domingo, 18 de diciembre de 2016

Adelanto de El gobierno de los cínicos, el nuevo libro de Dante Palma (nota publicada el 13/12/16 en Diario Registrado)

En la antigüedad, se llamaba “cínico” a quien, desde su insolencia plebeya, desafiaba al poderoso y, con esa actitud, ponía en riesgo la vida. El cinismo nunca pretendió ser una Escuela de pensamiento ni enseñar una determinada doctrina; más bien denunciaba a la sociedad de su tiempo a través de acciones concretas. Así, en una cultura en la que florecía la palabra, Diógenes, el referente del cinismo, elegía comportarse como un perro orinando, masturbándose y ladrando incluso en medio del ágora. Más allá de un sinfín de anécdotas casi escatológicas, la más citada es aquella en la que en pleno auge de su poder, Alejandro Magno se encuentra con Diógenes echado en el piso. En esa circunstancia, el emperador macedónico le habría preguntado al cínico “¿Qué deseas?”, como gesto magnánimo de quien todo lo puede y la respuesta de Diógenes habría sido: “deseo que te apartes porque me tapas el sol”. Independientemente de su veracidad, una anécdota como esta grafica la actitud cínica y su valentía frente al que todo lo tiene.
Si se pudiera resumir o sistematizar los valores que las actitudes cínicas buscaban transmitir, sin duda, se debe resaltar una apuesta por la libertad entendiendo a ésta como autodominio capaz de prescindir de los derechos, del Estado, de la comunidad y de cualquier bien material, incluyendo casa, ropa y dinero. Despreciados por la sociedad ateniense y luego por los romanos (si es que se acepta que muchas de las sectas que pulularon en los primeros siglos del imperio habrían abrevado en el cinismo antiguo), con el tiempo, el término “cínico” se reservó a aquellos que mienten aviesamente sin pudor o que, con distintos recursos, defienden lo que es difícil de defender. Pero el cambio más curioso ha sido otro. Me refiero a que lo más relevante ha sido que la insolencia del que nada tiene devino prepotencia del que lo tiene todo y el cinismo se transformó en el rasgo distintivo de una cultura atravesada por un capitalismo que exalta el tiempo presente y ofrece antidepresivos a quien no pueda sobrellevar la obligación de ser feliz. Para decirlo con la anécdota anterior, hoy el cínico es el emperador y su cinismo radica en espetarle a sus súbditos que él es el emperador y que ellos no merecen serlo porque no han hecho mérito suficiente. Frente a ello, el súbdito no se insolenta sino que asume como tal su condición, la justifica y toma pastillas para poder tolerar esa carga.
Asimismo, si bien la cultura meritocrática ha sido esencial al liberalismo, se ha exacerbado con este poscapitalismo que enarbola el ideal del empresario de sí mismo que con new age y palermitanas meditaciones cool deposita en el individuo la responsabilidad de los fracasos al tiempo que desentiende del asunto al modelo económico, al sistema y a las políticas públicas de los gobiernos liberales. Pero el vértigo de circulación de signos a ser consumidos que caracteriza a este poscapitalismo, necesita de una sociedad completamente interconectada y deseosa de intercambio tal como se puede observar en las redes sociales. Se trata de una sociedad que llamo “de la iluminación” porque denuncia al Estado “Gran Hermano” que todo lo vigila pero voluntariamente fomenta la exposición de la intimidad. En otras palabras, si durante el siglo XX, de lo que se trataba era de sostener espacios de intimidad libres de la intervención estatal, de no ser visto, hoy en día, volcamos toda nuestra información, elegimos que nuestra intimidad sea iluminada con reflectores que voluntariamente dirigimos hacia nosotros y aceptamos que el reconocimiento social pase estrictamente por cuántos Me gusta tiene mi última publicación o por cuántos seguidores tengo en la red social de moda.   
A su vez, el cinismo, el poscapitalismo y la sociedad de la iluminación acompañan a otro fenómeno, el de las “democracias idiotas”. Se trata, ni más ni menos, de democracias en las que se legitima en las urnas y se celebra que los administradores de la cosa pública sean aquellos que desprecian lo público, a pesar de que en la Atenas de Pericles, estos sujetos eran considerados peligrosos por renegar de su ciudadanía. Efectivamente, no se trata de democracias “idiotas” porque los votantes o los dirigentes sean tontos. Hay votantes y dirigentes tontos (en todos los partidos) pero lo esencial es que las democracias actuales van a contramano de la democracia originaria en la que solo se podía ser libre participando activamente de los asuntos públicos y se llamaba “idiota”, ya no a quien tuviera algún déficit cognitivo, sino a aquel individuo egoísta encerrado en su esfera privada que miraba con desprecio los asuntos de la comunidad.
Los sorpresas electorales que se vienen dando en el mundo en los últimos tiempos parecen confirmar este punto de vista. Así, aquel cartel que, en una protesta en Madrid, rezaba “Nunca subestimes a un idiota, un día puede ser tu presidente”, resulta hoy una advertencia con destino universal.



sábado, 10 de diciembre de 2016

El gobierno de los cínicos, el nuevo libro de Dante Palma

En la antigüedad, se llamaba “cínico” a quien, desde su insolencia plebeya, desafiaba al poderoso y, con esa actitud, ponía en riesgo la vida. Con los siglos el término se reservó a aquellos que mienten aviesamente sin pudor o que, con distintos recursos, defienden lo que es difícil de defender. Pero el cambio más relevante fue que la insolencia del que nada tiene devino prepotencia del que lo tiene todo y el cinismo se transformó en el rasgo distintivo de una cultura atravesada por un capitalismo que exalta el tiempo presente y ofrece antidepresivos a quien no pueda sobrellevar la obligación de ser feliz. Asimismo, nos horroriza el Estado “Gran Hermano” que todo lo vigila pero nos entregamos a una sociedad de la iluminación en la que voluntariamente exponemos la intimidad y donde ser reconocido es acumular seguidores en las redes sociales. Este marco es el ideal para las “democracias idiotas” en las que se celebra que los administradores de la cosa pública sean aquellos que desprecian lo público, a pesar de que en la Atenas de Pericles, estos sujetos eran considerados peligrosos por renegar de su ciudadanía. Así, aquel cartel que, en una protesta en Madrid, rezaba “Nunca subestimes a un idiota, un día puede ser tu presidente”, parece hoy una advertencia con destino universal. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Fidel Castro hacia el porvenir (contra el realismo capitalista) [Publicado el 29/11/16 en www.veintitres.com.ar]

La confirmación plena de que “No hay alternativa” parece ser el mensaje que desean legarnos aquellos que, incluso con pretensión de asepsia, han abordado la muerte de Fidel Castro. Resulta llamativo que quienes indican que es casi imposible acceder a la información sobre lo que sucede en Cuba gracias a una supuesta dictadura criminal, opinen con severidad y taxativamente respecto de lo que allí acontece máxime cuando, en el mejor de los casos, lo que conocen de Cuba son las playas de Varadero y el Twitter de Yoani Sánchez. Pero como en Argentina la opinión es el deporte nacional, todos debemos opinar, en especial y con mayor énfasis, si se trata de un tema que desconocemos. Y justamente, como no me considero un experto, antes que hablar de Fidel Castro y de la revolución, prefiero referirme a la operación de instalación confirmatoria de lo que Mark Fisher llama “realismo capitalista”. Porque para este profesor de filosofía nacido en Reino Unido, los tiempos que corren son aquellos en los que, más que nunca, se pretende que aceptemos con resignación aquella sentencia de Margaret Thatcher por la cual “No hay alternativa” al capitalismo. En este sentido, los titulares del estilo “La muerte del último revolucionario”, “El cierre de una era”, o “El fin del siglo XX”, en un sentido no faltan a la verdad pero, en otro, nos quieren decir otra cosa.
De aquí que no sea casual que Fisher recoja una frase que se le atribuye tanto a Fredric Jameson como a Slavoj Zizek y que indica “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Efectivamente, basta con estar atento a, al menos, un sector de los discursos ecologistas para darse cuenta de ello.        
Hay un sinfín de razones para explicar por qué nos resulta imposible pensar el fin del capitalismo pero es interesante observar cómo el capitalismo actual que Fisher también llama “posfordismo”, tiene la capacidad de presentarse siempre como “lo nuevo” cuando, en realidad, en palabras de nuestro autor, “la política neoliberal no tiene que ver con lo nuevo, sino con un retorno al poder y los privilegios de clase”. Por ello no debe sorprendernos escuchar que es el momento para que Cuba se “modernice”, salga del “retraso”, se abra, precisamente, a “lo nuevo”, que no es otra cosa que todo aquello que Cuba vivió antes de la revolución: un país enormemente desigual con una casta privilegiada que esclavizaba a las grandes mayorías.
Sin dudas, un poco antes o un poco después, la presión de las nuevas generaciones que no vivieron aquello, generará transformaciones en la cultura cubana como la juventud genera transformaciones en todas las culturas. Sin embargo, curiosamente, solo se hace hincapié en la insatisfacción de los jóvenes cubanos “atados” por el socialismo pero no se nos dice nada de la insatisfacción de los jóvenes capitalistas, los cuales, a pesar de estar presuntamente “libres”, sufren lo que Fisher denomina “hedonia depresiva”, esto es, una depresión que no está vinculada a la incapacidad de hallar placer sino a no poder hacer otra cosa más que buscar placer.  
Pero retomemos la idea de “lo realista”. En política, cuando se nos pide que seamos “realistas” se nos pide que aceptemos lo que hay y que eso que hay es el capitalismo. Cualquier alternativa puede ser encomiable desde lo discursivo pero, aparentemente, choca con “los hechos”. Quienes critican a Castro y no lo definen como un asesino, le endilgan que su modelo era utópico e irrealizable, es decir, lo acusan de no ser realista. Sin embargo, “lo realista” como vinculado a determinados hechos duros o a cosas presuntamente incontrovertibles, es algo que debe ser puesto en tela de juicio pues en eso, precisamente, consiste la hegemonía, es decir, en presentar como algo dado, natural y universal lo que en realidad son los valores y la concepción del mundo de una facción. En palabras de Fisher: “No hace falta decir que lo que se considera “realista” en una cierta coyuntura en el campo social es solo lo que se define a través de una serie de determinaciones políticas. Ninguna posición ideológica puede ser realmente exitosa si no se la naturaliza, y no puede naturalizársela si se la considera un valor más que un hecho. Por eso es que el neoliberalismo buscó erradicar la categoría de valor en un sentido ético. A lo largo de los últimos 30 años, el realismo capitalista ha instalado con éxito una “ontología de negocios” en la que simplemente es obvio que todo en la sociedad debe administrarse como una empresa, el cuidado de la salud y la educación inclusive. Tal y como han afirmado muchísimos teóricos radicales, desde Brecht hasta Foucault y Badiou, la política emancipatoria nos pide que destruyamos la apariencia de todo “orden natural”, que revelemos que lo que se presenta como necesario e inevitable no es más que mera contingencia y, al mismo tiempo, que lo que se presenta como imposible se revele accesible” (Fisher, M., Realismo capitalista, Bs. As., Caja Negra, p. 42).
Lo interesante de este realismo capitalista es que es capaz de deglutir toda disrupción e incluso de presentar como disruptivo aquello que es funcional al sistema. El mejor ejemplo de ello son las “jornadas solidarias” que aquí en Argentina suelen realizar ONG, Fundaciones con fondos de dudosa procedencia, la Iglesia y hasta canales de TV. La exigencia de solidaridad introduce la variable de una ética individual y nos dice que, en algún sentido, tenemos la obligación de ayudar a los que menos tienen pues cargamos con la culpa de formar parte de aquella mitad de la población mundial que todavía se da el lujo de tener sus necesidades básicas satisfechas. Claro que, ese tipo de acciones solidarias, omite la identificación del responsable de esa desigualdad. Solo nos dice de manera “realista” que la desigualdad es un hecho y que no es la lucha colectiva contrasistémica sino el aporte individual solidario el que debe enfrentar el desequilibrio. En la página 39 del libro citado, Fisher lo indica así: “El chantaje ideológico que viene ocurriendo desde [la moda de] los conciertos [solidarios] insiste en que individuos compasivos y solidarios pueden terminar con la pobreza (…). Es necesario actuar de una vez, se nos dice; hay que suspender la discusión política en nombre de la inmediatez ética. Product Red, la marca de Bono [el cantante de U2 que organiza acciones solidarias] (…) es la aceptación “realista” de que el capitalismo es el único juego que podemos jugar. Al buscar que una parte de las ganancias de las ventas de los productos particulares se destinen a buenas causas, Product Red encarna la fantasía de que el consumismo occidental, lejos de estar intrínsecamente implicado en la desigualdad global sistémica, puede más bien contribuir a resolverla. Lo único que tenemos que hacer es comprar los productos correctos.”
Nótese cómo este fenómeno se reproduce aquí cuando determinadas marcas nos dicen que al comprar su producto estamos ayudando al Hospital X, a un mundo más saludable o a la construcción de un potrero, sin decirnos por qué al Hospital X le faltan fondos, por qué el mundo está en una crisis ambiental sin precedentes y por qué ya no existen potreros. 
Sería necio negar que el sistema cubano tiene deficiencias, del mismo modo que sería necio negar que la revolución ha hecho que millones de cubanos vivieran mejor de lo que vivían y de lo que vivirían en un sistema capitalista abierto. Pero lo más importante de la revolución que, sin dudas, hoy no podría tener el formato que tuvo, es haber desnaturalizado lo que parecía obvio, haber mostrado que es falso que no haya alternativa. Porque alternativas hay muchas. Si la del modelo cubano no es adecuada para los tiempos actuales, para la Argentina o para buena parte del mundo, pues entonces busquemos otra y, cuando la encontremos, probablemente nos daremos cuenta que esa alternativa puede hallar en el espíritu de la revolución cubana y de Fidel Castro al menos algunos principios valiosos y algunas guías (siempre perfectibles, claro), pero guías al fin. Como diría Silvio Rodríguez: “Yo no creo que haya sido en vano, pero pudo ser mucho mejor. Hacia el porvenir partieron sombras…cuando no alcance solo podré alertar. Si alguien me oye allí, no se olvide, pues, de iluminar”. 

      

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Carta de Kirchner a los militantes de hoy (publicada el 22/11/16 en www.veintitres.com.ar)

“En tus opiniones también menospreciás la victoria del pueblo de la provincia de Buenos Aires sobre el aparato duhaldista y confundís el voto popular con movimientos de aparatos. 
Cuando te quejás de la CGT no podés reconocer que, nos guste o no, son ellos los que hoy representan a los trabajadores. 
También caés en el reduccionismo político de equiparar a la CGT con Barrionuevo. Sería como equiparar a los empresarios con Martínez de Hoz. (…)
Acierto y me equivoco como cualquier ser humano. Vos sos una buena persona. No te voy a quitar méritos. A veces sos un intelectual brillante y otras veces opaco. Pero no olvides que también fuiste un militante político y como tal merecés un análisis más profundo y piadoso, pero siempre con los pies en la tierra. (…)
Por eso creo que vos y yo no pensamos tan diferente, sino que tenés miedo. Miedo de que te confundan, porque creés que la individualidad te va a preservar. Pero no te olvides que pertenecemos a una generación que siempre creyó en las construcciones colectivas. La individualidad te pondrá en el firmamento pero sólo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia. Al fin y al cabo todos somos pasantes de la historia”

Este fragmento corresponde a carta que Néstor Kirchner le enviara a José Pablo Feinman hace más de una década. Fue publicado en el libro de este último, El flaco, y en estos días me lo hizo recordar el periodista Alfredo Silletta quien, en su página, www.info135.com.ar escribiera un interesante artículo en torno a la movilización del viernes 18 de noviembre. Como bien indica Silletta, las palabras de Kirchner pueden ser útiles para pensar el modo en que se construyen mayorías y advertir la tentación de las vanguardias políticas y/o intelectuales.
Siendo más específicos, puede haber buenas razones, aun desde el campo popular, para no haber marchado. Principalmente la vergonzosa actitud de la cúpula de la CGT que el año pasado paraba por ganancias y este año apenas marcha cuando el contexto la empuja, a pesar de que se estima en, al menos, un 10% la pérdida del poder adquisitivo de los salarios. Incluso también se puede advertir que muchos de los movimientos sociales que convocaron, casi recién asumido el nuevo gobierno, estaban sentados en la mesa para negociar, quizás más preocupados por sostener sus estructuras y su anclaje territorial que por la conflictividad social.
A esto se puede agregar algunas de las razones que se expusieron en un comunicado de La Cámpora en torno al proyecto de Emergencia social que tuvo media sanción en el Congreso. En este comunicado se indica que es absurdo pensar que una ley pueda crear un millón de puestos de trabajo cuando existe una política gubernamental de eliminar el mal llamado “costo laboral”; que la noción de “emergencia” parece vinculada a una situación de excepcionalidad que en cuanto tal, desaparecería en el corto plazo y que puede interpretarse como una medida circunscripta a paliar los costos de la “pesada herencia”; y que dado que el culpable de la situación actual es el gobierno y no el Congreso, la movilización debió haberse convocado a la plaza de mayo.
Todas estas parecen buenas razones y, sin embargo, frente a un adversario político claro, resulta incomprensible no acompañar de lleno este tipo de iniciativas. En este sentido, las buenas razones esgrimidas por la Cámpora y el “kirchnerismo duro” no alcanzan para explicar un comunicado crítico en esta coyuntura.
Ahora bien, ¿señalar el carácter inoportuno de este comunicado significa invitar a aliarse con Barrionuevo? Claro que no y, de hecho, el fragmento de la carta de Kirchner aquí citada intenta mostrar que la CGT es mucho más que un deleznable dirigente. Con todo, es real que la construcción política realizada por quien presidiera la Argentina entre 2003 y 2007, tuvo enormes muestras de pragmatismo en el mejor y en el peor sentido, esto es, construyendo incluso con los “impuros” o con aquellos con los que, se sabe, no llegaremos juntos al final del camino. A su vez, la crítica a la actitud egoísta de algunos intelectuales que Kirchner desliza en la carta son aplicables también a ciertos espacios progresistas y de izquierda que parecen estar más cómodos en posiciones testimoniales o en la unanimidad del sí mismo. Una vez más, estas palabras no deben entenderse como un llamado a una unidad desesperada con todo aquel que pueda traccionar algún voto, no solo porque las convicciones nos compelen a brindar una propuesta coherente sino porque desde el punto de vista estratégico tampoco es garantía de sumar más votos. Preguntémosle a Macri si no, que soportó la presión de todo el establishment económico y mediático, fue a la elección sin aliarse con Massa y, finalmente, ganó todo, incluso la provincia de Buenos Aires. Así, sumar por sumar a veces no tiene sentido pues lo que entra por un lado sale por el otro, tal como le puede ocurrir a Massa aliándose con la denuncista serial Margarita Stolbizer. Pero no hay posibilidad de construcción electoralmente competitiva si se sigue agudizando la fragmentación que ya se vislumbró durante el año 2015 al interior del kirchnerismo.
Asimismo, más allá del natural juego de la sorpresa respecto a “la” candidatura, en el espacio del kircherismo duro parecen darse mensajes contradictorios o, mejor dicho, parece haber una tensión entre mensajes públicos que llaman a la unidad y los movimientos internos en los que no parece haber ánimo de una construcción más amplia. O en todo caso, lo que sería peor aún, quizás esa tensión no sea tal y lo que haya sea simplemente confusión.                 
Aunque siempre con límites, mientras los partidos políticos sigan compuestos por seres terrenales, las mayorías habrá que construirlas con las estructuras disponibles, aunque más no sea para alcanzar el poder y luego transformarlas o conducirlas. Se trata de construcciones colectivas en las que muchas veces se debe ceder.
En este sentido, más de diez años después, seguramente Kirchner volvería a escribir la misma carta, aunque ya no dirigida a un intelectual sino a todos aquellos que se sienten parte del movimiento nacional e incluso a aquellos que simplemente no están de acuerdo con el actual gobierno. Porque señalar con el dedo desde casa o rodeado de un grupo de incondicionales es fácil. Pero ¿saben qué? Así no se construye poder.                  


jueves, 17 de noviembre de 2016

...pero que influyen, influyen (publicado el 15/11/16 en veintitres.com.ar)

El triunfo de Trump, pese al apoyo explícito de, prácticamente, todos los medios estadounidenses, volvió a exponer en la opinión pública el eterno debate acerca de la influencia de los medios. Curiosamente, cada vez que un resultado electoral contradice el interés de las corporaciones mediáticas, los periodistas del establishment no critican la pornográfica militancia de pares y empleadores en favor de uno de los candidatos sino que aprovechan para instalar que “los medios no influyen”. Al afirmar esto confunden, por ignorancia o por malignidad, la posibilidad de influir con el hecho de determinar completamente una acción a pesar de que hace décadas que se encuentra saldada esta discusión y que nadie con un mínimo de comprensión en materia de comunicación puede afirmar que la línea editorial de un medio logra transformar a su audiencia en un conjunto de zombies autómatas. Con todo, y para acercar algunos datos que puedan brindar apoyo a futuras conclusiones, quisiera aportar a la discusión algunos de los elementos que Pablo Boczkowski y Eugenia Mitchelstein expusieron en un libro titulado La brecha de las noticias. Se trata de los datos que obtuvieron en una investigación realizada en veinte de los más importantes sitios de noticias online, de tres regiones del mundo diferentes. La pregunta que da inicio a la investigación es si existe una correspondencia entre aquello que los periodistas y los lectores consideran importante.  Se trata de otra eterna discusión, propia de cualquier redacción y de cualquier ámbito donde se enseñe periodismo. Me refiero a la discusión sobre qué privilegiar: ¿hay que darle prioridad a lo objetivamente importante, (si es que esto se pudiera determinar de manera incontrovertible) o a lo que le interesa a la gente (lo cual, aparentemente, no siempre coincide con lo objetivamente importante)?
Según estos investigadores, de aquí también el título del libro, existe una brecha entre aquello que los periodistas consideran importante y la noticia a la que el lector le da prioridad. En otras palabras, los lectores prefieren los policiales, el espectáculo, los deportes, las noticias sobre ocio y hasta el estado del tiempo, antes que los artículos sobre política, economía y temas internacionales, esto es, aquellos que se pueden englobar en la categoría de “asuntos públicos”. Más allá de que siempre existió esta presunción, los medios online permiten alcanzar con precisión cuántos lectores se inclinan por un tipo de artículo en detrimento de otro. 
En términos porcentuales, la brecha entre aquello que los periodistas consideran importante y aquellas noticias que la audiencia privilegia es de entre 9 y 30 % variando de sitio en sitio pero se achica en momentos electorales o en circunstancias en las que hay un hecho político conmocionante, como podría ser la disputa entre el gobierno de Cristina Kirchner y las patronales del campo. En este punto, cabe resaltar que, de los veinte medios analizados, aquel en el que la brecha es más chica ha sido curiosamente Clarín. Si bien podríamos hacer distintas elucubraciones acerca de por qué se da esta particularidad, lo cierto es que Clarín es el medio analizado en el que la percepción del periodista y el lector respecto a lo importante se encuentra más cercana. 
Asimismo, los investigadores notaron que la región y la ideología no producen cambios bruscos en la brecha. Es decir, en Estados Unidos, Europa o Latinoamérica, el hiato se produce en medios elitistas y populares, como así también en conservadores y progresistas. ¿Por qué sucede esto? Según los autores: “la homogeneización creciente de la educación y la gestión periodísticas, la dependencia cada vez más grande de los despachos de las agencias de noticias y el surgimiento de un entorno mediático con muchas opciones que permite a los consumidores concentrarse en los artículos que quieren y evitar el resto, pueden contribuir a la convergencia”. Efectivamente, elitistas o populares, conservadores o progresistas, los periodistas son formados en los mismos terciarios, con los mismos profesores y programas; por otra parte, la pauperización de las condiciones laborales de la prensa explican que los medios sean repetidores de noticias. Los más grandes repiten las noticias de las agencias y los más chicos repiten las noticias de los más grandes. La consecuencia es la homogeneidad del contenido, como mínimo, a nivel continental. Por citar solo un ejemplo, una nota fuertemente sesgada que no lleva firma y que proviene de una agencia de noticias, fue reproducida por Clarín bajo el título: “Crisis en Venezuela: bebés en cajas de cartón por falta de cunas”. Aunque resulte sorprendente la misma noticia fue publicada con títulos más o menos similares en www.nuevodiarioweb.com.ar, www.publimetro.cl, www.informadorchile.com, www.news.google.com.ve, www.eldeber.com.bo, www.bonews.org, www.debate.com.mx, elmanana.com.mx, por citar solo algunos sitios web.
El estudio, además, echa por tierra con uno de los latiguillos más repetidos en los últimos años: la importancia de los blogs y los contenidos realizados por los usuarios al momento de disputar agenda. Del total de los sitios visitados, los blogs representan el 4% de las elecciones de los periodistas y el 3% de los consumidores; a su vez, los contenidos generados por usuarios, representan el 1% de las consultas de periodistas y el 0,26% de los consumidores.
De los datos aquí expuestos, los autores señalan, quizás algo deprisa, que la brecha en las noticias muestra que los medios online, al menos, tienen limitaciones en la imposición de agenda pues, evidentemente, aquello que consideran importante no parece serlo para la totalidad de los lectores. Considero que es apresurado pues a pesar de que, como indicamos al principio, coincidimos en que influir no es lo mismo que determinar completamente, que las audiencias no consuman siempre aquello que los periodistas consideran importante no implica que las audiencias consideren que esas noticias no sean “lo importante”. En todo caso, podemos estar frente a consumidores que reconocen que los asuntos públicos son de relevancia pero que, sin embargo, eligen noticias de deportes o espectáculos porque les resultan más entretenidas. De hecho, es probable que la nota número cincuenta dedicada a José López sea menos interesante que la nota donde se puede ver el gol agónico de Boca y eso no hace al gol de Boca algo más importante objetivamente en la percepción de la audiencia. Asimismo, el estudio no parece tomar en cuenta la problemática de la concentración mediática en cuanto la brecha en algún medio en particular puede ser alta pero, si un grupo económico posee centenares de medios, es probable que un análisis global de las audiencias de esos medios arroje una brecha infinitamente menor. Por otra parte, algo que sí notan los autores, la brecha puede deberse a que “los medios parecen hablarse a sí mismos y a las elites políticas y económicas, y no a su amplia base de consumidores”. Esto se observa cada vez más: ¿o acaso creés que los editoriales de algunos de los columnistas de La Nación están dirigidos a su audiencia? No. Son mensajes dirigidos a ciertas elites, como también sucede muchas veces con algunos de los editorialistas de un diario ideológicamente distinto como Página 12 cuya tirada es pequeña en relación a la carga simbólica que alguna de sus plumas puede tener en el mundillo de los propios medios y de ciertos espacios progresistas.      
Para finalizar, la brecha muestra que periodistas y lectores no acuerdan estrictamente sobre qué noticia privilegiar pero también indica que ese acuerdo se da la mayoría de las veces aun cuando la brecha sea grande. No parece, por cierto, una conclusión para menospreciar.