viernes, 17 de abril de 2015

La filosofía de la comunidad organizada (publicada en Revista 23 el 9 y el 16 de abril de 2015)

Este jueves 9 de abril se cumplieron 66 años de aquel mítico discurso de Juan Domingo Perón en el I Congreso Nacional de Filosofía, realizado en Mendoza. Las palabras que el por entonces presidente de la nación incluyera allí, pasarían a la posteridad bajo el título “La Comunidad organizada” y conformarían un texto fundacional del justicialismo el mismo año en que se lograba la reforma constitucional.
Aquel congreso fue especial no solo por el momento histórico en el que se realizó sino por la asistencia de figuras de renombre internacional, entre ellos, Karl Löwith, Nicola Abbagnano, Francisco Miró Quesada, José Vasconcelos y Hans-Georg Gadamer. Por otra parte, si bien no pudieron asistir, Benedetto Croce, Nicolai Hartmann, Karl Jaspers, Gabriel Marcel, Bertrand Russell, Ludwig Klages y Julián Marías fueron algunos de los filósofos, de inmenso prestigio internacional, que participaron enviando ponencias a un Congreso que contaría con el inusual cierre de un Presidente de la Nación.
Sobre el discurso de Perón, que duró casi una hora, se ha hablado bastante, incluso poniendo en tela de juicio que haya sido escrito por él pues si bien el líder justicialista tenía lecturas y una cultura muy por encima de la media de los gobernantes, enfrentar a la elite académica en “su territorio” parecía una tarea temeraria. Con todo, a favor de la autoría de Perón está el hecho de la desmedida cantidad de citas, muchas de ellas imprecisas o descontextualizadas, y una cierta afección a la exposición maniquea de algunos tópicos caros a la historia de la filosofía, errores propios de quien no es un experto y acude a ese recurso de forma ad hoc y en función del perfil del auditorio. En orden de aparición, la lista de filósofos citados por Perón, es la siguiente: Demócrito, Parménides, Platón, Sócrates, Anaximandro, Protágoras, Santo Tomás, Spinoza, Descartes, Voltaire, Leibniz, Empédocles, Hobbes, Aristóteles, Spencer, Humboldt, Hegel, D´Alembert, Antístenes, Kant, Fichte, Berkeley, Bergson, Schelling, Heidegger, Kierkegaard, Keyserling, Klages, Vico, Maquiavelo, Grocio, Montesquieu, Rousseau. Y como si esto no alcanzase, Perón también refiere a figuras históricas o referentes de otras disciplinas, a saber: Alejandro Magno, Hesíodo, Victor Hugo, Comte, Darwin, Eurípides y Rabindranath Tagore.       
Asimismo, los estudiosos de la historia de las ideas discuten acerca de cuál pudo haber sido la influencia del filósofo argentino Carlos Astrada en este discurso de Perón. Hay quienes afirman que en El Mito gaucho, publicado por Astrada en 1948 (es decir, antes que virase hacia posiciones marxistas y maoístas tal como se expresa en la segunda edición, allá por 1964), está preanunciada la argumentación que Perón utilizaría para defender su idea de tercera posición. Pero el alto nivel especulativo de aquel texto y la virulenta crítica al cristianismo con ademanes nietzscheanos de Astrada incluso durante su adscripción abierta al peronismo, merece, como mínimo, matizar esa hipótesis más allá de que el sesgo de los invitados al Congreso pudiera dar la pauta de un triunfo de la línea existencialista astradiana en detrimento de los defensores de la tradición tomista.
Yendo específicamente al discurso, las primeras líneas revelan aspectos a tomar en cuenta. Por un lado, vinculado a lo anterior, Perón aclara que no tiene la pretensión de hacer filosofía pura y, por otro lado, hace una analogía con Alejandro Magno (discípulo de Aristóteles) para marcar la relación entre el hombre que toma las decisiones, y la filosofía, relación, por cierto, repleta de antecedentes desde aquel “Siglo de Pericles” hasta nuestros tiempos. Sobre este punto, lo primero que uno recuerda es a Maquiavelo y su relación con los Medici, pero ya Platón en su Carta VII mostraba que la relación entre la filosofía y el poder formal y real, venía de mucho tiempo antes (más allá de que las peripecias por las que tuvo que pasar el discípulo de Sócrates en su viaje a Siracusa a pedido de Dión, demostró los riesgos que se asumen cuando alguien decide hablar con la verdad frente al poderoso).    
Otro elemento a destacar de esas primeras líneas es que Perón observa la necesidad de desarrollar las ideas que sustentan la tercera posición de la doctrina justicialista y que, a decir del General, están incorporadas en la, por aquellos años flamante, Constitución que reemplazaba a aquella de sesgo liberal inspirada en el pensamiento de Alberdi.       
La idea de tercera posición, generalmente desprestigiada y vista como mero pragmatismo y estrategia, tenía en Perón fundamentos claros y aparecía como el intento original de superar la división de un mundo que enfrentaba al capitalismo con el comunismo en una tensión que llegaría hasta 1989. Pero Perón va mucho más allá de la coyuntura de esa primera mitad del siglo para hacer una lectura de los 2500 años de filosofía occidental con varias particularidades y encarando nociones centrales de la filosofía política como las definiciones de Verdad, Hombre, Estado, democracia y lucha de clases, en el marco de una Filosofía de la Historia. Sin embargo, el principal motor para avanzar hacia la tercera posición pareciera ser el de la superación de una serie de tópicos que a lo largo de la historia de la filosofía han aparecido en forma de dilemas, a saber: espíritu o materia, e individuo o comunidad. Tomando este último, según Perón, ha llegado el momento de avanzar en una doctrina que pueda conjugar el individualismo y la mirada comunitaria. En esta línea, por momentos, realiza una lectura hegeliana que se puede observar en varios elementos pues aun sin hablar de una dialéctica que lo comprometería con una mirada de la política como confrontación y tensión, para Perón, al igual que para el autor de la Fenomenología del Espíritu, en los griegos se halla el momento de prevalencia de la comunidad por sobre el individuo, una igualdad abstracta en torno a la comunidad que no da lugar a la individualidad. Sería el momento de lo que Benjamin Constant, allá por 1819 llamaba “libertad de los antiguos”, caracterizada por ser un tipo de libertad como autonomía, es decir, una libertad vinculada a la pertenencia comunitaria y a la decisión mayoritaria en el marco de las asambleas ciudadanas. Con Hegel, Perón dirá que hay que valorar ese costado comunitario de los griegos pero hay que agregarle un espacio para lo individual, y aquí se observa una lectura bastante controvertida de la historia de las ideas porque aquel elemento estrictamente individualista que con Hegel aparece en la modernidad, el presidente argentino se lo atribuye al cristianismo en un pasaje que vale la pena transcribir:
“Una fuerza que clavase en la plaza pública como una lanza de bronce las máximas de que no existe la desigualdad innata entre los seres humanos, que la esclavitud es una institución oprobiosa y que emancipase a la mujer; una fuerza capaz de atribuir al Hombre la posesión de un alma sujeta al cumplimiento de fines específicos superiores a la vida material, estaba llamada a revolucionar la existencia de la humanidad. El cristianismo, que constituyó la primera gran revolución, la primera liberación humana, podría rectificar felizmente las concepciones griegas. Pero esa rectificación se parecía mejor a una aportación”. Podría escribirse un libro entero dando razones para poner en tela de juicio la afirmación de que el cristianismo vino a emancipar a la mujer o a acabar con la esclavitud, pero más interesante es que Perón observa en la mirada cristiana un componente individualista que en general se suele pasar por alto. Dicho de otra manera, le atribuye al cristianismo la “creación” del alma como rasgo central en el proceso de individuación, y poner el acento en un libre albedrío que luego adoptaría rasgos particulares en la modernidad. De esta manera, para Perón, rescatables valores de la Edad Media fueron degradados por los siglos de violencia instituidos durante el renacimiento y la modernidad gracias a la mutación de ese individualismo espiritual que se había forjado siglos atrás. ¿Por qué? Porque la modernidad no trajo consigo la individualidad sino la sustitución de lo espiritual por lo material, vicio que compartirían por igual tanto capitalistas como comunistas y que estaría a la base de los conflictos de las sociedades en las que vivimos. (continuará)          


                                      Segunda parte

En la columna de la semana anterior, en ocasión de cumplirse 66 años del discurso de Perón en el I Congreso Nacional de Filosofía realizado en Mendoza, retomábamos las principales categorías expuestas allí para indagar en las fuentes filosóficas de las que se sirvió el líder del justicialismo para construir el texto que luego sería publicado bajo el título La Comunidad Organizada. Para los que no pudieron leer la revista, se avanzó en el modo en que Perón se servía de dilemas clásicos de la historia de la filosofía como “individuo versus comunidad”, o “lo material versus lo espiritual”, para construir lo que él consideraría la “tercera posición”. Más específicamente, Perón entendía que había que superar la disputa entre comunismo y capitalismo pues, en el primero, la prevalencia de lo colectivo acababa coartando el desarrollo de la libertad individual y, en el segundo, la exacerbación del impulso egoísta llevaba al Hombre a un olvido de su pertenencia colectiva. En este sentido, Perón retoma la idea hegeliana, de inspiración clásica, de pasar del “yo al nosotros” pero advierte que el filósofo alemán cometió el error de deificar al Estado. Frente a ello, Perón afirma hacia el final de su discurso: “Lo que nuestra filosofía intenta establecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos a la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfeccione en el yo”. Vale la pena hacer énfasis en este punto porque algunos incluyen al peronismo en la tradición de las propuestas totalitarias con un Estado ubicuo, o en la línea de los populismos que avanzan sobre las libertades individuales. Sin embargo, el planteo de Perón parece bastante más complejo y tiene como eje central la idea de armonizar. Y justamente, si de armonía se trata, se puede destacar que a diferencia del marxismo clásico, en este discurso, Perón se ocupa específicamente de mostrar que el peronismo no cree en la lucha de clases, pues toda lucha supone violencia e inestabilidad. En este sentido, es interesante, más allá de que muchos podrán decir que el accionar de Perón tendió a una división de la sociedad, señalar algunas diferencias interesantes con el kirchnerismo. Pues “discurso contra discurso”, el kirchnerismo, abrevando en las lecturas que desde la izquierda contemporánea se han hecho de autores marxistas pero también de autores que bien lejos se encontraban de esta tradición, entiende que lo esencial de la política es la disputa y que lejos de una inestabilidad paralizante, la lucha es el motor democrático. Por supuesto que esta lucha no es una lucha existencial si no que se da en el marco de las reglas de la democracia, pero es una disputa al fin. En este punto, parece haber interesantes divergencias entre los actuales herederos de Perón y la mirada del líder, al menos tal como éste la expone en La Comunidad Organizada.
Pero el énfasis en la armonía también aparece como antídoto para el dilema que ya habíamos mencionado en este mismo espacio la semana pasada. Me refiero a la tensión entre lo espiritual y lo material y a la particular interpretación que realiza Perón afirmando que el cristianismo introdujo la dimensión individual que la antigüedad había pasado por alto y fue la modernidad la que hizo, de la individualidad fuertemente espiritual relacionada con Dios, un egoísmo materialista.       
Es más, este materialismo no solo está a la base del capitalismo sino también del comunismo y, por ello, otras de las armonizaciones por las que la tercera posición de Perón aboga, es la de los valores espirituales con el progreso material.
Ahora bien, de conciliar este tipo de aspectos debe ocuparse el gobierno y, para ello, tanto éste como el Estado y el pueblo deben estar organizados. De eso se trata, finalmente, la Comunidad Organizada si bien para profundizar algo más en este punto haya que remitirse a un breve artículo que Perón publicara bajo el seudónimo “Descartes”, en noviembre de 1951, en el diario Democracia. Allí, frente a los que asemejan el peronismo al fascismo, el líder justicialista deja bien en claro que el pueblo debe organizarse independientemente del Estado y del Gobierno y que no hay posibilidad de misión común sin esa organización popular. Las tres patas, entonces, esto es, un gobierno que marca el objetivo, la finalidad, un Estado al servicio de la ejecución de ese plan de Gobierno, y un pueblo organizado, es la condición de posibilidad de consecución del objetivo de  conciliar las tensiones producidas por las polaridades antes mencionadas.
A su vez, se sigue de esto, por supuesto, una mirada del Estado que generaría el escándalo de la perspectiva liberal para la cual éste debe ser prescindente y neutral en lo que respecta a ideales de vida pues se asume que son asuntos a resolver en la esfera de lo privado. Esta perspectiva acerca del rol de lo estatal se evidencia también en el pensamiento del, quizás, principal ideólogo de la Constitución de 1949, Arturo Sampay, que en su libro La crisis del Estado de Derecho liberal burgués, afirma que el  Estado es “un ente de cultura y una estructurante forma de vida, como tal, una realidad social que lo es en la historia y a quien informa un contenido de finalidad. A esta estructura social-histórica la formulan, la soportan y la sustancializan hombres de vida conjunta, que obran y hacen de acuerdo a un sistema ideal conformado por la visión del mundo y de la persona que ellos poseen, consciente o inconscientemente, como una verdad absoluta”. 
De las palabras de Sampay se sigue toda una lectura en clave de teología política que no tenemos el espacio para profundizar aquí pero que fue la base desde la cual se han realizado a lo largo de todo el siglo XX importantes críticas, especialmente desde sectores del pensamiento católico, a la neutralidad liberal. Si volvemos a hacer la comparación con el kirchnerismo, podría decirse que éste acordaría con la necesidad de un Estado comprometido con una determinada cosmovisión del mundo o al menos denunciaría que la neutralidad de los Estados liberales es solo presunta ya que la decisión de ser prescindente supone ya tomar posición e impulsar una determinada concepción del mundo. Donde sí cabría mencionar diferencias es en esa mirada de Sampay, y que por momentos se desliza en Perón, de vincular a Dios, la política y la Verdad con el Estado. En este punto, el kirchnerismo, quizás por ser hijo de otra época, asume valores del republicanismo y del liberalismo político que desvinculan la cuestión de la Verdad (y de Dios) de la política y del Estado especialmente cuando los kirchneristas afirman que la propia es solo una mirada entre otras y que las verdades son relativas.
Para finalizar, La Comunidad Organizada también toma posición respecto al Hombre. En este punto, Perón hace propia la mirada aristotélica tan presente en la tradición tomista a la que el mismo Sampay adscribía. Se trata de la idea de que el Hombre es un zoon politikon, un animal político, esto es, un ser social por naturaleza y que, en tanto tal, no puede realizarse por fuera del colectivo al que pertenece. Aquí, una vez más, el contrapunto con la visión de la modernidad es claro ya que a partir del siglo XVII, más allá de las enormes diferencias entre los autores, el Hombre se transforma en un sujeto que posee un conjunto de derechos independientemente de cualquier pertenencia colectiva en tanto es visto como un individuo cuyo carácter moral y racional se encuentra definido previamente a toda interacción con un otro.
Dejando de lado la discusión acerca de la rigurosidad filosófica en el uso de determinados autores y más allá de interpretaciones, como mínimo, controvertidas de lo que podría denominarse una suerte de Filosofía de la Historia llevada adelante por Perón, lo cierto es que discursos como éstos nos muestran que la política y la filosofía tienen mucho para decirnos y para decirse, y que frente a las ofertas electorales construidas en los set de televisión, existen en la Argentina construcciones políticas con una enorme riqueza de ideas y con pretensión de erigirse en formaciones coherentes con principios claros. Esta columna le dedicó el espacio al justicialismo pero hay otras miradas que abrevan en tradiciones distintas igualmente interesantes. Se trata de tener la predisposición a indagar y a no dejarse llevar por los que todo lo reducen a la superficie del más banal aquí y ahora.   
     
       



sábado, 11 de abril de 2015

Oyentismo (publicado el 10/4/15 en Diario Registrado)

“El papa es el representante de Jesús en la Tierra (SIC). Jesús recibía judíos, prostitutas y delincuentes. ¿Por qué el papa no va a recibir a CFK? El papa puede lavar los pies de presos en la cárcel. Me encanta el programa. Me encanta su columna”, afirmaba la oyente de Radio Mitre casi como una paráfrasis de aquella parodia que Diego Capusotto solía llamar “¿Hasta cuándo?”. El mensaje llegaba al programa de Alfredo Leuco y era leído al aire. Ni el periodista ni los que lo acompañaban en la mesa repararon que la oyente ubicaba a un mismo nivel a prostitutas,  delincuentes y judíos. Lo único que importaba era asociar a CFK con grupos estigmatizados, aun cuando el comentario rebalsara de, como mínimo, antisemitismo.    
“Se recuperó la imagen de Cristina en las encuestas en los últimos meses. (…) Entonces me llamaban canalla. No estoy hablando del kirchnerismo si no de una especie de anti ultrakirchnerismo. Así me decían, que soy un canalla, un hijo de puta, de todo… A mí me causa gracia porque cuando yo digo que cae en las encuestas Cristina, me aplauden. Y cuando digo que se recupera, me repudian. ¿Qué es lo que quieren? ¿Que yo oculte a los lectores, a los oyentes? Y el día de las elecciones se van a dar un golpazo”. Con esta resignación relataba sus pesares el periodista opositor Jorge Fernández Díaz, también, en Radio Mitre, y a partir de estos fragmentos obtenidos en la última semana quisiera hablar de lo que denominaré “oyentismo”.
Dado que por razones de espacio no me remontaré a las transformaciones que produjo la irrupción del oyente en radio, me centraré en la función que cumple hoy, función que va mucho más allá de ser la del representante del hombre común. Más específicamente, hay toda una línea de medios que a través de canales de participación e interacción le han otorgado al que escucha  una doble funcionalidad que el implicado desconoce. Por un lado, el oyente dice lo que el medio piensa e induce pero no puede decir. En otras palabras, si un periodista avanzara en una línea de argumentación similar al del primer fragmento aquí citado, probablemente reciba el repudio de alguno de sus pares y de una buena parte de la opinión pública. En este sentido, se deja de soslayo que todos los argumentos del periodista se dirigen hacia ese punto y que el oyente esté modelado y constituido por los programas que consume. ¿Para qué? Para que resalte que el periodista no cruza ese umbral y sea visto como aquel que, en defensa de la libertad de opinión, presta el micrófono con la única intención de que la ciudadanía se exprese (siempre con indignación, claro). Algo similar sucede cuando determinados programas de TV invitan a figuras polémicas como Luis Barrionuevo o Jorge Asís. Se los invita porque van a decir las barbaridades que el periodista o el medio no se atreven a suscribir públicamente. Pero el efecto es el deseado pues la opinión (bárbara) resulta dicha y se encuentra disponible para todo aquel que consuma ese medio. Eso sí, claro: el periodista y el medio quedan “limpios” pues no fueron ellos los que la vertieron.  
Pero, a su vez, el oyentismo cumple otra función, esto es, la de ubicar en el centro del espectro ideológico al periodista ultra. Dicho de otro modo, los periodistas que han profesado las opiniones más reaccionarias y han avanzado en operaciones burdas y salvajes, de repente, inventan dos polos: el ultrakirchnerismo y el anti ultrakirchnerismo. La operación es bastante simple pues si, nominando, creamos dos polos y somos críticos de ambos, naturalmente nuestra posición pasará a mediar entre ellos. Es decir, nos colocamos mágicamente “en el medio”, en una posición “sensata”, frente a los extremos, pues ser parte de un extremo tiene mala prensa y estar en el medio tiene buena prensa. No importa si desde nuestro lugar de periodistas damos forma diariamente a uno de los extremos; lo que importa es salvar el pellejo y abonar a la construcción de la criatura mientras la denunciamos.          

jueves, 2 de abril de 2015

La oportunidad Malvinas (publicado el 2/4/15 en Veintitrés)

Hay quienes ingenuamente creen que la historia no es revisable ni resignificable. Son los que consideran que cualquier retrospección que erija una nueva mirada sobre lo ocurrido es parte de una manipulación consciente para justificar un presente dado y proyectar un futuro a medida. Se trata de los que hablan de “los hechos” y con ello refieren eufemísticamente a la cristalización de una interpretación privilegiada en un contexto dado como si la historia no estuviera siempre en el marco de una narrativa en la cual lo ocurrido adopta un sendero siempre construido a posteriori.
Son los que hablan de “relato” y hasta de “chauvinismo” cuando aparece una nueva corriente de interpretación que trata de dar cuenta de un episodio enormemente controvertido de nuestra historia reciente, a saber: Malvinas. Dicho en otras palabras, aun cuando muchos quisieran que un piadoso olvido recayera sobre aquella excursión en la que se expuso a una enorme cantidad de jóvenes a las condiciones más demenciales, en estos últimos años viene dándose un giro interpretativo respecto de lo que siempre fue visto como el último “manotazo” de marketing nacionalista de los estertores de una dictadura liderada por un hombre que solía tomar decisiones con alto nivel de alcohol en sangre.       
Pues, efectivamente, el episodio Malvinas siempre quedó “pegado” a la dictadura y eso generó un efecto enormemente dañino ya que los artilugios de los impulsores de la guerra lograron que buena parte de la sociedad confundiera la revalorización de la soberanía y la recuperación de un territorio propio, con intereses inherentes, con exclusividad, a gobiernos dictatoriales. Más específicamente, la tradición del liberalismo conservador de la Argentina aprovechó el favor de la dictadura en dos sentidos pues se separó de los militares genocidas acusándolos de nacionalistas, al tiempo que los utilizó para imponer una política de enajenación de los bienes nacionales en pos de un libre mercado para el que la soberanía y la disputa contra las diversas formas de imperialismo eran solo principios abstractos y pasados de moda. Buen ejemplo de ello fue Bernardo Neustadt quien, en el marco de la privatización de Entel, abría un teléfono para, al exponerlo vacío, “demostrar” que aquellos que decían que allí se jugaba la soberanía estaban apoyándose en ideologías vetustas incapaces de resistir la contrastación empírica. Paradojas del liberalismo vernáculo que, al igual que cualquier ideología, se basa en una serie de construcciones ficcionales y al día de hoy repite su mantra libremercadista como si se tratase de un espacio real y concreto donde los sujetos, en igualdad de condiciones, transan sus bienes según el equilibrio brindado por leyes naturales.
Retomando el inicio, el cambio cultural que significó la última década (independientemente de si este cambio le ha resultado a usted positivo o negativo), permitió separar la reivindicación de  Malvinas de la puesta en escena (que derivó en muertos y torturados para nada virtuales) que la dictadura montó. Algo similar a lo que ocurrió con la Fragata Libertad cuando especialmente las nuevas generaciones entendieron que, en su recuperación, no estaba en juego una reivindicación de “los milicos” sino la mismísima noción de soberanía. Ese mojón mostró que, en este momento de nuestra democracia, se puede pensar que lo militar no está indisolublemente ligado a dictaduras y terrorismo de Estado, y que es posible pensar unas Fuerzas Armadas cercanas al pueblo y dedicadas a la importantísima labor de la Defensa en clave nacional y regional.
De hecho, esta nueva mirada se expresa, por ejemplo, en la Villa La Carbonilla, en la Ciudad de Buenos Aires, donde el Ministerio de Defensa, organizaciones sociales y Madres de Plaza de Mayo trabajan, junto al ejército, en obras de infraestructura que permitan integrar el barrio. Aun con todas las tensiones del caso, el avance ha sido enorme máxime si se hace el ejercicio de pensar cuántas sonrisas cínicas hubiera generado, hace una década, plantear un trabajo mancomunado de este tipo.    
Mientras tanto, el episodio Malvinas puede servir para ir bastante más allá y, por ejemplo, advertir la necesidad de seguir deconstruyendo la compleja red ideológica que atravesó el siglo XX en Argentina y los antecedentes que establecieron las condiciones de posibilidad de una dictadura que, como se indicaba anteriormente, tenía arrebatos de discurso nacionalista articulados con un  plan económico extranjerizante impuesto a sangre y fuego. Asimismo nunca está de más mencionar que el nacionalismo argentino está lejos de ser un corpus monolítico y que una breve historia de sus vaivenes, nos mostraría la existencia de la variante de derecha conservadora surgida como respuesta xenófoba al fenómeno migratorio, la particularidad del “mestizo” nacionalismo peronista, y el nacionalismo de izquierda que, con algunas categorías marxistas, acomodaba sus fundamentos a una realidad vista en términos de una disputa entre centro y periferia.
Tampoco debería dejarse de soslayo la relación entre nacionalismo y territorio, y el modo en que esa relación estuvo vinculada también al origen de los Estados modernos y a la noción de soberanía atada a la potestad sobre un determinado espacio físico. Pues en la Argentina, “el territorio” ha sido parte de interpretaciones y querellas tanto militares como intelectuales y hasta el día de hoy goza de “mala prensa”. En este sentido, pensemos en la tradición que Jauretche llamaría “defensores de la patria chica”, atada a los intereses del puerto y dándole la espalda al resto del país, o al Sarmiento que, horrorizado ante la extensión del “desierto”, llamaba a poblar con los “hijos” de las civilizaciones en las que se encarnaría la socialidad y las virtudes republicanas. Curiosamente, hay allí toda una tradición que valoraba el territorio (o una parte de él) pero que despreciaba a los habitantes originales del mismo, algo que comienza a repensarse especialmente a partir de algunas elaboraciones teóricas surgidas con fuerza en el primer centenario de nuestra independencia. 
En las últimas décadas, a su vez, se viene dando una serie de reivindicaciones que denuncian la violencia con que los Estados modernos han impuesto su ideal de homogeneidad y, especialmente vinculados a las exigencias de los pueblos indígenas, ha surgido la necesidad de problematizar la idea de que a cada Estado le corresponde una única nación, ya que una forma jurídico-administrativa puede albergar, dentro de sí, distintas agrupaciones humanas emparentadas por tradiciones, etnias, valores y religiones diversas. Asimismo, esto también ha dado lugar a una suerte de romanticismo indigenista estrechamente vinculado a la reivindicación territorial muy bien aprovechado por sectores tanto de la ultraizquierda como de la derecha oenegista que, por un lado o por el otro, acusan al Estado de ser el perpetuador de la desigualdad y opresión de los pueblos tanto como el principal impulsor de los intentos de coacción contra la libertad individual.                             
Para finalizar, entonces, el episodio Malvinas debe ser visto como una oportunidad de reflexión sobre toda una serie de elementos caros a nuestra historia y a nuestro presente, elementos contradictorios y controvertidos que permanecen en una zona de litigio y forman parte del inventario doloroso de nuestra historia como país. Las reinterpretaciones y las resignificaciones no son una afrenta ni a las víctimas ni a la supuesta sacralidad de los hechos. Se trata, simplemente, del proceso natural de una sociedad que cambia. 


sábado, 28 de marzo de 2015

Las falacias detrás del caso Nisman (publicado el 26/3/15 en Veintitrés)

De repente, todo el arco de la oposición argentina, espacio que incluye a dirigencia política, intelectuales y periodistas, entre otros, bramó contra la circulación de las fotos del fiscal Nisman en boliches de Palermo rodeado de mujeres que intercambiarían “favores” a cambio de dinero. Estas se sumaron a fotos que demostrarían que el fiscal no solo habría compartido noches de juerga sino días enteros y viajes con, al menos, algunas de estas voluptuosas señoritas. Sabido esto, en privado, mucho varón argentino medio habrá dicho “¡Qué bueno hubiera sido ser Nisman!”, pero lo cierto es que, un mes después del 18F, el encuentro en homenaje al fiscal organizado por Santiago Kovadloff y Nelson Castro, no llegó a convocar a 100 personas. Con todo habría que aclarar algunas cosas: si alguno de los asistentes a aquella multitudinaria movilización convocada por fiscales opositores se sintiera decepcionado por ver al fiscal con antenitas en la cabeza abrazando mujeres que ostentaban tragos y consoladores, habría que advertirle que está siendo preso de una moralina conservadora pues aun un sexualmente desenfrenado fiscal puede desarrollar correctamente su trabajo. El punto, entonces, no son las fotos sino que la denuncia que realizó fue desestimada de una u otra manera por varios jueces, desde Canicoba Corral, hasta Servini de Cubría y Rafecas. En todo caso, lo que sí cabe investigar es el uso que Nisman le daba a los fondos públicos, pues, según publica la Revista Anfibia, su Unidad de Investigación, con 45 empleados, tenía un presupuesto de $31.000.000 solo para el 2015, y, entre otras sorpresas, el sueldo del propio Nisman era de $100.000 (es decir, cobraba más que la Presidenta de la Nación, por ejemplo). Pero además no hay que pasar por alto que, entre esos 45 empleados, estaba su nutricionista personal quien cobraba $28.000 mensuales y Diego Lagomarsino, alguien que se especializaría en sistemas y que venía recibiendo $41.000 mensuales, de los cuales la mitad, según una denuncia del propio Lagomarsino que deberá investigar la justicia, le era transferida al propio Nisman. En la medida en que van saliendo a la luz estos manejos discrecionales que bien valdrían, como mínimo, una investigación por malversación de Fondos Públicos, algunos le dicen al gobierno que debería haber controlado cómo gastaba el dinero Nisman. Nada dicen de la responsabilidad del poder judicial al respecto pero se les debe haber pasado por alto de tanto mover la cintura repitiendo una y otra vez el estribillo de la división de poderes.  
Con todo cabe decir que para no caer en una falacia ad hominem (aquella que determina que alguna característica o conducta execrable de un hombre convierte automáticamente en falso todo lo que ese hombre diga) lo que importa es evaluar la denuncia de Nisman independientemente de su vida privada y de los propios delitos que Nisman podría haber cometido. Pues el fiscal más corrupto y más fiestero puede realizar una denuncia consistente. Dicho de otra manera, de ser corrupto y fiestero no se sigue que la denuncia realizada por este hombre sea inconsistente. Pero, claro está, el pequeño detalle es que la denuncia es inconsistente. 
Es más, está tan “floja de papeles” la temeraria denuncia de Nisman contra la presidenta y funcionarios, que la operación de los principales interesados en que esta denuncia prospere, aquellos que en vez de decir #YoSoyNisman deberían haber dicho #YoSoyAntikirchneristaYMeSubiréACualquierCosaQueAfecteAlKirchnerismoAunPoniendoEnJuegoMiCredibilidad, fueron los primeros en impulsar una falacia que, a falta de nombre técnico, llamaré “falacia de la santificación”. Este tipo de falacia se aplica generalmente cuando sucede una muerte pues por alguna razón abordable desde el terreno mítico-psicológico, resulta que todas las personas que mueren de repente se transforman en buenas; la muerte, entonces, parece cumplir una función purificadora y hasta cuando muere algún reverendo hijo de puta (no estoy diciendo que sea el caso de Nisman, por favor), a lo sumo, el titular del diario dirá “Murió el polémico….”. Desde este punto de vista, la parca es siempre injusta porque se lleva a toda la gente que le hace bien al mundo. Con Nisman, la operación santificadora se agigantó con su muerte dudosa y terminó siendo el sustento de la aberración jurídica y la operación que su denuncia había implicado. El “santo” Nisman era la única garantía de poder sostener en el tiempo una denuncia insólita. Y durante más de un mes, el gobierno fue incapaz de estructurar una posición homogénea respecto de la todavía no esclarecida muerte del fiscal.
Pero no son estas las únicas dos falacias que atravesaron la discusión pública en las últimas semanas. Sin pretensión de ser exhaustivo, digamos que hubo al menos otras dos. Una de ellas es la que llamaré “falacia del dolor”. Este tipo de falacia podría pensarse como aquel razonamiento que se apoya en la idea de que una víctima nunca se equivoca. En este caso se dice que, por su condición de víctima, la exesposa de Nisman (solo en tanto madre de las hijas y no tanto por su condición de “ex”), tendría un acercamiento privilegiado a la verdad de modo tal que si ella dice que fue un asesinato, debe haber sido un asesinato. Frente a ello, recuerde cómo terminó el ejemplo más brutal de este tipo de falacia, esto es, el del “casi” ingeniero Blumberg que, de padre de un chico asesinado, pasó a ser un experto en temas de seguridad por obra, quizás, de alguna extraña revelación punitivista.
Y la segunda falacia, mucho más conocida, y vinculada tanto con la de la santificación como con la del dolor, es la de autoridad. Este tipo de falacia es la contraria de la falacia ad hominem que habíamos visto al principio pues si aquella suponía que todo lo que diga un hombre con características o conductas execrables será falso, la de autoridad afirma que todo lo que provenga de un hombre con características o conductas virtuosas será verdadero. Y resulta claro que esto no es necesariamente así pues aun el hombre más bueno del mundo puede mentir o equivocarse incluso cuando hasta hoy nunca hubiera mentido ni se hubiera equivocado. Aplicado al caso, aun cuando se probara que Nisman hubiera tenido una vida ejemplar y un desempeño laboral incuestionable, sería perfectamente posible que su denuncia careciera de fundamentos.   

Probablemente, en algunos años, algún profesor de Lógica brinde un curso sobre falacias informales en el discurso de los medios de comunicación a partir del caso paradigmático de un fiscal obsesionado por su imagen que, para su suerte, será más recordado por sus fotos indiscretas que por haber sido parte, voluntaria o involuntariamente, de un intento de desestabilización impulsado por una denuncia inconsistente. 

miércoles, 25 de marzo de 2015

Democracias con censura (publicado el 25/3/15 en Diario Registrado)

Con más de 30 años ininterrumpidos de democracia cabe preguntarse: ¿se ha acabado la censura? De no haber sido así ¿quién es objeto de censura y, sobre todo, quién es el sujeto que censura?
Tales interrogantes sería deseable que los respondiesen los periodistas que han construido sobre sí una imagen de garantes de toda libertad de expresión más allá de que, en épocas de gobiernos dictatoriales, la censura ha alcanzado también y a veces especialmente, a artistas, intelectuales y a aquellos que, desde su lugar, osaron desafiar el poder. 
Sin embargo, en la actualidad, debemos viajar a España, por ejemplo, para dar con datos serios acerca de la censura y las presiones que reciben los periodistas en plena vigencia de gobiernos democráticos. Allí, el último informe de la Asociación de Prensa de Madrid, arrojó un número que puede sorprender: el 80% denunció que ha recibido presiones. ¿Pero acaso estas presiones provinieron del poder político? No. Según denunciaron los periodistas consultados, provinieron de las empresas. Esto, desde ya, no es ninguna novedad pues el informe muestra que la tendencia se viene profundizando en los últimos años tanto como los despidos y  la precarización laboral.
Si a esto le sumamos que las formas de la censura son diferentes y que, al decir de Ignacio Ramonet, hoy ya no se censura a través de recortes o limitaciones sino, por el contrario, a través de la sobreabundancia y la repetición de información inútil, caemos en la cuenta de que el afianzamiento de la democracia, tanto en el primer mundo como en la periferia, no acabó con la censura sino que produjo formas más complejas de ocultamiento de la información y, por sobre todo, cambió al sujeto que efectúa la censura. En otras palabras, frente a la lógica clásica del recorte, se erige el exceso de información banal y las agendas sobrecargadas de un puñado de noticias; y frente a aquel esquema en el cual eran los gobiernos quienes presionaban y limitaban las distintas formas de expresión, hoy son las propias empresas privadas, dueñas de los medios de comunicación, las que ejercen ese poder. Esto, desde ya, no quiere decir que no existan intentos de recortar la información a la vieja usanza o que hayan desaparecido por completo las presiones por parte de sectores de la política pero, sin dudas, estamos ante los signos de una nueva época en la que las amenazas a la expresión y los sujetos que impulsan esas amenazas, están cambiando.