miércoles, 6 de octubre de 2021

Morirse de risa contra el poder (publicado el 29/9/21 en www.disidentia.com)

 

El humor es uno de los principales damnificados de la corrección política. No solo hay un nuevo canon de aquello sobre lo que no se puede bromear y que atraviesa libros, cuadros, películas y canciones sino que ciudadanos comunes pueden pagar con la muerte civil por el solo hecho de haber realizado, en algún momento de su vida, un chiste que pueda rastrearse en una red social.

Algunos meses atrás, en este mismo espacio, en una nota titulada “Un mundo sin bromas”, les había hablado de dos novelas fabulosas que podrían usarse para representar el clima de época: La broma de Milan Kundera (1967) y La mancha humana de Philip Roth (2000). En la primera, el escritor checo expone el delirio de la persecución a la que se ve sometido un militante del partido comunista por el simple hecho de reivindicar a Trotski a manera de broma para caerle bien a una señorita. En la segunda, escrita varias décadas después, Roth ya huele el tufillo puritano que irradian las universidades estadounidenses y la persecución que sobrevendría en nombre de las causas nobles, y expone cómo la vida de un profesor acaba destrozándose por un chiste que hace en clase y es interpretado injustamente como racista. En aquella nota, concluí que una buena manera de conocer dónde está el poder es tener presente sobre qué cosas no se puede bromear. Es que el poder, especialmente cuando, en el fondo, es débil, puede aceptar muchas cosas, salvo que se rían de él. Ahora bien, la otra cara de la censura a la broma tiene que ver con la risa que ésta genera. En otras palabras, pueden censurar un chiste y perseguir a quien bromea pero cómo evitar que aquello censurado siga generando sonrisas. Finalmente, de la misma manera que un sujeto puede obedecer pero en su foro íntimo sabe que lo hace por temor o por necesidad, lo que sucede con las censuras, aun cuando se las intente justificar por causas nobles, es que, como también hemos dicho aquí varias veces, acaban produciendo un hiato entre el comportamiento en público y el privado. Así, si desde el Estado impulsan qué hay que pensar, cómo tenemos que hablar, de quiénes tenemos que sentir compasión, qué banderas enarbolar, quién tiene la legitimidad para ofenderse y hasta incluso qué dieta llevar adelante, lo más probable es que ello acabe siendo aceptado por un sector de la población pero habrá otro que lo resistirá, en el mejor de los casos, en público y, en el peor de los casos, si el riesgo es demasiado grande, en privado. Ahora bien, ¿intentarán controlar también de qué nos reímos?

A propósito recordé una nota de noviembre de 2015, en la edición brasileña de Le Monde Diplomatique, firmada por el escritor bielorruso Evgeny Morozov, acerca de la “uberización” del mundo. El eje del artículo pasaba por denunciar el modo en que se complementa la gran crisis de 2008 originada en Wall Street con el proceso de transformación e innovación que avanza a pasos agigantados impulsado desde Silicon Valley. Según Morozov, la crisis financiera originada en Wall Street que terminó en un salvataje a los bancos debilitó al Estado social y supuso recortes de presupuestos que, de una u otra manera, acabaron pagando directa o indirectamente los contribuyentes. El punto es que en paralelo se aceleraba el imperativo económico y cultural de “conectarse a internet o perecer” y Morozov entiende que estos dos fenómenos van de la mano. Con todo, más allá de analizar el punto vista de Morozov, me había llamado la atención el ejemplo que él había utilizado para graficar este escenario:

 

“Como muchas instituciones culturales españolas, un club de stand-up, el Teatreneu, sufría un descenso de público desde que el gobierno, buscando desesperadamente cubrir necesidades de financiamiento, había decidido aumentar el impuesto sobre las ventas de entradas del 8% al 21%. Los administradores del Teatreneu encontraron entonces una solución ingeniosa: asociándose con la agencia de publicidad Cyranos McCann, equiparon el respaldo de cada sillón con tabletas último modelo capaces de analizar las expresiones faciales. Con este nuevo formato, los espectadores pueden entrar gratuitamente pero deben pagar 30 centavos por cada risa reconocida por la tableta, fijando la tarifa máxima en 24 euros (o sea, 80 risas) por espectáculo. Consecuencia, el precio promedio de la entrada aumentó 6 euros. Una aplicación móvil facilita el pago. Además, se puede compartir con los amigos selfies de uno mismo riéndose a carcajadas. El camino de la diversión a lo viral nunca fue tan corto”.

 

La salida que encontró el club de stand-up es extraordinaria y hasta puedo imaginar que se debe haber explotado con una gran estrategia de marketing que rezara “A 30 centavos la risa”, “Su aburrimiento no tiene costo”, o algo por el estilo. Sin embargo, ese ejemplo me hizo pensar que ese mismo dispositivo podría usarse para saber de qué nos estamos riendo. Doy por descontado que esa no fue la intención, pero los dueños del Club y los protagonistas de los espectáculos podrían conocer con precisión qué chiste ha sido más efectivo y de qué se ha reído cada uno: 72,34% de los asistentes de una de las funciones puede haberse reído de ese chiste racista pero solo un 44,78% se rió de un chiste sobre discapacitados. Como experimento podría arrojar resultados dignos de estudio pero cabría pensar cómo actuaría la gente sabiendo que aquello de lo que se ríe podría ser un dato que eventualmente alguien pudiera usar en su contra.

Quizás el próximo paso se inspire en el caso de Ernest Scribbler. Para quienes no conocen la historia, Scribbler era un escritor de chistes que creó el chiste más gracioso del mundo. El chiste era tan pero tan gracioso que mataba de risa a quien lo conociese. El propio Scribbler murió a causa de su chiste. Y tras su muerte se sucedieron las fatalidades: la persona que lo encontró leyó el chiste y murió. Lo mismo sucedió con los policías que investigaban las causas de la muerte. Nadie podía resistirlo y enterados de la potencia letal del chiste, en 1943 el ejército británico se interesó en su capacidad destructora. Si bien algunos altos mandos cometieron el error de leerlo y morir inmediatamente, finalmente se las ingeniaron para trabajar con un grupo de traductores y traducirlo al alemán. El trabajo fue arduo y, por obvias razones, cada traductor se ocupaba de una sola palabra (de hecho se cuenta que uno habría leído dos palabras y pasó varias semanas en el hospital). Lo cierto es que hicieron miles de copias y se las dieron a sus soldados para que las llevaran al frente de batalla durante la segunda guerra mundial. Cuando las bombas arreciaban, los soldados ingleses leían el chiste en alemán y los nazis morían de risa de manera automática. El chiste era tan poderoso que hacía reír más que aquel que habría contado Hitler:

“-¡Mi perro no tiene nariz!

-¿Y cómo huele, mi Führer?

-¡Huele horrible, soldado!”.       

Los alemanes intentaron contraatacar con un chiste propio traducido al inglés que lograron transmitir por la radio llegando a todas los hogares británicos pero nunca logró hacer reír como el chiste de Scribbler.

Este maravilloso sketch de los Monty Phyton termina con el presentador afirmando que la guerra de chistes culminó tras un acuerdo en Ginebra y que la última copia del chiste de Scribbler se enterró en un cementerio de Berkshire en 1950 para que nadie pudiera contarlo jamás. Sobre el mármol, el epitafio reza “Para un chiste desconocido”. 

Es probable que el próximo paso de la policía de la moral puritana sea enterrar los chistes. No se trata de un favor que se le realiza a la humanidad porque, salvo en el sketch de los Monty Phyton, nadie muere de risa por un chiste. Lo que se busca es que nadie más pueda reírse de aquello que incomoda al nuevo canon. Sin embargo, estoy seguro, en algún lugar de la tierra, probablemente en un sótano y tras haber pasado a la clandestinidad, alguien se va a estar riendo de esos chistes que molestan al poder de turno.

Si el precio de la risa es la muerte civil, pasemos al otro mundo por morirnos de risa, ya no del chiste sino de los que también quieren decirnos de qué cosas nos podemos reír.   

 

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Hubo 2019. ¿Hay 2023? (editorial del 25/9/21 en no estoy solo)

 

Finalmente no se rompió. Las razones pueden ir desde la supervivencia política hasta la responsabilidad institucional sin que se trate de opciones excluyentes. Aparentemente en el entorno de Alberto habría habido quienes impulsaban la ruptura definitiva con el kirchnerismo. Nunca sintieron que tenían tan cerca esa posibilidad. A su vez, probablemente también haya habido en el kirchnerismo duro alguien al que se le haya cruzado la posibilidad de romper con un gobierno al que le cuesta representar los principios de lo que fue el kirchnerismo. Pero no sucedió. El albertismo tenía las conexiones con la superestructura y el kirchnerismo tenía los votos aunque esto tampoco es tan lineal. En todo caso convengamos que subsiste el aprendizaje previo a mayo de 2019: yendo separado es imposible ganar y, ahora agregaría, separándose es imposible sostenerse en el gobierno.  

¿Qué señal da el nuevo gabinete? Se puso el acento en si era más o menos peronista, si tenía más o menos mujeres, si era más o menos de derecha y si había favorecido a alguno de los bandos. Algunas de estas discusiones vale la pena darlas (otras no, claro) pero creo que la decisión es más simple y más dramática al mismo tiempo: se buscó experiencia y probada capacidad de gestión para un gobierno que, independientemente de a quién respondieran, tenía ministros que no funcionaban y un enorme déficit de gestión. Es más cómodo sobreideologizar y conspirar acerca de oscuras estrategias políticas pero se trataba, antes que nada, de dar volumen político y poner gente al frente de los ministerios que supiese de qué va el asunto. Ninguno es mago y ninguno podrá hacer algo sin decisión política del ejecutivo pero saben cómo se mueven los resortes del Estado. ¿Por qué no se apostó a esos perfiles desde un inicio? ¿Acaso tenía tiempo la Argentina para ministros que vayan aprendiendo desde la función? Preguntas retóricas. ¿Se reemplazaron a todos los que había que reemplazar? La respuesta es, definitivamente, no. 

CFK mantuvo los propios, se adelantó a darle la aprobación a Manzur públicamente para que no aparezca como impuesto por Alberto, quitó a Biondi y a Cafiero y, sobre todo, marcó la agenda. Dijo, palabras más, palabras menos, el gobierno ajusta o, al menos, no ha hecho todo lo posible para que las mayorías soporten mejor una desgracia como la pandemia. Advirtió que no es consultada y que las reuniones con el presidente surgen por iniciativa de ella. Una chispa que pasara cerca de esa carta y ya sabemos el resultado. Especialmente porque hay un dato (el del FDT obteniendo, en PBA, menos votos que CFK sola en 2017) del cual se puede inferir algo evidente: el kirchnerismo y CFK no saldrán indemnes de un eventual fracaso de Alberto. En este sentido, la expresidenta parece ser consciente de que un posible naufragio del actual gobierno la cargará, y la está cargando, a ella también. Así, el fracaso de la moderación del movimiento nacional popular no derivaría en una salida de radicalización por izquierda del movimiento. Dicho más fácil: del fracaso de Alberto no surgirá un kirchnerismo original y puro capaz de tener los votos para ser gobierno sino, más bien, la fragmentación o, en el mejor de los casos, el retorno a la condición 2016-2018 de “minoría intensa”. A los que no tienen votos podrá no importarles demasiado pero al que los tiene puede que le importe.

¿Es este un gabinete de transición hasta noviembre? Si ponemos el acento en los nuevos ministros, no parecería. Lo que sí podría decirse es que un mal resultado en noviembre sí puede adelantar el recambio de los otros ministros del gabinete que tendrían “el boleto picado”. Pero, los que llegaron, llegaron para quedarse. En todo caso, la pregunta sobre la transición debería trascender a los nuevos ministros y dirigirse a todo el gabinete y al gobierno en sí mismo. ¿Qué sucedería si se repitiese el resultado de las PASO y el gobierno saliese debilitado? ¿Se transformaría en un gobierno de transición? ¿Transición hacia qué? ¿No fue quizás desde el vamos un gobierno de transición hacia algún lugar que nadie sabía bien cuál era? ¿Acaso se creyó que alcanzaba con tener a todos adentro y compararse con el desastre de Macri?      

No es posible responder a esos interrogantes ahora y en todo caso habrá que esperar hasta las elecciones de noviembre para observar si hay una suerte de relanzamiento del gobierno. Perder unas elecciones de medio término es un mal augurio pero el ejemplo de 2009 es un antecedente que podría esgrimirse a favor de la posibilidad de recuperación. En última instancia, de aquí a la elección nos quedará pensar un aspecto que es relevante pero que no va al fondo de la cuestión. Se trata de una discusión importante porque un senador o un diputado más puede ser un dato, pero no deja de ser una discusión meramente cuantitativa. Desde este punto de vista, cuesta saber qué va a pasar. Una parte de la biblioteca diría que el gobierno se puede enfrentar a un golpe mayor y que la gente le dará la espalda impulsada por el voto a ganador y ofendida por la reacción poselección de lo que, considera, son medidas electoralistas. La otra parte de la biblioteca, a su vez, indica que los oficialismos tienen recursos e instrumentos que pueden movilizar votantes, a lo cual se agrega que hay un porcentaje importante, especialmente en PBA, que no fue a votar en las PASO y que no se sabe si fue por apatía, bronca o miedo al virus. Asimismo, algo del efecto “temor al regreso del macrismo” podría hacer que algún voto que se había ido a otras opciones minoritarias regrese al gobierno. Pero qué va a suceder, sinceramente, es difícil de saber. Del mismo modo, o más difícil aún, es saber qué sucederá una vez que el resultado de noviembre esté puesto. ¿Se trata solo de esperar que el rebote de la economía haga lo suyo? ¿El resultado fue solo una cuestión económica? Ahí también CFK dio en la tecla cuando mostró que en 2015 Argentina tenía el sueldo medido en USS más alto de la región y sin embargo se perdió. Esto da la pauta de que la solución no parece estar en la proliferación de IFEs o medidas de neto corte electoralista que son bienvenidas por quienes las necesitan pero que no ofrecen soluciones de fondo. La incógnita es ¿ha entendido el gobierno las razones de la derrota? A juzgar por las declaraciones y las polémicas en la semana acerca de la falta de políticas dirigidas a grandes mayorías, pareciera que no. Y los problemas en la gestión explican algo pero no han sido completamente determinantes.    

Cuando el macrismo estaba más fuerte que nunca y las maniobras de destrucción del adversario político funcionaban de manera aceitada, Alberto Rodríguez Saá, con el peronismo en la oposición, osó decir “Hay 2019” y finalmente hubo 2019. Ahora, la paradoja es que con el peronismo en el gobierno, muchos se están preguntando si habrá 2023.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Match point: el FDT en una serie de Netflix (editorial del 18/9/21 en No estoy solo)

 

El resultado de las elecciones precipitó una crisis al interior de la coalición de gobierno que no detiene su escalada y cuyo desenlace, a estas horas, es una incógnita. Máxime cuando, a diferencia de lo que sucedió en estos casi dos años de administración, la escalada se hace en público a través de cartas, declaraciones, audios privados filtrados, operaciones, publinotas, etc.

Pocos pueden entender cómo el presidente no pidió el domingo a la noche a todos los ministros que pongan su renuncia a disposición como gesto simbólico para darle la libertad de elegir algún fusible y relanzar el gobierno. Sin embargo, es verdad que la decisión posterior y unilateral, de parte de los funcionarios K, de poner la renuncia a disposición del presidente fue una presión fenomenal contra Alberto y lo puso en una situación de la cual no se puede salir nunca bien parado: si no acepta la renuncia de nadie se termina haciendo cargo de haber revalidado a los ministros que no funcionan y de la mala administración de estos dos años; si acepta la renuncia de los ministros que le responden a él, sale debilitado a los ojos de la sociedad y será acusado de títere; si le acepta la renuncia solo a los ministros que responden a CFK se parte la coalición y se debilitan todos. Cuando se rumoreaba una supuesta salida salomónica, se confirmó finalmente el reemplazo de 7 ministros y la obvia salida del vocero. Ya habrá tiempo para analizar casa por caso pero sin duda el ingreso de Domínguez, Aníbal, Filmus y Perczyck supone un salto de calidad y experiencia. Asimismo, Alberto pone a alguien de confianza como Manzur de Jefe de Gabinete, le da el gusto a CFK de sostener a de Pedro y de correr a Cafiero pero, a su vez, a este último le premia la lealtad con una responsabilidad demasiado grande como la de ser Canciller.   

Con todo, el episodio vivido tras las PASO nos lleva a la pregunta acerca de si los movimientos de Alberto corresponden a un tiempista de la política o a un conservador al que el tiempo le pasa por encima. En todo caso la puesta a disposición de las renuncias y la carta posterior de CFK parecen suponer una respuesta a ese interrogante: más que moderación, búsqueda de consensos y rosca ella entendió que lo que había era inacción y encierro en una torre de marfil. Es que el presidente creía que iba a ganar porque se lo decían quienes lo rodeaban, porque suponía que un peronismo unido no podría bajar del 40% en la provincia y porque la polarización iba a hacer que el votante K lo vuelva a votar más por espanto hacia el macrismo que por mérito propio. No era una locura lo que pensaba el presidente. De hecho era lo que pensábamos la mayoría. Sin embargo se equivocó y allí es cuando CFK, intuyo, se da cuenta de que la inacción del presidente, que ya se había observado en sus primeros 99 días de administración, se la está llevando puesta a ella también. Por ello en su carta indica que ella sola había sacado más votos en 2017 que todo el peronismo unido hoy. Esto muestra que la situación es dilemática para CFK también. ¿Qué debe hacer? ¿Permanecer en un gobierno en el que, aparentemente, es solo una espectadora pero cuya incapacidad le pasará factura a ella y al kirchnerismo todo? Y a su vez, si se quisiera evitar eso, ¿cuál sería el costo político de abandonar un gobierno que, en soledad, no tardaría en caer? ¿Alguien cree que el votante K no le pasaría una factura a CFK por semejante decisión con consecuencias institucionales gravísimas? De hecho, hay muchos que ya le están cobrando la decisión de poner a Alberto y/o haberse transformado en una mera comentadora en redes sociales como si el cargo de vicepresidente fuese menor y estuviese a la altura de un ciudadano común.

En este espacio hemos dicho varias veces que CFK ha tomado, a lo largo de los años, malas decisiones en cuanto a la elección de “sus candidatos”. Sin embargo, la decisión de ubicar a Alberto por delante de ella en la fórmula fue, electoralmente hablando, una genialidad que automáticamente sentenció la elección. Efectivamente, aquel 19 de mayo de 2019 en que se anunció la decisión se acabó el macrismo. Sin embargo, alguien podría preguntarse si CFK y los votantes esperaban otra cosa de Alberto y evidentemente debe haber sido así. Pero la realidad, al menos hasta ahora, claro, mostró un gobierno con una enorme dificultad para gestionar, sin identidad y sin un plan; un gobierno que carece de toda épica por la sencilla razón de que no ha demostrado voluntad para disputar contra los poderes fácticos o para avanzar en medidas redistributivas que incomoden a quien tiene que incomodar. Si alguien se pregunta por qué los jóvenes abrazaron en su momento al kirchnerismo y hoy transitan por otros rumbos es porque aquellos jóvenes entendieron que Néstor Kirchner confrontó al poder siendo presidente y expuso que el poder estaba afuera del gobierno. Hoy, claramente, los jóvenes visualizan otra cosa y el gobierno aparece o bien formando parte del poder, siendo incapaz de combatir contra él o, al menos, sin voluntad de hacerlo. En cualquier caso, no parece una motivación muy grande para cualquiera que tenga menos de 25 años.  

Pero no han sido solo los jóvenes sino la ciudadanía en su totalidad la que le ha cobrado todo esto a un gobierno que estuvo más preocupado por sostener la coalición sin que nadie se enoje, que por mantener el contacto con las necesidades de las mayorías.  Es atendible: la coalición se armó de un día para otro para ganarle a Macri pero después había que gobernar y antes que elaborar un plan lo que se hizo fue sostenerse dándole algo a todos los miembros de la coalición. Una sola cosa parecía haberse aprendido: mantener la coalición unida es condición necesaria para ganar las elecciones; partirse es condición suficiente para asegurar la derrota. Entonces, el gobierno que ha hecho de la cuestión de la “inclusión” una bandera, fue inclusivo con los dirigentes pero la sociedad entendió que no fue inclusivo con ella. No por casualidad un discurso antipolítico como el de Milei pegó tan fuerte. La idea de casta política con privilegios completamente ajena al resto de la sociedad quedó expuesta en la obscena foto de Olivos y en el día a día de una mitad de la Argentina que es pobre y trabaja informalmente mientras el gobierno discute si se debe decir “todos”, “todos y todas”, “todas y todos” o “todos, todas y todes”. El presunto gobierno de científicos fue visto por una mayoría de la sociedad como una nueva forma de la tecnocracia. Ya no en forma de CEOS ni egresados del CEMA sino en la forma de ingenieros sociales progresistas para los que la pobreza y la desigualdad son solo palabras clave para un paper. Y esta idea de casta política se acrecienta cada vez más de cara a la sociedad con lo que está sucediendo en estas horas pues el país está siendo rehén de una disputa interna de la dirigencia política.

Dos meses en este país son una enormidad, ¿pero cómo pretende el gobierno recuperar algún voto o motivar a ese importante porcentaje que no fue a votar en provincia de Buenos Aires en este escenario? La realidad, al menos hasta hoy, no es la de la disputa entre twitteros oficialistas ingeniosos y trolls, ni la agenda de Twitter. Ser el mejor gobierno de Twitter o instalar el hashtag de hoy no supone ganar elecciones. ¿Entiende el gobierno que alcanzará con el natural rebote de la economía y con una primavera en la que, ojalá, el virus no vuelva a jodernos la vida? ¿Se contentará abrazado al consuelo de que la pandemia castigó a todos los oficialismos del mundo porque la gente se termina enojando más con los gobiernos que con el virus?

Con el diario del lunes siempre es más fácil pero evidentemente la campaña de vacunación no alcanzó y en algún sentido es correcto que así sea porque es la obligación de éste y de todos los gobiernos resolver los problemas de la gente. Traer una vacuna no es un favor que nos hacen los gobiernos, al menos así lo interpretó una mayoría importante. Además, quizás el hecho de que aun con varios errores, la campaña de vacunación haya funcionado razonablemente bien, hizo que rápidamente la gente pusiera el eje en lo que siempre le importó y que iba un poquito más allá de la estricta supervivencia en términos meramente biológicos.

Es una gran incógnita el futuro de la coalición. ¿Hacia dónde va a ir? ¿Cuál es el diagnóstico que hace de la derrota? ¿Se le va a echar la culpa a los medios que en 2019 no pudieron evitar la paliza electoral que le dio el FDT a un gobierno que tenía los fierros mediáticos, la justicia y el apoyo del establishment económico? ¿Se hará la simplificación de suponer que es un tema de ponerle guita en el bolsillo a la gente de lo cual se sigue que imprimiendo un poco más, transando con los movimientos sociales y dando subsidios se van a obtener los votos de los pobres? ¿Hay que darle más poder a la nueva tecnocracia que considera que los cambios son de arriba hacia abajo? ¿Alberto creerá que el problema es la agenda kirchnerista y que lo que debe hacer es seguir moderándose hasta la desidentificación total y acordar con gobernadores y CGT? ¿Creerá que con eso le va a alcanzar? Si ya tuvo dificultades para avanzar con algunas leyes, ¿cómo será un gobierno del FDT que eventualmente ya ni siquiera tenga quórum propio en el Senado? ¿Se asumirá que el reemplazo de algunos ministros es necesario pero que sin decisión política ningún ministro funcionará bien? A juzgar por los pasos que se vienen dando, algunas respuestas a estos interrogantes podrían darse pero dejemos el periodismo de anticipación para llegar tarde como el Búho de Minerva y así intentar explicar una vez que pase la tormenta.

Con sentido del humor ácido algunos asemejan a Alberto con ese camaleónico personaje de Woody Allen llamado Zelig que adopta la forma de los que tiene al lado y se adecua a todas las circunstancias acomodando su discurso. Pero si de Woody Allen se trata yo elegiría, más que un personaje, el eje de su película Match Point en esa maravillosa metáfora del inicio: la pelota lanzada que pega en el fleje y sale hacia arriba sin que nadie sepa de qué lado va a caer. Ese parece el escenario hoy de la coalición de gobierno. A esta hora la pelota está en el aire. Si no fuera porque detrás hay todo un país, podríamos disfrutarlo como la trama inverosímil (o no tanto) de una serie de Netflix.       

lunes, 13 de septiembre de 2021

La batalla cultural ha muerto (publicado el 31/8/21 en www.disidentia.com)

 

Es común escuchar que la gran disputa de nuestros tiempos es cultural y que está asociada al lenguaje. Efectivamente, bajo el supuesto de que la realidad es construida, o al menos está mediada de una u otra forma por el lenguaje, parece una verdad comúnmente aceptada que el acto de nombrar es político y que la hegemonía de una perspectiva sobre otra se vincula directamente con su capacidad para construir un sentido. La denominada “batalla cultural”, entonces, se reduciría así a una batalla por quién impone ese sentido a las palabras. Naturalmente el debate se puede remontar al Crátilo de Platón y necesariamente tendrá que atravesar por todos los autores que trabajaron la problemática del lenguaje al menos desde el denominado “giro lingüístico” de las primeras décadas del siglo XX. Como ese recorrido es imposible por razones de espacio, me gustaría posarme en algunas de las polémicas actuales para desde allí realizar algunos comentarios.

Un buen punto de partida podría ser el que ofrece el psicoanalista argentino radicado en España, Jorge Alemán, en su último libro llamado Ideología. Cercano a PODEMOS, Alemán es, junto a su amigo, el ya fallecido Ernesto Laclau, uno de los intelectuales que mejor ha trabajado una nueva concepción de “populismo”. Pero en este caso, el libro aborda distintas temáticas entre las que quiero destacar su idea de que los discursos de la derecha no tienen “punto de anclaje”.

Apoyado en los presupuestos del psicoanálisis lacaniano, Alemán indica que los poderes mediáticos y las redes sociales que inundan el debate público de fake news han roto completamente la relación entre el significante y significado. Si bien merecería, de mi parte, alguna precisión técnica, podría decirse que estamos asistiendo a un momento en el que las palabras significan cualquier cosa y se han desvinculado completamente de su significado y su sentido. Por ejemplo, cuando tanto en España como en distintos países del mundo se habla de “Comunismo o libertad”, estaríamos asistiendo a un ejemplo de ruptura del punto de anclaje. En otras palabras, PODEMOS en España, el peronismo en Argentina, o Pedro Castillo en Perú tendrán mayores o menores influencias del pensamiento de izquierda o avanzarán más o menos en pretensiones colectivistas pero no son Stalin ni prometen la revolución del proletariado. Nos pueden gustar o disgustar pero reducirlos a “comunismo” puede ser útil como estrategia electoral pero no ayuda a dar cuenta de la complejidad de los procesos.

En el libro citado, Alemán lo explica en una serie de pasajes que podemos compilar a continuación:

“La ‘batalla por el sentido’ y ‘la batalla cultural’, aunque sigan siendo actividades vigentes, están sostenidas por narraciones que se van erosionando en sus puntos de anclaje. En semejante situación, el problema creciente es que a los representantes del poder neoliberal no les interesa más sostener tal o cual programa de sentido o de cultura, pues su objetivo final no necesita de ello. Su narrativa se inspira en el contrasentido y en la anticultura (…)  Lo propio del capitalismo no es solo generar falsedades sino también abolir en cada sujeto la experiencia de la verdad, al ser difundidas informaciones y datos, supuestamente transparentes, de manera proliferante, para que los sujetos naturalicen la manipulación (…) La función de esos agentes de la derecha extrema es que la verdad desaparezca”.

Alemán observa este fenómeno con particular preocupación porque entiende que la izquierda y los movimientos populares todavía creen que la batalla cultural es una batalla que se da por el sentido y donde se juega la experiencia de la verdad. En otras palabras, ¿cómo dar una batalla por el sentido si a tu adversario el sentido ya no le interesa?

Sin embargo, desde distintas tradiciones políticas, esto es, desde la derecha pero también desde puntos de vista liberales y hasta de una izquierda más clásica, se le hace a la izquierda actual críticas similares a las que Alemán le hace a la derecha. Esas críticas, creo que pueden sintetizarse en dos episodios, uno de ellos, al menos, bastante conocido. Me refiero al denominado “affaire Sokal”.

Para quienes no lo conocen, Alan Sokal es un físico que se propuso exponer el sinsentido del relativismo en la ciencia derivado de algunas de las elaboraciones de los principales referentes de la Escuela de Frankfurt y los posestructuralistas franceses. Para ello, no tuvo mejor idea que enviar un artículo titulado “Transgressing the Boundaries. Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity” a una prestigiosa revista en el que su tesis principal era la de sus adversarios, a saber: la ciencia es una construcción social y lingüística impuesta por la ideología dominante. Sokal esperó que el artículo fuera publicado y luego envió a una segunda revista un artículo en el que contó lo que había hecho. Allí, entonces, reveló que había utilizado conceptos de la matemática y la física cuántica mezclados con citas de filósofos posmodernos reconocidos, para realizar una parodia y exponer la falta de rigurosidad de este tipo de publicaciones y de este tipo de autores a quienes acusa de manejar un lenguaje oscuro y confuso además de ser poco precisos al momento de utilizar conceptos científicos. Este episodio, que lo pueden encontrar en el libro que luego Sokal publicara junto a otro físico llamado Bricmont, en 1997, titulado Imposturas intelectuales, probablemente haya inspirado el segundo episodio, bastante menos conocido, ocurrido en 2018 y al que se lo conoce como “Grievance Studies affaire”.  En este caso, quienes llevaron adelante el fraude fueron Peter Boghossian (profesor de Filosofía de la Universidad de Portland), James Lindsay, (doctor en Matemáticas de la Universidad de Tennessee) y Helen Pluckrose, (editora de la revista Areo). En la línea de Sokal, estos académicos enviaron veinte artículos a prestigiosas revistas de estudios culturales, donde deliberadamente se incluyeron afirmaciones y tesis delirantes que parodiaban las nuevas derivaciones posmodernas asociadas en muchos casos a las políticas identitarias. En uno de esos artículos se podía leer la necesidad de imponer unos juegos olímpicos para personas con sobrepeso; en otro se llamaba a la masturbación anal masculina con dildos como una práctica que llevaría a que los varones fueran menos transfóbicos; en otro se hallaba una conexión entre el pene y el cambio climático y finalmente, en un caso, los autores lograron que una revista feminista les publicara un artículo en el que reescribían un fragmento de Mein Kampf con perspectiva de género sin que los pares que revisaron el artículo lo notaran. Al momento en que los autores revelaron el fraude, cuatro de esos artículos fueron publicados, tres estaban a punto de serlo, siete estaban en proceso de aceptación y apenas seis fueron rechazados.

Estos dos episodios mostrarían que la falta de un punto de anclaje era una crítica que se le venía haciendo a las perspectivas de izquierda desde hace ya algunos años atrás de modo que nos encontramos ante un panorama en el que desde diferentes sectores y desde distintas perspectivas ideológicas se realizan acusaciones cruzadas respecto al modo en que se estarían utilizando las palabras arbitrariamente haciendo del debate público una disputa de significantes completamente desvinculados de la realidad y del significado. En este panorama, parece razonable decir que la batalla cultural ha muerto. 

A propósito, y para concluir, cabe mencionar el modo en que Dante, en La Divina comedia, encara el caso de Nemrod en el marco del relato de la Torre de Babel y de la confusión de las lenguas. Como ustedes recordarán, algunas generaciones después de Noé y su arca, Nemrod desafía a Dios impulsando la construcción de la Torre de Babel. Esa soberbia es castigada por la proliferación de distintas lenguas que acabarán disgregando y enemistando a la comunidad humana. En un libro titulado Curiosidad, el escritor argentino Alberto Manguel lo describe así:

“Nemrod y sus trabajadores y su ambiciosa torre sufrieron la maldición de hablar con un idioma que se había vuelto no solo confuso sino inexistente, incomprensible, aunque sin carecer totalmente de su significado original. El significado (…) no es la maldición de saber que no comunica nada, sino la maldición de saber que lo que comunica será siempre considerado un galimatías. A Nemrod no se lo condena al silencio, sino a transmitir una revelación que jamás será comprendida”.

La metáfora de Nemrod puede ser útil aquí. Porque lo que estamos viviendo no es la maldición del silencio como supo padecer occidente en tiempos oscuros. La peor condena de la actualidad parecería, más bien, aquella vinculada a la incapacidad de comunicarnos. Palabras, frases, significantes que valen todo lo mismo y que significan cualquier cosa. Por derecha, por izquierda, por arriba y por abajo, se estarían construyendo realidades paralelas sin un punto de anclaje en la realidad, haciendo que el diálogo sea solo aparente. De ser así, el mundo que viene será un mundo fragmentado en el que cada ideología e incluso cada persona tengan un lenguaje propio y personal incomprensible para el otro. El mundo que viene, entonces, no será un mundo de silencio. Será un mundo en el que todos hablaremos al mismo tiempo pero donde nadie entenderá qué demonios se nos está queriendo decir. 

      

 

miércoles, 8 de septiembre de 2021

De la vida que queremos a la vida que podemos (editorial del 4/9/21 en No estoy solo)

 

Prejuicios en forma de porros fumados en barrios ricos y pobres, confesiones sobre el comportamiento sexual de los peronistas y polémicas en torno a la seguridad medidas en términos de más o menos diversión. Así se llega a los últimos días de campaña para confirmar la máxima de que sacará más votos quien menos hable.

Sin embargo, todos hablan y asombrosamente el eje parece estar puesto en Javier Milei quien seguramente no alcance los dos dígitos en CABA. Todos están obsesionados con él desde la indignación: la izquierda sale a disputar con él, el FDT sale a discutir con él, JxC oscila entre la crítica y el elogio interesado. Lo cierto es que la izquierda lo hace porque entiende que Milei le disputa el voto joven pero parece difícil imaginar que alguien puede estar indeciso entre la extrema izquierda y la extrema derecha. En el caso del FDT tampoco se entiende bien la obsesión que parece tener más de “indignacionismo bien intencionado” que de estrategia electoral salvo que desde el FDT entiendan que atacarlo es levantarlo para que le saque votos a Vidal. En JxC suponen que elogiándolo podrán sacarle algún voto… Veremos con los resultados en la mano pero lo cierto es que el 60% de los electores de la ciudad elegirá opciones de centro y centro derecha mientras todos los espacios políticos, excepto el de Milei, plantean estrategias electorales en el que quieren captar el voto joven tratándolos como idiotas babeantes cuyo único horizonte de sentido es grabar videos en Tik Tok, gozar sexualmente, escuchar trap y fumar marihuana. Curiosamente, reducir la juventud a esa descripción puede que hable más de los padres que de los hijos. A propósito, alguien escribió en Twitter: “hablan de la cama porque no pueden hablar de la heladera” y en esa lógica podríamos sumar un “hablan de Venezuela porque no pueden hablar de la Argentina que dejaron”, para llegar finalmente a un “hablan del otro porque no pueden hablar de sí mismos”.

Con todo, yendo puntualmente a la elección, aparentemente descontado un resultado abultado en favor del oficialismo o de la oposición, no parece haber razones para suponer que habrá un cambio drástico en la distribución de las bancas. De modo tal que el sentido de la elección está más puesto en la cuestión simbólica y en el posicionamiento de cara al 2023.

Si el gobierno gana por un voto la general (lo cual supone que gane la provincia de Buenos Aires), dirá que es un resultado prácticamente inédito a nivel mundial y que demuestra que la ciudadanía entendió que se va por el camino correcto. Podría decirse que es verdad que la pandemia arrasó con casi todos los oficialismos aunque no parece tan claro que un voto a favor del gobierno pueda leerse como un apoyo sin más al rumbo elegido. Habrá algunos que sí pero también habrá otros que no estén conformes y le den una segunda oportunidad pospandemia como también otros que voten al gobierno por el simple hecho de que lo que está enfrente es peor. A su vez se podría agregar que sería la primera vez desde el 2005 que el peronismo gana una elección de medio término en la provincia. Hacerlo después de una pandemia sería doble mérito. Sin embargo también es verdad que en todas esas elecciones perdidas el peronismo fue dividido.

Del lado de la oposición, incluso si perdiera, se dirá que el oficialismo obtuvo muchísimos menos votos en relación a 2019 y se mostrará al centro del país como la esperanza blanca ilustrada y racional que debe cargar con el trasto clientelar de las provincias del norte y el conurbano. Un clásico. Sin dudas, el gobierno va a sacar menos votos que en 2019 pero hacer esa cuenta es una zoncera que compara peras con manzanas. La comparación debe hacerse con las elecciones de medio término. Es una obviedad pero hay que repetirla.

Ahora bien, si la oposición gana por un voto o hace una muy buena elección cabeza a cabeza en la provincia el horizonte será otro: mientras el gobierno le echa la culpa a la pandemia y empiezan los cambios masivos en el gabinete de ministros que no funcionan, Rodríguez Larreta aparecerá como el gran ganador porque habrá funcionado bien su experimento provincial con Santilli. Entonces si Vidal, quien ha perdido ese ángel llamado “cobertura mediática” que la blindaba, no tiene una merma de votos demasiado fuerte en CABA (esto es, obtener menos de 40% en la general de noviembre, algo altamente improbable), costará arrebatarle a Rodríguez Larreta el cartel de “El candidato” opositor. Será el triunfo de las palomas y el retroceso final de los halcones que ya han retrocedido bastante para acompañar desde atrás. Santilli candidato a gobernador, Vidal candidata para la jefatura de gobierno en CABA y Rodríguez Larreta candidato a presidente. El resto se negocia con una UCR que puede estar algo más fortalecida y ya está: armadito el 2023.

Pero si hablamos de halcones, la esperanza está puesta en el fracaso de la estrategia de Larreta. Es que si Santilli perdiera holgadamente en provincia (digamos, por dos dígitos en la general) y Vidal ganara (algo que todos damos por hecho) pero con una salida muy fuerte de votos hacia López Murphy primero y luego hacia Milei, es de esperar que Macri y el ala dura de JxC saque provecho de esa debilidad para indicar que la “tibieza” del larretismo debe dar lugar al tiempo de los gurkas. En ese escenario el oficialismo se sentirá envalentonado y del otro lado tendremos la oposición más visceral e ideológica en el peor sentido del término.

Si salimos de la burbuja del país centralista, la elección más interesante parece la de Santa Fe. Hay encuestas que lo dan a Rossi por encima de la lista de Perotti. ¿Pueden imaginarlo? El exministro, que se jugó una patriada contra el presidente, la vice y el gobernador, ganando la interna en una lista que a su vez lleva como candidata a la vicegobernadora. Crisis en puerta. Si los medios no fueran tan porteñocéntricos tendríamos una cobertura más jugosa de la que vamos a tener.

Algo parecido se da en Tucumán donde la lista del gobernador compite contra la lista del vicegobernador. Otra crisis en puerta. La enumeración podría continuar porque cada distrito tiene su atmósfera pero en este resumen parece estar lo central.

Para finalizar, prestemos atención al ausentismo y al voto en blanco que puede ser importante aunque no se sabrá finalmente si el fenómeno obedece a la pandemia, a un hartazgo frente a las dos grandes coaliciones o a un poco de ambas cosas. Quedará para más adelante preguntarse si tienen sentido unas elecciones PASO cuya lógica tuvo las mejores intenciones al momento de impulsarse pero que, en la práctica, parece exponer al país a una enorme erogación de recursos y a una parálisis de casi seis meses a cambio de una competencia que, salvo excepciones, ya la han resuelto los líderes de los espacios o, en todo caso, podría resolverse, como se hacía antes, al interior de cada partido o coalición. Pero Argentina no puede perder seis meses cada dos años en un proceso eleccionario que es larguísimo y desgastante para todos: expóngase incluso al más politizado a quince días de propaganda partidaria en los medios y lo que saldrá de allí es la antipolítica más furiosa. 

Entre la decepción de muchos votantes oficialistas por un gobierno que no estuvo a la altura de los años kirchneristas, una oposición cuyo fracaso es demasiado fresco y las distintas alternativas que en general parecen ser cuentapropistas de la política, es difícil imaginar que se vote con una esperanza distinta a una bastante elemental y que, en parte, no depende de nadie: el fin del virus. Una vez desplazada la amenaza de la muerte, algo que por suerte ya se está viviendo, volverán los problemas de siempre. Ojalá la gente vote por la vida que queremos. Me temo, en cambio, que la gente, a duras penas, irá a votar por la vida que podemos.