sábado, 13 de septiembre de 2014

La persona, el humano y la cerda (publicado el 11/9/14 en Veintitrés)

¿Hay humanos que no sean personas? ¿Y personas que no sean humanos? Entiendo que estas dos preguntas puedan generar algo de perplejidad pero aunque le resulte curioso, el debate lleva ya demasiados siglos y se reactualiza según las circunstancias históricas. Sin ir más lejos, el último domingo, el diario La Nación, informaba que la justicia argentina estudia requerimientos para considerar a los chimpancés personas “no humanas”. Más específicamente, se presentaron pedidos de hábeas corpus en los tribunales de Santiago del Estero, Entre Ríos, Córdoba y Río Negro, para que liberen a unos chimpancés que se encuentran en cautiverio en distintos zoológicos del país. Los argumentos son variados y complejos, y, a su vez, pedidos similares se han hecho en distintas partes del mundo. Pero, en general, claro está, en ningún caso se supone que los chimpancés sean humanos sino que en tanto seres con autoconciencia, capaces de comunicarse y sentir, de razonar y hasta de construir herramientas, deben ser titulares de derechos. Esto nos traslada a las preguntas iniciales porque si aceptásemos que estas condiciones son suficientes para ser sujeto de derecho, dejaríamos abierta la posibilidad de que existan personas no humanas. ¿Cómo es esto? No se asuste. Ni estoy realizando un tratado discriminatorio hacia determinados grupos sociales ni estoy anunciando la llegada de una especie extraterrestre que, camuflada, convive con nosotros. Tampoco se trata de una estrategia electoral que intente evitar que voten los gorilas pero que habilite a los caniches peronistas a emitir su sufragio. Nada de eso. Se trata simplemente de mostrar que “persona” no es sinónimo de “ser humano”. Pues “persona” es una categoría jurídica equivalente a “titular de derechos” y el hecho de que en sociedades como las nuestras consideremos que todo ser humano tiene los mismos derechos, ha hecho que confundamos los términos. Para comprender mejor esto, remontemos un poco la historia para recordar que en los tiempos donde la esclavitud estaba legitimada jurídica y socialmente, existían seres humanos que no eran personas, es decir, individuos que no tenían derechos y que eran tratados como simples “cosas” al igual que un animal.
La separación entre lo humano y la persona puede explicarse a través de la etimología pues si bien no hay un completo acuerdo respecto del origen de la palabra, se dice que el derecho romano adoptó la noción de “persona” por analogía a la máscara utilizada por los actores griegos para amplificar su voz. Si “persona” viene de “máscara” entramos en un terreno complejo pero queda claro que una máscara es algo que se puede tener o no, y que sería posible “ponerle” la máscara a seres vivos que no pertenezcan al género humano como así también quitársela a hombres y mujeres de nuestra misma especie. La titularidad de derechos como máscara, entonces, fue el modo en que los sistemas jurídicos pudieron discriminar entre vivientes humanos con y sin derechos. Pero en los últimos siglos se asiste a una paulatina universalización de la máscara como modo de igualación de todos los seres humanos. Así, los humanos somos, naturalmente, todos distintos pero para el derecho somos todos iguales en tanto tenemos la misma máscara. Que quede, entonces, bien claro: del mismo modo que la máscara del actor griego dejaba mostraba que el que estaba en el escenario representaba un personaje, los sistemas jurídicos actuales acuden a la ficción de la persona para poder garantizar un conjunto básico de derechos a todos los humanos por igual.   
De hecho, si buscáramos un hilo conductor para poder contar la historia de disputas de los últimos siglos en Occidente, un camino posible sería el de las luchas de individuos y grupos sociales por ser considerados iguales y dejar de ser vistos como cosas. Porque los esclavos eran considerados  cosas y no personas. No tenían máscara. Eran mero cuerpo viviente y salvaje, insisto, como son vistos incluso hoy en día los animales; algo similar sucedía con los indígenas y en no pocos lugares del mundo las mujeres o bien son consideradas cosas o bien no gozan de la misma porción de derechos de la que gozan los varones.
Con todo, la relación con las no personas siempre fue ambigua pues si nos posamos en la figura del esclavo, en tanto siervo que tenía dueño era considerado una cosa pero, a su vez, podría llegar a recibir una pena si cometía un homicidio de lo cual se sigue que para ser una cosa se le adjudicaba bastante responsabilidad. En este punto, aunque resulte insólito, en el libro de Eugenio Zaffaroni, citado en esta misma columna hace algunas semanas, titulado La pachamama y el humano, el actual Juez de la Corte Suprema menciona casos en los que esta misma tensión se planteaba en torno a animales que, por ejemplo, agredían a un ser humano. ¿Qué hacer con ellos? Si fuesen meras cosas no tendrían responsabilidad alguna por sus actos. Sin embargo, en palabras de Zaffaroni: “En la Edad Media y hasta el Renacimiento –es decir, entre los siglos XIII y XVII- fueron frecuentes los juicios a animales, especialmente a cerdos que habían matado o comido a niños, lo que unos justificaban pretendiendo que los animales –por lo menos los superiores- tenían un poco de alma y otros negándolo, pero insistiendo en ellos en razón de la necesidad de castigo ejemplar. Sea como fuere se ejecutaron animales y hasta se sometió a tortura y se obtuvo la confesión de una cerda”.
Si a usted no le interesara la problemática del derechos de los animales, note, igualmente, que la discusión es mucho más general y puede llegar a incluir temas demasiado sensibles para los humanos pues el criterio para definir qué es una persona es determinante para una legislación sobre, por ejemplo, despenalización del aborto. En este sentido, nadie discute cuándo comienza la vida: lo que se discute es cuándo se comienza a ser persona y ahí, una vez más, se muestra que la mera vida no implica necesariamente derechos o que, en todo caso, ese es un debate abierto.  
Volviendo a la cuestión de los derechos de los animales, no se puede dejar de soslayo que hay muchísimas preguntas que quedan abiertas. ¿Pues serían sujetos de derecho solo los animales superiores? ¿Qué pasaría con el resto? Si extendiésemos la titularidad de derecho a todo lo viviente qué pasaría, por ejemplo, con las bacterias o, para no ir tan lejos, ¿qué hacemos con los mosquitos y las cucarachas?
Asimismo, como algunos autores se plantean, si el requisito para que una vida humana o no humana posea derechos es la autoconciencia o la posibilidad de crear herramientas ¿qué sucedería con los embriones, los fetos e incluso los recién nacidos humanos? ¿y con los humanos que tienen muerte cerebral? ¿Dejarían de ser titulares de derecho?  
Le dejo estas preguntas abiertas para discutir en familia mientras mira a su perro, a su gato y toma un antibiótico. Yo, mientras tanto, prometo encontrarle, para la próxima semana, la versión taquigráfica de la confesión de la cerda. 

        

sábado, 6 de septiembre de 2014

¿Qué culpa tiene el presidencialismo? (publicado el 4/9/14 en Veintitrés)

¿Qué evaluación podemos hacer a 20 años de haberse sancionado la Constitución vigente? ¿Ha sido un paso adelante tal reforma? ¿Hay una gran distancia entre el espíritu de la “ley de leyes” y las interpretaciones posteriores? Las preguntas pueden continuar infinitamente y son solo algunas de las que han partido los comentaristas en las últimas semanas.
Lo cierto es que aquella reforma estuvo lejos de surgir de la voluntad popular, más allá de que buena parte de la ciudadanía quería volver a votar a Menem y para ello necesitaba que se habilite la posibilidad de una reelección. Pero el texto estuvo condicionado por un acuerdo entre los dos grandes partidos mayoritarios siendo la inclusión del tercer senador, el senador por la minoría, uno de los artilugios para perpetuar un bipartidismo que gracias a acuerdos entre cúpulas profundizaba la enorme crisis de representatividad de la clase política.
En aquella coyuntura, el PJ, controlado por el menemismo, había amenazado con llamar a una consulta popular para que la reforma y la reelección recibieran apoyo, algo que, como se decía anteriormente, se daba por descontado. A tal punto esa amenaza fue efectiva que la UCR, liderada por Alfonsín, interpretó que era mejor negociar la reforma e intentar incidir en puntos clave que en algunos casos obedecían a razones de conveniencia electoral y, en otros, a los principios de la tradición socialdemócrata en la que siempre se mantuvo la línea radical liderada por Alfonsín. 
Más específicamente, el radicalismo se sabía fuerte, electoralmente hablando, en la Ciudad, y por ello presionó para que se declarase la autonomía de Buenos Aires lo cual implicaba, entre otras cosas, que sean los habitantes de la ciudad quienes eligiesen su propio Jefe de gobierno y se acabe la insólita situación de un territorio que albergaba 3 millones de personas y tenía un intendente puesto a dedo por el Poder Ejecutivo nacional. En cuanto a las transformaciones vinculadas a la tradición socialdemócrata, se trató de avanzar hacia un modelo semipresidencialista o de moderación del hiperpresidencialismo, con, por ejemplo, la figura del Jefe de Gabinete o la aparición del Consejo de la Magistratura, creaciones que buscaban atenuar la prepotencia del Ejecutivo. En esta misma línea se incluyeron figuras para profundizar los contrapesos y el equilibrio entre los poderes como el Defensor del Pueblo y la Auditoría General de la Nación. Si bien sería injusto pasar por alto el paso adelante que significó el reconocimiento de garantías como el hábeas corpus, el hábeas data y los recursos de amparo, y el hecho de haberle dado rango constitucional a los tratados Internacionales, quisiera detenerme en el intento de moderar el presidencialismo, pues ¿era el presidencialismo el problema de la Argentina?
El énfasis puesto en los mecanismos de protección de los derechos individuales se comprende perfectamente por tratarse de una Constitución que aparecía apenas 11 años después del fin de la dictadura más sangrienta de la historia. ¿Pero por qué tanto énfasis en el presidencialismo como problema? La pregunta es válida para todo Latinoamérica por una operación conceptual bastante perversa: la suposición de que el hiperpresidencialismo era el culpable de las rupturas del orden institucional que se habían suscitado una y otra vez a lo largo del siglo XX.
Es más, se instaló que el modelo parlamentario era más evolucionado, más acorde a sociedades modernas no atravesadas por líderes populares y caudillistas que pueden llegar al poder indistintamente a través de los votos o de la fuerza.   
¿Pero los golpes militares se dieron por el presidencialismo o porque había presidentes que decidieron seguir políticas que desafiaban los intereses de la facción dominante? ¿A los militares  latinoamericanos y a los civiles cómplices apoyados por Estados Unidos les molestaba el presidencialismo o que se avance con políticas económicas que contradecían el proyecto de país que los favorecía a costa de las grandes mayorías?
Es curioso porque incluso las dos grandes construcciones constitucionales de la Argentina, la de 1853 inspirada en Alberdi y la de 1949 impulsada especialmente por Sampay, eran fuertemente presidencialistas. Bien podía esperarse ello de una Constitución “peronista” pero es más extraño en una Constitución liberal. Sin embargo, era tal el sesgo presidencialista de una Constitución como la de 1853, pensada para un país que necesitaba, según palabras de Alberdi, “reyes con nombre de presidente”, que el propio Sampay dejó bien en claro que el gran problema de aquella  Constitución liberal estaba en el terreno de la dogmática y no en la parte orgánica. Dicho de otro modo, el gran déficit del liberalismo decimonónico de Alberdi estaba en la lista de los derechos pues allí solo se incluían los civiles y los políticos (a medias). Sin embargo, lo referido a la organización del Estado, indicaba Sampay, debía mantenerse. Justamente porque Alberdi, a pesar de ser un liberal en lo económico, entendía que las constituciones son hijas de su tiempo y de su espacio, es decir, deben estar vinculadas a la idiosincrasia del pueblo. Por ello discutía con Sarmiento cuando éste quería trasplantar acríticamente la constitución norteamericana a estas tierras. Alberdi entendía que la estructuración administrativa que se había impuesto en la época del virreinato no se podía deshacer de un día para el otro, y que se necesitaba un Poder Ejecutivo fuerte. Sí, el liberal Alberdi pedía un Ejecutivo fuerte y también decía que no podía construirse un país con un Estado incapaz de recaudar fuertes sumas a través de los impuestos.
Ahora bien, en la actualidad hay otra pequeña trampa conceptual que esgrimen los socialdemócratas críticos de la construcción política que vienen llevando adelante los gobiernos populares de la región. Pues se llama todo el tiempo a generar los espacios para aumentar la participación en nombre de la democracia deliberativa bajo la suposición de que un Ejecutivo fuerte iría en detrimento de la participación. Sin embargo, los ejemplos de reformas constitucionales recientes muestran que un presidencialismo fuerte es perfectamente compatible con el fomento de la participación. Sin ir más lejos, la reforma constitucional venezolana instituye la reelección indefinida al tiempo que incluye la posibilidad de un referéndum revocatorio y  diversos mecanismos de participación como los plebiscitos. Y lo más interesante: el presidente más fuerte, Chávez, estando en el poder, llamó a un plebiscito para lograr la reelección y perdió (en una ocasión), del mismo modo que la oposición logró llamar a un referendo revocatorio contra Chávez y la ciudadanía, en las urnas, le dijo No a la revocatoria.
Retomando lo dicho algunas líneas atrás, si el presidencialismo no era ni es el principal problema de la Argentina, ¿cuál sería el principal desafío que tenemos por delante? Por citar dos ejemplos al azar, en la reforma constitucional de Colombia, en 1991, el desafío tenía que ver con la necesidad de encarar la problemática de un país partido, atravesado por la lucha contra el narcotráfico y el conflicto con la guerrilla. Asimismo, más cercanos en el tiempo, la reforma en Bolivia, refrendada en 2009, debía encarar el problema del racismo.
Claro que se me dirá que en la Argentina hay varios problemas y que es difícil subsumirlos a todos debajo de uno. Estoy de acuerdo con esa apreciación. Sin embargo quizás pueda tomarse el desafío de la desigualdad como objetivo general para incluir allí el desequilibrio todavía existente entre distintas clases sociales y entre las regiones de nuestro país. Si estamos de acuerdo en este punto que expongo a manera de hipótesis, recuerde que fue un modelo económico detrás de un proyecto de país para minorías el que generó tal situación. No fue el populismo. Tampoco el presidencialismo.       
         


sábado, 30 de agosto de 2014

Posperiodistas (publicado el 27/8/14 en Veintitrés)

Ya sabemos que las redes sociales han modificado el modo en que se hace periodismo en la Argentina y en el mundo. Lo más visible en este escenario es que la línea entre el periodista profesional y el periodista amateur cada vez se desdibuja más. La razón es bastante atendible: hay quienes desde las redes actúan sistemáticamente y con idoneidad sin ser parte de ninguna megaestructura de medios y hay profesionales muy poco rigurosos en cuanto al manejo de las fuentes y al modo en que comunican.
Asimismo, los protagonistas ya no necesitan del periodista para comunicar pues lo pueden hacer solos a través de una red social en la que tienen miles o millones de seguidores. De este modo comunican lo que quieren, en el momento que quieren y cómo quieren. 
Así es que ante el cierto riesgo de perecer en manos de las innovaciones tecnológicas, los medios tradicionales tuvieron que adecuarse a los nuevos formatos, acelerarse y dinamizarse porque hoy el negocio está en la velocidad con la que circulan los signos. En el caso de los medios gráficos, la adecuación a los nuevos formatos permite una mayor llegada pero tiene como costo el sacrificar el tiempo de la reflexión, de las notas y de las investigaciones extensas que necesitaban un tiempo de concentración y lectura. Los diarios, más que algunas revistas, se diseñan para consumidores que cada vez desean leer menos para estar informados y a la misma lógica responden los consumidores de zócalos en TV y de los resúmenes informativos que las radios repiten cada media hora. En sociedades donde el analfabetismo está erradicado, los medios se dirigen cada vez más a “hipolectores”.
A su vez, el avance de una economización de la cantidad de palabras se complementa con el abuso del recorte fotográfico bajo la presunción de que las imágenes son incontrovertibles y no están sujetas a interpretación. Se trata de solucionarle las cosas al hipolector y de hacerle creer que la realidad está sintetizada en el espectáculo de esa imagen.
Por razones etarias, hoy en día conviven los periodistas más jóvenes criados en y con la web, con aquellos periodistas más clásicos que reivindican algunos de los aspectos positivos del oficio en la era analógica. Si bien muchos de los periodistas que peinan canas se han aggiornado y en algunos casos son activos usuarios de redes, es natural que las nuevas camadas desplacen en poco tiempo a aquellos. Será la era de los postperiodistas.
Pero a no confundirse, el postperiodismo no es simplemente un recambio generacional con algunos relicarios. No se trata simplemente de saber mandar un twitt o tener una página de Facebook. El postperiodismo trae consigo toda una cosmovisión que en buena parte replica los presupuestos del periodismo hegemónico tradicional pero los acomoda a los tiempos que corren. 
Y dado que los principios de este postperiodismo ya se están instalando en la opinión pública quisiera problematizar algunos.       
Entre ellos, quizás uno de los más preocupantes, es el que considera que lo que sucede en las redes es representativo de la realidad. Es decir, se supone que la opinión de los usuarios a través de ese medio es un termómetro social, un ágora permanente que gracias a la virtualidad habría resuelto el problema físico de reunir a todos los ciudadanos en una asamblea constante. Nada se dice de quiénes son los que pueden ingresar a esas redes, qué edades, qué perfiles, qué clases sociales, cuántos son verdaderamente activos, qué se consume y cómo se accede. De este modo, los postperiodistas reemplazaron el ejercicio de elevar a norma general la particularidad de un “en la calle dicen que” por el “las redes dicen que”.
Más allá de que siempre se sospechó de los hábitos callejeros de los que reciben tantos mensajes de “la gente en la calle”, que sean las redes sociales las representativas de la opinión pública les hace creer a estos periodistas que se puede conocer lo que sucede en el mundo desde el living de la casa y a través de su computadora. No estoy diciendo que solo la experiencia mano a mano sea insumo para el conocimiento. No, no lo creo. Si lo creyese no me dedicaría a la filosofía pues de ella aprendí que se puede conocer sin experimentar. Lo que estoy diciendo, simplemente, es que la realidad, aquello de lo cual se ocupa el periodista, no puede conocerse a través de la computadora.          
Pero, claro está, estos postperiodistas son, también, claro síntoma de un tipo de sociedad para la cual el espacio público es hostil y es pensando como aquel ámbito donde estamos expuestos a la inseguridad; sociedad que teme el contacto con el otro y extrema la profilaxis cada vez que lo hace pues el otro es siempre un peligro en potencia al que siempre es mejor mantenerlo físicamente lejos. Es exactamente la misma sociedad que paralelamente a que se aferra a la seguridad de su propiedad privada y mientras achica el ámbito de las relaciones interpersonales cara a cara, multiplica amistades virtuales que, a su vez, reproducen en las redes la agenda que los medios tradicionales han establecido desde la mañana temprano gracias a la tapa de los diarios. Y allí se cierra el círculo: el periodista que cree que encuentra la realidad en una red no hace más que reproducir la agenda de los medios tradicionales que la red amplifica. Lo mismo que sucedió siempre, claro está, pero con un agravante: el periodista y los usuarios se creen parte de la comunidad de la información porque interactúan, suben un video, le mandan un mensaje directo a su ídolo y opinan en cuanto foro exista. Reciben aprobaciones y desaprobaciones mientras los medios tradicionales lo invitan a hacer “periodismo ciudadano”, es decir, acercarle al medio datos o imágenes sin que éste deba enviar móviles o corresponsales. Todo, claro está, de manera gratuita y con una enorme curiosidad: antes la audiencia se consideraba pasiva ante la imposición de agenda. Ahora le siguen imponiendo la agenda pero, insólitamente, se cree que disputa el espacio, es libre y tiene espíritu crítico. Mientras tanto, los argentinos más seguidos en Twitter son actores, actrices, vedettes, cantantes y jugadores de fútbol. Es decir, hombres y mujeres que constantemente aparecen en medios tradicionales. Asimismo, lo más nombrado del momento suele ser lo que está pasando en la tele o una noticia que ha ganado los principales espacios en las ediciones on line de los diarios.        

Así es el mundo del postperiodismo: rápido, cómodo y fácilmente inteligible. Sin embargo, si usted llegó hasta el final de la nota quiere decir que ha podido concentrarse y leer dos carillas. Quizás no todo esté perdido todavía. 

viernes, 29 de agosto de 2014

El traslado de la Capital en debate (publicado el 26/8/14 en Diario Registrado)

Días atrás, en Santiago del Estero, la presidenta apoyó públicamente el proyecto que viene impulsando el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, para trasladar la Capital hacia el Norte Grande de la Argentina.
A lo largo de la historia ha habido, aunque generalmente se los invisibilice, muchísimos intentos de llevar la Capital a otros sitios de nuestro país y buena parte de los conflictos internos de la patria tuvieron que ver con la decisión de haber designado a Buenos Aires como Capital de la Argentina. Por mencionar solo los ejemplos del lustro que va de 1866 a 1871, existieron propuestas de transformar en Capital a Bell Ville (rechazado por la cámara de Senadores), Rosario (aprobado en varias ocasiones pero vetado primero por Mitre y luego por Sarmiento) y Villa María (aprobado pero vetado por Sarmiento). Lo cierto es que tras las enormes disputas, la federalización de Buenos Aires en 1880 sirvió a un modelo de país agroexportador que, aun independiente, reproducía la matriz colonial que había hecho que ya en 1776 se declarara a Buenos Aires Capital del virreinato del Río de la Plata. En otras palabras, aun habiendo pasado varias décadas de la independencia, Argentina seguía mirando hacia afuera y concentraba sus riquezas en las manos de la oligarquía porteña en detrimento del interior. En años posteriores, el traslado de la Capital rondó por la mente de representantes del pueblo e intelectuales y algunos de estos proyectos avanzaron más que otros aunque el que la gran mayoría recuerda es el último, aquel impulsado por Alfonsín, que suponía trasladar la Capital a Viedma y Carmen de Patagones. Quizás por ser el más cercano y quizás por haber quedado frustrado es que se intenta equiparar la propuesta de Domínguez con aquella, pero las diferencias son enormes. 
Pues este proyecto intenta romper con la lógica de una Argentina que se presenta como una usina de materias primas que mira hacia los grandes centros del mundo occidental a través del Atlántico. En este sentido, llevar la Capital hacia el Norte del país a un lugar que podría ser Santiago del Estero o eventualmente crearse desde cero y a partir de la cesión de territorios de varias provincias, tendría varias aristas. En lo económico, generaría un enorme polo que impulsaría las economías de un territorio enormemente vasto pero tradicionalmente postergado en el que viven más de 10.000.000 de argentinos; asimismo, permitiría el crecimiento exponencial de una zona cercana al corredor bioceánico que permitirá cumplir aquel sueño de Perón de vincularnos con Chile y con Brasil logrando una salida, sin restricciones, de la producción de los 3 países por ambos océanos. Por último, aceleraría el proceso de incluir entre 3 y 4 millones de hectáreas para la producción que toda aquella zona prevé sumar para el año 2020 y generaría oportunidades para atraer inversiones privadas que demandarán obras de infraestructura con enorme influencia en la vida concreta de los hombres y mujeres de aquella región. En lo que respecta a lo geopolítico, una Capital en el Norte de nuestro país nos acercaría a las Capitales de nuestros socios del Mercosur y estando mucho más cerca del Pacífico daría la pauta de una nueva época y una nueva comprensión del orden mundial en el que, sin dejar de lado los vínculos con Europa y el norte de América, comenzamos a vincularnos y a sentirnos parte de un escenario en el que cada vez cobran mayor protagonismo las economías emergentes y paradigmas de Estado y construcción política distintos a los que fueron referencia a lo largo de nuestros 200 años de historia. Para finalizar, en el terreno de lo simbólico, el norte argentino (y Santiago del Estero, si fuese el caso, en tanto “madre de las ciudades”), puede oficiar de síntesis cultural y étnica en el que aquella cultura europea convive con las también vigentes tradiciones autóctonas cuyo vínculo con las culturas ancestrales existentes a lo largo de buena parte de Latinoamérica es evidente. Asimismo, la decisión de una Capital “en el interior profundo” del territorio tiene como antecedente inmediato la decisión de Brasil cuando “abandonó” el Atlántico para avanzar hacia adentro. Aquella ciudad, construida desde cero, y en medio de un desierto, fue transformándose en referencia en un proceso que naturalmente no fue inmediato a pesar de que la “inauguración” de la ciudad se hizo en apenas 4 años.
No casualmente pensadores del movimiento nacional y popular como Arturo Jauretche, observaron con entusiasmo el proceso de Brasilia e identificaron allí la diferencia entre un país que buscaba paliar de algún modo las enormes desigualdades territoriales y un país como el nuestro liderado por una concepción de patria chica, es decir, una patria al servicio de los intereses facciosos de una minoría. Hernández Arregui y Scalabrini Ortiz, entre otros, también denunciaron las implicancias de una Buenos Aires como Capital, una ciudad en la que se concentra la vida económica, cultural y política del país con una consecuencia ostensible: un desequilibrio absoluto, un país con macrocefalia que hace que entre la ciudad y el conurbano vivan en condiciones de hacinamiento 11.000.000 de personas.
Para terminar, algo interesante del proyecto de Domínguez es que no considera que el traslado de la Capital alcance en sí mismo para dar cuenta de las problemáticas aquí mencionadas. Más bien, el traslado es solo la nave insignia de un plan de reordenamiento territorial que atraviesa todo el país y que busca potenciar decenas de ciudades para que se transformen en polos capaces de garantizar la autorrealización de los habitantes. Esto es, que para poder trabajar, estudiar o vivir dignamente no haya que someterse al desarraigo y a las condiciones que impone vivir en alguno de los grandes centros urbanos.
Evidentemente, una propuesta como ésta, enmarcada en una concepción de país alternativa y que busca pensar la Argentina de las próximas décadas, tendrá sus aciertos y sus dificultades. Asimismo se trata de ese tipo de proyectos que los defensores del statu quo rechazan de plano bajo el latiguillo de enfocarse en lo urgente, como si la desigualdad y los focos de pobreza todavía existentes, o la concentración de la economía en pocas manos generando inflación y la inseguridad propia de los grandes centros urbanos, no fuesen asuntos que deban enfrentarse con un cambio estructural que solo podremos hacer si pensamos a la Argentina desde una perspectiva diferente.