sábado, 12 de octubre de 2019

Tocar a un pobre (editorial del 12/10/19 en No estoy solo)


Tocar a un pobre
Dante Augusto Palma

La señora una vez tocó un pobre aunque pobres eran los de antes. Estos se tiñen el pelo. Tienen celular. El candidato a vicepresidente de la fórmula que vota la señora pide dinamitar la villa. Es que el drone mostró la cola para comprar falopa. En Netflix no se consigue. Heisenberg era paraguayo y peruano. Además vive en una villa argentina. A Pablo Escobar le gusta esto.
El candidato a gobernador bonaerense por parte de la oposición describe una situación. Explica que en contextos de pauperización de la vida el narcotráfico tiene más posibilidades de prosperar. Si se retira el Estado, se nos amplía el campo de batalla de la vida cotidiana. Alguien me ofrece vender y vendo. Es una changa. A nadie le importa si soy pobre o la pobreza; importa sacarle algún voto al candidato y la derecha que pide dinamitar y toca pobres buenos como los de antes, lo corre por izquierda.
Se piden documentos por portación de cara. Un clásico y una sobreactuación para fidelizar el voto duro de derecha. La respuesta de la progresía no es moderada ni razonable sino otra sobreactuación. La policía tiene las manos sueltas por una decisión política y eso hace crecer la violencia institucional. Pero en una sociedad de la vigilancia donde vertemos voluntariamente datos personales más importantes que nuestro DNI, hay que indignarse igualmente. Los pobres son buenos. Los agentes de la policía son malos. ¿Pero los agentes de policía son en su mayoría pobres? Sí, pero antes son policías. Entonces son malos. ¿Pero ese chico tiene antecedentes y pedido de captura? Sí, pero si es pobre es bueno. No sé si vamos a volver mejores pero seguro que vamos a volver bien progres.
La derecha estigmatiza. La progresía romantiza. En el medio siguen los pobres. Que hable un pobre entonces porque la representación ahora es especular. Funciona como espejo. Nadie de afuera de un grupo puede hablar de ese grupo. Siglo XXI, siglo de los grupos ofendidos. “Que hable el pobre. ¿Ya habló? Que opinen los panelistas. -Acá lo que hay que hacer…; -Nos quedamos sin tiempo. Gracias. Vamos rápidamente al próximo informe”.
Pobreza cero. FMI 4. Goleada de visitante. La conductora de TV sugiere frenar la reproducción de los pobres. Control de natalidad para pobres. Hay pobres que no se tocan pero se leen en la universidad. Esos son los mejores pobres porque huelen a libro y vienen traducidos del francés. Yo toqué un pobre pero tampoco puede ser que se sigan reproduciendo. Propongamos soluciones para estos pobres. Soluciones universitarias de clases medias y altas para pobres. “-Piquete y carerola, la lucha…” “-Ya no. Ya pude sacar el dinero. No me cortes la calle. Tengo derechos y tus derechos terminan donde… Tus derechos terminan”.
El trabajo dignifica pero yo no le puedo pagar el sueldo ni las cargas sociales. Es momento de autoemprender e introyectar la culpa. Si el problema no es el modelo la culpa es tuya. Aquí tenés unas pastillas de venta libre y legal. El drone no muestra que hacen cola para comprar antidepresivos. El noticiero oculta que es en Callao y Santa Fe y no en la villa. No son proletarios los que hacen esa cola. Son precariados. Clases medias y bajas hechas mierda. Pero no son lo mismo. La diferencia está en qué cola hacen y qué droga compran.   
Greta dice que le robaron la infancia y lo puede decir porque tuvo infancia, porque no es pobre y porque le echa la culpa a los políticos. “¡No vayamos a la escuela como señal de protesta!”. Los chicos no pueden estar equivocados salvo que sean negros, pobres y no vayan a la escuela por razones que exceden a su voluntad. Probá el nuevo perfume Greta, natural, para el hombre y la mujer desclasados de hoy. 
Ayer vi una pobre vendiendo chorizos en una manifestación vegana. No tenía para comer ni dieta vegana ni dieta carnívora. Seguro tenía un plan social. Era pobre y hoy es un meme para consumo irónico o para impulsar la indignación que reemplaza la indignación del día anterior. “¡Qué barbaridad! ¡Y nadie hace nada! Mañana, en exclusiva, nuestras cámaras en un mano a mano con un pobre que hablará en contra del candidato que queremos que pierda. Probablemente incluso hable como si no fuera pobre”.
No sé qué pasa pero cada vez hay más pobres en la calle.



martes, 8 de octubre de 2019

James Ballard: sobre la vida y la muerte de Dios (publicado el 2/10/19 en www.disidentia.com)


Se empieza a correr el rumor a lo largo de todo el mundo, desde los criadores de ovejas australianos, pasando por las anfitrionas de las discotecas de Tokio y los agentes de la bolsa de París. El rumor comienza a cobrar cuerpo y empieza a aparecer en algunos periódicos del mundo, de esos que no usan el potencial.
En Canadá y Brasil el rumor hizo caer los precios y los gobiernos tuvieron que desmentirlo públicamente pero el entusiasmo no paraba de crecer.
La expectativa era tal que los trabajadores dejaron sus quehaceres y comenzaron a mirar el cielo. Los más escépticos fueron las iglesias y las distintas religiones del mundo que rápidamente exigieron cautela pero paso seguido se reunieron en simultáneo en Roma, La Meca y Jerusalén para comunicar que habían decidido abandonar sus rivalidades y que se unirían en un gran único credo que se llamaría Asamblea de la Fe Unida.
Los gobiernos del mundo reaccionaron de inmediato y reunidos en la ONU, el secretario general retomó el trabajo de unos distinguidos científicos para certificar que dos telescopios habían descubierto que todas las radiaciones electromagnéticas del universo provenían de un único lugar traducible a una estructura matemática compleja.
No había ser humano que no estuviera frente al televisor en ese momento escuchando las declaraciones y el documento firmado por 300 científicos y teólogos que comprobaban el rumor: existe una deidad suprema, un dios matemático, que, naturalmente, en la tapa de los diarios y en los graphs de la TV se sintetizó en un título: “Comprueban la existencia de Dios”
La trama recién expuesta corresponde a un cuento de James Ballard, “Vida y muerte de Dios”, publicado en 1976 en el libro cuyo título original en castellano es Avioneta en vuelo rasante y otros cuentos.
James Ballard es un escritor de origen inglés, nacido en Shangai en 1930 y en este 2019 se están cumpliendo diez años de su muerte. Claramente hay que decir que es difícil ubicar su literatura. Algunos despectivamente lo descartan como mera ciencia ficción pero para ponerlo allí habría que aclarar varias cosas. Por lo pronto, que en Ballard la distinción entre literatura y lenguaje científico se borra y que, en todo caso, su ciencia ficción no es aquella que se ocupa de naves espaciales y marcianos con antenas. Es una literatura del “espacio interior” más que del “espacio exterior” y todos aquellos que disfruten de los grandes escritores distópicos, (Zamiatin, Huxley, Orwell, entre otros), encontrarán en Ballard la posibilidad de transitar una y otra vez por desiertos de chatarra como escenarios de una crítica clara al mundo de la técnica. De hecho, el ensayista Pablo Capanna arriesga que en algún momento se utilizará el adjetivo “ballardiano” para describir los desolados paisajes del mundo industrial.
Es que Ballard quedaría marcado por la experiencia de su preadolescencia graficada en su novela El imperio del Sol. Porque, como decíamos, Ballard nace en China dado que su padre era un químico que dirigía la filial británica de una empresa textil. Se cría en un contexto de contrastes entre la opulencia de vivir rodeado de hasta nueve sirvientes y la miseria de las calles de Shangai, hasta que, en 1942, con la ocupación japonesa, Ballard y su familia son llevados a un campo de internación para prisioneros civiles donde tendrá que aprender a comer arroz. De ese mal sueño, Ballard despierta con el nuevo sol que no es otro que el sol de la bomba atómica de Nagasaki. Cada uno sobrellevará como pueda una experiencia semejante pero con los años, y tras fracasar en distintas carreras universitarias como la carrera de medicina, Ballard decide volcarse a la literatura siendo una importante influencia en los años 60,70 y 80.
Pero quiero que volvamos a este cuento, “Vida y muerte de Dios”, y que nos preguntemos, independientemente de si creemos o no en Dios, qué sucedería si se comprobara la existencia de El. Pensémoslo como un juego, claro, como una hipótesis. Porque así lo pensó Ballard y su respuesta es tan controvertida como interesante. Porque la comprobación de la existencia de Dios derivaría en el fin de las luchas sectarias, en budistas que serían bautizados, cristianos haciendo girar ruedas de plegarias y judíos arrodillados frente a estatuas de Krishna y Zoroastro. También, dice Ballard en el cuento, semejante descubrimiento habría derivado en una merma en los pacientes con neurosis y problemas psiquiátricos porque la existencia de la deidad funcionaría como terapia. Todas las fuerzas armadas del mundo serían dadas de baja, desaparecerían las fronteras, se destruirían las armas y hasta se caería el Muro de Berlín. 
Sin embargo, este Dios como hipótesis matemática, este Dios demostrado por la ciencia y no por la fe, tenía un problema: no era celoso, no era vengativo y no pedía nada. De modo que, con el tiempo, dice Ballard, el miedo al juicio final se perdió, tanto como se perdieron todos los incentivos, los premios y las recompensas por el obrar. Así, empezó a mermar el comercio y la cosecha; la gente dejó de ir a trabajar y las agencias de publicidad quebraron porque a nadie le interesaba ser convencido de nada. Se cerraron los congresos de todos los países del mundo porque no tenían razón de ser.
Evidentemente, que la deidad fuera neutral era un problema y Ballard en el cuento deja entrever que el bien y el mal finalmente son los motores de la humanidad. Con un Dios neutral no hay progreso. Así, por suerte, de repente, un día alguien robó las joyas de la reina de la Torre de Londres y a eso le sucedieron otros hurtos; luego un maniático agredió el cuadro de la Mona Lisa en el Louvre y el altar de la Catedral fue profanado en Colonia.
La nueva Iglesia universal recibió estos hechos con insólita tolerancia; un candidato al congreso de Estados Unidos advirtió que una deidad ubicua era una afrenta contra el libre albedrío; un científico demostró que la perfección de un ser como Dios incluía también el “no ser” de modo que ese Dios podía existir y no existir, o ambas al mismo tiempo. Miles de personas se movilizaron para destrozar los telescopios que habían comprobado la existencia de este Dios matemático; hubo catástrofes naturales varias y un periódico ya se animó a publicar como pregunta si era verdad que existía Dios.
Volvieron las guerras y hasta explotó una bomba atómica; volvieron los adornos a las calles, los negocios retomaron sus ventas y aprovecharon la navidad para vender lucecitas para los arbolitos. En ese contexto Ballard nos advierte que muy poca gente prestó atención a la afirmación del vocero de la Iglesia Universal. Era una declaración de enorme trascendencia y probablemente la más revolucionaria de todos los tiempos; una declaración que cambiaría la historia de la humanidad. Se trataba de una encíclica titulada: “Dios ha muerto”.         


domingo, 6 de octubre de 2019

El ganador del debate presidencial es el periodismo (editorial del 5/10/19 en No estoy solo)


El debate, como la elección, todavía no sucedió, pero ya hay un ganador: el periodismo. Efectivamente se confirmaron los moderadores de los dos debates presidenciales que habrá antes del 27 de octubre y del tercero que habría en caso de resolverse la elección a través de un balotaje. Lo primero que surgió, y de hecho es bastante evidente,  es que todos los elegidos son periodistas y son periodistas que, salvo quizás algún caso puntual, pertenecen al establishment corporativo y a medios nacionales. ¿Cuántos votos sacaría Alberto Fernández entre los 12 periodistas seleccionados? Sí, adivinaste.
Pero ese no es el punto más relevante más allá de que hubiera sido deseable que, si es que los moderadores van a ser periodistas, se los hubiera elegido dentro de un espectro ideológico más plural y con un perfil más federal. Entonces vayamos a lo central: por qué deben moderar periodistas y por qué debe haber debate.
Empezando por este último aspecto, la idea de debatir goza de buena prensa y está muy bien que así sea pero el debate es algo más que enfrentar a un grupo de personas con opiniones diferentes. De hecho podría decirse que especialmente la televisión ha hecho del panelismo debatidor su principal usina de rating, sea en el formato de programa de espectáculo, político, deportivo o magazine. Siempre un montón de gente, presuntamente, debatiendo. Hablemos sin saber pero hablemos. Construyamos que sobre todas las cuestiones siempre hay dos posiciones de igual valor: tierra redonda vs. tierra plana; vacunas vs. antivacunas; 678 vs. Clarín. Todo es lo mismo y si es todo lo mismo y se pueden identificar los polos yo puedo hacerles creer que estoy en el medio porque todos son lo mismo menos yo.
Pero el debate supone una virtud en quienes se enfrentan: la escucha y el asumir la condición de falibilidad de sus argumentos. Es decir, para que el presunto debate no se transforme en un monólogo cronometrado donde cada uno dice lo suyo, es importante que quienes intervengan tengan la aptitud de abrirse a la escucha y sobre todo, reconozcan que, al fin de cuentas, aun las más íntimas convicciones son falibles y deberían ceder ante una buena argumentación. Pero nada de eso estará presente en el debate, en ninguno de los candidatos porque tampoco existe esa apertura en los televidentes. Es que nadie mira el debate para escuchar razones sino solo para poder presumir al otro día que ganó “el nuestro”. Y salvo algún caso excepcional como podría ser el famoso debate en el que Kennedy vapuleó a un Nixon desconocedor de las más mínimas estrategias comunicacionales, los candidatos van tan preparados para no salirse de su libreto que no habrá “ganadores objetivos” sino televidentes que interpretarán que el candidato que votaron estuvo más sólido que el adversario. Por otra parte, en caso de haber un ganador en el debate, ese triunfo no probaría necesariamente la solidez del modelo defendido sino simplemente que el ganador es un hábil discutidor. Saber debatir es un mérito importantísimo, como saber comunicar y llegar a la ciudadanía pero no garantiza saber gobernar y menos aún llevar adelante un modelo inclusivo.   
En cuanto a por qué se impone que los moderadores deban ser periodistas y no cualquier otro ciudadano que pudiera ostentar otro título profesional o, simplemente, cualquier ciudadano de a pie, es lo que se viene discutiendo en los últimos años y se enmarca en esa disputa que incluía a un supuesto periodismo militante que se distinguiría de un periodismo profesional que sería neutral, independiente y objetivo. He escrito bastante al respecto así que deberé repetirme. Pero seré sintético: nadie en su sano juicio puede defender un periodismo militante entendido como un periodismo que acomoda la realidad a los intereses facciosos. Pero nadie tampoco puede defender el mito del periodismo neutral, objetivo e independiente, mito que es de creación relativamente reciente, allá por las últimas décadas del siglo XIX.
Y cuando se advierte que el periodismo no ocupa ese pretendido espacio de mediación con la sociedad civil, es que los periodistas se enojan porque ellos necesitan aparecer como el reflejo de las necesidades de la sociedad, ser los fiscales de la nación y los guardianes de la moral. Este enojo atraviesa a todos los periodistas, sean de derecha o de izquierda refugiados en el coreacentrismo, ese que crea los mencionados polos ficticios y presuntamente equivalentes para poder vendernos neutralidad y votar en blanco. Porque antes que de derecha o de izquierda los periodistas son periodistas. Esto significa que un periodista de derecha puede aceptar a uno de izquierda y viceversa pero lo que no pueden aceptar es que alguien diga que los periodistas no son el termómetro de la democracia ni de la república, que están lejos de ser un espejo de la realidad, y que más lejos aún están de ser los que atacan al poder real. De hecho, muchas veces son cómplices del mismo y en general, por más que aparezcan como modernos y aggiornados, siguen repitiendo como loros el verso decimonónico de que ser crítico del poder es tener que criticar al gobierno de turno como si los gobiernos de turno fueran el poder cuando el verdadero poder está en las corporaciones que contratan a esos mismos periodistas.
Al periodismo no le molesta que haya programas oficialistas porque el periodismo ofrece todo el tiempo programas oficialistas o críticos dependiendo de si el gobierno de turno está o no alineado con el poder real. Lo único que le molesta es que haya programas que muestren el hilo de la marioneta. Por eso el periodismo acepta perfectamente que se discuta la lista de los periodistas que estarán en el debate pero nunca aceptaría que se discuta por qué tienen que ser periodistas los que estén moderando, los que aparezcan como el justo punto medio de los intereses partidarios. Eso no se puede tocar. Y si lo tocás, ya te llegará la lección disciplinadora en forma de lista negra o de rumor de lepra contagiosa. Sí, lo siento. Es así. Incluso ese canal que te gusta y que tiene a los periodistas que hoy considerás héroes mañana virará si los intereses así lo determinan.
Alberto Fernández sabe que es una trampa, sabe que todos los candidatos, por ser el más votado, lo atacarán a él pero debe ir porque el costo que tendría su ausencia implicaría una cadena nacional privada de días enteros machacando la afrenta democrática que supondría decir “no” al espectáculo y poner en entredicho el lugar de mediación, ese espacio inmaculado e intocable de los periodistas que dicen estar en el medio de vaya a saber qué.  
Por eso, cuando le preguntan a Alberto Fernández obsesivamente si va a volver ese programa llamado 678 en realidad lo único que le están preguntando es si va a permitir que se ponga en juego el papel de mediador inmaculado que pretende el periodismo. Eso es lo único que importa. Y con el debate, ese espacio de privilegio está garantizado. Por ello, el debate no lo ganará ninguno de los 6 participantes. El único que lo ha ganado y lo ha ganado de antemano, es el periodismo. 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Diego Fusaro: ¿una Italia con ideas de izquierda y valores de derecha? (publicado el 18/9/19 en www.disidentia.com)


En la convulsionada Italia, esta semana, el joven filósofo Diego Fusaro acaba de fundar un nuevo partido denominado Vox Italiae, que se presenta como el único partido soberanista, populista y socialista. En una entrevista con La Tribuna del País Vasco, publicada el lunes 16 de septiembre, Fusaro explica el contexto y la necesidad de emergencia de este nuevo espacio: “En Italia tenemos partidos globalistas de derecha (Forza Italia de Berlusconi), partidos globalistas de izquierda (PD de Mateo Renzi y las otras formas de la izquierda fucsia y arcoíris), partidos soberanistas y liberales (Lega, Fratelli d´italia). No hay ningún partido que sea a la vez soberanista, populista y socialista, keynesiano y no thatcheriano, partido para las clases trabajadoras y no para el capital. Este partido es Vox italiae. La soberanía es, sin duda, la condición de la democracia, pero no es suficiente. La soberanía se dice de muchas maneras: Bolsonaro –un servidor de Estados Unidos, un liberal puro- no es Putin, Putin no es Evo Morales, etc. Por cierto, no tiene nada que ver con Vox España, que es soberanista pero liberal. Después de la desintegración del gobierno gialloverde hubo una tragedia: el gialloverde era populista y soberanista con identidad y tendencias socialistas. Ahora el Movimiento 5 estrellas ha vuelto a fluir hacia la izquierda cosmopolita fucsia y La liga hacia la derecha liberal azul. Cualquiera que sea el bando que gane, gana el liberalismo”.
Como usted notará, esta breve declaración repleta de conceptos, colores y tradiciones merece algún desarrollo y es una buena excusa para indagar en el pensamiento de Fusaro y en la plausibilidad de su propuesta. El primer ingreso más o menos masivo al debate público latinoamericano de este filósofo nacido en Turín en 1983, deudor de las ideas de Hegel, Gramsci y Marx, entre otros, fue en 2016 cuando viajó a La Paz para presentar su libro Capitalismo flexible, precariedad y nuevas formas de conflicto, junto al Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, reconocido por su trayectoria intelectual. Sin embargo, en el campo del mundo de habla hispana comenzó a tener visibilidad particularmente durante 2019, año en el que brindó varias entrevistas a medios españoles, algunas de las cuales tuvieron repercusión gracias a sus afirmaciones polémicas. Enormemente prolífico, varios de sus textos, además del mencionado, ya se pueden conseguir traducidos en toda Iberoamérica, aunque yo me serviré de una compilación de artículos suyos escritos entre el año 2016 y 2018 que recientemente acaba de publicar la editorial argentina Nomos con el título de El contragolpe. La razón es que en esta edición es posible encontrar, sino un sistema acabado de su pensamiento, al menos varias de las aristas del mismo. En Argentina en particular, Fusaro está teniendo buena recepción porque, exceptuando detalles que aquí no vienen al caso, su propuesta no difiere demasiado de la columna vertebral de ese ente inasible que suele ser para los no argentinos -y para muchos argentinos también- el peronismo, a tal punto que en ciertos círculos se podría bromear con que Fusaro es peronista pero aún no se ha dado cuenta.          
Más allá de eso, Fusaro intenta romper con esta idea de que quien afirma que no es de derecha ni de izquierda, es de derecha. Y no rompe autodefiniéndose de izquierda o a través de alguna salida posmoderna y pospolítica sino reivindicando una idea de nación antiglobalista -pero tampoco nacionalista- que él denomina: “Interés nacional”. No es fácil a simple vista imaginar cómo lo logra pero Fusaro afirma, en la línea del jurista alemán bien conocido por los españoles, Carl Schmitt, que el globalismo, en nombre de la defensa de valores universales, deviene despotismo universal y que lo que hay que resaltar es el valor particular de cada una de las naciones en una coexistencia que transforme al mundo en un “pluriverso”. Antikantismo, mezclado con schmittianismo y una pizca de herderianismo interpretado en clave relativista le dan a Fusaro las herramientas para criticar ferozmente a la Unión Europea en tanto presunto instrumento de imposición de una visión monocromática del mundo regido por la violencia del capital desterritoralizado.  
Pero más allá de la apelación al concepto de nación, Fusaro, quien es criticado por la izquierda, que lo acusa de ser un Caballo de Troya del conservadurismo de derecha, y es criticado por la derecha, gracias a su reivindicación de ideas socialistas, entiende que la superación de la dicotomía “izquierda y derecha” no tiene que ver con la negación de las ideas y valores de la izquierda y la derecha sino con un tipo de fusión muy particular.       
Se trata de aunar ideas de izquierda como el trabajo, los derechos sociales, el sentido social de la comunidad, el bien común y la solidaridad antiutilitarista con valores de derecha, a saber: Estado nacional patriótico como límite a la privatización liberal, reivindicación de la familia contra la atomización individualista, rescate de la lealtad y el honor contra el imperio del mundo efímero y líquido del consumismo liberal, y regreso a una religión de la trascendencia frente a la religión del mercado en su forma de ateísmo nihilista de la mercancía.
La apelación a estos supuestos valores de la derecha son los que más desconciertan a la crítica pero hay que entenderlos en la línea de la reivindicación que Fusaro realiza de toda aquella tradición que comienza en Aristóteles, con su reivindicación del hombre como un animal político que solo puede realizarse en comunidad, atraviesa autores medievales neoaristotélicos, y culmina en la noción de eticidad hegeliana, línea que también da lugar a buena parte de lo que se conoce como Doctrina social de la Iglesia, tradición de la cual abreva el Papa Francisco (más allá de que Fusaro discrepe con éste en lo que respecta a la temática de la inmigración).
Es desde aquí que Fusaro critica a las izquierdas posmodernas y a las políticas de la identidad porque las identifica con una mutación al interior y funcional al capitalismo financiero, algo que también observamos en este mismo espacio cuando repasamos las críticas que hacía Daniel Bernabé en su libro La trampa de la diversidad. De hecho, Fusaro coincidiría con el español en que “el Mayo francés” no fue una revolución contra el capital sino la condición de su continuidad. En este sentido, aquel episodio que las izquierdas recuerdan con dejo de nostalgia simplemente permitió el fin del capitalismo fordista de derecha para dar paso a un consumismo ilimitado de izquierda tal como él denomina llamativamente al actual momento de la etapa financierizada del capital. El Mayo del 68 no fue, entonces, una revolución contra el capital sino una revolución contra los valores de derecha de la burguesía -ética del límite, autoridad, figura del padre, religión de la trascendencia, comunidad tradicional- que se habían transformado en un dique para las nuevas necesidades del capital. “La imaginación al poder” no devino utopía socialista sino anarco-capitalismo. Ganó Nietzsche antes que Marx. Cayeron los valores burgueses y el capital pasó a ser comandado por valores de izquierda o que, al menos, la izquierda no ha sabido contrarrestar cuando ha posado sus ojos en las políticas de identidad olvidando que la disputa esencial sigue haciendo la que se da entre el capital y el trabajo.
La defensa de la familia, la comunidad y toda esa estabilidad que brindaba la eticidad de la modernidad hace que Fusaro arremeta contra todos los discursos de la corrección política que hoy inundan los debates públicos. Así, por citar algunos ejemplos, en un contexto donde los medios de habla hispana discuten sobre un video viral en el que un grupo de veganas acusan a los gallos de violar gallinas, Fusaro afirma que el ataque contra la ingesta de carne es parte de la pretensión de hegemonía cultural del pensamiento único globalista impuesto por los demócratas norteamericanos para atacar las particularidades de las culturas en formato “gastronómicamente correcto”. 
Asimismo, contra el avance de la idea de la pluralidad de géneros, las identidades sexuales autopercibidas y flexibles, Fusaro indica que la glorificación de la soltería, homo o hetero, sumado a lo que él entiende que es la figura del “Trans” como reemplazo de la figura de “el padre”, no hace más que representar las necesidades de un capital que busca la destrucción total de las identidades estables para poder circular libremente adoptando una flexibilidad tan radical como para ser capaz de poner en tela de juicio lo que para el italiano es un dato de la biología.
Además, y a propósito de lo que mencionábamos anteriormente, está su disputa contra el llamado del Papa Francisco a acoger la inmigración que llega a Europa. En este punto Fusaro entiende que, en nombre de los valores universales de la dignidad humana, asistimos a una era del Homo migrans creada a imagen y semejanza del capital. Así, detrás de una buena causa como “salvar inmigrantes” estaría toda una política de “exportación” de mano de obra esclava que necesita circular sin derecho alguno para producir de manera más barata. La inmigración masiva sería una escena más de la gran carrera del capital líquido por hacerse cada vez más líquido y así acabar con la noción de comunidad y la idea de pueblo que tanto parece incomodar a las izquierdas. Para Fusaro, entonces, estas izquierdas, lejos de ser revolucionarias, son hijas de la modernización del capital que significó el Mayo del 68 y es por eso que sus reivindicaciones están lejos de ser antisistema. Estas izquierdas, dice, en la página 63 de El contragolpe “Son antifascistas en ausencia del fascismo para no ser anticapitalistas en presencia del capitalismo”.
Para finalizar, el italiano indica que la lucha de clases no ha terminado pero que, en todo caso, ya no enfrenta a una clase burguesa contra el proletariado sino a una oligarquía financiera contra un precariado conformado por los exproletarios y las exclases medias hoy completamente precarizadas.
Podrá decirse que es ambicioso, que tiene contradicciones, que otros lo han dicho antes e incluso que puede estar equivocado. Pero eso sí: nadie podrá decir que Fusaro evita las polémicas.  



domingo, 22 de septiembre de 2019

¿Hace falta dar la batalla cultural? (editorial del 20/9/19 en No estoy solo)


Especialmente a partir del conflicto con las patronales del campo, allá por el año 2008, se instaló fuerte la idea de que el verdadero cambio de la Argentina tenía que ser un cambio cultural. Para decirlo sintéticamente, se afirmaba que el sentido común argentino era un sentido común liberal antipopular que estaba siendo estructurado por los medios de comunicación. Era, entonces, el momento de dar “la gran batalla” que era “la batalla cultural”. Influenciados por ciertas lecturas del teórico italiano Antonio Gramsci, la misma idea atravesó buena parte de Latinoamérica y para muestra basten las palabras de Álvaro García Linera en el décimo encuentro de Intelectuales realizado en Caracas en el año 2014: “es más fácil hacer una revolución que profundizar la revolución. Porque es más fácil hacer una revolución aprovechando la crisis del orden neoliberal pero es mucho más difícil anular el orden neoliberal en el espíritu, en la ética, en el habla (…) en el sentido común”. (…) Hay que utilizar todas las herramientas posibles para desmontar el viejo orden lógico y ético del mundo para introducir las pautas de un nuevo orden lógico y ético del mundo: la escuela, la radio, la televisión, la universidad, los debates, las reuniones, la academia, los sindicatos, los barrios, las reuniones entre amigos, el teatro, el dibujo, absolutamente todo”.  
Creo que hay que ser muy obtuso para negar la importancia de las batallas culturales, más allá de que luego haya discusiones acerca de los diagnósticos, los modos, el alcance, etc. Pero a juzgar por el resultado de las elecciones que se vienen dando en Argentina últimamente hay diversas interpretaciones acerca de quiénes han sido los ganadores de esa batalla y hasta qué punto puede llegar a ser un error pensar que ésta es la única batalla que hay que dar.
Una mirada posible podría ser que el gran ganador ha sido Macri por varias razones: en primer lugar, su gobierno, enormemente inepto en casi todas las áreas, fue eficaz en lo que tiene que ver con “la batalla cultural” a punto tal que en los primeros meses del 2016 ya estaba instalado que el problema de la Argentina no eran los modelos económicos sino la corrupción, que los derechos eran prebendas, y que el Estado debía reducirse para impulsar el emprendedorismo individualista. En ese contexto, el macrismo revalida en las urnas, específicamente en las elecciones de medio término, permitiendo que un candidato menor como Esteban Bullrich triunfe ante la principal espada del peronismo: CFK. Y si en lugar de Esteban Bullrich ponían un ladrillo iba a ganar igual, con todo respeto por el actual senador. Es más, podría pensarse que el gran triunfo de Macri se confirma en el hecho de que en 2019 el kirchnerismo tuvo que ceder sus principales espacios a todos aquellos peronistas o no peronistas que lo criticaron: desde el propio Alberto Fernández, pasando por Felipe Solá, varios gobernadores, Pino Solanas, Massa y hasta un candidato en la ciudad que no se define como kirchnerista y lleva a Victoria Donda en la lista. Claro que no es comparable pero siempre se recuerdan aquellas declaraciones en las que Thatcher decía que su mayor legado había sido que su adversario, Tony Blair, hubiera tenido que acomodar su discurso y acabar “pareciéndose a ella”. Este no es el caso de Alberto Fernández, claro está, porque Fernández asumiría con un discurso que se aleja de Macri pero alguna pluma macrista optimista podría decir que estos cuatro años desastrosos al menos sirvieron para que el peronismo deba moderarse para ganar.
Sin embargo, por otro lado, algo parecido, y utilizando el mismo comentario de Thatcher, recuerdo haber escrito durante el año 2015 cuando Macri de repente se “kirchnerizaba”, se moderaba para parecer desarrollista y te decía que no ibas a perder nada de lo que era tuyo. Era un “MaKri” porque, al menos en las promesas de campaña, se escribía con K y el estar obligado a prometer lo que no iba a cumplir, a mostrarse como lo que no era para poder ganar la elección, podía interpretarse como uno de los grandes legados de una batalla cultural que el kirchnerismo parecía haber librado con relativa eficacia, o, al menos, eso era lo que parecía. Esto podría confirmarse tras la paliza electoral que en agosto último recibiera el gobierno. Es más, alguien podría decir, en caso de que en octubre triunfe Alberto Fernández, que nos la pasamos repitiendo que el sentido común argentino es liberal pero entre 2003 y 2023 tendremos 16 años de gobierno popular, y el peronismo, que estaba contra las cuerdas y a merced de un gobierno que lo persiguió y que además tuvo el apoyo del establishment nacional e internacional, los medios, Estados Unidos, el FMI y los presupuestos de Nación, Provincia y Ciudad, no solo resistió sino que se reinventó para arrasar en las urnas.
¿Este resultado supone que triunfó el discurso de la solidaridad por sobre el emprendedorismo, el del Estado de Bienestar contra el modelo de Estado mínimo, el de la patria grande latinoamericana por sobre el alineamiento a la política estadounidense? ¿Puede decirse que, contrariamente a lo que se piensa, el sentido común es más peronista que liberal? 
Sinceramente creo que no, aunque probablemente haya que pensar que no hay un solo sentido común en la Argentina sino que coexisten cosmovisiones distintas que según las tendencias y las épocas son más o menos preponderantes. A lo sumo, si hubiera un solo sentido común no se sigue de él necesariamente un voto hacia algún u otro candidato de esta dividida Argentina.
Pero en todo caso, y a manera de hipótesis, del mismo modo en que advertimos que es un error suponer que la economía es la única razón para determinar el voto, puede que el kirchnerismo haya depositado demasiadas esperanzas en el hecho de que librar esa batalla cultural y alzarse con la victoria, garantizaba resultados electorales. Es más, si bien el panperonismo se nutre fuertemente de ese kirchnerismo fuertemente ideologizado habría que admitir que el resultado de estas elecciones poco tienen que ver con batalla cultural alguna, al menos en lo que respecta a subir ese techo de 30 o 35 puntos que CFK tenía. De hecho se orillan los 50 puntos y es posible que se los supere gracias a una estrategia electoral muy inteligente y frente a una crisis económica descomunal capaz de arrasar con todo, incluso con el sentido común liberal, si es que fuese el único existente. Pero esos casi 20 puntos de diferencia no votaron a Alberto Fernández porque Clarín mienta o porque abracen la utopía de la patria grande. Quizás lo hicieron simplemente porque tienen menos plata en el bolsillo que hace 4 años.
Que la batalla cultural pueda no ser determinante y que deba admitirse que hay otras variables que inciden en el voto, no significa que sea una disputa que deba dejar de darse pero sí supone adjudicarle su real magnitud y relevancia. Porque lo más cómodo siempre es suponer que quien no vota kirchnerismo es un lobotomizado lector de Clarín. Pero eso no explica cómo puede ser que a veces, ese lector o algún lector que no votó kirchnerismo ni peronismo en los últimos años (porque no comparte para nada esa  cosmovisión), finalmente vuelva a depositar la confianza en el movimiento que liderara Perón.