viernes, 25 de julio de 2014

Un Descartes sudamericano (publicado el 24/7/14 en Veintitrés)

Quienes repiten el mantra de una “Argentina aislada del mundo” suelen aducir, como comprobante, el hecho de las dificultades que el país tiene para conseguir financiamiento externo a tasas no usurarias. Esto es sin dudas así pero esconde una pequeña trampa: la suposición de que hay un solo mundo. Igualmente, no quiero que se asuste, no vengo a imprimirle a esta columna un giro hacia el kirchnerismo galáctico o a proponer un plan de negocios con un planeta vecino: se trata simplemente de advertir que detrás de la idea de “el” mundo nos pueden estar ocultando algo. Porque, en realidad, a lo que se están refiriendo es al “mundo financiero”, el de los capitales especulativos, el de los organismos de crédito cuyos préstamos tienen la única finalidad de transformarnos en rehenes de nuevos préstamos para refinanciar los anteriores. De ese mundo, efectivamente, tras el default, Argentina está aislada, en parte por no haber podido pagar en 2001 pero, en gran medida, por la decisión política de no volver a entrar en ese mundo.
Quienes hablan de “el mundo” son pre-Zaratustrianos, son “últimos hombres” en el sentido de Nietzsche, esto es, no se han enterado que el Dios Fukuyama ha muerto; son los profetas noventistas del neohegelianismo conservador que andan con el manual del fin de la historia debajo del brazo mientras la historia y las historias no dejan de pasarles una y otra vez por delante de las narices. Porque el fin de la bipolaridad tras la caída del muro de Berlín no derivó en unipolaridad sino en multipolaridad. Esto se ve en todo orden: en lo cultural, en lo comercial y en lo militar. Las grandes potencias siguen siéndolo pero atraviesan una lenta decadencia y deben compartir el espacio con actores emergentes que ponen en tela de juicio el ordenamiento mundial. Los BRICS son el ejemplo más cercano y la creación de un Banco de Desarrollo es la respuesta explícita a la negativa de las potencias tradicionales de abrir el juego en las instituciones internacionales que surgieron con fuerza después de la segunda guerra mundial y en la que siguen manteniendo el poder de veto.
Lo que vemos, entonces, es que lejos de haber un solo mundo, lo que hay son varios mundos, varias historias y temporalidades que pueden cruzarse pero se desarrollan por carriles distintos y al mismo tiempo como planteaba Borges en “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Esas historias paralelas se expresan de muchos modos pero uno de esos modos es la formación de bloques regionales que permiten fortalecer a los países miembros de una manera que nunca conseguirían en solitario.
Es el caso de lo que sucede en Latinoamérica y que tuvo su punto de inflexión con el “No al ALCA”. Esa decisión soberana fue determinante para explicar el crecimiento de todos los países del sur del continente frente a un Estados Unidos que nos hubiera exportado productos, condiciones y buena parte de su crisis.
Esta idea de unión sudamericana está presente, obviamente, desde las guerras de la independencia y son varios los estudiosos que prueban que la balcanización de lo que habían sido los virreinatos en la región obedeció más a las necesidades económicas de los nuevos imperios que a diferencias objetivas entre los pueblos.
Y más cercanos en el tiempo, quien hizo un fuerte énfasis en la unión sudamericana fue Juan Domingo Perón, impulsando la idea de ABC que había creado el brasileño José María da Silva Paranhos Junior, el Barón de Río Branco.
Argentina más Brasil y Chile debían formar un bloque que permitiría a los 3 países tener un panorama completamente distinto al tener acceso a ambos océanos. Esto significaba que Perón ya había observado la importancia que tendría para la Argentina mirar hacia el Pacífico y eventualmente buscar socios e intercambios de todo tipo lejos de los países tradicionales, lejos de “el” mundo. De hecho, el presente parece darle la razón a algo que Perón escribió el 20 de diciembre de 1951 bajo el seudónimo de Descartes:
“América del Sur, moderno continente latino, está y estará cada día más en peligro. Sin embargo no ha pronunciado aún su palabra de orden para unirse. El ABC sucumbió abatido por los trabajos subterráneos del imperialismo, empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada por los “nativos” de estos países “poco desarrollados” que anhela gobernar y anexar, pero como factorías de “negros y mestizos””.
Incluso en este mismo artículo, publicado en el diario Democracia, y que llevaba como título “Confederaciones continentales”, Perón advertía sobre los peligros y sobre las oportunidades que tendría la región. En cuanto a los primeros, Perón decía: “a la tercera guerra mundial de predominio ha de suceder una carrera anhelante de posesión territorial y reordenamiento productivo. De ello se infiere  que un grave peligro se desplazará sobre los países de mayores reservas territoriales aptas”. Efectivamente, hoy más que nunca, sabemos que la región sigue siendo el espacio de una enorme cantidad de recursos naturales que subsisten a pesar del saqueo de siglos.
Y en cuanto a las oportunidades, el líder del justicialismo indicaba: “El mundo se encuentra abocado a su problema de superpoblación. Su necesidad primaria es producir comida ya insuficiente. La lucha del futuro será económica y, en primer término, por esa producción. Ello indica que una parte sustancial del futuro económico del mundo se desplazará hacia las zonas de las grandes reservas territoriales aún libres de explotación”.
Sin dudas, el crecimiento poblacional de China e India pero, por sobre todo, el desarrollo económico de estos países, haciendo ingresar al mercado de consumo de la clase media a cientos de millones de hombres y mujeres, permite augurar una demanda sostenida de los productos de la región y de la Argentina en particular. Asimismo, hallazgos como el de Vaca muerta, donde es posible extraer combustibles no convencionales, ya están en la mira de capitales que, sin un Estado fuerte que imponga las condiciones, no dudarían en realizar sus pingües negocios a costa de todos nosotros.
Ahora bien, un Estado puede ser fuerte pero en este contexto y en este momento del capitalismo, sería más fuerte como parte de un bloque. De aquí que, una vez más, sirvan las palabras de Perón que, en ese mismo artículo y algunas líneas más adelante, decía: “Ninguna nación o grupo de naciones puede enfrentar la tarea que el destino impone sin unidad económica (…). Ni Argentina ni Brasil ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad, a caballo de los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible. Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo? Sería lo de menos, si realmente estamos decididos a hacerlo (…) Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles”.
Se trata de pensar el mundo y los mundos, la historia y las historias. Y cuando lo hacemos notamos que debemos ser capaces de pensar la unión y de tener la voluntad política para darle existencia, algo a lo que debieran comprometerse todos los candidatos que pretenden suceder la actual administración. A diferencia del célebre Descartes, el “Descartes vernáculo” lo plantearía así: “Pienso (sudamericanamente), luego existo”.              


        

viernes, 18 de julio de 2014

Fútbol, valores e identificación (publicado el 17/7/14 en Veintitrés)

Nos hemos identificado con esta selección de fútbol. De eso no hay duda. Sin embargo las razones de esta identificación son diversas.
A primera vista, cabe preguntarse si el hecho de celebrar un subcampeonato con miles y miles de personas en las calles recibiendo al equipo a pesar de la derrota en la final, daría cuenta de una sociedad argentina que entiende que no es el éxito lo único que importa.
Seguramente que algo de eso hay pero permítame ser algo escéptico al respecto. Pues aun en lo que se restringe estrictamente a los resultados, esta selección fue exitosa en tanto llegar a una final del mundo resulta un hecho deportivo de enorme trascendencia que pocas veces sucede. Lo digo de otro modo: si la selección se hubiera quedado, digamos, en los cuartos de final habiendo perdido con Bélgica, supongamos, por penales, el San Mascherano, la historia de vida de Di María y la épica de gladiadores no hubiera existido a pesar de ser los mismos jugadores y el mismo técnico. Es una enorme obviedad pero el reconocimiento parte del éxito deportivo. Esto no significa necesariamente que a la sociedad argentina le importe ganar como sea si bien probablemente, si preguntásemos acerca del gol con la mano de Maradona, una enorme cantidad diría que prefiere ganarles a los ingleses aun de ese modo.  
En esta línea, si la comparación se hace con el mundial del 90 se observará que lo que logró una identificación con aquel equipo no fue su buen juego sino dos triunfos resonantes (frente a Brasil e Italia), y una lucha contra la adversidad que incluyó un polémico arbitraje en la final, un equipo diezmado por lesiones, amarillas y rojas, en algunos casos, injustas, y los silbidos al himno en la semifinal.    
Sin embargo, en este 2014, especialmente a la luz de los partidos que Argentina disputó desde octavos de final, la sensación que queda es que lo que el público destacó es una serie de valores que habría transmitido el equipo. Esto se puede ver en que, por lo pronto, dejamos de poner el énfasis en los “4 fantásticos que atacan” para hablar de los “7 fantásticos que defienden”, esto es, el arquero, los 4 defensores y los 2 volantes de contención. Del equipo que debía hacer 4 goles porque seguro le convertirían 3, pasamos a ser la defensa inexpugnable que enfrentó a temibles seleccionados europeos con enorme capacidad goleadora y recibió 1 gol en 450 minutos.
En otras palabras, de estos 7 fantásticos, lo que resaltó fue la figura de Mascherano pero más allá de su nivel individual, se reconocía, a partir de él, el sentido del esfuerzo, del cubrir al compañero, de, literalmente, “romperse el culo” en función del equipo. En Mascherano, entonces, se encarnaban valores con las que el futbolero y la ciudadanía se sintieron identificados. 
Pero, antes del mundial, e incluso, en la fase de grupos, lo que identificaba a buena parte de la ciudadanía y al mundo del fútbol con la selección eran las individualidades, era qué podrían hacer cada uno de esos “4 fantásticos que tenemos arriba y que le pintan la cara a cualquiera”. Allí no aparecían los valores del esfuerzo, la solidaridad, el trabajar con el otro, etc. Todo lo contrario: se resaltaba la destreza individual, que la capacidad de uno de los jugadores resuelva y sea efectivo en la red como hiciera Maradona en 1986; que “los de atrás aguanten como sea pues, total, los de adelante nos van a hacer ganar”.  
Esto no es casual pues si bien la era Bilardo puso en tela de juicio la identidad del fútbol argentino, lo que cualquier veterano hincha afirmaría es que “la nuestra” es la gambeta, la destreza individual, lo que te da el potrero, y que los que corren y meten, en la mayoría de los casos, sacrificando el buen juego, son “picapiedras”. Desde el origen del fútbol argentino que la gambeta se estableció como la característica esencial de nuestro modo de jugar frente al de los inventores del fútbol, los ingleses. Así, a pesar de que en los primeros enfrentamientos, allá por principios del siglo XX, las goleadas que nos propinaban eran abundantes, de a poco, el fútbol individualista del argentino pudo equiparar la maquinaria colectiva de los ingleses, la idea de que, en el fútbol, cada jugador era importante en tanto cumplía una función como parte del equipo. No era casual que el fútbol argentino se pensase así pues, si Borges tenía razón, los argentinos éramos/somos profundamente individualistas, como se puede observar en nuestra literatura con Fierro, Moreira o Segundo Sombra, figuras contestatarias, que “hacían la suya”, por fuera del sistema y del Estado.
La descripción de Borges y cualquier descripción que comience diciendo “los argentinos somos” violenta la pluralidad de características de los individuos que formamos parte de esta comunidad pues convivimos con vecinos, familiares y amigos que tienen valores contrapuestos. De aquí que podamos seguir imaginando comunidades homogéneas o hacer como si pudiéramos englobar lo argentino en una cosmovisión común pero cualquier intento en ese sentido está condenado al fracaso. Hay sectores de la sociedad profundamente individualistas, preocupados porque la escasez de dólares les traía algún contratiempo para veranear en Punta del Este; caceroleros hartos de que el Estado redistribuya una parte de la riqueza, y habitantes de la ciudad de Buenos Aires que han votado masivamente a Mauricio Macri, emblema de una ideología que resalta las bondades del egoísmo como motor del progreso de la sociedad. Éstos conviven con gente que valora más la solidaridad, que es capaz de resignar aspectos personales en función del bienestar de la comunidad y que, el momento de elegir a quién votar, pueden inclinarse por una opción política que le plantea que el único héroe verdadero es el héroe colectivo.
Es más, ni siquiera es que existe una división tan tajante. Sería fácil decirlo y hablar entonces de “la grieta”, “las dos argentinas”, etc.  Pero si bien no es del todo falsa esta demarcación también puede darse que, en diferentes circunstancias, una misma persona se incline más por valorizar aspectos individuales en detrimento de lo grupal y viceversa. Así, un cacerolero que no quiere pagar impuestos puede que tenga como foto de perfil en su Facebook a Mascherano caracterizado como el Che Guevara apoyado en una leyenda que dice “La Argentina sale adelante con el esfuerzo de todos. Gracias Masche”. Asimismo, alguien puede tener la remera de El Eternauta y, al mismo tiempo, traicionar a su grupo intentando sobresalir guiado por sus ambiciones personales.
No es que lo hagan necesariamente por incoherencia o cinismo sino simplemente porque la mayoría de las personas oscilamos entre diferentes valoraciones y porque éstas no siempre derivan en un tipo de acción clara, concreta y unívoca.
Entiendo que no pasa solo en la Argentina y que se trata de un fenómeno típico de comunidades grandes en el marco de un proceso globalizatorio que nos hace más homogéneos y heterogéneos a la vez, tanto en relación con otras naciones como en relación a nosotros mismos. De este modo, puede darse que todos nos identifiquemos con una selección pero que esa identificación se dé en base a valoraciones diversas y contradictorias, todas ellas aparentemente derivadas de un mismo objeto, en este caso, un equipo de fútbol.                        
                 


viernes, 11 de julio de 2014

Ser es ser mirado (por la cámara) [publicado el 10/7/14 en Veintitrés]

“No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”. Fragmento del cuento “Esse est percipi” de J. L. Borges y A. Bioy Casares.   


Al momento de comparar este mundial con anteriores, o el fútbol actual con el de décadas pasadas, resulta obvio que algo cambió. Y no se trata del nuevo modelo de pelota que el marketing impone, ni siquiera de las tácticas que han variado mucho; menos que menos de la desaparición de los números 10, y la creación de los carrileros y el media punta. Tampoco es el acercamiento de la mujer al fútbol en un papel que la dignifique y que no la presente como un escote pronunciado en una tribuna ni la llame a participar de encuestas acerca de qué jugador tiene los abdominales más hot. De lo que se trata es de la presencia de las cámaras en el fútbol. Con esto no me refiero simplemente a la importancia de la televisación de los partidos sino al modo en que el hecho de que todo lo que sucede en una cancha sea visto, es capaz de alterar las conductas de los protagonistas.
En primer lugar, los referí se encuentran profundamente expuestos pues las cámaras, con ayuda de la tecnología, son capaces de demostrar, en segundos, que el jugador que ha convertido el gol se encontraba adelantado por 35 cm, o que ese penal no fue tal ya que el delantero simuló. El rol del referí es cuestionado desde el origen de los tiempos pero aquí la prueba de los errores tiene comprobación inmediata y es amplificada a lo largo y a lo ancho de una sociedad profundamente mediatizada donde el fútbol ocupa incontables horas de aire en radio y televisión, e innumerables fárragos de tinta en los medios gráficos.
Otros protagonistas que se encuentran enormemente expuestos son los técnicos, algunos de los cuales, claro está, hacen del asunto un show y una marca propia. Pero no se trata simplemente de una cámara que sigue los movimientos del responsable del plantel durante los 90 minutos sino de cámaras que toman imágenes que funcionan como insumos para programas enteramente dedicados a tácticas y estrategias. Si este país tuvo siempre (la fantasía de) un técnico por habitante, la ubicuidad de los programas de fútbol y la proliferación de discusiones acerca del 4-3-3, el 5-3-2 o el 4-4-2, promueve la sensación de que todos tenemos el derecho y la idoneidad para opinar y afirmar taxativamente que tal técnico no sabe nada.
Pero incluso los propios hinchas modificaron sus actitudes, aunque justamente, los que más debieran hacerlo no lo hacen. Me refiero a que la existencia de cámaras en los estadios fue un requisito impuesto para luchar contra la violencia de los barras bravas y, sin embargo, los reconocidos por todos, los tipos que aprietan y agreden, se siguen exhibiendo allí con total impunidad. Así, paradójicamente, como si el asunto pasara por la necesidad de identificar a los violentos (que ya todos conocen), AFA lanza el sistema AFA PLUS que podrá tener la mejor buena voluntad pero solo terminará identificando a todos aquellos a los que no hace falta identificar porque van a la cancha a ver fútbol en paz.  Asimismo, se ve en el mundial, una y otra vez, cómo hay una puesta en escena individual en la que los hinchas compiten por tener la peluca, el disfraz o el cuerpo más pintado para que la cámara de la transmisión oficial los enfoque. Cuando esto sucede, aun cuando su equipo esté perdiendo 5 a 0, saltan, ríen y saludan a la cámara. Lo han logrado: salieron en la tele.
Por último, claro está, los principales protagonistas, los jugadores, nos han acostumbrado a situaciones risueñas como las de taparse la boca al hablar y así evitar que a través de las cámaras podamos leer sus labios. Asimismo, si de puestas en escena hablamos, las coreografías que se dan cada vez que se realiza un gol incluyen alguna cámara, sea de televisión o de fotos, pues “ser es ser mirado (por una cámara)”.      
Con todo, claro está, el único perjuicio que tienen los jugadores no es el de la imposibilidad de poder hablar libremente sino que diferentes acciones dentro de la cancha (reglamentarias y no reglamentarias) se encuentran bajo la lupa. Por ejemplo, un jugador no puede festejar un gol quitándose la camiseta. ¿Cuál es la razón? No se trata de una moralina acerca del principio de desnudez sino de la presión de las empresas publicitarias que anuncian en las camisetas y, en el momento en que todas las cámaras enfocan, ven su marca volar por al aire hasta caer en el “verde césped” mientras torsos atléticos festejan la conquista. En la medida en que las tarjetas amarillas no acaben con la conducta exhibicionista de los jugadores, es de esperar que, en un futuro cercano y por una cantidad ingente de dinero, un jugador acabe tatuándose al sponsor en sus pectorales.
Pero también las conductas indebidas están bajo la lupa tal como quedó demostrado en el caso de Luis Suárez: la agresión al rival a través de una mordedura no fue observada por el referí en la cancha pero sí por las cámaras, algo que le valió una sanción de oficio por el tribunal de disciplina.
Sin embargo, las cámaras pueden engañar y hay jugadas en las que un sinfín de repeticiones redundan en un sinfín de interpretaciones distintas. En este sentido, la apuesta por un fútbol tecnologizado en el que se imparta justicia a través de una máquina capaz de atribuir cada caso a la norma que lo engloba se muestra inverosímil porque toda reglamentación y todo hecho tiene márgenes de interpretación especialmente en el caso del fútbol donde algunas jugadas se juzgan según intencionalidades.         
Asimismo, el sistema que todo lo observa acaba siendo el instrumento para el ejercicio del poder discrecional de la FIFA, asociación que funciona prácticamente como un Estado soberano y que amenaza, hasta con la desafiliación, a aquellas Federaciones que osen llevar a la justicia ordinaria un conflicto vinculado a alguna de la enorme cantidad de aristas que nuclea el negocio del fútbol. En esta línea se rompe con esa realidad tan repetida por boca de los jugadores: “en la cancha somos 11 contra 11”. Se rompe porque los referís, hombres de los que nadie se anima, insólitamente, a dudar de su honorabilidad, se transforman en el jugador número 12 en algunos casos y porque cuando eso no sucede puede ser la propia FIFA la que extemporáneamente actúe. Porque se puede castigar a Luis Suárez pero si se abre esa posibilidad también debieran castigarse a cada uno de los futbolistas que tiene conductas antideportivas que no fueron observadas durante el partido. ¿Merece una sanción el jugador de Colombia que lastimó a Neymar? ¿Merece Neymar una sanción por el codazo que pegó a un jugador croata y que solo le valió una amarilla? Si se trata de “roces del juego”, ¿no debería actuar de oficio la FIFA contra el arquero de Holanda que atajó los penales de dos jugadores de Costa Rica tras interpelarlos y dirigirse a ellos de manera antideportiva con total anuencia del referí? Allí no había ningún roce del juego.
En lo personal, siempre consideré que las sanciones tienen que ser aquellas observadas por el referí en la cancha. Todo lo que venga después o antes, lo cual incluye suspensión de jugadores o hasta de estadios, es la forma en que el poder del escritorio intenta desnivelar un partido de fútbol dándole ventaja al equipo poderoso. Se trata de un poder que intenta disminuir los márgenes de azar y contingencia que han convertido a este deporte en el más popular en el mundo. Porque la viveza criolla bien entendida y la interpretación de los fallos también es parte de un juego en el que entran una enorme cantidad de variables, entre ellas, claro está, las sociológicas, culturales y psicológicas. En este sentido, el día que desaparezcan los elementos folklóricos del fútbol adentro y afuera de la cancha, la creatividad y la picardía aun al borde de lo permitido, el fútbol desaparecerá y nunca sabremos si ese mundial que nos disponemos a ver frente al televisor es real o se trata simplemente de un grupo de actores mezclados con animaciones para la play station.                   




viernes, 4 de julio de 2014

Pequeñas alegrías de la patria chica (publicado el 3/7/14 en Veintitrés)

Todos sabemos qué es la patria grande pero ¿sabemos qué es la patria chica? Uno está tentado a definirla por oposición, en el sentido de que si patria grande es aquel sueño continental que impulsó San Martín y que llama a borrar las fronteras con nuestros países vecinos, la patria chica sería, estrictamente, la Argentina. Justamente, siguiendo esta misma lógica, en uno de los discursos que Rafael Correa diera tras triunfar en las últimas elecciones presidenciales, éste afirmó: “Estamos construyendo la patria chica (Ecuador) y la patria grande (nuestra América)”.
De esto se sigue que la construcción de la patria chica no va necesariamente en detrimento de la patria grande, o, para decirlo sin rodeos, que una política nacional no deviene necesariamente en un nacionalismo beligerante como muchos quieren presentar.
Ahora bien, la idea de patria chica puede también referir a unidades referenciales más pequeñas como la ciudad, el barrio, la comunidad, el vecindario pues, al fin de cuentas, lo chiquito y lo grande siempre es relativo y de lo que se está hablando es de ese primer núcleo de pertenencia, inmediato, que luego, claro está, puede formar parte de otras pertenencias más amplias.
¿Pero hay alguna patria chica que se oponga a la patria grande? Por supuesto. En este sentido, para muestra, obsérvense, dentro de todas las variantes, que los nacionalismos agresivos recién mencionados buscan engrandecer la patria chica, muchas veces, al precio de achicar la patria grande, es decir, al precio de diferenciarse del vecino entendiendo la frontera no como una distinción administrativa sino como una fractura esencial entre un nosotros y un ellos.
Pero también hay otra forma de entender la patria chica y es aquella a la que refiere Arturo Jauretche en un libro que no es de sus más reconocidos: Ejército y política.
Para el célebre creador de las zonceras, en la historia argentina hay dos grandes concepciones en pugna: la que posee una mirada nacional y la que posee una mirada de facción. Esta última es defensora de una patria chica pero no en el sentido de una defensa nacional frente al extranjero sino todo lo contrario: se trata, dice Jauretche, de aquella que, con pensamiento unitario, impulsó la balcanización de los territorios del virreinato favoreciendo sus intereses (los de la elite de Buenos Aires), los cuales, por supuesto, coincidían con los intereses ingleses.
Para decirlo con sus palabras: “Hay dos concepciones: la de la Patria Grande y la de la Patria Chica. La que atiende al ser de la Nación en primer término, y la que posterga ésta al cómo ser; la que pone el acento en la grandeza, y la que lo pone en la institucionalidad, en las formas. La primera tiene la atención puesta en las campañas de la independencia, en el Alto Perú y en la Banda Oriental; es la que genera la epopeya sanmartiniana y artiguista. Se siente continuadora de la política de España en el continente, ahora para los americanos. Su ámbito es tan grande que sus hombres se llaman así, y no argentinos. (…) La Patria Grande piensa y actúa en medidas continentales (…) En cambio los hombres de la Patria Chica solo ven instituciones y gobiernos: la ordenación jurídica antes que la tierra y los hombres. Alberdi no ha inventado la fórmula, pero ellos la presienten; ven como abogados o ideólogos lo que los otros ven como soldados y nativos”.
De este modo, Jauretche traza una continuidad entre Rivadavia, el triunfo en Caseros, Mitre, la guerra de la triple alianza y la Argentina como granero del mundo, para oponerlos a San Martín, los caudillos, el yrigoyenismo y el peronismo.
Dejando de lado la cuestión acerca de, quizás, algunos matices ausentes, Jauretche, como indica el título de su libro, aplica esta idea a una descripción del ejército para mostrar la transformación que éste sufriera ya desde que Rivadavia le negara su apoyo a San Martín y comenzara un lento repliegue que terminará identificando los intereses del país con los intereses de los porteños. La consecuencia de ello son provincias relegadas, algo bastante natural, por cierto, dado que los iluministas de Mayo y los románticos de la generación del 37 entendían la extensión del territorio como un problema. En esto hay una clara diferenciación con Brasil que Jauretche explota muy bien pues mientras nosotros impulsamos un camino vertiginoso de progreso de una parte (el puerto), nuestros vecinos apuntaron a fortalecer las fronteras. En otras palabras, el terror a la extensión hizo que nos refugiáramos en una parte de nuestro territorio y que los intereses de la facción que dominaba el puerto apareciesen como representativos de la nación; en cambio, Brasil tuvo una política nacional que llevó mucho más tiempo pero logró estabilizar un territorio, fijar con claridad la frontera hacia afuera, para, desde allí, comenzar con el crecimiento hacia adentro. A tal punto fue lento este proceso que Jauretche lo piensa como de plena actualidad y observa en la decisión de constituir la capital en Brasilia (algo que se oficializaría en 1960) un signo de este proceso de impulso hacia el interior.
Si bien el texto de Jauretche aquí mencionado es de 1958, su apreciación acerca del modo en que el ejército argentino dejó de representar una política nacional para ser solo el instrumento de imposición de los intereses de una parte (minoritaria) contra la otra parte (mayoritaria), tuvo su desenlace más atroz en las décadas posteriores, algo que en lo ideológico se justificó del peor modo, esto es, en términos de un enemigo interior. En otras palabras, un ejército cooptado por una parte, por una facción, asumió como propia la representatividad del ser nacional para dirigirlo hacia adentro, es decir, hacia grupos que fueron tildados de antinacionales.
Y es porque tenemos memoria y hemos sabido de la utilización de algunos términos, que considero que hay que manejarse con cuidado respecto a plantear que todo aquel que tiene una mirada crítica a la política económica de la actual administración es un antipatria. De hecho, de manera muy interesante, el propio Jauretche introduce una variable que muestra que no todo es tan lineal pues, frente a lo que se podría suponer, el liberalismo no es descripto como un agente de la patria chica que necesariamente se encuentra al servicio de los intereses foráneos. En todo caso, ése ha sido el derrotero del liberalismo argentino, antes y después de 1958, pero no ha sido, según indica, insisto, el propio Jauretche, el camino del liberalismo en, por ejemplo, Brasil y Estados Unidos, pues allí éste se impulsó desde una perspectiva nacional que no se privó de utilizar todo tipo de medidas proteccionistas. En esta línea, el autor de Los profetas del odio afirma: “El mal no está en las doctrinas; está en que se utilizan contra la política nacional. Es de orientación. Ya hemos visto cómo Estados Unidos y Brasil son también liberales, pero nacionales. Allá el liberalismo fue adecuado a la Nación; aquí se adecuó la Nación al liberalismo”.
¿Serán capaces de entender esto nuestros liberales contemporáneos, aquella patria chica que tiene su pequeña alegría en la decisión arbitraria de un juez en Estados Unidos? ¿Estarán en condiciones de comprender estos argentinos que la posibilidad de éxito, incluso del programa económico que ellos promueven, presupone la afirmación de soberanía?
Preguntas retóricas las mías, preguntas dirigidas a quienes, en nombre de una facción, de una parte, acusan de chauvinista a todo aquel que entienda que patria puede ser algo más que la extensión de su propiedad privada.                                         

viernes, 27 de junio de 2014

Con pelota no hay patria grande (publicado el 26/6/14 en Veintitrés)

En estas últimas semanas estamos siendo testigos de una enorme cuña en los sueños de Bolívar y San Martín, un fenómeno capaz de suspender y postergar los anhelos de una patria grande. No son los fondos buitre ni el vehemente e insaciable sistema financiero; tampoco es la derecha neoliberal que enarbolando la bandera del eficientismo busca descentralizar y desempoderar a los Estados para transformarlos en meros instrumentos administradores de aduanas. Ni siquiera es el cipayismo vernáculo con sus ONG solventadas con dinero de la timba financiera o la izquierdita cínica que ironiza cuando no es un gobierno sino el futuro del pueblo argentino el que está en cuestión. Nada de eso. Se trata, señoras y señores, ni más ni menos que del fútbol. Sí, el fútbol. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿O acaso alguien duda de que cuando empieza a rodar la pelota se va al carajo el sueño latinoamericano y lo único que deseamos es el triunfo propio y la caída del vecino rival?
Pues si bien es verdad que los nuevos aires de gobiernos progresistas que sucedieron a la década neoliberal han avanzado enormemente en una concientización del destino común de los pueblos del sur, y que la aparición de institucionales continentales con cada vez más peso fortifica esa cosmovisión, el fútbol abre un paréntesis, suspende, por dos horas, todo.
No hay por qué desesperarse ni hacer grandes y sesudas elaboraciones por esto. Menos que menos echarle la culpa a la irracionalidad de la pasión futbolera ya que la rivalidad con el vecino es constitutiva de la identidad nacional. Pues reconocer lo que somos implica comprender aquello que no somos, comprender el límite, lo que está afuera.
Es más, yendo al terreno más micro, la identidad tiene niveles y el “nosotros” y el “ellos” se va reconfigurando en cada una de esas instancias. Sin hacer psicoanálisis a la carta, nuestro barrio se diferencia del barrio contiguo, como nuestra cuadra se distingue de su paralela y como la casa que habitamos marca, por suerte, un límite con las costumbres insoportables que tiene nuestro vecino. Claro que nadie está diciendo que esas separaciones tengan que ser violentas o estén esencialmente cargadas de un tono poco amistoso más allá de que, cuentan nuestros terapeutas, el diferenciarse de ese primer “ellos” que son nuestros padres suele tener una carga traumática inherente.              
Pero si a esto le sumamos la historia de los Estados nacionales notaremos que el problema se agrava pues quien considere que las fronteras políticas y jurídicas son representativas de identidades en común desconoce que la necesidad de homogeneización, de darle unidad a aquello que no lo tenía, muchas veces sacrificó las diferencias de manera violenta. Como verá, no estoy diciendo nada novedoso sino contando la historia de los últimos siglos en el continente y en el mundo. Es más, podríamos decir que buena parte de los innumerables conflictos que subsisten en el planeta tienen que ver con aquellas identidades que por razones ajenas forman parte de un Estado nacional que no las representa. Preguntemos a nuestros rivales mundialistas, los bosnios, sobre su triste historia reciente. O veamos cómo las diferencias tribales marcaron peleas públicas dentro del equipo camerunés. Y se trata, simplemente, de dos pequeños ejemplos pues cada Estado tiene sus particularidades.
Ahora bien, tanto en el fútbol como en la vida cotidiana, los distintos estratos de la identidad que nos van diferenciando de papá y mamá, de los compañeros de la escuela, del vecino, del barrio de enfrente, de la provincia, del país limítrofe, de la otra galaxia, tienen como dato insoslayable la cualidad de aquello de lo que nos diferenciamos, y es según esto que podemos tejer circunstanciales alianzas. Pasa a todo nivel: en el plano estatal Argentina y Uruguay pueden tener un conflicto por una pastera pero cuando los que están en frente son los fondos buitre, resulta claro que estamos del mismo lado; a nivel local, algunos políticos de la oposición son recalcitrantemente antikirchneristas y hacen de la diferenciación con el kirchnerismo su marca de identidad. Sin embargo, cuando está en juego la renegociación de la deuda o cuando se avanza en la expropiación de YPF o en la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, frente a un otro común y poderoso, cierran filas con el oficialismo. En el fútbol sucede lo mismo: cuando nuestro pobre y pequeño equipo del barrio enfrenta al pobre y pequeño equipo del barrio vecino la disputa puede ser enorme y hasta llegar a límites insospechados. Sin embargo, es probable que si nuestro vecino enfrenta a un equipo todopoderoso de otro país, el hecho de pertenecer a una misma ciudad o compartir el destino de equipo chico y/o pobre, fuera la variable más importante a la hora de tomar posición. Sin dudas, está lleno de excepciones y en el fútbol vernáculo somos testigos de cómo los equipos de La Plata o Rosario desean que su rival pierda aun cuando el adversario sea el poderoso Real Madrid. Pero, en general, aquello que está en frente es determinante y cambia drásticamente la perspectiva.
Futbolísticamente, Argentina tiene rivalidad con Uruguay pero creo que quedó claro que cuando “la celeste” enfrentó a Inglaterra todo argentino tenía la camiseta de Uruguay puesta; también hay una rivalidad con los chilenos pero frente al poderoso España, seguramente, una buena parte de los argentinos hincharon por Chile. Es más, a pesar de que la historia reciente en temas geopolíticos marca una cierta conflictividad entre Chile y Argentina, cuando “la roja” enfrente a Brasil seguramente los argentinos estarán del lado de Chile simplemente porque Brasil es el poderoso. Del mismo modo, frente a grandes europeos, los pueblos de Latinoamérica probablemente apoyarían a Argentina o a Brasil pero si estos dos grandes seleccionados enfrentaran a alguna “cenicienta” como Ghana o Corea del Sur, seguramente, con algo de morbo, jugarían una ficha al débil pues siempre es placentero ver caer al Goliat.    
Estas diferencias, al menos hasta el día de hoy, han quedado dentro de la cancha y no hay noticia alguna de enfrentamientos entre hinchas de diversas nacionalidades en este mundial. De hecho, debería afirmarse que resultan mucho más violentos los enfrentamientos en el fútbol local de cada uno de los países siendo los clásicos, esto es, los partidos entre vecinos, los de mayor peligro. Por eso no creo que sea para alarmarse ni que se deban mezclar los avances que se vienen dando a nivel político, cultual y económico entre los países sudamericanos, con la rivalidad inherente a las gestas deportivas, pues esto último no desmiente ni pone en riesgo lo primero.
Parafraseando a un filósofo contemporáneo: “hay que dejar de metaforizar con el fútbol por lo menos dos años”, hay que dejar de abonar la idea de que el fútbol es una extensión lineal de la política exterior o que lo que sucede entre los ciudadanos de cada país durante el partido da cuenta de la relación entre los pueblos. Porque si bien es un juego que marca lo que somos, nos atraviesa y nos encanta, es un juego capaz de crear rivales que dejan de ser tales una vez que el árbitro da por finalizado el cotejo.