miércoles, 22 de febrero de 2017

Trabajen, usen y consuman todo (editorial del 18/2/17 en No estoy solo)

El trabajo ocupa un lugar central en nuestras vidas. Al que no trabaja o a aquel que pone poco empeño en el trabajo lo censuramos y nos enorgullecemos cuando trabajamos bien o cuando logramos éxitos laborales. Este diagnóstico no es novedoso, pero lo que sí puede resultar, en parte, más original, es observar que no siempre ha sido así.
En este punto, no viene mal un poco de historia comparativa. Piénsese, entonces, en el lugar que ocupaba el trabajo para los griegos en el Siglo v y iv a. C. ¿Trabajar era sinónimo de dignidad e, incluso, de liberación? Claramente no. Todo lo contrario. Trabajar era estar a merced de la necesidad y el hombre libre era el que estaba más allá del reino de esa necesidad. Desde esta perspectiva, el ocio no era el equivalente a la holgazanería que tanto se repudia hoy, sino la condición natural del hombre libre que podía dedicarse a la búsqueda del placer, volcarse a las intervenciones públicas o, como en el caso del filósofo, erigir una vida en torno a la contemplación de la verdad. Sin dudas, es difícil transpolar esta mirada a los tiempos actuales. ¿Qué cara pondrías si el novio de tu hija, en la primera cena familiar, te indica que trabaja de “contemplar la verdad”? 
Volviendo al tema, les decía que el hecho de que en la Antigüedad el trabajo fuera visto como aquello que quitaba libertad al Hombre, suponía detenerse en el ocio porque sólo a través de éste era posible trascender el terreno de la necesidad. Sin embargo, el ocio antiguo no es equiparable al ocio en la actualidad, pues Aristóteles no aceptaría que el ocio de la contemplación de la verdad sea similar a mirar tv comiendo pochoclo después de dormir dieciséis horas tras una resaca. No: el ocio antiguo era una actividad también. Sólo que era una actividad no vinculada a las “necesidades vitales/físicas” como la de tener que comer. ¿Cómo se llega, entonces, de aquella concepción del trabajo a la actual? Evidentemente, mucho tuvo que pasar, pero lo que no se puede soslayar es, según lo indicara Max Weber, el protestantismo y el capitalismo. Y quien mejor describe esto es Byung-Chul Han, un filósofo de origen coreano radicado en Alemania:

Lutero vincula el trabajo como empleo a la llamada de Dios a los hombres. Gracias al calvinismo, el trabajo cobra un sentido económico salvador. Un calvinista se enfrenta a la incertidumbre en relación al hecho de ser elegido o rechazado […]. Sólo el éxito en el trabajo se entiende como un signo de haber sido elegido. La preocupación por la salvación lo convierte en un trabajador. […] Max Weber ve en el espíritu del protestantismo la prefiguración del capitalismo. Se manifiesta como un impulso a la acumulación, que lleva a la constitución del capital. El descanso en casa y el disfrute de la riqueza son reprobables. Sólo el afán ininterrumpido de beneficios puede ganarse el favor de Dios (Han, 2009: 129-130).

Lo curioso es que aun en un mundo secular, sin carga religiosa, la lógica sigue siendo la misma. Es más, en la Argentina al menos, cuando se acumula mucho dinero se suele afirmar “Me salvé”, y cuando se está por hacer un buen negocio se indica “Si me sale esto me salvo”. ¿Hay quienes hayan roto con esta lógica? La respuesta podría llevarnos al marxismo, y sin embargo estaríamos equivocados, pues una tradición que abrevando en el filósofo alemán Hegel afirma que el hombre sólo puede realizarse como tal a través del trabajo, no es la base desde la cual poner en tela de juicio el sistema. Como diría Byung-Chul Han en su ensayo Psicopolítica:

La izquierda política ha transfigurado el trabajo. No sólo lo ha elevado a esencia del hombre, sino que de este modo lo ha mitificado como presunto contraprincipio del capital. A la izquierda política no la escandaliza el trabajo, sólo su explotación mediante el capital. De ahí que el programa de todos los partidos de trabajadores sea el trabajo libre y no liberarse del trabajo (Han, 2014: 79).

El poscapitalismo y una sociedad enteramente orientada al consumo profundizan esta lógica. El tiempo libre de trabajo no tiene una función en sí misma. Es sólo descanso necesario para mejor rendimiento en el trabajo y/o espacio para consumo, lo cual implica horas hombre en el trabajo para conseguir el dinero necesario para tal consumo. Y en este sentido se da un fenómeno paradójico en el que está incluido el tiempo: consumimos bienes o, más bien, habría que decir, servicios, cuyo goce es cada vez más efímero y a cambio nuestra vida cobra sentido sólo en cuanto vinculada las veinticuatro horas al trabajo. Quien mejor describe esto es Carlos Fuentes en un breve cuento llamado El que inventó la pólvora. Allí, Fuentes, con toda la potencia crítica del realismo mágico, comienza narrando una situación particular: la cucharita con la que revolvía su café se derritió. Lo mismo sucedió con los cuchillos, los tenedores y el resto de las cucharas. El relato construido en primera persona, prosigue, como es natural, con el protagonista yendo a comprar un nuevo juego de cubiertos, los cuales, lamentablemente, corrieron mismo destino a la semana. Claro que esto no le sucedía nada más que al narrador sino a todas las personas, a tal punto que las fábricas se comprometieron a multiplicar la producción para garantizar que pudieran suplantarse, cada veinticuatro horas, todos los cubiertos y de esa manera evitar que la civilización volviera a comer con la mano. Esta situación se mantuvo durante seis meses pero luego le llegó su avatar al cepillo de dientes que se desarticulaba en la boca, y a los zapatos y a los sacos que se deshacían dejando en ridículo a sus dueños. Los autos se destartalaban pero para ello hubo una solución inmediata del mercado: el auto del futuro que duraba un poco más que los “autos del pasado” y resultaron, claro está, un éxito en las ventas. Lo que empezó a ocurrir es relatado en el cuento de la siguiente manera:

La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. “Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos –declaraba un cartel– usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica”. La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos.

Sin embargo, el relato no termina allí pues un día, al llegar a su casa, el protagonista observa que sus libros se han convertido en polvo y al mirar por la ventana notó que los edificios se resquebrajaban y se derrumbaban. En ese momento la vida útil de los objetos ya ni siquiera alcanzaba las veinticuatro horas y las cucharas se derretían en dos o tres horas. El relato prosigue:

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!”.

El cuento termina con el protagonista escondido y en soledad tomando dos ramas para “comenzar todo de nuevo” y volver a encender “por primera vez” el fuego; un protagonista sentado sobre los escombros de una civilización que supo ser próspera y se fagocitó a sí misma por llevar hasta el paroxismo un sistema que le inculcó al Hombre que su esencia era trabajar y, su destino, consumir.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Ni empoderados ni Macri gato (editorial de 11/2/17 en No estoy solo)

En días en que asistimos a una desmadrada guerra sucia de espías en connivencia con sectores de la justicia y un periodismo que sin ningún empacho es capaz de publicar ilegalmente escuchas tanto legales como ilegales, la problemática de la comunicación vuelve a estar en el centro de la agenda, como ha sucedido tantas veces desde el momento en que comenzó el conflicto entre el kirchnerismo y el grupo Clarín. Excede los límites de esta nota indagar en la política comunicacional del kirchnerismo y en las diversas etapas por las que ésta atravesó. Con todo, me quiero centrar en la importancia que tuvo la propia CFK en la comunicación de su espacio, algo que se expresaba en sus apariciones públicas, fueran o no a través de cadenas nacionales.  La expresidenta es, sin dudas, de las mejores oradoras que ha tenido este país. Los tonos, la terminología, los énfasis, la ironía y la formación cultural, la constituyen, te guste o no su gobierno, en lo que podría considerarse una estadista. Me parece que eso es inobjetable aun para el más acérrimo de los antikirchneristas. A su vez inauguró una nueva forma de comunicar que también ha sido utilizada por líderes carismáticos de la región que tuvieron enfrentamientos igualmente duros con la prensa del establishment, como Chávez o Correa. La razón es bastante simple: al poner en tela de juicio el pretendido rol de transparencia o de canal fidedigno de la prensa tradicional, la relación entre el líder y el pueblo debe ser directa. En este sentido, más allá de un uso por momentos abusivo, la utilización de las cadenas nacionales era la única manera de garantizar que el mensaje llegara a la ciudadanía sin el recorte sesgado del medio que lo reprodujera. También en esta línea, la utilización de las redes sociales, no solo por parte de la expresidenta sino, en general, por los famosos o personajes más o menos públicos con deseos de comunicar, se transformó en una herramienta a través de la cual el emisor puede expresarse sin la necesidad de que un medio le preste micrófono. En los primeros años de alcance masivo de las redes, 2009, 2010, 2011 aproximadamente, la militancia kirchnerista se apropió de ese espacio casi como un bálsamo en un contexto en que ya resultaba evidente la capacidad de invisibilización de agenda alternativa que tenían los medios dominantes. Tal apropiación se hizo desordenadamente, por prepotencia de trabajo individual y sin una línea clara, de modo que a partir del 2012, siempre aproximadamente, claro, la balanza se fue equilibrando para rápidamente desbalancearse a favor de un antikirchnerismo de call center con inteligentes estrategias comunicacionales y una retroalimentación con la agenda de los medios tradicionales. Eso no quiere decir que el control de esos espacios sea total ni que no pueda colarse en los intersticios una contraagenda, pero, en general, en esas batallas diarias que suelen darse por la imposición de los temas, gana el actual oficialismo porque en las redes gana el que confunde.
Tras su salida de la administración, la expresidenta, que, como decíamos antes y por buenas razones, por cierto, no fue amiga de los reportajes ni las conferencias de prensa, apenas si brindó alguna entrevista y sus apariciones públicas fueron en actos o a través de sus redes sociales. Misma línea sigue “la fuerza propia” de La Cámpora, con la excepción de Axel Kicillof y esporádicamente Andrés Larroque. Yo sigo siendo enemigo de someterse a los programas de debates donde siempre gana el periodista pues es el que aparece como moderado y neutral frente a dos posiciones antagónicas, pero resulta incomprensible la aversión a comunicar a través de los medios que tiene parte del kirchnerismo duro. Insisto en que no estoy proponiendo ser parte del circo pero la política en la actualidad es telepolítica también y quien quiera ser una figura de alcance nacional debe tener una estrategia respecto a cómo se maneja en los medios, estrategia que no puede ser simplemente “no aparecer”.
En este mismo sentido, creo que la expresidenta se equivoca y se desdibuja cuando se transforma en una comentarista de la realidad a través de las redes sociales compartiendo notas de diarios, haciendo denuncias en 140 caracteres o subiendo videos a Youtube. Desconozco si es una decisión propia o un mal asesoramiento pero su estatura de líder, el lugar que ya ocupa en la historia y los millones de argentinos que hoy pasan necesidades que no pasaban en 2015, ameritan otro tipo de posicionamiento.
Yo no tengo la clave ni sé cómo hacerlo pero lo cierto es que tampoco tengo la responsabilidad de saberlo. Con todo, me resisto a pensar que tras 12 años de kirchnerismo, no exista un aprendizaje en lo que a comunicación refiere. No solo en cuanto se apostó a empresarios que dejaron en la calle a decenas de trabajadores apenas algunos días después de asumido Macri, en un desenlace que era bastante predecible; sino que hoy en día no parece haber ninguna línea comunicacional clara, de modo que la militancia acaba haciendo lo mismo que hace el antikirchnerismo furioso: compartir notas en redes sociales que confirmen sus prejuicios. Asimismo, se celebra el periodismo denuncista, siempre y cuando denuncie a Macri, y se le otorga estatura de héroe a cualquier comunicador que putee al gobierno o pontifique como si la militancia kirchnerista estuviera buscando un “Lanata propio”. Por último, considero que Milagro Sala es una presa política pero también considero que si la única bandera del kirchnerismo va a ser “en la Argentina hay presos políticos”, lamentablemente, solo se podrá conmover a un sector minoritario de la sociedad: el espacio progresista urbano. Es doloroso afirmar esto en un país que ha sufrido la persecución política, la tortura y la desaparición pero el electorado argentino es más amplio que el público que, como yo, cree que Página 12 es el diario más respetable y el más interesante para leer.
Es injusto pedirle algo a alguien que, como Cristina, ha hecho tanto por el país. Pero al resto de los argentinos, a aquellos que compartimos un proyecto de país más inclusivo, la historia nos demanda una lectura crítica, incluso de los aciertos, y, por sobre todo, un rol menos pasivo. Pues si se quiere ganar una elección no alcanza con ser joven y portar una remera de Néstor. Y menos aún alcanza con afirmar, en Facebook, “¡Macri gato, el pueblo está empoderado!”.               


domingo, 5 de febrero de 2017

Lo que oculta la posverdad

Con la decisión del diccionario de Oxford de designar a “posverdad” como la palabra del año, se consagró a una categoría que venía siendo tema de numerosos artículos y que había adoptado cierta masividad a partir de la publicación de la revista The Economist http://www.economist.com/news/leaders/21706525-politicians-have-always-lied-does-it-matter-if-they-leave-truth-behind-entirely-art . ”Posverdad” significa, según este diccionario: “Circunstancias en que los hechos objetivos son menos importantes, a la hora de modelar la opinión pública, que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”. Con la posverdad, entonces, no se busca dar herramientas para un análisis racional sino afianzar los prejuicios de modo tal que los hechos, o bien se adecuen, o bien choquen contra ellos.
Lo curioso es que la mayoría de los articulistas que enfocaron esta presunta novedad hacen referencia a que solo a través de la posverdad se pueden explicar el triunfo de Trump, el Brexit y el No al referéndum en Colombia. Es más, arrecian columnas de opinión en las que se les achaca a las redes sociales ser las principales causantes de la difusión de la posverdad. Podría decirse que estos puntos de vista algo de razón tienen y para ello obsérvense algunos datos.
El sitio web estadounidense politifact.com (http://www.politifact.com/personalities/donald-trump/) descubrió que alrededor del 85% de las aseveraciones de Trump fueron entre “medio verdaderas” (15%), “mayormente falsas” (19%), “falsas” (33%) y, lo que yo traduciría como, “aviesa y descaradamente mentirosas” (18%). Esto no sería tan problemático si la ciudadanía tuviera los anticuerpos para detectar esta habitualidad pero parece haber buenas razones para sospechar que hubo una campaña sucia de instalación de mentiras tal como sucedió aquí, por ejemplo, cuando se comprobó la existencia de miles de llamados telefónicos que vinculaban al padre de Daniel Filmus con Sergio Schoklender. Así, tal como publica el corresponsal del diario La Nación en España, Martín Rodríguez Yebra, en una pequeña ciudad de Macedonia llamada Veles (que nada tiene que ver con mi glorioso y amado club de fútbol, claro), se encontraron al menos 150 sitios web que se ocupaban exclusivamente de la política de Estados Unidos y que fueron los principales impulsores de las peores operaciones de prensa contra el partido demócrata. Si a esto lo complementamos con que la mayoría de los ciudadanos occidentales sub 40 se informan fragmentariamente a través de lo que circula en las redes sociales y que esa información, como también la de Google, es sesgada por algoritmos que seleccionan aquellas noticias que más se acomodan al interés y punto de vista del usuario, el fenómeno resulta alarmante y abre una enorme cantidad de interrogantes. El articulista de La Nación, como muchos otros, agrega que las expresiones de la derecha europea utilizan estos mismos artilugios como así también “los gobiernos autoritarios de Rusia, Turquía y Venezuela” (SIC). En otras palabras, parece que la posverdad es propiedad de la gente mala del mundo y de los gobiernos que no se adecuan al esquema de las sociedades liberales y republicanas. Pero ¿los demócratas en Estados Unidos no utilizan la mentira ni apelan a las emociones? ¿El PP en España tampoco a pesar de que Aznar perdió la elección por señalar a ETA como causante del atentado en Atocha y a pesar de que Rajoy no pudo formar gobierno durante casi un año jaqueado por casos de corrupción? ¿El PRO en Argentina tampoco utiliza la posverdad aun cuando Durán Barba (que ha escrito libros acerca de cómo persuadir al electorado a través de las emociones) estuvo implicado en la denuncia antes mencionada y aun cuando, a más de un año del debate presidencial, es flagrante la cantidad de promesas incumplidas por parte de Macri? La lista puede seguir y finalmente atañe a todo gobierno, del signo que sea, por izquierda o por derecha, y la podemos remontar bastante tiempo atrás porque la “posverdad” no es otra cosa que un concepto con buena sonoridad y apariencia de profundidad, algo muy importante para vender libros, pero que no hace más que condensar, con mucha ambigüedad, un signo de los tiempos posmodernos. Es más, podríamos incluso remontarnos a los orígenes de la democracia ateniense y la disputa entre Platón y los sofistas, en el que el primero acusaba a los segundos de despreocuparse por la verdad y vender al mejor postor técnicas de persuasión para digitar la conducta de las asambleas. De modo que la “posverdad”, en todo caso, lleva al menos 2500 años aunque, claramente, tomó una dinámica particular con la imprenta, el auge de la prensa y, actualmente, con las redes sociales.
En el caso de Trump, millones de personas replicaron a través de Facebook que Francisco había dado su apoyo al excéntrico magnate, que Bill Clinton había abusado de una menor de 13 años, que Obama era musulmán y que había sido fundador de ISIS. Si bien nadie puede probar que haya sido determinante, todas estas noticias circularon como todo el tiempo circulan denuncias falsas contra alguna personalidad pública sobre algún tema sensible para que el fascismo de lo políticamente correcto realice sus sentencias con prejuicios similares.
Con todo, lo interesante aquí es el modo en que los articulistas encaran esta problemática porque cometen varias peligrosas falacias. En primer lugar, utilizan la posverdad para defender el justamente castigado rol aséptico de los medios tradicionales. Efectivamente, indican que lo que circula en las redes no tienen ningún control de veracidad como sí lo tendrían los medios “serios”. Pero, ¿hace falta que pongamos ejemplos de las noticias falsas impulsadas por los medios tradicionales? Sin dudas que en las redes sociales circula con enorme velocidad cualquier tipo de información pero, salvo excepciones, la agenda la imponen los grandes medios o, en todo caso, se produce una retroalimentación entre los usuarios y esos medios. Esto, más que hablar mal de los usuarios, habla mal de los medios pues lo que sucede es que es tal la pauperización, tal el descrédito del periodismo profesional, que una noticia falsa inventada por un usuario es compatible con las operaciones de baja estofa que realizan los medios consagrados. En este sentido, si es que la posverdad es una novedad, lo es porque los medios tradicionales han renunciado a la verdad, incluso a la verosimilitud.
En segundo lugar, el fenómeno de la posverdad para desacreditar los resultados eleccionarios es una forma muy poco delicada de subestimación de los votantes pues indica que cualquier resultado que no sea a favor de los candidatos del establishment, está reñido con el sentido común, la racionalidad y es producto de la estupidez de la gente o de un estado de encantamiento. En la Argentina, como “posverdad” era una categoría un poco compleja, eligieron el término “relato” pero significa lo mismo y fue utilizado para explicar por qué la ciudadanía apoyaba mayoritariamente al espacio que estuvo en conflicto con el establishment. No había ninguna buena razón para apoyar al gobierno de los Kirchner, por lo tanto, o eras beneficiario de un plan social, o eras un corrupto, un fanático o un hipnotizado por la retórica populista de “la reina”.         
Para finalizar, entonces, al igual que con el término “relato”, la “posverdad” está siendo utilizada para ocultar algo. En este caso, se trata de ocultar la responsabilidad que han tenido el capitalismo financiero, la clase política y las corporaciones económicas (que son también dueñas de medios de comunicación), en la aparición de un Trump, en el surgimiento de mayorías que consideran que resignar ciudadanía en pos de una Europa neoliberal quizás no sea tan conveniente, y en una desmovilizada sociedad como la colombiana donde una abstención del 62,59% mostró que la población entendió que la paz no valía ni siquiera el ratito que conlleva trasladarnos a depositar nuestro voto.

     

domingo, 18 de diciembre de 2016

Adelanto de El gobierno de los cínicos, el nuevo libro de Dante Palma (nota publicada el 13/12/16 en Diario Registrado)

En la antigüedad, se llamaba “cínico” a quien, desde su insolencia plebeya, desafiaba al poderoso y, con esa actitud, ponía en riesgo la vida. El cinismo nunca pretendió ser una Escuela de pensamiento ni enseñar una determinada doctrina; más bien denunciaba a la sociedad de su tiempo a través de acciones concretas. Así, en una cultura en la que florecía la palabra, Diógenes, el referente del cinismo, elegía comportarse como un perro orinando, masturbándose y ladrando incluso en medio del ágora. Más allá de un sinfín de anécdotas casi escatológicas, la más citada es aquella en la que en pleno auge de su poder, Alejandro Magno se encuentra con Diógenes echado en el piso. En esa circunstancia, el emperador macedónico le habría preguntado al cínico “¿Qué deseas?”, como gesto magnánimo de quien todo lo puede y la respuesta de Diógenes habría sido: “deseo que te apartes porque me tapas el sol”. Independientemente de su veracidad, una anécdota como esta grafica la actitud cínica y su valentía frente al que todo lo tiene.
Si se pudiera resumir o sistematizar los valores que las actitudes cínicas buscaban transmitir, sin duda, se debe resaltar una apuesta por la libertad entendiendo a ésta como autodominio capaz de prescindir de los derechos, del Estado, de la comunidad y de cualquier bien material, incluyendo casa, ropa y dinero. Despreciados por la sociedad ateniense y luego por los romanos (si es que se acepta que muchas de las sectas que pulularon en los primeros siglos del imperio habrían abrevado en el cinismo antiguo), con el tiempo, el término “cínico” se reservó a aquellos que mienten aviesamente sin pudor o que, con distintos recursos, defienden lo que es difícil de defender. Pero el cambio más curioso ha sido otro. Me refiero a que lo más relevante ha sido que la insolencia del que nada tiene devino prepotencia del que lo tiene todo y el cinismo se transformó en el rasgo distintivo de una cultura atravesada por un capitalismo que exalta el tiempo presente y ofrece antidepresivos a quien no pueda sobrellevar la obligación de ser feliz. Para decirlo con la anécdota anterior, hoy el cínico es el emperador y su cinismo radica en espetarle a sus súbditos que él es el emperador y que ellos no merecen serlo porque no han hecho mérito suficiente. Frente a ello, el súbdito no se insolenta sino que asume como tal su condición, la justifica y toma pastillas para poder tolerar esa carga.
Asimismo, si bien la cultura meritocrática ha sido esencial al liberalismo, se ha exacerbado con este poscapitalismo que enarbola el ideal del empresario de sí mismo que con new age y palermitanas meditaciones cool deposita en el individuo la responsabilidad de los fracasos al tiempo que desentiende del asunto al modelo económico, al sistema y a las políticas públicas de los gobiernos liberales. Pero el vértigo de circulación de signos a ser consumidos que caracteriza a este poscapitalismo, necesita de una sociedad completamente interconectada y deseosa de intercambio tal como se puede observar en las redes sociales. Se trata de una sociedad que llamo “de la iluminación” porque denuncia al Estado “Gran Hermano” que todo lo vigila pero voluntariamente fomenta la exposición de la intimidad. En otras palabras, si durante el siglo XX, de lo que se trataba era de sostener espacios de intimidad libres de la intervención estatal, de no ser visto, hoy en día, volcamos toda nuestra información, elegimos que nuestra intimidad sea iluminada con reflectores que voluntariamente dirigimos hacia nosotros y aceptamos que el reconocimiento social pase estrictamente por cuántos Me gusta tiene mi última publicación o por cuántos seguidores tengo en la red social de moda.   
A su vez, el cinismo, el poscapitalismo y la sociedad de la iluminación acompañan a otro fenómeno, el de las “democracias idiotas”. Se trata, ni más ni menos, de democracias en las que se legitima en las urnas y se celebra que los administradores de la cosa pública sean aquellos que desprecian lo público, a pesar de que en la Atenas de Pericles, estos sujetos eran considerados peligrosos por renegar de su ciudadanía. Efectivamente, no se trata de democracias “idiotas” porque los votantes o los dirigentes sean tontos. Hay votantes y dirigentes tontos (en todos los partidos) pero lo esencial es que las democracias actuales van a contramano de la democracia originaria en la que solo se podía ser libre participando activamente de los asuntos públicos y se llamaba “idiota”, ya no a quien tuviera algún déficit cognitivo, sino a aquel individuo egoísta encerrado en su esfera privada que miraba con desprecio los asuntos de la comunidad.
Los sorpresas electorales que se vienen dando en el mundo en los últimos tiempos parecen confirmar este punto de vista. Así, aquel cartel que, en una protesta en Madrid, rezaba “Nunca subestimes a un idiota, un día puede ser tu presidente”, resulta hoy una advertencia con destino universal.



sábado, 10 de diciembre de 2016

El gobierno de los cínicos, el nuevo libro de Dante Palma

En la antigüedad, se llamaba “cínico” a quien, desde su insolencia plebeya, desafiaba al poderoso y, con esa actitud, ponía en riesgo la vida. Con los siglos el término se reservó a aquellos que mienten aviesamente sin pudor o que, con distintos recursos, defienden lo que es difícil de defender. Pero el cambio más relevante fue que la insolencia del que nada tiene devino prepotencia del que lo tiene todo y el cinismo se transformó en el rasgo distintivo de una cultura atravesada por un capitalismo que exalta el tiempo presente y ofrece antidepresivos a quien no pueda sobrellevar la obligación de ser feliz. Asimismo, nos horroriza el Estado “Gran Hermano” que todo lo vigila pero nos entregamos a una sociedad de la iluminación en la que voluntariamente exponemos la intimidad y donde ser reconocido es acumular seguidores en las redes sociales. Este marco es el ideal para las “democracias idiotas” en las que se celebra que los administradores de la cosa pública sean aquellos que desprecian lo público, a pesar de que en la Atenas de Pericles, estos sujetos eran considerados peligrosos por renegar de su ciudadanía. Así, aquel cartel que, en una protesta en Madrid, rezaba “Nunca subestimes a un idiota, un día puede ser tu presidente”, parece hoy una advertencia con destino universal.