miércoles, 26 de abril de 2017

Futuro mata bolsillo (editorial del 24/4/17 en No estoy solo)

La referencia a los tiempos pasado, presente y futuro es un clásico de la comunicación política y, a meses de las próximas elecciones, resulta interesante observar el modo en que oficialismo y oposición se identifican con alguna de estas tres temporalidades.
El futuro es, naturalmente, el tiempo que mejor prensa tiene, y si bien no ha sido así en todas las culturas, es coherente que lo sea en un sistema capitalista que siempre pone el deseo de consumo un paso más allá, esto es, en el futuro, y una cultura judeocristiana que pone también en el futuro la posibilidad de salvación. Con todo, el capitalismo parece jugar en un tiempo particular que reúne el presente y el futuro inmediato pues si bien el objeto de deseo siempre está a un paso de ser consumido, paralelamente se te invita a que consumas lo más posible en el tiempo presente aunque más no sea para que te surja el deseo de volver a hacerlo pronto, en el futuro que está a punto de venir.     
Presentarse como “Cambiemos” supone un diagnóstico del presente y una promesa de futuro. Como slogan es muy interesante aunque naturalmente tiene dificultades una vez que te toca ser gobierno porque el “cambiemos” te incluiría a vos mismo. En este sentido, la paradoja de “Cambiemos” es que si sigue impulsando el cambio terminará siendo cambiado, salvo que, claro está, logre reciclarse y aparecer como novedad a pesar de ser oficialismo, ser “lo nuevo” a pesar de ser “lo que hay”. Esta estrategia de reciclaje está en marcha en la medida en que el actual gobierno sigue haciendo referencia al kirchnerismo como responsable presente. Es decir, hace casi un año y medio que el kirchnerismo no es gobierno pero se lo presenta como si lo fuese a partir de la inacabable “pesada herencia”. La noción de “pesada herencia” es la que permite al macrismo hacer presente al kirchnerismo en una operación muy curiosa pues el kirchnerismo, que es pasado, aparece como presente y por lo tanto, responsable de un presunto pasado ominoso y de la crisis actual. En esta operación, al macrismo, esto es, a aquello que se presenta como lo otro del kirchnerismo, solo le queda ser “futuro permanente”. De aquí que lo que identifique a Cambiemos sea la expectativa y haber logrado eso es todo un mérito del oficialismo. En otras palabras, que un oficialismo pueda sostenerse como promesa es la garantía de un voto de confianza el día de mañana.
En cuanto al kirchnerismo, desde el año 2013 le ha resultado enormemente difícil aparecer como promesa de futuro. Ese mismo año pretendió ganar las elecciones sin promesas, sino por lo ya hecho, y tropezó fuertemente en la provincia de Buenos Aires. En 2015, su enfrentamiento con Macri no fue un enfrentamiento entre futuros alternativos sino un enfrentamiento entre los que se presentaban como futuro y los que pretendían ser una continuidad del presente. Así, las únicas referencias al futuro utilizadas por el kirchnerismo giraban en torno a la posibilidad de que éste deviniese negro en la medida en que ganara Macri.
En cuanto a su vínculo con el pasado, el kirchnerismo tiene con él una relación mítica, lo cual, por cierto, no es para nada criticable. No se puede comprender el presente sin trazar las continuidades con el pasado y menos se puede plantear un futuro sin tomar en cuenta lo ocurrido en el pasado. La relación mítica, tan propia de los movimientos populares que, de por sí, se basan en la idea también mítica de “pueblo”, se expresa con demasiada claridad en el “Vamos a volver”. Así, el futuro no es estrictamente novedad sino regreso de lo que ya existía.
Para el macrismo, la relación mítica se da con ese futuro que nunca llega y en el cual se depositan todas las recompensas, tal como promete el capitalismo y la tradición judeocristiana que se mencionaban al principio. El pasado, en cambio, es algo a cancelar y a no revolver, más allá de la temeraria aventura con la que embisten algunos referentes negacionistas del actual gobierno. Pero la única posibilidad de subsistencia de un macrismo que sea pura expectativa, puro futuro, es deshistorizar, tal como se observa en los nuevos billetes cuando se elige poner animales en vez de próceres.
Dicho esto, de cara a las próximas elecciones, si bien la situación económica, históricamente, ha jugado un rol relevante en la toma de decisiones, una variable central para comprender el comportamiento del electorado girará en torno a la posibilidad que tenga el macrismo de seguir ostentando su identificación con el futuro, pues si la oposición es capaz de arrebatarle ese privilegio, el gobierno deberá cargar sobre sus espaldas toda la responsabilidad que le cabe por este presente. Esto significa que la próxima elección la ganará quien pueda identificarse con el futuro, independientemente de si en el bolsillo hay un peso más o un peso menos.  
   


miércoles, 19 de abril de 2017

Verlo todo para no pensar nada (editorial del 16/04/17 en No estoy solo)


Vivimos en una época en la que las imágenes han sustituido a las palabras y en la que todo aquello que tenga imagen será noticia (y si no tiene imagen tendrá que tener un título que nos permita liberar la imaginación, como “La madre de todas las bombas”). Muchísimos intelectuales han hecho sus elaboraciones sobre las particularidades de esta era pero preferiría basarme en un artista no del todo conocido por el gran público. Me refiero a Harun Farocki, fallecido en julio de 2014.
Tomé contacto con la obra de este cineasta, nacido en la antigua Checoslovaquia en 1944, a partir de una muestra de video-instalaciones expuesta en Fundación proa, en febrero de 2013. Desde aquel momento, cada vez que aparece la problemática de las imágenes su nombre resulta ineludible para mí, máxime en una época en la que asistimos a una proliferación indiscriminada de fotografías y videos vinculados a distintos conflictos como los de Venezuela y Gaza, los naufragios en las costas europeas y el uso de armas químicas en Siria.
Y como probablemente sucederá con aquellos episodios en los que intervengan intereses occidentales, el intento por incidir en la opinión pública estará atravesado no sólo por los medios tradicionales sino, cada vez más, por el mundo de las redes sociales, mundo que pocas veces plantea agendas alternativas pero que, sin dudas, se maneja por carriles y lógicas diferentes.
En aquella exposición existían varias obras vinculadas a la temática que aquí interesa desarrollar. Por un lado, estaba Ojo/Máquina, video instalación en la que en un video de quince minutos y a pantalla partida, el artista muestra imágenes de misiles teledirigidos que son utilizadas por las fábricas de armas como estrategia de marketing; también se encontraba Juegos Serios III: Inmersión, referido a un tipo de terapia basada en animaciones y realidad virtual dirigida a soldados con trastorno de estrés postraumático tras la invasión estadounidense a Irak. Estos videos marcaban una cierta obsesión de Farocki por la temática, algo que ya había comenzado a desarrollar en El fuego inextinguible, de 1969, una cinta con una extensión de apenas veintiún minutos que denuncia, tanto la relación existente entre el gobierno estadounidense y la industria química para la producción de napalm, como el modo en que la lógica de la producción del armamento hace que todos aquellos que colaboran con su elaboración (científicos, técnicos, operarios) mantengan, con el producto, una relación de ajenidad que los separa de cualquier tipo de interrogación moral acerca de su quehacer. Por último, Farocki también se había interesado por el vínculo entre los medios de comunicación, las imágenes y los regímenes totalitarios. De aquí que en 1992 realizara Videogramas de una revolución, un video que recopila registros audiovisuales en el marco del derrocamiento de Ceaucescu en Rumania. Allí, Farocki realiza un contrapunto, o un complemento, según cómo se interprete, entre los videos oficiales de un discurso del dictador vitoreado en la plaza mientras se escuchan disparos y el griterío de una multitud sin que la cámara se ocupe de mostrar los disturbios, y las imágenes amateurs de ciudadanos rumanos que grababan el modo en que ellos vivían la revolución a través del noticiero mientras los rebeldes ocupaban la televisión pública.
Farocki fue un realizador que nos advirtió que las imágenes no necesariamente son un canal de transmisión de verdad. En esa línea, bien podría caminar junto a Jean Baudrillard, quien en su célebre La guerra del golfo no ha tenido lugar, reflejaba el modo en que, en las guerras actuales (en especial, aquellas en las que interviene en forma directa Estados Unidos), no aparecen imágenes de muertos, ni sangre, ni territorios devastados. Todo lo que sabemos de las guerras de fines del siglo xx y principios del siglo xxi nos es relatado desde la mirada parcial del cronista de la agencia internacional que nos deja ver allá a lo lejos unas lucecitas que van y vienen y que podrían ser bombas o fuegos artificiales. Los muertos “no están”, “no se ven”. Son sólo un ejercicio de contaduría en medio de un espectáculo.
Ahora bien, al principio les manifestaba que la irrupción de redes sociales aporta una lógica propia que puede ser interpretada como una vía para vulnerar la censura que imponen los involucrados en los conflictos, pero existe también “la otra cara” de esta lógica y es sobre este punto que me interesaría reflexionar.
Recuerdo el conflicto en Venezuela a principio de 2014, similar al que se vive hoy: protestas opositoras en las calles de algunas ciudades importantes, enfrentamientos con partidarios chavistas y denuncias de golpe de Estado. En ese contexto, en un artículo llamado “Twitter y Venezuela, la orgía desinformativa” publicado en www.eldiario.es, el periodista español Pascual Serrano se ocupó de denunciar el modo en que a través de las redes se utilizaron fotos de maltratos, represión y asesinatos en Chile, Siria, Egipto y Honduras, para sensibilizar a la opinión pública haciéndolas pasar por imágenes del conflicto en Venezuela. Así, por ejemplo, la imagen de una estudiante chilena llevada por carabineros en 2012 era presentada como el accionar violento de la policía chavista; una decena de hombres masacrados en Siria recientemente eran retratados como estudiantes muertos en Maracay; una foto con bebés en cajas dentro de un hospital de Honduras fue compartida como imagen de un hospital de Venezuela y, lo más increíble, la imagen de una película porno gay en la que un muchacho realiza una felatio a un grupo de hombres vestidos de policía, recorrió el mundo como “aquello que la policía venezolana le hace a los estudiantes que protestan contra el régimen”.
En el caso del último conflicto en Gaza, circularon decenas de imágenes a través de los canales alternativos a los medios tradicionales. Por razones de espacio mencionaré las dos más impactantes: el primer plano de un nene de unos cinco años, aparentemente palestino, literalmente partido al medio por una bomba; y un video de lo que sería, una vez más, aparentemente, un terrorista de Hamas, que celebra y muestra a la cámara la cabeza de dos occidentales que acababa de decapitar; más cerca en el tiempo, tuvimos la imagen de ese chico sirio ahogado en una playa de Turquía y, en la actualidad, las imágenes de niños muertos, en brazos de sus padres, por un ataque con armas químicas en Siria. Hecha esta descripción, creo que poco interesa si estas imágenes son o no falsas. En todo caso, lo que interesa es hacer énfasis en un fenómeno que parece contrariar lo mencionado en un principio a partir de la mirada de Farocki y Baudrillard. Pues, en un sentido, aquí no hay video-juego ni animación; tampoco hay ocultamiento de los muertos y de la tragedia diaria que se vive en los conflictos. Más bien todo lo contrario: la imagen más cruda circula libremente. La pregunta que cabe hacer es si esta proliferación de imágenes ayuda a comprender mejor los conflictos, a obtener elementos informativos que nos permitan a los ciudadanos tener fundamentos para poder formar una opinión. Y creo que la respuesta debe ser negativa. Con esto no estoy diciendo que esas imágenes no deban circular. Estoy diciendo que esas imágenes no funcionan como insumos para reflexiones posteriores, sino todo lo contrario: buscan un efecto inmediato que cancela cualquier tipo de elaboración sensata. ¿Qué puedo pensar después de ver un cuerpo descuartizado de un nene de cinco años o un energúmeno con dos cabezas humanas en la mano? Se trata de una imagen que desinforma, que transita el sendero de la economía del lenguaje; una imagen que busca que se suspenda toda palabra, que se reflexione menos en un mundo que es demasiado complejo como para darnos el lujo de dejar de hablar y de pensar; una imagen que nos permite distinguir rápidamente buenos y malos en los ciento cuarenta caracteres (unas veinte palabras) que la red social Twitter otorga; una imagen que nos convence de que ya lo hemos visto todo (cuando todavía no hemos reflexionado nada).
               


A paso de convencidos (editorial del 9/4/17 en No estoy solo)

El gobierno de Cambiemos entiende que la estrategia electoral adecuada de cara a las próximas elecciones es polarizar y fidelizar un núcleo duro que, tal como se vio en la última movilización del primero de abril, no siempre se manifiesta con una retórica de autoayuda new age. Por cierto, si hablamos de la manifestación que congregó unas 15000 personas en la Plaza de Mayo, el recorte de lo allí sucedido fue demasiado evidente. La prensa del establishment enaltecía el supuesto carácter desinteresado y apartidario además del hecho presuntamente virtuoso de que alguien se traslade por sus propios medios a manifestarse. Y la prensa opositora hizo circular manifestaciones negacionistas, xenófobas y violentas de quienes en defensa de la democracia piden paredón, palos y desapariciones. Tales manifestaciones existieron pero sería un error suponer que todo votante del macrismo acuerda con ellas. En todo caso habría que decir que quienes piensan de ese modo han votado a Macri pero no todos los votantes macristas piensan lo mismo, de igual modo que no se puede reducir una marcha infinitamente más populosa como la del 24 de marzo, a un muchacho que armó un helicóptero de cartón y le dio servido en bandeja la imagen perfecta a quienes intentan instalar que quienes piensan distinto que el gobierno son golpistas. Esa imagen funcional a los pensamientos de derecha fue la que otorgaron también ciertos grupúsculos de izquierda al cortar algunas arterias esenciales el día del paro de modo tal que, en unas horas, los medios del establishment habían logrado cambiar el eje de la discusión y se dejó de hablar del contundente paro para hablar de los piquetes y de si se justificaba o no la represión. La forma de hacer política de esos espacios marginales de izquierda ya las conocemos pero lo que es insólito es que desde la perspectiva nacional y popular se acepte acríticamente ciertos accionares. Lo digo en otras palabras: si el progresismo nacional y popular no va a proponer soluciones a la compulsión del piquete, la solución que vamos a tener será por derecha, algo que la propia CFK, cuando era presidente, había advertido, en aquella inauguración de las sesiones del Congreso cuando expresó que había que encontrar alguna manera (progresista) de evitar que los conflictos sociales se expresen de esa manera.     
Volviendo estrictamente a la cuestión de la polarización, justamente, hace algunas semanas, aquí mismo les comentaba que, desde mi punto de vista, el gobierno estaba rompiendo el último gran consenso del período democrático inaugurado en 1983, esto es, el símbolo de los 30000 desaparecidos y el hecho de que no hay violencia equiparable a la del Estado. Asimismo, en los últimos días, el propio presidente avanzó en una serie de provocaciones innecesarias si no se leyeran en la clave de estrategia electoral que aquí les propongo, cuando indicó que los movilizados el 1 de abril no habían ido por el choripán y la coca y se habían trasladado por sus propios medios; y en el denominado “Mini Davos”, frente a los líderes del establishment financiero local y mundial, ironizó sobre lo maravilloso que es estar trabajando (un día de paro nacional). Claro que alguien podrá advertir que más que estrategia electoral se trata simplemente de la simple manifestación del sesgo ideológico que determinados referentes del gobierno tuvieron que mantener sosegado ante la necesidad de obtener los votos para ganar una elección presidencial. Eso es innegable de modo que, en todo caso, lo que parece estar ocurriendo a diferencia de lo que sucedía de cara a la elección presidencial, es que esta vez la ideología coincide con las necesidades electorales, justamente, porque aquí no hace falta obtener el 50% de los votos sino simplemente alcanzar triunfos simbólicos en grandes distritos, en particular, en la Provincia de Buenos Aires. Y en un escenario de oposición dividida, con un número que supere el 35%, tal triunfo es posible.
Ahora bien, ¿cuál es el costo de alcanzar ese triunfo? Demasiado alto porque lejos de cumplir con su promesa de “unir a los argentinos”, la sensación es que la separación es cada vez más profunda y que se está siempre a una chispa de un conflicto cuyo final es abierto. Con esto no estoy diciendo que Macri se deberá ir en helicóptero, pues creo que tiene todavía un amplio apoyo de sectores del establishment y las condiciones actuales, en todo nivel, son distintas a las del 2001. Simplemente digo que la gran conflictividad social que se vive en las calles promete niveles de violencia crecientes y peligrosos en el contexto de una opinión pública a la que se la embate constantemente con posturas binarias que cancelan cualquier posibilidad de intercambio democrático.
En este sentido, lejos de afirmar que son lo mismo, donde sí coinciden Cambiemos y el kirchnerismo es que en un determinado momento parecen haber decidido interpelar simplemente a los convencidos. Podría decirse que son etapas naturales de cualquier espacio de poder que sufre desgaste aunque, si así fuera, el gobierno de Cambiemos debiera preocuparse porque el desgaste le ha llegado demasiado pronto. Puesto en números, entonces, la estrategia gubernamental parece apuntar a fortalecer ese casi 25% de votantes que eligieron a Macri en la primera vuelta de 2015. Con esa base y algunos votantes más que no se han desencantado del todo, o que se horrorizan frente a lo que hay en frente, Cambiemos busca vencer a Massa y a CFK en la provincia, siempre y cuando, claro está, ellos decidan ser candidatos.
Otro punto de contacto es que en un determinado momento, el kirchnerismo y Cambiemos decidieron elegirse como adversarios políticos. Algunos zonzos adjudicaban aquella decisión del kirchnerismo a ciertas interpretaciones de Ernesto Laclau y de Carl Schmitt pero no hay ningún temerario que se atreva a decir que el macrismo hace las mismas interpretaciones de aquellas lecturas. Sin embargo, no hace falta leer a nadie, y menos leerlo mal, para darse cuenta que la mejor estrategia política en un sistema electoral donde hay ballotage, es confrontar con un adversario cuya imagen negativa le impida alzarse con el 50% más uno de los votos. Lo pensó el kirchnerismo respecto de Macri y le salió mal; lo piensa Macri respecto al kirchnerismo y habrá que ver cómo le sale.            
Con todo, aclaremos que tener un núcleo fuerte de convencidos no es algo criticable, más bien, todo lo contrario. De hecho Massa envidiaría contar con ese piso de votos, algo que, por las dificultades que el hombre de Tigre tiene en lo que respecta a la construcción de liderazgos y por las inconsistencias que atraviesan su espacio, hoy no posee. Pero un macrismo y un kirchnerismo interpelando solo a sus convencidos, los transformará en fuerzas capaces de imponerse en elecciones legislativas pero incapaces de alcanzar las mayorías necesarias para ganar una elección presidencial. En este sentido, podría decirse que, desde el año 1983, el único gobierno que amplió sus bases de legitimidad y apoyo estando en la administración, fue aquel que nació más débil. Me refiero al gobierno de Néstor Kirchner, el cual, con mejores o peores resultados, no le habló solo a los convencidos sino que interpeló transversalmente a sectores y espacios diversos hasta constituir una base de sustentación enorme. Si lo hizo por necesidad o por convicción es algo que se puede discutir, pero lo cierto es que lo hizo y con ello incomodó a los adalides del pensamiento binario, aquellos que tienen todo resuelto de antemano, aquellos que determinan quién es bueno, quién es malo y, en función de ello, acomodan la realidad a sus prejuicios.      



jueves, 6 de abril de 2017

Breve introducción al duranbarbismo (editorial del 2/4/17 en No estoy solo)

Durante los últimos años de kirchnerismo se puso de moda hablar de un “relato K”, entendido como una maquinaria de comunicación tendiente a ocultar la que sería la verdadera realidad a través de discursos hipnóticos en clave nacional y popular. Con la asunción de la administración macrista a fines de 2015, la noción de “relato”, juzgada de manera peyorativa, ha salido del eje de las discusiones públicas gracias a la decisión editorial de los que instalan las agendas mediáticas, pero ha despertado particular interés la forma de comunicar que tiene un gobierno que explícitamente ha hecho un culto de las formas y las imágenes.
Ahora bien, para comprender algo más de esta ideología pro resulta necesario penetrar en la propuesta de esta suerte de asesor free lance que es Jaime Durán Barba y que ha acompañado en los últimos años al presidente de la Nación. Más allá de algunos reportajes en los que el ecuatoriano busca provocar, encontraremos un buen resumen de su perspectiva en un libro que escribiera en 2010 junto a Santiago Nieto y que se llama El arte de ganar.
Según el prologuista, se trata de un libro dirigido a políticos de entre 40 y 50 años, asesores y periodistas, que busca acercar las estrategias necesarias para atacar a un adversario y ganar elecciones.
Pero lo primero que me interesa resaltar es la perspectiva acerca de los liderazgos, pues los autores entienden que se ha terminado la era de los líderes carismáticos. En otras palabras, los líderes “completos” y casi sobrenaturales con grandes dotes de oratoria, que todo lo resuelven, dejan su lugar a líderes falibles, que se van formando en la propia administración y que se desempeñan circunstancialmente en lo público. Se trata de personas que poseen liderazgos más modestos que, según Durán Barba y su compañero, ya se han dado cuenta de que nadie gana elecciones llenando una Plaza de Mayo. Dicho de otro modo, son los referentes de una política posmoderna para los que la estructura de los partidos y las movilizaciones resultan piezas litúrgicas de un pasado de política de masas.
Con buena parte de cinismo, en la página 68 del libro, los autores lo indican así:

Hoy se aspira a que los líderes solucionen los problemas, o que al menos diviertan con espectáculos imaginativos como los que protagonizaron Abdalá Bucaram en Ecuador en 1996, Palenque en La Paz en 1989, de Narváez en la provincia de Buenos Aires en 2009 y otros dirigentes que supieron adueñarse de los escenarios bailando o haciendo reír a la gente.

En esta línea, un punto interesante es que los nuevos liderazgos se constituyen menos por el perfil eficientista que por la capacidad que tenga el candidato de reflejar los sentimientos del elector. En esto ha sido evidente cómo se ha trabajado para que Macri, un ingeniero con cuna de oro y fobia al contacto con los otros, logre ser representativo incluso en sectores populares. No se trata, entonces, de votantes racionales. Eso es fantasía iluminista. Más bien, lo que hay es gente movida por sentimientos, sea que vote a la derecha, sea que vote al populismo. Y en ese sentido, una de las estrategias de los consultores es apuntar al centro de las emociones. De aquí que afirmen en la página 364: “Debemos tratar de que nuestro mensaje provoque polémica. Más que perseguir que el ciudadano entienda los problemas, debemos lograr que sientan indignación, pena, alegría, vergüenza o cualquier otra emoción”.
Tal aseveración nos lleva a la perspectiva acerca de los electores. Según los autores, nadie vota por modelos económicos y las elecciones se ganan con las personas comunes que están poco informadas (no es descabellado pensar que algo de estos dos elementos pudo haber jugado un rol importante en las elecciones de 2015 en Argentina). Asimismo, a los electores no les importa si gana la derecha o la izquierda, pues tales categorías serían propias de la ya pasada de moda era de la palabra, de los grandes relatos, de las grandes construcciones y de los grandes liderazgos. Es más, hablamos de electores porque para los autores ya no existe “el pueblo” sino individuos hedonistas, que en muchos casos pueden votar más movidos por la envidia que por la conveniencia. Ellos lo explican así en la página 100: “Debemos adecuarnos a una nueva democracia de masas en la cual todos quieren opinar, tener acceso a la información, privatizar lo público, socializar lo privado, fisgonear en la vida de los demás, e impedir que el Estado se meta en su vida”. A su vez, los autores agregan que en estas “nuevas democracias” hay una suspicacia hacia todo aquello relacionado con la política, pues se la ve como sinónimo de interés faccioso, ambición descontrolada y corrupción.
Desde el punto de vista metodológico, Durán Barba y su compañero parecen tener las cosas claras y afirman privilegiar los datos científicos que aportan las investigaciones cuantitativas y cualitativas antes que las intuiciones del candidato, y destacan que no existen los modelos ideales para ganar elecciones aunque los candidatos asesorados por ellos y sus recetas sean, en todos los casos, bastante similares. En lo que respecta a la ética, afirman que es posible separar “ideología” de “profesión” y que, en ese sentido, el consultor debe tener la capacidad de asesorar a candidatos de cualquier perfil ideológico, siempre y cuando éstos no se encuentren comprometidos con violaciones a DDHH. Además, afirman preferir que no se incluyan temas de la vida privada del adversario, aunque admiten que puede haber excepciones.
Para finalizar, cabe una reflexión acerca de la mirada que los autores tienen sobre esta época, esto es, aquella en la que las imágenes han reemplazado a las palabras. Frente a tal aseveración, los autores adoptan dos miradas distintas. Por un lado, lo celebran, asegurando que en la era de las imágenes y de internet es más difícil mentir (algo claramente falso, pues incluso con archivos condenatorios, su asesorado pudo desdecirse una y otra vez, sin que eso lo afectara electoralmente). Pero por otro lado se presentan como neutrales, afirmando que, aun cuando no sea lo deseable, lo cierto es que es un hecho que vivimos en una sociedad del espectáculo. Así lo explican en la página 136:

Son las imágenes y no los programas las que deciden quién gana una elección. Este no es un problema de gustos o de opciones ideológicas. Es irrelevante si a los derechistas les gusta que la gente vote por imágenes y a los izquierdistas que lo hagan por ideologías. Nosotros simplemente tratamos de conocer cómo actúan los electores para tratar de que nuestro cliente gane las elecciones. Para bien o para mal, todas las investigaciones coinciden en que la gente vota por la imagen de los candidatos más que por las doctrinas o propuestas

Frente a esto cabe hacer una última reflexión: está claro que un consultor político no está para transformar la sociedad. Eso será tarea de la política y quizás de cada uno de nosotros, pero no es exigible a quien simplemente se presenta como un profesional que brinda herramientas para ganar elecciones. No obstante, habría que marcar que esta sociedad de la imagen existe gracias a un modelo político, económico y cultural atravesado por la ideología que se deja ver detrás de las aseveraciones de Durán Barba y su compañero. En este sentido, las propuestas de estos consultores no son criticables por intentar sacar beneficio de lo que hay, sino por la pretensión de ocultar ser parte de un enorme dispositivo ideológico que busca reproducir y perpetuar eso que hay.

jueves, 30 de marzo de 2017

Desaparecidos: el fin del último consenso (editorial del 26/3/17 en No estoy solo)

Uno de los eslogans más repetidos por políticos de centro y de derecha de la Argentina, refiere a la necesidad de emular el llamado “Pacto de La Moncloa” español.  Si bien aquí no se trata de salir de una dictadura ni interviene la realeza, se hace esa referencia cuando se quiere decir que nuestro país necesita que las fuerzas políticas y los diversos actores sociales acuerden una serie de principios básicos o políticas de Estado. Haciendo una analogía con los juegos, podría decirse que hace falta fijar un conjunto de reglas que identifiquen al juego y que los jugadores deben aceptarlo de antemano si es que quieren ser reconocidos como tales.
Es difícil oponerse a esta idea que tanto ha calado en el sentido común y que resulta muy intuitiva pero, claro está, en la medida en que intentamos dar carnadura a esos principios básicos, que hoy serían el juego democrático y un conjunto de políticas públicas vinculadas a qué modelo de país queremos, empiezan a arreciar las diferencias o, en todo caso, a haber desacuerdos interpretativos sobre aquellos principios. Lo diré con algunos ejemplos: ¿cómo se logra una Argentina justa? ¿Haciendo que todos tengan lo mismo o dejando todo librado a la meritocracia? Cuando decimos que Argentina tiene que crecer sostenidamente, ¿pensamos lograrlo impulsando el mercado interno con fuerte intervención estatal o esperando que las inversiones privadas lleguen tal como lo fije el mercado? Por supuesto que siempre hay opciones intermedias y matices, y estos son solo dos pequeños ejemplos de las dificultades que se plantean cuando diversas tradiciones o ideologías llevan al terreno práctico sus valores y cosmovisiones. Porque todas las corrientes de pensamiento, o casi todas, supongo, querrán una Argentina libre, independiente, soberana, justa, donde impere la verdad y donde todos los argentinos puedan vivir dignamente pero hay enormes desacuerdos respecto a qué significa cada una de estas cosas.
Sin embargo, aunque muchas veces no sea tenido en cuenta, los argentinos supimos, en este breve período de recuperación de la democracia comenzado en 1983, acordar en un punto: el decir “Nunca Más” a las dictaduras militares y el enfrentar aquella larga noche nefasta con Memoria, Verdad y Justicia. Lo hicimos con mucha valentía porque fuimos el único país que juzgó a sus militares, más allá de las presiones que llegaron después y que culminaron con las leyes de Punto Final, Obediencia Debida e Indulto. Llevó y llevará mucho tiempo recomponer aquel horror que persiste en las víctimas directas e indirectas y que todavía se expresa dramáticamente en la búsqueda de los hijos apropiados, pero hubo un acuerdo generalizado en este sentido que se fue sedimentando con el tiempo, tal como se puede observar respecto a la discusión en torno a la teoría de los dos demonios que todavía se dejaba ver en el prólogo original del Nunca Más.
Digamos, entonces, que la sociedad Argentina, gracias al impulso y a la decisión política, primero de Alfonsín y luego, también, de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, saldó ese debate entendiendo que la violencia del Estado no es comparable a ningún otro tipo de violencia y que la cifra de desaparecidos era de 30.000, a pesar de que el trabajo de la Conadep, presumiblemente incompleto, había arrojado aproximadamente un tercio de aquella cifra, o que documentos militares desclasificados en EEUU indicaran que los militares argentinos reconocían unos 22000 desaparecidos hasta 1978 (ver la nota de Hugo Alconada Mon, en La Nación, el 24 de marzo de 2006, cuyo título es “El ejército admitió 22000 crímenes” <http://www.lanacion.com.ar/791532-el-ejercito-admitio-22000-crimenes> ).
Está claro que la cifra de 30000 es simbólica y que probablemente nunca sepamos si fueron algunos más o algunos menos pero aquello no importa, justamente, porque se trata de una cifra simbólica. Sin embargo, en los últimos años, y con mayor presencia desde la asunción del último gobierno, el debate retornó casi siempre en torno a la veracidad de la cifra “30000” como una forma bastante perversa de poner en tela de juicio y de reflotar un debate que estaba saldado. Primero comenzaron algunos periodistas y políticos opositores a la administración kirchnerista cuando, imposibilitados de poner en tela de juicio la noción universal de Derechos Humanos, apuntaron a denunciar la presunta apropiación partidaria de los mismos. Reapareció así, aggiornada, la teoría de los demonios con títulos alternativos como “Memoria completa” o “Dos verdades” y colaboraron con ello sectores negacionistas y ex guerrilleros con repentino fervor de concordia liberal y republicana. Y en los últimos meses, de boca del propio presidente se volvió a hablar de “guerra sucia” y de “el curro de los derechos humanos”, un Ministro de Cultura de la Ciudad indicó que el número “30000” había sido un invento para cobrar subsidios, y el Titular de la Aduana, un excarapintada, se negó a admitir que los militares hubieran realizado un plan sistemático tal como determinó la justicia.        
Esto, claro está, acompañado de programas de TV que en su lógica polemista ponen en igualdad de condiciones a debatir cara a cara a una víctima de la represión estatal con un referente negacionista, debate que curiosamente es presentado como la panacea de una sociedad democrática en la que se escuchan todas las voces. Si bien podemos discutir si lo hacen por razones ideológicas o por la lógica espectacularizada de los debates basada en la aceptación boba de una interpretación banal de cierto principio del periodismo que arrojaría que siempre hay que presentar “las dos caras” del debate (pasando de largo la discusión acerca de si la voz negacionista y antidemocrática, es decir, la voz que no acepta las reglas del juego democrático, puede ser ubicada allí sin más), lo cierto es que habiendo pasado ya largamente las tres décadas de recuperación democrática, los sectores que nos hablan de sentarnos en una mesa para acordar los puntos básicos de nuestro “La Moncloa” lograron quebrar, quizás, el único y más importante consenso que teníamos los argentinos.
Para ser una derecha moderna, digamos que lograron un éxito digno de las derechas más recalcitrantemente arcaicas.