viernes, 23 de agosto de 2019

Teoremas para periodistas y políticos que se alejan del poder (editorial del 23/8/19 en No estoy solo)


El escenario político de la Argentina cambió drásticamente desde el 12 de agosto y el posicionamiento de la mayoría de los que participan de una u otra manera en el debate público está virando de un modo asombroso, especialmente en aquellos que abiertamente apoyaron al oficialismo y ahora temen naufragar junto a éste gracias a lo que parecería ser un fin de ciclo.
Hago énfasis en ellos porque la moderación de Alberto Fernández ha sido una constante. En todo caso, lo que se exigía en la campaña del Frente de Todos era moderación en otros actores del espacio, algunos muy afectos a las luces de las cámaras y la amplificación de los micrófonos, pues a pesar de no tener relevancia política sus exabruptos y su “librepensadorismo” era tomado por los adversarios como la palabra representativa del espacio panperonista. Por suerte para el Frente de Todos, las apariciones públicas de los aquí referidos se han hecho más esporádicas y es una bendición para un Frente al cual le ha surgido una dificultad que pocos tomaban en cuenta: las PASO lo posicionan como virtual ganador pero para las elecciones que lo confirmarían faltan dos meses. La crisis del país y de un gobierno que se ha deslizado en la metáfora animal de “gato” a “pato rengo” y que busca insólitamente endilgar, o al menos compartir, culpas con la oposición, sumado a la ansiedad de los periodistas, está obligando al Frente de Todos a dar definiciones que en otro contexto podrían esperar. Especialmente en materia económica, Alberto Fernández está cada vez más compelido a exponer sus referentes. Sin embargo, parece llevar adelante una estrategia inteligente: varios economistas de distintas trayectorias y tradiciones. Desde el que insulta a Kicillof hasta el viceministro de Kicillof. Hay que dar respuestas pero sin mostrar todas las cartas. Desde este punto de vista, el famoso Teorema de Baglini, aquel que indica que en la medida en que alguien se acerca al poder empieza a asumir responsabilidades y a moderar sus posiciones, se cumple a medias puesto que, insisto, si hablamos específicamente de la figura de Alberto Fernández, incluso reconocido por muchos de sus adversarios, lo que ha primado es la moderación.
En todo caso, lo que ha aparecido es un “Teorema del periodismo macrista” que usted podrá personalizar con quien corresponda, por el cual podría decirse que el periodismo oficialista macrista se hace independiente y crítico en la medida en que el gobierno al que apoyaron pierde las elecciones. Es una suerte de contrapartida del Teorema de Baglini porque aquí lo que los hace moderar sus posiciones no es la cercanía con el poder sino, justamente, el hecho de que se alejan de él.
No es relevante si este viraje se da por un temor infundado o por un espasmo de dignidad pero lo cierto es que siendo moderados o haciendo periodismo de guerra siempre han podido trabajar y desarrollar su profesión. No tuvieron esa suerte muchos colegas que fueron críticos de este gobierno y, tal como advirtió un presentador del canal América días atrás, han sido incluidos en listas negras además de padecer una campaña de estigmatización impulsada por periodistas y desde el propio gobierno.             
Al que también parece haber afectado “el día después” de la elección es al poder judicial de Comodoro Py, si bien hace ya mucho tiempo sabemos que hay sectores de ese poder que ajustan sus fallos a las conveniencias personales y a los tiempos políticos. Si siempre ha sido así, en todo caso, el gobierno que venía a restaurar una supuesta República perdida, no solo no ha acabado con esas prácticas sino que las ha agudizado, en algunos casos, con connivencias escandalosas.
Con todo, reconozcamos que hay cosas que no han cambiado: la realidad paralela de Carrió y de algunos referentes mediáticos del oficialismo, más que acercar votos, acercará acompañantes terapéuticos y dañará a las instituciones puesto que si el adversario político es definido como una banda de corruptos, ladrones, insanos, narcos, antidemocráticos, autoritarios, fascistas, etc. estaremos dinamitando el juego democrático, sobre todo, porque, además, todas esas acusaciones son falsas.    
Además, claro está, si la conclusión que saca el gobierno, del resultado de las PASO, es que hace falta radicalizar la campaña impulsando discursos fundamentalistas, es muy probable que la derrota en octubre sea aún más estrepitosa y que el gobierno se pierda la posibilidad de criticar al panperonismo por mejores y verdaderas razones. A diferencia de los periodistas actualmente oficialistas, pareciera así que habría un último teorema, la contracara del de Baglini, que debería rezar que al menos algunos políticos se radicalizan en la medida en que comienzan a alejarse del poder.
Tenemos entonces tres teoremas posibles: el del radicalizado que se modera cuando se acerca al poder, el del periodista macrista que se modera cuando se aleja del poder, y el de algunos políticos que se radicalizan cuando deben abandonar el espacio que ocuparon. 
De todos los teoremas, el más preocupante es este último especialmente si en el camino que transitan mientras se alejan del poder, estos políticos y referentes públicos tienen la suerte de encontrar un bidón de nafta y una cajita de fósforos.    


domingo, 18 de agosto de 2019

Cuando el cambio es cambiar a Macri (editorial del 15/8/19 en No estoy solo)


Se venía quebrando y se quebró. ¿Cuándo comenzó la fractura? Diciembre de 2017, a meses de un triunfo que consolidaba al gobierno y hacía prever macrismo por bastante tiempo. En aquellas elecciones de medio término, el kirchnerismo se había vuelto a equivocar “sacrificando la dama” y negándose a participar de unas PASO con Randazzo. ¿Qué pasó en diciembre de 2017? Modificaron la fórmula para calcular los aumentos a jubilados y eso derivó en una gran conflictividad social en las calles. Allí se empezó a quebrar el macrismo. Pocos se dieron cuenta. Es entendible: el entorno, los medios, todos decían que iban bien, que era por ahí. Sin embargo, ¿aquel comienzo hacía aventurar necesariamente este aparente final en 2019? No. De hecho, el armado electoral del panperonismo ha sido milagroso aunque el milagro tiene una hacedora: la decisión de CFK de correrse del centro de la escena. En lo personal, venía comentando en mis editoriales que ésa era una salida posible para que la oposición deje de construir una minoría intensa y vuelva a competir para ser mayoría pero había dos interrogantes: cómo hacer para garantizar el traspaso de los votos de CFK a quien fuera el ungido y quién sería el ungido. Allí la estrategia fue toda de ella y lo resolvió de forma inesperada: Alberto con ella detrás. Jaque mate (o casi). ¿Por qué? Porque como dijimos aquí también, Alberto no traía votos directamente pero sí de manera indirecta ya que su llegada al Frente de Todos implosionaría Alternativa Federal y renovaría el diálogo con los gobernadores y con el espacio de Sergio Massa. El resultado fue mayor al esperado pero bastaba con un mínimo análisis comparativo para prever al menos algo parecido.
De hecho, en el editorial del 2 de agosto, les decía que la estrategia de polarización del gobierno frente a un peronismo unido podía llevar al triunfo de la oposición porque estas PASO había que compararlas con el 37% que había votado a Scioli en primera vuelta de 2015, sumado al 21% que había obtenido Massa en esa elección. Estos porcentajes no se iban a sumar automáticamente pero le daban al panperonismo un número que no podía ser menor de 42 o 43%. A su vez, el 34% que Macri había obtenido en aquella elección de 2015 necesariamente debía mermar por el desgaste de la gestión y porque le habían aparecido expresiones minoritarias, por derecha, que le iban a quitar algunos puntos, a saber: Espert y Gómez Centurión. Reconozco que la proliferación de encuestas que en promedio daban una ventaja menor a favor de los Fernández me hizo ser cauteloso al momento de publicar la proyección pero un análisis bastante básico arrojaba que la diferencia tenía que estar por encima de 10 puntos. Para el gobierno resultó desastroso pero sinceramente haber obtenido el 32% de los votos es todo un mérito cuando en casi cuatro años lograron que la mitad de los chicos de la Argentina sean pobres, que la inflación esté por encima del 55%, que la deuda se acerque al 100% del PBI con fuga escandalosa de capitales incluida, que la desocupación haya llegado a dos dígitos y que el dólar pase de 10 a 60 pesos. Esto muestra que hay un núcleo duro antiperonista fuerte y consolidado que es capaz de tener estómago como para justificar uno de los peores gobiernos de la historia democrática basándose en el “pero ahora el INDEC dice la verdad”.   
Del “carajo” del “no se inunda más” pasamos, en cuestión de días, a mandar al carajo al infalible Durán Barba, a los bots de las caricias significativas desde Hurlingham, la big data de Marcos Peña y a la autoayuda zen emprendedorista. Resultó así que primó el verdadero “Arte de Vivir”, el que expresan quienes tienen que rebuscarse el mango y que decidieron que había que “cambiar al cambio”. Esto no supone ni una revolución cultural ni nada que se le parezca. Ni el kirchnerismo ni el macrismo logaron transformar los valores de la sociedad argentina, o en parte sí pero esos cambios no fueron capaces de consolidar una hegemonía que pudiera proyectarse. Porque seamos sensatos: si el macrismo no chocaba la calesita, el kirchnerismo era historia. Macri tuvo todo: los fierros de los medios, Estados Unidos, el FMI, los mercados, un clima de época favorable en Latinoamérica, una oposición desmembrada y sin rumbo, el presupuesto de Ciudad, Provincia y Nación. Y sin embargo chocó. Acerca de si este desastre era el plan o se trató de impericia hay que decir que las alternativas no son excluyentes: el plan en lo económico era favorecer a los que han sido favorecidos pero si con todo a favor el plan te hacer perder las elecciones imposibles de perder, evidentemente hubo impericia.    
Con un resultado que parece muy difícil de revertir, el corto plazo deja varios interrogantes. En primer lugar, y aquí va la última autorreferencia, en el editorial antes citado indiqué que ante un resultado negativo el gobierno quitaría el pie de encima del dólar para dejarlo escapar el lunes 12 y endilgárselo al panperonismo. Lo hizo tal cual. Pero también lo hizo a través de uno de los peores discursos de Macri, aquel en el que se mostró como un patrón de estancia enojado con los votantes y pidiendo autocrítica a quien le había ganado por 15 puntos. Cuando quiso arreglarlo, el miércoles, fue peor, porque adujo el error a no haber dormido. Ese Macri alienado y obcecado fue la mejor representación del gobierno y de sus principales espadas mediáticas entre las que incluyo a varias encuestadoras que operaron descaradamente a favor de instalar un clima de paridad electoral que era falso y que hizo que unos cuantos vivos en la timba financiera ganaran ingentes cantidades de dinero entre el viernes y el lunes.
El mismo gobierno que junto a sus usinas propagó, detrás de un paraguas de presunto republicanismo, que el adversario político al que se enfrentaba no entraba dentro del juego democrático en tanto se lo podía identificar como autoritario, insano, populista y cleptómano. Todo en nombre de la unidad de los argentinos, claro. Entonces la primera duda es si este gobierno profundizará esta línea y buscará el incendio que deje la tierra arrasada como si no alcanzara con las limitaciones y la herencia que ya estaba dejando antes del domingo.
La segunda es cómo transitará el Frente de Todos las próximas semanas. Con no cometer errores estrepitosos alcanza y sobra incluso para obtener un triunfo por mayor diferencia. También ha sido interesante la apertura hacia dirigentes que hoy no forman parte del espacio ya que también hay que ir construyendo la fuerza propia de lo que sería un nuevo gobierno que tendrá enormes dificultades. Desde lo económico, cuesta pensar cuánto tiempo podría llevarle a Alberto Fernández enderezar un país en donde no hay espacio para más ajuste y tenés que inyectar dinero en el bolsillo de la gente pero al mismo tiempo tenés que bajar la inflación y te vas a quedar sin dólares porque el actual gobierno acabará dilapidando la cifra récord que le prestó el FMI. Todo esto en un contexto en el que el cheque en blanco durará poco. Asimismo, ordenar el frente interno será el principal desafío porque el Frente de Todos no está amalgamado sino que opera como compartimentos estancos más allá de que los triunfos acomodan los melones (temporalmente). Peor aún lo tendrá el espacio liberal y de derecha que devendría opositor. Con Macri fuera de escena, los votos de ese espacio, que nunca fueron de Macri sino del antiperonismo, buscarán alguna nueva referencia. ¿Acaso Rodríguez Larreta como el único que probablemente pueda resistir en su territorio? ¿Acaso Vidal quien, probablemente desde afuera, no esté sometida al desgaste de la gestión? Es muy pronto para ello y depende de infinitas variables.   
La tercera duda es Argentina en relación a Latinoamérica. Frente a los que auguraban una larga década liberal/conservadora después del triunfo de Bolsonaro, el resultado de México y el posible regreso del peronismo en Argentina vuelve a equilibrar las fuerzas. ¿Seguirán yendo a la carga las fuerzas liberales y conservadoras llamando chavismo a todo lo que no sea liberal o conservador? Probablemente sí porque la ideología y los intereses han sido siempre más fuertes incluso que los algoritmos que filtran la información.  
Mientras el dólar a 60 nos recuerda que los mercados votaron a Macri el viernes, no viene mal tener en cuenta que la mayoría de la ciudadanía, el domingo, decidió votar el cambio que, en este caso, es cambiar a Macri. 



jueves, 15 de agosto de 2019

El escándalo Cambridge Analytica: la última esperanza progresista (publicado el 7/8/19 en www.disidentia.com)


Más de 350 apoyos entre diarios y semanarios recibió, de cara a las elecciones del año 2016, la candidata demócrata Hillary Clinton. Su oponente republicano, Donald Trump, apenas si superó la docena. A propósito de ello, en “There really was a media liberal Bubble”, Nate Silver afirma que los medios estadounidenses fallan en lo que respecta a profesar la diversidad de opinión, han perdido toda independencia y están cada vez más centralizados geográficamente. Para apoyar esta afirmación brinda un dato: en 2013 solo el 7% de los periodistas estadounidenses asumía su condición de “republicano”. Además, la crisis del modelo de negocios de la prensa escrita ha hecho, entre otras cosas, no solo que se despidan a más de la mitad de los trabajadores de prensa sino que la producción periodística, especialmente en el formato digital, tuviera su desarrollo centralizadamente en New York, Washington o Los Angeles, esto es, distritos cosmopolitas en los que en general la mayoría vota demócratas. Se puede agregar a esto el detalle de la composición de las redacciones en las que a diferencia de lo que ocurría en los años 70, donde los periodistas con título universitario apenas si superaban la mitad, el número de egresados universitarios se ha acrecentado a más del 92%, dato que en sí mismo parece no decir nada hasta que caemos en la cuenta que en las universidades estadounidenses el pensamiento demócrata es abrumadoramente hegemónico. Si con esto no alcanzase, imagine qué sucedería cuando los periodistas se enteren que Twitter no es el termómetro del sentir popular sino una cámara de eco que reafirma los prejuicios, los sesgos y los microclimas de los propios periodistas y su extracción social. ¿Se puede vivir en esa burbuja y al mismo tiempo captar que Trump podía ganar en 2016? ¿Se puede vivir en esa burbuja y ser ecuánime con el gobierno republicano? Algo parecido ha sucedido con el Brexit más allá de que allí hubo encuestas que auguraban algún final mínimamente abierto pero, con medios nucleados en Londres y embebidos del cosmpolitismo progresista londinense, no resultaba fácil poder interpretar el sentir de una “Inglaterra profunda” con un quiebre generacional e ideológico evidente. Sin embargo, los resultados fueron los que todos ya sabemos. ¿Llevó esto a un replanteo? ¿Produjeron estas decisiones un deseo de avanzar hacia medios descentralizados, diversos e independientes? Para nada. Más bien todo lo contrario porque cuando se habla de diversidad se incluye todo menos la diversidad ideológica.
Entonces primero se enojaron con los votantes y en paralelo decidieron encarnar una campaña obsesiva de descrédito contra Trump y los conservadores británicos, algo que, naturalmente, muchas veces no les ha llevado demasiado trabajo gracias a algunos de los desaciertos que cometen los recién mencionados. Pero algunos meses después de ambas elecciones apareció la excusa perfecta: el escándalo de Cambridge Analytica que dio lugar a un documental estrenado en Netflix apenas unos días atrás. Su título original es The Great Hack y la traducción, bastante alejada del original, Nada es privado.
Para quienes no lo recuerden, Cambridge Analytica fue una empresa de minería de datos y asesoramiento electoral, acusada de utilizar la información brindada por 87 millones de usuarios de Facebook para crear una campaña de microsegmentación acorde a los intereses de sus clientes. Trabajaron en muchos países, entre ellos, el mío, Argentina, a favor de quien resultaría presidente: Mauricio Macri. Sin embargo, el documental se ocupa de los casos más resonantes: su participación en las elecciones estadounidenses a favor de Trump y en el referéndum en Reino Unido a favor de abandonar la Unión Europea (“Leave EU”).
Lo que el documental quiere instalar está bien resumido en una declaración de Christopher Wylie, un joven programador y exempleado de la compañía, que dice ser el responsable de las campañas de microsegmentación y ha sido uno de los arrepentidos. En una entrevista reproducida por el diario El País el 27 de marzo de 2018 afirma: “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”. Y esto es lo que el documental nos quiere legar: los dos resultados electorales más conmocionantes en mucho tiempo, solo fueron posible por una manipulación maliciosa de los votantes. Porque nadie en su sano juicio podría votar por Trump ni por el Brexit: solo gente manipulada y engañada por estrategias comunicacionales que incluyen fake news y que están pensadas para modificar conductas electorales. En otras palabras, el voto racional es el voto progresista. La “Verdad” está allí. Si otros piensan que esa no es la “Verdad”, simplemente están equivocados o han sido engañados. Es curioso: está de moda el progresismo relativista pero al momento de defender la idea de verdad salen a desempolvar el concepto unitario de “Verdad” de Sócrates y Platón, y al momento de tratar de explicar el voto, siguen presos de la idea de que hay votos de buena calidad (los racionales) y votos de mala calidad (los emocionales).
Cada vez son más los documentales y los editoriales de una prensa indignada con los avances de las derechas en el mundo pero la culpa nunca la tiene la progresía ni el desvarío ideológico de las izquierdas que en muchos casos la prensa misma representa. A su vez, esa misma prensa que ha sido protagonista en la desestabilización y estigmatización de gobiernos ahora cree que el problema de las noticias falsas es un fenómeno estrictamente restringido a las redes sociales.
Hablamos de Trump y del Brexit pero lo mismo sucedió en Brasil: cómo puede ser que haya triunfado un personaje como Bolsonaro, nos interrogamos. ¿Y alguien se pregunta qué agenda tomó el PT? ¿Fue la agenda de los trabajadores o fue la agenda de unas elites universitarias ilustradas con acceso a medios de comunicación y a los debates públicos? ¿No habrá sido esa una de las razones, no la única, claro, antes que el hecho de que Bolsonaro hiciera una campaña sucia a través de Whatsapp?
¿Y no será que Trump representa a un sector importantísimo y mayoritario que no se siente identificado con la agenda de Twitter, el partido demócrata, los grandes medios, Hollywood y Netflix? ¿Son esos votantes zombies fascistas? ¿Son esos votantes idiotas manipulados por una empresa que identificó perfiles a partir de los Me Gusta que los usuarios dejaron voluntariamente en Facebook? ¿Acaso la utilización del Big Data para Obama era virtuosa y ejemplo de campaña moderna pero cuando lo usan los republicanos es una amenaza a la democracia? ¿Que los medios británicos no representen la agenda de millones de británicos conservadores es un problema de los ciudadanos británicos de ideología conservadora o de los medios que dicen ser neutrales? ¿Por qué los mismos periodistas que afirman que los medios son incapaces de manipular a la opinión pública porque la gente no es idiota, afirman que Cambridge Analytica sí pudo hacerlo?
A nadie le importa la inexistencia de estudios serios que sean capaces de poder expresar cuánto pudo haber influido una campaña de manipulación en estas elecciones, y digo esto para no entrar en el debate acerca de cuándo una campaña se transforma en una campaña de manipulación y hasta qué punto la política sería algo demasiado distintito de un modo de conducción de conductas. Es más, está cada vez más extendido entre quienes trabajan en campañas políticas y análisis del comportamiento en redes, que las viralizaciones hechas con mala fe y las campañas de desinformación son más efectivas para confirmar prejuicios que para modificar posiciones, de modo tal que su incidencia sería más que relativa.
El caso de Cambridge Analytica es escandaloso porque expone hasta qué punto una empresa puede hacerse de la principal mercancía de la actualidad: nuestros datos. Sin embargo, me temo que detrás de la correspondiente exposición del caso, se puede ver también otra cosa: la incapacidad que tiene el pensamiento progresista de la corrección política para aceptar que por fuera de su burbuja y su cámara de eco, hay un mundo y hay gente que está reaccionando.    
     
          

miércoles, 7 de agosto de 2019

¿Y si la polarización le da el triunfo a Alberto Fernández? (editorial del 2/8/19 en No estoy solo)



Las PASO del 11 de agosto darán inicio al gran juego. Más allá de las razones nobles que las motivaron, desde su implementación hasta hoy, las internas abiertas no han promovido la participación popular ni han abierto los partidos y los frentes a la ciudadanía. Ha habido excepciones pero en general se instaló que ir a las PASO contra un adversario interno debilita. Es bastante discutible y probablemente un error pero las principales fuerzas tienden a evitarlas, al menos, para los cargos más importantes. En este contexto, se dice que las PASO son una suerte de gran encuesta aunque en un escenario de polarización hacen las veces de una primera vuelta de hecho, un termómetro para que empiece a jugar un cada vez más ansioso voto útil. La consecuencia de ello es el debilitamiento de las fuerzas más pequeñas. Miedo mata pluralidad.
La oposición trata de ganar votos hacia el centro. Por centro izquierda tiene todos los votos. Del centro hacia la derecha tiene también muchos votos, por más que a la intelligentsia progre le duela, pero es allí donde puede disputar indecisos. De hecho algunos análisis muestran que el Frente de Todos tratará de interpelar a aquellos sectores de clase media baja atravesados por el discurso meritocrático que, económicamente, están muchísimo peor que hace 4 años, pero les ha calado profundo el discurso del emprendedorismo macrista. Es el empleado de Glovo que se hizo famoso esta semana por haber sufrido un accidente y haber sido sometido a la humillación cuando desde la empresa le consultaron por el estado del pedido antes que por su estado de salud. ¿Por qué es él? Porque consultado posteriormente, este autónomo de 63 años con moto propia, defendió a la empresa, dijo que la paga de 30000 pesos en bruto por trabajar de lunes a viernes 10 horas por día era muy buena, aseguró que la responsabilidad es de sus “compañeros” de trabajo que frecuentemente fingen accidentes para quedarse con el pedido y acabó fustigando a los gremios y a una militante kirchnerista que había intentado convencerlo de que la precarización laboral suponía una pérdida de derechos.  Es el prototipo del que dice “gobierne quien gobierne el lunes hay que ir a laburar” y “el que cobra un plan es un vago”. Max Weber diría que se huele a ética protestante pero eso ya daría para otro artículo. Está claro que el autónomo que trabaja para Glovo no va a votar a los Fernández pero si se logra hacer primar la economía por sobre la agenda oficialista, algo se podrá rescatar de ese sector.
El gobierno, en tanto, juega a sumar por derecha y por centro. Para la derecha tiene una agenda que va desde Venezuela hasta el Servicio cívico voluntario; y hacia el centro toda una retórica institucionalista que en los hechos ha sido falsada pero que se sirve en bandeja para que el votante antiperonista citadino tenga una excusa y pueda mirarse en el espejo después de volver a votar a Macri. “Han hecho mierda todo…pero al menos ahora sabemos la verdad gracias al INDEC”. Para consuelo es, al menos, curioso.
La gran encuesta echará por tierra las operaciones que vienen haciendo las encuestadoras. Porque es probable que Macri haya mejorado gracias a la estabilidad del dólar pero llevan semanas publicando casi siempre el mismo título: “Una nueva encuesta muestra a Macri cada vez más cerca de los Fernández”. No sabemos si es Godot, el General Alais o un ideal asintótico.
Con todo, claro está, puedo estar equivocado pero cuesta imaginar de dónde podría sacar los votos Macri para triunfar en las PASO o en la primera vuelta. Distinto sería el caso del balotaje pero dado que ese escenario resulta bastante distante voy a posarme en las PASO y en la primera vuelta desde el punto de vista comparativo. Eso sí, tomemos en cuenta algo en lo que probablemente las encuestas estén en lo cierto: la polarización de estas elecciones es mayor a la de las elecciones anteriores. Algunos hablan de que ésta podría hacer que las dos principales fuerzas sumen el 80% de los votos, bastante más que el 71% que habían sumado Scioli y Macri en la primera vuelta de 2015. Dicho esto, es inverosímil que la fórmula de los Fernández obtenga menos del 40% de los votos, por la sencilla razón que en las PASO 2015 Scioli obtuvo 38% y en la primera vuelta de 2015 un 37% con el UNA de Massa jugando por afuera y obteniendo en ambas elecciones cerca de 20%. A esto agreguemos los resultados de las elecciones provinciales que se desarrollaron este año. Por supuesto que los votos que tenía Massa no se suman en su totalidad a la fórmula que encabeza Alberto Fernández y que sería un gravísimo error extrapolar los resultados de elecciones cuya lógica es local a la elección nacional pero volvamos a examinar comparativamente algunos números en distritos clave. Siguiendo con la idea de que estas PASO funcionarán como una primera vuelta de hecho, tomaré números de la primera vuelta del año 2015. En Córdoba, Macri obtuvo 53% y Scioli un 19,26%. ¿Les parece que en este nuevo contexto, Alberto Fernández obtendría tan pocos votos? Seguro que va a perder pero ¿con menos de 20%? En Santa Fe el peronismo obtuvo algo menos del 32% en 2015 y el PRO 35%. Tras el triunfo de Perotti (con el 40%) y el resultado del candidato del PRO (19%), ¿ustedes suponen que aquel  número se repetirá? ¿Y en provincia de Buenos Aires? El peronismo juega unido, Massa encabeza la lista de diputados, en la fórmula está la intendente de La Matanza y Kicillof recibe sin pérdida alguna los votos de CFK. ¿es posible que ese armado haga una elección tan pobre como la que hizo en su momento Aníbal Fernández? De hecho existen más posibilidades de que esa fórmula venza a Vidal mientras los encuestadores se devanan los sesos para poder identificar si la gobernadora logrará empujar para arriba a Macri o el presidente hundirá a Vidal hasta hacerle perder su bastión. “¡Maldito el día en que Macri me impidió desdoblar la elección!” debe pensar la gobernadora. Con todo, como es difícil calcular el corte de boleta, aceptemos generosamente que esa elección será voto a voto pero ¿puede, en este escenario, la fórmula de los Fernández, obtener menos que el 37% que obtuvo Scioli en la primera vuelta de 2015? Vayamos por último a la ciudad de Buenos Aires, no sin antes mencionar que en todas las elecciones provinciales el PRO obtuvo menos votos y que es esperable que esa merma no se recupere. Rodríguez Larreta es favorito y va a ganar. Obtendrá entre el 45 y el 50% aunque es probable que por muy poquito no triunfe en primera vuelta. En la primera vuelta de 2015, Scioli obtuvo 24%, y si bien es difícil comparar porque aquella vez las elecciones locales fueron desdobladas, uno creería que la ausencia de una tercera fuerza de peso (como la que en su momento lideró Lousteau) sumado a esta suerte de experimento paradójico de una lista peronista K que lleva más No K y no peronistas que K y peronistas, debería orillar el 30%.     
Si estas intuiciones, con cierto apoyo en evidencias, fueran correctas, y si es verdad que la polarización entre las dos fuerzas alcanza el 80% del electorado, aun con el promedio que marcan las encuestadoras, esto es, una diferencia para los Fernández de entre 3 y 6%, alcanzaría para pensar un escenario de 42% a 38% o 43% a 37% que, al menos desde mi visión, serían escenarios benevolentes para el gobierno. Sumemos a esto un detalle que puede ser determinante ante diferencias tan mínimas. En las PASO el voto en blanco cuenta pero en la primera vuelta no. En las PASO 2015 el voto en blanco fue de alrededor del 5%. Si un candidato en las PASO 2019 obtuviese el 43% de los votos y repitiese ese número en la primera vuelta de octubre, la eliminación de ese 5% de voto en blanco (que bien podría repetirse en este escenario o incluso aumentar), haría que ese 43% se transforme en 45,2%, es decir, garantizaría el triunfo aun cuando el adversario obtuviese 44%. Esta sería hoy la principal preocupación de un gobierno que supone que en el balotaje capturaría los votos de muchos de los que no votaron en las PASO, de los que votaron a Espert y de la mayoría de los que votaron a Lavagna, pero que no tomó en cuenta que el impulso de la polarización podría llevar a los Fernández a un número cercano al 45%.
Una ventaja de 7 u 8 puntos de parte de los Fernández o un número demasiado cercano a 45% de parte de la fórmula opositora sería un escenario difícil de revertir para el oficialismo y auguraría semanas de enorme conmoción. ¿Acaso para muestra tendríamos la supuesta respuesta de “los mercados” con un gobierno que quitaría, adrede, el pie de encima del dólar el 12 de agosto? Son especulaciones. Distinto sería, claro, que lo aquí expuesto estuviese equivocado y el gobierno haga una elección pareja que le permitiera “garantizarse” un eventual balotaje. Hay también, en este punto, otro sinfín de especulaciones. La verdad comenzará a escribirse el próximo domingo 11.  

          



miércoles, 31 de julio de 2019

La trampa de la diversidad: una crítica desde la izquierda (publicado el 24/7/19 en www.disidentia.com)


El último 12 de julio, Pablo Iglesias, en su programa Otra vuelta de Tuerka, entrevistó a Daniel Bernabé, autor del libro La trampa de la diversidad, el cual ha tenido un éxito sorprendente a punto tal de llevar ya nueve ediciones. Lo primero que le pregunta Iglesias es cuál ha sido el secreto para que un libro claramente de izquierda haya tenido tanta repercusión y tantos comentarios siendo que, al fin de cuentas, aborda un tema que, según Iglesias, lleva discutiéndose varias décadas. Frente a eso, Bernabé duda, refiere a la técnica de escritura (un estilo más periodístico que académico), a la abstracción de estar en el momento y en el lugar justo y, recién al final, esboza que quizás se trata de un tema que viene siendo fruto de debate pero que últimamente ha permanecido oculto. Probablemente todo esto sea verdad pero lo que, desde mi punto de vista, ni Iglesias ni Bernabé observan es que el libro ha tenido éxito sobre todo porque embate contra los discursos de la diversidad desde la izquierda.
Es que, en general, las críticas a las políticas identitarias provienen desde un arco ideológico que va de la derecha reaccionaria hasta sectores liberales moderados que encuentran allí un injustificable retroceso en los pilares de la igualdad sobre los que se constituyó Occidente. Sin embargo, son pocas las voces que se alzan contra las políticas identitarias y de la diversidad desde la izquierda o, en todo caso, esas voces son acalladas y desplazadas por no aggiornarse a la nueva agenda de las minorías y la corrección política que ha adoptado la izquierda tras la caída del muro de Berlín. En el texto de Bernabé, entonces, no vamos a encontrar una línea argumental que denuncie al “marxismo cultural” ni ahonde en pruebas científicas brindadas por la biología sino una crítica al modo en que el neoliberalismo ha utilizado las reivindicaciones identitarias para acabar con la izquierda. En otras palabras, la multiplicación al infinito de identidades (veganos, pansexuales, naturistas, friganos, antinatalistas, feministas, diversos, antiespecistas, etc.) lleva a la atomización y a la persecución de reivindicaciones cada vez más específicas que anulan la acción colectiva que es la única capaz de conmover sinceramente el sistema. ¿Por qué sucede esto? Porque allí aparecen representadas todas las identidades salvo una. En el prólogo del libro, Pascual Serrano lo describe así: “En nuestras series de TV vemos un emigrante, un gay, un vegetariano…y, con ellos, toda la conflictividad cotidiana presentada de forma banal, pero nunca aparece uno de los protagonistas volviendo del trabajo indignado porque su jefe no le paga las horas extras o porque ese mes lleva encadenados cinco contratos de dos días de duración. No existe la clase trabajadora, y menos todavía el conflicto social de clase”. Retomando una clásica distinción, según Bernabé, la izquierda está más preocupada por el reconocimiento que por la redistribución, esto es, está discutiendo la visibilización de “los diferentes” antes que la base material y la puja entre los trabajadores y el capital.
¿Cómo ocurrió todo esto? Según Bernabé, hay varios hitos pero contrariamente a lo que muchos suponen, la revolución de los años 60 con el hippismo y el mayo francés como estandartes establecieron el germen porque más allá de circunstanciales uniones, mientras los trabajadores discutían una salida colectiva desde los sindicatos y el interior de las fábricas, las luminarias de esas transformaciones acabaron abogando por una salida individual: menos revolución y más hachís y espiritualidad con algún gurú en la India. De hecho, afirma Bernabé, los grandes pensadores de la deconstrucción y el análisis de las microrelaciones, Deleuze, Guattari, Derrida, Foucault y también Vattimo, más allá de ser reivindicados muchas veces por el pensamiento de izquierda, contribuyeron al desarrollo de la posmodernidad y, con ella, al neoliberalismo.
La caída de los grandes relatos y la disolución de las identidades y las viejas estructuras de una modernidad que venía siendo atacada por los autores mencionados y anteriormente por la denominada Escuela de Frankfurt, derivó en una confusión total que tuvo su golpe de gracia con el surgimiento de Thatcher y el fin del bloque soviético.
El rol de la exprimer ministro británica ha sido determinante, según Bernabé, para instalar el nuevo clima de época. Es que allí se produce un deslizamiento sutil pero determinante operado sobre el término inglés “unequal” que tiene dos acepciones: la de ser “desigual” y la de ser “diferente”. Según Bernabé, Thatcher logró instalar que la “unequal” que defendían los conservadores no era “la desigualdad” (económica) producto de un sistema que beneficiaba a los dueños de los medios de producción, sino “la diferencia”, esto es, aquello que hace a cada individuo único frente a las pretensiones homogeneizantes del comunismo soviético. De ahí se seguiría que la desigualdad económica es fruto de la diferencia individual.
Expuesto así, a los diferentes solo les queda competir en la lógica del mercado. Es más, según Bernabé, “de la misma forma que consumimos carne o televisores, comida orgánica o teléfonos móviles, consumimos también identidades (…) relacionadas con esos productos”. Para ejemplificar, el autor menciona numerosos ejemplos entre los que podemos citar el modo en que una tabacalera logró que el consumo de su marca se transformara en el ícono de la reivindicación feminista que exigía poder fumar en público hacia fines de los años 20, o cómo la imagen de Frida Khalo en un brazalete ha ido a parar a Theresa May quien la reivindica por feminista para pasar por alto que, ante todo, Khalo era comunista.
Claro que Bernabé se encarga de aclarar varias veces que las reivindicaciones identitarias son atendibles y persiguen fines muy loables pero también indica que una lucha por la diversidad que no ponga en tela de juicio la distribución económica ni dispute las condiciones materiales, no podrá ser nunca una fuente verdadera de transformación del statu quo.
Es más, según el autor, el hecho de que la defensa de estas reivindicaciones identitarias hayan devenido hegemónicas y cada vez tengan más carnadura en políticas públicas impulsadas por las elites mundiales, ha permitido apropiarse a la derecha de la representación de todos aquellos que no se sienten visibilizados por algunas de estas reivindicaciones, espacio que crece en la medida en que se acuse de “fascista” a todo aquel que ose criticar algunas de las acciones que llevan adelante los activistas. El propio Bernabé transcribe un chiste que circuló en Twitter para graficar este escenario: “Me he encontrado a una persona que necesita ayuda pero no es ni mujer, ni LGTB, ni disfuncional, ni pertenece a ningún colectivo racial desfavorecido, así que le he pegado una paliza por facha”. 
Y no solo eso sino que, siempre según Bernabé, la hegemonía de las políticas de la identidad le sirve a la derecha el seductor rol de ser “antisistema” y “rebelde”, incluso de presentarse como una minoría oprimida. En este sentido, Trump, Bolsonaro y Vox son buenos ejemplos de cómo el presunto consenso sobre determinadas políticas no es tal y de cómo debajo de la superficie de la corrección política hay millones de ciudadanos que quieren poder expresar otra cosa. 
En cuanto a la faz propositiva, Bernabé le habla a un lector de izquierda y no hace nada por ocultar lo que podría verse como una suerte de perspectiva de marxismo bastante clásico, sin demasiadas sutilezas. Es enormemente crítico del relativismo progresista que es capaz de defender el uso del velo en culturas musulmanas como forma de presunto empoderamiento, y propone una salida universalista, laica y de una radicalidad republicana como para diferenciarse de alguna variante populista que él debe tener en mente pero que al menos en el libro no aparece expuesta. También afirma que es más importante ir contra la troika que a favor de la diversidad y que el triunfo de la izquierda no se logrará con la deconstrucción del lenguaje y el control de los medios de comunicación. Es que según él, el hecho de que una mujer de clase alta sea capaz de boicotear una reivindicación de mujeres de clase baja, muestra que la clase social es más importante que la identidad de género, del mismo modo que para un gay es más determinante el hecho de ser trabajador que su objeto de deseo.
De aquí que concluya: “La izquierda, presa de este mercado, cosificada también como una mercancía, presenta su seducción a través de las políticas de la diversidad. Una vez que se ha visto incapaz de alterar el sistema, de cambiar las reglas del juego, las acepta y, creyendo aún desempeñar un papel transformador, su única función es resaltar lo minoritario, lo específico, exagerar las diferencias, proporcionar una representación no solo a mujeres, homosexuales, o minorías raciales, sino a toda clase media aspiracional”.
Retomando lo que decíamos en la introducción de esta nota, intuyo que lo que ha hecho de este libro un éxito de venta y materia de controversia es el hecho de criticar a la izquierda desde la izquierda y acusarla de estar persiguiendo una agenda propositiva funcional al neoliberalismo. Se podrá o no acordar con estas críticas y con la propuesta del autor pero sin dudas ofrece una perspectiva capaz de enriquecer el debate.