las mujeres del mercado del trabajo gracias a los incentivos económicos que otorgará el nuevo gobierno para revalorizar la vida familiar con la mujer en la casa y al cuidado de los niños; Marruecos, Turquía, Argelia y Túnez ingresarán a la Unión Europea y se intentará avanzar para que el Líbano y Egipto hagan lo propio”.

No se trata de un producto de mi inventiva, sino de la trama de Sumisión, el libro que Michel Houellebecq publicara en 2015, de manera casual, casi en simultáneo con el atentado a Charlie Hebdó.

Más allá de que Houellebecq no pretendía hacer futurología y que la existencia de un partido islámico donde eventualmente muchos de los que hoy protestan pudieran canalizar sus reivindicaciones, no parece verosímil al menos en el corto plazo, hay un punto donde Houellebecq da en el eje. Me refiero a la particular conexión entre la izquierda socialista y las nuevas políticas identitarias, capaces de avalarlo todo en contra de la “demoníaca derecha”.

A propósito, leía una nota de Alejo Schapire en Infobae https://www.infobae.com/america/opinion/2023/07/02/quien-se-siente-frances-la-exacerbacion-identitaria-detras-de-la-furia-callejera-que-sacude-a-francia/ que reproducía un pasaje de un documental del año 2015, titulado Les Français c’est les autres (Los franceses son los otros) en el que en un colegio secundario claramente multicultural, preguntaban a los alumnos quiénes de ellos poseían la nacionalidad francesa. Todos respondían afirmativamente. Sin embargo, cuando se les consultaba quiénes se sentían franceses, no hubo uno que levantara la mano salvo una chica negra que respondió que sí porque dijo que dentro de su cabeza ella es blanca. Sin embargo, lo interesante es que ni siquiera los blancos que eran parte del curso y que, presumiblemente, nacieron en Francia como sus padres y abuelos, dijeron sentirse franceses, de modo que no era solo una cuestión “racial”.

Así que será preciso escuchar al resto de alumnos para comprender algo más la problemática. Uno de ellos, en la línea de su primera compañera, dijo no sentirse francés porque él se sentía negro (y en este caso su autopercepción coincidía con la realidad pues, efectivamente, era negro), y, a continuación, un compañero elaboró, a manera de crítica, la teoría de que los franceses blancos son “más franceses” que los franceses negros; otro se autodefinió como “hindú” a pesar de haber nacido en Francia y que el profesor le indicó que no hay ninguna incompatibilidad entre ser hindú y ser francés; hacia el final uno dijo haber elegido ser argelino porque ser argelino significa tener padres que hayan nacido allí; y otra, en un perfecto francés, reconoció que en su casa se habla árabe, que sostienen las costumbres de su lugar de origen y que todo eso, evidentemente, hace difícil que ella se sienta francesa.   

Cómo se puede construir una nación, un país o lo que fuera con cada vez más jóvenes que no se sienten parte de esa comunidad, es una incógnita. Si bien desde ya nadie puede imaginar que se lleven adelante procesos de asimilación como los que eventualmente pudieron darse en los orígenes de la constitución de los Estados-Nación, hay una serie de preguntas que hay que responder allí cuando el proceso de integración no se lleva a cabo.

Y lo que podemos sospechar es que las posiciones radicales en el debate no son las más adecuadas para dar cuenta de esos interrogantes. La izquierda arcoíris que tras abandonar a los trabajadores avanza en su agenda fragmentaria y “guetificadora” creyendo que la revolución vendrá de la mano de identidades racializadas y queer, es parte del problema y no la solución; asimismo, de más está decir que tampoco parece el mejor camino encarar la problemática desde teorías como las de “el gran reemplazo” donde cabalgando sobre novelas distópicas como El desembarco (1973) se plantea que hay una suerte de gran plan para sustituir la población occidental y cristiana europea por la población africana e islámica.   

En todo caso, aceptemos que el fenómeno es complejísimo, lleva décadas y que a su vez se explica por acciones que en algunos casos se realizaron hace siglos atrás. Con todo, podría comenzarse indicando que la desindustrialización, la consecuente pauperización de las condiciones laborales y el fomento de una inmigración que sería aceptada en la medida que se marche hacia los márgenes, es un punto a tener en cuenta. Que esto a su vez viene acompañado de cuotas intolerables de desigualdad y racismo que se viven a diario y que frente a la justicia y la policía se hacen más ostensibles, resulta evidente también. Agreguemos a esto la situación particular de Francia, que busca erigirse como guardián moral de la corrección política al tiempo que debe dar respuesta a algunos interrogantes como los que planteó la primer ministro italiana, Georgia Meloni, en octubre del 22 cuando en un discurso público indicó:

 

Los cínicos, Emmanuel Macron, son los franceses que envían a la gendarmería para devolver a cualquier inmigrante que intente cruzar la frontera en Ventimiglia. Pero sobre todo, porque las cosas tienen que ser contadas como se debe; vomitivo es quien, como Francia, continúa explotando África imprimiendo dinero para 14 países africanos, sobre los que aplica el señoreaje (impuesto sobre la fabricación) forzando a trabajar a niños en las minas extrayendo materias primas, como sucede en Níger, donde Francia extrae el 30% del uranio que precisa para operar sus reactores nucleares mientras que el 90% de la población de Níger vive sin electricidad. No nos venga a dar lecciones de moral, Macron, porque los africanos están abandonando su continente por culpa de ustedes. Y la solución no es transferir africanos para Europa, sino liberar África de algunos europeos”

 

Ahora bien, el punto es que todos estos elementos juegan un rol a tener en cuenta, pero seguramente no alcanzan para responder por qué en Francia sucede lo que sucede y por qué una joven población multicultural que goza de los beneficios del Estado de Bienestar dice no tener un sentido de pertenencia “nacional”.

Y el punto es que cuando alguien plantea que hay un problema en una inmigración que se fomenta sin planificación y sin formar parte de un proyecto integral de desarrollo, es rápidamente tildado de xenófobo. Igual suerte tendrá quien advierta que los guetos donde se establecen Estados paralelos bajo control de mafias, que en muchos casos son mafias de inmigrantes que se aprovechan de un Estado que “deja hacer”, son polvorines que están siempre a punto de explotar.

De lo que tampoco parece que se puede hablar es del condicionante de la religión. En eso el progresismo es curioso: impone con potencia de mandato universal sus valores en el debate público occidental, pero es generosamente relativista con culturas y religiones donde las identidades privilegiadas por la progresía sufren algo más que “microagresiones”.

Del mismo modo, los cambios demográficos veloces gracias a culturas cuyos hábitos distan mucho de esta suerte de antinatalismo que domina Occidente y que reemplaza hijos por mascotas, también es algo a atender. Por cierto, quien escribe no tiene hijos y ama a los gatos, pero de lo que no hay duda es de que si en un mismo barrio convive una cultura que fomenta las familias numerosas y otra que no, en pocas décadas habrá un desequilibrio. Y ello generará conflictos especialmente si ese cambio es rápido y se ve afectada de alguna manera la dinámica originaria de la vecindad con zonas donde eventualmente se imponga una religión y hasta un idioma nuevo. Plantear que esto es un problema no es ser xenófobo o de derecha: es simplemente ser realista. 

Pero no. Hay que hablar del racismo y de la desigualdad. De Occidente solo se va a permitir que siga exponiendo su culpa y que, como aquel monje de El nombre de la rosa, se autoflagele al grito de ¡Penitenciagite!

Tampoco se puede hablar de comunidades que por su religión y por sus propios valores no desean asimilarse y pretenden imponer sus modos de vida aun cuando vayan en contra de los hábitos del país de acogida.

En el mismo sentido, está prohibido indicar que “la ideología de la víctima” que ha inculcado a todo no-hombre no-blanco una condición de acreedor de una deuda eterna, es también parte del problema; del mismo modo que es parte del problema que una presentadora de TV se preocupe menos por los chicos acuchillados que por cómo un nuevo atentado puede “favorecer” a la derecha de Le Pen.

Si queremos que el mundo que viene no sea el de fronteras cerradas donde se estigmatice a culturas y religiones por ser diferentes, lo mejor es poder exponer toda la problemática y no solo aquella que coincide con nuestra ideología. Negar la evidencia y la realidad nunca es un buen camino. Ni siquiera cuando favorece a la derecha.  

 

 

miércoles, 5 de julio de 2023

Pablo Iglesias también pierde en Argentina (publicado el 3/7/23 en www.theobjective.com)

 

En medio de un proceso inflacionario que ha alcanzado en mayo el 114% anual, la Argentina ha elegido sus candidatos de cara a la elección presidencial que se desarrollará en octubre de este año. A las opciones de centro derecha y ultraderecha con posibilidades ciertas de llegar al gobierno, se le agrega la decisión de la coalición peronista gobernante de elegir a su candidato más de centro en detrimento del candidato preferido de Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta, actual vicepresidenta y principal aportante de los votos al espacio.

Más allá de la relevancia de la elección en sí, los comicios en Argentina son importantes, por un lado, porque después del regreso de Lula a Brasil, lo que allí suceda será clave para entender si estamos ante tendencias que se confirman o vientos de cambio en la región; y, por otro lado, porque, aun con limitaciones, es posible trazar algunos paralelos con el escenario electoral en España. 

Aunque Latinoamérica es enormemente diversa, las últimas décadas han dejado ver hegemonías claras: a la socialdemocracia de los 80 posdictaduras, le siguió una década neoliberal en los 90 y luego unos tres lustros de gobiernos populares, (o populistas de centro izquierda) con Chávez, los Kirchner, Lula, Correa y Evo Morales como principales estandartes.  

Justamente fue la derrota del candidato kirchnerista en Argentina, en el año 2015, a manos de una coalición de derecha liderada por el empresario Mauricio Macri, la que parecía inaugurar un nuevo ciclo en la región, algo que luego se vería confirmado por la llegada de Bolsonaro, la derrota del correísmo en Ecuador, el conflicto en Bolivia, el aislamiento de Venezuela y el reemplazo de los gobiernos socialdemócratas en Chile y en Uruguay por opciones liberales.

Sin embargo, el cambio de tendencia no llegó a ser tal y se detuvo en un lustro para expresar una suerte de empate hegemónico ya que en 2019 el peronismo vence a Macri, el candidato del MAS triunfa en Bolivia, en Chile y Colombia llega la izquierda, Lula sale de la cárcel y regresa al gobierno, etc.

En este marco, algunos ansiosos anticiparon una nueva era de gobiernos populares en la región. Sin embargo, cabe una primera aclaración: si bien cada experiencia tiene sus particularidades, lo cierto es que el retorno de “la izquierda” fue posible gracias a versiones más o menos edulcoradas en relación con sus predecesoras. Si tomamos el caso de Argentina en 2019, el kirchnerismo tuvo que renunciar a liderar la fórmula presidencial y apoyar allí a un socialdemócrata como Alberto Fernández, quien había sido jefe de gabinete de los gobiernos de Néstor Kirchner y su esposa, pero que luego renunció y fue de los principales críticos de la gestión de ella durante diez años. Fue solo girando hacia el centro del arco ideológico que el peronismo pudo volver al poder y algo parecido sucedió con esta nueva versión “light” de Lula. En el caso de Chile y Colombia el giro hacia el centro no se dio antes de las elecciones sino una vez en el gobierno, pero en todos los casos quedó en evidencia que la agenda popular/populista que gobernó la región tiene más límites que antes. En este sentido, aun con gobiernos de centro izquierda, podría decirse que la derecha ya ganó.

De hecho, este fenómeno parece confirmarse cuando se observa la nómina de candidatos en Argentina. Según las encuestas, casi dos tercios de los votos podrían ir hacia opciones que van de la centroderecha a la ultraderecha. Esto es, por un lado, el espacio que supo ser liderado por Macri y que ahora juega una interna entre un sector de derecha y uno de centroderecha, y la flamante novedad que rompería la polarización en la que está enfrascada la Argentina desde hace tiempo: la aparición de una variante de ultraderecha libertaria liderada por Javier Milei, un economista mediático que ha participado de encuentros organizados por Vox y que, según las encuestas, tiene un apoyo de entre 20 y 30%, lo cual podría ubicarlo en el balotaje (a diferencia de España, el sistema presidencialista argentino de elección directa indica que para llegar al gobierno es necesario obtener, en la primera vuelta, un 45% o un 40% con una diferencia mayor al 10% respecto del segundo; de no suceder ello, habrá un balotaje entre las dos fuerzas más votadas).

Sin embargo, el dato saliente de los últimos días es que la propia coalición peronista decidió erigir como candidato de consenso al actual ministro de economía, Sergio Massa. Se trata de un líder joven que se inició en una agrupación política liberal y que profesa un peronismo “moderno” (aunque nadie sepa bien qué significa eso). Al igual que el actual presidente, Alberto Fernández, Massa también supo ser jefe de gabinete de Cristina Fernández de Kirchner hasta que renunció y decidió enfrentarla para vencer al kirchnerismo en 2013. Sin embargo, con la idea de que las ofensas en política prescriben a los seis meses y en tiempos donde nadie resiste archivos que igualmente a pocos interesan, el kirchnerismo acabó aceptando a quien tiene muy buen vínculo con el FMI y con la Embajada de Estados Unidos, quizás los dos grandes “enemigos” del peronismo en su versión kirchnerista. De aquí que a los ojos del votante kirchnerista medio, claramente identificable como un “peronista de izquierda”, Massa sea un “peronista liberal de derecha”, continuador de las políticas neoliberales llevadas adelante por el gobierno de Carlos Menem entre 1989 y 1999, por cierto, un gobierno también peronista.   

Si bien las comparaciones con el caso español deben hacerse con cuidado, las encuestas afirman que el actual gobierno de Alberto Fernández, de muy buen vínculo con Pedro Sánchez y con Irene Montero, quien apenas algunos meses atrás fue invitada especial a la casa de gobierno, abandonaría la administración a manos del espacio de centroderecha. Con todo, si el enfoque aquí expuesto es correcto, aun cuando la elección la ganara el oficialismo peronista, ya es posible afirmar que la Argentina tendrá, como mínimo, un gobierno de centro hacia la derecha y que cualquiera de las otras opciones estarán, en todo caso, más a la derecha todavía.

Para finalizar, el kirchnerismo ha visto en la candidatura de Massa un paso más de un lento pero inexorable declive que lo muestra perdiendo la hegemonía de centroizquierda al interior del peronismo y, eventualmente, perdiendo la administración del Estado que había recuperado en 2019. Si después de las últimas elecciones en España, Pablo Iglesias declaró en una radio argentina que “los aliados de Cristina [Kirchner] en España hemos sido derrotados”, cabría decir que tras una muy mala administración y después de estar obligados a apoyar a un candidato como Massa, cualquier kirchnerista podría parafrasear al exlíder de Unidas Podemos y decir “los aliados de Pablo Iglesias en Argentina también hemos sido derrotados”.        

     

       

sábado, 1 de julio de 2023

La patria es el contexto: historia de un declive (editorial del 1/7/23 en No estoy solo)

 Si tenía que haber unidad hasta que duela parece que en este caso dolió mucho. Tanto debe haber dolido que CFK se sintió obligada a exponer los pormenores de la rosca como probablemente no hay antecedentes. A la comprensión de texto exigida ante la letanía de militantes y aduladores que hacen las veces de periodistas, se le agregó una “comprensión de contexto”, una suerte de grosero “posibilismo”. Ahora la patria no es el otro sino el contexto; ahora el proyecto mismo es el contexto.

¿Pero qué pasa con el texto? ¿Estamos todos viendo la misma realidad? La pregunta viene a cuento porque en los análisis que se han hecho sobre el rol de CFK se está discutiendo sobre una base empírica que ha dejado de ser común desde hace unos años. Por ello es difícil afirmar si ella hizo una jugada maestra, le impusieron un candidato o “traicionó”.

En esta línea, para aclarar los puntos y dejar de lado toda abstracción: considero que, al menos desde 2015, el texto y el contexto que observa CFK no es el mismo que observan sus seguidores. No importa, por ahora, quién tiene razón, pero evidentemente, la militancia y mayoría de los votantes que siguen a CFK ven una realidad distinta de la que ve ella. Para éstos, el kirchnerismo por sí mismo puede ganar las elecciones; para ella no. Es más, ella ve que el kirchnerismo cada vez tiene menos fuerza. Al menos ésta parece la deducción más sensata si hacemos eje en las fórmulas presidenciales que impulsó CFK desde 2015 hasta la fecha.  

En 2015, CFK tuvo que aceptar que Scioli fuera el candidato, un “moderado” al que ciertas afiebradas usinas K acusaron de ser hasta un “pro buitre”. Como no había alternativa y había que garantizar que el votante k de paladar negro apoyara, se tuvo que poner a un cancerbero K detrás, Zannini, para “controlar al pichichi”. La militancia pensó que la elección estaba ganada porque el candidato no era Scioli sino el proyecto, de modo que, prácticamente, no hacía falta militar (no sea cosa que el moderado saque muchos votos). Pero llegó la primera vuelta y el que sacó muchos votos fue Macri. Luego llegó la reacción, pero no alcanzó.

En 2019, un kirchnerismo más debilitado ya no pudo ni siquiera acudir a un moderado leal como Scioli para que encabece la fórmula, sino que tuvo que recurrir al que operó sistemáticamente contra CFK durante 10 años: Alberto Fernández. La apuesta era tan sorprendente e indigerible que ya no alcanzaba con un cancerbero detrás: tenía que ser la propia CFK, “la dueña del circo”, la que diera la cara y garantizara que se iba a controlar al arrepentido de haberse arrepentido. Se “sacrificó la dama” y alcanzó para ganar, mas no para gobernar bien.

En 2023, el kirchnerismo ni siquiera tiene ya fuerza para poner alguien en la fórmula. Es el principal accionista de la coalición, pero no aportando una carta ganadora ni votos suficientes para imponer condiciones, los caciques que permanecían agazapados empiezan a multiplicarse. Traen vetos en lugar de votos, pero ante un kirchnerismo debilitado, logran llevarse algo. Son todos pigmeos que tiran piedritas, pero el gigante los necesita para ganar.

Esta es la realidad que ve CFK y que los militantes no pretenden aceptar. Esta miopía puede ser la consecuencia de militar desde las redes sociales y disputando sentido y agenda con el trotskismo, como si gobernar el país fuera lo mismo que una asamblea universitaria y como si lo que ocurriera en la universidad fuera representativo de lo que ocurre en el país.   

Se sigue de esto que, desde mi punto de vista, la que está observando correctamente la realidad es CFK y no quienes con voluntarismo, pasión y fervor quizás se sienten desencantados con la fórmula de Massa. En este punto valen algunas aclaraciones: la primera es que Massa-Rossi es, en términos electorales, una mejor fórmula que Wado-Manzur y es una fórmula para intentar ganar; la segunda es que hay muchas razones para estar desencantado con una fórmula de Massa, pero aquí de lo que se trata es de intentar comprender cuál es la estrategia de CFK, no para justificarla necesariamente sino para explicar por qué hizo lo que hizo.

A propósito de ello, y ahora en el terreno de las especulaciones, se pueden hacer distintas interpretaciones de quién ha ganado y perdido dentro del exFrente de Todos. Arriesgando una interpretación personal, considero lo siguiente: hay un acuerdo evidente entre kirchnerismo y massismo, probablemente por las razones antes expuestas, esto es, porque CFK considera que la única manera de ganar es poniendo al frente a un no K de centro para que interpele sectores de la sociedad que serían refractarios a un k puro pero que tampoco son fervorosos votantes macristas; sin embargo, como quedó bien en claro en la manifestación pública realizada por CFK días atrás, el candidato “propio” no era Massa sino “Wado”. Es una obviedad, pero esto confirma que CFK no lidera todo el espacio sino a una parte del mismo.

Por otra parte, ¿entregar la fórmula no es haber entregado demasiado? ¿Acaso el kirchnerismo ha negociado mal? Puede ser. Pero también puede ser que CFK haya cedido augurando un escenario en el que la elección nacional estaría perdida y en el único lugar donde se podría hacer pie es en la provincia de Buenos Aires. Massa como candidato nacional con Kicillof como candidato a gobernador empujan hacia arriba en Buenos Aires y dado que allí no hay balotaje, las posibilidades de un triunfo son ciertas. De modo que no habría que descartar el hecho de que CFK haya cedido la fórmula presidencial a cambio de la provincia de Buenos Aires y un bloque propio robusto en las cámaras.

Asimismo, un Massa perdidoso permitiría al kirchnerismo continuar con la insólita actitud de ser oficialismo opositor y, ya ingresados en 2024, poder levantar el dedo y decir “el fracaso 2019-2023 es el producto de las políticas de nuestros socios que aceptaron al FMI, es decir, el presidente Alberto Fernández y el ministro de economía Sergio Massa”.   

Si esta hipótesis es correcta, el kirchnerismo estaría jugando al límite y un error de cálculo lo pondría en un limbo político: ¿qué pasaría si se pierde también la provincia de Buenos Aires pero, a diferencia de 2015-2019, ya no hay una CFK capaz de ponerse al frente de “la resistencia”? Y algo quizás peor: ¿qué pasa si el que gana es Massa? Porque, como ya vimos, Massa no se asemeja al actual presidente. Es que Alberto Fernández demostró ser un presidente más chiquito que malo. Termina montando la payasada de unas PASO para poder negociar y darle 2 puestos a sus amigos y 10 contratos a su entorno. Como suele ocurrir últimamente, “lo personal es político” malentendido como “mis asuntos personales llevados a la política”. Eso fue el albertismo que nunca existió como identidad política y que acaba confirmando, como hemos dicho varias veces aquí, ser una destrucción antes que una construcción política. Massa es off the record como Alberto pero piensa en grande y es el que está mejor preparado para administrar el Estado tal como está demostrando, independientemente de si sus ideas nos gusten más o menos. Pero no es menor ofrecer un candidato que entienda cómo funciona el Estado porque esta administración ha probado, sobre todo, ser enormemente ineficiente. Y sobre todo, ese pensar en grande es el que permite avizorar que un Massa presidente es alguien capaz de iniciar una nueva etapa en un peronismo que en los últimos 20 años tuvo una hegemonía k de centro izquierda.

Es obvio que no hay una tendencia inequívoca ni leyes históricas inexorables, pero si observamos el proceso desde el 2015 hasta aquí, lo natural parecería ser, no la desaparición del kirchnerismo como algunos ansiosos aventuran pero sí su remisión, en el mejor de los casos, gobernando en oposición y con cierta autonomía la provincia de Buenos Aires; o, en el peor de los casos, como un apéndice testimonial, pero ruidoso, de un peronismo distinto al que le va a tocar hacer un plan de estabilización incómodo para el relato progresista.

De aquí que todos los escenarios planteen aspectos positivos y negativos para el kirchnerismo: si gana Massa se va a ganar la provincia, habrá cajas y espacio para todos y se podrá seguir jugando al oficialismo opositor gozando de las mieles económicas de ser oficialismo al tiempo que se podrá levantar el dedito para afirmar que “el que ajusta es el otro”; sin embargo, como indicáramos, Massa presidente es capaz de crear una nueva hegemonía en el peronismo que podría arrastrar al kirchnerismo o transformarlo en un mero furgón de cola.   

Si se pierde la nacional y se gana la provincia de Buenos Aires, se aislará y atacará a Kicillof día y noche, pero el kirchnerismo tendrá las cajas de la provincia, podrá asumir el rol testimonial en el que algunos parecen sentirse más cómodos y podrá esgrimir que los mariscales de la derrota han sido los peronistas moderados.

Por último, el escenario de derrota catastrófica donde se pierde todo es, sin duda, el peor, especialmente porque el ataque será sin cuartel y ni siquiera habrá demasiadas cajas de donde agarrarse para hacer política. Allí, como en el caso anterior, el único aspecto positivo es el de reivindicar una cierta épica de la resistencia y echar las culpas sobre el presidente y Massa.

Sea cual fuere el resultado, todo hace suponer que estamos ante el inicio de una nueva etapa. Todavía no sabemos qué es eso que está naciendo y ni siquiera sabemos si hay algo que está naciendo; pero sí estamos siendo testigos de un kirchnerismo que en cada elección confirma el camino de un proceso de declive que parte de los tiempos donde supo ser mayoría y llega a una actualidad en la que es una fuerza importante pero minoritaria que cuanto más minoritaria es, más intensamente se comporta.