miércoles, 1 de julio de 2020

El ministerio de la retroactividad (publicado el 24/6/20 en www.disidentia.com)


Las protestas originadas a partir del asesinato de George Floyd derivaron en una práctica que si bien no es estrictamente novedosa sí resultó, al menos, curiosa. Me refiero a esa suerte de ataque sistemático a estatuas tanto en Estados Unidos como en Reino Unido.
Por mencionar algunos casos, en Richmond, una estatua en honor a Jefferson Davis, presidente de la Confederación, fue vandalizada y derribada, y también fue atacada una estatua de Colón; misma suerte corrieron los monumentos que rendían honor al descubridor de América en Saint Paul, Boston, Houston y Miami. En esta última ciudad también recibió pintadas la estatua de Juan Ponce de León.
En Ventura, el ataque se dirigió hacia la estatua del misionero español y franciscano Fray Junípero Serra y en San Francisco le pintaron símbolos fascistas y le escribieron “bastardo” al monumento de Miguel de Cervantes.
No conformes con esto, en Portland, derribaron la estatua de Thomas Jefferson acusándolo de “propietario de esclavos” y  prendieron fuego la cabeza de la estatua de George Washington escribiendo sobre ella mensajes como “colonialista genocida”, “estás en tierras nativas” y “1619”, año que haría referencia al momento en que los primeros esclavos fueron llevados a Estados Unidos.
En este contexto, la líder de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, pidió que se retiren once monumentos a figuras confederadas y San Francisco y Albuquerque quitaron estatuas de Colón y Juan de Oñate respectivamente de manera preventiva.
Si hablamos de Gran Bretaña, en Bristol un grupo de manifestantes arrojó al río la estatua de Edward Colston acusándolo de comerciante de esclavos; en Oxford se está exigiendo que se retire el monumento de Cecil Rhodes, en Edimburdo sucede algo similar con la efigie de Henry Dudas y en Londres fue vandalizada la estatua del mismísimo Churchill. En este marco, el alcalde de Londres Sadiq Khan anunció que se creará una comisión para revisar los nombres de las calles, los murales, las obras de arte callejero y los monumentos para determinar cuáles pueden ser sostenidos y cuáles deberán ser retirados.
Las imágenes de estos ataques sin duda despiertan zozobra probablemente porque se asocian con ese tipo de acciones simbólicas que se realizaron a lo largo de la historia en sucesivas revoluciones. El #BlackLivesMatter está lejos de implicar una revolución pero pareciera pretender compartir con aquellas, en un sentido, la idea de inaugurar un “tiempo cero”. Para ello, buscaría “sepultar” lo que sería el pasado ominoso que representarían figuras como las mencionadas.
En lo personal no me asustan los revisionismos y en cada uno de los países existen disputas acerca de lo que ha contado la historia oficial y las historias alternativas. Sin caer en la idea de que la historiografía es una rama de la literatura o que los hechos no existen, no cabe duda de que los sucesos y las acciones de los hombres que los protagonizaron están abiertos a interpretación y a revisión.
Con todo, no debe dejarse de soslayo que este revisionismo se da en una época particular en la que se ha transformado en un ejercicio cotidiano la valoración del pasado con categorías extemporáneas. Curiosamente, se trata de un accionar que está más presente en los sectores académicos vinculados a las ciencias sociales o a las disciplinas humanísticas, antes que en la sociedad civil en su conjunto. Los debates que se dan en las universidades acerca de los planes de estudios donde se evalúa con los criterios de la corrección política del siglo XXI, no solo las obras, sino, en muchos casos, los comportamientos personales de los autores de éstas, generan una mezcla de asombro e indignación por el nivel de irracionalidad y capricho con el que se encara. Sócrates y Platón cancelados por aristócratas y etnocéntricos; Aristóteles cancelado por heteropatriarcal; y así sucesivamente hasta no dejar en pie a nadie que haya nacido antes del siglo XXI porque, naturalmente, cualquiera que hubiera tenido la osadía de haber llegado al mundo antes del imperio de la corrección política tendrá en su haber alguna mácula.
Alguien dirá que toda historia se escribe en un presente y eso sin dudas es así. Pero, una vez más, entre el historicismo burdo que plantea que todo es interpretación arbitraria que se realiza desde el poder de quien hegemoniza el presente, y una mirada conservadoramente ingenua que considera que la única historia es la historia oficial que es siempre la historia de los vencedores, debería haber posibilidad de mediaciones y un mínimo de acuerdo sobre una base empírica. Pero no están corriendo buenos tiempos en ese sentido.
Naturalmente a todos los amantes de la buena literatura lo primero que se les viene a la mente es el inigualable ministerio de la Verdad creado por Orwell en la novela 1984. Como ustedes saben, se trata del órgano encargado de reescribir los documentos para modificar la historia en función de las necesidades presentes del Partido. Si, por razones estratégicas, el Partido debía afirmar que ingresaba en una nueva guerra, los encargados del Ministerio modificaban inmediatamente todos los documentos oficiales y los diarios de manera tal que se pueda hallar una coherencia entre la “nueva situación” y la historia. Modificados los documentos, sin posibilidad de chequear la información y los recuerdos, la historia se tergiversaba a voluntad pues el tribunal de los hechos había desaparecido. De hecho, en una genialidad de Orwell, el autor nos informa que el eslogan del partido era “El que controla el pasado controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”.
No se puede decir mejor: en realidad, a nadie le interesa en sí mismo controlar el pasado. En todo caso, controlando el pasado lo que se busca es hacerse del control del futuro pero para controlar ese pasado hay que controlar en el presente la manera en que voy a contar ese pasado. Esto va, obviamente, más allá del caso específico del #blacklivesmatter y no intenta abrir un juicio de valor sobre su reivindicación. Pero es eso lo que se está jugando. ¿O ustedes creen que es relevante en sí mismo derribar la estatua de un presunto esclavista? Claro que no. Están, en el presente, disputando el relato del pasado para garantizarse la legitimidad de hegemonizar el futuro. Otro punto en común con la novela de Orwell es el nivel de polarización existente y la moralización de la política y de la historia. No hay procesos, no hay contextos, no hay contradicciones: hay buenos y malos esenciales. Los que están de un lado y los que están del otro. En la novela el malo era un tal Goldstein a pesar de que se deja entrever que quizás nunca haya existido y que es un invento del Partido para tener un enemigo. Goldstein era causa necesaria y suficiente para explicar las injusticias del mundo. Por cierto, no deja de ser curioso que en tiempos donde las categorías binarias que constituyeron el pensamiento occidental desde sus orígenes están siendo interpeladas, se apliquen moralizaciones igualmente binarias al análisis de asuntos complejos. Los buenos somos nosotros, el malo siempre es el otro y su existencia explica el padecimiento general e individual. Cada identidad tiene su “otro malo”. Este “otro malo” son los blancos, el varón, el que come carne, el heterosexual, el que bajó de los barcos, el occidental, el católico y así podría continuarse hasta el infinito en la medida en que las políticas identitarias se atomizan cada vez más.
Pero yo agregaría un elemento más que no está en la novela de Orwell y con el que quisiera concluir. Es lo que yo llamaría la disputa por el monopolio de la retroactividad. Dicho de otra manera, en una sociedad como la nuestra, cada vez más punitivista, por derecha o por izquierda, antes que modificar la historia como hacía el Ministerio de la Verdad, lo que se busca es tener la legitimidad para crear “nuevos delitos morales” en el presente con la facultad de aplicarse retroactivamente. Insisto en que son “delitos morales” y no “penales” y que la clave está en que, dado que se pueden aplicar retroactivamente, nadie está a salvo. Así todos son presuntamente culpables por el delito que se va a imponer mañana dado que toda persona viva o muerta es pasible de ser alcanzada por la nueva batería incesante de nuevos delitos morales que se van creando. Entonces no se trata de modificar los hechos. Los hechos, por decirlo de algún modo, permanecen tal cual sucedieron. Lo que cambia es que ahora esos hechos del pasado se han transformado en un delito moral que debemos castigar. Si usted vivió en el siglo XVII y no condenó el esclavismo, o años después todavía consideraba que su mujer no merecía un cuarto propio, despreciaba a los homosexuales como se los despreció desde la derecha y desde la izquierda hasta hace apenas algunos años y le gustaba cazar, queda cancelado y no merece ni una estatua, ni una calle, ni una mención en un libro de texto. Nada. Solo el repudio. Y que sus herederos no se quejen porque hasta puede que se le exija una compensación siglos después. Por si hace falta voy a aclarar que detesto el esclavismo, el sojuzgamiento y confinamiento de las mujeres al seno del hogar impuesto por muchos varones, la persecución por razones de elección sexual y que se maten animales. Pero también puedo entender que esos son valores de mi época y que no resulta del todo justo utilizarlos para juzgar acciones y comportamientos de quienes vivieron en otros contextos. No defiendo el relativismo pero sí un enfoque con una razonable perspectiva histórica. Esto no significa justificarlo todo. Más bien se trata de advertir que la variable contextual debería jugar al menos al momento de hacer valoraciones morales. El mundo no ha nacido con nosotros y suele ir más allá de nuestros ombligos.   
Sin embargo, en nombre del relativismo posmoderno se está creando a ritmo vertiginoso un canon de neopuritanismo que se aplica sin ninguna tipo de perspectiva histórica o, para decirlo de otra manera, con la única perspectiva histórica del presente. En nombre del relativismo de repente se pega un salto hacia la vereda de enfrente y se nos dice que las reivindicaciones de hoy forman parte de un continuo de progreso moral de la humanidad. El discriminado de ayer, por haber sido discriminado ayer, es el virtuoso de hoy. Las reivindicaciones particularistas acaban ingresando como caballo de troya en el universalismo al que tanto critican para monopolizar la moral que viene. 
Entonces, por supuesto que con la legitimidad para imponer retroactivamente “nuevos delitos morales” determinados por el canon, en algún sentido, hacemos un recorte de la historia que puede ser pensado como una modificación de la misma. Pero creo que eso es menos importante que la necesidad de sancionar. A la sociedad de hoy le importa menos manipular la historia que castigar ese pasado desde la perspectiva absoluta del presente.  
El Ministerio ya no es el de la Verdad. El nuevo Ministerio que crea los delitos morales en el presente para aplicarlos hacia atrás y, con ello, legitimar su hegemonía futura, se llama Ministerio de la retroactividad.                 



lunes, 22 de junio de 2020

La necesidad del día después (editorial del 20/6/20 en No estoy solo)


Sabemos que la temporalidad en tiempos de cuarentena está trastocada: no salir a la calle y, en algunos casos, perder el trabajo o tener a los chicos sin colegio, ha desordenado completamente la dinámica diaria. No sabemos en qué día vivimos. El tiempo pasa lento para algunos, rápido para otros, distinto para todos. Hay incluso la sensación de estar viviendo tiempos paralelos como los que pensaba Borges. Todo es excepcional pero lo más excepcional es que la excepcionalidad se está normalizando.
Por suerte tenemos la hojarasca: prestarle atención al salame que pone música en Recoleta y a los 30 pavotes que salieron a bailar y te lo presentan como una gesta libertaria contra el Estado opresor cuando no es más que el proyecto snob de quien, si pasara cumbia, sería denunciado por ruidos molestos. Asimismo, de repente todo el mundo es “runner”. No se entiende por qué en Argentina hay tasas crecientes de obesidad y tantas enfermedades vinculadas al sedentarismo si toda la gente tiene la necesidad vital de correr. ¡“Je suis runner”! (Aunque la última vez que corriste fue cuando se te escapaba el 21 que te deja en Liniers y no te gritaron “¡corré, runner!” si no “¡corré, gordo!”); y como contrapartida de esta tontería, la respuesta igualmente zonza: hay que estigmatizar a los que corren porque en el fondo son chetos y porque quien los habilita es Rodríguez Larreta que es malo. Crecieron los casos en CABA y en Provincia pero toda la culpa es de los “runners” de CABA. Nosotros estamos en lo importante: despreciamos que el 20% de los comercios de la ciudad haya cerrado porque la ciudad es gorila pero nos comprometemos con el #Blacklivesmatter, y decimos que tenemos un amigo negro para que no nos acusen de racistas sin entender que los discriminan más por pobres que por negros. ¿Cuándo habrá un #Poorlivesmatter? ¿Por qué en las fotos del poder denunciamos que debería haber más mujeres, indígenas, negros, gays y discapacitados sin tomar en cuenta que lo que siempre falta en esas fotos, en realidad, son los pobres?    
Pero el tiempo pasa y todo estamos hartos de estar encerrados. Algunas semanas atrás les hacía una proyección de 150 días de encierro y el viceministro de Salud de la provincia, en una declaración desafortunada, dice que “firmaría” un confinamiento hasta el 15 de septiembre, esto es, prácticamente, 180 días en total. ¿Ustedes se imaginan 90 días más de encierro? ¿Ese es el plan? ¿Es eso un plan? En paralelo, y en el medio de la queja, las calles del AMBA están repletas de gente y salvo los comercios que están muy expuestos, el resto ha abierto porque es abrir o fundirse; la policía no controla los desplazamientos interiores y funciona de manera más o menos disuasiva en lugares puntuales. Siempre les digo lo mismo: para mí está bien que así sea y no dudo de que hay una decisión política en ese sentido pero entonces hay una suerte de discurso esquizoide que proviene de distintos sectores. Por un lado, el gobierno dice que hay que endurecer la cuarentena pero no lo hace porque se le ha desbordado la gente y porque entiende que no hay contención posible para ello. Se transforma en un gobierno comentarista, un gobierno de la queja. Nunca será como el de Macri, el mejor ejemplo del gobierno espectador, opositor aun cuando era oficialista porque era opositor de los opositores; pero en este punto, sea por decisión política o por impotencia, en la zona de AMBA la efectividad que tuvo el confinamiento las primeras semanas hoy ya no es tal. Y el gobierno se queja y dice que la gente no hace lo que tiene que hacer, lo cual, en muchos casos, es cierto. Con todo, por otro lado, también hay un discurso esquizoide entre grandes sectores de la población porque se quejan como nunca pero, con ciertas restricciones, están llevando una vida bastante parecida a la normal: trabajando, cobrando en tiempo y forma, saliendo a correr, sacando a pasear a los pibes, juntándose con amigos. Algunos incluso hasta con la libertad de ir a decir pelotudeces al obelisco.
En cuanto a la agenda mediática, la disparidad es total. El espacio más pequeño de prensa oficialista se ocupa del escándalo del espionaje y de defender a los dueños del medio. La prensa opositora, amplia mayoría, cada vez más radicalizada, sueña con repetir la 125, primero como tragedia y luego como farsa, por la osadía de intervenir una empresa importante pero que es incapaz por sí sola de controlar el mercado ni nada que se le parezca. Habla de comunismo, del IAPI, de Venezuela; pero le hablan a una tribuna chiquita. Algunos periodistas tienen miedo de que desbaratada la red de espías quede expuesta su complicidad incluso. Nombran a Cristina. “Cristina” es la llave al erizamiento que abre la compuerta del prejuicio. Es un código. Dicen “Cristina” y todo lo malo podrá serle endilgado. Deben soñar con ella. Cualquier acción del gobierno que sea correrse medio metro de la moderación y del statu quo es obra de Cristina. No sé si es así pero aun si lo fuera, eso hablaría mal del gobierno y de Cristina porque lo cierto es que con casi siete meses de gobierno no ha habido medidas que hayan sacudido el statu quo, ni una medida que suponga una transformación estructural. La primera podría ser la de Vicentín pero en las últimas horas tuvieron que dar marcha atrás con la expropiación y aun si de alguna manera lograran hacer pie en la empresa, como medida todavía está lejos de aquellas acciones emblemáticas de la larga década kirchnerista. Tampoco se pudo imponer, al menos hasta ahora, un aporte extraordinario a los ricos en un contexto como éste. Dijeron “Cristina” y luego dijeron “Venezuela” y la iniciativa parece haberse apagado.   
Igualmente, y más allá del caso específico, lo de Vicentín, incluso con esta sorprendente suerte de marcha atrás, lo pienso más bien como un intento de parte del gobierno de abandonar la agenda del virus. Y está muy bien. Es como si dentro del propio oficialismo se sintiera un agotamiento del tema. Y nótese que ese agotamiento no es objetivo. Más bien todo lo contrario: objetivamente entramos en el momento más crítico, el momento donde toda la atención debería estar puesta en la pandemia y ni siquiera sucede eso con la cobertura mediática que ya está dispersando su atención. Es simple: todo tema cansa aun cuando sea dramático y pueda implicar la muerte propia o de un ser querido. Pasa en Europa, que comienza a abrir aun cuando en algunos países tuvieron miles de muertos y al día de hoy diariamente tienen más muertos que nosotros.
El gobierno amagó con Vicentín porque el arreglo con los acreedores de la deuda, al menos en el momento en que escribo estas líneas, estaría empantanado. Sigo creyendo que la diferencia no parece insuperable pero se estaría en un estadio de la negociación en la cual los fondos pretenden imponer condiciones que Argentina no piensa ni debería aceptar. De modo que a la inesperada situación de pandemia le sumamos que el gobierno no puede terminar de cerrar una negociación que se estira y sobre la cual puso, a mi juicio desproporcionadamente, todas las expectativas, como si esa negociación fuera determinante de los cuatro años de gobierno. Y por supuesto que lo es pero el único plan del gobierno no debería ser “arreglar la deuda”, justamente, porque el único problema de la Argentina no es la deuda. En el mejor de los casos, arreglar con los acreedores nos dará unos años de gracia para volcar ese dinero e impulsar el crecimiento pero no solucionará los problemas estructurales.
Y esto es una dificultad porque, volviendo a la cuestión de la temporalidad tan particular a la que nos expone la cuarentena, si algo caracteriza a la vida en confinamiento es la incertidumbre del día después, la imposibilidad de proyectar porque no hay límite y nadie sabe cuándo termina esta etapa. Y hay que ofrecerle a la población y a los votantes que apoyaron con enormes necesidades y con mucha esperanza, la Argentina del día después. La mera supervivencia y el discurso de la solidaridad que administra escasez alcanzan para los tiempos de zozobra. Pero se agota si no hay épica y si no hay un día después aun cuando ese día después sea una fantasía. Pregúntenle a Macri si no, que prometiendo el segundo semestre terminó consumiéndose los ocho semestres de mandato. Pero hay que ofrecer algo, una promesa, una mentira piadosa, un plan incumplible al menos. Algo. La política es muchas cosas pero entre esas cosas no hay que olvidar que es un proyecto. Por lo tanto, no tiene que ver con la verdad sino con el futuro. No pedimos verdad. Pedimos expectativa de futuro. La mentira de la búsqueda de la verdad en política, dejémoselas a los moralizadores. 
En síntesis: es una estupidez decir que el gobierno está cómodo con la pandemia. Lejos de estarlo, está preso del tipo de temporalidad que impone la pandemia. Es como si el Frente de Todos hubiera asumido en la temporalidad de la pandemia, heredando un desastre al cual tenía que emparchar constantemente y que no lo dejaba proyectar. Como les indiqué aquí muchas veces, desde el 11 de diciembre la sensación es la de un gobierno entre paréntesis al que, desgraciadamente, y para colmo de males, luego le viene una real pandemia que efectivamente pone el tiempo entre paréntesis. Si el gobierno estuvo detenido desde que asumió esperando resolver el conflicto de la deuda, ahora que objetivamente el tiempo está detenido, debería salir a romper esa dinámica, devolver el tiempo a su lógica normal. Una agenda pospandemia que comience hoy sería clave en ese sentido. Hay que garantizar la existencia del día después aunque todos sepamos, en el fondo, que es imposible determinar cuándo carajo será ese día.       

miércoles, 10 de junio de 2020

El fútbol no existe más. La realidad tampoco (publicado el 27/5/20 en www.disidentia.com)


Figuras de cartón en la tribuna; pelotas desinfectadas; goles sin abrazos; canchas en las que los únicos gritos que se oyen provienen de jugadores y técnicos; conferencias de prensa virtuales; hinchas alentando desde sus casas a través de las pantallas de sus dispositivos. Así se juega al fútbol en Alemania tras la paulatina apertura post pandemia y es de esperar que así se juegue al fútbol por una buena cantidad de tiempo en todo el mundo.
Más allá de la sensación ambigua de, por un lado, la alegría de ver rodar la pelota y, por el otro, la tristeza por ese entorno “sin testigos”, me di cuenta que no tenía garantía de que ello que estaba viendo estuviera sucediendo. ¿Qué tal si todo fuese una gran farsa, un gran montaje? Así, comencé a pensar que quizás el partido no se estaba jugando y que lo que estaba viendo era producto de un complejo sistema informático o que, simplemente, se trataba de actores dispuestos allí para entretener a aquellos que todavía seguimos en casa. Al fin de cuentas puede que el gigante Robert Lewandoski, el número 9 del Bayern de Múnich, haya sido extraído de la mitología, que Cristiano Ronaldo sea un héroe surgido de un comic y que Lionel Messi no sea más que una invención de videojuego. Aun cuando pudiera parecer algo delirante, mi fantasía no fue para nada original. De hecho, ya en 1967, bajo el seudónimo de Bustos Domecq, los escritores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares publicaban un brevísimo texto llamado “Esse est percipi” donde planteaban algo similar:
“—¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq? (…) No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.
—Señor, ¿quién inventó la cosa? —atiné a preguntar. —Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos. —¿Y la conquista del espacio? —gemí. —Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista”.
El título del cuento, “Esse est percipi”, hace referencia a una frase que resume el complejo pensamiento filosófico del obispo británico George Berkeley (1685-1753). Me refiero a lo que se denomina “empirismo idealista y subjetivista”, aunque cueste pensar que esta conjunción fuera posible. La frase suele traducirse por “Ser es ser percibido” y con alguna imprecisión podríamos intentar explicarla afirmando que, para Berkeley, aquello que denominamos “realidad” depende de la percepción del sujeto. No existe algo así como una realidad objetiva, todo depende del sujeto que la percibe tal como lo demostraría que, por ejemplo, un mismo chocolate pueda resultar rico o desagradable para dos sujetos distintos o un mismo pedazo de tela pueda parecer verde para X y azul para Z.
Llevado al ejemplo del fútbol, lo que Borges y Bioy parecen querer decirnos es que somos los hinchas con nuestra carga subjetiva los que, en algún sentido, estamos sosteniendo esta ficción del fútbol. Es nuestra percepción la que le da entidad a esta gran fantasía creada en estudios de TV o en la voz de relatores.
Naturalmente, el pensamiento de Berkeley es bastante más complejo pero como a Borges le interesa la creación literaria y no la rigurosidad exegética en este caso, lo vuelve a usar en un cuento llamado “TLÖN, UQBAR, ORBIS TERTIUS”. Allí Borges crea un mundo en el cual la realidad se comporta según el modelo berkeleyano tal como lo entiende el autor argentino. Esto quiere decir que si, por ejemplo, una única persona estuviera frente a una silla pero cerrase los ojos y dejara de percibirla, la silla desaparecería. Borges lo dice mucho más bonito que yo en el siguiente párrafo:
[Hablando de lo que sucede en el mundo berkeleyano]: “Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”.
Visto así, Berkeley parece mucho más prolífico para la literatura fantástica que para la filosofía. Sin embargo, como les indicaba, su pensamiento es algo más complejo y si bien no es este el espacio para desarrollarlo, merece algunas aclaraciones. En todo caso, supongo que la pregunta que le surge al lector es cómo hace Berkeley para evitar caer en un subjetivismo total, en un relativismo burdo por el cual habría tantos mundos como personas percibiendo. La pregunta viene al caso porque si Berkeley aceptase esa derivación de su teoría, se hubiera transformado hoy en el ícono de esta posmodernidad líquida que niega cualquier base estable o dada, llámese realidad, base empírica o biología.
Si bien hay una serie de pasos intermedios, el último garante de la estabilidad del mundo, el factor decisivo para no caer en un relativismo total, es Dios. Volviendo a la metáfora anterior, el Dios de Berkeley es un Dios que no parpadea y que percibe la realidad sin discontinuidad. Él permite que la silla siga existiendo si cerramos los ojos y Él es el que salvaría el umbral y el anfiteatro en caso de que el mendigo o el caballo partieran. Lo que existe, existe en la medida en que alguien lo percibe pero el que está percibiendo continuamente es Dios, de lo cual se sigue que el mundo continuará existiendo de manera estable y objetiva aun cuando todos los humanos perezcamos. Como cierre para un sistema filosófico deja mucho que desear. Por ello, en todo caso, Berkeley es recordado más por su énfasis en la labor activa del sujeto al momento de relacionarse con la realidad que por ese Dios que no parpadea y que hizo entrar por la ventana para evitar el relativismo y/o un sujeto que no pueda distinguir la realidad externa de los delirios de su conciencia.
En todo caso, a favor del obispo, su interés estaba en indagar cómo conocemos el mundo para, desde allí, tener herramientas con las que distinguir la realidad de la ficción. Se trata de una problemática que ya estaba en la célebre caverna de Platón, que atraviesa la irrupción del sujeto de la modernidad y el giro lingüístico, y que llega hasta estos días en que nuestra relación con el afuera está siempre mediado por pantallas.
Pues entonces, ¿existirá Lewandoski? ¿Vuelve la liga española? ¿Los hinchas que alientan al Paris Saint Germain son de cartón? ¿El Liverpool es un equipo real o una creación artificial para humillar al resto? ¿Que la Juventus siempre salga campeón es un error en “la matrix”?
No tengo respuestas y ahora que lo pienso bien, no solo el fútbol sino quizás todos nosotros somos una gran ficción; incluso puede que lo único existente sean los jugadores de fútbol mientras las pandemias, los conflictos, los gobiernos sean una ficción. Puede que usted y yo, que el mundo entero sea simplemente el sueño, o la pesadilla, de un sólo hombre llamado Cristiano Ronaldo; puede que toda nuestra existencia se encuentre a merced del día en que Messi (o Maradona) decidan parpadear.    


domingo, 7 de junio de 2020

Ni infectadura ni saludcracia (editorial del 6/6/20 en No estoy solo)


      La semana pasada se generó una polémica en torno a una carta que incluía firmas de miembros del CONICET, políticos, intelectuales y referentes de la cultura claramente opositores al gobierno y, por qué no decirlo, encolumnados en un antiperonismo furioso. Tal denominación no es un juicio de valor sino una descripción. De hecho un antiperonista furioso puede decir cosas atendibles y hasta puede tener razón. Sin embargo, los conceptos vertidos en la carta, salvo algún punto que indicaremos a continuación, desplazan para una próxima ocasión esta posibilidad. De hecho, muchos de los firmantes tuvieron que retroceder cuando se los invitó a debatir o cuando algún periodista amigo les llamó la atención sobre la desproporción de algunas de las afirmaciones allí vertidas. Así apareció la idea de que, en realidad, se utilizaron recursos estilísticos, cuando no, del marketing, para llamar la atención, como confesó Luis Tonelli en un reportaje; o Sandra Pitta quien indicó que la idea de “infectadura” no buscaba afirmar que estamos en una dictadura sino que debe entenderse en un sentido simbólico, etc. Incluso Juan José Sebreli, que del mayo francés sólo guardó la polera, días antes había afirmado que en Villa Azul se estaba reproduciendo el Gueto de Varsovia aunque parece que después dijo que era una metáfora que él usaba asiduamente. La carta contiene varios exabruptos más como trazar una equivalencia entre “la hora de la espada” de Lugones y “la hora del El Estado” de Alberto cuando el presidente hizo referencia a que la pandemia expone que hace falta una presencia más potente y eficaz del Estado; o cuando se indica que la democracia está en peligro como nunca estuvo desde el año 83. Cuesta preguntarse de qué están hablando los firmantes, desde qué burbuja ideológica se pueden generar semejantes anteojeras. Porque todos sabemos que la realidad es pasible de ser interpretada pero salvo que caigamos en un constructivismo delirante, hay allí afuera algo, hay allí afuera hechos que ponen ciertos límites a las interpretaciones. En buen criollo, no se puede decir cualquier cosa. O se puede pero entonces es difícil que quien las diga pueda ser tomado en serio. Lo digo con todo respeto porque me consta que entre los firmantes hay gente que no es tonta ni mucho menos.

Aclarado esto, hay una serie de aspectos que sí podrían ponerse sobre la mesa. En la carta algunos de estos puntos aparecen mencionados pero creo que se pueden expresar con algo menos de mala fe y con ánimo constructivo. Esto lo indico porque desde los sectores que apoyan al gobierno hay algo así como un nuevo límite moral: nadie puede oponerse a la cuarentena; oponerse es estar del lado de la muerte; es Bolsonaro, Trump; quienes se oponen solamente pueden ser esa Armada Brancaleone que se manifestó en el obelisco la semana pasada y que en cuestión de minutos podía decir que protestaba porque el virus no existía, porque las vacunas generan autismo, porque Alberto es un dictador, porque hace 80 días que no se coge, porque no queremos pagar impuestos, porque el nuevo orden mundial nos quiere encerrados, porque el comando venezolano-cubano-iraní asesinó a Nisman, porque Máximo Kirchner es un androide asesino extraído de una novela de Philip Dick, etc. Había de todo, claro. Y los medios más cercanos al oficialismo los mostraron una y otra vez para que hagamos consumo irónico de semejantes imbecilidades.
En lo personal, como lo vengo escribiendo aquí hace semanas, estoy a favor de la decisión gubernamental y el caso argentino ha sido un ejemplo en el mundo al menos hasta ahora; Alberto Fernández ha sabido llevar la situación con sus modos, con la construcción que ha hecho con los gobernadores y los intendentes. Seguramente que todo es perfectible pero es difícil afirmar que el gobierno en ese sentido no ha estado a la altura de la circunstancia, al menos en lo que corresponde a la estrategia sanitaria.
Dicho esto, considero injusto que plantear dudas o preguntas acerca de los pasos a seguir nos ubique automáticamente del lado de los exabruptos, la muerte, los “libertarios antipatria” o los dementes.
Porque no es alocado plantear que la cuarentena no puede seguir indefinidamente y que no se puede ritualizar que cada 15 o 21 días el presidente y los gobernadores elegidos simplemente nos digan que debemos seguir en casa. Es posible preguntar si tiene sentido una cuarentena que en CABA y en el conurbano proyecta extenderse unos 150 días. ¿Por qué no preguntar eso? ¿Podemos hacerlo o algún periodista converso nos acusará de traidores con tono de indignación? Claro que el gobierno tiene razón cuando dice que liberar ahora, con el crecimiento de los casos, sería una locura. Efectivamente, sería una insensatez. Pero la única solución no puede ser continuar con el encierro. Es incuantificable pero los problemas psicológicos, sociales, económicos que esto está trayendo son innumerables y no se los puede despreciar sin más en nombre de “la salud” porque como alguna vez dijimos aquí, a propósito de la historia que habíamos realizado sobre la medicina social como modo de control, somos vida, somos biología pero también somos más que eso. Y por supuesto que mi intención no es caer sobre la figura de Agustín Rossi quien respondió que no hay infectadura sino saludcracia, pero hilando fino, tampoco sería buena una saludcracia. Es que un “gobierno de la salud” me huele a algo que sí advierte con razón esa carta en medio de todos sus exabruptos: gobernar un país no es aconsejar sobre la salud de un cuerpo individual; el cuerpo social, si algo así existiese, no obedece a la misma lógica que un cuerpo individual y saber de virus no supone saber de política.
Nunca faltará algún zonzo que diga que ahora Alberto Fernández dejó de ser el títere de Cristina para ser el títere de Pedro Cahn, el cual de repente, pasará a ser Pedro “K”ahn; pero dejemos eso para los editorialistas amarillos. No tengo dudas que es Alberto el que toma las decisiones pero lo que se está observando además es que la dinámica social, económica y política está evidenciando que las políticas restrictivas que sugieren los expertos epidemiólogos no pueden ser la única variable. De hecho nótese que en CABA y en Provincia los gobiernos están obligados a ceder porque de otra manera la situación cedería de hecho. Y la contención se está dando en las villas con una lógica asistencialista que es la única que explica que no haya existido un estallido. No es una crítica, por cierto. Yo hubiera hecho lo mismo. Hay que hacer todo lo posible para que no estalle la clase baja pero la que va a estallar es la clase media. ¿Advertir eso es una herejía? Disculpen. Pero el problema es que cuando las clases medias estallan, estallan fascistas. Y a la clase media no le llega una: porque paga lo mismo de impuestos y lo mismo de servicios; y porque los 10.000 pesos, los créditos de hasta 150000 o la ayuda para pagar los sueldos a las empresas ayudan pero no alcanza y la enorme porción de gente que labura más o menos en negro sólo la ve pasar. Debe ser la cuarta vez que lo escribo pero lo volveré a hacer: sin guita no hay confinamiento que aguante y el problema no lo tienen sólo los pobres. De hecho es muy probable que, con las medidas, la pandemia arrase más a la clase media que a la clase baja. Si vas a mantener el confinamiento tenés que poner más plata porque lo que estamos viviendo hoy, y lo que va a quedar el día después, será terrorífico: recesión, despidos, poder adquisitivo por el piso, salarios medidos en dólares indignantes, pobreza cerca del 50 porciento, etc. Es curioso pero mirándolo así, pareciera que el coronavirus vino a cumplir las metas que se proponía el gobierno de Macri.
Yo no soy un exégeta de la voluntad popular pero intuyo que la gente votó otra cosa y, si no hay cambios estructurales, el actual gobierno acabará siendo testigo del éxito del gobierno anterior. ¡Claro que no hay una infectadura! Pero la gente necesita algo más que una saludcracia.                  

          


sábado, 30 de mayo de 2020

Censurados (en nombre de la libertad) [editorial del 30/5/20 en No estoy solo]

Episodio 1: el último sábado entrevisté al ex vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires, Gabriel Mariotto. Hizo declaraciones fuertes y la nota fue levantada por los principales medios de este país, entre ellos el portal INFOBAE y los diarios Clarín y La Nación. Incluso el diario ABC de España, a través de una corresponsal militante, se hizo eco de la nota. Días después, varios editorialistas dedicaron sus espacios de radio y televisión para comentar las supuestas declaraciones de Mariotto. Digo “supuestas” porque la mayoría de los medios reprodujo el recorte de la nota radial que había realizado el primer medio importante que levantó la nota. No usaré este espacio para hacer una exégesis de las palabras de Mariotto pero claramente hubo una tergiversación. Se presentó a Mariotto como formando parte del gobierno y como protagonista de una estrategia gubernamental por la cual se eligió a un moderado para engañar al electorado y luego dar rienda suelta al “verdadero peronismo” que vendría a estatizar los servicios públicos y el comercio exterior cuando él simplemente dijo que eso era lo que le gustaría aunque lamentablemente, en el gobierno, no había lugar para el debate. Es decir, lo que era una crítica al gobierno se expuso como un plan del gobierno y para reinstalar la idea de la coexistencia, cada vez más en tensión, entre un ala dura y un ala moderada dentro del Frente.
Episodio 2: el humorista Dady Brieva, quien no se caracteriza por las declaraciones solemnes, fue titular de cuanto medio exista en la Argentina por haber afirmado, supuestamente, “Tenemos que ser Venezuela”, “Seamos Venezuela”, etc. Quizás Brieva quiere que seamos Venezuela pero no dijo eso, al menos según lo entiendo yo. El sentido de su intervención fue que dado que cualquier intento de avanzar en una política de transformación del statu quo provoca que la oposición acuse al oficialismo de seguir el modelo de Chávez y Maduro, pues entonces “seamos Venezuela”. Es decir, si por apenas hacer algunas pequeñas modificaciones nos acusan de radicalizados, entonces seamos radicalizados y vayamos por las transformaciones. Total nos dicen radicalizados aunque no lo seamos. Una vez más, se toma a alguien que no forma parte del gobierno como portavoz del mismo cuando en realidad está criticando al gobierno, al igual que lo hizo Mariotto, por ser demasiado moderado; y, una vez más, se intenta azuzar la disputa interna entre un ala dura y un ala blanda en el gobierno.
Episodio 3: a principio de la semana, el canal TN exponía imágenes que presuntamente correspondían a una protesta en Villa Azul. Horas más tarde, los intendentes de Avellaneda y Quilmes, Jorge Ferraresi y Mayra Mendoza, denunciaban que esas imágenes correspondían a protestas en Chile. Tenían razón y el medio tuvo que pedir disculpas; días más tarde varios medios hacen circular un supuesto video de Milagro Sala bailando en una fiesta en plena cuarentena. Todos se indignan. A las horas alguien advierte que se observa un arbolito de navidad en el video. Pues claro, correspondía a la fiesta del año nuevo. Uno de los periodistas que había difundido el video y había obtenido más de 1800 RT hasta este momento, finalmente aclaró que se había equivocado y que el video no correspondía a la cuarentena. Este segundo mensaje no llegó a los 50 RT. 1800 contra 50. El trabajo estaba hecho. “Que la verdad no disminuya tu indignación”, podría ser uno de los nuevos apotegmas del periodismo. Nadie censuró nada y hasta pidieron disculpas. Y sin embargo fueron más los que se enteraron y se quedaron con la mentira que con la verdad.    
Episodio 4: un día después de una marcha libertaria anticuarentena que reunió unas 200 personas en Plaza de Mayo, C5N publica que el economista libertario que se pasea por cuanto canal de TV exista, Javier Milei, cobró ayuda del Estado. En realidad la cobró porque su empleador la pidió pero a nadie le importó. Lo que se intentó mostrar es una doble moral del economista al que diariamente vemos realizar sus performances antiestatistas. Como si no pudiéramos rebatir con argumentos teóricos sus tesis perimidas y los desastres que generó en nuestro país cada intento de aplicar las políticas que Milei defiende. ¿Hacía falta intentar desacreditar su persona tal como muchas veces hace el propio Milei cuando habla de “los políticos”? Alguien dirá que se le ha dado un poco de su propia medicina. Pero la verdad es que es una medicina de mierda. Sigo prefiriendo los debates. Si Milei decide no hablar más que sea porque siente que pierde la batalla discursiva. No por una supuesta mancha en su vida personal, mancha que, además, insisto, en este caso a mí no me parece tal.
Episodio 5: el exministro de justicia de Brasil, Sergio Moro, iba a dar una charla en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Cuando la información circuló, hubo una enorme ola de repudios de personalidades de relevancia y hasta de algún funcionario del gobierno nacional. Finalmente los organizadores decidieron dar de baja el encuentro. ¿Saben cuál es mi opinión de Moro? Que ha sido una de las principales espadas del Lawfare en Latinoamérica, que ha utilizado de manera corrupta su rol en la justicia para atacar políticamente a sus adversarios. Lejos de observarlo como alguien que lucha contra la corrupción lo considero parte de un sistema que atenta contra las democracias del continente. Y sin embargo, creo que debería haber podido dar la charla; creo que merece decir lo que cree; también tienen el derecho quienes lo repudian a repudiarlo en los canales correspondientes pero la cancelación de un evento, esto es, la cancelación de la palabra, no es algo que haya que celebrar. Es muy peligroso que haya un grupo social que se erija en tribunal de quiénes pueden y quiénes no pueden hablar. Si se censurara la palabra de figuras del gobierno nacional porque un sector de la población los considera ladrones, autoritarios o lo que fuera, ¿qué pensaríamos? A mí me indignaría. Lo interesante es que las personas que repudiarían a las figuras del gobierno nacional creen tener razones tan potentes como las que yo tengo para repudiar a Moro. Esto muestra que una vez abierta la puerta de la censura por algunas razones se produce una pendiente resbaladiza que rápidamente lleva a que mucha gente se quede sin voz, máxime en tiempos donde nadie escucha argumentos sino la moralidad de los actos personales de quien los emite. Yo no creo que la libertad de expresión ni ningún derecho sean absolutos. Pero tienen razón los liberales cuando afirman que una vez que se justifica una censura comenzarán a justificarse muchísimas censuras más. 
Último episodio: en los momentos en que escribo estas líneas Donald Trump firma un decreto para garantizar la libertad de expresión en Twitter. Esto se relaciona con que la red del pajarito ha blanqueado la existencia de editores capaces de censurar o calificar noticias. En nombre de la lucha contra las fake news, Trump entiende, y entiende bien por cierto, que Twitter aplica un sesgo ideológico en esas ediciones porque solo se censuran y se califican mensajes de algunas cuentas y no de otras; solo se llama la atención sobre opiniones, denuncias falsas, agravios personales e incitación al odio si refiere a personas o grupos que pertenecen a la agenda de la corrección política de Twitter. En cambio, si usted tiene una opinión, una denuncia falsa o incita al odio y a la persecución personal de grupo o persona que esté fuera de la agenda de protección, tiene plena libertad para decir lo que le dé la gana. En este sentido, Trump afirma: si hay editores, entonces Twitter debe responder legalmente como lo haría cualquier medio tradicional sobre todo lo que se escriba allí. Frente a ello Twitter afirma “nosotros no somos un medio”. Probablemente Trump pierda legalmente la querella pero triunfa en la disputa simbólica que expone que las redes sociales no son un espacio de neutralidad. No solo por los algoritmos y las burbujas que generan sino ahora porque directamente tienen editores con una línea ideológica clara. Lo cual no está ni bien ni mal. O quizás esté muy bien pero entonces habrá que responder. Esto de “atacan como partido político pero se defienden con la libertad de expresión” vale entonces para medios tradicionales como para redes sociales.
Con todos estos episodios quise hablar, entonces, del problema de la libertad de expresión en Argentina y en el mundo. Dejé de lado la cuestión teórica porque los dilemas aparecen sobre casos concretos. Entonces, si declares lo que declares un medio tergiversará lo que vos digas, ¿de qué libertad de expresión me están hablando? ¿De la libertad del medio a hacerte decir lo que no dijiste?  ¿Ustedes en lugar de Mariotto y Brieva seguirían hablando o más bien se autocensurarían para evitar la tergiversación? Si por razones políticas, (porque un error que siempre se repite para el mismo lado no es un error), un canal importa imágenes de disturbios de Chile para generar zozobra en nuestro país o miente sobre la actualidad de Milagro Sala; si una red social te dice que es neutral pero te muestra lo que quiere y te bloquea; si las actividades públicas van a depender de la aprobación de personas o grupos que se sientan ofendidos, ¿en qué sentido podemos creer que nos estamos expresando libremente?
Y fíjense que en ninguno de los casos mencionados intervino un gobierno; es más, en el caso de Trump su intervención es a favor de la libertad de expresión. Es decir, la censura hoy pasa menos por los gobiernos que por las empresas (medios tradicionales y/o gigantes tecnológicos) y se enmarca en un clima cultural en el que en nombre de la protección de presuntos ofendidos, antes que un cambio en el modo de actuar, se promueve la hipocresía de un lenguaje para el ámbito público y un lenguaje distinto para el ámbito privado.
Quienes todavía defienden los medios tradicionales como espacios de libertad son ridiculizados en el día a día; y quienes ingenuamente creyeron que la libertad la iban a encontrar en las redes sociales, empiezan a ver cómo explota su burbuja. No solo porque los que controlan estas redes están decididos a censurar sino también porque buena parte del público que las consume son los primeros que, en nombre de la libertad, harán todo lo posible por cercenarla.