martes, 15 de agosto de 2017

Cambiemos y un día (casi) perfecto (publicado el 14/8/17 en www.elpaisdigital.com.ar)

Electoralmente el gobierno hizo todo bien, salvo una cosa: la escandalosa, caprichosa e insólita manipulación de la carga de datos en la Provincia de Buenos Aires que demuestra que Cambiemos está más pendiente del Prime Time que de la realidad. Efectivamente, llevando la lógica de la telepolítica al extremo, el macrismo quiso que la ciudadanía se vaya a dormir creyendo que CFK había sido derrotada por uno de los peores candidatos posibles, y, cuando el resultado se daba vuelta, sorprendentemente decidió parar el conteo definitivo. En el gobierno de los CEO, el dueño de la pelota, a punto de sufrir una derrota simbólica, se la lleva a su casa y no se juega más. Pero lo más insólito es que como ardid comunicacional lo único que ha hecho es poner bajo sospecha el resultado de la elección y devolverle al kirchnerismo una épica, en este caso, la de la remontada.
Ahora bien dejando de lado este aspecto, y analizando en frio, podemos decir que Cambiemos fue el gran ganador de la elección: logró hacer pie en todos los distritos a pesar de que la mayoría le sigue siendo esquivo y continúa en manos de los liderazgos locales, pero hizo su mejor elección legislativa en CABA; ganó en Córdoba con candidato propio; le dio una paliza electoral al kirchnerizado Alberto Rodríguez Sáa en San Luis como nunca había ocurrido desde el regreso de la democracia y derrotó al MPN en Neuquén; triunfó holgadamente en una Santa Cruz en crisis, alcanzó la victoria en Entre Ríos, confirmó en Corrientes, Mendoza y Jujuy, y, aún perdiendo, en el segundo escándalo relacionado con el conteo de votos, terminó cabeza a cabeza con el peronismo en Santa Fe, donde el socialismo realizó una performance vergonzante. Por último, como indicábamos anteriormente, “empató” en la elección de la provincia de Buenos Aires.
El panperonismo, por su parte, confirmó varios de sus liderazgos locales y si bien cada caso resulta particular y merecería un análisis pormenorizado, podría decirse que en Formosa, Catamarca, Tucumán, Chaco, La Rioja, San Juan, Río Negro, Chubut, Tierra del Fuego, Santa Fe, Misiones y Salta, distintos tipos de peronismos, en un par de casos, claramente kirchneristas y, en algunos casos, incluso compitiendo contra listas representativas del kirchnerismo, sostuvieron su supremacía. Si sumamos a esa lista a Santiago del Estero, con el triunfo de un Frente que fue aliado de la administración de CFK, llegamos a la conclusión de que la mayoría de los distritos le siguen siendo esquivos al gobierno pero que Cambiemos se ha alzado o ha logrado “empatar” en los más populosos.
Si hablamos específicamente del kirchnerismo podría decirse que, salvo la sorpresa en Santa Fe, quedó reducido a la figura de Cristina con fuerte epicentro en la tercera sección electoral, la única de las siete en la que pudo imponerse. Sobre ello hay dos grandes lecturas contrapuestas pero plausibles ambas: la más benevolente hacia el kirchnerismo podría indicar que con una parte de la justicia persiguiendo, el poder económico nacional e internacional apoyando, los “fierros mediáticos”, los servicios de inteligencia y las principales cajas del Estado, el establishment no pudo vencer a CFK después de años de desgaste. La segunda lectura es que frente a un gobierno que tuvo una de las peores gestiones que se recuerden, con devaluación salvaje, tarifazos, aumento de la pobreza, inflación acumulada del 65%, crecimiento de la desocupación, escándalos vinculados a la violencia institucional, etc., el kirchnerismo, con su mejor y tal vez, única carta, apenas pudo empatarle a un candidato al que cualquiera elegiría para ganarle. Se dirá que el ataque contra la expresidenta fue furioso y que Bullrich no fue “el candidato” sino que la disputa fue contra Vidal, pero lo cierto es que, Cristina, aun si se confirmara el triunfo, apenas pudo igualar la performance de Aníbal Fernández como candidato a Gobernador en 2015. No es justo comparar elecciones para cargos ejecutivos con elecciones para cargos legislativos pero el voto kirchnerista parece estar afincado en un núcleo duro para el cual resulta indiferente de qué tipo de elección se trata. Es más, es tan duro ese núcleo de votos, con ese piso y ese techo que resultan casi similares, que la estrategia duranbarbizada y pasteurizada de Unidad Ciudadana tampoco funcionó. Dicho más crudamente: con escenario 360°, discursos desideologizados o socialdemocratizados en torno a la condición ciudadana, apuestas a las pequeñas historias de gente común, ocultamiento de La Cámpora y de los referentes “piantavotos”, etc., CFK obtuvo lo mismo que su candidato más demonizado. Y por cierto, el responsable de la merma en los votos no parece ser Randazzo más allá de que parte de la militancia de paladar negro, traidorómetro en mano, quiera encontrar un consuelo allí pues el ex ministro le ha quitado más votos a Massa que a la expresidenta. Si bien no es lineal, cabe observar que el 15% de Massa obtenido ayer más el 5% de Randazzo suman exactamente los 20 puntos que había obtenido el exIntendente de Tigre en las PASO 2015.
De cara al futuro cabe distinguir entre lo inmediato y lo mediato. En este sentido, octubre es lo inmediato y allí no es de esperar que existan grandes virajes en las tendencias de los votos. En todo caso, especialmente en la elección de la Provincia de Buenos Aires, aquella donde volverán a posarse todos los ojos, es posible que haya una tendencia hacia una “balotajización” que termine afectando a Randazzo y a Massa. De ser así, entiendo que el gobierno puede recibir algunos votos más que los que podría recibir CFK, más allá de que balotajización no significa balotaje y es posible que ni Randazzo ni Massa pierdan demasiados votos.
En cuanto a lo mediato, el horizonte del peronismo resulta aún más complejo que ayer. De hecho, podría decirse que el resultado de ayer fue el peor de los resultados posibles. ¿Por qué? Porque el resultado de CFK la dejó en una situación límbica: si hubiera perdido por 7 u 8 puntos era, probablemente, el fin del kirchnerismo; si ganaba por 7 u 8 puntos, hubiera encolumnado a todos los peronistas, incluso los más díscolos. Pero no sucedió ni una cosa ni la otra y nadie puede razonablemente desestimar a una candidata que obtiene 35% de los votos contra toda la estructura del poder fáctico, pero, a su vez, hasta ahora su techo sigue siendo insuficiente para una elección ejecutiva. Por lo tanto: hoy es la mejor candidata pero no alcanza para ganar y obtura cualquier tipo de renovación, máxime cuando la pretendida renovación es un Massa que desde el 2013 no hace más que perder votos, y un Randazzo que no pudo alcanzar los dos dígitos que pretendía.  
En este sentido, de confirmarse este resultado en octubre, el gobierno, sin ser una mayoría apabullante ni mucho menos, consolidará su carácter de primera minoría en las cámaras, tendrá proyección para alzarse con los principales distritos gracias a candidatos propios, instalará que tiene la legitimidad para avanzar con su plan económico y tendrá enfrente a un peronismo más atomizado que nunca. Si el “mundo financiero” continuara apoyando, el peronismo siguiese “trabado”, la voracidad del plan económico de ajuste se moderara y el revanchismo y el triunfo de su ala menos dialoguista y más salvaje se atemperara, es posible que haya Cambiemos para rato con o sin Macri. Pero tratándose de política, hay allí demasiados condicionales.          
       

  

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Con una pequeña ayuda de mis amigos (del mercado)? (publicado el 7/8/17 en www.elpaisdigital.com.ar)

Si bien la discreta pasión por evitar el ridículo nos sugiere pasar por alto cualquier pronóstico, desde hace varios días los periodistas voceros del oficialismo ya plantean un escenario en el que CFK alcanzaría el triunfo por alrededor de cinco puntos. Lo que comprueba el escenario, más que las encuestas, es la desesperación de todo el aparato oficial que, al ataque incesante, y cada vez menos elegante, a todo aquello que en algún lugar del planeta se parezca al cuco populista, le agregan la aseveración de que, finalmente, ganarán en octubre. Si bien se trata de una sutil manera de sugerir que van a perder en agosto, como alguna vez se indicó aquí mismo, es probable que la elección de octubre funcione como un virtual balotaje entre Cambiemos (encabezado por Vidal a pesar de no ser candidata) y la Unidad Ciudadana, en detrimento de Massa y Randazzo. En este contexto es probable que Cambiemos pueda mejorar su performance pero si la distancia en estas PASO es más o menos grande, no le resultará fácil descontar.        
Más allá de eso, en estas breves líneas, cabe preguntarse si, ante el eventual triunfo de CFK, además de los medios y buena parte del poder judicial, no habrá en lo inmediato una pequeña “ayudita” del mercado. Me refiero a que algunos días después de las PASO habrá un nuevo vencimiento de LEBACS lo cual supone siempre la posibilidad de generar presión sobre el tipo de cambio, máxime en un contexto en que el dólar viene venciendo en los últimos meses a la bicicleta financiera. Si bien el gobierno ha dado señales de que el dólar no flote más allá de los $18 y, en las últimas horas, algunos diarios, ya hablan de un límite informal a la compra de USS impuesto por los bancos (hasta USS 10000), lo cierto es que no resulta descabellado que el gobierno, al menos por unos días, no haga nada por impedir una minicorrida que deprecie el peso, le permita ganar parte de la competitividad perdida en los últimos meses y, de paso, claro, achacarle el fenómeno a la incertidumbre que genera en los inversores un eventual regreso de CFK. Tal hipótesis, por cierto, se sostiene en que ha sido el propio gobierno el que ha instalado que un triunfo de la ex presidenta llevaría el dólar a alrededor de $20 antes de fin de año. Lo que sucederá lo sabremos la semana que viene pero si el machaque en torno a la presunta corrupción del gobierno anterior no diera el resultado esperado, es probable que el empujoncito final hacia octubre lo deba dar un mercado que hasta ahora no le ha respondido a Macri con toda la dulzura que él pretendía.      


jueves, 3 de agosto de 2017

La sociedad de la denuncia (editorial del 30/7/17 en No estoy solo)

Hoy les quiero hablar de un fenómeno que denominaré “la sociedad de la denuncia”. A priori parece vincularse con la creciente politización de la justicia pero tiene que ver más con la lógica periodística que con la judicial, independientemente de que algunas denuncias, efectivamente, lleguen a la justicia. Porque en la sociedad de la denuncia, lo que decida el poder judicial será aceptado solo en la medida en que confirme la denuncia y avale el prejuicio. Así, si confirma lo que ha sentenciado la opinión pública (por fuera de la justicia, claro), mejor. Y si no lo confirma o si no lo hace con la premura pretendida, la acusaremos de cómplice.
Nadie toma nota que los tiempos de la justicia son mucho más lentos que los de la denuncia y la difamación que ésta conlleva, justamente, en cuanto se deben tomar los recaudos suficientes para que no se vulneren derechos. Porque sin defender la exasperante lentitud de buena parte de la justicia argentina, lo cierto es que existen tiempos procesales naturales y deseables incompatibles con la ansiedad de los portales de los diarios o el bullyng de las tormentas de mierda en Twitter con trolls, hashtags y memes.         
Las razones psicológicas acerca de por qué una denuncia es más atractiva que una no denuncia, son insondables, pero seguramente en tiempos donde se cree más inteligente el que sospecha, jugarán allí una épica de la lucha contra una pretendida impunidad de algún poderoso, la búsqueda de un sentido (para vidas que no lo encuentran fácilmente), la presunta virtud detectivesca del desentrañar una trama oculta y, sobre todo, una moral, además de la enorme incapacidad de toda la sociedad para resolver los conflictos a través del diálogo y el acuerdo. Elisa Carrió es un emblema de la sociedad de la denuncia y si bien sus errores y operaciones han sido mucho mayores que sus aciertos, como lo que importa es la denuncia, viene siendo una referente política en base a extorsiones, no solo contra sus adversarios políticos sino hacia dentro de su propio frente. Asimismo, la diputada es el emblema de la moralización de la política, algo enormemente nocivo para la construcción republicana porque establece que las diferencias entre facciones no son políticas sino entre “buenos” y “malos” tal como se buscó instalar tras el fallido intento de expulsar de la cámara de diputados a Julio De Vido.
Este factor moral apoya lo que se indicaba al principio, esto es, que la sociedad de la denuncia está más vinculada a una lógica periodística que a una judicial, pues, de hecho, la denuncia está estrechamente ligada al sentimiento moral preferido de la prensa de hoy: la indignación. Es más, nótese que si bien es posible indignarse por distintas cosas, en general se utiliza ese término solo cuando se trata de la política. Lo que indigna a los indignados, entonces, es la política.
Pero además, la denuncia es inherente a la lógica del periodismo actual en la medida en que periodistas de distintas líneas editoriales llaman a que “hagas tu denuncia” y muchas veces prestan el micrófono sin siquiera haber chequeado la información ni consultado a la parte afectada. Es que justamente, la parte afectada no interesa porque lo que interesa es que alguien denuncie algo.
En este tipo de sociedad la mera denuncia tiene el valor de verdad de una sentencia, máxime si se hace sobre determinados sujetos cuyo rol o identificación en la sociedad ya supone una imputación. Porque ser pobre se ha transformado en una imputación, como ser trabajador del Estado se ha transformado en una imputación y como ser kirchnerista se ha transformado en una imputación (la lista sigue pero estoy tratando de ser políticamente correcto y no ofender al progresismo biempensante).
Con la figura de la imputación por el hecho de ser identificado con alguno de los sectores estigmatizados, se da una situación curiosa que es la inversión de la carga de la prueba. Esto significa que el denunciado es culpable por ser denunciado y, en todo caso, debe demostrar que es inocente, aunque, probablemente, nadie le creerá. ¿Por qué? Porque es la prensa y la condena pública la que reemplaza a la justicia con el agravante que decíamos al principio, esto es, un poder judicial que solo es reivindicado si confirma el objeto de la denuncia pero que es denostado si va a contramano de la valoración pública a pesar de que el espíritu del derecho es justamente su carácter contramayoritario.
Y aquí no se trata de defender a nadie en particular pues ejemplos hay para todos los gustos. En el terreno de la política, a Amado Boudou se le iniciaron unas 70 causas. En ninguna tiene hasta ahora una sentencia firme y 60 de ellas fueron desestimadas. Esto quiere decir que objetivamente, al día de hoy, es inocente, y sin embargo, un gran porcentaje de los argentinos lo considera culpable de algo aunque muy bien no se sepa todavía de qué. Algo similar sucede con De Vido, en el sentido de que no tiene al día de hoy sentencias en su contra y, sin embargo, asistimos a un espectáculo insólito en el que los legisladores, en plena campaña, dan vergüenza ajena recurriendo a una supuesta inhabilidad moral decretada por mayorías circunstanciales en horario prime time. Digo que hay para todos los gustos porque si De Vido no puede formar parte del Congreso, no se entiende cómo Macri pudo llegar a la Casa Rosada a pesar de haber asumido procesado, es decir, en la misma situación judicial que De Vido. Macri luego fue absuelto, como puede ser absuelto alguno de los mencionados y como puede ser absuelto cualquier persona que sea denunciada por algo. Porque la consecuencia de una denuncia, es bueno recordarlo, aun en una sociedad de la denuncia donde la moral reemplaza a la política, debería poder ser un castigo pero también una absolución. 


miércoles, 19 de julio de 2017

Gobierno on demand y minorías intensas (editorial del 16/7/17 en No estoy solo)

“Hay que asegurar los propios”. Ese podría ser el resumen del lineamiento principal de la campaña de Cambiemos. Efectivamente, ante un escenario en el que todas las fuerzas se van desgajando, será ganador aquel capaz de ponerle un dique de contención a la fragmentación continua. Al fin de cuentas, el macrismo duro nunca fue más que ese 24% obtenido por el candidato Macri en las PASO 2015. Todo lo demás es una mezcla de voto tibio, voto útil y voto espanto ante lo que hay enfrente. Y el voto tibio, el voto útil y el voto espanto son demasiado fluctuantes, carentes de arraigo e imprevisibles. Pero la cuenta que hace el oficialismo es más o menos así: garantizado ese cuarto del electorado más una porción del electorado antikirchnerista furioso, es posible llegar a un tercio de los votos, cantidad que, si no alcanzara para ganar al menos nos daría una derrota digna y por pocos puntos frente a una CFK que difícilmente supere el 40%.
Además, el oficialismo apunta a que las PASO funcionen como una primera vuelta de hecho y que la elección de octubre se asemeje a un balotaje en el que habría una polarización entre Cambiemos y el kirchnerismo en detrimento de Massa y Randazzo. Si eso ocurriese, el oficialismo podría ganar porque mucha gente volvería a votarlos como forma de castigo a CFK.
Asegurar los propios, o garantizarse el apoyo de una minoría intensa, es lo que explica la radicalización de acciones, políticas y discursos del gobierno, a contramano del intento de confusión que inundó la campaña y los primeros meses de la administración. Ahora, si la minoría intensa pide palos contra los trabajadores y los sindicatos no adictos, se le dará palos; si pide “cárcel” para los kirchneristas tendrá cárcel para los kirchneristas; si pide ausencia de piquetes se acabarán los piquetes como sea; y si los amigos piden favores, con fusiones incluidas, negocios varios y flexibilización laboral, también se les dará independientemente de lo que diga ese restito de prensa opositora. En este sentido, se trata de un “gobierno on demand”: usted (votante de la minoría intensa PRO) lo demanda…usted lo tiene, tanto como se puede acceder a un servicio específico en el cable, por ejemplo, una película, pagando un extra. Los servicios on demand del gobierno suponen una suerte de “populismo para pocos”, lo que es claramente un oxímoron, de manera tal que quizás sea mejor denominarlo “demagogia para clases altas y sentidos comunes indignados”.
Asimismo, es curioso, pero el oficialismo, en la elección más importante, que es la de la Provincia de Buenos Aires, ha decidido “no tener candidatos”. Es decir, ante la evidencia objetiva de carecer de referentes de peso para disputarle a CFK, Massa y Randazzo, ha resuelto utilizar candidatos -con todo respeto- que hoy en día son de segunda línea. Por cierto, creo que la estrategia es correcta pues la campaña se la pondrá al hombro Macri y Vidal de modo tal que si ganan será un triunfo del gobierno y si pierden será una derrota de los candidatos ignotos ante “los tanques opositores”. Es cruel pero es política.    
En cuanto al kirchnerismo, el desafío parece exactamente el opuesto y se expresa en el interrogante acerca de cómo pescar en la pecera ajena, cómo poder interpelar, justamente, más allá de la minoría intensa. En este sentido ha habido claramente un cambio de estética por el cual hasta se puede dejar de lado el atril por el escenario 360° como se hizo en Arsenal, y se pueden abandonar los grandes discursos en pos de los microrelatos. El diagnóstico, según se observa, es que si se quiere ir más allá de la minoría intensa, el discurso épico y la ideología no parecen un buen camino y para eso hay que centrarse en las pequeñas historias de vida. En todo caso, si ya no es posible comprometer a un sector de la ciudadanía con la política o con un liderazgo (nótese que Cristina no llamó a votar por ella sino en defensa propia y por uno mismo), al menos que se identifiquen con la historia del ciudadano común que es “como uno”.
En lo que respecta a la identidad kirchnerista quedará para otra ocasión analizar una nueva mutación hacia posiciones que, según la temática, oscilan entre la socialdemocracia y algunos coqueteos con el troskismo, especialmente de ciertos sectores de la militancia, tal como se pudo observar en los comentarios que circularon en las redes y en los periodistas afines al kirchnerismo tras la represión en Pepsico, como si no existiera un modo no troskista de mediar privilegiando a los trabajadores.    
              Vendrán semanas difíciles, y un gobierno volcado a responder las demandas de una minoría intensa que va radicalizando su conservadurismo, no puede más que generar preocupación. Es más, estoy tentado a decir que el gran interrogante respecto del futuro de la Argentina está en cuál es el costo que está dispuesto a pagar el oficialismo por satisfacer la demanda de esa minoría intensa que representa, especialmente, si el resultado de estas elecciones no es el que el oficialismo desea.   



martes, 11 de julio de 2017

Durán Barba y los optimistas del celular (editorial del 9/7/17 en No estoy solo)

“Cuando se proyectan escenas con tanto encanto morboso como las protagonizadas por [José] López y las monjas, nuestra mente no solo recuerda lo que ve, sino que a partir de los datos crea nuevas imágenes que complementan su relato. En conferencias que dictamos en distintos auditorios, algunos de ellos compuestos por un centenar de especialistas en comunicación repetimos un experimento. Pedimos que levantaran la mano quienes habían visto la escena de José López lanzando bolsos con dinero por encima de la pared del convento y casi todos lo hicieron. Se sorprendieron cuando les recordamos que no existía ninguna película que hubiera registrado esa escena, que las imágenes que creían haber visto eran un invento de su mente. Ningún discurso de Macri pudo ser más eficiente para comunicar la corrupción del gobierno kirchnerista que la escena que armó José López”.
El párrafo anterior no pertenece a un ferviente militante kirchnerista sino al principal consultor del macrismo, el ecuatoriano Jaime Durán Barba. Lo utiliza para explicar que vivimos en una sociedad en la que las palabras han sido reemplazadas por las imágenes y para que comprendamos hasta qué punto la comunicación política en la actualidad es mucho más efectiva si apunta a las emociones a través de las imágenes. Claro que a Durán Barba le falta agregar un elemento clave en esta historia: la audiencia creó en su mente la imagen de López arrojando los bolsos porque la prensa repitió que así había sucedido más allá de que eso nunca ocurrió pues, tal como se vio, López, de manera muy pacífica, tocó la puerta, dejó su arma en el piso, fue recibido por las monjas y acercó los bolsos sin grandes estridencias. Pero como si esto de por sí no fuera en sí mismo grave, la prensa espectacularizó el evento para con ello graficar la situación por la que supuestamente atravesaba el kirchnerismo y presentarlo como una banda facinerosa, sobreexcitada por el consumo de vaya a saber qué y en estado de desesperación ante el inminente descubrimiento de una aparente estructura delictiva.
Espero que ningún zonzo pretenda leer aquí una apología de López. Simplemente se trata de mostrar que sobre un hecho incontrovertiblemente objetivo, esto es, la decisión de López de esconder dinero mal habido, presuntamente por coimas en la obra pública, se creó una narrativa imaginaria cuya única meta era dotar de eficacia comunicacional un relato en torno a los 12 años de kirchnerismo. Una vez más, y porque todo hay que aclararlo en tiempos donde los prejuicios ciegan e impiden aprobar un examen básico de lectocomprensión, planteo aquí que no hay que caer en falsos dilemas pues puede darse que exista un caso flagrante de corrupción pero que, a su vez, éste sea espectacularizado y tergiversado como parte de un dispositivo comunicacional que pretende hacerle decir a los hechos objetivos más que lo que son capaces de decir.
Vivimos, entonces, en tiempos donde las posibilidades de manipulación son enormes más allá de que los relatos posmodernos nos quieran hacer creer que la sobreestimulada sociedad de la información que nos atraviesa eficaz y esencialmente a través de nuestros teléfonos móviles nos transforma en seres autónomos. De hecho ese es el punto de partida del último libro de Durán Barba, La política en el siglo XXI, libro al cual pertenece tanto el extracto antes citado como el que expongo a continuación:
“La opinión pública se convirtió en algo que nadie puede controlar, ni manipular ni destruir. Pertenece a millones de personas que ni siquiera se conocen entre sí, no tienen ni quieren tener ningún plan conspirativo y difunden contenidos que se transmiten sin censura (…) La opinión pública es cada día más autónoma, debilita el poder de los líderes, de las organizaciones y de los partidos y no depende del aval de los medios de comunicación ni de ninguna institución”.
Pero el optimismo de Durán Barba (y Santiago Nieto, quien escribe junto a él) llega a límites tan insospechados que son capaces de afirmar que “en occidente, los celulares y el sentido común son una red de contención para impedir la brutalidad y la violencia” y que, salvo alguna excepción, “[La] radio, la televisión, los celulares inteligentes y la red proporcionan a cualquier estudiante de secundaria más información que la que pudieron tener los políticos más sofisticados de antaño”. Mientras uno no puede dejar de pensar la conversación entre un estudiante de secundario y alguno de los líderes de antaño de Argentina y el mundo, cabe indicar que esta épica posmoderna e ingenuamente libertaria (tenga en cuenta que la tapa del libro, que no pretende ser una ironía, es una mano victoriosa y empoderada empuñando un celular sobre un fondo rojo), se da de bruces con distintas advertencias que ya hemos trabajado aquí. Me refiero al modo en que los algoritmos, las búsquedas predictivas de Google y los ejércitos de Trolls, resultan grandes instaladores de agendas y microclimas. De hecho, el ejemplo puesto por el propio Durán Barba echaría por tierra la supuesta mayor autonomía de una opinión pública a la cual se le ha instalado en la cabeza, por ejemplo, que un señor arrojó bolsos por encima de las paredes de un convento cuando eso jamás sucedió.
Con todo, y para concluir, los cada vez más sofisticados métodos de manipulación en una sociedad cuya saturación y fragmentación de la información deriva en debates públicos cada vez más pobres, no deben deslizarnos hacia la cómoda posición de que toda decisión mayoritaria que no nos guste es parte de una conspiración y una manipulación. Pues la afirmación de una mayor autonomía de la opinión pública gracias a los celulares y a internet es falsa pero de ahí no se sigue que hayan desaparecido por completo los intersticios a través de los cuales es posible, con cierta autonomía, denunciar el estado de cosas. Estos espacios son cada vez más pequeños pero existen por una reserva de conciencia crítica y no por el acceso irrestricto a la fácilmente manipulable Wikipedia. En este sentido, el poder cada vez más amplio y hegemónico de Clarín ha incidido e incidirá pero no explica la totalidad de los procesos políticos ni resuelve automáticamente el resultado de una elección. Hay todavía un campo importante en el que se puede disputar con herramientas más escrupulosas que las que utilizan medios y usuarios antimacristas que al amarillismo y a la manipulación de la incomparable y apabullante mayoría oficialista en los medios, le responden con amarillismo y manipulación como si la consecuencia de esa guerra pudiera ser algo distinto de la desazón y la antipolítica.