viernes, 12 de febrero de 2016

¿A quién le preocupa la grieta? (publicado en Veintitrés el 11/2/16)

Desde hace ya algunos años, en Argentina, venimos hablando de un fenómeno que el periodista Jorge Lanata bautizó “la grieta”. Tal categorización quizás sea uno de los pocos aciertos del devenido multimillonario animador y capocómico aunque, claro, esa “grieta”, como muchas veces hemos dicho, no es en un sentido “nueva” si se la piensa como una fractura social entre los argentinos. Pues hay grieta desde que existe la Argentina e incluso desde mucho antes de que este territorio adopte la organización política y administrativa que hoy presenta. En todo caso, lo que ha habido son momentos donde el contexto político hace más o menos visible esa grieta, algo que coincide, no casualmente, con los tiempos en los que la Argentina tuvo gobiernos populares.
Sin embargo, puede que esta breve introducción esté presa del microclima de aquellos que, de una u otra manera, trabajamos en medios gráficos y audiovisuales y formamos parte de los intensos debates que se dieron en los últimos años. Así, si uno indaga bien, en realidad, la única grieta que en general interesa a los medios de comunicación, y que es verdaderamente novedosa, es la grieta generada al interior de la corporación periodística. En este sentido, más allá de numerosos antecedentes de disputas entre periodistas o modos de ver el periodismo, está claro que, como nunca en la historia, el rol del periodismo está puesto en tela de juicio. Pero ¿a quién perjudica que el periodismo esté “expuesto”? ¿A la sociedad? ¿A la democracia? Nada de eso. Los únicos perjudicados son los periodistas y por ello los que están obsesionados por cerrar la grieta de la corporación son los propios periodistas tanto del establishment liberal/republicano de derecha como los “progres” de izquierda.
En su momento, en esta columna, señalamos al multipautado vocero de Mauricio Macri, Luis Majul, como el abanderado del cierre de la grieta, algo que se observa en su muestra itinerante de periodismo y su recurrente ataque a lo que él considera “periodismo militante”. Su estrategia es bastante simple, algo, por demás, esperable: la grieta se cierra constituyendo un enemigo “exterior”. Solo con ese enemigo exterior, con un “ustedes, los que se quedan afuera”, será posible constituir un “nosotros, los que estamos adentro (del periodismo)”. Eso que debe quedar afuera, es, por supuesto, el “seisieteochismo” y, para lograr ello, el periodista ha exigido al nuevo gobierno que quite el programa del aire y ha dicho públicamente que habría que iniciárseles juicios a sus panelistas. Pero la pobreza argumentativa de Majul es parte de una cosmovisión compartida por gran mayoría de sus colegas y hasta por funcionarios del actual gobierno. A continuación, entonces, quiero repasar algunas de las afirmaciones que surgen de esa particular visión del mundo. La primera: “El periodismo no puede ser militante”. Pues claro, si por militante entendemos acomodar la realidad a los intereses del partido o la facción. ¿Hay alguien que defienda que eso es periodismo? Nadie en su sano juicio. Cuando se habla de “militante” lo que debemos entender es el hecho de que todos hablamos desde una determinada perspectiva. Los hechos existen pero la agenda y la descripción de los mismos están hechas por seres humanos con lenguaje, intereses, objetivos e historias que hacen imposible la neutralidad. Así, quien ejerce el periodismo se enfrenta a una aporía: tiene el desafío de apuntar hacia la neutralidad u objetividad pero, al mismo tiempo, reconocer que éstas son imposibles de alcanzar.
Segunda afirmación: “El periodismo afín al gobierno kirchnerista escracha y hace propaganda”. Varias cuestiones para indicar aquí: ¿por qué acusar o denunciar a alguien (sea político, empresario, periodista o lo que sea) es escrachar si se hace desde determinada línea editorial y es hacer periodismo si se hace desde otra línea editorial? ¿Si Majul denuncia a un político, a un empresario o a un periodista y utiliza archivos hace periodismo y si lo hace 678 (o un medio con línea editorial afín al último gobierno) escracha? Por otra parte: ¿por qué se considera propaganda hablar bien de un gobierno pero no se considera propaganda (opositora) hablar mal de un gobierno? ¿Periodismo es hablar siempre mal de un gobierno? Quien haya inventado tal definición está menospreciando al periodismo porque el periodismo debe ser crítico y ser crítico significa poseer la capacidad de evaluar negativa o positivamente una acción. ¿Se imaginan un crítico de cine que dijera que todas las películas son malas… o que dijera que todas las películas son buenas? ¿Sería un crítico o, más bien, sería un imbécil? ¿Usted seguiría creyendo en él?
Tercera afirmación: “se puede defender al gobierno de turno pero solo desde un canal privado”. ¿Por qué? ¿Si estoy en un canal público y creo que el gobierno de turno hace algo bien no puedo decirlo? ¿La libertad de expresión tiene más límites si aparezco por la pantalla de un canal público? Por otra parte, si defender al gobierno de turno fuera algo solo admisible en un canal privado, ¿eso significa que en un canal privado cualquiera puede hacer cualquier cosa, incluso cosas inadmisibles para un canal público? ¿Nos están diciendo que lo que en el canal público era propaganda en un canal privado se transforma en periodismo? ¿Entonces lo que define al periodismo es el hecho de hacerse a partir del dinero aportado por privados? Extraña definición pues pasa por alto uno de los elementos centrales del derecho a la información. Se trata de un derecho que protege al dueño del medio (de las presiones políticas y de otros dueños de medios); a los periodistas (de las presiones políticas y de las del dueño de su medio); y a los ciudadanos (de las presiones políticas y de la información falsa que pueda verter un medio). Efectivamente, quien consume medios tiene derecho a una información veraz. ¿O acaso, en nombre del periodismo y la libertad de expresión, alguien podría justificar que el dueño de un medio use su dinero para propagar informaciones falsas mientras se justifica afirmando “con mi dinero hago lo que quiero”?     
Cuarta afirmación (oída por última vez de boca de un flamante funcionario a cargo de Medios Públicos) en el contexto de innumerables loas al periodismo como eje indispensable de las democracias liberales como las nuestras: “la grieta le ha hecho mucho mal al periodismo”. La pregunta allí sería: ¿le ha hecho mal al periodismo o a la corporación periodística? ¿Afectar a la corporación periodística es afectar a la democracia? ¿Por qué la democracia debiera aceptar sin más que exista en la sociedad un grupo de elegidos a través de los cuales habla la verdad, la objetividad, la neutralidad y la independencia? ¿Por qué Dios ha privilegiado a aquellos que han elegido esa profesión y nos ha condenado al fanatismo y a la mera opinión a aquellos que elegimos otros caminos? Si lo esencial de las democracias liberales es la asunción de que hay múltiples verdades, ¿por qué la sociedad debería aceptar que hay una sola verdad y que ésta es expresada por el periodismo?
Para finalizar, el fin de la grieta es una necesidad de la propia corporación periodística. Más que un tema político o de diferencias ideológicas con el gobierno de turno es un tema vinculado a la representación de la sociedad civil y a los privilegios sociales que el periodismo construyó autopostulándose como guardián moral e inmaculado de nuestras sociedades incluso por encima del discurso judicial y médico.  

En este sentido, el deseo de cerrar la grieta no se hace en nombre de la pluralidad contra un grupo de fanáticos. Es todo lo contrario. De hecho, obsérvese bien el formato de los programas políticos en la actualidad. ¿Qué buscan? Presentarse como plurales. Sin embargo ser plural no es invitar a tu programa a muchas posiciones irreductibles para que a los gritos se acusen entre sí. Tal puesta en escena, lo único que pretende es posicionar al periodista como un mediador, el justo punto medio entre representantes de una sociedad fanatizada. Si la Argentina se ha transformado en eso que se ve en los programas de TV a los gritos, está claro que tenemos un largo camino por andar en la búsqueda de eliminar el fanatismo. Pero en todo caso, pongamos manos a la obra y démosle la discusión a los fanáticos que se creen capaces de hablar desde un lugar particular en el que, vaya a saber por qué y a diferencia del resto de los mortales, se puede ser independiente, neutral, objetivo y alcanzar la que sería la única Verdad.                     

viernes, 5 de febrero de 2016

Trabajen, usen y consuman todo (publicado el 4/2/16 en Veintitrés)

El trabajo ocupa un lugar central en nuestras vidas. Tener o no tenerlo es central para cualquiera no solo desde la perspectiva obvia de que la gran mayoría de los seres humanos, en un sistema capitalista, debe trabajar para subsistir, sino incluso por razones psicológicas pues entendemos que el trabajo dignifica y que es una parte esencial de nosotros mismos. Es más, podría decirse que, en la era poscapitalista que habitamos, el trabajo determina ubicuamente nuestras actividades hasta transformarnos en “animales productivos” para los que el dormir mismo es una pérdida de tiempo. Este diagnóstico no es novedoso pero lo que sí puede resultar, en parte, más original es la pregunta acerca de si siempre ha sido así.  
En este sentido, no viene mal un poco de historia comparativa. Piénsese, entonces, en el lugar que ocupaba el trabajo para los griegos en el Siglo V y IV AC. ¿Trabajar era sinónimo de dignidad e, incluso, de liberación, como se veía, por ejemplo, en ciertas elaboraciones del siglo XIX? Claramente no. Todo lo contrario. Trabajar era estar a merced de la necesidad y el hombre libre era el que estaba más allá del reino de esa necesidad. Desde esta perspectiva, el ocio no era el equivalente a la holgazanería que tanto se repudia hoy sino la condición natural del hombre libre que podía dedicarse a la búsqueda del placer, volcarse a las intervenciones públicas o, como en el caso del filósofo, erigir una vida en torno a la contemplación de la verdad. Sin dudas, es difícil transpolar esta mirada a los tiempos actuales. ¿Qué cara pondría usted si el novio de la nena, en la primera cena familiar, le indica que se ocupa de “contemplar la verdad”? 
Que en la antigüedad el trabajo fuera visto como aquello que quitaba libertad al Hombre, libertad que le era esencial, suponía detenerse en el ocio porque solo a través de éste era posible trascender el terreno de la necesidad. Sin embargo, el ocio antiguo no es equiparable al ocio en la actualidad pues Aristóteles no aceptaría que el ocio de la contemplación de la verdad sea similar a mirar TV comiendo pochoclo después de dormir 16 horas tras una resaca. No: el ocio antiguo era una actividad también. Solo que era una actividad no vinculada a las “necesidades vitales/físicas” como la de tener que comer. ¿Cómo se llega, entonces, de aquella concepción del trabajo a la actual? Evidentemente, mucho tuvo que pasar pero lo que no se puede soslayar es, según lo indicara Max Weber, el protestantismo y el capitalismo. Y quien mejor describe esto es el filósofo que les presenté hace algunas semanas en esta revista. Me refiero a Byung-Chul Han que, en El aroma del tiempo, lo explica así: “Gracias al calvinismo, el trabajo cobra un sentido económico salvador. Un calvinista se enfrenta a la incertidumbre en relación al hecho de ser elegido o rechazado (…) Solo el éxito en el trabajo se entiende como un signo de haber sido elegido. La preocupación por la salvación lo convierte en un trabajador. (…) Max Weber ve en el espíritu del protestantismo la prefiguración del capitalismo. Se manifiesta como un impulso a la acumulación, que lleva a la constitución del capital. El descanso en casa y el disfrute de la riqueza son reprobables. Solo el afán ininterrumpido de beneficios puede ganarse el favor de Dios”.
Lo curioso es que aun en un mundo secular, sin carga religiosa, la lógica sigue siendo la misma. Es más, en la Argentina al menos, cuando se acumula mucho dinero se suele afirmar “Me salvé” y  cuando se está por hacer un buen negocio se indica “Si me sale esto me salvo”. ¿Hay quienes hayan roto con esta lógica? La respuesta podría llevarnos al marxismo y sin embargo estaríamos equivocados pues incluso podría decirse que esta tradición la profundizó en la medida en que, abrevando en el rol “liberador” que Hegel le asignaba al trabajo en la Dialéctica del Amo y el Esclavo, hizo del Hombre esencialmente un Homo Laborans. Y un hombre que es “su trabajo” o que solo puede realizarse como tal a través del trabajo no es la base desde la cual poner en tela de juicio el sistema. Como diría Byung-Chul Han en su ensayo Psicopolítica: “La izquierda política ha transfigurado el trabajo. No solo lo ha elevado a esencia del hombre, sino que de este modo lo ha mitificado como presunto contraprincipio del capital. A la izquierda política no la escandaliza el trabajo, solo su explotación mediante el capital. De ahí que el programa de todos los partidos de trabajadores sea el trabajo libre y no liberarse del trabajo”.  
El poscapitalismo y una sociedad enteramente orientada al consumo profundizan esta lógica. El tiempo libre de trabajo no tiene una función en sí misma. Es solo descanso necesario para mejor rendimiento en el trabajo y/o espacio para consumo lo cual implica horas hombre en el trabajo para conseguir el dinero necesario para tal consumo. Y en este sentido se da un fenómeno paradójico en el que está incluido el tiempo: consumimos bienes o, más bien, habría que decir, servicios, cuyo goce es cada vez más efímero y a cambio nuestra vida cobra sentido solo en tanto vinculada las 24 hs al trabajo. Para comprender mejor esto remítase a Carlos Fuentes y su breve cuento llamado “El que inventó la pólvora”. Allí, Fuentes, con toda la potencia crítica del realismo mágico, comienza narrando una situación particular: la cucharita con la que revolvía su café se derritió. Lo mismo sucedió con los cuchillos, los tenedores y el resto de las cucharas. El relato construido en primera persona, prosigue, como es natural, con el protagonista yendo a comprar un nuevo juego de cubiertos, los cuales, lamentablemente, corrieron mismo destino a la semana. Claro que esto no le sucedía nada más que al narrador sino a todas las personas a tal punto que las fábricas se comprometieron a multiplicar la producción para garantizar que pudieran suplantarse, cada 24 horas, cada uno de los cubiertos y de esa manera evitar que la civilización volviera a comer con la mano. Esta situación se mantuvo durante 6 meses pero luego le llegó su avatar al cepillo de dientes que se desarticulaba en la boca, y a los zapatos y a los sacos que se deshacían dejando en ridículo a sus dueños. Los autos se destartalaban también pero para ello hubo una solución inmediata del mercado: el auto del futuro que duraba un poco más que los “autos del pasado” y resultaron, claro está, un éxito en las ventas. Lo que empezó a ocurrir es relatado en el cuento de la siguiente manera:  “La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo (…) lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. (…) La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos”.
Sin embargo, el relato no termina allí pues un día, al llegar a su casa, el protagonista observa que sus libros se han convertido en polvo y al mirar por la ventana nota que los edificios se resquebrajaban y se derrumbaban. En ese momento la vida útil de los objetos ya ni siquiera alcanzaba las 24 hs. El relato prosigue: “Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo (…) que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!»”
El cuento termina con el protagonista escondido y en soledad tomando dos ramas para “comenzar todo de nuevo” y volver a encender “por primera vez” el fuego; un protagonista sentado sobre los escombros de una civilización que supo ser próspera y se fagocitó a sí misma por llevar hasta el paroxismo un sistema que le inculcó al Hombre que su esencia era trabajar y, su destino, consumir.


viernes, 29 de enero de 2016

Manual de zoología política (publicado el 28/1/16 en Veintitrés)

La fotografía del perro de Mauricio Macri sentado en el sillón presidencial y la decisión de utilizar animales en los nuevos billetes parece estar comprobando que la discusión pública ha devenido polémica zoológica. Con todo, se trata de elementos de comunicación de la nueva administración que bien valen algunas reflexiones y que se pueden vincular a las nuevas categorías y/o  eufemismos que se están utilizando públicamente desde las usinas de la construcción de imagen del macrismo. Ya sabemos que aquí no hubo devaluación sino “liberación del cepo”; que no hay “ajustes” sino “corrección”; que la utilización de DNU bastante poco republicanos y, en algunos casos, acusados de inconstitucionales, son simplemente “gestos de autoridad”; que todo empleado despedido es ñoqui y que los precios no aumentan sino que “se sinceran”. Sin embargo me interesa hacer énfasis en el sentido de la utilización de los animales pues se ha generado una interesante polémica que ha hecho que muchos editorialistas se ocuparan del tema.
Lo primero que se le viene a uno a la cabeza cuando Macri decide fotografiar a su perro, llamado Balcarce, en el “Sillón de Rivadavia”, son aquellas legendarias palabras de Héctor Magnetto cuando definía al cargo de Presidente de La Nación como un “puesto menor”, lo cual no significaba otra cosa más que decir que los presidentes en la Argentina no son los que tienen el poder. Que esté Macri o que esté su perro, en este sentido, podría significar lo mismo pues ni el perro ni Macri son los que, finalmente, toman las decisiones. Obviamente, desde el PRO, el sentido de fotografiar al perro no era ese y quien lo explica con claridad es quien es hombre de consulta del macrismo desde hacen mucho tiempo atrás. Me refiero a Jaime Durán Barba cuando, en una entrevista brindada al diario La Nación, afirmó “Si ponemos a Balcarce cuando Mauricio es presidente, estamos diciendo "no nos la creemos, no somos dioses. Balcarce viene acá y está perfecto, somos seres humanos comunes". Es el mensaje más profundo de la campaña de Mauricio, (…) [que es] un ser humano común. Tiene un perro, adora a su hija, se lleva bien con su mujer, le gusta bailar, se enoja, se entristece”.
Empezamos a ver entonces una construcción algo más compleja, pues se trata de crear nuevas formas de liderazgos que se alejen de las clásicas, aquellas en las que el líder era una figura completa, coherente, omniabarcadora, infalible y omnicomprensiva. Macri es incapaz de leer de corrido un discurso escrito, tiene muy poca afección al trabajo y pasa buena parte de su tiempo de vacaciones, no ha hecho su fortuna levantando bolsas en el puerto, llegó a ser Presidente estando procesado y con archivos que “lo condenan”… y sin embargo ha logrado obtener el 51% de los votos. Cuesta decir que sea como el común de los argentinos porque el común de los argentinos puede que tenga mayores virtudes que las del presidente pero lo cierto es que ha logrado que una parte de la ciudadanía se identifique, ya no con la figura de “madraza fálica” que todo lo resuelve (“CFK´s style”), sino con la del niño torpe que aprende gobernando. De hecho, hay en buena parte de los votantes casi un voto de conmiseración, un voto bajo el argumento “démosle una oportunidad”, pasión que esos mismos argentinos no profesan cuando el hijo les pide prestado el auto o cuando el técnico del equipo de fútbol favorito decide probar un pibe de las inferiores. Pero el “démosle una oportunidad” solo se puede pensar a partir de la construcción de un Macri como “lo nuevo” y, para construir un Macri como “lo nuevo”, hace falta eliminar la historia. ¿Qué historia? La personal, la de Mauricio, el niño bien hijo de Franco, procesado y defensor a ultranza de las políticas neoliberales de los 90, y la historia en general porque cualquier línea de ruptura o continuidad de Macri y el macrismo con referentes, hechos o lecturas del pasado lo comprometería. A tal punto se intenta construir un Macri como hombre nuevo que, a pesar de tener 4 hijos solo se lo ve con su hija más pequeña. Efectivamente, un hombre nuevo y eternamente joven no puede tener hijos mayores de 30 años como Macri los tiene. Por ello, Macri pasa de repente a tener una sola hija y una mujer joven y linda al lado.
Los más de 100 vetos realizados en la Ciudad de Buenos Aires, la utilización indiscriminada de  DNU y negarse a llamar a extraordinarias no van de la mano del presidente “sensible”, “falible” y “dialogador” que se intenta mostrar pero ese es otro asunto. Lo que hace falta, y en esto los medios de comunicación, con el enorme aporte que hacen a la ruptura de sentidos, son de gran ayuda, es eliminar la historia de modo tal que, paradójicamente, quien llega al poder diciendo que hay que acabar con los relatos fundacionales genera las condiciones de una refundación sobre un pasado que ya no existe. Más allá de que existen otros países en los que aparecen animales en sus billetes (Brasil, Filipinas, Bielorrusia, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Congo, Mongolia e Indonesia), para el nuevo gobierno argentino la decisión de reemplazar a los próceres puede leerse, entonces, en este sentido: la naturaleza no tiene historia. La historia es de los hombres (no de los animales) y en tanto tal no está exenta de conflicto. Elegir a un “prócer” para “ocupar” un billete supone dialogar y tomar posición en la historia y en el presente, algo que el macrismo quiere evitar. Por eso pone una ballena, un yaguareté, un hornero, un cóndor y una taruca en lugar de Roca o Evita.
(Más vale inclinarse por esta interpretación y no por la de aquellos mal pensados que, de la utilización de animalitos, deducen que no hay una apuesta por la naturaleza ni por la deshistorización sino simplemente la advertencia de que en la Argentina hay que prepararse para que rija la ley de la selva en la que, como ya sabemos, siempre ganan los más fuertes).          


viernes, 22 de enero de 2016

¿Y dónde está la conducción? (publicado el 21/1/16 en Veintitrés)

El gobierno de Macri parece tener una estrategia clara: atacar los emblemas y referentes de la “década ganada”. Esto incluye a 678, Víctor Hugo Morales y la programación de Radio Nacional, el CCK, El Instituto Dorrego, la militancia, figuras de la política claramente identificadas con el kirchnerismo como Aníbal Fernández, Máximo Kirchner, Axel Kicillof, Martín Sabbatella y, claro está, la propia expresidenta. A esta última le espera el intento de hacerla pasear por diversos tribunales a partir de la insólita revitalización del “caso Nisman”, un fiscal vinculado a los sectores más oscuros de “la Embajada” y los Servicios de Inteligencia en la Argentina y el extranjero, con cuentas sin declarar fuera del país, acusado de quedarse con dinero de los empleados que él mismo designaba y utilizar dineros públicos para viajar con amantes alrededor del mundo. Más allá de que los sectores del “partido judicial” comenzaron, a partir del 10 de diciembre, a dar todos los pasos para hacer girar (con más deseos que indicios) la causa de la muerte de Nisman hacia un asesinato y que diarios como INFOBAE (¡cómo no nombrarlo si hablamos de “La Embajada”!), Clarín y La Nación, ya se encuentren en campaña de reinstalación para reflotar la denuncia que el fiscal no podía sostener públicamente, quedará para evaluaciones futuras confirmar si fue efectiva la estrategia macrista de pretender esmerilar por vía judicial el caudal político que todavía posee CFK. Mi intuición es que la derecha en la Argentina ya han transitado senderos parecidos en gobiernos como los de Perón y el resultado no ha sido el que ellos esperaban. Con todo, les otorgo el beneficio de la duda.                
Ahora bien, aclarada la estrategia macrista cabría preguntarse cuál es la estrategia de la principal oposición en la Argentina, esto es, el kirchnerismo. Y allí no puedo más que abrir un interrogante pues hay un “silencio de conducción” alarmante. Desde lo personal, es atendible que CFK “se tome un tiempo sabático” pero lo cierto es que ciudadanos de a pie, militantes, intendentes, congresistas y hasta algunos gobernadores aguardan declaraciones o algún llamado para conocer los pasos a seguir. Así, la situación de hoy parece exactamente inversa a la ocurrida en los primeros años del kirchnerismo: allí teníamos una dirigencia política que estaba por delante de “la gente”, orientando. Hoy son autoconvocados inorgánicos de a pie los que llevan adelante una “resistencia pacífica” y que reciben el acompañamiento de algunos dirigentes que en muchos casos tienen buena voluntad pero no son capaces de canalizar ese fervor militante que ya había mostrado ser mucho más inteligente que la militancia orgánica cuando, tras el resultado de la primera vuelta electoral en 2015, entendió que Scioli no era lo mismo que Macri y que un triunfo de este último afectaría enormemente los logros conseguidos.
Como ya escribimos aquí hace algunas semanas, se está ante el riesgo de una balcanización del espacio nacional y popular y, en este sentido, hacen falta dirigentes responsables. Y mientras CFK no da señales sería bueno, no solo para ese espacio, sino para la democracia argentina, un reacomodamiento y una autocrítica que no conlleve a la implosión del movimiento al que algunos dirigentes parecen, voluntaria o involuntariamente, colaborar. Y no me refiero a sectores del peronismo de derecha que, naturalmente, buscarán el afianzamiento de un peronismo no kirchnerista, sino a dirigentes que incluso al día de hoy reconocen la conducción de CFK. Por mencionar un caso, un Guillermo Moreno que, en diciembre, y en 678, defendió a los gritos la intervención del INDEC y ante alguna repregunta o alguna observación certera respondía que poner en tela de juicio los números del organismo era un prejuicio progresista que había que extirpar afiliándose al PJ, no ayuda. ¿Es ser progre darse cuenta que la inflación no puede ser del 8% si las paritarias se cierran al 25%? No. Incluso podríamos plantearlo al revés y decir: “¿por ser peronista tengo que aceptar números que no cierran? Soy peronista, señor. No estúpido”. Pero más allá de los números del INDEC, al kirchnerismo no le hace bien azuzar las tensiones internas entre los sectores peronistas y progresistas. A pesar de eso, algunas semanas atrás, un referente del progresismo como Marcelo Saín cometió el mismo error que el compañero Moreno, solo que “desde el otro lado”. Así, en el marco del escape de los condenados por el triple crimen, el dirigente de Nuevo Encuentro volvió a culpar al sector del peronismo que disputó la interna con Aníbal Fernández y Martín Sabbatella de la “operación” llevada adelante por el grupo Clarín. Saín, quien me merece el mayor de los respetos y es alguien con sólida formación académica, hizo declaraciones temerarias y lanzó acusaciones falsas y delirantes reproduciendo acríticamente uno de los grandes mitos progre: el de “El aparato del PJ”. Efectivamente, ese aparato, más allá de que en las elecciones de los últimos 30 años se ha demostrado que está lejos de ser infalible, es presentado como un monstruo todopoderoso con gente muy mala que determina absolutamente el resultado de la elección. Si gana el PJ, el progre encuentra allí una supuesta corroboración de la efectividad del aparato. Pero si el PJ pierde, el progre no afirma que el aparato es inútil o incapaz sino que “boicoteó” o “fue para atrás” porque “transó” con la oposición y lanzó “fuego amigo”. Así cualquier hecho confirmaría la hipótesis desde la cual se parte y eso, en el ámbito de las ciencias, demostraría que hay algo en la hipótesis que no funciona bien. 
Para concluir, si sectores del peronismo K van a denunciar a “los progre” por haber traicionado una supuesta causa peronista y los sectores progre van a seguir repitiendo la cantinela de “los Barones” malignos que hacen ganar y perder elecciones para dejar a un lado los enormes errores de estrategia electoral que el kircherismo tuvo, en particular, en la provincia de Buenos Aires, el escenario del principal espacio opositor parece condenado a la fragmentación y, en tanto tal, a ser aprovechado por el oficialismo o por los sectores del peronismo de derecha que se mantuvieron afuera del FPV. Scioli es alguien que al menos por el momento es capaz de mantener cierta cohesión en el espacio pero lo esencial es el regreso de CFK, la única dirigente capaz de poder llenar una Plaza de Mayo hoy en día. La ex presidenta tiene la potencia política como para encauzar el espacio pero deberá conducir con mayor amplitud que la que tuvo en los últimos años como para poder lograr que todos, con sus diferencias, “jueguen adentro”. De no ser así, se ganará en pureza pero se perderá la posibilidad, por muchos años, de volver a ser mayoría en Argentina.      

viernes, 15 de enero de 2016

La Argentina de las dos censuras (publicado el 14/1/16 en Veintitrés)

En mi último libro, Quinto poder. El ocaso del periodismo, retomé, entre otras, la noción de “censura democrática” de Ignacio Ramonet. Se trata de una categoría interesante en varios sentidos, pero sobre todo porque muestra que en tiempos democráticos hay una forma de censura que es mucho más sutil que la existente en procesos dictatoriales. La censura democrática no actúa a través de recortes o silenciamientos. No se trata de decirle a un periodista “no escribas contra tal sujeto o tal empresa” ni tampoco quitar una imagen de una película o modificar el estribillo de una canción. Por el contrario, la censura democrática funciona a través de la sobreinformación irrelevante, de una inagotable cantidad de estímulos deshistorizados y presuntamente desideologizados que son consumidos como noticias. Si todo el tiempo se nos brinda información irrelevante es probable que pasemos por alto la información que verdaderamente vale la pena. En este sentido se da una situación paradojal: vivimos en la era de la comunicación, en la era en que a través de una prótesis tecnológica podemos estar al tanto de lo que sucede en cualquier parte del mundo y, sin embargo, nunca hemos vivido tan desinformados. Tenemos todas las noticias pero no tenemos la comprensión ni se nos deja el espacio y el tiempo para ir un paso más allá y examinar la información que está oculta detrás de la sobreinformación. A esta elaboración de Ramonet habría que agregarle que la censura democrática también ha cambiado al sujeto que censura pues antes se trataba, generalmente, de los gobiernos, pero hoy el principal sujeto que censura son las empresas que controlan el comercio periodístico. Este fenómeno que se da en todo el mundo se complementa en la Argentina con nuevas modalidades de la censura tradicional impulsada por administraciones que, directa o indirectamente, llevan adelante campañas de estigmatización y difamación (cuando no de censura directa) amparados en una claque de periodistas independientes que militaron para que Macri sea presidente.
¿De qué manera esta o cualquier administración puede censurar directa o indirectamente? Con el manejo discrecional de la pauta o privilegiando con ella a los más poderosos. El manejo discrecional de la pauta no es potestad de la actual administración. Sucedió lo mismo con el gobierno de Cristina Kirchner, el de Scioli en la Provincia y el de Macri en la Ciudad pero ahora la estrategia del PRO en Nación es mucho más perversa pues en nombre de la supuesta austeridad han quitado la pauta oficial hasta nuevo aviso. Estas circunstancias solo pueden ser soportadas por “los grandes” pues los medios “chicos” dejan automáticamente de pagar sus sueldos y quiebran en meses. La estrategia es inteligente: los medios grandes publicitan dulcemente las acciones del gobierno y hasta tapan sus papelones. A cambio el gobierno finge austeridad (la que no tuvo en la administración del Gobierno de la Ciudad) y, de paso, hace languidecer las “otras voces”.
Otra forma en que el poder político censura a la vieja usanza es presionando a empresarios y a auspiciantes: “Si ponés tal programa al aire no tenés pauta oficial en el resto del canal” o “si auspiciás en tal programa no te dejo auspiciar en este otro o tu empresa va a perder todas las licitaciones que hagas con Nación, Provincia de Buenos Aires y CABA” ¿Les queda claro, entonces, por qué 678 hoy no está al aire y nadie ha garantizado que alguna vez vuelva a estar? ¿Les queda claro por qué Radio Continental decide echar a Víctor Hugo Morales a pesar de que tenía contrato hasta fines de 2016 y va a perder un juicio millonario?             
 La claque hablará de finalización de los contratos o decisiones empresariales pero no explica por qué programas exitosos comercialmente como el del periodista uruguayo y el programa más visto de la TV Pública durante 7 años, hoy no tienen espacio como sí lo tuvieron todas las voces opositoras durante los doce años de gestión kirchnerista y, particularmente, desde que se sancionó la llamada “Ley de Medios”. Fíjese qué paradoja que mientras en 2009 TN denunciaba que “podía desaparecer”, en el primer mes de una administración macrista que modificó la Ley de Medios a través de un DNU, los que se han quedado sin aire han sido las voces más emblemáticas de la oposición a Macri. Esto se da, a su vez, en el marco de una campaña en la que el actual presidente utilizó “ser panelista de 678” como un insulto en el primer debate entre candidatos a presidente de la historia del país, y el funcionario titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, el exAlianza, Hernán Lombardi, imputado el año pasado por lavado de dinero, se pasea por distintos programas afirmando, como lo hizo al diario La Nación, que “los de 678 ganaban cifras que no gana nadie en la Argentina”. Semejante afirmación le valió la aclaración de una de las panelistas de 678 quien indicó que su sueldo es de 27000 al mes, cifra que me consta al igual que me consta que otro panelista de 678 (en este caso yo), cobro algunos miles menos todavía, esto es, menos dinero que lo que recibe un camionero promedio, un motorman o un señalero, y mucho menos que lo que recibe cualquier gerente y el propio Hernán Lombardi.       
Por todo esto, la situación de la libertad de expresión en la Argentina sufre un importante retroceso pues se conjugan los dos tipos de censura: la democrática de la que hablaba Ramonet y de la que son responsables particularmente las corporaciones de medios, y la censura tradicional desde el Estado solo que ésta se realiza a través de mecanismos más sutiles, presiones más o menos indirectas y funcionarios, pagados por el dinero de todos, encargados de difamar e insultar al que, frente a un micrófono, ha decidido expresar, simplemente, que no piensa como ellos.