domingo, 24 de agosto de 2014

Pasteurización y una fuerza opositora que sobra (publicado el 21/8/14 en Veintitrés)


La semana anterior Elisa Carrió abandonó el escenario cuando “Pino” Solanas pronunciaba un discurso. La actual diputada se retiró, sintomáticamente, en el momento en el que el ex cineasta indicaba que FAUNEN no tiene lugar para la derecha moderna. En los días posteriores llegaron chicanas de ambos referentes y un intento de mostrar que éstas son cosas que suceden hasta en las mejores alianzas. Desde mi punto de vista, las razones de Carrió son más que aceptables y su diagnóstico fue impecable cuando en una entrevista posterior explicaba que era absurdo que Solanas maltrate a los votantes de la derecha moderna que le permitieron llegar a senador nacional. Tiene toda la razón. También tiene razón cuando llama a una alianza con Macri pues, en los últimos años, ¿ha habido diferencias sustanciales entre el proyecto de país de Carrió, el ala derecha del radicalismo, el socialismo antisocialista de Binner y el ideario del PRO? No. Salvo honrosas excepciones han repetido un mantra oposicionista, una agenda impuesta por corporaciones económicas y un sentido común antiperonista que retorna como farsa y caricatura de sí mismo. Todas las grandes figuras de estos espacios le deben su permanencia a la telepolítica y al micrófono amigo, y sus disputas son por cargos, no por modelos. Le rezan a la mano invisible del diálogo y la negociación, como si en una mesa en la que están en juego intereses operaran reglas naturales de equilibrio.          
La presencia de Solanas allí es testimonial, aporta a la vocinglería con la verborragia del adulto mayor indignado y, en la telepolítica, mide mucho un señor que grite. Lo saben los periodistas. Pero ni Solanas ni Carrió tienen representatividad popular. Suben y bajan de una elección a otra con el mismo capricho con que la gente cambia de canal porque se cansa de un programa. Ninguno quiere gobernar porque la lógica de la denuncia se hace desde el escándalo mediático y los tribunales. Sus performances son espectaculares. No políticas. Son actores. Están representando un papel. Carrió, en sus raptos de lucidez cínica lo reconoce. Solanas no. Son dos megalomanías distintas que por momentos se complementan y por momentos chocan.
También son constructores de audiencias y, al mismo tiempo, destructores de toda organización política porque defienden la pureza y la pureza extrema siempre termina en el átomo, es decir, en ellos mismos. Pues la pureza se autolegitima encontrando impurezas en todo lo que lo rodea y por ello son incapaces de cualquier forma de proyecto colectivo. Para las corporaciones económicas son atractivos en cuanto al negocio televisivo y en cuanto al rol que cumplen con su retórica anti política pero políticamente funcionan como un Rey Midas inverso. Con todo, insisto, Solanas no entiende su lugar y frente a sus compañeros de espacio, representantes de la derecha moderna, afirma que no hay lugar para la derecha moderna. Carrió sí entiende su lugar y tiene una misión. Porque sabe que hay solo un escenario en el que el kirchnerismo puede ganar en 2015 y hay que impedirlo. Se trata de la situación en la que encuentre a 3 candidatos opositores equilibrados en lo que respecta a la cantidad de votos. Imagine usted unas PASO en las que Massa, Macri y FAUNEN obtengan entre 18 y 25% cada uno. ¿No se expondrían a que un candidato oficialista ungido por CFK, y partiendo del 30% histórico que vota a cualquier candidato K, se encuentre demasiado cerca de llegar al 40% que le podría permitir ganar en primera vuelta?
Es por eso que las grandes corporaciones económicas apuntan a controlar el escenario electoral de varias maneras. Por un lado buscando convencer al kirchnerismo de que su propuesta más competitiva provendrá de su ala moderada y no confrontativa, aquella pata del oficialismo que se faranduliza y que defiende una desideologizada pulcritud de buen gestionador. Si los referentes del oficialismo aceptaran tal diagnóstico caerían en una trampa. Porque el kirchnerismo light es más light que kirchnerista y de kirchnerista le van a quedar solo una parte de los votantes. Así, en el hipotético caso en que llegara al poder, demostrará su carácter amorfo lo cual llevará al sistema político a una enorme crisis de representatividad tal como sucediera a principios de este siglo.       
Asimismo, por otro lado, al tiempo de forzar que el candidato oficialista sea “bajas calorías”, las grandes corporaciones necesitarán que uno de los 3 polos opositores dé el brazo a torcer y se subsuma. Así, probablemente, lo que vendrá en los próximos meses son intentos de hacer que Massa renuncie a su candidatura presidencial y se conforme con la gobernación de Buenos Aires, cargo para el cual, por cierto, la oposición no tiene ningún candidato en condiciones de ganar. Los vínculos entre dirigentes de Macri y Massa abundan y el único problema es que los dos quieren ser presidentes. Sin embargo, el segundo puede esperar. El primero no.
Pero como este escenario aún no se concreta, se busca la alternativa de un FAUNEN en el que el apoyo a un Macri presidente le permitiría al ala derecha del radicalismo seguir al frente del partido, hacerse de algunas gobernaciones y aumentar su fuerza territorial. Resignarían poner el presidente pero, al fin de cuentas, hoy por hoy, no hay ningún candidato del espacio que mida lo que mide el ex presidente de Boca.
Que sean solo dos las fuerzas opositoras garantizará que al menos una de ellas obtenga una base del 30% en las PASO y la que más asome la cabeza se llevaría todo el “voto útil” anti k en la primera vuelta o, en su defecto, en la segunda.
Con todo, hay un pequeño detalle: los candidatos del kirchnerismo probablemente pierdan contra cualquier candidato opositor en la segunda vuelta, salvo con uno: Macri. Efectivamente, no resulta tan claro que, en un escenario de segunda vuelta, al momento de elegir entre el actual Jefe de Gobierno de la ciudad y un candidato kirchnerista, los sectores progresistas y peronistas no oficialistas se vuelquen masivamente hacia Macri. Eso podría ocurrir en la ciudad de Buenos Aires pero el país es más grande que su Capital. De modo que, finalmente, no sería del todo desagradable para el kirchnerismo acabar jugando un mano a mano con Macri.

El escenario está completamente abierto y dependerá, como suele ocurrir en la última década, de la decisión de quien lidera el kirchnerismo. Los grandes corporaciones que abogan por un kirchnerismo pasteurizado desean una CFK que “deje jugar” para que a las PASO lleguen muchos candidatos del oficialismo, lo cual, claro está, favorecería al candidato ya posicionado y dividiría el voto. Los que más la conocen, sin embargo, afirman que, siendo tanto lo que está en juego, el núcleo duro del kirchnerismo tendrá su candidato. Si esto se dará con un apoyo explícito o implícito es algo que, verdaderamente, al día de hoy, no sé.

domingo, 17 de agosto de 2014

La pachamama y su desafío (publicado el 14/8/14 en Veintitrés)

Los festejos por el mes de la pachamama en Bolivia y la región andina se han transformado en una excelente ocasión para recordar cómo, en el último lustro, las reivindicaciones de las culturas indígenas en Latinoamérica pudieron canalizarse jurídicamente gracias a las reformas constitucionales en Ecuador y Bolivia.
Si bien por razones de espacio solo me ocuparé de lo ocurrido en el país gobernado por Evo Morales, cabe indicar que estas constituciones forman parte de una nueva ola de constitucionalismo social y tienen en común un conjunto de particularidades que las distingue de aquellas reformas realizadas especialmente en la década del 30 y el 40, y que en nuestro país dieron lugar a la “constitución peronista” de 1949.
El punto clave del cual se derivan interesantísimas consecuencias es el haber definido al Estado como “plurinacional”, porque ello implica dar un golpe enorme a los cimientos de las construcciones estatales tal como las hemos conocido hasta ahora. La razón es sencilla: los Estados modernos se constituyeron bajo la idea de que a cada Estado le correspondía una nación, esto es, un grupo humano con tradiciones, valores, historia, lenguaje e identidad común. Sin embargo, bien sabemos, la historia de las divisiones políticas del mundo no son la consecuencia de acuerdos y consensos y, en el caso particular de la región latinoamericana, la lógica de los Estados occidentales pasó por alto la preexistencia de las naciones que habitaban el territorio. El caso boliviano es paradigmático en ese sentido pues una minoría blanca de clase alta extranjerizante y occidentalizada estuvo al frente del país hasta que, por fin, un sindicalista cocalero y aymará llegó a la presidencia.
En el ámbito académico, el reconocimiento de la plurinacionalidad puede comprenderse como la consecuencia normativa más firme de todo el debate que se viene desarrollando desde la década del 80 acerca del multiculturalismo. Y fueron justamente las principales voces intervinientes en este debate las que tuvieron la claridad conceptual para distinguir entre Estados y naciones y exponer que puede existir un Estado que albergue muchas naciones o una nación que no posea Estado. En este sentido, la Constitución boliviana sancionada en 2009 reconoce la existencia de 36 naciones bajo un único Estado.
Ahora bien, el carácter plurinacional del Estado no es una afirmación meramente simbólica pues, en principio, el reconocer la existencia de naciones conlleva la obligación de otorgar el derecho al autogobierno. Cómo hace un Estado para reconocer el autogobierno (por ejemplo de 36 nacionalidades) sin desmembrarse, es uno de los primeros interrogantes que se le planteaba a los principales teóricos de los Estados modernos. Y por cierto, razón no les faltaba. Sin embargo, los Estados han utilizado diversos mecanismos para conciliar las particularidades locales y regionales con la unidad bajo un único Estado. En este sentido, las diversas formas de federalismo son un claro ejemplo.
Volviendo a Bolivia, el autogobierno de las naciones que forman parte del Estado plurinacional implica, por lo pronto, el otorgamiento de las autonomías territoriales, espacios físicos donde es la propia comunidad nacional, con sus instituciones, la que gobierna. De aquí se sigue un nuevo problema que es el vinculado al pluralismo jurídico pues si antes se aclaraba que la visión moderna hacía coincidir una nación con un Estado, no es menos cierto que la clave de la centralidad y la unidad está dada por el hecho de la existencia de un único sistema jurídico. En diversas partes del mundo y en Bolivia, por supuesto, las comunidades indígenas denunciaron que los sistemas jurídicos occidentales se basaban en principios muchas veces incompatibles con las cosmovisiones de la comunidad, especialmente en lo que respecta a la base individualista que impregna las normativas impuestas desde la colonización. A su vez, y también con buen tino, desde las culturas mayoritarias y occidentales se denunció que las comunidades indígenas realizan prácticas y costumbres contrarias al respeto por los derechos humanos especialmente en lo que refiere a la forma en que se trata y considera a las mujeres, los niños y a aquellos que cometen delitos.
Pero el reconocimiento de la pluralidad de naciones también tiene consecuencias en la definición de la idea de democracia y en uno de los problemas más señalados en las modernas democracias representativas: la falta de participación popular. En este punto, como en los anteriores, sería falso afirmar que la nueva Constitución borra definitivamente los principios que cimientan el Estado de tradición occidental. Más bien, lo que lo hace más interesante y complejo a la vez, es que en el texto normativo conviven elementos de ambas tradiciones para dar lugar a lo que algunos denominan “democracia intercultural”. En este sentido, el artículo 11 de la constitución reconoce 3 formas de democracia: la representativa, la participativa y la comunitaria.
Claro que el énfasis en la pluralidad no podría dejar de lado el modelo económico con el que se compromete el texto constitucional pues, como sabemos desde Sistema económico y rentístico de la Confederación argentina de Alberdi, detrás de cada Constitución existe todo un modelo de política económica. Aquí, otra vez, la Constitución boliviana no niega directamente el capitalismo ni la inversión privada pero incluye otro tipo de organizaciones económicas como la estatal, la cooperativa y la comunitaria que, según el artículo 308, “comprende los sistemas de producción y reproducción de la vida social, fundados en los principios y visión propios de las naciones y pueblos indígenas originarios y campesinos”. Asimismo, se precisa que el Estado puede y debe intervenir en la economía y en el mercado además de ser el encargado de promover este tipo de organizaciones económicas “alternativas” y proteger los recursos naturales.
Para finalizar, un aspecto a destacar es que la plurinacionalidad también implica una transformación en lo que respecta a los titulares de derechos pues, con la nueva normativa, a los derechos individuales de la tradición liberal, se le agregan los derechos colectivos y la idea de pueblos y naciones como sujetos de derecho. Y en este punto me quiero detener pues también aparece un elemento que para aquellos formados en la mirada eurocéntrica no deja de sorprender. Me refiero a la protección de la pachamama. Tal idea se basa en la cosmovisión indígena cuya identidad se encuentra estrechamente vinculada a la de una naturaleza que no es vista como objeto pasivo a ser explotado sino como entidad constitutiva del desarrollo pleno de la comunidad.
Hay una discusión técnica acerca de si en la Constitución boliviana la defensa de la pachamama se hace entendiendo que es ella misma la titular de derechos (como sí aparece en la Constitución ecuatoriana) o si la obligación de protegerla se sigue de los derechos de los hombres y mujeres a poseer un medioambiente habitable. Si bien de la letra de la Constitución se colegiría esta última interpretación, en su libro La pachamama y el humano, Eugenio Zaffaroni indica que el hecho de que la Constitución habilite a cualquier persona a denunciar a quien atentase contra la madre tierra es una forma implícita de otorgarle una personería a la naturaleza. Proteger y respetar la naturaleza es una de las principales máximas de la ética indígena del sumak kawsay, esto es, del “buen vivir” que, a diferencia de la doctrina del bien común presente en el constitucionalismo social clásico, incluye a todo lo viviente entendiendo que la realización plena de lo humano no puede darse sin tomar en cuenta la suerte de los otros organismos vivos y de la propia naturaleza.
Abrir el camino a nuevos titulares de derechos implica transitar por caminos sinuosos pero ha sido la consecuencia de cierta impotencia del paradigma liberal de los derechos individuales para dar cuenta de las reivindicaciones de culturas no occidentales. Sin embargo la protección de la pachamama aparece ya en los textos normativos como uno de los principales aportes de esta nueva ola de constitucionalismo social latinoamericano. Todas las preguntas que se siguen de aquí suponen, sin dudas, un enorme desafío.    


Todo visto. Nada pensado (publicado el 7/8/14 en Veintitrés)

Días atrás falleció Harun Farocki y quienes siguen esta columna quizás recuerden que a partir de una muestra en Fundación PROA, en febrero de 2013, habíamos mencionado las video-instalaciones de este cineasta nacido en territorio alemán. Sin embargo, su nombre ya me rondaba en las últimas semanas pues, naturalmente, cada vez que uno busca realizar alguna reflexión sobre las imágenes, Farocki aparece como un artista ineludible, máxime en una época en la que asistimos a una proliferación indiscriminada de fotografías y videos vinculados a distintos conflictos entre los que cabe resaltar lo que fue denunciado como un intento de golpe de Estado en Venezuela y la actual situación en Gaza. Y como probablemente sucederá con aquellos episodios en los que intervengan intereses occidentales, el intento por incidir en la opinión pública estará atravesado no solo por los medios tradicionales sino, cada vez más, por el mundo de las redes sociales, mundo que pocas veces plantea agendas alternativas pero que, sin dudas, se maneja por carriles y lógicas diferentes.
En aquella oportunidad mencioné varias obras de Farocki pero las vinculadas a la temática que aquí interesa desarrollar habían sido las siguientes. Por un lado estaba Ojo/Máquina, video instalación en la que en un video de quince minutos y a pantalla partida, el artista muestra una serie de imágenes de misiles teledirigidos que son utilizadas por las fábricas de armas como estrategia de marketing; también se encontraba Juegos Serios III: Inmersión, referido a un tipo de terapia basada en animaciones y realidad virtual dirigida a soldados con trastorno de estrés postraumático tras la invasión estadounidense a Irak. Estos videos marcaban una cierta obsesión de Farocki por la temática, algo que ya había comenzado a desarrollar en El Fuego inextinguible, de 1969, una cinta con una extensión de apenas veintiún minutos que denuncia tanto la relación existente entre el gobierno estadounidense y la industria química para la producción de Napalm, como el modo en que la lógica de la producción del armamento hace que todos aquellos que colaboran con su elaboración (científicos, técnicos, operarios) mantengan, con el producto, una relación de ajenidad que los separa de cualquier tipo de interrogación moral acerca de su quehacer. Por último, en aquella columna también había recordado que Farocki se había interesado en el vínculo entre los medios de comunicación, las imágenes y los regímenes totalitarios. De aquí que en 1992 realizara Videogramas de una revolución, un video que recopila registros audiovisuales en el marco del derrocamiento de Ceaucescu en Rumania. Allí Farocki realiza un contrapunto, o un complemento, según cómo se interprete, entre los videos oficiales de un discurso del dictador vitoreado en la plaza mientras se escuchan disparos y el griterío de una multitud sin que la cámara se ocupe de mostrar los disturbios, y las imágenes amateurs de ciudadanos rumanos que grababan el modo en que ellos vivían la revolución a través del noticiero en el contexto en que una de las acciones más importantes de los rebeldes había sido ocupar durante cinco días la Televisión Pública.
Farocki fue un realizador que nos advirtió que las imágenes no necesariamente son un canal de transmisión de verdad. En esa línea bien podría caminar junto a Jean Baudrillard quien en su célebre La guerra del golfo no ha tenido lugar, reflejaba el modo en que en las guerras actuales (especialmente aquellas en las que interviene directamente Estados Unidos), no aparecen imágenes de muertos, ni sangre, ni territorios devastados. Todo lo que sabemos de las guerras de fines del siglo XX y principios del siglo XXI nos es relatado desde la mirada parcial del cronista de agencia internacional que nos deja ver allá a lo lejos una lucecitas que van y vienen y que podrían ser bombas o fuegos artificiales. Los muertos “no están”, “no se ven”. Son solo un ejercicio de contaduría en medio de un espectáculo.
Ahora bien, al principio les manifestaba que la irrupción de redes sociales aporta una lógica propia que puede ser interpretada como una vía para vulnerar la censura que imponen los involucrados en los conflictos pero existe también “la otra cara” de esta lógica y es sobre este punto que me interesaría reflexionar.
Recuerde el último conflicto en Venezuela a principio de este mismo año: protestas opositoras en las calles de algunas ciudades importantes, enfrentamientos con partidarios chavistas y una denuncia de intento de golpe de Estado por parte del gobierno. En ese contexto, en un artículo llamado “Twitter y Venezuela, la orgía desinformativa” publicado en www.eldiario.es, el periodista español Pascual Serrano se ocupó de denunciar el modo en que a través de las redes se utilizaron fotos de maltratos, represión y asesinatos en Chile, Siria, Egipto y Honduras, para sensibilizar a la opinión pública haciéndolas pasar por imágenes del conflicto en Venezuela. Así, por ejemplo, la imagen de una estudiante chilena llevada por carabineros en 2012 es presentada como el accionar violento de la policía chavista; una decena de hombres masacrados en Siria recientemente son retratados como estudiantes muertos en Maracay; una foto con bebés en cajas dentro de un hospital de Honduras fue compartida como imagen de un hospital de Venezuela y, lo más increíble, la imagen de una película porno gay en la que un muchacho realiza una felatio a un grupo de hombres vestidos de policía, recorrió el mundo como “aquello que la policía venezolana le hace a los estudiantes que protestan contra el régimen”.

En el caso del actual conflicto en Gaza, circulan decenas de imágenes a través de los canales alternativos a los medios tradicionales. Por razones de espacio mencionaré las dos más impactantes: el primer plano de un nene de unos cinco años, aparentemente, palestino, literalmente partido al medio por una bomba; y un video de lo que sería, una vez más, aparentemente, un terrorista de Hamas, celebrando y mostrando a la cámara la cabeza de dos occidentales que acababa de decapitar. Hecha esta descripción creo que poco interesa si estas imágenes son o no falsas. En todo caso, lo que interesa, es hacer énfasis en un fenómeno que parece contrariar lo mencionado en un principio a partir de la mirada de Farocki y Baudrillard. Pues, en un sentido, aquí no hay video juego ni animación; tampoco hay ocultamiento de los muertos y de la tragedia diaria que se vive en los conflictos. Más bien todo lo contrario: la imagen más cruda circula libremente. La pregunta que cabe hacer es si esta proliferación de imágenes (incluso si éstas fueran reales, algo que, en la mayoría de los casos no es así) ayuda a comprender mejor los conflictos, a obtener elementos informativos que nos permitan a los ciudadanos tener fundamentos para poder formar una opinión. Y creo que la respuesta debe ser negativa. Con esto no estoy diciendo que esas imágenes no deben circular. Estoy diciendo que esas imágenes no funcionan como insumos para reflexiones posteriores sino todo lo contrario: buscan un efecto inmediato que cancela cualquier tipo de elaboración sensata. ¿Qué puedo pensar después de ver un cuerpo descuartizado de un nene de cinco años o un energúmeno con dos cabezas humanas en la mano? Se trata de una imagen que desinforma, que transita el sendero de la economía del lenguaje; una imagen que busca que se suspenda toda palabra, que se reflexione menos en un mundo que es demasiado complejo como para darnos el lujo de dejar de hablar y de reflexionar; una imagen que nos permite distinguir rápidamente buenos y malos en los 140 caracteres (unas 20 palabras) que la red social Twitter otorga; una imagen que nos convence de que ya lo hemos visto todo (cuando todavía no hemos reflexionado nada).