miércoles, 21 de junio de 2017

Gana Macri (editorial del 18/6/17 en No estoy solo)

De las disputas al interior del espacio nacional y popular surge un claro ganador: Mauricio Macri. En cuanto a los perdedores, podría decirse que Randazzo es el más damnificado en el corto plazo y que CFK resultaría damnificada en el mediano plazo. A continuación intentaré justificar estas afirmaciones.
La primera es quizás la más evidente: Macri y Cambiemos se van a beneficiar en la medida en que la oposición se fragmente. Asimismo, se beneficiarían, al menos en lo discursivo, con una candidatura de CFK puesto que, como alguna vez dijimos aquí, el oficialismo ha sido muy eficaz en presentarse como promesa de futuro y el FPV sigue demasiado apegado a “lo bueno que alguna vez se hizo”. De hecho, el “vamos a volver” supone una épica del regreso pero hoy no parece resultar suficiente frente a “la mística vacía” de un cambio por el cambio mismo. Confrontar con CFK va a ser presentado, entonces, como una confrontación con el pasado y, en ese sentido, cualquier candidato oficialista será competitivo al estar revestido del “halo de expectativa” sobre lo que no se conoce. Usted me dirá que se conoce muy bien lo que piensa hacer el gobierno y tiene razón. Pero hay un sector de la población que todavía cree que la crisis actual es responsabilidad del gobierno anterior.      
Ahora bien, al inicio indicaba que el más damnificado sería Randazzo. Sin dudas es así y en ese sentido la jugada de CFK ha sido de enorme astucia pues al haberlo dejado solo desincentivará a todos aquellos que pensaban apoyar al ex ministro en el afán de disputar el liderazgo del peronismo. A Randazzo le convenía competir en las PASO contra CFK o contra quien fuese porque aun perdiendo lo posicionaba de cara al futuro como aquel que pretende ser la renovación “desde adentro”. Ahora le quedó el PJ que, en tiempos posmodernos, ya no garantiza un caudal demasiado importante de votos, algo que intentará suplir con algunos intendentes fieles y sectores sindicales que le aporten algo de estructura. Con todo, con Randazzo sucede algo muy curioso: en 2015 el kirchnerismo más duro lo presentaba como el único capaz de garantizar la continuidad. Lo celebraban en Página 12, en 678 y en Carta Abierta, al tiempo que se decía que Scioli era el candidato del establishment. El propio Randazzo era exageradamente duro, incluso públicamente, contra Scioli. Pero ahora se dice que Randazzo es Magnetto aunque al mismo tiempo se llama a la unidad. ¿Qué se dirá si, por más improbable que fuera en este momento, Randazzo acepta ir en una lista de unidad con CFK? Era la misma pregunta que me hacía en 2015 cuando desde el frente interno se atacó ferozmente a Scioli para una semana después pasar a hablar de la “lealtad de Daniel”. Sin intentar defender aquí a Scioli o a Randazzo, el comentario simplemente pretende indicar que las acusaciones de traición y “magnettización”, tan caras al peronismo y al kirchnerismo, deben hacerse con mayor cautela.
En cuanto al FPV, devenido Unidad Ciudadana, en el corto plazo, puede decirse que logró el cometido de evitar la interna aunque sinceramente las razones no parecen del todo convincentes. En otras palabras, si las encuestas eran verdaderas y el triunfo de CFK sobre Randazzo giraría en torno a un 70% a 30% o un 80% a 20%, ¿por qué no competir y garantizarse así que los perdedores acaben “jugando adentro”? De esta manera, CFK hubiera aparecido abierta al aceptar las PASO, frente a quien osaba disputar su lugar, para vencerlo categóricamente y lograr que las internas abiertas del FPV/peronismo fueran las que contaran con mayor caudal de electores.
En todo caso, el argumento de la unidad es atendible pero solo para la elección de octubre, no para las PASO (tal como parece que sucederá en la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, donde tres listas dirimirían la interna y luego se unirían para la elección). De hecho, recuérdese que Cambiemos se benefició de las PASO aun cuando el establishment periodístico le imploraba que evitara la interna y que, incluso, pactara con Massa. Por mencionar los casos más importantes, hubo PASO en la ciudad de Buenos Aires entre Rodríguez Larreta y Michetti y eso no impidió que finalmente lograra imponerse el primero en el balotaje; y hubo PASO para las elecciones presidenciales que derivarían en Macri presidente. Es más, Macri no compitió contra una lista sino contra dos: la encabezada por Sanz y la encabezada por Carrió. Pero ganó esas PASO, salió segundo en la primera vuelta frente a Scioli y terminó ganando en el balotaje.  
Por último, se llegó a decir que habría una masiva participación del “voto útil” de buena parte del electorado anticristinista para apoyar a Randazzo y acabar con CFK. Sin embargo, es inverosímil que un 25% del electorado sea capaz de sumarse al 10% que tendría Randazzo para hacerlo vencedor en una hipotética interna. Si eso sucediese sería único en la historia y terminaría favoreciendo también a CFK pues demostraría que, aun perdiendo, sigue siendo la figura central de la política argentina.
Por otra parte, si bien es posible que con la estrategia de armar un frente sin el PJ, la Unidad ciudadana triunfe, lo cierto es que el espacio del ex Frente para la victoria se va desgajando cada vez más. Alguno dirá que se va depurando, lo cual tampoco es estrictamente falso pero la sensación es que desde hace algunos años el espacio que rodea a la presidenta viene siendo incapaz de impulsar referentes alternativos, de modo tal que no todo dependa de ella, y ha ido alejando a dirigentes y sectores del electorado con los cuales se tienen más afinidades que diferencias, máxime frente al adversario político de la actualidad.
Para finalizar, aun cuando en el mejor de los casos, el resultado de esta fragmentación no impida el triunfo de CFK en octubre, es de esperar que el costo se comience a pagar en el futuro, no solo por la cada vez más abultada lista de presuntos “depurados” en la provincia de Buenos Aires, sino porque en 2019 la elección es a nivel nacional y en muchísimas provincias el peronismo y el PJ interpretan que la actual estrategia del FPV es una continuidad de los errores que durante la administración kirchnerista valieron una interna feroz entre los sectores más progresistas y los espacios más cercanos al riñón del peronismo. En otras palabras, hay referentes, militantes y sectores del electorado de todo el país que observan con preocupación lo que para algunos es una salida “frepasística”, al estilo de una socialdemocracia con la cual CFK siempre habría comulgado. Y no hablo de taxidermistas taxidermizados como Julio Bárbaro o Jorge Fernández Díaz, sino de vastos sectores de la sociedad argentina a los que la agenda progre no llega. Y ni que hablar, por cierto, si la estrategia sale mal, esto es, si CFK decide ser candidata y en octubre pierde o gana por una diferencia exigua frente a un candidato ignoto. Allí el riesgo de fin de ciclo será muy grande y, como viene sucediendo últimamente, el kirchnerismo no parece tener un plan B.

    

jueves, 15 de junio de 2017

A propósito del día del periodista (editorial del 11/6/17 en No estoy solo)

El debate sobre el periodismo ha devenido en farsa desde hace ya algunos años y el mejor ejemplo de ello es celebrar el día del periodista (independiente, neutral y objetivo) a partir de la primera edición de La Gazeta de Buenos Ayres, cuyo director era Mariano Moreno. Efectivamente, basta examinar la concepción del periodismo que La Gazeta y el propio Moreno tenían, para mostrar que los periodistas presuntamente independientes celebran su día, curiosamente, reivindicando al más militante de los periodistas (Mariano Moreno) y al más militante de los periódicos, esto es, aquel que en ningún momento ocultó haber sido creado como órgano de propaganda y difusión de las ideas revolucionarias, lo cual implicaba, no solo diatribas, opiniones y operaciones contra los enemigos de turno, sino la justificación de los ajusticiamientos en la etapa más jacobina de la revolución.
El investigador del CONICET, Martín Becerra, por ejemplo, en un artículo publicado en 2010 y titulado “Las noticias van al mercado: etapas de la intermediación de lo público en la historia de los medios de la Argentina”, distingue tres etapas en la historia del periodismo. Una primera considerada “facciosa” que abarcaría desde las vísperas de la revolución de mayo hasta aproximadamente los años 70 del siglo XIX, es decir, hasta la década en que surgieron diarios como La Nación, La Prensa y La Capital, entre otros; una segunda, llamada “profesional”, que va desde el período de la organización del Estado nacional allá por la década del 80 del siglo XIX hasta casi 100 años después, esto es, hasta la irrupción de la etapa multimedial que caracteriza a la tercera etapa denominada “financierizada”. Esta última etapa, que comienza en la década del 70 del siglo pasado, se profundiza gracias a la convergencia tecnológica y a la presencia preponderante del capital extranjero de la mano de la globalización económica. 
Adentrándonos en el momento faccioso, aquel en el que se incluye a La Gazeta y que es el que aquí interesa, podrían mencionarse algunas de las afirmaciones que hiciera Fernando J. Ruiz en su libro Guerras Mediáticas. Allí, el autor afirma: “La estrategia fue gobernar también a través de las noticias. Por eso, una de las primeras medidas de la Primera Junta fue crear un periódico. La Gazeta de Buenos Ayres, dirigida por Mariano Moreno, cumplió las funciones de buscar aliados, amenazar y prevenir a los potenciales enemigos y, por supuesto, legitimar la revolución (…) Mariano Moreno quería tener los más potentes medios de comunicación de su época para evitar que en la etapa posrevolucionaria se difundiera la confusión entre los ciudadanos. Temía que si no dominaban los medios de opinión, el enemigo pudiera disolver la relación del pueblo con su gobierno”. Ruiz menciona, además, que la Primera Junta obligó a los párrocos españoles a que leyeran La Gazeta a sus fieles tras finalizar cada misa y destaca un fragmento de El Plan de Operaciones, atribuido a Mariano Moreno, en el que queda sintetizada la mirada que tiene el gobierno de la época respecto a la función de La Gazeta: “La doctrina del Gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atractiva, reservando en la parte posible todos aquellos pasos adversos y desastrados, porque aun cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la mayor no los conozca y los ignore, pintando siempre éstos con aquel colorido y disimulo más aparente; y para coadyuvar a este fin debe disponerse que la semana que haya de darse al público alguna noticia adversa, además de las circunstancias dichas, ordenar que el número de Gacetas que hayan de imprimirse, sea muy escaso, de lo que resulta que siendo su número muy corto, podrán extenderse menos”.   
La mirada de Moreno sobre la función de la prensa muestra que la asociación entre periodismo y objetividad, o entre periodismo e información desideologizada, es una invención que se realiza con bastante posterioridad, más específicamente, un mito de origen que se comienza a construir 60 años después de la publicación de La Gazeta en un contexto cultural completamente diferente. Pues en esa época ya aparecía un Estado central en plena configuración y la novedad de un proceso de reformas educativas que comenzaría un vertiginoso camino de alfabetización y, con él, una reestructuración del espacio público y de la opinión pública.      
En palabras del anteriormente citado, Martín Becerra: “El desplazamiento de la política de trinchera a la esfera de lo cultural y moral es el que expresa el nacimiento de un periodismo crecientemente profesionalizado, ejercido por asalariados de una clase media en formación, con residencia en grandes urbes, que incorpora nuevos lenguajes, ideas renovadas, temáticas y secciones diferentes a la prensa para permitir su salto a escala industrial de producción. El periodismo faccioso utilizado como arma de combate por la elite política deja su lugar para una emergente ideología de la objetivación, de la asepsia informativa, que se expandirá como el sentido común de los profesionales de la prensa desde fines del siglo XIX y que contribuye a su masificación”.
Es interesante observar hasta qué punto, la profesionalización a la que refiere Becerra es, entonces, la creadora de su propio mito fundante ya que la defensa facciosa de determinados intereses prosiguió pero revestida del aséptico dato duro. ¿Acaso hay algo más faccioso que el célebre slogan del mitrista La Nación hablando de una “Tribuna de doctrina” o el diario Crítica, el 6/9/1930, día del Golpe de Estado a Yrigoyen, cuando tituló “¡Revolución!”? Y cuando el diario Clarín, el 25/3/1976, decía en su tapa “Total normalidad. Las fuerzas armadas ejercen el gobierno”, ¿estaba haciendo una descripción neutral de los hechos? A estos ejemplos tan burdos se le podría sumar una interminable lista que diariamente y sobre temáticas de las más a las menos relevantes, deja expuesto hasta qué punto las empresas periodísticas militan incansablemente por sus intereses y por su ideología. Tal como lo hiciera Mariano Moreno, quien para hacer periodismo no necesitó ampararse en ninguna mitología de la neutralidad.      



miércoles, 7 de junio de 2017

¡Emprendedores del mundo, desuníos! (editorial del 4/6/17 en No estoy solo)

El portal oficialista INFOBAE indicaba que en el primer día de la EXPO “Empleo Joven 2017”, inaugurada por el mismísimo presidente, habían asistido 175000 jóvenes de entre 18 y 29 años para intentar ocupar alguno de los 10000 puestos de trabajo que ofrecían las principales empresas del país. Como un pretendido atenuante aclaraban que solo el 12% estaba desempleado y que el 70% estaba allí para cambiar de empleo. El gobierno y los organizadores lo presentaron como un éxito más allá de que en redes sociales arreciaban los comentarios de asistentes desilusionados que fueron a buscar trabajo y solo se llevaron folletería de la mano de chicas lindas con descuentos para cursos de capacitación. Incluso el propio diario Clarín informó que quienes se acercaron hasta La Rural tuvieron que hacer seis cuadras de cola para ingresar.
Dejando de lado al que fue allí desempleado, el dato más sorprendente es que si el 70% quiere cambiar de trabajo, eso significa que el 70% de los jóvenes que asistieron están disconformes con sus empleos. Pero además, el hecho de que 175000 personas disputen los 10000 lugares le permite al empleador imponer sus condiciones, pues todos sabemos que la falta de trabajo y la precarización del mismo producen un efecto disciplinador.  
Hasta aquí lo que está más o menos en la superficie. Lo que no sobresale tanto es el hecho de que este episodio se da en el marco de la ideología “emprendedorista” que impulsa este gobierno en particular y la cultura neoliberal en general.
Desde mi punto de vista, el término “emprendedorista” reemplaza al “empresario” porque este último goza de cierta mala prensa, al menos en Argentina. Ser empresario en Argentina es siempre ser un pez gordo y ser, como dirían en el barrio, un garca. Es injusta la generalización pero está instalada en el sentido común. El emprendedorista, en cambio, más allá de que probablemente a la larga, en un sentido, no difiera de un empresario, apunta más a lo “micro”, a aquel que quedó afuera del sistema pero también al profesional que tiene un título y no logra superar los 15000 pesos de sueldo. Emprendedorista es, entonces, desde un periodista freelance, hasta un ingeniero en sistemas que crea una aplicación desde su casa, pasando por un chofer de Uber y quien vende vianda con comidas vegetarianas en Palermo. Más allá de que el emprendimiento puede derivar en puestos de trabajo, la ideología emprendedorista piensa más en términos individualistas tal como se sigue de los ejemplos antes indicados. Y por sobre todo, es el emergente de una sociedad en la que las relaciones de trabajo están cada vez más desreguladas. Te dicen que con tu emprendimiento sos tu propio jefe pero lo que no te dicen es que sos tu propio jefe en una jungla en la que no vas a tener seguridad social, ni aguinaldo, ni vacaciones, ni licencias, ni derecho alguno ni Estado que medie. Salís y entrás del sistema, y no serás empleado sino, en el mejor de los casos, un contratado, esto es, un individuo que circunstancialmente y por un tiempo específico establece una relación con una empresa que no tendrá ninguna obligación para con vos. En este sentido, y este es el punto más interesante, el emprendedor, más que reemplazar al “empresario” viene a reemplazar a los trabajadores para cumplir así el gran ideal del poscapitalismo, esto es, un capitalismo con capital pero sin trabajadores o, al menos, con trabajadores que no asuman que lo son. No hay más asalariados sino individuos-empresa, no hay más sindicatos porque cada uno administra su fuerza de trabajo y no hace falta Estado porque toda intermediación es nociva. Asimismo, el emprendedorista es totalmente responsable de su destino y esto se justifica en términos meritocráticos. Es difícil oponerse a la meritocracia, siempre y cuando ésta sea verdadera, esto es, siempre y cuando todos comencemos la carrera del mérito desde el mismo lugar. Esto es tan viejo como el capitalismo. El punto es que cuando uno ingresa a la carrera, algunos corredores están muy adelantados y una gran mayoría se encuentran enormemente rezagados. Eso significa que no todos corren en pie de igualdad y es allí donde los Estados de Bienestar intervienen de modo tal que los competidores se emparejen un poco al menos.

Frente a esto, los que corren con ventaja han pretendido instalar en los rezagados que el lugar que ocupan es el lugar que les corresponde en base a su mérito y que ni las políticas públicas, ni el capitalismo ni la explotación de los empleadores son culpables de este escenario. Si hace dos años estaban bien, los rezagados te decían que era porque se rompían el culo trabajando. Hoy se siguen rompiendo el culo trabajando y sin embargo están peor pero lo explican autoculpándose por haber participado de una presunta fiesta del despilfarro, una fiesta de consumo a la que no se podía ingresar. Esa culpa que recae sobre el sí mismo cierra el círculo perfecto de la ideología emprendedorista y es una de las razones por la que quienes están viviendo peor que antes, todavía apoyan al actual gobierno.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Mover la reina (editorial del 28/5/17 en No estoy solo)

La entrevista que Cristina Fernández de Kirchner brindara a C5N parece haber acelerado los tiempos electorales del espacio nacional y popular y también de sus competidores.
En cuanto al análisis y a los diagnósticos no hubo grandes novedades pero, naturalmente, lo que todos esperábamos era la definición en torno a su candidatura. Y por primera vez la ex presidente pareció inclinar la balanza más hacia el sí que hacia el no, afirmando que en política nadie hace lo que quiere, que existen responsabilidades históricas y que si la persona indicada para obtener la mayor cantidad de votos frente al adversario era ella, eventualmente, podría ser la candidata. Dado que hoy en día ni aun los más acérrimos antikirchneristas se atreven a afirmar que hubiera alguien dentro del espacio capaz de obtener más votos que ella, se seguiría que existen altas probabilidades de que finalmente CFK encabece la lista de senadores. Seguramente esto recién se sabrá la noche del cierre de las listas, más allá de que algunos, por vender humo o por ansiedad, suponían que podría aprovechar la entrevista para anunciarlo. Pero haberlo hecho hubiera sido una señal de debilidad, pues ¿cuál sería el apuro? En otras palabras, la única razón por la que CFK podría elegir salir a anunciar su candidatura con tanta anticipación sería la intuición política de una ruptura o de un adversario interno capaz de disputarle el lugar. Con todo, lo cierto es que sin mostrar todas sus cartas, dejando abierta la puerta de su candidatura, empezó a organizar la tropa. Así, en términos ajedrecísticos, el FPV hizo una movida arriesgada pues movió la reina y, en todo caso, la pelota quedó ahora del lado de Randazzo, quien sabe que enfrentar en una interna a Scioli o Magario no es lo mismo que enfrentar a CFK. Sin embargo, el escenario está abierto por varias razones: en primer lugar, no hay nada que garantice que CFK sea finalmente la candidata y desde el randazzismo sospechan que puede tratarse de un gesto para alinear a los intendentes, digitar la lista y luego poner “su” candidato, mientras todos suponen que la candidata va a ser ella. En segundo lugar, comenzó a circular el rumor de la posibilidad de un acuerdo por el cual Randazzo encabezaría la lista de diputados. Sinceramente, no creo que el kirchnerismo duro sea tan generoso con el exministro, y, por otro lado, cabe pensar si Randazzo aceptaría esa generosa propuesta. ¿Por qué no habría de aceptarla? Porque incluso encabezando la lista de diputados, el exministro quedaría bajo el paraguas de Cristina encabezando la lista de senadores, algo que no sucedería si decidiera enfrentarla en una interna aun sabiéndose perdidoso. En este sentido, salvo que la derrota sea catastrófica, Randazzo podría especular con jugar a perder dignamente y aparecer como la figura que viene a disputarle a CFK la hegemonía del peronismo post 2017, máxime tomando en cuenta que, ante la ausencia de internas en las otras fuerzas, Randazzo podría verse beneficiado por el fenómeno novedoso de una gran cantidad de “voto útil” no peronista que salga a apoyarlo a él por el simple hecho de ser contrincante de CFK. Asimismo, si Randazzo decide enfrentar en una interna a CFK, debería aclarar una trampa discursiva que el kirchnerismo más duro ha instalado, esto es, la idea de que la unidad supone ausencia de competencia en las PASO. Así, el randazzismo probablemente trate de explicar que unidad no implica lista única y tiene como argumento el espíritu mismo de las PASO, esto es, las internas abiertas. O sea, si la existencia de competencia interna eliminara la noción de unidad, no tendría sentido hablar de “internas”. No me voy a poner muy filosófico pero si son “internas” quiere decir que son “al interior de algo más grande” que es una unidad que supera las facciones que disputan. En todo caso, lo que mina la unidad no es la interna sino cómo se juegan las internas en el peronismo, tal como se pudo observar en la elección de la provincia de Buenos Aires en 2015.   
Pero el hecho de que CFK sea candidata condiciona también la posición de Massa pues en caso de que ella decida “no jugar”, Massa tendría la chance de permanecer intacto hasta 2019 más allá de que los soldados parecen írsele cayendo y su acuerdo con Margarita Stolbizer, cuya principal construcción territorial se da en los estudios de TV, ha dinamitado cualquier posibilidad de diálogo con el peronismo que no es parte del Frente Renovador.
En cuanto al gobierno, en la provincia de Buenos Aires suenan los nombres de Esteban Bullrich y Facundo Manes. Un ministro y un neurocientífico mediático sin experiencia electoral. Como estrategia es interesante porque, como alguna vez indicamos aquí, el gobierno necesita seguir posicionado como “novedad” a pesar de ser oficialismo, lo cual es un verdadero desafío, y al no tener un candidato fuerte, lo mejor que puede hacer es apostar al candidato desconocido, a aquel que no tiene techo y que probablemente pierda frente a pesos pesados como Massa o CFK. Con todo, el oficialismo sabe que tiene un piso de 20% con cualquier candidato y las fotos con Vidal y Macri ayudarán a levantar algunos puntitos más. Pero lo más importante es que la estrategia del candidato desconocido deja la responsabilidad del otro lado. Lo digo de otra manera: imaginemos a CFK ganando la elección por 5% a Bullrich, por ejemplo, 35% a 30%. Naturalmente la lectura será que el oficialismo, sin candidato, prácticamente igualó la mejor oferta de la oposición y que CFK perdió 20% en 6 años, más allá de que comparar una elección presidencial con una legislativa es comparar peras con manzanas.
Es probable que si CFK es candidata, gane la elección. Sin embargo el riesgo es grande pues en caso de perder, sea ante Massa, sea ante el oficialismo, el golpe al kirchnerismo puede ser prácticamente de jaque mate y fin de época. Asimismo, más allá del resultado, naturalmente la campaña se polarizará y mientras el kirchnerismo intentará plantearla, en términos políticos, como una disputa de modelos, el oficialismo intentará presentarla como disputa de temporalidades, esto es, lo viejo contra lo nuevo. En el medio quedará Massa en esa incógnita que es la avenida del medio, pero Massa arriesga mucho también pues en caso de ser candidato y perder, sus posibilidades de ser presidente en 2019 disminuirían hacia un número cercano a cero.
Es curioso, pero sin candidatos fuertes y con 18 meses de una pésima gestión, en una elección que será crucial para los argentinos y donde se juega si el ajuste que vendrá tendrá o no la legitimidad de las urnas, quienes más ponen en juego son, paradójicamente, los espacios de la oposición.       


  

miércoles, 24 de mayo de 2017

Neoliberalismo: tudo legal (editorial del 21/5/17 en No estoy solo)

Dejando de lado la poética circunstancia por la cual el líder que lleva adelante un conjunto de políticas públicas que meten miedo lleva como apellido “Temer”, la crisis política sin fin por la que atraviesa Brasil tiene condimentos interesantes a tal punto que,  antes que referirme a los hechos por todos conocidos, preferiría aprovechar el espacio para algunas reflexiones que además pueden ser útiles para observar qué aspectos de lo que sucede en Brasil son comparables con lo que sucede en la Argentina.
Si tomamos el manual doñarosístico de Intratables, lo que sucede en Brasil es una demostración obscena de la corrupción de la política. A simple vista no habría razones para oponerse a ese diagnóstico pero el pensamiento siempre pretende ir un poco más allá de lo que se observa a simple vista. Así, notaremos que “la clase política” no es “la política” más allá de que todo el tiempo pretenda confundirse una con otra. Porque el hecho de que circunstancialmente existan en Brasil, o en cualquier lugar del mundo, dirigentes políticos corruptos, no significa que “la política” sea esencialmente corrupta. En todo caso, el ejemplo brasileño es bueno para mostrar la connivencia entre políticos corruptos y empresarios corruptos; o entre políticos corruptos y periodistas corruptos que montaron una campaña destituyente contra el gobierno del PT y cuando tienen que poner la cara por el gobierno ilegítimo al que ayudaron a instalar, miran al costado para decir “¡qué barbaridad estos políticos!”. También el caso brasileño es interesante para discutir el financiamiento de la política, discusión que suele eludirse porque es muy incómoda incluso para los propios periodistas en tanto buena parte del dinero que circula en negro en torno a las campañas va dirigido a los periodistas que “subalquilan” sus espacios para solapadamente favorecer al candidato que más dinero acerca. Pero además, para afrontar tal discusión, habría que ser menos hipócritas y denunciar también las consecuencias del pensamiento oenegista de la transparencia que casualmente considera que el problema siempre es el Estado. En otras palabras, generar los mecanismos institucionales para blanquear cómo se financia la política de modo tal que ésta no quede a merced de los aportes en negro de sectores empresariales que apuestan a quienes puedan representar sus intereses, es un tema que debe encararse sin los vicios de las ONG que piden transparencia siempre, salvo cuando se trata de transparentar su propio financiamiento.
 En lo que respecta a los paralelismos entre el gobierno de Temer y el de Macri, cabe decir que los hay aunque con un claro límite: el de Macri es un gobierno con legitimidad de origen. El de Temer no. Eso deja de manifiesto que el plan continental para acabar con la larga década populista vino, en el mejor de los casos, por la vía electoral y, en el peor de los casos, por la vía destituyente del poder judicial. En este sentido, no olvidemos que en las elecciones en Brasil, Venezuela, Argentina, Ecuador y en el referéndum en Bolivia, los resultados fueron prácticamente de empate, un voto más para un lado o un voto más para el otro. Es decir que el dispositivo antipopular del continente logró buenos resultados más allá de que en el único país donde logró ganar en las urnas fue en Argentina (además, claro, del referéndum en Bolivia). Pero en lo que respecta a sus políticas, de signo neoliberal, el programa no supone grandes diferencias y en las similitudes no me estoy refiriendo a la aparición vergonzosa de casos de corrupción en una y otra administración. En otras palabras, los casos de corrupción afloran día a día en la gestión de Temer y Macri pero no es eso lo que debería importarnos. 
De hecho, una trampa del pensamiento de la corrección política es atacar al neoliberalismo por su corrupción y no por su neoliberalismo. ¿Lo digo de otra manera? A Temer critiquémoslo por su plan de gobierno, aquel que, por ejemplo, avanza en una reforma del sistema jubilatorio. Si lo criticamos por otras razones, repetiremos lo que los heraldos de la corrección política hacían en los 90: criticaban la corrupción de las privatizaciones en vez de criticar las propias privatizaciones. Por si no queda claro: el saqueo fueron las privatizaciones y no las formas corruptas con las que éstas se llevaron a cabo. Porque a diferencia de los gobiernos populares, cuyo costado más oscuro se da en los eventuales casos de corrupción, es decir, en aquello que se hace por “izquierda”, de manera ilegal, en los gobiernos neoliberales, lo criticable no está tanto en sus casos de corrupción, esto es, en lo que hacen ilegalmente, sino en lo que hacen legalmente. Esto significa que hay que poner atención en las modificaciones estructurales e institucionales que estos gobiernos realizan mucho más que en los eventuales afanos. Porque los afanos son ínfimos al lado del padecimiento que generan las acciones y las políticas públicas que se hacen con todo el apoyo y fundamento de la ley. Esa es la clave: el neoliberalismo tiene una justificación legal para su saqueo. No necesita hacerlo ilegalmente, más allá de que tampoco se priva de esa oportunidad. Por eso la destrucción del Estado no se hace ilegalmente sino de manera estrictamente legal e, incluso, en algunos casos, hasta con apoyo popular. En este sentido, la gran perversión es que el neoliberalismo es, esencialmente, “tudo legal”.


  

martes, 16 de mayo de 2017

Quizás no sea tan así (editorial del 14/5/17 en No estoy solo)

No solo nuestras hiperconectadas vidas sino, sobre todo, los análisis de los procesos políticos y los cambios culturales, emulan cada vez más la lógica televisiva del minuto a minuto, en la que todo instante es importantísimo hasta que el próximo instante lo reemplaza. La lógica del minuto a minuto prevalece incluso sobre la “panmemoria” de internet con su posibilidad de archivarlo todo. En otras palabras, los archivos están, las contradicciones de alguien diciendo una cosa ahora y una cosa distinta antes se encuentran documentadas y a la mano, pero el ruido ensordecedor del vértigo lo transforma en insumo obsoleto. Buenos ejemplos en este sentido se dieron la última semana. Así, de repente, Florencio Randazzo, quien en 2015 era presentado como descendiente directo de los combatientes cubanos de Sierra Maestra y era la encarnación inmaculada del Proyecto nacional, es presentado como un traidor clarinista. Por su parte, Daniel Scioli, quien en 2015 era el candidato de los buitres y los sectores duros del kirchnerismo consideraban que daba más o menos lo mismo que ganara él o Macri, ahora es presentado como ejemplo de perseverancia, valores y lealtad.   
Por cierto, Scioli fue noticia en el periodismo de espectáculos mucho más que en el periodismo político, si es que todavía tiene sentido realizar tal diferenciación. Primero fue la publicación de chats privados que denotaban una infidelidad; paso seguido, vaya a saber uno asesorado por quién, el ex gobernador no tiene mejor idea que declarar públicamente que va a ser padre junto a la mujer que días antes había publicado, en un ataque de ira, aquellos chats. Naturalmente, lejos de traer sosiego, tal declaración inconsulta hizo que la devenida ex pareja, manteniendo, razonablemente, su nivel de ira, brindara notas afirmando que Scioli la había presionado para que se haga un aborto. De allí una pendiente resbaladiza por la cual los periodistas del establishment lanzaban su moralina para afirmar con gesto de indignación que quien se manejaba con cierto desorden amoroso en su vida privada, no podía estar al frente de un país. Así, más que evaluar su gestión en la provincia, a Scioli había que evitar votarlo por mentirle a su pareja. Fue tal el desgaste y la incineración que hasta los más temerarios pusieron en duda la participación de Scioli en las PASO. Parece una exageración pero lo cierto es que a la ya desgastada figura de quien fuera candidato del FPV en la última elección, parecen, como se dice en la jerga, haberle entrado, en una semana, todas las bolas que no le habían entrado en ocho años de gestión.  
Por último, fue masivo el repudio a la aplicación del dos por uno a los genocidas. Miles y miles de personas con su pañuelo blanco dijeron “no” y con el correr de los días, distintas figuras del gobierno pasaron, de hipócritas y redundantes declaraciones institucionalistas que resaltaban el ejemplo de la división de poderes y el respeto por los fallos, a pronunciarse en contra y dejar expuestos a los tres magistrados que serían acusados de prevaricato. El Congreso, por su parte, sesionó de forma exprés, para evitar que el dos por uno beneficiara a otros genocidas, en un gesto que debe celebrarse pero que no deja de mostrar el modo en que las instituciones bailan al ritmo de la cobertura y la histeria mediática.
Asimismo, el cambio en la posición del gobierno puede haberse debido a una encuesta que señalaba que un 85% de los ciudadanos estaban en contra de la aplicación del dos por uno. Si bien ninguna encuesta es de fiar, es probable que ese número sea representativo del sentir de la sociedad pero hay que hacer una salvedad: exceptuando la multitud más politizada que fue a la plaza, es probable que buena parte de ese 85% esté compuesto por ciudadanos cuya postura es punitivista. En otras palabras, no están en contra del dos por uno contra los genocidas, sino que están en contra de cualquier dos por uno porque consideran que esa ley es garantista. En este sentido, hubiera sido interesante que a ese 85% se le preguntara también qué opina de la violencia de los años 70, si hubo uno o dos demonios y si la Argentina necesita una reconciliación que nos permita “mirar hacia adelante”. Estoy seguro que la respuesta nos sorprendería pero a nadie le ha interesado tal desmenuzamiento, menos aún a medios opositores que hasta llegaron a afirmar que el dos por uno era “El indulto de Macri”. Como indicara aquí mismo la semana pasada, tal fallo solo puede entenderse en un clima de época y no puede pasarse por alto que dos de los tres magistrados fueron impulsados a través de sendos decretos por el actual gobierno. Pero decir que esto es equivalente al indulto de Menem es un despropósito que no le hace un favor ni al presente ni a la historia.
Los ejemplos aquí dados deberían servir para reconocer que si el minuto a minuto nos deja, sería buena idea echar un vistazo al pasado inmediato no tanto para señalar con el dedo las contradicciones en las que todos incurrimos sino para cargar de matices y dudas todo análisis que hagamos hoy. Porque en tiempo de polarizaciones y sobreactuaciones, de gritones y figuretis, quizás sea más valiente el que plantee una duda o el que en una computadora, mirando una cámara o detrás de un micrófono pueda incluir algún pensamiento lateral o simplemente decir “quizás no sea tan así”.       





martes, 9 de mayo de 2017

2 por 1: el brote verde cultural (editorial del 7/5/2017 en No estoy solo)

Algunas semanas atrás, en este mismo espacio, les decía que, paradójicamente, el gobierno que pregonó por un “Pacto de La Moncloa Argentino”, había roto quizás el único acuerdo básico fundamental del último período democrático. Me refiero a la política de Memoria, Verdad y Justicia. Así, de repente, aparecieron negacionistas y todas las variantes de aggiornadas versiones de los dos demonios en tribunas afines y en boca incluso de funcionarios de alto rango a los que no se les pidió la renuncia tras esas expresiones. Lo que estuvo saldado por la justicia está nuevamente sometido a debate en una opinión pública que baila el ritmo de las redes sociales y del “opinionismo radical”.
El último fallo de la Corte, otorgando el 2 por 1 a un represor, no es obra del Poder Ejecutivo pero es un fallo que solo puede entenderse en un clima de época, más allá de que no resulta menor indicar que dos de los tres votos fueron de los Ministros de la Corte impulsados desde el Ejecutivo. Esto demuestra, además, hasta qué punto el Poder Judicial es un espacio muy poco neutral, independientemente de que se quiera presentar a algunos de sus miembros como superhéroes, y cómo el derecho es una disciplina en la que existen enormes márgenes de interpretación cada vez más expuestos a las presiones mediáticas cuando de temas sensibles se trata.
El repudiable fallo ha logrado el enérgico rechazo de sectores de izquierda, centro y centro izquierda de nuestro país, y existe una enorme tentación a suponer que tal rechazo es prácticamente unánime. Sin embargo, tomando en cuenta que la radicalización ideológica del macrismo quizás no sea simplemente producto del desgaste sino también una puerta abierta por sus estudios de focus group, cabe preguntarse si un gobierno empeñado en dar una batalla cultural desde el primer día, no está frente a su primer triunfo.
Lo diré de otra manera: ¿y si resultara que una porción cada vez más grande de la población está de acuerdo en olvidar el pasado desde una vacía noción de “reconociliación” y considera que el peronismo es el problema de este país, que los sindicalistas son todos ladrones, que los docentes no laburan, que hay que reprimir la protesta, tener mano dura con los delincuentes y que todo lo que sea estatal huele a prebendas y a clientelismo? Si efectivamente fuera así, habría que parafrasear a Alfonsín y afirmar que si la sociedad se estuviera derechizando, más que derechizarnos, lo que habría que hacer es prepararse para perder elecciones. Sin embargo, al menos por ahora, no creo que existan mayorías intensas en las que ese discurso pueda penetrar como tampoco creo que se puedan ganar elecciones con la agenda del paginadocesismo en la que se encuentran sumergidos ciertos sectores del progresismo kirchnerista. Con todo, como alguna vez indicara aquí, este gobierno ha sido muy eficaz para hacer aflorar un sentido común con perfume protofascista que el kirchnerismo había logrado aletargar pues si bien no lo había podido erradicar, al menos le hizo sentir algo de culpa y, por las dudas, lo arrinconó con el nuevo léxico progresista, léxico de lo políticamente correcto, de lo que podemos y de lo que no podemos decir.    
De modo que frente a este fallo cabe la indignación y cabe el repudio pero también hace falta asomar la nariz un poquito más allá del microclima. Porque este gobierno ha sido más exitoso en lo cultural que en lo económico. Es más, podría decirse que en lo económico ni siquiera ha podido cumplir con las metas de un proyecto liberal. Pero en lo cultural avanzó a pasos agigantados. No advertir eso y seguir pescando en la pecera puede ser un error político y comunicacional garrafal.     
Por todo esto, temo que nos hayan engañado y mientras seguimos con la atención puesta en la salida de la recesión y el crecimiento vertiginoso de la deuda, los brotes verdes que espera el gobierno se vean más temprano en su hegemonía cultural que en un exitoso plan económico.
      


viernes, 5 de mayo de 2017

De la credibilidad y del disciplinamiento (editorial del 30/4/17 en No estoy solo)

La credibilidad ha sido siempre el principal pilar de cualquier medio de comunicación pues es el elemento que, presuntamente, establece el contrato con la audiencia. En otras palabras, salvo para un consumo irónico, cuando elegimos un medio de comunicación entendemos, aun con reservas críticas, que la información que allí aparece es verdadera o al menos verosímil. El contrato tácito con un medio, o con un periodista, naturalmente, puede romperse tal como sucedió con muchos lectores de Clarín durante la década pasada pero inmediatamente, es de suponer, aparecerá un sustituto. Así, dejamos de creerle a X porque ahora consideramos que Y es el que dice la verdad.
Sin embargo, cabe matizar, como mínimo en parte, esta mirada tan lineal, pues hay otras variables que pueden jugar un rol importante para poder explicar por qué un medio o un periodista tienen audiencia, variables que van mucho más allá de la credibilidad. Allí se encontrará desde la costumbre de consumir un medio hasta el carácter oligopólico o monopólico que este medio pueda tener;  y, claro está, un fenómeno que existió siempre  pero que algunos han descubierto hace poco: el hecho de que hay una tendencia y una necesidad de creerle más al medio que casualmente coincide con nuestras convicciones previas. Por supuesto que, a su vez, los medios son activos en la conformación de sus propias audiencias y las estrategias de fidelización hoy son enormemente complejas, pero entre medios que les hablan a los convencidos y convencidos que solo quieren ser hablados por los medios que eligen una mentira amable antes que una verdad incómoda, se abren enormes interrogantes como para observar con incertidumbre el presente y el futuro del periodismo.
De todo esto se sigue que la credibilidad ya no forma parte del contrato con la audiencia, o, en todo caso, la creencia en un medio se ha independizado completamente de la relación que ese medio tenga con la realidad. Se elige creer por razones muy poco objetivas y por cuán funcional es la mirada de ese medio a nuestro prejuicio. Quienes manejan los grandes medios están al tanto de esta situación que algunos cínicamente presentan como novedosa y que catalogan como “posverdad”, pero es, diría yo, inherente a la prensa y, probablemente, a la comunicación humana, desde sus orígenes.       
Las pruebas de que a los grandes medios ya ni siquiera les interesa eso que llamaré, a falta de una categoría mejor, “credibilidad objetiva” o creencia vinculada a algún dato concreto y no como mera fe irracional, se da en la cada vez más frecuente práctica de sacar de contexto las declaraciones. Sin ir más lejos, en esta semana el actor Gerardo Romano fue entrevistado en TN a propósito del conflicto con el INCAA y, abrumado por la insistencia de los periodistas en torno a la presunta responsabilidad del kirchnerismo en la crisis actual, respondió “Cristina es una chorra hija de puta y Néstor se murió. Listo, ya está, terminemos con el pasado. Hablemos del choreo al INCAA hoy. Hablemos de que se cierra Dálmine-Campana hoy…”.
Naturalmente, en las redes sociales Gerardo Romano se transformó en lo más nombrado y a partir de allí el enjambre de idiotas azuzados por algunos trolls empezó a opinar, en la mayoría de los casos, tomando de forma literal lo que era una ironía. Pero lo más grave fue que los grandes medios, adrede, tergiversaron el mensaje de Romano sacándolo de contexto. El medio que llegó más lejos fue Infobae, que recortó el video de la participación de Romano a los 13 segundos esto es, el tiempo justo para que Romano afirmara “Cristina es una chorra hija de puta y Néstor se murió. Listo, ya está, terminemos con el pasado”. Un alma bella podría preguntarse por qué un medio masivo realiza ese recorte sabiendo que no solo los televidentes de TN sino cualquiera que accediera a la entrevista posteriormente a través de internet, notaría la manipulación. Y la respuesta, a mi entender, está, en un sentido, en lo que les indicaba anteriormente: por un lado, se les habla a los convencidos, aquellos que solo quieren escuchar que “Cristina es una chorra..etc.” y que no les importa si tal afirmación es una ironía. Sin embargo, por otro lado, hay un elemento que no podemos soslayar: hoy los medios sacrifican credibilidad en pos del disciplinamiento de la voz disidente. En este sentido, Infobae, o cualquier otro medio que realice este tipo de prácticas, las cuales, por cierto, no son propiedad exclusiva de “la derecha”, buscan que determinados referentes sociales no hablen. Entiendo que no será el caso de Romano pero es posible que en algún momento, en su foro íntimo, el actor se pregunte si tiene sentido exponerse públicamente cuando sabe que aun cuando no diga nada inconveniente sus frases pueden ser sacadas de contexto para que, durante un día entero, “la gente” lo castigue. El ejercicio de disciplinamiento es enormemente eficaz en las redes sociales también puesto que cualquier voz opositora con cierta capacidad de influencia es atacada sistemáticamente por cuentas trolls de modo tal que ante cada posteo reciba una catarata de amenazas e insultos. Más allá de la personalidad de cada uno y la capacidad de tolerancia, es factible que aquellas voces opositoras se pregunten si vale la pena someterse con completa indefensión a estos tratos por el simple hecho de desear opinar públicamente sobre algún determinado tema. Por último, en un libro de Pablo Boczkowski citado alguna vez en esta columna, se mostraba que hay una brecha entre aquellas noticias que a los periodistas les resultan dignas de resaltar y aquellas noticias consumidas por las audiencias. Si bien el autor no realiza tal inferencia, desde mi punto de vista, esta brecha se debe no solo a lo expuesto por Boczkowski sino también a que los medios, en muchos casos, le hablan a determinadas elites, a las cuales, en muchos casos, literalmente extorsionan, máxime en un contexto de guerra desatada al interior del gobierno y al interior de los servicios de inteligencia.           
Frente al hecho de que hoy es más importante el disciplinamiento que la credibilidad, algunos se preguntan si lo que aquí se describe puede llamarse “periodismo”; otros, más escépticos, se preguntan si hoy hay espacio para que el periodismo sea algo muy distinto.       





miércoles, 26 de abril de 2017

Futuro mata bolsillo (editorial del 23/4/17 en No estoy solo)

La referencia a los tiempos pasado, presente y futuro es un clásico de la comunicación política y, a meses de las próximas elecciones, resulta interesante observar el modo en que oficialismo y oposición se identifican con alguna de estas tres temporalidades.
El futuro es, naturalmente, el tiempo que mejor prensa tiene, y si bien no ha sido así en todas las culturas, es coherente que lo sea en un sistema capitalista que siempre pone el deseo de consumo un paso más allá, esto es, en el futuro, y una cultura judeocristiana que pone también en el futuro la posibilidad de salvación. Con todo, el capitalismo parece jugar en un tiempo particular que reúne el presente y el futuro inmediato pues si bien el objeto de deseo siempre está a un paso de ser consumido, paralelamente se te invita a que consumas lo más posible en el tiempo presente aunque más no sea para que te surja el deseo de volver a hacerlo pronto, en el futuro que está a punto de venir.     
Presentarse como “Cambiemos” supone un diagnóstico del presente y una promesa de futuro. Como slogan es muy interesante aunque naturalmente tiene dificultades una vez que te toca ser gobierno porque el “cambiemos” te incluiría a vos mismo. En este sentido, la paradoja de “Cambiemos” es que si sigue impulsando el cambio terminará siendo cambiado, salvo que, claro está, logre reciclarse y aparecer como novedad a pesar de ser oficialismo, ser “lo nuevo” a pesar de ser “lo que hay”. Esta estrategia de reciclaje está en marcha en la medida en que el actual gobierno sigue haciendo referencia al kirchnerismo como responsable presente. Es decir, hace casi un año y medio que el kirchnerismo no es gobierno pero se lo presenta como si lo fuese a partir de la inacabable “pesada herencia”. La noción de “pesada herencia” es la que permite al macrismo hacer presente al kirchnerismo en una operación muy curiosa pues el kirchnerismo, que es pasado, aparece como presente y por lo tanto, responsable de un presunto pasado ominoso y de la crisis actual. En esta operación, al macrismo, esto es, a aquello que se presenta como lo otro del kirchnerismo, solo le queda ser “futuro permanente”. De aquí que lo que identifique a Cambiemos sea la expectativa y haber logrado eso es todo un mérito del oficialismo. En otras palabras, que un oficialismo pueda sostenerse como promesa es la garantía de un voto de confianza el día de mañana.
En cuanto al kirchnerismo, desde el año 2013 le ha resultado enormemente difícil aparecer como promesa de futuro. Ese mismo año pretendió ganar las elecciones sin promesas, sino por lo ya hecho, y tropezó fuertemente en la provincia de Buenos Aires. En 2015, su enfrentamiento con Macri no fue un enfrentamiento entre futuros alternativos sino un enfrentamiento entre los que se presentaban como futuro y los que pretendían ser una continuidad del presente. Así, las únicas referencias al futuro utilizadas por el kirchnerismo giraban en torno a la posibilidad de que éste deviniese negro en la medida en que ganara Macri.
En cuanto a su vínculo con el pasado, el kirchnerismo tiene con él una relación mítica, lo cual, por cierto, no es para nada criticable. No se puede comprender el presente sin trazar las continuidades con el pasado y menos se puede plantear un futuro sin tomar en cuenta lo ocurrido en el pasado. La relación mítica, tan propia de los movimientos populares que, de por sí, se basan en la idea también mítica de “pueblo”, se expresa con demasiada claridad en el “Vamos a volver”. Así, el futuro no es estrictamente novedad sino regreso de lo que ya existía.
Para el macrismo, la relación mítica se da con ese futuro que nunca llega y en el cual se depositan todas las recompensas, tal como promete el capitalismo y la tradición judeocristiana que se mencionaban al principio. El pasado, en cambio, es algo a cancelar y a no revolver, más allá de la temeraria aventura con la que embisten algunos referentes negacionistas del actual gobierno. Pero la única posibilidad de subsistencia de un macrismo que sea pura expectativa, puro futuro, es deshistorizar, tal como se observa en los nuevos billetes cuando se elige poner animales en vez de próceres.
Dicho esto, de cara a las próximas elecciones, si bien la situación económica, históricamente, ha jugado un rol relevante en la toma de decisiones, una variable central para comprender el comportamiento del electorado girará en torno a la posibilidad que tenga el macrismo de seguir ostentando su identificación con el futuro, pues si la oposición es capaz de arrebatarle ese privilegio, el gobierno deberá cargar sobre sus espaldas toda la responsabilidad que le cabe por este presente. Esto significa que la próxima elección la ganará quien pueda identificarse con el futuro, independientemente de si en el bolsillo hay un peso más o un peso menos.  
   


miércoles, 19 de abril de 2017

Verlo todo para no pensar nada (editorial del 16/04/17 en No estoy solo)


Vivimos en una época en la que las imágenes han sustituido a las palabras y en la que todo aquello que tenga imagen será noticia (y si no tiene imagen tendrá que tener un título que nos permita liberar la imaginación, como “La madre de todas las bombas”). Muchísimos intelectuales han hecho sus elaboraciones sobre las particularidades de esta era pero preferiría basarme en un artista no del todo conocido por el gran público. Me refiero a Harun Farocki, fallecido en julio de 2014.
Tomé contacto con la obra de este cineasta, nacido en la antigua Checoslovaquia en 1944, a partir de una muestra de video-instalaciones expuesta en Fundación proa, en febrero de 2013. Desde aquel momento, cada vez que aparece la problemática de las imágenes su nombre resulta ineludible para mí, máxime en una época en la que asistimos a una proliferación indiscriminada de fotografías y videos vinculados a distintos conflictos como los de Venezuela y Gaza, los naufragios en las costas europeas y el uso de armas químicas en Siria.
Y como probablemente sucederá con aquellos episodios en los que intervengan intereses occidentales, el intento por incidir en la opinión pública estará atravesado no sólo por los medios tradicionales sino, cada vez más, por el mundo de las redes sociales, mundo que pocas veces plantea agendas alternativas pero que, sin dudas, se maneja por carriles y lógicas diferentes.
En aquella exposición existían varias obras vinculadas a la temática que aquí interesa desarrollar. Por un lado, estaba Ojo/Máquina, video instalación en la que en un video de quince minutos y a pantalla partida, el artista muestra imágenes de misiles teledirigidos que son utilizadas por las fábricas de armas como estrategia de marketing; también se encontraba Juegos Serios III: Inmersión, referido a un tipo de terapia basada en animaciones y realidad virtual dirigida a soldados con trastorno de estrés postraumático tras la invasión estadounidense a Irak. Estos videos marcaban una cierta obsesión de Farocki por la temática, algo que ya había comenzado a desarrollar en El fuego inextinguible, de 1969, una cinta con una extensión de apenas veintiún minutos que denuncia, tanto la relación existente entre el gobierno estadounidense y la industria química para la producción de napalm, como el modo en que la lógica de la producción del armamento hace que todos aquellos que colaboran con su elaboración (científicos, técnicos, operarios) mantengan, con el producto, una relación de ajenidad que los separa de cualquier tipo de interrogación moral acerca de su quehacer. Por último, Farocki también se había interesado por el vínculo entre los medios de comunicación, las imágenes y los regímenes totalitarios. De aquí que en 1992 realizara Videogramas de una revolución, un video que recopila registros audiovisuales en el marco del derrocamiento de Ceaucescu en Rumania. Allí, Farocki realiza un contrapunto, o un complemento, según cómo se interprete, entre los videos oficiales de un discurso del dictador vitoreado en la plaza mientras se escuchan disparos y el griterío de una multitud sin que la cámara se ocupe de mostrar los disturbios, y las imágenes amateurs de ciudadanos rumanos que grababan el modo en que ellos vivían la revolución a través del noticiero mientras los rebeldes ocupaban la televisión pública.
Farocki fue un realizador que nos advirtió que las imágenes no necesariamente son un canal de transmisión de verdad. En esa línea, bien podría caminar junto a Jean Baudrillard, quien en su célebre La guerra del golfo no ha tenido lugar, reflejaba el modo en que, en las guerras actuales (en especial, aquellas en las que interviene en forma directa Estados Unidos), no aparecen imágenes de muertos, ni sangre, ni territorios devastados. Todo lo que sabemos de las guerras de fines del siglo xx y principios del siglo xxi nos es relatado desde la mirada parcial del cronista de la agencia internacional que nos deja ver allá a lo lejos unas lucecitas que van y vienen y que podrían ser bombas o fuegos artificiales. Los muertos “no están”, “no se ven”. Son sólo un ejercicio de contaduría en medio de un espectáculo.
Ahora bien, al principio les manifestaba que la irrupción de redes sociales aporta una lógica propia que puede ser interpretada como una vía para vulnerar la censura que imponen los involucrados en los conflictos, pero existe también “la otra cara” de esta lógica y es sobre este punto que me interesaría reflexionar.
Recuerdo el conflicto en Venezuela a principio de 2014, similar al que se vive hoy: protestas opositoras en las calles de algunas ciudades importantes, enfrentamientos con partidarios chavistas y denuncias de golpe de Estado. En ese contexto, en un artículo llamado “Twitter y Venezuela, la orgía desinformativa” publicado en www.eldiario.es, el periodista español Pascual Serrano se ocupó de denunciar el modo en que a través de las redes se utilizaron fotos de maltratos, represión y asesinatos en Chile, Siria, Egipto y Honduras, para sensibilizar a la opinión pública haciéndolas pasar por imágenes del conflicto en Venezuela. Así, por ejemplo, la imagen de una estudiante chilena llevada por carabineros en 2012 era presentada como el accionar violento de la policía chavista; una decena de hombres masacrados en Siria recientemente eran retratados como estudiantes muertos en Maracay; una foto con bebés en cajas dentro de un hospital de Honduras fue compartida como imagen de un hospital de Venezuela y, lo más increíble, la imagen de una película porno gay en la que un muchacho realiza una felatio a un grupo de hombres vestidos de policía, recorrió el mundo como “aquello que la policía venezolana le hace a los estudiantes que protestan contra el régimen”.
En el caso del último conflicto en Gaza, circularon decenas de imágenes a través de los canales alternativos a los medios tradicionales. Por razones de espacio mencionaré las dos más impactantes: el primer plano de un nene de unos cinco años, aparentemente palestino, literalmente partido al medio por una bomba; y un video de lo que sería, una vez más, aparentemente, un terrorista de Hamas, que celebra y muestra a la cámara la cabeza de dos occidentales que acababa de decapitar; más cerca en el tiempo, tuvimos la imagen de ese chico sirio ahogado en una playa de Turquía y, en la actualidad, las imágenes de niños muertos, en brazos de sus padres, por un ataque con armas químicas en Siria. Hecha esta descripción, creo que poco interesa si estas imágenes son o no falsas. En todo caso, lo que interesa es hacer énfasis en un fenómeno que parece contrariar lo mencionado en un principio a partir de la mirada de Farocki y Baudrillard. Pues, en un sentido, aquí no hay video-juego ni animación; tampoco hay ocultamiento de los muertos y de la tragedia diaria que se vive en los conflictos. Más bien todo lo contrario: la imagen más cruda circula libremente. La pregunta que cabe hacer es si esta proliferación de imágenes ayuda a comprender mejor los conflictos, a obtener elementos informativos que nos permitan a los ciudadanos tener fundamentos para poder formar una opinión. Y creo que la respuesta debe ser negativa. Con esto no estoy diciendo que esas imágenes no deban circular. Estoy diciendo que esas imágenes no funcionan como insumos para reflexiones posteriores, sino todo lo contrario: buscan un efecto inmediato que cancela cualquier tipo de elaboración sensata. ¿Qué puedo pensar después de ver un cuerpo descuartizado de un nene de cinco años o un energúmeno con dos cabezas humanas en la mano? Se trata de una imagen que desinforma, que transita el sendero de la economía del lenguaje; una imagen que busca que se suspenda toda palabra, que se reflexione menos en un mundo que es demasiado complejo como para darnos el lujo de dejar de hablar y de pensar; una imagen que nos permite distinguir rápidamente buenos y malos en los ciento cuarenta caracteres (unas veinte palabras) que la red social Twitter otorga; una imagen que nos convence de que ya lo hemos visto todo (cuando todavía no hemos reflexionado nada).
               


A paso de convencidos (editorial del 9/4/17 en No estoy solo)

El gobierno de Cambiemos entiende que la estrategia electoral adecuada de cara a las próximas elecciones es polarizar y fidelizar un núcleo duro que, tal como se vio en la última movilización del primero de abril, no siempre se manifiesta con una retórica de autoayuda new age. Por cierto, si hablamos de la manifestación que congregó unas 15000 personas en la Plaza de Mayo, el recorte de lo allí sucedido fue demasiado evidente. La prensa del establishment enaltecía el supuesto carácter desinteresado y apartidario además del hecho presuntamente virtuoso de que alguien se traslade por sus propios medios a manifestarse. Y la prensa opositora hizo circular manifestaciones negacionistas, xenófobas y violentas de quienes en defensa de la democracia piden paredón, palos y desapariciones. Tales manifestaciones existieron pero sería un error suponer que todo votante del macrismo acuerda con ellas. En todo caso habría que decir que quienes piensan de ese modo han votado a Macri pero no todos los votantes macristas piensan lo mismo, de igual modo que no se puede reducir una marcha infinitamente más populosa como la del 24 de marzo, a un muchacho que armó un helicóptero de cartón y le dio servido en bandeja la imagen perfecta a quienes intentan instalar que quienes piensan distinto que el gobierno son golpistas. Esa imagen funcional a los pensamientos de derecha fue la que otorgaron también ciertos grupúsculos de izquierda al cortar algunas arterias esenciales el día del paro de modo tal que, en unas horas, los medios del establishment habían logrado cambiar el eje de la discusión y se dejó de hablar del contundente paro para hablar de los piquetes y de si se justificaba o no la represión. La forma de hacer política de esos espacios marginales de izquierda ya las conocemos pero lo que es insólito es que desde la perspectiva nacional y popular se acepte acríticamente ciertos accionares. Lo digo en otras palabras: si el progresismo nacional y popular no va a proponer soluciones a la compulsión del piquete, la solución que vamos a tener será por derecha, algo que la propia CFK, cuando era presidente, había advertido, en aquella inauguración de las sesiones del Congreso cuando expresó que había que encontrar alguna manera (progresista) de evitar que los conflictos sociales se expresen de esa manera.     
Volviendo estrictamente a la cuestión de la polarización, justamente, hace algunas semanas, aquí mismo les comentaba que, desde mi punto de vista, el gobierno estaba rompiendo el último gran consenso del período democrático inaugurado en 1983, esto es, el símbolo de los 30000 desaparecidos y el hecho de que no hay violencia equiparable a la del Estado. Asimismo, en los últimos días, el propio presidente avanzó en una serie de provocaciones innecesarias si no se leyeran en la clave de estrategia electoral que aquí les propongo, cuando indicó que los movilizados el 1 de abril no habían ido por el choripán y la coca y se habían trasladado por sus propios medios; y en el denominado “Mini Davos”, frente a los líderes del establishment financiero local y mundial, ironizó sobre lo maravilloso que es estar trabajando (un día de paro nacional). Claro que alguien podrá advertir que más que estrategia electoral se trata simplemente de la simple manifestación del sesgo ideológico que determinados referentes del gobierno tuvieron que mantener sosegado ante la necesidad de obtener los votos para ganar una elección presidencial. Eso es innegable de modo que, en todo caso, lo que parece estar ocurriendo a diferencia de lo que sucedía de cara a la elección presidencial, es que esta vez la ideología coincide con las necesidades electorales, justamente, porque aquí no hace falta obtener el 50% de los votos sino simplemente alcanzar triunfos simbólicos en grandes distritos, en particular, en la Provincia de Buenos Aires. Y en un escenario de oposición dividida, con un número que supere el 35%, tal triunfo es posible.
Ahora bien, ¿cuál es el costo de alcanzar ese triunfo? Demasiado alto porque lejos de cumplir con su promesa de “unir a los argentinos”, la sensación es que la separación es cada vez más profunda y que se está siempre a una chispa de un conflicto cuyo final es abierto. Con esto no estoy diciendo que Macri se deberá ir en helicóptero, pues creo que tiene todavía un amplio apoyo de sectores del establishment y las condiciones actuales, en todo nivel, son distintas a las del 2001. Simplemente digo que la gran conflictividad social que se vive en las calles promete niveles de violencia crecientes y peligrosos en el contexto de una opinión pública a la que se la embate constantemente con posturas binarias que cancelan cualquier posibilidad de intercambio democrático.
En este sentido, lejos de afirmar que son lo mismo, donde sí coinciden Cambiemos y el kirchnerismo es que en un determinado momento parecen haber decidido interpelar simplemente a los convencidos. Podría decirse que son etapas naturales de cualquier espacio de poder que sufre desgaste aunque, si así fuera, el gobierno de Cambiemos debiera preocuparse porque el desgaste le ha llegado demasiado pronto. Puesto en números, entonces, la estrategia gubernamental parece apuntar a fortalecer ese casi 25% de votantes que eligieron a Macri en la primera vuelta de 2015. Con esa base y algunos votantes más que no se han desencantado del todo, o que se horrorizan frente a lo que hay en frente, Cambiemos busca vencer a Massa y a CFK en la provincia, siempre y cuando, claro está, ellos decidan ser candidatos.
Otro punto de contacto es que en un determinado momento, el kirchnerismo y Cambiemos decidieron elegirse como adversarios políticos. Algunos zonzos adjudicaban aquella decisión del kirchnerismo a ciertas interpretaciones de Ernesto Laclau y de Carl Schmitt pero no hay ningún temerario que se atreva a decir que el macrismo hace las mismas interpretaciones de aquellas lecturas. Sin embargo, no hace falta leer a nadie, y menos leerlo mal, para darse cuenta que la mejor estrategia política en un sistema electoral donde hay ballotage, es confrontar con un adversario cuya imagen negativa le impida alzarse con el 50% más uno de los votos. Lo pensó el kirchnerismo respecto de Macri y le salió mal; lo piensa Macri respecto al kirchnerismo y habrá que ver cómo le sale.            
Con todo, aclaremos que tener un núcleo fuerte de convencidos no es algo criticable, más bien, todo lo contrario. De hecho Massa envidiaría contar con ese piso de votos, algo que, por las dificultades que el hombre de Tigre tiene en lo que respecta a la construcción de liderazgos y por las inconsistencias que atraviesan su espacio, hoy no posee. Pero un macrismo y un kirchnerismo interpelando solo a sus convencidos, los transformará en fuerzas capaces de imponerse en elecciones legislativas pero incapaces de alcanzar las mayorías necesarias para ganar una elección presidencial. En este sentido, podría decirse que, desde el año 1983, el único gobierno que amplió sus bases de legitimidad y apoyo estando en la administración, fue aquel que nació más débil. Me refiero al gobierno de Néstor Kirchner, el cual, con mejores o peores resultados, no le habló solo a los convencidos sino que interpeló transversalmente a sectores y espacios diversos hasta constituir una base de sustentación enorme. Si lo hizo por necesidad o por convicción es algo que se puede discutir, pero lo cierto es que lo hizo y con ello incomodó a los adalides del pensamiento binario, aquellos que tienen todo resuelto de antemano, aquellos que determinan quién es bueno, quién es malo y, en función de ello, acomodan la realidad a sus prejuicios.      



jueves, 6 de abril de 2017

Breve introducción al duranbarbismo (editorial del 2/4/17 en No estoy solo)

Durante los últimos años de kirchnerismo se puso de moda hablar de un “relato K”, entendido como una maquinaria de comunicación tendiente a ocultar la que sería la verdadera realidad a través de discursos hipnóticos en clave nacional y popular. Con la asunción de la administración macrista a fines de 2015, la noción de “relato”, juzgada de manera peyorativa, ha salido del eje de las discusiones públicas gracias a la decisión editorial de los que instalan las agendas mediáticas, pero ha despertado particular interés la forma de comunicar que tiene un gobierno que explícitamente ha hecho un culto de las formas y las imágenes.
Ahora bien, para comprender algo más de esta ideología pro resulta necesario penetrar en la propuesta de esta suerte de asesor free lance que es Jaime Durán Barba y que ha acompañado en los últimos años al presidente de la Nación. Más allá de algunos reportajes en los que el ecuatoriano busca provocar, encontraremos un buen resumen de su perspectiva en un libro que escribiera en 2010 junto a Santiago Nieto y que se llama El arte de ganar.
Según el prologuista, se trata de un libro dirigido a políticos de entre 40 y 50 años, asesores y periodistas, que busca acercar las estrategias necesarias para atacar a un adversario y ganar elecciones.
Pero lo primero que me interesa resaltar es la perspectiva acerca de los liderazgos, pues los autores entienden que se ha terminado la era de los líderes carismáticos. En otras palabras, los líderes “completos” y casi sobrenaturales con grandes dotes de oratoria, que todo lo resuelven, dejan su lugar a líderes falibles, que se van formando en la propia administración y que se desempeñan circunstancialmente en lo público. Se trata de personas que poseen liderazgos más modestos que, según Durán Barba y su compañero, ya se han dado cuenta de que nadie gana elecciones llenando una Plaza de Mayo. Dicho de otro modo, son los referentes de una política posmoderna para los que la estructura de los partidos y las movilizaciones resultan piezas litúrgicas de un pasado de política de masas.
Con buena parte de cinismo, en la página 68 del libro, los autores lo indican así:

Hoy se aspira a que los líderes solucionen los problemas, o que al menos diviertan con espectáculos imaginativos como los que protagonizaron Abdalá Bucaram en Ecuador en 1996, Palenque en La Paz en 1989, de Narváez en la provincia de Buenos Aires en 2009 y otros dirigentes que supieron adueñarse de los escenarios bailando o haciendo reír a la gente.

En esta línea, un punto interesante es que los nuevos liderazgos se constituyen menos por el perfil eficientista que por la capacidad que tenga el candidato de reflejar los sentimientos del elector. En esto ha sido evidente cómo se ha trabajado para que Macri, un ingeniero con cuna de oro y fobia al contacto con los otros, logre ser representativo incluso en sectores populares. No se trata, entonces, de votantes racionales. Eso es fantasía iluminista. Más bien, lo que hay es gente movida por sentimientos, sea que vote a la derecha, sea que vote al populismo. Y en ese sentido, una de las estrategias de los consultores es apuntar al centro de las emociones. De aquí que afirmen en la página 364: “Debemos tratar de que nuestro mensaje provoque polémica. Más que perseguir que el ciudadano entienda los problemas, debemos lograr que sientan indignación, pena, alegría, vergüenza o cualquier otra emoción”.
Tal aseveración nos lleva a la perspectiva acerca de los electores. Según los autores, nadie vota por modelos económicos y las elecciones se ganan con las personas comunes que están poco informadas (no es descabellado pensar que algo de estos dos elementos pudo haber jugado un rol importante en las elecciones de 2015 en Argentina). Asimismo, a los electores no les importa si gana la derecha o la izquierda, pues tales categorías serían propias de la ya pasada de moda era de la palabra, de los grandes relatos, de las grandes construcciones y de los grandes liderazgos. Es más, hablamos de electores porque para los autores ya no existe “el pueblo” sino individuos hedonistas, que en muchos casos pueden votar más movidos por la envidia que por la conveniencia. Ellos lo explican así en la página 100: “Debemos adecuarnos a una nueva democracia de masas en la cual todos quieren opinar, tener acceso a la información, privatizar lo público, socializar lo privado, fisgonear en la vida de los demás, e impedir que el Estado se meta en su vida”. A su vez, los autores agregan que en estas “nuevas democracias” hay una suspicacia hacia todo aquello relacionado con la política, pues se la ve como sinónimo de interés faccioso, ambición descontrolada y corrupción.
Desde el punto de vista metodológico, Durán Barba y su compañero parecen tener las cosas claras y afirman privilegiar los datos científicos que aportan las investigaciones cuantitativas y cualitativas antes que las intuiciones del candidato, y destacan que no existen los modelos ideales para ganar elecciones aunque los candidatos asesorados por ellos y sus recetas sean, en todos los casos, bastante similares. En lo que respecta a la ética, afirman que es posible separar “ideología” de “profesión” y que, en ese sentido, el consultor debe tener la capacidad de asesorar a candidatos de cualquier perfil ideológico, siempre y cuando éstos no se encuentren comprometidos con violaciones a DDHH. Además, afirman preferir que no se incluyan temas de la vida privada del adversario, aunque admiten que puede haber excepciones.
Para finalizar, cabe una reflexión acerca de la mirada que los autores tienen sobre esta época, esto es, aquella en la que las imágenes han reemplazado a las palabras. Frente a tal aseveración, los autores adoptan dos miradas distintas. Por un lado, lo celebran, asegurando que en la era de las imágenes y de internet es más difícil mentir (algo claramente falso, pues incluso con archivos condenatorios, su asesorado pudo desdecirse una y otra vez, sin que eso lo afectara electoralmente). Pero por otro lado se presentan como neutrales, afirmando que, aun cuando no sea lo deseable, lo cierto es que es un hecho que vivimos en una sociedad del espectáculo. Así lo explican en la página 136:

Son las imágenes y no los programas las que deciden quién gana una elección. Este no es un problema de gustos o de opciones ideológicas. Es irrelevante si a los derechistas les gusta que la gente vote por imágenes y a los izquierdistas que lo hagan por ideologías. Nosotros simplemente tratamos de conocer cómo actúan los electores para tratar de que nuestro cliente gane las elecciones. Para bien o para mal, todas las investigaciones coinciden en que la gente vota por la imagen de los candidatos más que por las doctrinas o propuestas

Frente a esto cabe hacer una última reflexión: está claro que un consultor político no está para transformar la sociedad. Eso será tarea de la política y quizás de cada uno de nosotros, pero no es exigible a quien simplemente se presenta como un profesional que brinda herramientas para ganar elecciones. No obstante, habría que marcar que esta sociedad de la imagen existe gracias a un modelo político, económico y cultural atravesado por la ideología que se deja ver detrás de las aseveraciones de Durán Barba y su compañero. En este sentido, las propuestas de estos consultores no son criticables por intentar sacar beneficio de lo que hay, sino por la pretensión de ocultar ser parte de un enorme dispositivo ideológico que busca reproducir y perpetuar eso que hay.

jueves, 30 de marzo de 2017

Desaparecidos: el fin del último consenso (editorial del 26/3/17 en No estoy solo)

Uno de los eslogans más repetidos por políticos de centro y de derecha de la Argentina, refiere a la necesidad de emular el llamado “Pacto de La Moncloa” español.  Si bien aquí no se trata de salir de una dictadura ni interviene la realeza, se hace esa referencia cuando se quiere decir que nuestro país necesita que las fuerzas políticas y los diversos actores sociales acuerden una serie de principios básicos o políticas de Estado. Haciendo una analogía con los juegos, podría decirse que hace falta fijar un conjunto de reglas que identifiquen al juego y que los jugadores deben aceptarlo de antemano si es que quieren ser reconocidos como tales.
Es difícil oponerse a esta idea que tanto ha calado en el sentido común y que resulta muy intuitiva pero, claro está, en la medida en que intentamos dar carnadura a esos principios básicos, que hoy serían el juego democrático y un conjunto de políticas públicas vinculadas a qué modelo de país queremos, empiezan a arreciar las diferencias o, en todo caso, a haber desacuerdos interpretativos sobre aquellos principios. Lo diré con algunos ejemplos: ¿cómo se logra una Argentina justa? ¿Haciendo que todos tengan lo mismo o dejando todo librado a la meritocracia? Cuando decimos que Argentina tiene que crecer sostenidamente, ¿pensamos lograrlo impulsando el mercado interno con fuerte intervención estatal o esperando que las inversiones privadas lleguen tal como lo fije el mercado? Por supuesto que siempre hay opciones intermedias y matices, y estos son solo dos pequeños ejemplos de las dificultades que se plantean cuando diversas tradiciones o ideologías llevan al terreno práctico sus valores y cosmovisiones. Porque todas las corrientes de pensamiento, o casi todas, supongo, querrán una Argentina libre, independiente, soberana, justa, donde impere la verdad y donde todos los argentinos puedan vivir dignamente pero hay enormes desacuerdos respecto a qué significa cada una de estas cosas.
Sin embargo, aunque muchas veces no sea tenido en cuenta, los argentinos supimos, en este breve período de recuperación de la democracia comenzado en 1983, acordar en un punto: el decir “Nunca Más” a las dictaduras militares y el enfrentar aquella larga noche nefasta con Memoria, Verdad y Justicia. Lo hicimos con mucha valentía porque fuimos el único país que juzgó a sus militares, más allá de las presiones que llegaron después y que culminaron con las leyes de Punto Final, Obediencia Debida e Indulto. Llevó y llevará mucho tiempo recomponer aquel horror que persiste en las víctimas directas e indirectas y que todavía se expresa dramáticamente en la búsqueda de los hijos apropiados, pero hubo un acuerdo generalizado en este sentido que se fue sedimentando con el tiempo, tal como se puede observar respecto a la discusión en torno a la teoría de los dos demonios que todavía se dejaba ver en el prólogo original del Nunca Más.
Digamos, entonces, que la sociedad Argentina, gracias al impulso y a la decisión política, primero de Alfonsín y luego, también, de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, saldó ese debate entendiendo que la violencia del Estado no es comparable a ningún otro tipo de violencia y que la cifra de desaparecidos era de 30.000, a pesar de que el trabajo de la Conadep, presumiblemente incompleto, había arrojado aproximadamente un tercio de aquella cifra, o que documentos militares desclasificados en EEUU indicaran que los militares argentinos reconocían unos 22000 desaparecidos hasta 1978 (ver la nota de Hugo Alconada Mon, en La Nación, el 24 de marzo de 2006, cuyo título es “El ejército admitió 22000 crímenes” <http://www.lanacion.com.ar/791532-el-ejercito-admitio-22000-crimenes> ).
Está claro que la cifra de 30000 es simbólica y que probablemente nunca sepamos si fueron algunos más o algunos menos pero aquello no importa, justamente, porque se trata de una cifra simbólica. Sin embargo, en los últimos años, y con mayor presencia desde la asunción del último gobierno, el debate retornó casi siempre en torno a la veracidad de la cifra “30000” como una forma bastante perversa de poner en tela de juicio y de reflotar un debate que estaba saldado. Primero comenzaron algunos periodistas y políticos opositores a la administración kirchnerista cuando, imposibilitados de poner en tela de juicio la noción universal de Derechos Humanos, apuntaron a denunciar la presunta apropiación partidaria de los mismos. Reapareció así, aggiornada, la teoría de los demonios con títulos alternativos como “Memoria completa” o “Dos verdades” y colaboraron con ello sectores negacionistas y ex guerrilleros con repentino fervor de concordia liberal y republicana. Y en los últimos meses, de boca del propio presidente se volvió a hablar de “guerra sucia” y de “el curro de los derechos humanos”, un Ministro de Cultura de la Ciudad indicó que el número “30000” había sido un invento para cobrar subsidios, y el Titular de la Aduana, un excarapintada, se negó a admitir que los militares hubieran realizado un plan sistemático tal como determinó la justicia.        
Esto, claro está, acompañado de programas de TV que en su lógica polemista ponen en igualdad de condiciones a debatir cara a cara a una víctima de la represión estatal con un referente negacionista, debate que curiosamente es presentado como la panacea de una sociedad democrática en la que se escuchan todas las voces. Si bien podemos discutir si lo hacen por razones ideológicas o por la lógica espectacularizada de los debates basada en la aceptación boba de una interpretación banal de cierto principio del periodismo que arrojaría que siempre hay que presentar “las dos caras” del debate (pasando de largo la discusión acerca de si la voz negacionista y antidemocrática, es decir, la voz que no acepta las reglas del juego democrático, puede ser ubicada allí sin más), lo cierto es que habiendo pasado ya largamente las tres décadas de recuperación democrática, los sectores que nos hablan de sentarnos en una mesa para acordar los puntos básicos de nuestro “La Moncloa” lograron quebrar, quizás, el único y más importante consenso que teníamos los argentinos.
Para ser una derecha moderna, digamos que lograron un éxito digno de las derechas más recalcitrantemente arcaicas.        

       

miércoles, 22 de marzo de 2017

Responsabilismo, exculpación y opinología (editorial del 19/3/17 en No estoy solo)

Los acontecimientos de la última semana resumen bastante bien algunos tópicos de las sociedades en que vivimos. Yo lo sintetizaría en tres conceptos: responsabilismo, exculpación y opinología.
“Siempre tiene que haber un responsable”, es la definición de “responsabilismo”. Se trata, claro está, de una de las caras de una sociedad de la denuncia. Ya no existen los accidentes porque todo es culpa de alguien. Más allá de que aparentemente ahora se dice que los dos muertos en el recital del indio Solari no murieron por la presunta avalancha, podemos salirnos de este caso y pensar cómo se encaran los debates públicos cuando sucede alguna catástrofe natural. Dado que desde hace algunos siglos se ha impuesto la concepción de que el Hombre domina la naturaleza, toda manifestación indómita de la misma, se adjudica directa o indirectamente a alguien. Pareciera que no podemos soportar el azar, lo accidental, lo que no se puede prever. No podemos vivir con esa incertidumbre. Alguien debe ser culpable.  Pero cuando ese alguien no es fácilmente identificable por suerte queda el latiguillo: la culpa es de todos. Entonces, volviendo al caso “indio Solari”, fue el indio por ser k, fue el intendente por ser PRO, fue la productora del indio (por trabajar con un K), fueron algunos muchachos entre una multitud tranquila o fue la horda salvaje. Y si nada de eso nos satisface, podemos decir que fue la expresión de una sociedad decadente. Y ya está: imprimamos una remera que diga “Je suis Olavarría” y durmamos tranquilos.
Asimismo, está claro que en una sociedad responsabilista, el juego político es cómo librarse de la responsabilidad y si nos apartamos de las catástrofes naturales para adentrarnos en las teorías conspirativas, llegamos al segundo concepto que les presenté al principio: la exculpación, esto es, el quitarse las culpas y depositarlas en un tercero. Es más, si bien no hay espacio para desarrollarlo podría decirse que el “Errorismo de Estado” o el pedido de disculpas permanente del gobierno ante cada acción que perjudica a las mayorías es también una de las formas de la exculpación porque cuando se pide disculpas no se asume de lleno la responsabilidad ya que la responsabilidad está asociada a la voluntad y quien habla de errores nos dice que en su voluntad no estaba el dañar. Pero la estrategia de la exculpación más allá del “errorismo” y de la ya clásica “pesada herencia”, tomó una nueva forma el domingo pasado cuando comenzó a instalarse en la agenda el supuesto afán desestabilizador de la oposición kirchnerista. Todo comenzó con una acción en tándem que incluyó una entrevista en tapa del diario Clarín a Héctor Daer y un editorial con escenas de oficialismo explícito de Joaquín Morales Solá. Y lo culminó, naturalmente, América TV en una conversación entre uno de los voceros presidenciales, Luis Majul y el propio Mauricio Macri (de hecho, hay quienes dicen que el intercambio fue tan armónico que por momentos parecía que era Macri quien entrevistaba a Majul).
Pero la operación llegó a una cumbre orgásmica el último viernes gracias a una nota firmada por Marcelo Bonelli cuyo título podemos incluir en el top 10 del “periodismo de guerra”: “Los inversores quieren saber cuándo la justicia pondrá presa a Cristina Kirchner”. Si bien la noticia fue desmentida por el propio Felipe González, mencionado en la nota como aquel que habría hecho la pregunta en representación de “los inversores”, el título es una obra maestra del mensaje subliminal porque en pocas palabras, y presentándolo como información, afirma, desbordando de sesgo ideológico, que Cristina Kirchner es culpable y solo resta averiguar cuándo pagará su responsabilidad; que Macri es un líder con autoridad a tal punto que puede manejar los tiempos de la justicia; y que la economía deprimida no es responsabilidad del actual gobierno sino del fantasma del anterior.
Por cierto, es curioso lo que sucede con el kirchnerismo pues los mismos que enuncian una y otra vez que se trata de una etapa pasada, le adjudican la virtud de manejar parte de la justicia, coparle la movilización a la CGT, organizar decenas de cortes de calle para generar caos, controlar al menos un sector de los servicios de inteligencia más allá de que todo lo que sale de allí siempre perjudica al kirchnerismo, y tener cooptados a los maestros, los cuales, por cierto, en buena medida votaron a Macri en 2015.    
Llegamos así al último concepto: la opinología. Efectivamente, los temas aquí mencionados fueron desarrollados por hordas de opinadores compulsivos incapaces de guardar silencio o al menos tener la honestidad de un “no sé”. El derecho a opinar parece haberse transformado en obligación de hacerlo, y la igualdad en el derecho a opinar es confundida con la igualdad de valía en el contenido de cualquier argumentación. Dicho en criollo: cualquier pelotudo habla y encima cree que su opinión en tanto tal tiene el mismo valor que cualquier otra aun cuando esa opinión se realice desde el más ramplón sentido común y sin ningún fundamento.
Si estas líneas te aburrieron es tu responsabilidad, de modo que exijo que me exculpes pues, además, ya ha aparecido un nuevo tema sobre el cual opinar.