lunes, 15 de abril de 2019

Repensar el poder (publicado el 4/4/19 en www.disidentia.com)


Escena 1: la falsa marquesa mira por la ventana cómo los campesinos a los que somete obedecen resignadamente y cómo esos mismos campesinos maltratan y se abusan de la candidez de uno de ellos llamado Lázaro. El hijo de la marquesa, preocupado y algo culposo le pregunta a su madre si no siente temor a que los campesinos se den cuenta de esta explotación y ella responde: “Yo los exploto a ellos y ellos explotan a ese pobre hombre [Lázaro]. Es una cadena. No se puede hacer nada”. Frente a ello, el hijo arremete y dice: “Quizás [Lázaro] (…) no se aprovecha de nadie”. Pero la respuesta de la madre es tajante: “Eso es imposible”. 

Escena 2: Abigail, una noble caída en desgracia, utiliza todo tipo de estrategias de seducción e intriga para transformarse en la protegida de la reina Ana de la dinastía escocesa de los Estuardo. Mientras la reina duerme, Abigail se dedica a poner su suela encima de uno de los conejos que tanto adora Ana. Lo aprisiona contra el piso aunque, por suerte para el animal, decide ser misericordiosa y lo suelta. Sin embargo, segundos después, como sucedía casi todas las noches, la reina convoca a Abigail para que ésta se postre ante ella y permanezca allí con el rostro sobre su sexo.
La primera escena corresponde a la película italiana Lazaro felice dirigida por Alice Rohrwacher y la segunda corresponde a The favourite, de Yorgos Lanthimos. Ambas escenas tienen algo en común: nos demuestran que las relaciones de poder son mucho más complejas que lo que parecen y no solo porque en este caso el poder lo ejerce una mujer contra un grupo de campesinos, los campesinos contra uno de ellos, una mujer contra un animal o una mujer contra otra, sino por una razón más conceptual que quisiera desarrollarles aquí. Es que en los debates actuales en los que aparece “el Poder”, con mayúsculas, sea lo que éste fuera, es decir, el imperialismo, el capitalismo, el heteropatriarcado, el racismo, el nacionalismo, el colonialismo, el esclavismo, etc., la imagen que se tiene del mismo resulta simplista y esquemática. Esto obedece a una razón muy sencilla: se cree que las relaciones de poder son estrictamente unilaterales de lo cual se seguiría la imagen ciertamente equivocada de gente muy mala ejerciendo el poder y gente muy buena padeciéndolo. Nada hay en el medio y la gente poderosa es muy pero muy mala y la gente que lo sufre es muy pero muy buena. Victimarios y víctimas que siempre realizan el mismo papel, de modo tal que se transforman en victimarios y víctimas esenciales y eternos.
En general, en la actualidad, todo aquel que se posiciona en la arena pública desafiando a algún poder abreva en ciertas tradiciones y referentes entre los cuales sobresale, sin duda, el filósofo francés Michel Foucault, conocido mundialmente como un “teórico del poder” a pesar de que él se sentía más cómodo ubicado en la categoría de un pensador de “las condiciones de posibilidad de la subjetividad”. Y hago expresa mención a él, justamente, porque como suele pasar en la gran mayoría de los debates actuales, aun cuando muchos de ellos provengan de las usinas universitarias, se cita y se deforman autores, o, en todo caso, se los utiliza irresponsable y recortadamente con el único fin de pretender confirmar un punto de vista.
Pero si pretendemos ser precisos hay que decir que, según Foucault, la tradición liberal, la marxista y cierta interpretación del psicoanálsis de Freud, tienen una visión totalizante y absoluta del poder. Es que, según estas perspectivas, el poder se tiene o no se tiene porque éste es entendido como un bloque homogéneo, una suerte de totalidad de la cual solo es posible liberarse in toto. El poder es visto así como una realidad compacta, exterior y delineable de lo cual se infiere que la única salida sería el cambio revolucionario. El propio Foucault tenía una concepción similar del poder en sus primeros escritos, lo cual explica la excitación que él produce en algunas patrullas de izquierda universitaria. Sin embargo, como él mismo indicara en una entrevista que brindara en 1977, su posición fue variando con los años y la mirada que él tenía en un libro como El orden del discurso fue siendo paulatinamente abandonada: “Hasta ese momento [1969] aceptaba la concepción tradicional del poder, el poder como mecanismo esencialmente jurídico, lo que dice la ley, lo que prohíbe, aquello que dice no, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barrera, negaciones, ocultaciones, etc. Ahora bien, considero inadecuada esta concepción.”
Efectivamente, Foucault se da cuenta que el poder es una relación mucho más compleja y que todos los individuos son receptores y emisores de poder, tal como se pudo observar en las dos escenas descriptas. Nadie es completamente sometido ni nadie posee un poder que lo haga inmune a alguna instancia de sometimiento, séase reina, protegida, marquesa, campesino o conejo.
Así lo dice Foucault: “Entre cada punto del cuerpo social, entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe, pasan relaciones de poder que no son la proyección pura y simple del gran poder del soberano sobre los individuos; son más bien el suelo movedizo y concreto sobre el que ese poder se incardina, las condiciones de posibilidad de su funcionamiento”.
Foucault afirma, entonces, que el poder está en todas partes, lo cual no quiere decir que se presente como totalidad ni que sea imposible resistirlo. Tampoco significa que el poder resida o se circunscriba al Estado sino que hay poder en toda la red de relaciones sociales que atraviesan a los individuos y que acaban siendo constitutivas de la subjetividad. El poder se presenta, así, como una relación y no como aquello que poseerían sujetos con una racionalidad previa e independiente de sus cursos de acción. De este modo el poder no se ejerce sobre otro sino sobre las acciones de ese otro que es un otro no cerrado y que se constituye como tal solo mediante la acción y la relación que establece con un yo (que tampoco está dado de antemano).
No obstante, un punto central es que no toda relación es una relación de poder porque la relación de poder se ejerce sobre sujetos libres, lo cual implica que siempre hay posibilidad de decidir resistir, de modificar o de retrovertir esa relación.
Esta mirada de “el último Foucault”, a diferencia de lo que él sostenía en el principio y a diferencia también de las visiones clásicas compartidas por marxistas, liberales y ciertas elaboraciones que se seguirían de Freud, es mucho más interesante y debería interpelar a los participantes de los debates públicos actuales en los que parece que todos buscamos obtener legitimidad, ya no por la robustez de nuestros argumentos, sino por la presunta condición de víctima de algo. Que todos seamos emisores y receptores de poder, que haya intersticios y resistencias, y que todos estemos inmersos en relaciones de poder no significa, claro está, que todos estemos en igualdad de condiciones pero presenta un panorama mucho más complejo y más incómodo, no apto para soluciones simplistas ni para moralinas maniqueas.  

miércoles, 3 de abril de 2019

Contra los rinocerontes (publicado en www.disidentia.com el 21/3/19)


Cuando Manuel I de Portugal recibió al rinoceronte, la noticia comenzó a circular rápidamente por toda Europa. No era para menos pues corría el año 1515 y desde la época del imperio romano que una bestia semejante no se veía por aquellas latitudes. El rinoceronte había sido obsequiado a Afonso de Albuquerque, gobernador de la India portuguesa quien entendió que lo mejor sería enviarlo a Lisboa para que los portugueses tuvieran la posibilidad de observar al animal que por aquellos años era considerado prácticamente una bestia mítica, como los unicornios. Tras varios meses de travesía, el rinoceronte, junto a su cuidador, llegaron a la desembocadura del Tajo, muy cerca del lugar donde se estaba construyendo la famosa Torre de Belem y el suceso fue tal que hasta el día de hoy, si se mira con atención, se podrá notar que, en uno de los costados de la Torre, aquello que sobresale es la figura del rinoceronte.
La atracción por lo exótico es parte de la naturaleza humana y el rinoceronte era, al menos en Europa y en aquel momento, verdaderamente exótico. Se lo llamó Ganda y se cuenta que se lo enfrentó a uno de los elefantes que poseía Manuel I con un resultado sorprendente: el elefante, temeroso, escapó entre la multitud que se había agolpado para presenciar la disputa. Pero el asunto no termina allí porque en la actualidad se puede ver un “retrato” de Ganda en el Museo Británico pintado por Alberto Durero en 1515. El detalle es que el pintor alemán lo realizó sin haber visto jamás al animal y basándose solamente en descripciones orales lo cual no dejaría de ser una mera curiosidad si no se tratara, probablemente, de la imagen de rinoceronte más reproducida desde aquel momento, inspiradora, incluso, de la escultura de Salvador Dalí “Rinoceronte vestido con puntillas”.
Sin embargo, la historia del exótico Ganda acabó trágicamente pues Manuel I, para congraciarse con el papa León X, decidió enviarle al rinoceronte pero el barco que lo trasladaba naufragó después de haber hecho una escala previa en Marsella. El cuerpo del animal logró ser rescatado para ser disecado pero evidentemente el atractivo ya no fue el mismo.
Con todo, la historia de Ganda me hizo recordar una obra de teatro del rumano Eugene Ionesco, titulada, justamente, Rinoceronte. Englobada en lo que suele denominarse “teatro del absurdo”, la obra de Ionesco se va tornando perturbadora y acaba transformándose en una reflexión de lecturas variadas acerca de cómo lo que consideramos exótico, diferente y fuera de la norma puede naturalizarse e imponerse a fuerza de repetición. Son varios los personajes que intervienen pero lo central es que en el almacén situado en una pequeña ciudad de provincia, mientras Juan y Berenguer dialogan, se escuchan ruidos extraños a través de la ventana. Al asomarse, con total incredulidad, los participantes de la escena observan lo inverosímil: un rinoceronte de dos cuernos recorriendo las calles del pueblo. Todos comienzan a comentar el fenómeno sin poder explicarse de dónde ha salido el animal, salvo Berenguer, que permanece indiferente.
En medio de conversaciones, por momentos, delirantes, otra vez un sonido extraño desde la calle hace que todos se asomen por la ventana y observen que se trataba de un rinoceronte pero que, a diferencia del anterior, tenía solo un cuerno. El primer acto culmina con una discusión acerca de cuántos cuernos tiene un rinoceronte y con el hecho de que un gato aplastado por uno de los animales es la prueba de que no se trata de un gran delirio colectivo.
El segundo acto, por su parte, transcurre en una oficina administrativa pero el eje es el mismo: la discusión sobre la repentina aparición extraordinaria de estos animales. Uno de los personajes descree de los hechos, otro le indica que si fue publicado en el diario debe ser verdadero y una mujer afirma haber sido perseguida por uno de los animales. Hasta que, de repente, un rinoceronte irrumpe en el edificio generando pánico. Sin embargo, una de las señoras allí presente comienza a hablarle como si el rinoceronte fuera el marido y llegan noticias desde afuera indicando que serían diecisiete los rinocerontes que circulan en la ciudad.
La escena luego se traslada a la casa de Juan, quien estaba enfermo pero que, al descreer de los médicos, prefiere hacerse atender por veterinarios. No se sabía qué le ocurría a Juan pero su piel se empezaría a poner verde y la protuberancia en su frente comenzaría a crecer hasta convertirse en un cuerno. Mientras Juan se transforma en rinoceronte y berrea, intercala reflexiones y afirma: “¡(…)No es tan malo [convertirse en rinoceronte]! Después de todo, los rinocerontes son criaturas igual que nosotros (…) Hay que reconstruir los fundamentos de nuestra vida (…) volver a la integridad primordial. (…) [Acabar con la moral] Hay que ir más allá de la moral [y volver a la naturaleza] (…) La naturaleza tiene sus leyes. La moral es antinatural”. Berenguer intenta hacer entrar en razón a su amigo y le explica que si todos nos transformáramos en rinocerontes derribaríamos siglos de civilización humana y todo un sistema de valores irreemplazables, pero a Juan no le interesa y le contesta que le encantaría derribar toda esa construcción de valores y que celebraría transformarse en un rinoceronte porque no tiene prejuicios.
El último acto de la obra de Ionesco transcurre en el cuarto de Berenguer y allí el diálogo se desarrolla con el personaje Dudard, quien, en la misma línea que Juan, relativiza la problemática de convertirse en rinoceronte. Primero indica que podría ser una enfermedad pasajera pero luego acaba afirmando que, al fin de cuentas, los rinocerontes son buenos y que para convertirse en uno de ellos hay que tener vocación. Además, agrega Dudard, “¿dónde termina lo normal y dónde comienza lo anormal? ¿Puede usted definir esas nociones: normalidad, anormalidad? Filosófica y médicamente, nadie ha podido resolver el problema”. La discusión se va enrevesando y eligen buscar al lógico del pueblo para que acerque algo de razonabilidad pero éste ya se había convertido en rinoceronte.
En ese momento ingresa a escena Daisy y Berenguer afirma que los rinocerontes son anárquicos puesto que están en minoría pero tanto Dudard como ella le aclaran que son una minoría solo por el momento puesto que cada vez son más. Además, grandes personalidades ya se han convertido en rinoceronte lo cual, sin duda, otorga un status diferencial. De hecho, la gente ya se ha acostumbrado a los rebaños de rinocerontes que recorren las calles y simplemente se aparta cuando ellos llegan para luego retomar su paseo habitual.
Pero los rinocerontes crecen en número e irrumpen en el escenario. Dudard ya es uno de ellos y solo quedan Daisy y Berenguer como los únicos representantes de los seres humanos en un pueblo de rinocerontes donde lo exótico se transformó en la norma. La sensación de ahogo de Berenguer crece, el ambiente se llena de polvo porque los animales barren con todo lo que hay a su paso. En la radio ya no hay noticias sino solo berridos y Berenguer, desesperado, le indica a Daisy que “No hay más que ellos. Las autoridades se pasaron de su lado”. Sin embargo, ahora es Daisy la que lo relativiza todo y le dice a Berenguer que quizás ha llegado el momento en que deberían aprender el idioma de los rinocerontes, su psicología y que, después de todo “a lo mejor somos nosotros los que necesitamos que nos salven. A lo mejor somos nosotros los anormales”.
Daisy finalmente decide irse y Berenguer queda solo. Es allí cuando comienza a dudar pero todavía insiste, racionalmente, en que hablándoles podría convencer a los rinocerontes para que vuelvan a ser humanos. Sin embargo, Berenguer empieza a descreer hasta de su propia lengua: “¿Pero qué lengua hablo? ¿Cuál es mi lengua? ¿Es castellano esto? Tiene que ser castellano. ¿Pero qué es el castellano? Se lo puede llamar castellano, si se quiere, nadie puede oponerse, soy el único que lo habla. ¿Qué digo? ¿Acaso me comprendo?”. Dudando de su propia lengua, inmediatamente Berenguer duda de sí mismo y para autoidentificarse grita “¡soy yo!”. Pero el proceso ya estaba en marcha y su percepción comienza a cambiar a tal punto que ya empieza a observar como deseables las características de los rinocerontes para culminar diciendo: “Ellos son los hermosos. ¡Me equivoqué! (…) ¡Cuánto quisiera ser como ellos! No tengo cuerno (…) ¡Qué fea es una frente lisa (…) Ojalá me salga [un cuerno] y no sentiré más vergüenza, podré ir a reunirme con todos ellos (…) Tengo la piel fofa (…) ¡Cuánto quisiera tener una piel dura y ese magnífico color verde oscuro, una desnudez decente, sin pelos, como la de ellos! (…) [Y esos] cantos tienen atractivo, un poco áspero, pero un atractivo indudable. (…) ¡Ay, soy un monstruo! (…) ¡Jamás me convertiré en rinoceronte!”.
La obra tiene un final abierto pues pareciera que, finalmente, Berenguer decide resistir en calidad de “último hombre” pero, más allá de eso, la historia de Ganda y la obra de Ionesco nos presentan un buen ejemplo de cómo lo exótico, diferente o extraordinario puede transformarse en el patrón de normalidad que siempre supone imposiciones violentas y fuertes procesos de desindentificación, como el que le sucede a Berenguer cuando ve transformada su percepción, su criterio estético y hasta acaba dudando de su lengua y de su propia identidad. Si bien está claro que de la obra de Ionesco se pueden hacer múltiples interpretaciones, me interesa hacer énfasis en el modo en que lo diferente también puede transformarse en autoritario cuando deviene hegemónico y se transforma en el patrón de normalidad que acaba presionando al que no acepta la imposición, que, en este caso, es el humano Berenguer y no el o los rinocerontes.
Sé que está de modo atacar los pilares de occidente y la modernidad. En algunos casos, sin dudas, está muy bien que sea así. Pero hay otros casos en los que no. En este sentido, si me quieren convencer de que la presunción de inocencia debe ser selectiva y que la igualdad ante la ley admite excepciones; si insisten en que finalmente todo es relativo y que la realidad es una mera disputa simbólica en el terreno del lenguaje sin ningún tipo de vínculo con la materia; y si van a intentar hacerme creer que debemos tolerar que la democracia y las instituciones, por ser productos históricos, estén a merced de las modas y los grupos de presión sin más, no cuenten conmigo. Elegiré seguir siendo un humano aun cuando a mi alrededor los berridos de los rinocerontes quieran convencerme de otra cosa. Pueden acusarme de conservador y puede también que cuando intente explicar por qué hay principios de la modernidad que defiendo, mi idioma castellano ya no se entienda. Pero al fin de cuentas y pese a todo, todavía puedo discernir y escribir que prefiero esta frente lisa y esta piel fofa antes que ese cuerno que tiene muy poco de bello y mucho menos de revolucionario.


lunes, 1 de abril de 2019

Macri: el comentario, la carrera y la pared (editorial del 31/3/19 en No estoy solo)


Si hay una característica sobresaliente de Macri y el PRO es su pasión por el comentario. Lo hacían, obviamente, cuando eran oposición pero lo curioso es que lo siguen haciendo siendo gobierno. De aquí que en este espacio haya bautizado al gobierno de Macri como “el tercer gobierno de Cristina” porque desde lo discursivo, la centralidad de Cristina sigue plenamente vigente y las enormes dificultades de un gobierno que no logra mostrar un dato positivo se le achacan a la administración anterior. Incluso repasando los editorialistas oficialistas, aquellos que afirman que ser periodista es ser crítico del gobierno de turno, notaremos que dedican más líneas a quien lidera el espacio de Unidad Ciudadana que a las enormes dificultades que atraviesa Cambiemos.
Pero la pasión por el comentario tiene un objetivo que resulta más difuso a simple vista: la quita de responsabilidad. Es que quien comenta aparece siempre desde un presunto “afuera” de la situación, como si sus acciones no hubieran tenido incidencia. Se comenta siempre lo que han hecho otros o lo que, en última instancia, decimos que han hecho otros. En todo caso, quien comenta solo es responsable de su comentario pero no es responsable del hecho que comenta.
Con todo hay que destacar que los comentarios fueron variando no solo por las promesas incumplidas sino porque las consecuencias del modelo se hacen cada vez más indisimulables. Al principio era “no hablar del pasado” aunque casi en paralelo se instaló la presunta “pesada herencia”, latiguillo que sirvió para los primeros dos años. A partir de ahí surgió la idea de “los setenta años” como respuesta a todo drama presente. La cifra sirve, obviamente, para culpar de todos los males al peronismo y, a su vez, para exculpar de todos los desastres a un gobierno que solo lleva algo más de tres años en el poder.
La recurrencia a los setenta años persiste pero ahora se suma el comentario respecto al temor sobre el futuro, eufemismo por el cual debe entenderse, la posibilidad de que vuelva a ganar CFK más allá de que nadie sabe siquiera si se va a presentar. De esta manera el combo es “pesada herencia” más “setenta años de un país jodido” y “temor a un regreso de CFK”. Y cuando todo eso no alcance, le podemos agregar que el presente es oscuro porque, al habernos reinsertado en el mundo, sufrimos las crisis ajenas. Con esto, entonces, se muestra que el gobierno nunca asume errores y cuando a sus funcionarios se les pide autocrítica afirman que se equivocaron al no contarle a la sociedad lo mal que se estaba. Es decir, la autocrítica es, en realidad, una crítica velada a la anterior administración.
Igualmente vale decir que no les ha ido mal con esta estrategia a punto tal que al día de hoy el gobierno tiene razones para saberse aún competitivo en las elecciones, de modo tal que la pasión por el comentario continuará y me atrevería a agregar que acentuará la idea de “el miedo al regreso del populismo”. Así, conforme las encuestas les sigan dando mal dirán que el aumento del dólar no es por una administración que en cuarenta meses lo llevó de $10 a $45 sino por la posibilidad del retorno de quien lo había dejado en $10 o en $15, si quieren medirlo según el dólar ilegal. Pero, claro está, el gobierno está allí en una gran encerrona porque, por un lado, necesita que el dólar suba para que cierren los números, para recuperar la competitividad perdida en los últimos meses y para evitar la presión de un FMI que asiste al espectáculo de fuga de divisas récord como un pequeño aporte de campaña; y por otro lado, la subida del dólar espiraliza la inflación y la inflación espiralizada mata relato y acaba con su ilusión reeleccionista. No hay salida de ese callejón. En todo caso, lo que no se sabe es si podrán llegar a diciembre con el dólar controlado o explotará antes. Si no logran controlarlo, tal como se está viendo en estos días, quedará el último gran comentario: asociarlo a la falta de confianza producto del encadenamiento de derrotas que se van a suceder en las elecciones que se han desdoblado y que podrían llegar a ser once hasta que en junio se vote en Mendoza. Y si con esto no alcanzara, puede que hasta el propio gobierno quite el pie de encima del dólar para autogenerar una disparada el día posterior a su más que factible derrota en las PASO, en caso de que CFK finalmente se presente. Lo harían, claro está, para endilgárselo a CFK o al candidato opositor que sea. 
Como se observa, el gobierno juega con fuego y está al límite por sus propias decisiones, por su particular concepción del mundo y por todos sus errores de ejecución. No obstante parece decidido a caer “con las botas puestas” tal como se sigue de las declaraciones de Macri en la entrevista pública que le realizara Mario Vargas Llosa esta última semana. Allí hizo sus últimos grandes comentarios cuando, “corrido por derecha”, indicó: “el gradualismo se explica por una administración que gobierna en minoría” y “a las reformas hay que llegar por consenso y ese consenso generó un estado de vulnerabilidad”. O sea, frente al Think Tank de la ortodoxia liberal de la Fundación Libertad, se sacó la máscara republicana, mandó al carajo el discurso de los buenos modos y los acuerdos “sentados todos en una mesa”, y expuso que no pudo hacer lo que quiso porque no tenía mayoría. Esto, a su vez, va de la mano de la gran zoncera que intentarán instalar en las próximas semanas, esto es, que este gobierno de Macri no mostró al verdadero Macri sino que solo sirvió para enderezar el desorden herededado, de lo cual se sigue que para ver en la cancha al verdadero Macri, el virtuoso, habría que darle una oportunidad más. Este presunto “verdadero Macri” difiere del anterior solo en la temporalidad tal como él mismo expresó cuando indicó “Vamos a ir en la misma dirección lo más rápido posible”. O sea, entre el Macri actual y el Macri bueno hay solo una diferencia de velocidad. Quizás sea cierto. No obstante, hay que tener en cuenta que la velocidad puede ser un problema cuando el objetivo de la carrera es el mismo y cuando ese objetivo es siempre una pared.


martes, 26 de marzo de 2019

Macri caliente. Un mensaje hacia adentro (editorial del 24/3/19 en No estoy solo)


Fue en el verano londinense de 1957 cuando Lord Altrincham, un noble que estaba al frente de National and English Review, publicó un artículo enormemente crítico del discurso de la joven reina Isabel II. Inglaterra había hecho un papelón internacional con su intervención en el conflicto por el canal de Suez y transcurrida ya una larga década desde el fin de la segunda guerra mundial, las ideas que sacudirían el mundo en los años 60 ya comenzaban a configurarse. Entre ellas, claro está, la del fin de las monarquías para dar lugar a las repúblicas. En ese contexto, Lord Altrincham advirtió que los discursos de Isabel II exponían la distancia enorme existente entre la monarquía y un pueblo que ya no soportaría los privilegios. Y como si esto fuera poco, refiriéndose a la reina, agregaba: “Parece incapaz de pronunciar siquiera unas pocas oraciones seguidas sin un texto escrito, un defecto que es especialmente lamentable cuando el público puede verla (…) La personalidad expresada por las frases que ponen en sus labios es la de una escolar puntillosa (…) una auxiliar encargada de la disciplina”.
Los medios amplificaron estas palabras y, en cuestión de días, Lord Altrincham se ganó una trompada de un militante de una agrupación conservadora llamada “Liga de leales al imperio” pero también una invitación al palacio real. Porque el Lord no era antimonárquico sino todo lo contrario. De hecho, su crítica apuntaba más a quienes rodeaban a la reina que a Isabel II misma. Es decir, estaba más dirigida al adentro que al afuera. Es que, como sucede cuando se está en el poder, el microclima, la burocracia y los aduladores hacen que el referente pierda contacto con la realidad y quede aislado. Habiendo transcurrido ya más de 60 años de aquel episodio, paradójicamente y visto de manera retrospectiva, hay quienes afirman que esas críticas llegaron justo a tiempo para salvar a la monarquía ya que muchas de las sugerencias propuestas por Lord Altrincham fueron llevadas adelante por Isabel II, entre otras tantas, dar un discurso de navidad en vivo con muchísima más espontaneidad que los discursos rígidos que le armaban los conservadores hombres de palacio que la rodeaban.
Como se suele decir ahora, a pesar de que los consejos hacia los hombres de la política son tan antiguos como Occidente, Isabel II tuvo su “coucheo” para poder tener un mejor vínculo con el pueblo. Porque hay figuras que nacen con habilidades oratorias innatas y otras que no. Pero, al fin de cuentas, con práctica y buenos asesores todo puede mejorar.
En el caso del presidente Macri, no sabemos si hay poca práctica o si fallan los asesores pero sin duda sus dificultades expresivas son evidentes y en casi dos décadas de hacer política, Macri no es el mismo que antes pero mantiene esa enorme dificultad para contactarse con el ciudadano de a pie y con la realidad. De hecho, hace tiempo que su discurso parece haber iniciado una frenética carrera de distanciamiento con el mundo que atraviesa distintas etapas, desde la negación hasta un voluntarismo zonzo que ahora deviene un enojo dirigido a la oposición pero que, también, por momentos, se desliza hacia el ciudadano. A Macri no le sale ser popular y habrá que indagar en el diván por qué lo sigue intentando si, al fin de cuentas, logró tener votos en Boca, en la Ciudad y en la Nación siendo lo que es, es decir, siendo una figura impopular incluso con votos.
Sin embargo, por alguna razón, quienes lo asesoran, y que en general lo han hecho bien, por cierto, ahora le han indicado que haga la puesta en escena del enojo tal como lo hizo en el inicio de las sesiones del Congreso, en la entrevista que le brindara a Luis Majul y en el último discurso hacia el gabinete ampliado en el que, para que no queden dudas de su presunta condición de enojo, dijo “estoy caliente”. Por qué el estar caliente aparece como una virtud y un gesto de autoridad en Macri y como una crispación y un signo de irritabilidad rayano con lo psiquiátrico en el caso de la expresidente, es algo que solo el vergonzoso blindaje mediático puede explicar, pero el gran problema de Macri es que la ciudadanía que siempre lo sintió lejos, hoy lo siente enormemente lejos, probablemente tanto como los británicos sentían a la reina en la época de Lord Altrincham.
A su vez es razonable que así sea porque es natural que cuando a uno las cosas le salen mal se retraiga y si a esto le sumamos que sus asesores también parecen haber perdido contacto con la realidad, que todos los índices económicos son desastrosos, que sectores del establishment le empiezan a soltar la mano y que miembros de la justicia empiezan a dar señales de autonomía respecto a los intereses del gobierno soportando, incluso, descaradas acciones de disciplinamiento, el panorama es complejo. Y todo esto por no mencionar las fracturas internas y periodistas que ahora empiezan a preguntar y a criticar, a pesar de que hicieron de todo para que Macri llegue al poder. Evidentemente todo parece confluir hacia un fin de ciclo que era impensable hace 18 meses y al cual hay que agregar la debilidad de origen que se basa en reconocer que los votos que tuvo Macri han sido más antikirchneristas que macristas.
Esa fractura con la sociedad y esa distancia serán difíciles de recomponer a tal punto que no sabemos si el mostrarse enojado es más un gesto hacia la propia tropa -mientras los rumores, de la mano de las encuestas, arrecian-, que una señal hacia una sociedad que ingresando al cuarto año de gobierno empieza a exigir respuestas. Esto no significa, claro está, que Macri tenga perdida la elección ni mucho menos a tal punto que me animo a decir que aun cuando las encuestas lo están ubicando algunos puntos detrás sigue siendo el favorito, menos por sus méritos que por la incógnita que es hoy una oposición que ni siquiera conoce sus candidatos.
Pero de lo que no parece haber duda es de una cosa: la presunta calentura que, según mi hipótesis, está dirigida a los de adentro, es inversamente proporcional a la frialdad distante que perciben los ciudadanos, que son mayoría, y lo ven desde afuera.   



martes, 12 de marzo de 2019

Green Book y las identidades detrás de la corrección política (publicado el 7/3/19 en www.disidentia.com)


Principios de los años 60. Don Shirley es un pianista de música clásica que decide hacer una gira por el sur de los Estados Unidos. Hasta aquí nada fuera de lo normal. Pero el eje de la cuestión es que Don Shirley es negro y en los años 60 no es fácil ser negro en el sur de los Estados Unidos. La historia de este pianista es el eje de Green Book, la película ganadora del Oscar, y podría decirse que era esperable su triunfo en la medida en que, en general, transita todos los caminos de la corrección política y varios lugares comunes de las películas norteamericanas. Se trata de una road movie con los estereotipos bien marcados: Don Shirley, además de ser negro, es pulcro, posee un fuerte discurso basado en el valor de la dignidad humana y es un genio artístico. Su chofer es un ítaloestadounidense que vive en el Bronx, su centro es su esposa y la vida de una numerosa familia italiana que se junta a comer pasta y que siempre tiene algún miembro vinculado a la mafia. Es decir, todos los clichés habidos y por haber. Tony Lip, ése es su seudónimo, es prácticamente un analfabeto, no puede controlar sus emociones violentas y es un hombre fiel; además, es un antiintelectualista y odia a los negros pero la historia termina bien, y, a pesar de todo un camino marcado por las diferencias entre ambos, el negro y el blanco se hacen amigos y terminan festejando navidad juntos. Si a esto le sumamos que se trata de una comedia dramática con buenas actuaciones que trata de denunciar constantemente las vergonzosas leyes y tradiciones que segregaban a los negros en Estados Unidos, tenemos un film que es candidato serio a ser premiado porque ya no importa si la película es buena o mala. Lo que importa es que tenga un mensaje acorde con los tiempos y la moral vigente. 
Sin embargo, hay otras lecturas posibles, o al menos algunos elementos que aparecen en el film y que pueden plantear ciertas fragmentaciones en el discurso hegemónico de la corrección política. Nada nuevo, por cierto, porque, de hecho, en la extensa bibliografía de pensadores que han trabajado la problemática del racismo y también del género, hace décadas que se hacen este tipo de señalamientos y que podríamos sintetizar en la crítica a la presunción de homogeneidad de los grupos. Cuando hablo de homogeneidad me refiero a esa postura que entiende que los grupos señalados como desaventajados se estructuran monolíticamente, son fácilmente identificables y capaces de entrar en una generalización rápida. Así, todos los individuos pertenecientes a grupos como “los negros”, “las mujeres”, “los indígenas”, “los gays”, etc. tendrían los mismos intereses y padecimientos porque lo que los determina es su condición de pertenencia a ese grupo. Se trata, claro está, de una mirada profundamente etnocéntrica que no entiende que esos grupos tienen tantas diferencias individuales internas como las que tienen los grupos que se consideran aventajados. Insisto en que esto ha sido advertido hace ya algunas décadas por muchos de los principales defensores de políticas especiales de discriminación positiva para minorías. Más específicamente, advierten que no es lo mismo ser un negro rico que un negro pobre; que no es lo mismo ser una mujer blanca que una mujer indígena; y que no es lo mismo ser un gay famoso nacido en New York que ser un gay ignoto nacido en Latinoamérica, por solo mencionar algunas de las múltiples variables que atraviesan las identidades individuales de las personas. Es que además de ser parte de una minoría determinada por género, etnia, religión, objeto de deseo, etc., los individuos se constituyen también por la cultura, el país de origen, las tradiciones, el status socioeconómico, las relaciones interpersonales, etc. No tomar en cuenta estas diferenciaciones puede ser muy efectivo al momento de exigir derechos pero también puede tener como consecuencia la pérdida de libertades de los miembros de esos grupos y el surgimiento de una serie de beneficios que son usufructuados solamente por quienes dicen representar a estos grupos. Por citar solo un ejemplo, enormemente controversial, la exigencia de la propiedad colectiva e indivisible que exigen determinados grupos indígenas, cuya titularidad no es individual sino comunitaria, es enormemente beneficiosa para poner un límite al avance prepotente del capital sobre tierras ancestrales pero tiene, como contrapartida, una limitación severa sobre las libertades de los miembros de la comunidad, ya que éstos serían incapaces de vender su parcela o comenzar una nueva vida en condiciones materiales dignas en otra comunidad. Es una prerrogativa que protege de los avances del afuera pero que, al mismo tiempo, coarta las libertades hacia adentro.
En el caso de Green Book, los blancos desprecian a Don Shirley por su condición de negro y se lo hacen sentir a cada momento los hombres y mujeres de todos los lugares por los que transita su gira como también el propio Estado cuando tiene reglamentaciones segregacionistas y una policía que lleva a la práctica esa discriminación. Pero también es verdad que Don Shirley desprecia a su chofer blanco por toda su brutalidad italiana a tal punto que, en un principio, le exige que, prácticamente, haga el trabajo de servidumbre para el cual Don Shirley tenía encomendado a un hindú. Por otra parte, tal como queda expuesto en varias escenas, los negros pobres ven con malos ojos a Don Shirley porque viste bien y porque tiene actitudes arrogantes de artista y de rico. Asimismo, en un momento de la película, Don Shirley es sorprendido por la policía manteniendo relaciones sexuales con un hombre blanco y acaba siendo humillado por la policía. Si bien no se ahonda demasiado en este episodio, se deja ver que, al menos en ese Estado del sur, al momento de la discriminación, primó más ser gay que ser negro porque Don Shirley y el hombre blanco gay recibieron el mismo maltrato.
Para finalizar, no hay que olvidar que el chofer de origen italiano, blanco, es segregado por otros blancos por razones étnicas y culturales, y que, como se muestra al final de la película, también existen oficiales de policías que, lejos de maltratar a un negro y a un ítaloestadounidense son capaces de ayudar aun en un día de navidad con una intensa nevada.
En lo personal soy escéptico en cuanto a esperar que Hollywood y sus decisiones en lo que a premiaciones respecta, avance en desmitificar y señalar algunas de las ideas que se instalan sin demasiado sustento pasando por encima de la verdadera complejidad del mundo y de las relaciones interpersonales. Sin embargo, quizás agudizando la mirada o leyendo un poco entrelíneas, podamos encontrar elementos que nos ayuden a pensar que detrás de los grupos también hay diferencias y que no existen variables únicas para determinar la identidad de nadie.