viernes, 29 de abril de 2016

El enjambre antipolítico (publicado el 28/4/16 en Veintitrés)

En este artículo quisiera abocarme a la relación entre política y redes sociales. Más precisamente, y frente a los que presentan a estas redes como la panacea democrática en la que se puede cumplir la utopía de un ágora mundial: ¿es posible la política en las redes sociales? O en todo caso: ¿qué opción política es capaz de constituirse a partir del tipo de sujeto y las identidades que se instituyen a través de las redes?
La lista de pensadores que han encarado preguntas más o menos similares es extensa pero para no amedrentar mencionaremos solo algunos. Sin embargo, antes cabe preguntarse, casi como “abogado del diablo”: ¿acaso las redes no favorecen las expresiones colectivas a través de la posibilidades de la comunicación directa y su capacidad asociativa? ¿No podríamos, gracias a éstas, avanzar hacia una suerte de democracia directa en la que cualquiera, a través de su computadora, pueda participar y elegir candidatos o apoyar determinadas iniciativas legislativas? Frente a estas optimistas preguntas retóricas aparecen visiones más pesimistas como las del sociólogo polaco Zigmunt Bauman. Para el autor de Modernidad líquida, internet funciona con la lógica del enjambre. ¿Qué significa esto? Que en el mundo digital y en las redes sociales, no se forman “grupos” sino que el modo de asociación entre las personas/perfiles es distinto. En otras palabras, más allá de que los términos “grupo” o “comunidad” tienen un sentido específico dentro de la web, fuera de la misma suponen cosas completamente distintas: la subsunción del individuo a la totalidad; una identidad estable y mínimamente perdurable en el tiempo; y, cuando se trata de grupos o comunidades con fines políticos, una estructura más bien verticalista con liderazgos o conducción. Justamente por esto es que, para Bauman, la lógica del enjambre es diametralmente opuesta: “se juntan, se dispersan y se vuelven a reunir en ocasiones sucesivas, guiados cada vez por temas relevantes diferentes y siempre cambiantes, y atraídos por objetivos o blancos variados y en movimiento” (Bauman, Z., Mundo consumo, Argentina, Paidós, 2010, p. 29).
Efectivamente, como usuarios de redes formamos parte de “grupos” de los más heterogéneos y es posible que un mismo perfil ponga “Me gusta” a “Todos con Cristina Kirchner”; “Amo a Eric Clapton”; “Clases de salsa”; “River campeón del siglo” y “No a la matanza de perros en Colegiales”. Pero donde más se ve la lógica del enjambre es en la agenda del minuto a minuto. Allí, un tema se viraliza y todos los usuarios entienden que tienen algo para decir y, si es posible, para juzgar, máxime si se trata de alguna figura pública. El tema en cuestión o el circunstancial personaje a repudiar permanece como lo más nombrado por unas horas ya que todo el enjambre confluyó detrás de ese episodio pero al día siguiente la veleidad de las redes hace que el foco se ponga en otro tema y en otro circunstancial personaje público a repudiar.         
“Un enjambre no tiene una parte superior ni un centro; lo único que sitúa a algunas de las unidades autopropulsadas de ese enjambre en la posición de “líderes” a seguir durante la duración de un vuelo determinado o de una parte de éste (aunque difícilmente por más tiempo) es la dirección actual del vuelo. Los enjambres no son equipos; no conocen la división del trabajo. Solamente son (a diferencia de los grupos propiamente dichos) la suma de sus partes o, más bien, conglomerados de unidades autopropulsadas (…)  La mejor manera de visualizar un enjambre es imaginándolo como aquellas imágenes de Warhol, copiadas hasta el infinito, sin un original (o con uno del que se deshizo en su momento y que era ya imposible de localizar y recuperar)” (Bauman, Z., Mundo consumo, Argentina, Paidós, 2010, p. 30).
En el enjambre no hay solidaridad, ni vínculos perdurables. Menos aún sentido de pertenencia a una unidad trascendente. Es un viaje casual en el que circunstancialmente tenemos a un compañero de tránsito que no nos acompañará en el enjambre de mañana. Lo único que importa para el enjambre es el número, pues, como dice Bauman, se parte de la idea de que no puede ser que muchos seres humanos/perfiles sean engañados y empujados a participar de una lógica de la que no vale la pena participar. “Estar afuera” es castigado con el desprecio que tiene la red hacia todo aquel o aquello que no esté “actualizado” y participar de cuanto enjambre haya es premiado con seguidores y “Me gusta”.  
 Pero quien también dedica algunas reflexiones a la lógica del enjambre es el filósofo coreano Byung-Chul Han. En particular, este pensador resalta el modo en que se disuelve la frontera de lo público y lo privado, el rol que juega el anonimato al momento de construcción de lo público, el fomento de las respuestas meramente afectivas, el aislamiento y las consecuencias políticas de ello.
Según Han, la comunicación digital elimina toda interioridad en pos de la velocidad con que deben circular los signos. En ese sentido, el hecho de que todo sea imagen “hacia afuera”, hace desaparecer la esfera íntima que tanto se había forjado especialmente a partir del ascenso de la burguesía. Si el mundo burgués inventó los cuartos propios en los que los varones podían avanzar en tareas introspectivas que muchas veces vertían en diarios íntimos, lo que tenemos en la actualidad son jóvenes (de ambos sexos) que se sacan fotos en su cuarto y no tienen necesidad de intimidad sino, justamente, de publicidad, incluso de sus actos más íntimos. Las “necesidades vitales” que en un determinado contexto cultural derivaban en diarios íntimos algunos siglos atrás, sucumben hoy frente a la necesidad, igualmente “vital”, de publicar fotos, videos y contar historias de vida.
Por otra parte, el anonimato o los seudónimos, elementos inherentes a la comunicación digital y a las redes, invalidan cualquier compromiso y, según el autor, atacan el sentido del respeto, clave para cualquier tipo de construcción comunitaria. Esto se ve en lo que aparecía algunos párrafos atrás cuando se hablaba del modo en que el enjambre, de repente, ataca alguna figura pública u opina sobre algún episodio en particular. El nombre “técnico” de esto no podría ser más descriptivo: shitstorm, esto es, “tormenta de mierda”. Introdúzcase en los comentarios de prácticamente cualquier noticia que publique algún portal de noticias o en alguna denuncia de un particular contra una persona pública en cualquier red social y verá la tormenta pero más verá la mierda.  
Lo curioso es que los propios medios son los que fomentan este tipo de exabruptos cloacales cuando desde sus propias páginas promueven que el usuario evalúe las noticias de manera estrictamente afectiva y para observar las consecuencias que esto tiene para la política nada mejor que las palabras del propio Han: “La comunicación digital hace que se erosione fuertemente la comunidad, el nosotros. Destruye el espacio público y agudiza el aislamiento del hombre. Lo que domina la comunicación digital no es el amor al prójimo sino el narcisismo” (…) ¿Qué política, qué democracia sería pensable hoy ante la desaparición de lo público, ante el crecimiento del egoísmo y del narcisismo del hombre? ¿Sería necesaria una smart policy (política inteligente) que condenara a la superfluidad las elecciones y las luchas electorales, el parlamento, las ideologías y las reuniones de los miembros, una democracia digital en la que el botón de me gusta suplantara la papeleta electoral? ¿Para qué son necesarios hoy los partidos, si cada uno es él mismo un partido, si las ideologías, que en un tiempo constituían un horizonte político, se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya solo se representa a sí mismo?” (Han, B. Ch. En el enjambre, Argentina, Herder, 2014, pp. 75 y 94).
Es la perfecta descripción de un enjambre idiota, porque la gran paradoja es que pudiendo contactarse con todo el mundo a la vez el usuario está cada vez más solo, debe acabar con su intimidad, espectacularizar su yo y entender el espacio público como una sumatoria de narcisos que confluyen anónimamente en el objeto de consumo más elegido circunstancialmente.  En vez de discurso y persuasión hay un clic a un mouse que elige entre una serie de opciones como quien se enfrenta a una góndola.
Por todo esto, si la política va a ser algo que haremos con seudónimos, aislados, sin palabras, en una góndola y en el medio de tormentas de mierda, hay buenas razones para preocuparse, razones que no pueden restringirse a exigirle a Facebook que agregue el botón de “No me gusta”.  


sábado, 23 de abril de 2016

El Frente ciudadano (publicado el 21/4/16 en Veintitrés)

El miércoles 13 de abril, frente a una multitud de seguidores, la expresidenta, CFK, brindó un extenso discurso minutos después de haberse presentado ante el juez Bonadío. El último acto público que la tuvo como oradora había sido el 9 de diciembre de 2015, siendo aún presidenta, de manera tal que la expectativa era enorme. El discurso fue transmitido en una cadena nacional de hecho aunque esta vez, por suerte y por el horario, no se superpuso a ninguna novela ni al programa de Majul. Los análisis sobre las palabras de la presidenta han sido de lo más diversos de modo que será difícil ser original pero, en general, se inclinaron hacia cuestiones de formas o estuvieron teñidos de un enorme sesgo de parte de los mismos que imploran y exigen “el fin de la grieta”. Tratando de eludir esos enfoques quisiera restringirme a analizar un aspecto interesante del discurso, aquel en el que la expresidenta llama a constituir un “Frente ciudadano” lo más amplio posible y con una sola clave de entrada: la pregunta ¿estabas mejor antes del 10 de diciembre?
Como requisito frentista es de los menos exigentes que se haya propuesto dado que se supone que cualquiera que respondiera “sí” a tal pregunta estaría dentro y en boca del gran emblema de la politización de la última década parece un cambio. Nadie dice que esto suponga una claudicación. Más bien se trata de interpelar a otros sectores, aquellos que no fueron hasta Comodoro Py a recibirla, votaron a Macri por diversas razones y hoy se encuentran arrepentidos o decepcionados por las medidas que está llevando adelante la nueva administración.
El peronismo, desde sus orígenes, siempre fue frentista, más allá de que luego podríamos discutir conceptual e históricamente la compatibilidad entre el frentismo y la verticalidad de la construcción. Pero en todo caso, lo que llama la atención es la referencia a la idea de “ciudadanía” pues se trata de una categoría más “legalista”, vinculada a una tradición universalista, socialdemócrata, progresista y de liberalismo igualitarista. En este sentido, el concepto de ciudadanía parece reemplazar categorías identitarias muy caras a la tradición peronista como ser la de “trabajador”, “pueblo” o “nación” y alinearse con uno de los pilares de la construcción política kirchnerista: los derechos humanos. En otras palabras, la bandera enarbolada por los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK, dotaron a la perspectiva nacional y popular de un elemento que no estaba presente en el peronismo original y que permitió que en el kirchnerismo confluyeran sectores progresistas que, en algunos casos, hasta son capaces de definirse como antiperonistas. En los últimos años me he interesado por esa identidad kirchnerista dejando de lado la inútil discusión acerca de si esa identidad suponía o no una superación del peronismo. Por ello, quien suela seguir estas publicaciones sabrá que considero que el kirchnerismo tiene una base peronista pero le ha agregado a ello elementos de otras tradiciones más allá de que está claro que en la doctrina social de la iglesia, de la cual abrevó el peronismo, no es posible decir que éstos estuvieran completamente ausentes.
La idea de Frente “ciudadano”, entonces, no es ajena al kirchnerismo aunque sí resulta más extraña al peronismo clásico. De hecho está más cerca de la lógica de “los indignados” europeos que de la tradición “nac and pop” y tiene vasos comunicantes con la idea de “empoderamiento” y de que “cada uno es su propio dirigente” tal como dijo la propia expresidenta en el discurso frente a Comodoro Py. Insisto en que esto no supone ningún juicio de valor sino una descripción que tiene un interés intelectual, más vinculado a la historia de las ideas, y un interés práctico/político vinculado a tratar de desentrañar cuál es el tipo de construcción que CFK pretende para este momento histórico. Pues está claro que los tiempos son otros y, en tanto tal, parece razonable suponer que el tipo de construcción también debiera ser otro. Con todo, hay sectores del kirchnerismo que continúan con recelo ante el “pejotismo” e incluso también hacia algunas formas del peronismo que los sectores progresistas del kirchnerismo igualan al “baronismo” del conurbano o a las presuntas estructuras feudales presentes en algunas provincias. Sin embargo, eso no aparece con tanta nitidez en los discursos ni de Néstor Kirchner ni de CFK. Para ello tómese la recordada frase del expresidente fallecido en 2010: “nos llaman kirchneristas para bajarnos el precio. Nosotros somos peronistas”; y las continuas alusiones de la expresidenta a su pertenencia peronista, a su carácter de militante y a la necesidad de construcciones colectivas. Si bien a priori no es posible afirmar que la exigencia de organizarse colectivamente (lo cual supone, en algún sentido, una renuncia a la perspectiva personal en función del conjunto) se contradiga con las apuestas más individualistas de “empoderamiento” y “ser dirigente de uno mismo”, se pueden encontrar allí, al menos, algunas tensiones en lo que respecta a las tradiciones desde las cuales esas categorías cobran sentido. Tales tensiones no son novedosas ni en sí mismas ni al interior del kirchnerismo pues uno de los aspectos más curiosos de la construcción política que llega a la administración en 2003 es el haber convivido con las tensiones propias de la confluencia de actores cuyas ideologías y experiencias políticas fueron de lo más diversas. Con el kirchnerismo en la presidencia, más allá de cualquier empoderamiento, la conducción lograba que, andando, los melones (y los intereses) se acomodaran solos. Sin “la birome” el escenario es distinto y es atendible que las diferencias se exacerben más allá de que éstas ya habían empezado a aparecer durante la campaña y explican, en buena medida, la derrota electoral.
Con la muerte de Néstor Kirchner y el triunfo en 2011, CFK apostó por un nuevo sujeto político llamado “la juventud”. Ese sujeto “generacional” pero que también suponía la carga ideológica de ser la de los hijos de los ideales de los años 70 que en tanto criados en democracia no veían como posibilidad la resistencia armada, sea por falta de tiempo, sea por impericia, o sea por una campaña de estigmatización como no conocía la historia argentina, no ha podido hegemonizar ni salir ganancioso del último proceso electoral. El pedido de un “Frente ciudadano” no supone  renegar de la apuesta por ese sujeto histórico pero sí parece un llamado a una perspectiva más amplia que no sabemos si es una herramienta electoral o pretende ir más allá pero que, por lo pronto, pretende interpelar, como se indicaba antes, a los que no votaron al FPV pero también a hombres y mujeres de grandes centros urbanos que lo votaron pero no se sienten representados por la militancia más orgánica. Con todo, sea lo que se pretenda que este frente sea, es difícil poder proyectar la forma electoral que podrá adoptar y probablemente no tenga demasiado sentido ponerse a pensar eso en este momento pues ni la propia CFK lo debe tener en mente ya que los estadistas, en política, pueden advertir las tendencias a largo plazo pero en un país como éste la cantidad de imponderables es infinita. 
No creo que sirva mucho pero, mientras esperamos que escampe, tenga a bien recibir estas reflexiones y notas sueltas de quien solo puede plantear algunos interrogantes.               

                 

viernes, 15 de abril de 2016

¿La última carta? (publicada el 14/4/16 en Veintitrés)

Hace un tiempo ya que, desde esta columna, venimos advirtiendo maniobras distractivas dirigidas a la opinión pública y la agudización del proceso a través del cual la moralización de la política se ha naturalizado en las discusiones que solemos ver y escuchar a través de los medios tradicionales y las redes sociales. La apuesta parece ser quién le descubre más empresas truchas al otro, más millones escondidos y más negociados, en una suerte de carrera enloquecida por resolver judicialmente las diferencias políticas. También comentamos hasta el hartazgo que este fenómeno que, en breve, puede derivar en que cuarenta millones de argentinos estemos imputados en algo, no es inocente ni salpica a todos por igual porque regresar a la idea de que la política es corrupta beneficia a los que hacen política sin calzarse el traje de “político” o “partidario”. En otras palabras, con la política desacreditada la política no va a desaparecer sino que la van a seguir haciendo unos señores que, a diferencia de los políticos, no se van a someter a las decisiones de las urnas ni se van a exponer a rendir cuentas frente a la opinión pública.
Pero si nos restringimos a la coyuntura, las últimas semanas han tenido una tensión que pocos preveían. Cuando usted lea esta nota probablemente ya haya declarado CFK en Comodoro Py por la insólita causa de la venta del “dólar futuro”. Digo “probablemente” porque en los momentos en que escribo estas líneas hay un pedido de recusación contra el juez que la cita. Igualmente, más allá de esto, lo cierto es que en pocos días tuvimos el escándalo de los Panamá Papers, la espectacularizada y ansiosa detención de Lázaro Báez y la imputación de CFK por una causa de sospecha de lavado de dinero a partir de la declaración de un muchacho famoso que está preso y una vez dijo una cosa, luego se desdijo, después desdijo lo que ya había negado y ahora nadie sabe del todo qué dijo. Si bien ninguna persona en la Argentina podría afirmar que en el gobierno anterior no hubo casos de corrupción, convengamos que los testigos utilizados por los sectores antikirchneristas, en su mayoría sujetos con prontuarios y condenas varias y graves, no brindan demasiada confianza. Pero hace tiempo que abandonamos, al menos en el terreno de la discusión pública, la búsqueda de la verdad y ni siquiera nos esmeramos en alcanzar atisbos de verosimilitud. Por eso todo vale lo mismo y la veracidad se mide por rating, cantidad de Me Gusta en Facebook o Trending Topics en Twitter. Por suerte, quienes somos parte de esta revista, con nuestras diferencias, tratamos de salir de esa lógica de modo tal que creo más conveniente adentrarnos en la lectura política de esta andanada de denuncias cruzadas pues tampoco hay que olvidar que desde sectores del kirchnerismo se ha denunciado y se ha logrado la imputación de Macri por la aparición de cuentas off shore en Panamá (hasta el momento se encontraron doce empresas del Grupo Macri aunque el actual presidente solo figuraría en algunas de ellas).
Ahora bien, que la oposición denuncie es casi un clásico pero que el oficialismo avance tan salvajemente sobre funcionarios del anterior gobierno y sobre la propia ex presidenta con enorme celeridad, más que independencia y fortaleza, puede mostrar complicidad y debilidad pero, sobre todo, supone un error estratégico. De hecho, debe ser verdad ese rumor que transita hace ya varias semanas y que afirma que hay sectores del macrismo que intentan frenar la citación de CFK. ¿Lo hacen porque negocian impunidad? ¿Lo hacen porque son buena gente? ¿Acaso porque se dieron cuenta que aquello de lo que se la acusa es un delirio? Nada de eso. Lo hacen por razones políticas y creo que ven bien los peligros que esto puede ocasionar para su gobierno. ¿Por qué la citación y el eventual procesamiento de la ex presidenta podrían afectar al actual gobierno? Porque es jugar en un terreno desconocido donde nadie sabe ciertamente cuál será el comportamiento de los actores. No estamos frente a un nuevo 17 de octubre porque la historia nunca es la misma aun cuando parezca retornar; pero tampoco nadie podría afirmar lo contrario. Asimismo: ¿está descartado que haya hechos de violencia si un juez con prontuario decide, al menos circunstancialmente y para deleite de los medios opositores, en un futuro mediato, montar la escena para obtener la foto de una CFK esposada? Lamentablemente no, pues el nivel de conflictividad social está creciendo, la expresidenta es representativa de amplios sectores de la población que ven en esta medida del poder judicial una profunda arbitrariedad y porque desconocemos cómo van a comportarse las fuerzas de seguridad. ¿Usted se imagina qué podría ocurrir si se desata una represión con cientos de miles de personas en la calle? Este tipo de preguntas, algunas retóricas, no deben tomarse como una amenaza aunque quizás sí como una advertencia frente a un gobierno o a sectores del mismo que, o bien por ignorancia o bien por revanchismo, no parecen abonar al diálogo y al reencuentro de los argentinos mientras actúan, como si esto fuera poco, en un contexto de licuación del poder adquisitivo y ataque sistemático a ciertos símbolos y personas representativas del gobierno anterior.
Así, insólitamente, la actual administración, a cuatro meses de haber asumido con un buen porcentaje de votos y una economía con dificultades pero creciendo al 2,1%, parece haberse dirigido, por su propia inoperancia pero también arrastrado por sus odios personales, hacia una situación límite en lo económico, lo social y lo político. Insisto en la inoperancia y el revanchismo porque no acuerdo con aquellos que afirman que el gobierno, maquiavélicamente, está generando su propia crisis para salir de ella a través de un shock.

Pero lo cierto es que no parece haber plan “B” tras el acuerdo con los buitres y se le reza a la “Virgen (liberal) de la Confianza” para que no sobrevengan juicios y que lleguen, por fin, los siempre prometidos inversores. ¿Y si las grandes inversiones no vienen y la lluvia de dólares se transforma en un goteo que viene hacer su renta financiera para luego fugar? Por otra parte, tampoco parece haber plan “B” ni plan alguno en lo que respecta a lo social y a lo político. Todo queda reducido a destrozar, por la vía judicial, al adversario político, al tiempo que al malestar social se le pide paciencia porque “estamos cerquita de bajar la inflación” que siempre sube y a la que se pretende atacar a fuerza de recesión. Más allá de algunas encuestas que darían una baja en la imagen del presidente, encuestas que van y vienen, lo importante es que el gobierno mismo parece haberse ido encerrando y eliminando alternativas frente a una oposición que no le ha puesto palos en la rueda sea por benevolente, transera, necesitada o en proceso de recomposición. No hay gobierno en la historia de la Argentina que haya tenido un campo libre de dificultades porque en casi todos los casos se ha tratado de gobiernos que asumían por la crisis del anterior. Pero para una administración que encontró un país con dificultades aunque mínimamente ordenado, el escenario es de una enorme complejidad y es un escenario en el cual el gobierno se ha metido solito gracias a desmantelar algunas de las conquistas que había prometido no desmantelar y al tipo de soluciones que eligió dar a problemas objetivos que había heredado. Es como si alguien comenzara un juego con un mazo completo de cartas y embroncado rompa alguna de ellas y, con torpeza, pierda otras tantas hasta que le quede una sola. Será difícil jugar así y, sobre todo, hacerlo supondría jugar a todo o nada. Si tomamos en cuenta que a este gobierno le faltan cuarenta y cuatro meses de administración, el riesgo parece demasiado grande como para estar despreocupados.              

lunes, 11 de abril de 2016

Neoliberales papers (publicado el 7/4/16 en Veintitrés)

Los grandes moralistas de la política quedaron boquiabiertos pues mientras machacaban con que la política se divide entre republicanos honestos y deshonestos kirchneristas, aparecieron los “Panamá papers”, una filtración de documentos, aun mayor a la de Wikileaks, donde se pueden encontrar a los titulares de empresas fantasma radicadas en Panamá desde 1977 hasta la fecha. Políticos, empresarios, estrellas del deporte, etc., forman parte de este enorme listado sospechado, como mínimo, de elusión de impuestos. En lo que a Argentina respecta, políticamente hablando, el nombre más importante que allí aparece es, ni más ni menos, que el del flamante presidente de la Nación, Mauricio Macri.
Se trata de una situación profundamente incómoda para el mandatario que, desafiante de los archivos y de la historia personal, insólitamente buscó instalarse a partir de un discurso “honestista”. Naturalmente, el núcleo duro del PRO salió a respaldar al presidente, incluso, la titular de la Oficina Anticorrupción, Laura Alonso, que pertenece al partido gobernante, fue puesta allí por un decreto dado que no cumplía con los requisitos de formación y parece que se dedica a denunciar toda corrupción que no sea la de su propio gobierno. En cambio, todo el arco opositor y hasta la denuncista serial, Elisa Carrió, salió a pedir explicaciones. El hecho promete un largo tiempo de escándalo que seguramente será opacado por alguna maniobra distractiva del siempre solícito Juez Bonadío, probablemente, procesando a la expresidenta por la descabellada causa de la venta de dólar futuro.
Pero lo cierto es que esté el actual gobierno en el banquillo o esté el gobierno anterior, ya hay unos vencedores: los defensores de la antipolítica, los que cada vez que proponemos hablar de política responden con las categorías morales del bien/mal o las jurídicas de inocente/delincuente. Ellos ya ganaron mientras buscan presentar la larga década kirchnerista como un mal sueño, una breve y excepcional interrupción en la administración de los verdaderos dueños del país. Y lo peor es que tienen razón porque el kirchnerismo fue una “anomalía” tal como señala el columnista de esta misma revista Ricardo Forster. En la actualidad, cualquier otra cosa que no fuera kirchnerismo supone un regreso a la normalidad lo cual no quiere decir ni que el kirchnerismo “bajó de Sierra Maestra” ni que estuvo exento de vicios o errores. En otras palabras, desde el 2003 hasta el 2015 los que siempre gobernaron este país desde las sombras ganaron mucha plata pero no pudieron tomar las decisiones impunemente como acostumbraban hacerlo. Muchas veces impusieron sus condiciones porque doblegaron al gobierno pero tuvieron que disputar.
Macri es la normalidad, como diría su vocero, el periodista independiente Luis Majul. Pero Massa también hubiera sido la normalidad y el peronismo pasteurizado que está más preocupado por la gobernabilidad del oficialismo que por su rol opositor también es la normalidad. En este sentido, para el establishment de las corporaciones, ahora da lo mismo cualquiera. Eso es finalmente la tan mentada alternancia: que pueda gobernar cualquiera y de cualquier partido pues ninguno va a venir a alterar el mapa del poder real. Y por eso el grupo Clarín se puede dar el lujo de volver a contar historias de vida con gente que no tiene para comer, anunciar que todo aumenta y que la pobreza subió. No lo hacen solo porque el periodismo que hizo campaña por el fin del kircherismo y a favor de Macri deba reinventarse para ocupar todos los espacios siendo, a la vez, oficialista y opositor, según se lo necesite; lo hacen porque el oficialismo no es enemigo de las corporaciones y la oposición que ellos anhelan, y ayudan a constituir, tampoco.
Al presidente no le soltarán la mano tan rápidamente porque una caída estrepitosa o un aumento rápido de la conflictividad social pondría en jaque una planificación geopolítica y una estrategia regional que fue ideada con detalle bastante más allá de nuestras fronteras. Pero hasta pueden permitirse atacar fuertemente al macrismo porque lo que importa es vincular a toda la política con la corrupción, fracturar ese lazo reconstituido de representación que había generado el kirchnerismo con cierta base del electorado. Pues ustedes saben bien que cuando todos los “políticos son lo mismo” quedan los periodistas como guardianes morales de la república.
Por otra parte la gente no vota contra la corrupción. Podrá hacerlo una parte del electorado y circunstancialmente ante situaciones flagrantes pero el mejor ejemplo es que Macri fue elegido presidente estando procesado y María Eugenia Vidal fue gobernadora cuando algunas semanas antes de la elección tuvo que hacer renunciar a su primer candidato a diputado, Fernando Niembro, por un escándalo de corrupción. Los políticos que hacen de fiscales de la república a duras penas son votados para bancas de diputados y tienen pase libre en los gimnasios de la indignación en los que se han transformado algunos set televisivos. Pero no más que eso. No son votados porque el electorado, además de denuncia, necesita gobernabilidad y políticas públicas. En otras palabras, la gente no es zonza y se da cuenta que no va a tener más o menos laburo o un mejor pasar por el hecho de que descubran los chanchullos del gobierno de turno y pide otra cosa. No necesariamente pide discutir modelos de país. No. Creer eso sería un enorme ejercicio de voluntarismo y quedaría falsado por las últimas elecciones en las que buena parte del electorado creyó que el macrismo no vendría a imponer un nuevo paradigma sino que solo vendría a “mejorar lo que está mal”. Pero el ciudadano medio, evidentemente, entiende que los candidatos de la denuncia fácil no sirven para gobernar aunque cumplen un importante rol testimonial, central en las nuevas telenovelas, esto es, en las narrativas del presunto periodismo de investigación que siempre pone a un periodista con cara de intrépido, una camarita oculta y un presentador que cada semana está revelando aquello que está a punto de sacudir al país y nunca lo sacude.    

Ojalá el Poder Judicial avance en la investigación sobre las empresas del presidente pero aun si se comprobaran hechos ilícitos, ello no debiera obturar la discusión de fondo que no es la discusión acerca de si es moral o legal tener una cuenta off shore. Dicho de otro modo, el modelo que aplica Macri se aplicaría independientemente de la moralidad de su ejecutor aun cuando alguien pudiera decir que la evasión fiscal es parte del modelo. Por ello, si alguien le dice que el ajuste actual es por lo que se habría robado el anterior gobierno o si un próximo gobierno justifica su plan a partir de lo que habría robado Macri, le está mintiendo. Para saber por qué se aplican las políticas que se aplican, los “Panamá papers” son un detalle. Lo que habría que revisar son “otros papeles”. Aquellos conocidos como los “neoliberales papers”.    

martes, 5 de abril de 2016

Carta para amigos con convicciones (4/4/16)

Estimados: me he tomado un tiempo sin postear para poder aclarar algunas ideas y compartirlas  en un tono más intimista que el que suelo tener en las notas. Como pocas veces, y disculpen la abstracción, se nos presenta la pregunta por el sentido. Sí, efectivamente, quienes acompañamos, con mayor o menor fuerza, durante años, un proyecto de país, estamos profundamente conmocionados, sobre todo por el hecho de que apenas a 15 años de la crisis más importante de la historia argentina, la ciudadanía, por la vía democrática, eligió un gobierno que, tal como habíamos advertido en plena campaña, lleva adelante un conjunto de políticas de enorme transferencia de ingresos a los sectores más aventajados. Si el nuevo gobierno llegó por sus aciertos y su protección mediática o por los errores en la gestión y la estrategia electoral del FPV no es el punto de estas líneas más allá de que considero que ha habido un porcentaje de ambas. Pero ese resultado nos duele como nos duele la Argentina, esa Argentina que creíamos haber recuperado con orgullo y que había vuelto a darnos un sentido de pertenencia.
Seguramente por esto es que hoy muchos ciudadanos de a pie ocupan las plazas casi como un ejercicio catártico esperando que resurja una conducción política que aglutine y entusiasme. Obviamente, la gran mayoría espera que esa conducción esté en CFK pero también se exige a esa conducción una construcción distinta, más amplia, pues de lo que se trata, parafraseando al General, es de gobernar con todos porque lamentablemente los “puros” nunca alcanzan a ser mayoría.
Pero enfrente existe un plan sistemático de destrucción de todos los íconos y el legado cultural y simbólico del kirchnerismo. En términos generales lo que se busca es desestimar la política y se la sustituye por la moral en ese viejo truco de discutir algún caso de corrupción (que los hay y los debe haber habido, claro) para no discutir modelos de país y el rol del Estado. Así, cualquier política pública redistributiva y beneficiosa se rebate con el gesto adusto de algún periodista que en su media lengua pueda afirmar “pero se robaron todo”.
Luego, la destrucción se restringió a casos puntuales: fueron contra la militancia demonizando a La Cámpora que habrá cometido infinidad de errores y que hasta puede haber sido premiada con espacios que merecían otros militantes pero no son el diablo encarnado y reúne en su seno a decenas de miles de jóvenes que, equivocados o no, tienen convicciones y creen que pueden transformar la realidad a través de la política; luego (ese “luego” no es estrictamente temporal pues los ataques se dieron al mismo tiempo en muchos casos) atacaron a los periodistas que teníamos una línea editorial afín a la del gobierno kirchnerista siempre bajo el latiguillo de los supuestos sueldos altísimos que cobrábamos. En los últimos meses, hasta Hernán Lombardi, Ministro del actual gobierno llegó a afirmar que los sueldos de 678 eran los más altos del país (por si vale la aclaración mi sueldo en 678 durante 2015 fue de 21.000 pesos por mes); y mientras tanto, claro, se atacó y se ataca sistemáticamente a cada uno de los referentes de la última década como para que ni se les ocurra intentar regresar.  
Pero vos que lees esto quizás estás más preocupado por tu realidad cotidiana. Te dijeron que no te iban a quitar nada de lo que tenías y ya perdiste poder adquisitivo gracias al aumento de la luz, del gas, del agua, del transporte, de la nafta, de los peajes, del colegio, de las prepagas y, sobre todo, de la comida. Para colmo puede que te hayan echado y que encima te hayan acusado de ñoqui a pesar del laburo que vos hacías. No alcanzó con que “kirchnerista” haya devenido un insulto gracias a la operatoria mediática del odio. Ahora también vas a perder tu trabajo y encima te van a decir que te lo merecés. ¿Qué hacer frente a todo esto? No lo sé, y quizás haya que aceptar ese “no saber” como parte de una transición hacia algo que tampoco sabemos qué es. ¿Esto significa parálisis? No, claro. Hay que seguir haciendo lo que cada uno crea hasta que se vuelvan a dar las condiciones para el surgimiento de un espacio (que podrá ser el kirchnerismo o alguna formación nueva que lo incluya). Eso sí, hay que hacerlo con cuidado. En este sentido, no hay que dejar de comunicarse, de vincularse, de contenerse. Sí, no hay que despreciar la contención porque el ataque que se está llevando adelante es total: busca una completa destrucción de las ideas que pudieron forjar un colectivo capaz de sostener un gobierno durante 12 años y busca aniquilar cada una de las subjetividades, aniquilar tu yo. Busca que tengas vergüenza de lo que sos y de lo que has sido; que mires para abajo; que no intervengas en las discusiones como si tuvieras una mácula y como si portaras una letra escarlata. Y buscan apropiarse y disciplinar la palabra en todos los niveles.
Asimismo, si bien nunca creí que los medios de comunicación determinaran completamente la conducta de las audiencias, su influencia es indudable y hoy asistimos a uno de los momentos más tristes en materia de programas políticos. Pues se han espectacularizado a tal punto que periodistas deportivos y hasta de espectáculos se han transformado en los guardianes morales de la república en un formato en el que se repite el hecho de muchas personas con posiciones distintas gritando al mismo tiempo. No me molesta que griten. Lo que me molesta es que nos digan que eso es la política y que lo que pasa allí es representativo de la sociedad.
Por otra parte, el caso de las redes sociales es un fenómeno curioso también pues se lo presenta como la panacea de la democracia y no deja de ser la amplificación de las agendas de los grandes medios. ¿Esto significa que hay que abandonar las redes? No, utilicemos su capacidad asociativa pero sepamos que allí no haremos la revolución ni ganaremos la elección. El formato de las redes desprecia la política porque desprecia la palabra y privilegia las imágenes y lo efímero. Funciona como enjambre: no hay estabilidad; todo vínculo es circunstancial y la única relación que se da allí es entre individuos que ponen su atención en algún objeto de odio, como presagiaba Orwell en 1984. Así Twitter nos da cada hora la señal de a quién odiar, sobre qué hay que hablar y, sobre todo, sobre quién hay que opinar. Algún filósofo por allí dice que el soberano hoy es el que fija hacia dónde se dirigen las “tormentas de mierda” que pululan en las redes, esto es, quién determina a quién y sobre qué cosa debe atacar el enjambre. Creo que, en parte, tiene razón.
Disculpándome por la autorreferencialidad, en los años que he tenido un perfil público, especialmente a partir de mi labor en 678, he recibido insultos de candidatos que luego fueron presidentes y agravios de periodistas muy molestos por el simple hecho de que el programa en el que yo participaba hacia un análisis crítico de su labor. Como si esto no alcanzara, a través de las redes, cotidianamente también he recibido insultos y agravios, en la mayoría de los casos provenientes de trolls, esto es, cuentas falsas o usuarios que buscan, de este modo, acallar la voz disidente. En mi caso no lograron que me callara y no creo que lo logren. Sin embargo, últimamente a toda esa carga de animosidad recibida por el simple hecho de pensar distinto al establishment y por decirlo abiertamente se han sumado ataques que, como les decía anteriormente, buscan destruirme a todo nivel, de cara a la sociedad, de cara a mi trabajo, de cara a mis amistades, de cara a mi familia, y sobre todo eso se montó una enorme operación política de desprestigio y una persecución como nunca antes había sufrido. Tales ataques se extendieron a miembros de mi núcleo familiar sin importar que en mi propia familia hay un chico que asiste al colegio primario y que tiene acceso a la redes. Como si esto no alcanzara, recibí amenazas a través de las mismas redes y hasta se publicaron datos personales con el fin de acosarme tanto a mí como a mi familia (pues los datos y las acusaciones también incluían a miembros de mi familia para que ellos mismos sean acosados y escrachados). Nunca he respondido esos agravios ni esas acusaciones a través de las redes porque en todo caso eso debería responderse frente a un juez, si es que así lo requiriera, y sobre todo porque sería contribuir a instalar que lo que sucede en las redes sustituye a la Justicia y a la realidad. Tal contribución sería enormemente perniciosa porque por un momento parecimos haber logrado que mucha gente se diera cuenta que los medios mienten. Sin embargo, hay generaciones enteras que, de buena fe, no creen en los medios tradicionales pero creen en las redes sociales y basta con que alguien (incluso con seudónimo) o un portal de quinta línea, publique alguna noticia, para que se le dé credibilidad y cientos de usuarios comiencen a enjuiciar basándose, claro, en sus prejuicios. Se violan así todas las garantías constitucionales y el Me gusta sustituye a la Justicia.   
Por todo esto es que creo que no solo vienen por el país, por las reservas del BCRA y por los dólares que van a fugar cuando lleguen las siempre prometidas inversiones. Vienen por la destrucción total del trabajo colectivo, del sentido de pertenencia a algo común y de una visión de país. Y vienen, sobre todo, por tu subjetividad; vienen a despersonalizarte, vienen a que te avergüences de lo que sos, a que no puedas salir de tu casa o a que no puedas vincularte con tus amigos ni con los que quieren escucharte a través de las redes. Entonces hay que ser muy cuidadoso y dar los pasos con cautela. No tengo el manual de lo que hay que hacer pero sí sé que hay que seguir dando la pelea por las convicciones sin desprotegerse. Por ello, hagan todo lo que crean que haya que hacer pero cuídense. Rodéense de los que los quieren. Esa es la manera que yo encontré para evitar la angustia que ustedes mismos deben tener. En mi caso particular, y ante la pregunta de qué ando haciendo que muchos me formulan, les cuento que no me interesa participar del show mediático que me invita para que sea funcional a su hipocresía de pluralidad. Puedo hacerlo, no digo que en algún momento entienda que haya que hacerlo y no critico a quienes lo hacen pero hoy, al menos, decido no prestarme. Y también he decidido protegerme interactuando menos en las redes sociales, circunscribiéndome a la publicación de mis notas que son, justamente, los espacios donde creo que puedo decir algo con un desarrollo más o menos razonable. No soy referencia de nadie ni pretendo serlo. Y no es éste un manual acerca de qué hay que hacer. Solo les expuse, con algunas referencias personales, unas reflexiones en las que ojalá puedan sentirse representados. No cesen en lo que crean que se adecua más a sus convicciones. Utilicen la inteligencia y también las intuiciones. Hagan camino al andar estando atentos y aunque no sea importante sepan que más allá de todas las operaciones que puedan realizarme, el acoso sistemático, las persecuciones políticas, las campañas de desprestigio y las formas explícitas e implícitas de la censura, no me voy a callar porque, como ustedes, sé quién soy, tengo una historia y tengo un compromiso. Por todo esto es que pienso que sigue habiendo un sentido y que vale la pena. Por lo que somos y por lo que proyectamos como individuos que también nos sentimos parte de un destino común. Hagamos de la angustia una potencia transformadora sabiendo que los heraldos del odio solo proyectan el odio que se tienen a sí mismos. No se los digo como referente de nada sino como un amigo que los escucha y que les quiere contar lo que siente. Les mando un abrazo grande, sepan que los quiero y recuerden aquellas palabras del filósofo francés Gilles Deleuze cuando decía “No hay lugar para el temor ni para la esperanza: solo cabe buscar nuevas armas”. Dante