La Argentina se encuentra ante la posibilidad histórica de posicionarse como el primer país en Sudamérica en promulgar una ley nacional a favor del matrimonio entre homosexuales. En este contexto, como era de suponer, la respuesta de los sectores que se oponen no se hizo esperar aunque difícilmente sus razones puedan presumir ser originales. Generalmente, estos grupos, que para evitar ser tildados de retrógrados afirman respetar (aunque no compartir) la orientación sexual de un amigo gay, esgrimen diversos argumentos entre los cuales podemos enumerar razones procreativas, semánticas, tradicionalistas y naturalistas, las cuales, en todos los casos, se solapan con dogmas religiosos. En cuanto al primer conjunto de razones, se dice que el matrimonio tiene como función la procreación algo que obligaría a prohibir la unión de hombres y mujeres que por razones de edad o disfunciones sean incapaces de concebir, y a anular aquellos matrimonios que hayan fracasado en su intención de seguir trayendo niños al mundo.
Por otra parte, el argumento semántico, se ciñe sobre la letra de la ley argentina y la Biblia misma, para afirmar que el matrimonio es estrictamente la unión de un hombre y una mujer, lo cual es complementado con razones tradicionalistas a partir de las cuales nuestra historia como país y la de Occidente, como mínimo, se erigen a partir del núcleo familiar padre-madre-hijos, algo que, a su vez y como si esto fuera poco, tendría carácter natural.
En conjunto, lo que estos argumentos dejan de soslayo es el carácter histórico de la institución matrimonial. No hace falta leer la Historia de la sexualidad de Foucault para poder darse cuenta que el matrimonio en la antigua Grecia no tenía las mismas características que en el Imperio Romano. Ni siquiera hace falta remontarse tanto tiempo atrás para recorrer las transformaciones pues recordemos el cambio que significó, por caso, que en la Argentina a fines del siglo XIX el Estado haya podido instaurar el matrimonio civil resaltando el aspecto legal del mismo. Asimismo, también podemos ver cómo la evolución de la institución matrimonial en Occidente permitió que la mujer, en un principio una suerte de mercancía que pasaba de manos de un hombre (el padre) a otro (el marido), se transforme paulatinamente en una contrayente en pie de igualdad en lo que respecta a derechos y obligaciones.
Pero no sólo la institución matrimonial tiene una historia, la sexualidad misma también la tiene. Así, caería en un torpe anacronismo quien considere que los griegos eran una suerte de degenerados homos y bisexuales que permitían legalmente la pederastia. Aunque resulte difícil para cualquiera de nosotros comprender ese contexto, debemos esforzarnos en entender que la homosexualidad como la entendemos hoy no existía en Grecia, es decir, las variables para definir las relaciones no tenían que ver con el género de mi objeto de deseo sino con la belleza en general. En otras palabras, los griegos se sentían atraídos por lo bello y resultaba indiferente si esta belleza se manifestaba en un cuerpo de hombre o de mujer, con 12 años recién cumplidos o 25. Más allá de que el carácter pasivo y el afeminamiento no eran bien vistos, antes que tomar en cuenta si el objeto deseado era del mismo sexo, lo repudiable tenía que ver con no poder dominar la pasión por el objeto deseado, estar a merced de un eros descontrolado.
En cuanto al amor por los muchachos, también sabemos que el vínculo entre el pedagogo y el joven iba mucho más allá de lo sexual. De hecho, la relación entre el discípulo venerado en demasía hasta el crecimiento de su primera barba, tenía carácter educativo, se apoyaba en instituciones militares y era parte de ritos y fiestas religiosas.
En síntesis, una vez que se desnuda el carácter histórico de la sexualidad y de instituciones como el matrimonio, los argumentos naturalistas quedan desenmascarados y expuestos a la posibilidad de modificaciones acordes a la cosmovisión de la sociedad y su época. No caerán sobre nosotros plagas, ni moriremos todos por un odio divino que nos arrojará un virus conformado por la gripe A del mosquito del dengue encarnado en un menor delincuente que mata por la sequía. Tampoco se desintegrará el ser nacional argentino ni nuestros placares serán testigos de una ola masiva de muchachos que deciden abandonarlos simplemente porque un fallo obliga a que hablemos de “contrayentes” en vez de “hombre” y “mujer”. De hecho, una ley que refuerce la protección hacia un grupo históricamente discriminado antes que ir en contra de nuestra identidad, parece ser un paso más hacia el afianzamiento de los valores característicos de Occidente: libertad, igualdad y fraternidad.
Por otra parte, el argumento semántico, se ciñe sobre la letra de la ley argentina y la Biblia misma, para afirmar que el matrimonio es estrictamente la unión de un hombre y una mujer, lo cual es complementado con razones tradicionalistas a partir de las cuales nuestra historia como país y la de Occidente, como mínimo, se erigen a partir del núcleo familiar padre-madre-hijos, algo que, a su vez y como si esto fuera poco, tendría carácter natural.
En conjunto, lo que estos argumentos dejan de soslayo es el carácter histórico de la institución matrimonial. No hace falta leer la Historia de la sexualidad de Foucault para poder darse cuenta que el matrimonio en la antigua Grecia no tenía las mismas características que en el Imperio Romano. Ni siquiera hace falta remontarse tanto tiempo atrás para recorrer las transformaciones pues recordemos el cambio que significó, por caso, que en la Argentina a fines del siglo XIX el Estado haya podido instaurar el matrimonio civil resaltando el aspecto legal del mismo. Asimismo, también podemos ver cómo la evolución de la institución matrimonial en Occidente permitió que la mujer, en un principio una suerte de mercancía que pasaba de manos de un hombre (el padre) a otro (el marido), se transforme paulatinamente en una contrayente en pie de igualdad en lo que respecta a derechos y obligaciones.
Pero no sólo la institución matrimonial tiene una historia, la sexualidad misma también la tiene. Así, caería en un torpe anacronismo quien considere que los griegos eran una suerte de degenerados homos y bisexuales que permitían legalmente la pederastia. Aunque resulte difícil para cualquiera de nosotros comprender ese contexto, debemos esforzarnos en entender que la homosexualidad como la entendemos hoy no existía en Grecia, es decir, las variables para definir las relaciones no tenían que ver con el género de mi objeto de deseo sino con la belleza en general. En otras palabras, los griegos se sentían atraídos por lo bello y resultaba indiferente si esta belleza se manifestaba en un cuerpo de hombre o de mujer, con 12 años recién cumplidos o 25. Más allá de que el carácter pasivo y el afeminamiento no eran bien vistos, antes que tomar en cuenta si el objeto deseado era del mismo sexo, lo repudiable tenía que ver con no poder dominar la pasión por el objeto deseado, estar a merced de un eros descontrolado.
En cuanto al amor por los muchachos, también sabemos que el vínculo entre el pedagogo y el joven iba mucho más allá de lo sexual. De hecho, la relación entre el discípulo venerado en demasía hasta el crecimiento de su primera barba, tenía carácter educativo, se apoyaba en instituciones militares y era parte de ritos y fiestas religiosas.
En síntesis, una vez que se desnuda el carácter histórico de la sexualidad y de instituciones como el matrimonio, los argumentos naturalistas quedan desenmascarados y expuestos a la posibilidad de modificaciones acordes a la cosmovisión de la sociedad y su época. No caerán sobre nosotros plagas, ni moriremos todos por un odio divino que nos arrojará un virus conformado por la gripe A del mosquito del dengue encarnado en un menor delincuente que mata por la sequía. Tampoco se desintegrará el ser nacional argentino ni nuestros placares serán testigos de una ola masiva de muchachos que deciden abandonarlos simplemente porque un fallo obliga a que hablemos de “contrayentes” en vez de “hombre” y “mujer”. De hecho, una ley que refuerce la protección hacia un grupo históricamente discriminado antes que ir en contra de nuestra identidad, parece ser un paso más hacia el afianzamiento de los valores característicos de Occidente: libertad, igualdad y fraternidad.