martes, 18 de septiembre de 2018

¿70 años de peronismo o 40 de macrismo? (editorial del 16/9/18 en No estoy solo)


La revolución de la alegría ya no ofrece alegría pero al menos pretende seguir siendo revolución. Para ello, necesita establecerse como un tiempo cero, una inflexión en la historia. Los republicanos argentinos no han modificado los calendarios aún como sí lo hicieran los republicanos franceses a partir de 1792 y no nos han legado nombres raros para los meses como “brumario”, “termidor”, “mesidor” o “germinal”. Sin embargo, nuestros revolucionarios, amparados en la ausencia de credibilidad de las estadísticas oficiales, decidieron que deberían ser juzgados por un número de la pobreza que comenzó a ser medido en septiembre de 2016, esto es, diez meses después de haber asumido; diez meses en los que la devaluación fue del 40% y el poder adquisitivo se deterioró alrededor de un 10%. Si el mes de brumario en la revolución francesa correspondía aproximadamente al lapso de tiempo entre el 21 de octubre y el 21 de noviembre de nuestro calendario, septiembre de 2016 equivale a diciembre de 2015 según la revolución macrista. Es más, incluso podría decirse que ésta es una revolución particular porque más que inaugurar un tiempo nuevo, detuvo el tiempo en diciembre de 2015 ya que todos los padecimientos ocurridos después se justifican por lo ocurrido antes de esa fecha.
Si bien las usinas ideológicas del gobierno, más cómodas con la designación de Think tank, han hecho del desprecio por la historia un culto, la necesidad de crear una identidad, incluso antes que la necesidad de justificar la crisis, los ha obligado desde un principio a diferenciarse de un otro que ha ido variando su denominación y que se acomoda a los requerimientos de las circunstancias. Cuando el gobierno todavía podía presentarse como novedad, lo otro era “la vieja política”; cuando eso ya no bastaba, lo otro fue “el kirchnerismo” y cuando con la estigmatización hacia el kirchnerismo tampoco alcanzó, lo otro fue “el peronismo” referenciado en el mantra que las principales espadas comunicacionales del gobierno repiten cuando afirman que la crisis de la Argentina comenzó hace setenta años. Pero no se trata de un simple cambio de denominación sino de una radicalización. Porque oponerse a lo viejo o al kirchnerismo no es lo mismo que oponerse al peronismo. Digamos entonces que la cara amable de la revolución de la alegría no devino jacobina pero sí se está mostrando profundamente antiperonista y conservadora. Y hay buenas razones para sostener que las radicalizaciones suponen debilidad porque se radicaliza quien se reconoce en retirada o al menos incapaz de seguir ampliando su base de sustentación. El radical ve conspiraciones en todos lados y busca una purificación que cada vez coincide más consigo mismo.
¿Pero de qué hablan cuando recurren a la cifra mágica de los setenta años? Algunos audaces se animan a decir que esa fecha coincide con el “peronismo” pero los más solo hacen referencia a esa fecha redonda casi mítica y no se atreven a nombrar la palabra maldita. Se apuesta, claro está, a que se instale, como se ha instalado el repertorio difundido por la revolución libertadora acerca del peronismo en el ya célebre Libro negro de la segunda tiranía y como se instalan en la actualidad mitos acerca de comandos venezolanos e iraníes, containers enterrados tan profundamente que llegaron a China y bolsos con dólares que viajaron en el Arsat para depositarse en un banco extraterrestre.  
Pero a no ser por un antiperonismo supurante, no hay nada que permita justificar semejante segmentación histórica ni ubicar al peronismo como fuente de todos los males. Hubo déficit antes de 1946 y, a su vez, hubo períodos de gobiernos peronistas con superávit fiscal o con déficit absolutamente razonables, incluso más allá del déficit primario, porque no olviden una cosa: la épica conmovedora del déficit cero que nos vienen a promover en la actualidad siempre refiere al déficit primario, esto es, a lo que gasta el Estado sin tomar en cuenta los intereses de la deuda. Y quienes hablan de los setenta años de penurias, olvidan que hubo gobiernos peronistas que cancelaron las deudas y/o que dejaron a las mismas con una incidencia muy baja en relación al PBI. En todo caso, un corte más interesante puede ser el producido hace “cuarenta años”, esto es, con el período de interrupción del gobierno de Isabel Perón en lo que fuera el último golpe militar que generó una aceleración fenomenal de la deuda. Pero, claro está, ese recorte podría hacernos recordar que las políticas económicas de hoy tienen claros antecedentes en las políticas económicas impulsadas en el año 1976 y algún mal pensado podría indicar que hablando de los setenta años de peronismo lo único que terminamos encontrando son cuarenta años de macrismo. Pero para no caer en las lecturas tan lineales podría decirse que quizás convenga segmentar los últimos setenta años en los períodos 1946-1975, 1976-2001 y 2002-2015. Esta segmentación parece más razonable y coherente y no se trata de una segmentación basada en el clivaje peronismo/antiperonismo sino de un corte donde se ven claramente modificaciones enormes en lo que respecta a crecimiento de la deuda, redistribución del ingreso y nivel de empleo, por citar algunas variables.             
Con todo, claro está, la intención del gobierno, además de la radicalización, es la de despegarse de los otros gobiernos que aplicaron las políticas que aplica este gobierno. Y en este punto, la radicalización es tal que asusta porque si el eufemismo que se utiliza para dividir la historia argentina es la de gobiernos con o sin déficit, caemos en el artilugio clásico de las posturas neoliberales que han destrozado este país en la macro y en la microeconomía. Así, por más que el micrófono generoso de los comunicadores le dé lugar a libertarios caricaturescos como Espert o Milei, para poder mostrarle a la ciudadanía que hay algo a la derecha del gobierno, ya es voz oficial la idea de que la actual crisis no es por el modelo de ajuste sino, al contrario, por no haber ajustado lo suficiente. No ha sido, entonces, el ajuste el que nos habría traído hasta aquí sino el presunto gradualismo. Para muestra compárense estas afirmaciones con las de los dichos de los grandes liberales económicos argentinos que a lo largo de las últimas cuatro décadas han fracasado una y otra vez pero se justifican afirmando que “lo que pasa es que se metió la política”, “no se hizo el ajuste profundo que se tenía que hacer” o, como dicen algunos de los energúmenos actuales, “este país nunca tuvo una política liberal en serio”.
Podría decirse, entonces, que la actual revolución es curiosa. Perdió la alegría y cuando se indaga en sus aspectos revolucionarios nos damos cuenta que no hay nuevo calendario ni un nuevo tiempo sino el regreso a una Argentina preperonista donde el Estado es sinónimo de gasto populista, la sindicalización es una extorsión organizada, y la justicia social y la redistribución del ingreso serían términos que no se adecuan a los cambios del mundo. Nos prometieron ingresar al siglo XXI en el cohete de la innovación y la tecnología y, en nombre del emprendedorismo y manejando un UBER, nos están llevando al siglo XIX y a la pujante pero concentrada y desigual Argentina del centenario.   

miércoles, 12 de septiembre de 2018

¿Puede ganar CFK en 2019? (editorial del 9/9/18 en No estoy solo)


Distintas encuestas confirman una percepción: la presunta corrupción revelada en el caso de los cuadernos afecta electoralmente al kirchnerismo de una manera muy particular: no le horada su piso sino que le sella su techo. Número más, número menos, un tercio de los votos. Nada despreciable a juzgar por la centralidad y el desgaste al que es sometido el kirchnerismo por un gobierno que sigue presentándose como oposición y que hace que la actual parezca la administración de un tercer gobierno de CFK. Pero la encuesta también dice que la crisis económica agiganta la imagen negativa de Macri y revierte las expectativas de mejoría que buena parte de los ciudadanos mantenía hasta hace unos meses. Un tercio de los votos. Tomando en cuenta el descalabro social y económico, y la impericia, se trata de otro milagro y de un fenómeno parecido al del kirchnerismo: piso y techo de los votos cada vez se parecen más.
En lo que respecta al tercer tercio podría decirse que está difuminado. Tiene más presencia matemática que política porque no tiene referente y sin referente se transforma en una entidad al servicio de la proyección de los otros dos tercios. Es una porción importantísima del electorado, determinante, pero tiene indecisión antes que conducción. Se supone que no tiene la intensidad de las minorías que conforman la base de los otros dos tercios pero su falta de intensidad es intensa y eso no los hace ni mejores ni peores. Es lo que hay y quienes pretenden cooptar esos votos padecen esa misma indecisión. En los últimos años este tercio se inclinó más hacia Cambiemos que hacia el kirchnerismo. Pero en 2019 esa tendencia podría no ser la misma en un mano a mano entre los dos grandes referentes de cada uno de los espacios aun cuando el rechazo que ambos recibieran sea grande.     
Este escenario hace comprensible que a meses de las PASO nadie pueda asegurar nada. Por lo pronto, ni siquiera se sabe cuándo se harán las elecciones y si habrá PASO efectivamente; resuelto eso restará ver cuántas elecciones provinciales se desdoblan de las nacionales en función de los intereses del gobierno nacional y cada gobernador; y como si esto fuera poco no hay garantía de quiénes serán los candidatos más allá de lo que indicábamos algunas líneas atrás. ¿Macri se va a presentar a la reelección? La proyección de la economía muestra que ni siquiera la lectura más benévola, que ve un rebote al final del túnel, augura un triunfo en primera vuelta. En el mejor de los casos buscaría fidelizar ese tercio de los votos más alguna ayudita para llegar al balotaje como el candidato más votado y probablemente perder contra cualquier candidato salvo con CFK, con quien las encuestas dan un final abierto. Y aquí vale aclarar que Macri perdería contra cualquier candidato salvo con CFK porque si la oposición lograra instalar en balotaje un candidato no K contra Macri, sea quien fuere, el voto K se inclinaría masivamente hacia ese candidato con tal de vencer a Macri. Si el candidato del oficialismo no es el actual presidente, será Vidal o será Rodríguez Larreta, como demuestran las operaciones de los periodistas afines buscando una insólita distinción entre “referentes insensibles” y “referentes sensibles” del gobierno. Pero todos sabemos que el derrumbe de todo gobierno nacional arrastra al resto de las líneas. Eso ha pasado siempre por más que eventualmente una candidata como Vidal pueda tener un poquito más de imagen positiva que el presidente.
Dentro del tercio kirchnerista, CFK tendría los votos para llegar al balotaje pero salvo frente a Macri, es posible que pierda contra los otros candidatos por la imagen negativa que tiene. Esta, al menos, es la foto del día de hoy. Y allí aparece el gran problema porque el kirchnerismo no tiene plan b y hay gobernadores, intendentes y eventuales candidatos a ocupar bancas legislativas que van a presionar porque les alcanzaría con una buena performance en la primera vuelta más allá del desenlace del balotaje. Esta sería la única explicación por la que CFK, a mi juicio equivocadamente, acabó presentándose en 2017. Asimismo, el kirchnerismo no tiene otro candidato. Entre el no pudo, el no supo y el no quiso, el paso del tiempo parece inclinar la balanza por una opción en lugar de las otras pero más allá de eso, lo cierto es que política y electoralmente es un problema porque si la afirmación kirchnerista “mi heredero es la juventud” ha sido el reemplazo de la afirmación peronista “mi heredero es el pueblo”, la experiencia demuestra que a las herencias hay que organizarlas y que se organizan con un liderazgo y una conducción. Se dirá, claro está, que lo que hace al líder y al conductor es justamente, el hecho de la no delegación, y que esa potencia no es transmisible. Eso es, en parte, real, pero en todo caso es una descripción de lo que ha ocurrido con el peronismo y no una definición.
Con todo, a favor de CFK, por supuesto, habría que preguntarse qué candidato opositor tiene una cantidad de votos digna como para, al menos, pretender correrla del centro. Todos los que lo intentaron desde adentro acabaron con pocos votos y afuera porque la centralidad de CFK funciona centrífugamente y porque también es verdad que en el 2017 e incluso, por qué no decirlo, quizás en 2015 también, el kirchnerismo pareció haber jugado a sostener su pedestal de minoría pura e intensa aun cuando eso supusiera perder las elecciones. En todo caso, si hoy, con CFK a la cabeza, el kirchnerismo es opción de mayoría para el 2019, obedece más a la aceleración con la que el gobierno hizo naufragar al país que con la proyección que hacía el propio kirchnerismo que, después de las elecciones de medio término en 2017, se encontraba en la encerrona de saber que en el 2019 solo podía llegar al poder como parte de una gran coalición opositora teniendo que correr a CFK del centro, o reagruparse sobre sus bases y esperar que las consecuencias del ajuste exijan un cambio recién en 2023.
Si bien el efecto sorpresa ha sido parte de la identidad kirchnerista durante los doce años de gobierno, visto el contexto general y el avance judicial con ejemplos a la vista en países vecinos, CFK prácticamente estaría obligada a ser candidata. Incluso podría pensarse el hostigamiento de un sector de la justicia como una forma de obligar a CFK a presentarse como candidata de modo tal que no pueda salir nunca del centro de la escena, hecho que hasta hoy favoreció al gobierno. El punto es que, justamente, eso sucedió hasta hoy y al macrismo le puede ocurrir lo que otrora le sucedió al kirchnerismo, esto es, polarizar con el candidato que era imposible que gane hasta que un día lo imposible se hizo posible. Y ese candidato ganó.             


viernes, 7 de septiembre de 2018

Argentina en el aire (publicado el 6/9/18 en www.disidentia.com)


La Argentina está en el aire. Después de doce años de un gobierno peronista de centro izquierda, la ciudadanía decidió en 2015 un giro hacia un espacio liderado por el ingeniero Mauricio Macri, en el que confluyeron el tradicional partido radical con aparato y presencia territorial en algunas provincias, figuras de “fuera de la política” y algún otro partido con dirigentes cuyo peso es más bien testimonial. Si bien en Argentina nadie se atreve a autodenominarse de derecha, se trataba de un espacio de centro derecha con referentes conservadores y liberales que se presentaba como moderno y eficaz y que, liderado por CEO de empresas, vendría a poner fin a una presunta fiesta populista de despilfarro y corrupción. Sin embargo, a casi tres años de haber asumido, hacia el fin del mes de agosto, el plan económico de Macri naufraga con datos más que elocuentes: caída del 5,8% de la actividad económica; una inflación que para 2018 se estima en 40% cuyo acumulado en tres años alcanzaría un 150%; una moneda que llegó a devaluarse casi 20% en un día y que desde que asumió Macri pasó de la equivalencia 1 dólar-10 pesos a 1 dólar-40 pesos; el índice del JP Morgan, denominado “Riesgo País”, trepando al récord de 760 puntos básicos; empresas argentinas que cotizan en Wall Street cayendo hasta 16% en un día; y el índice Merval, que releva el promedio de la cotización de las principales empresas en la bolsa, perdiendo un 10% en lo que va del año. Todo esto a pesar de que entre 2016 y 2018, Argentina emitió deuda por alrededor de 150.000 millones de dólares, acercándose al 70% de su PBI, porcentaje que todavía no supone una situación crítica ni previa a un default pero resulta más que preocupante si tomamos en cuenta que las reservas del Banco Central no alcanzan los 60.000 M de dólares y que la fuga de capitales en estos casi tres años, incluyendo el pago de los intereses de la deuda, asciende a casi 90.000 M de dólares. En este contexto se espera que el índice de pobreza e indigencia esté bastante por encima del aproximadamente 30% en el que se ha movido en las últimas mediciones y que el poder adquisitivo tenga una fuerte contracción si tomamos en cuenta que el gobierno busca alcanzar aumentos de entre 15 y 20 % para un 2018 en el que, como les indicaba, la proyección de la inflación está en el doble.
Este panorama resulta más angustiante si se toma en cuenta que el año que viene habrá elecciones y la oposición al gobierno está fragmentada gracias a una escisión del movimiento peronista entre quienes continúan fieles a la figura de Cristina Kirchner que, junto a su marido, gobernó el país entre 2003 y 2015, y un sector peronista no kirchnerista que intenta evitar la polarización pero no logra constituirse detrás de un candidato capaz de llegar al menos al balotaje.
De este modo, el clivaje kirchnerista/anti kirchnerista, incluso más que el peronista/anti  peronista, domina el escenario de la Argentina, política y electoralmente hablando, desde el año 2008 en el que el recién asumido gobierno de Cristina Kirchner se enfrentara a las patronales del campo en un conflicto que paralizó al país durante meses. Y no hay nada que permita suponer que esa tensión disminuya en la medida en que el gobierno y el kirchnerismo se benefician con esa polarización.
Todo esto a pesar de que hace apenas nueve meses atrás, el gobierno vencía a la propia Cristina Kirchner en las elecciones legislativas y se encaminaba, sin más, a la reelección en 2019 confirmando que Argentina sería la vanguardia restauradora que, por fin, dejaría atrás tres lustros de gobiernos populares. Sin embargo, Brasil tiene en Lula al candidato con mayor intención de voto a pesar de estar encarcelado e imposibilitado de participar en la elección; López Obrador acaba de triunfar en México; Evo Morales consolida su proceso en Bolivia y el chavismo resiste en una Venezuela que se encuentra en crisis permanente desde hace años. Este mapa político donde no hay una hegemonía clara puede trasladarse a la Argentina y permite comprender por qué regresa como un fantasma la idea de que se trata de un país “en el aire”. En este sentido, no casualmente, me viene a la mente, un libro del escritor español afincado en Grecia desde 1994, Pedro Olalla, que basándose en una frase de Tucídides, escribe un libro sobre la crisis en Grecia y lo titula, justamente, Grecia en el aire. La interpretación que Olalla hace sobre el sentido que tiene en Tucídides este “estar en el aire” es perfectamente aplicable a la Argentina, porque lo que está en el aire es lo que está suspendido, flotando, pero es también lo que está en vilo, lo incierto y lo que está aún pendiente de cumplimiento. Y todo eso es hoy la Argentina.
Por enfocarse en el caso griego, es natural que Olalla juegue con la contraposición entre los orígenes de la democracia ateniense y la democracia actual. Allí, naturalmente, la Argentina, con su corta historia y sus breves lapsos de períodos democráticos, no tiene mucho que mostrar más allá de que en la última década se han discutido y contrapuesto dos modelos de democracia: el consensualista liberal y republicano, y el agonal, más vinculado a la tradición de la democracia  popular y de la izquierda. Pero donde la comparación resulta más interesante es en lo que respecta a la historia reciente porque Grecia y Argentina han sido casos paradigmáticos de países lastrados por las deudas y por las recetas impuestas por el FMI para hacer frente a estas deudas.
Sin ir más lejos, algunos días atrás se anunciaba que Grecia salía del último de los rescates, más allá de que las denominadas políticas de austeridad auguran muchísimos años más de crisis. De hecho, el resultado de estos ocho años, en el que a la imposibilidad de una política monetaria autónoma (algo que se asemeja a lo ocurrido en la Argentina durante la década del 90 hasta la crisis de 2001), se le agregan las imposiciones de Europa y el FMI, es espeluznante: 260.000 M de Euros de nueva deuda, ocho años de recesión, caída del PBI de alrededor de un 30%, desempleo del 20% y prácticamente un 5% de la población abandonando el país.
Volviendo a la definición de Olalla, desconozco qué significa un país pendiente de cumplimiento o, en todo caso, aquello que se pueda entender por “cumplimiento”, va a variar según las distintas perspectivas. Pero en lo que sí pareciera haber un acuerdo transversal a toda ideología es que Argentina está flotando y que el futuro, ya no el del actual gobierno, sino el de varias generaciones, se parece demasiado a lo incierto.    
    

sábado, 1 de septiembre de 2018

Flan, boludos y tragedia cognitiva (editorial del 26/8/18 en No estoy solo)


El humorista Alfredo Casero tuvo que salir a explicar su metáfora del flan porque la mayoría de quienes la habían celebrado no la entendieron. Así, lo que quiso ser una metáfora de la tragedia cultural de clases bajas y medias que le exigen siempre más al Estado, terminó siendo metáfora de la tragedia cognitiva de los sectores más reaccionarios de la sociedad. Mientras tanto, un intendente oficialista, senadores de Cambiemos y hasta el propio presidente aplaudieron la performance del humorista paradójico, aquel que hace reír cuando habla en serio. Si lo hacen por cínicos, por incomprensión o por una mezcla de ambas, es algo que excede este comentario.
Con todo, la metáfora del flan expresa un clásico de las lecturas conservadoras en lo político-moral y liberales en lo económico, que se puede comprender con otra metáfora: la de la sábana corta. Para los liberales, la sábana (aquello de lo que se debe hacer cargo el Estado) siempre es corta de modo que naturalmente debería cubrir lo básico. Para las propuestas populares, esa sábana puede ensancharse o, en todo caso, sería bueno que, si es corta, empiece a cubrir a los que menos tienen en detrimento de los sectores más aventajados. Claro que la discusión gira en torno a una distinción siempre arbitraria entre lo esencial y lo superficial, entre lo que es exigible y lo que no, discusión que suele aparecer en el lenguaje de los derechos. Si es un derecho, el Estado debe hacerse cargo, y, por lo tanto, las perspectivas populares incluyen en su vocabulario la idea de “ampliación de derechos”. Ni los conservadores ni los liberales económicos se opondrían estrictamente al lenguaje del derecho pero suelen interpretar la ampliación de derechos como gesto demagógico hacia sectores populares, clientelismo más o menos disfrazado para una masa incapaz de mirar más allá del día a día y que se deja seducir por los grandes oradores; masa que pide flan cuando la casa está incendiada porque justamente no entiende qué es lo esencial ni tampoco entiende la meritocracia. Por qué los flaneros son la masa de pobres y no los ricos cuando piden que les bajen los impuestos o blanquear su dinero, es parte de un misterio insondable que algunos explican por el prejuicio y otros por la hegemonía cultural.
Con todo, esto muestra que la ocurrencia de Casero tiene una larga tradición en la Argentina y en el mundo. Sin embargo, no se puede dejar de soslayo que esta tradición prometió, sino flan, al menos el derrame de una parte del caramelo, en la medida en que se achique el Estado. Y tenemos un problema porque toda la política del gobierno tiende a achicar al Estado y el caramelo no derrama. Más bien el flan está cada vez más restringido a unos pocos y abajo hay huevos pero no hay plata para pagar el gas con el que se enciende la hornalla.
Allí entra la segunda parte de la construcción y la segunda parte de la tragedia cognitiva. No es por exagerar pero en una semana se pudo oír que la administración anterior se había robado: a) 200 millones de dólares; b) un PBI entero que, dependiendo la variación del dólar, puede estar en torno a los 600.000 millones de dólares; c) tres PBI; d) seis PBI y e) un 6% del PBI. Toda esta información la brindaron distintos periodistas más algún idiota útil que utiliza la calculadora para cuantificar su nivel de desinformación y de espuma en la boca. En algunos casos hasta los mismos periodistas dieron cifras distintas sin poder explicar dónde están las 3.600.000 casas de 1 millón de dólares que se podrían haber comprado los kirchneristas con el dinero de seis PBI para cobijar a más de 12.000.000 de personas, tomando el modelo de familia tipo, esto es, más de dos tercios de la población de la provincia de Buenos Aires. Viendo estos números queda claro que o bien son falsos o bien el modelo de la corrupción sería el que mayor riqueza genera y el más redistributivo.
Ahora bien, nadie explica tampoco cómo el gobierno anterior quemó la casa al tiempo que acostumbró a las mayorías a recibir flan y, no se sabe bien por qué, antes de quemarla, dejó al país desendeudado. Más allá de esta suerte de gesto de magnanimidad piromaníaca, si a casi tres años después de haber asumido, el gobierno debe apelar a convencer a una mayoría de que la actual crisis económica tiene que ver con la herencia, con Brasil, con Turquía, con Trump, con las tormentas, con que pasaron cosas o, como insólitamente algunos instalan, con la decisión política de acabar con la impunidad que se perseguiría en el caso de los cuadernos, estamos frente a una señal de extrema debilidad. No puedo ser tan optimista para creer que la gente no come vidrio o que ya no se convencerá con mentiras porque en general la gente come vidrio y se deja convencer por mentiras. Pero el gobierno está dando la batalla comunicacional con argumentos pobres, ya no habla sino que está “siendo hablado por los periodistas” como si éstos fuesen verdaderos ventrílocuos y está sufriendo el mal de la endogamia y las audiencias redundantes. Así, en caso de que una mayoría se uniera al movimiento oficialista #NoSomosBoludos que proclamó Casero, no debería sorprender que, si hicieran honor a su nombre, paradójicamente, en 2019, el triunfo de la oposición esté asegurado.            


lunes, 27 de agosto de 2018

La Europa sumisa (publicado el 23/8/18 en disidentia.com)


En 2022 habrá elecciones en Francia. La candidata del nacionalismo populista, Marie Le Pen, obtendrá la mayor cantidad de votos pero no le alcanzará para ganar en primera vuelta. Y cuando todos supondrían que sería el candidato del socialismo el que llegaría al balotaje, el escenario de fragmentación y descontento apolítico y posmoderno, sumado al crecimiento de la población islámica, hará que un nuevo partido denominado Hermandad musulmana, con el 22,3% de los votos, desplace de la segunda vuelta al candidato socialista por apenas cuadro décimas. El máximo referente de la Hermandad, su candidato, se llamará Mohammed Ben Abbes y será un líder potente con un discurso liberal en lo económico, una propuesta imperial para una Europa ampliada y una única gran pretensión para Francia: incidir en el laicismo de la educación.
El día de la segunda vuelta habrá atentados y se suspenderán las elecciones. Pasadas algunas horas se sabrá que quienes perpetraron esos atentados son fascistas simpatizantes de Le Pen y yihadistas musulmanes que nada tienen que ver con la prédica democrática de la moderada Hermandad. Estos hechos precipitarán un acuerdo entre los socialistas y la Hermandad, y el electorado progresista acabará votando a Mohammed Ben Abbes en nombre de la defensa de la democracia y la República Francesa.
Ben Abbes será presidente y la Sorbona se hará islámica; los colegios laicos seguirán siéndolo pero con menos recursos estatales que contrastarán con una millonaria inversión de petrodólares saudíes para las escuelas privadas islámicas; bajará la delincuencia por políticas de “mano dura” y disminuirá la desocupación porque habrá un retiro masivo de las mujeres del mercado del trabajo gracias a los incentivos económicos que otorgará el nuevo gobierno para revalorizar la vida familiar con la mujer en la casa y al cuidado de los niños; Marruecos, Turquía, Argelia y Túnez ingresarán a la Unión Europea y se intentará avanzar para que el Líbano y Egipto hagan lo propio.
¿Es muy inverosímil esta gran predicción? Cada uno tendrá su opinión pero se trata del contexto en el que se centra la historia de un profesor universitario llamado Francois, protagonista de la novela que Michel Houllebecq publicara en 2015 y que lleva el título de Sumisión. La posibilidad de una Francia islámica a la vuelta de la esquina generó una enorme controversia que se sumó a la trágica casualidad de que el lanzamiento oficial de la novela debió ser suspendido porque estaba planificado para el 7 de enero de ese año, día en que sucedió el atentado a la revista Charlie Hebdó donde el propio Houllebecq perdió a un amigo. Si a esto le agregamos que Houllebecq había declarado en 2001 que el islam era la religión más tonta del mundo después de que su madre se convirtiera al islamismo, tenemos todos los condimentos para un escándalo que le valió tener que vivir con seguridad personal durante un buen lapso de tiempo por temor a represalias. Es que la novela fue interpretada en clave islamofóbica y machista, entre otras cosas.
Sin embargo, desde mi punto de vista lo incómodo de la novela es su visión de la decadencia de los valores de Europa encarnados en la figura de un protagonista que es un académico de mediana edad desentendido de la política, con una vida mediocre de burócrata investigador, que no rehúsa acudir a prostitutas para tener sexo cuando su novia judía acaba autoexiliándose presa del pánico, y al que le importa todo bastante poco, incluso la muerte de sus padres.
Y sin embargo, Francois necesita de una fe y es el islam el que se la proporciona, aspecto que Houellebecq resalta aún más cuando hace decir a un intelectual musulmán que Europa se ha suicidado y solo el Islam podrá revivirla. Pero aquí no se trata solamente de una religión que permite creer en algo sino que además ésta ofrece, de hecho, la reincorporación a la Sorbona, Universidad de la que habían echado a Francois por no pertenecer al Islam, y la posibilidad de la poligamia. Esto significa que le ofrece al protagonista una salida y un bienestar inmediato, especialmente por la opción de una vida con varias mujeres, algunas más dedicadas a los quehaceres del hogar y otras más jóvenes, siempre dispuestas para el sexo. Que esto supusiera mayores gastos para Francois era un dato a tener en cuenta pero el acceder a distintas mujeres cuando él lo deseara, valía el esfuerzo.
En este punto Houllebecq sigue la línea de buena parte de sus otras novelas haciendo una descripción aguda del cinismo y la hipocresía del ciudadano medio occidental dispuesto a sacrificar sus libertades y su modo de vida con tal de que se le garantice la satisfacción de sus placeres egoístas. En este sentido, el ciudadano europeo se presenta como verdaderamente sumiso frente a los cambios vertiginosos de las últimas décadas. Así, una lectura posible es que la sumisión, antes que identificar el centro de la religión islámica en tanto sumisión del hombre ante dios y de la mujer ante el varón, más bien describe el estadio actual del europeo medio cuya capacidad de indignación se restringe a la declaración altisonante diaria que se viraliza en las redes y que atenta contra la corrección política.         
Esta misma decadencia de los valores o deriva ideológica de tradiciones políticas y cosmovisiones que hoy sucumben ante el relativismo moral y se enmarcan en un proceso de autoflagelación de Europa que lleva décadas, también se puede observar en el modo en que Houllebecq construye el escenario político y el resultado electoral. Porque es obvio que no existe la Hermandad Musulmana ni Ben Abbes y que plantear que un partido así pudiera surgir en Francia en lo inmediato es inverosímil, pero lo que resulta claro es que con este artilugio el autor denuncia la confusión en la que incurren las izquierdas y los socialismos en Europa y en el mundo, asumiendo como propia una agenda que entiende a la política actual como obligada a actuar en un escenario en el que las categorías a atender son las de un cúmulo de identidades minoritarias fragmentadas que se presentan como víctimas de una normatividad opresora representada mayoritariamente por el Estado o por unas mayorías simbólicas y difusas.
En esta misma línea podría entenderse el hecho de que, en la novela, el socialismo y la izquierda francesa aceptaron un retroceso de los valores laicos y republicanos a cambio de resguardar el modelo capitalista, lo cual, a su vez, daría a entender que la democracia republicana y liberal no es condición necesaria ni suficiente para el florecimiento de economía capitalista.
La novela culmina con Francois convirtiéndose al Islam y con un partido islamista triunfando en Bélgica, esto es, en el centro de Europa. Es evidente que al momento de elegir, Houllebecq prefirió inclinarse por la incomodidad antes que por un final feliz.