domingo, 21 de julio de 2024

Escuchen, corran la bola... (editorial de No estoy solo del 20.7.24)

 

Escuchen, corran la bola, hacen escándalo por una canción boba. No podía ser de otra manera, claro está. Son tiempos de espíritus sensibles.

El origen de la polémica ya lo conocen: un descuido del jugador de la selección Enzo Fernández en su red social, hizo público lo que era un festejo privado donde se dicen cosas que no se dicen en público. Lo hace la mayoría. Pero lo único que pide esta sociedad hipócrita es que no se haga público, algo difícil, especialmente para una generación que todavía no logra entender que una red social no pertenece al ámbito de lo privado, máxime si eres famoso. La canción en cuestión se había difundido durante el mundial 2022 e incluye toda la incorrección política posible porque discrimina al colectivo trans, es machista y, sobre todo, porque es profundamente racista. Esto es inobjetable y, desde ya, repudiable.

Ahora bien, uno comprende que el progresismo es el único que tiene el beneficio del contexto cada vez que necesita defenderse, pero obviar que se trata de una canción de cancha que tiene que ver con el folklore del fútbol y que se realiza con fines lúdicos, es desconocer demasiadas cosas. Se podrá objetar que en nombre del folklore se justifican mensajes y hechos aberrantes además de, en muchos casos, promover el inmovilismo. En todo de acuerdo. Pero tomar el mensaje del folklore del fútbol en un sentido literal es un gran error. Y aquí el argumento no puede ser aquel que denuncia una supuesta “naturalización”. No, no hay naturalización de un mensaje repudiable. Hay directamente un mensaje distinto, una connotación distinta, otras cosas en juego, otros valores, otro significado.

Los ejemplos brotan por doquier en las canchas argentinas, a saber: todas las hinchadas se agreden verbalmente y se amenazan con una terminología del peor machismo, aquella de “te vamos a matar” y, salvo horrorosas excepciones, eso no sucede. Es folklore. Casi nadie se toma eso en serio porque, justamente, no es en serio. Algún demente lo puede efectivizar, pero es un demente o un mafioso que lo hace por otras razones. Aun en una sociedad violenta como la que vivimos, la gente no se anda matando todos los días por un partido de fútbol.

En el mismo sentido puede plantearse lo de ese conjunto de canciones que siempre rematan con un “les vamos a romper el culo”. Porque cualquiera que va a un estadio observará que esos cánticos son repetidos por los gays, las mujeres y la gran mayoría de varones que van a la cancha y no son machistas. ¿Es porque lo han naturalizado? No, es porque en ese ámbito y en ese contexto, el sentido es otro y se juegan valores de pertenencia, rivalidad, etc.          

Lo mismo sucede con toda la decadente apología de las drogas que hacen las hinchadas. Todas las canciones tienen alguna estrofa de andar cansino en el que la hinchada nos cuenta su apego “al vino y la droga” y esas canciones, con un mensaje verdaderamente de mierda, también es cantado por todos, incluso por esa mayoría de espectadores que está en el estadio y no consume ni drogas ni alcohol (como el caso de quien aquí escribe), como así también por aquellos que, si lo hacen, lo hacen de manera ocasional y con fines recreativos. ¿Repetir esa canción acríticamente genera las bases para promover futuras acciones? Por ejemplo, ¿al dejar que un chico repita esas canciones, estamos moldeando el drogadicto de mañana? La respuesta es no. No nos subestimemos. No somos todos tan tontos para creer en causalidades tan directas. Las cosas son complejas. El lenguaje no crea realidad tan fácilmente.

Por último, ¿hace falta hablar del contenido racista de las canciones, por ejemplo, contra Boca, con la referencia a “son todos putos de Bolivia y Paraguay”, cumpliendo así el poco envidiable mérito de ser racistas y homofóbicos en una única línea? Lo curioso es que incluso paraguayos, bolivianos y gays de otras hinchadas lo canten, como así también la inmensa mayoría de asistentes, los cuales no son ni racistas ni homofóbicos ni se convierten en tales por ocasionalmente cantarlo. ¿Es que son tontos y alienados que atentan contra su propia identidad? ¿O es gente que entiende que solo en ese marco y durante ese lapso de tiempo, el sentido de esas palabras es otro?

Los intentos por erradicar este tipo de mensajes en las canchas argentinas han sido, como mínimo, bastante selectivos: el juego se suspende cuando hay un canto racista o antisemita (por ejemplo, contra Atlanta) pero no se suspende cuando se habla de “putos” o cuando se hace apología de la violencia y las drogas. Misterios de una corrección política a medias o, quizás, un intento de seguir la línea europea y estadounidense donde la problemática racial tiene todavía una conflictividad que en la Argentina no existe, más allá de que, obviamente, podamos encontrar ejemplos de discriminación que no deberían ocurrir. Para muestra del nivel de estupidez, rigorismo absurdo pero, sobre todo, incomprensión de los contextos, justamente en aquellos progres que defienden el relativismo cultural, está el caso de Edinson Cavani, quien en 2021 fue multado y suspendido por 3 partidos en la liga Inglesa al escribir en su cuenta de Instagram “Gracias, negrito” tras un cumplido que le había hecho un compañero de equipo que era negro. ¿Alguien puede creer que Cavani se lo dijo despectivamente? ¿No se entiende que incluso si el compañero hubiese sido albino también le hubiera dicho “negrito” porque el sentido es el del cariño y no el de la discriminación?

Sin embargo, claro está, los tiempos de extrema sensibilidad son también los tiempos de la sobreactuación, como la que lleva adelante la FIFA y la Conmebol, instituciones que han desnaturalizado y destruido al fútbol, o el propio gobierno francés, cargando su culpa por un pasado colonial y en disputa interna abierta contra “la derecha”.

A propósito de Francia, cada sobreactuación de su gobierno me recuerda aquellas palabras de la actual primer ministro italiana, Georgia Meloni, cuando en una entrevista televisiva de apenas algunos años atrás, le responde, al gobierno francés que la corría por izquierda con la problemática migratoria, lo siguiente:

 

“Esto [mostrando un billete] se llama Franco CFA, es la divisa colonial que Francia imprime para catorce naciones africanas a las que aplica el señoreaje y en virtud de las cuales explota los recursos de estas naciones. Esto [mostrando una foto], es un niño que trabaja en una mina de oro de Burkina Faso. Burkina Faso es una de las naciones más pobres del mundo y Francia imprime moneda colonial para Burkina Faso que tiene oro. A cambio, ellos exigen el 50% de todo lo que Burkina Faso exporta, lo cual termina en los cofres del tesoro de Francia (…). Así que la solución no es tomar africanos y traerlos a Europa. La solución es liberar África de ciertos europeos que se dedican a explotarlos y permitirles a estas personas vivir de lo que es suyo”.

Asimismo, si nos restringimos puntualmente a la polémica con Enzo Fernández, fue otra mujer, también de derecha y católica, la que recogió el guante y suscribió lo que podría haber suscripto un dirigente peronista: “Argentina es un país soberano y libre. Nunca tuvimos colonias ni ciudadanos de segunda. Nunca le impusimos a nadie nuestra forma de vida. Pero tampoco vamos a tolerar que lo hagan con nosotros. Argentina se hizo con el sudor y el coraje de los indios, los europeos, los criollos y los negros como Remedios del Valle, el Sargento Cabral y Bernardo de Monteagudo. Ningún país colonialista nos va a amedrentar por una canción de cancha ni por decir las verdades que no se quieren admitir. Basta de simular indignación, hipócritas. Enzo yo te banco, Messi ¡gracias por todo! ¡Argentinos siempre con la frente alta! ¡Viva la Argentinidad!”    

No fue Cristina Kirchner sino la vicepresidente, Victoria Villarruel, mostrando un perfil nacionalista y soberanista que no está presente en Milei y que aparece cada vez más a cuenta gotas en los sectores progresistas que insólitamente creen que hablar de nacionalismo es defender la dictadura militar. Fue, por cierto, una gran respuesta y una gran síntesis de cómo la Argentina ha sido un ejemplo de amalgama de identidades, culturas y valores donde el igualitarismo se ha destacado por encima de eventos puntuales de discriminación. Los amigos del Washington Post que en diciembre de 2022 hablaban de una Argentina racista porque no tenía negros en el primer equipo, no lo entenderían porque son más wokistas que estudiosos de la historia; tampoco el presidente que dice que los argentinos venimos de los barcos.         

Que hay un aprovechamiento político en el mensaje de Villarruel, saliendo a defender a los jugadores de la selección en este momento, es cierto, del mismo modo que es real otra sobreactuación, en este caso, de la oficina del presidente, en ese comunicado por el cual se lo echa al subsecretario de deportes, Julio Garro, bajo el pretexto de que “ningún gobierno puede decirle qué comentar, qué pensar o qué hacer (…) [a un] ciudadano”. Es una declaración grandilocuente y falaz porque ningún derecho es absoluto, ni siquiera el de expresión, pero claramente está dirigido a la progresía que le ha entregado la bandera de la libertad a la derecha y anda con el dedito amonestador controlando quiénes cumplen cada uno de los preceptos de la moralidad neopuritana. Una reacción radical (por derecha) a un avance contra los derechos (en nombre de los derechos) igualmente radical (por izquierda).

Para finalizar, entonces, escuchen: cuando las universidades de todo el mundo vomitan egresados de humanidades y sociales que consideran que todos los problemas humanos pueden resolverse a través de una ingeniería social que modifique el lenguaje, una polémica que ha traspasado las fronteras argentinas aflora por no tener en cuenta la complejidad de los mensajes, su contexto y todos aquellos elementos que intervienen al momento de comprender su significado.

¿Ya escucharon? Ahora corran la bola.   

        

miércoles, 17 de julio de 2024

La progresista Hermandad Musulmana contra la derecha radical (publicado el 2.7.24 en www.disidentia.com)

 

Francia atraviesa uno de los escenarios más conmocionantes de su más reciente etapa democrática. Naturalmente, es parte de un proceso que viene de larga data, pero en las últimas semanas se ha traducido en las urnas de un modo inédito. Hablamos, claro está, del resultado de las elecciones parlamentarias europeas y lo que ha sido compartido por todos los analistas como un “ascenso de las derechas más radicales”.

Ha sido este resultado el que precipitó la decisión intempestiva de Macron de adelantar las elecciones legislativas intentando aprovechar el pánico moral frente al lepenismo que tan buen resultado le venía dando y que ha sido utilizado, también, por Pedro Sánchez en España frente a la “amenaza ultra”. Pero, claro está, pareciera que esta vez no funcionó y, en la primera vuelta electoral, el espacio de Le Pen se alzó con la victoria con casi un tercio de los votos, seguido por un gran frente de izquierda algunos puntos por detrás y relegando al espacio de Macron a un tercer lugar.  

En estas horas todo es especulación, proyecciones, etc., y especialmente, un final abierto que parte de un sistema electoral bastante particular donde cada distrito tiene sus candidatos y en donde es posible que muchos de los que llegaron a la segunda vuelta se bajen para promover que todos los votos “antiderecha” vayan a un único candidato que enfrente al lepenismo. Asimismo, incluso ganando, puede que la derecha radical no cuente con la representación necesaria para imponer su Primer Ministro de modo que habrá que esperar.

Sin embargo, lo que sí parece seguro es que el espacio centrista ha sido trasladado a un lugar marginal y que el futuro de Francia estará en manos de “radicales”, sea de derecha, sea de izquierda, lo cual también plantea una advertencia a la derecha que viene monopolizando las expresiones de hartazgo, esto es: el espíritu antisistema que atraviesa el mundo occidental puede encontrar espacios de representación también en una izquierda radical. Porque el malestar es uno, pero la salida es diversa.     

Dicho esto, como suele ocurrir cada vez más a menudo, ha sido la literatura, antes que los ensayos y los trabajos académicos de los analistas, la que mejor ha comprendido los dilemas que plantea este fenómeno y, en el caso particular de la novela a la que vamos a referir, la que mejor ha comprendido las consecuencias que puede tener para los espacios de centro sostener su legitimidad en el mero hecho de ser “los únicos capaces de evitar el ascenso de la ultra derecha”. Hablamos de Sumisión, la polémica novela de Michel Houellebecq, publicada en 2015, la cual fue interpretada como islamofóbica y misógina, entre otras tantas cosas, y que le ha valido amenazas de todo tipo.

Para los que no conocen la trama, Houellebecq imagina una elección presidencial en el que la candidata Marine Le Pen es la más votada pero no logra alcanzar el porcentaje necesario para ganar en primera vuelta. Hasta aquí, nada extraño. Es lo que viene sucediendo, de hecho. El punto es que el autor de El mapa y el territorio introduce un elemento enormemente irritativo para los sectores progresistas: postula la existencia de un nuevo partido denominado Hermandad Musulmana, el cual, gracias al crecimiento de la población francesa que profesa esa religión, acabaría obteniendo el segundo lugar con el 22,3% de los votos, desplazando así al candidato socialista por apenas cuadro décimas.

Mohammed Ben Abbes, el candidato de la Hermandad, no es un colectivista ni un euroescéptico. De hecho, tiene un discurso liberal en lo económico y una propuesta imperial para una Europa ampliada que incluiría a Marruecos, Turquía, Argelia y Túnez, para luego dar paso al Líbano y Egipto. Eso sí, Ben Abbes tiene una particular pretensión: quiere acabar con el laicismo en Francia.

Ahora bien, lo que resulta irritativo para el progresismo no es la bastante inverosímil creación, a los fines literarios, de un partido musulmán capaz de ganar una elección en Francia. Lo incómodo es que Houellebecq plantea que, ante el peligro del ascenso de la ultraderecha, los espacios de izquierda harían un pacto con La Hermandad, de modo tal que, con los votos de la izquierda “antifa”, un partido musulmán, liberal y antilaico, ganaría las elecciones en Francia.

¿Cómo sigue la novela? La consecuencia del triunfo no se hace esperar y la prestigiosa Sorbona deviene islámica; los colegios laicos pierden gradualmente el apoyo económico del gobierno en detrimento de los petrodólares que se invertirán en escuelas privadas islámicas; el delito baja gracias a las políticas de mano dura, y la desocupación disminuye drásticamente porque las mujeres se retiran del mundo del trabajo para quedarse en el hogar cuidando a los chicos gracias a políticas públicas de incentivo económico para aquellas que privilegien el orden familiar tradicional.

Sin adelantar demasiado de la novela, Houellebecq lleva al extremo el cinismo de la cultura europea actual cuando el protagonista, un burócrata profesor e investigador de la Universidad, descreído, desapegado e indolente, acaba abrazando el Islam porque le permite regresar a la Sorbona y llevar una vida poligámica con varias mujeres, algunas de las cuales cuidan del hogar y otras, más jóvenes, le resultan funcionales a sus ocasionales deseos sexuales.     

El nombre de la novela, Sumisión, hace referencia a lo que sería, según el autor, el concepto clave para entender el corazón del Islam. Sin embargo, también podría interpretarse como una advertencia al modo en que Europa se entrega sumisamente al sacrificio de sus valores, su cultura y sus libertades en nombre de sus culpas y sus propios fantasmas.

Lo cierto es que, si salimos del mundo de la ficción, hoy, frente a Le Pen, no está la Hermandad Musulmana sino un gran frente de izquierda en el que sobresale, justamente y vaya paradoja, el partido de la izquierda radical de Mélenchon, llamado Francia Insumisa, acusado de azuzar el antisemitismo entre los partidos de izquierda por sus posiciones críticas a la política de Israel contra Palestina.   

Llegados a este punto, y a manera de reflexión final, entonces, el escenario francés plantea, en términos generales, un ejemplo más de las consecuencias que puede acarrear la costumbre electoral de votar candidatos que solo brillan frente a la demonización del adversario y, al mismo tiempo, expresa una enorme lección para aquellos espacios de centro que consideran que el rechazo al radicalismo alcanzará para hilvanar triunfos electorales. ¿No se dieron cuenta que, quizás, frente a un partido radical (de derechas) podría surgir, como más competitiva, antes que una propuesta de centro, una opción también radical, pero de izquierdas?

Por último, de cara a la segunda vuelta, se plantea una pregunta incómoda para los votantes, la misma que se puede inferir de la novela de Houellebecq: ¿qué se está dispuesto a sacrificar para que “no gane la derecha”? ¿Cualquier cosa que esté en frente de la derecha, como en su momento fue Macron, es mejor, entonces? ¿Esto incluye, acaso, votar a ese gran Frente de los insumisos de izquierda reunido para la ocasión, cuyos planteos abren varios interrogantes?

La posibilidad de un progresismo votando por una eventual “Hermandad Musulmana” para que “no gane la derecha que viene por tus derechos”, está más cerca de lo que parece.              

 


martes, 16 de julio de 2024

Un análisis de orina para el presidente (publicado el 13.7.24 en www.theobjective.com)

 

El presidente era un hombre de ochenta y tantos años “que ya mostraba todos los signos de una senilidad avanzada. Como muchos ancianos, disfrutaba de unos cuantos minutos de modesta lucidez al día, durante los cuales podía pronunciar alguna observación aforística, y luego caía en un crepúsculo vidrioso. Ahora su vista era demasiado borrosa para leer el teleprompter, pero el equipo de la Casa Blanca aprovechó el audífono que siempre había llevado para insertarle un pequeño altavoz, de forma que pudiera recitar sus discursos repitiendo como un niño todo lo que oyera en su auricular. Las pausas eran editadas por las cadenas de TV pero los riesgos del mando a distancia quedaron de manifiesto cuando en su discurso (…) el presidente sobresaltó esas pobladas filas de señoras de bien repitiendo el comentario de uno de los ingenieros: ‘Mueve el culo, me voy a mear’”.

Aunque se trata de un cuento de James Ballard, podría ser un fragmento de la crónica de alguno de los principales medios de Estados Unidos tras el último debate entre Biden y Trump. Es que, claro está, a los pedidos de declinación de la candidatura del presidente, se le suma una audiencia gozosa del espectáculo público de las banalidades y la senilidad. Así, se dificulta hallar grandes diferencias entre la ficción del autor de Exhibición de atrocidades y el tratamiento de la salud del presidente estadounidense en los últimos días.        

A propósito del cuento de Ballard, se trata de “La historia secreta de la tercera guerra mundial”, publicado en 1988, y refiere a un hipotético tercer gobierno de un Ronald Reagan completamente senil en el que se desataría una nueva guerra mundial que duraría apenas cuatro minutos pero que pasaría desapercibida por el hecho de que la población estaría distraída en asuntos menores que inundarían los informativos.

El cuento abunda en la ya redundante crítica a los medios de comunicación advirtiendo el modo en que la sobreinformación de puerilidades es una de las tantas formas de la manipulación, pero lo que tiene de original es el modo en que muestra que la salud presidencial podría ser el foco de un espectáculo que, en la actualidad estadounidense, también es electoral y es político.

En este sentido, el último debate ha dejado expuesto que las advertencias sobre la salud física y mental de Biden no eran una operación de la derecha y cada vez son más las voces que, tanto entre los dirigentes como entre los votantes del partido demócrata, entienden que el actual presidente debería dar un paso al costado. 

Frente a ello, Biden ha hecho entrevistas y apariciones públicas. Ya no se trata de lo que diga ni de sus proyectos para un nuevo mandato: solo se trata de lograr que termine las frases, que no se tropiece al caminar y que no evidencie signos de confusión. Así, en aquellos Estados Unidos que han exportado la cultura de la glorificación de la juventud, las “fuerzas del bien” avanzan en una campaña electoral que se basa en demostrar que el presidente no está senil y que el adversario es el diablo.

En este escenario, es probable que seamos testigos de aquello que, en el cuento, era llevado al paroxismo con pretensión risueña. Es que mientras en esa hipotética tercera presidencia de Reagan, en 1995, se sucedían repetidas crisis energéticas, el segundo conflicto entre Irán e Irak, la desestabilización de las repúblicas asiáticas de la Unión soviética y la perturbadora alianza en Estados Unidos entre el islam y el feminismo militante (¡visionario como pocos ha resultado Ballard, por cierto!), el equipo de especialistas en comunicación del presidente decide empezar a transmitir por televisión detalles de su salud: presión sanguínea, glóbulos rojos y blancos, y frecuencia cardíaca. Todo estaba disponible para tranquilidad de los televidentes y, sobre todo, de los mercados.

Este éxito comunicacional llevó a que rápidamente los pormenores de la salud del primer mandatario ocuparan cinco de las seis noticias principales. Así fue que, el día en que comenzó la tercera guerra mundial, el público no se enteró porque estaba atento al último parte médico que indicaba que el presidente estaba sufriendo crisis psicomotoras, percepción distorsionada del tiempo, pupilas dilatadas y temblor convulsivo.

Afortunadamente la guerra duró solo cuatro minutos y supuso el lanzamiento de cinco bombas atómicas, pero el avance tecnológico que permitía observar en vivo los electroencefalogramas del presidente fue todo un éxito de audiencias y el comentario de toda mesa familiar.

Con todo, la prueba de fuego se dio el día en que Reagan fue objeto de un atentado en un acto militar. La conmoción de la población, combinada con “la peor noticia”, parecía corroborarse en el hecho de que el pulso del presidente en la TV dio un horizontal continuado durante diez minutos. Y, sin embargo, de repente, sea por la magia de la televisión, la necesidad de finales felices o, simplemente, razones políticas, la pantalla de cada televisión evidenció una recuperación del pulso y el informativo indicó que el intento de asesinato había sido frustrado.

Llegados a este punto, hacia el final del cuento, Ballard reflexiona:

“¿Había muerto el presidente, quizás por segunda vez? ¿Había vivido en términos estrictos, durante algún momento de su tercer mandato? ¿Continuaría un espectro animado del presidente reconstituido a partir de las gráficas médicas que aún desfilaban por nuestras pantallas de televisión, gobernando otros mandatos, desatando la Cuarta y la Quinta Guerra Mundial, cuyas historias secretas expirarían en los intersticios de nuestros horarios televisivos, perdidas para siempre en el interior del análisis de orina supremo (…)?  

Si las predicciones de Ballard se cumplen, el comité electoral del partido demócrata devendrá un comité de médicos, los analistas traficarán conceptos para hablar de una nueva “biopolítica” y los influencers progresistas reaccionarán en Youtube a los cambios en la frecuencia cardíaca de Biden cada vez que Trump aparezca liderando las encuestas.

Quizás, quién lo sabe, cuando se produzca la próxima guerra mundial, estemos entretenidos discutiendo cosas importantes como si el Alzheimer es de izquierda y el colesterol alto es de derecha.

 

lunes, 1 de julio de 2024

La generación Smartphone: ansiosos, deprimidos y futuros dirigentes (publicado el 29/6/24 en www.theobjective.com.ar)

 

La hipótesis es provocadora y viene levantando polvareda desde su formulación. Podríamos resumirla así: el aumento exponencial de casos graves de enfermedades mentales en adolescentes y jóvenes obedece a la gran reconfiguración de la infancia producida por el uso del Smartphone.

Quien lo afirma es el psicólogo social estadounidense, Jonathan Haidt, en su último libro, La generación ansiosa, publicado en español hace apenas algunas semanas, un texto en el que referencias a investigaciones y estudios empíricos hay de sobra. Y sí, claramente, habría que decir que, esta vez, a Mark Zuckerberg “No le gusta esto”.

A propósito de datos, observemos algunos. La depresión grave en adolescentes estadounidenses de 12 a 17 años aumentó un 145% en las mujeres y un 161% en los varones más allá de que ellas se encuentran más afectadas en términos absolutos.

¿No podría tratarse de un sobrediagnóstico o de un efecto contagio producto de una época en que ser víctima brinda un status? Haidt lo niega y se apoya en el crecimiento de la tasa de visitas a los servicios de urgencia por autolesiones en preadolescentes de 10 a 14 años. Desde 2010 a 2020, en el caso de las mujeres, aumentó un 188%; en el caso de los varones, un 48%. En cuanto a las tasas de suicidio, para esa misma edad, en el caso de los chicos creció 91% en el mismo período y, en el caso de las chicas, un 167%. Digamos, entonces, que, con o sin contagio, lo cierto es que lo que está sucediendo tiene efectos concretos.

En cuanto a los que ingresan a la universidad, los números son igualmente dramáticos, a saber: los casos de ansiedad han aumentado un 134% entre el 2010 y el 2020, y los de depresión un 106%. El punto es que aumentos de este calibre no se han producido en el resto de las generaciones. Es más, si nos posamos en la generación boomer, por ejemplo, habría que decir que los índices han disminuido.  

Es evidente, entonces, que algo sucedió en 2010. ¿Una guerra mundial? ¿La caída de algún muro en Berlín? ¿Una pandemia? ¿Acaso una gran crisis económica? Nada de eso. Simplemente sucedió el Smartphone que, junto a una serie de variables y un contexto cultural propicio, explican, según Haidt, el fenómeno que estamos describiendo. De aquí que el autor considere que, al momento de analizar las características de una generación, antes que un hecho conmocionante, deberíamos hacer foco en el tipo de tecnología preponderante en los años en que esa generación devino adulta.

Pero, ¿de qué generación hablamos? De la conocida como Generación Z, la generación ansiosa, a decir de Haidt, aquella de los nacidos a partir de 1995 y que entran en la adolescencia en ese “fatídico” año 2010. Se trata de la primera generación que creció con un Smartphone en el bolsillo. Ahora bien, ¿acaso no existían teléfonos móviles antes de ese año? Sí, por supuesto, pero casi en simultáneo, entre 2009 y 2012 se da la convergencia de un desarrollo tecnológico que ha moldeado nuestra forma de vida, probablemente, como nunca ha sucedido a lo largo de la historia. Haidt refiere aquí al despliegue de la banda ancha, la llegada del iPhone y el auge de las redes sociales gracias a la invención del botón de Me Gusta y Compartir. Asimismo, aunque lo hayamos olvidado, otro paso clave es el iPhone 4, el primero en tener una cámara frontal que permite hacer las selfis, y el hecho de que Facebook haya comprado Instagram en 2012 dándole un impulso fenomenal a la red social donde la fotografía es lo principal. Esto será clave para las niñas porque, en comparación con los varones, cooptados por las consolas de videojuegos, ellas pasarán mucho más tiempo en las redes sociales, ingresando en una espiral de comparación con influencers y filtros contra cuyos estándares de belleza es imposible competir.      

Pero, claro está, el cambio tecnológico no lo explica todo. En este sentido, como ya lo indicara Haidt en su libro anterior, La transformación de la mente moderna, nada de esto podría comprenderse sin el trasfondo de una generación de padres temerosos. Es más, el autor advierte una enorme paradoja: los padres de hoy sobreprotegen a los niños en el exterior y los desprotegen cuando éstos navegan por internet, como si los únicos peligros estuvieran de la puerta hacia afuera.

¿Por qué los padres de los años 80 y 90 devinieron sobreprotectores? Haidt refiere a estudios que hablan de cambios graduales en el diseño urbano, pero, sobre todo, al auge de la TV por cable y las noticias 24/7; al creciente número de mujeres que trabajan, lo cual genera un incremento de guarderías que sobreprotegen a los niños ante el temor de una sociedad afecta al litigio fácil; al quiebre de la sociedad adulta por el cual mi vecino ahora es alguien que no conozco y puede dañar a mi hijo, y a los “expertos” en crianza cuyos consejos están más preocupados por adecuarse a sus prejuicios que por expresar el consenso científico.   

Dicho esto, el gran tema del libro parece ser, al fin de cuentas, cómo educamos a nuestros hijos y, en este sentido, las reflexiones de Haidt van en la misma línea del ya célebre No pienses en un elefante de George Lakoff. Allí, lo más interesante es cómo el autor entiende que la división entre republicanos y demócratas responde a dos tipos de concepción familiar y, por ende, a dos formas de criar a los hijos. En este sentido, los conservadores se basan en el modelo del padre estricto que cree que su deber es inculcar la disciplina y los valores para que, el día de mañana, el niño sea capaz de adecuarse a un mundo hostil y competitivo. Los progresistas, en cambio, se basan en el modelo de los padres protectores, por el cual el deber de los progenitores es escuchar a los niños, promover el valor de la cooperación y hacer del mundo un lugar más amable.

Cruzando ahora ambos textos, podría decirse que, según Haidt, el modelo familiar y moral del progresismo se ha impuesto y eso es lo que explica que la infancia “basada en el juego” haya sido reemplazada por la infancia “basada en el teléfono”. 

La infancia basada en el juego, aquella que nos constituyó a todos los que contamos más de 40 abriles, suponía pasar la mayor cantidad de tiempo jugando con amigos en un mundo donde el vínculo físico, sincrónico y cara a cara era esencial. Era un tipo de crianza que estimulaba lo que Haidt llama una vida en “modo descubrimiento”, clave para el desarrollo humano. Pero, claro está, frente a la generación de padres protectores que considera que el exterior y la interacción con los otros es motivo de riesgo, es natural que esa infancia basada en el juego sea reemplazada por una infancia basada en el teléfono y que el modo descubrimiento sea sustituido por el modo defensa. Sobre esta base es que podemos comprender por qué la generación Z, además de ansiosa, depresiva, autolesiva y suicida, es una generación victimista e infantilizada que todo el tiempo está reclamando y pidiendo “protección” al Estado.       

De hecho, Haidt dice que cuando la generación Z llegó a las universidades, la atención psicológica de las mismas se vio desbordada y que “libros, palabras, conferenciantes e ideas que provocaron escasa o nula polémica en 2010 se consideraron en 2015 perjudiciales, peligrosos o traumatizantes”.

¿Qué deberían hacer tanto padres como gobiernos y compañías? Según Haidt es necesario retrasar el momento en que nuestros hijos acceden a internet; evitar que posean redes sociales hasta los 16; promover una normativa de “colegios sin móviles” y fomentar una crianza con mayor independencia infantil. Se trata de acciones muy similares a las que, por ejemplo, acaba de anunciar Macron en Francia. 

Los números expuestos suponen la necesidad de un accionar urgente pues todo hace prever que el escenario de la salud mental entre los más jóvenes empeorará. Si esto ya es un motivo de preocupación en sí, imaginemos cómo serán las cosas cuando estas generaciones alcancen la edad suficiente para dirigir nuestras sociedades. 

Ver y no verla (al mismo tiempo) [editorial del 29.6.24 en No estoy solo]

 

Aunque todos coinciden en que, con la sanción de la Ley Bases en diputados, comienza una nueva etapa del gobierno de Milei, resulta una incógnita el rumbo que adoptará en lo discursivo. En particular, me interesaría conocer hacia dónde girará la tensión entre el “verla” y el “no verla”.

Para ser más claros, desde hace ya unos meses, tanto Milei como sus seguidores y periodistas afines han instalado, con bastante arrogancia, por cierto, la idea de que quien no está de acuerdo con el sendero adoptado por el gobierno, no es simplemente alguien que disiente, sino que se trata de alguien que “no la ve”. Este “no verla” tendría que ver con sesgos ideológicos que impedirían a los opositores al gobierno observar la realidad tal cual es. Nótese que se habla de “no ver” en lugar de, por ejemplo, “no comprender”. Esto significa que la dificultad alcanza los propios sentidos, aquellos a través de los cuales, según cierta tradición filosófica, recibimos los datos a partir de los cuales reflexionamos.

Expuesto así, se trata de una lógica que no tiene nada que envidiarle a la intelligentsia de izquierda, aquella que hoy milita la oposición al gobierno de Milei y que desde hace décadas se jacta de ser una minoría esclarecida legitimada para guiar las almas y el pueblo. De modo que la metáfora está por encima de las diferencias ideológicas. Así, la gente que dice ver lo que otros no pueden viene en los formatos más variopintos: desde radicales de izquierda hasta populistas de derecha.

En el caso de Milei, la idea de ser “el que la ve” es coherente con el lugar desde el que pretende hablar. Porque Milei dice hablar desde el conocimiento que le da haber estudiado economía (más allá de que evidentemente le incomoda que sus títulos no tengan la legitimidad de casas de estudio más prestigiosas), y haber escrito libros (más allá de que sean de divulgación, tengan acusaciones de plagio y, que, académicamente hablando, no posean valor alguno).

Digamos, entonces, que, en todo caso, se trata de detalles propios del mundillo universitario y de quienes siguen una carrera científica. Por ello, si salimos de ese ámbito, habría que decir que, frente al público, Milei se presenta como “uno que sabe”, y son muchos los que lo admiran por ese presunto conocimiento.  

Sin embargo, en paralelo, hay dentro del discurso del mileismo, todavía más que en el del propio Milei, una línea paralela y hasta contradictoria con ese discurso. Se trata de una suerte de exaltación del “no verla”, del “no saber”, el cual, si nos remontamos a la historia de las ideas, parece reflotar la disputa entre los ilustrados que abrazaban la Razón Universal, y los románticos, aquellos que, en sus distintas variantes, podían defender las pasiones, la irracionalidad, la identidad personal y toda particularidad.

Mencionaré dos ejemplos en orden cronológico: el primero se dio en el debate presidencial de cara al balotaje. Allí, no hay ninguna duda, Massa humilló a Milei en todo sentido a punto tal que será difícil volver a repetir un escenario como ese. Esta descripción va más allá de simpatías o de la evaluación de los candidatos y fue aceptado por todos los analistas. Como mínimo, entonces, quedó expuesto que Massa se había preparado y que conocía más que su adversario el funcionamiento del Estado, además de contar con un plan claro, independientemente de si nos gusta más o menos. En el caso de Milei… nunca se sabrá si confió demasiado en la improvisación… lo cierto es que fue vapuleado desde el minuto 1 hasta el final. Victoria por puntos, por KO, por lo que quieran. Si de ese debate dependía el voto de un sector de la sociedad, no quedaban dudas de hacia dónde tenía que ir. Y sin embargo… los resultados los conocemos todos.

Por supuesto que se podría objetar que la elección ya estaba determinada o que los debates no inciden, y estoy de acuerdo. Pero lo más interesante es el modo en que el mileismo y sus usinas desde medios tradicionales y redes, salieron a tratar de incidir en la opinión pública. Allí apareció el reconocimiento de que Massa había estado mejor, pero, al mismo tiempo, se señalaba que, justamente, la gente se identificó con Milei porque fue el perdedor del debate. Extrañísimo: la sociedad triunfalista deviene misericordiosa y se abraza al roto, al defenestrado, a aquel que resultó humillado a todo nivel durante 2 horas. El saber no fue visto como un “valor” en posesión de Massa. Al contrario, la gente premió al que no se preparó, al que demostró no saber. Su ignorancia lo ubicó en el lugar del genuino y se entendió que era preferible confiarle la administración del Estado al que nada sabía de él. Son muy pocas las decisiones que los ciudadanos de a pie tomamos en nuestro día a día que puedan compararse a esto. Al fin de cuentas, equivocados o no, estafados o no, suponemos que las cosas van a andar mejor si las hace el que sabe, sea la actividad que fuera, desde cocinar hasta saber arreglar una estufa. Pero no habría sucedido lo mismo al momento de elegir presidente. En principio no está ni bien ni mal, o sí, pero quedémonos al menos con la idea de que allí hay, por lo pronto, una novedad.

El segundo ejemplo es más difuso porque no refiere en particular a un caso porque, justamente, algo que también está siendo aceptado por todos los analistas, es que el gobierno tiene muchos problemas al momento de administrar el Estado. No hablo de los grandes lineamientos de las políticas de Milei, sino del día a día, de la ejecución de una partida, del nombramiento de las terceras líneas, de hacer que una leche llegue antes de que se venza. Entonces, lo sabemos todos: el Estado está paralizado. Sin embargo, una vez más, el relato oficialista pone en valor “la inexperiencia” trazando una equivalencia entre “Tener experiencia/ser político/robar”. Los que saben cómo manejar el Estado son los que lo conocen desde adentro y, por lo tanto, son los que lo habrían saqueado, de modo tal que podemos perdonarle a los nuevos su ineficiencia. La evaluación en este punto es más moral que económica. Algo así como oponerle al “roban pero hacen” un “no hacen… pero tampoco roban”.  

Para concluir, entonces, más allá de que en el relato del gobierno sobresale la lógica de los esclarecidos que “la ven” frente a aquellos que no, al mismo tiempo convive en ese discurso, al menos en algunas ocasiones puntuales, una reivindicación romántica y populista del no saber, de la irracionalidad, de las pasiones, etc.

Más que una compleja elaboración de una inteligencia superior encargada de incluir los contrarios en un gran relato totalizante, probablemente no sea más que los intentos puntuales de encontrar justificación para acciones y hechos difíciles de justificar. Esta parece ser la explicación más simple y, como suele ocurrir, la que tiene más posibilidades de ser cierta.