martes, 17 de julio de 2018

La crisis de Macri (que puede beneficiar a Macri) [editorial del 15/7/18 en No estoy solo]


Tras la consolidación en las elecciones del año 2017 resultaba inimaginable que nueve meses después el gobierno atravesara una crisis económica y política como la que padece. Y si bien nadie está en condiciones de afirmar que tal crisis sea terminal o asegure una derrota en 2019, lo cierto es que la administración de Cambiemos está en esos momentos en los que la distancia con la realidad social parece enorme y cada acción, cada intervención pública del presidente o de algunos de sus referentes, resulta dañina para el propio gobierno. No hay una medida objetiva para determinar cuántos errores o qué tiene que ocurrir para que a un gobierno blindado, como se dice en la jerga, comiencen a “entrarle las balas”, pero hay distintos factores que alteran el humor social, eso que el gobierno llamaría la “confianza” y, de la mano de ella, las expectativas.
No tiene sentido hacer un resumen exhaustivo pero en algo más de 200 días el gobierno tuvo miles y miles de personas manifestándose contra el índice que modificaba los aumentos a jubilados, una devaluación de la moneda del 50%, un crecimiento exponencial de la deuda y la renuncia de varios ministros. A su vez el debate sobre el aborto generó una enorme grieta en su propio bando, tiene en su aliada, Elisa Carrió, a una bomba de tiempo que no sabemos si hace más daño cuando es coherente o cuando raya la inimputabilidad, y la “bola de nieve” de las lebacs la está resolviendo de la peor manera, es decir, intercambiando deuda en pesos por deuda en dólares. Esto marca la recta final de un proceso que se advertía inexorable pero que evidentemente se aceleró de manera vertiginosa y solo gracias a la decisión política del centro del poder financiero del mundo se mantiene en pie. El problema es que ese apoyo no es eterno y la Argentina lo sabe.
Sin embargo, quisiera advertir un efecto paradójico de la situación actual. Me refiero a que esta crisis que evidentemente afecta las aspiraciones de reelección de la actual administración también puede favorecer electoralmente al gobierno. Más precisamente, después de octubre de 2017, la oposición pareció tomar nota de que la única manera de plantear una opción competitiva era con una propuesta de unidad. Si eso se va a lograr es otro asunto pero todos coincidían en que probablemente Cambiemos gobernaría hasta 2023 y que solo con un peronismo unido había alguna remota posibilidad de incomodar una marcha que parecía firme. En cambio ahora, con un gobierno debilitado y con encuestas que ya afirman que es muy difícil que pueda imponerse en primera vuelta, esos fragmentos de oposición que comprendían que debían unirse ante el espanto, sacan cuentas y especulan con la posibilidad de jugar su suerte por separado. Es la tentación del balotaje y la experiencia más cercana la tuvimos cuando el macrismo demostró que su estrategia de no aliarse a Massa, contra todas las presiones del establishment vernáculo, fue la correcta.
Es el FPV quien más parece abrazarse a esta opción aunque nunca pareció tener una estrategia distinta, ni siquiera en los mejores momentos del macrismo. En otras palabras, el kirchnerismo especuló con que manteniendo los votos propios se garantizaba ser la oposición más votada. No le alcanzaba para conformar una mayoría pero con esa minoría intensa resguardaba una cuota de poder a la espera de que el tornado amarillo que todo lo arrasaba devenga, como dirían en Palermo, “suave brisa de brotes verdes sobre colchón de desocupados”.
Si bien el kirchnerismo no se ha caracterizado por su eficiencia en los diagnósticos y, menos aún, en sus construcciones electorales al menos durante las dos administraciones de CFK, con un Macri desgastado encontrará muy pocas razones para abrirse a un gran acuerdo panperonista porque esos votos, se supone, claro, en un balotaje frente a Macri, acabarían yendo hacia CFK. Aclaro el “se supone” porque tanto en 2015 como en el 2017, los votantes de la ancha avenida del medio tuvieron mayoritariamente la luz de giro hacia la derecha.
Pero en todo caso, ese eventual balotaje sería un gran juego del desgaste y una pelea, ya no por la seducción positiva, sino por la suavización de la imagen negativa de Macri y CFK. ¿Quién estará más desgastado? ¿El Macri de una pobrísima gestión o la CFK que cargará sobre sí con el desgaste de su gobierno (curiosamente presente al día de hoy en los comentarios de referentes oficialistas en el gobierno y en los medios), y la violentísima campaña que se espera en la medida en que se agigante la posibilidad de su regreso al gobierno?
Por otra parte, aunque en este panorama resulte remoto, incluso el peronismo no K, que parecía obligado a tener que jugar una interna dentro del peronismo y ser vencido por el kirchnerismo o jugar solo y ser funcional al macrismo, encuentra en esta debilidad del gobierno una esperanza. El desafío que tienen, claro está, es inverso al que tiene CFK pues lo más difícil para el peronismo de Massa, Urtubey, Pichetto y algunos gobernadores, es llegar a segunda a vuelta. Eso sí: de llegar a esa segunda vuelta contra Macri, es prácticamente seguro que con cualquier candidato vencerían a Cambiemos por la sencilla razón de que todos los votos del kirchnerismo irían allí aun cuando muchos electores lo hagan tapándose la nariz. Para muestra de ello está el balotaje de la ciudad entre Rodríguez Larreta y Lousteau en el que prácticamente la totalidad de los votos que había obtenido el candidato K fueron al ex ministro de economía incluso cuando el propio candidato K, Mariano Recalde, había manifestado que votaría en blanco.            
Para el gobierno se trata de llegar, como se pueda, y que enfrente esté una CFK con alta imagen negativa. Para el kirchnerismo, mantener el núcleo duro para llegar a segunda vuelta y especular con que la ancha avenida del medio vote más con el bolsillo que con la ideología; y para el peronismo no k, se trata de llegar a segunda vuelta contra el gobierno, pues en esa instancia el triunfo estaría casi asegurado, aunque, claro, les va a resultar difícil llegar allí.
Si lo dicho aquí es correcto, el escenario que viene será bastante curioso pues cuanto más débil esté Macri más difícil será que el peronismo pueda alcanzar la unidad. Así, paradójicamente, la crisis de Macri puede terminar beneficiando a una sola persona. Ni más ni menos que al propio Macri.  
 


lunes, 9 de julio de 2018

El modelo de la propina (editorial del 8/7/18 en no estoy solo)


Sé que entre los opositores a la administración de Cambiemos hay muchas y muy interesantes propuestas para categorizar a este gobierno. En este mismo espacio hablamos de la tensión entre su costado conservador y su liberalismo cool, y de la particularidad de haber elegido varios CEO de empresas para ocupar las principales líneas de responsabilidad. También advertimos la cultura emprendedorista que se intenta instalar y cómo su presunta lucha contra la pobreza elude la discusión sobre la redistribución del ingreso y obedece más a una formación de dirigentes en la que, en muchos casos, confluye liberalismo económico antiestatalista y solidaridad cristiana. Todos estos elementos están presentes de una u otra manera pero quizás, sin proponérselo, la que mejor ha sintetizado las principales características de la actual administración ha sido su aliada, Elisa Carrió, gracias a lo que bien podríamos denominar “modelo de la propina”.
Olvidémonos por un instante de los disparates de la diputada que, como diría la canción, si no fueran tan dañinos nos darían risa, y pasemos por alto la zoncera del periodismo que yendo a buscar al mozo que atendió a Carrió y que recibió solo 5 pesos de propina, actúa tan estúpidamente como actuaba el periodismo opositor al gobierno de CFK. Porque yendo a buscar al mozo se corre el eje de la discusión para instalarlo en el hecho de si Carrió es consecuente en sus acciones, cuando lo verdaderamente importante es que detrás de la poco feliz referencia a la propina, hay un modelo y un proyecto de país. En otras palabras, centrémonos en todo lo que rodea al pedido de dar propina que la referente de la Coalición Cívica dirigió a su base de sustentación, esto es, las clases medias y altas, porque allí hay una clara definición política. 
Es que, en primer lugar, en el modelo de la propina hay una burda alusión pseudo intuitiva a la lógica del derrame dando a entender que el consumo en las clases bajas puede sostenerse gracias a las sobras generosas de quien todavía puede tomarse un café o comer una pizza. Nadie pasa por alto que cualquier ingreso extra que reciban los sectores más desaventajados, por razones obvias, se traslada inmediatamente al consumo, pero presentada así la cuestión queda a merced de una iniciativa individual ajena a cualquier proyecto colectivo. Y así se la expone como una cuestión moral antes que política porque, como dijimos al principio, en el modelo de la propina no hay discusión sobre la redistribución puesto que el beneficio hacia los que menos tienen es producto de la solidaridad. En otras palabras, lo justo o lo equitativo queda sepultado detrás de la presunta generosidad del poderoso. En este punto el modelo de la propina tiene una compasión religiosa: en vez de cobrarle impuesto a los más ricos te propone una colecta solidaria y un “sol (oenegista) para los chicos”. 
Pero incluso se puede vislumbrar en este llamado a propiciar la economía informal un liberalismo económico bastante ramplón, aquel que cree que todo impuesto es confiscatorio desconociendo que el resguardo y protección de los derechos tiene un costo. Desde ya, esto no supone justificar gastos superfluos ni burocracias en un país en el que la presión impositiva es alta en las capas medias y generosa con los blanqueadores sectores más aventajados, pero llama la atención que algunos republicanos liberales pataleen exigiendo derechos y presencia estatal al tiempo que maldicen cada vez que le quieren cobrar impuestos. 
El cuarto elemento del modelo tiene que ver con una larga discusión en torno al concepto de propina que tiene interesantes intervenciones a lo largo del mundo pues el hecho de querer premiar el buen servicio de, eventualmente, un mozo o un empleado, acaba justificando sueldos magros y, en algunos casos, hasta inexistentes. Así, la responsabilidad del empleador desaparece y el empleado ni siquiera es el socio minoritario de la suerte del local sino que está a merced de la buena predisposición del consumidor.
Esto se enlaza con el último punto que quería destacar y refiere a la cuestión de la meritocracia, la autoexplotación y la introyección de la culpa. Es que la lógica de la propina tiene dos caras, o puede verse desde dos perspectivas. Una es la de la compasión religiosa y la solidaridad cristiana recién mencionada, esa que supone que hay que ayudar al menesteroso por el simple hecho de ser hijo de dios; y la otra es la estrictamente meritocrática, esto es, la propina como un incentivo al esfuerzo y un premio a la buena atención. Por supuesto que se trata de dos concepciones distintas y que en la lógica cristiana ese acto de solidaridad no lleva el nombre de “propina” estrictamente, pero en los dichos de Carrió es equivalente, y ambas concepciones conviven, en tensión, en el gobierno, porque representan las dos grandes tradiciones que confluyen en la formación de sus principales cuadros.
La propina meritocrática es, entonces, el emblema del empleado neoliberalizado, desregulado y uberizado, sin ningún tipo de contención formal y que es celebrado por ser un individuo aggiornado a la incertidumbre propia de los tiempos que corren. El mismo que cuando la propina es baja no lo adjudica a un modelo de ajuste sino al hecho de no haber hecho todo el esfuerzo que la labor requería y a no brindar la atención que el cliente merecía. Es el trabajador que no ve que la propina es algo que va más allá de un gesto solidario o un premio al mérito. Porque la propina es un modelo y un proyecto político. Toda una concepción del mundo. 
        


domingo, 1 de julio de 2018

Por qué Messi no puede ser Maradona (editorial del 1/7/18 en No estoy solo)



Dice Eduardo Galeano que un día, una tal doña Tota llegó embarazada a un hospital de Lanús y que en el umbral encontró una estrella en forma de prendedor, tirada en el piso. La estrella brillaba solo de un lado, como ocurre con todas las estrellas cuando caen en el barro: de un lado son de plata y del otro son solo de lata. Pero las dos caras son la estrella. A veces intentamos elegir con qué cara quedarnos pero en algún momento la estrella se da vuelta como si quisiera advertirnos que siempre hay matices. Luego nos enteramos que doña Tota dio a luz a su hijo y lo bautizó Diego Armando Maradona y allí, nuevamente, gracias a Galeano, entendimos que la clave de la adoración a Maradona no tiene que ver estrictamente con su técnica sino con su carácter de Dios sucio y pecador, un Dios imperfecto que, por definición, resulta contradictorio. Al fin de cuentas, la existencia de la divinidad depende de que se pueda establecer con ella algún tipo de identificación. Y con Maradona una buena parte de los argentinos se puede identificar. Es que Maradona, en el 86, contra Inglaterra, opera como un dios griego, aquel capaz de hacer la mayor proeza eludiendo a todo un equipo inglés pero también la mayor trampa convirtiendo un gol con la mano. 
Pero si hablamos de los griegos, habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder. El héroe trágico es trágico porque es la estrella que se ve del lado que brilla y del lado que está embarrada. Por todo esto es que quizás, allá por 1994, Osvaldo Soriano haya escrito sobre Maradona “es una bendición de dios haber visto al jugador y recibir al héroe en el cielo de los hombres”.
Lo cierto es que el fútbol hoy no tolera esos ídolos porque está preso de la pretensión de transparencia. Se arreglan los partidos, se concentra la riqueza y un puñado de equipos poderosos lava dinero pero existe el VAR y el Fair Play y si el héroe trágico o el dios la toca con la mano habrá que anular el gol.
Entonces Maradona y Messi son incomparables porque hoy no se juega al fútbol como se jugaba hace 25 años pero sobre todo porque Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. Tanto Messi como Maradona, eso sí, son grandes gambeteadores pero la gambeta de Messi sobresale en Barcelona, es decir, se da en el marco de, probablemente, el colectivo que mejor ha funcionado en los últimos años, a diferencia de Maradona que brilló en equipos que, por supuesto, alcanzaron solidez, pero eran enormemente dependientes de la habilidad que tuviera el número 10 para desnivelar. Y si, como decía Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de nuestra idiosincrasia, mucho más que Messi, lo cual, una vez más, no es una crítica al jugador de Barcelona sino una simple descripción.
Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que nos permita salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona.   
          



viernes, 22 de junio de 2018

Aborto: celebración y algunas incomodidades (editorial del 17/6/18 en No estoy solo)


La jornada histórica en la que se le dio media sanción al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo permite una enorme cantidad de reflexiones que las voy a agrupar en función de un criterio arbitrario: las incomodidades. Y no me refiero a la incomodidad que nos ha generado oír a representantes del pueblo afirmar, en pleno debate en el recinto, que el aborto permitiría tráfico de cerebros y órganos y que iban a tener que construirse cementerios para embriones; tampoco apunto estrictamente a un diputado cuyo discurso resultó un plagio de una charla que circula por internet a pesar de que probablemente este buen hombre cuente con numerosos asesores. Por último, tampoco refiero a la incomodidad de esta particular forma de argumentar que tienen algunos representantes que, como mínimo, desde el voto “No positivo” de Cobos, consultan las decisiones con sus hijos e hijas antes que con las plataformas electorales o los valores del espacio que representan.   
Quiero hablar de las incomodidades porque, en general, la mayoría de los espacios tuvieron razones para festejar pero también consecuencias, tensiones y contradicciones que los perturbaron, y sobre este punto quisiera detenerme pues no he escuchado análisis al respecto.
En primer lugar, permitiendo el debate, el oficialismo realizó una jugada maestra de la política porque, como dijimos alguna vez aquí, se subía a la reivindicación impulsada por movimientos de mujeres al tiempo que generaba una tensión política enorme en el espacio peronista que venía “corriéndolo por izquierda”. “Cómo nos van a seguir llamando conservadores los que apoyan al Papa y votan a una Cristina que nunca abrió el debate” afirmaba, con agudeza, un funcionario de Cambiemos. Sin embargo, para el gobierno la discusión no ha resultado gratis aun cuando se ha visto beneficiado con que la agenda mediática de los grandes centros urbanos se tiñera más de verde por los pañuelos que por el dólar, al menos, hasta que éste se mantuvo en subas mínimamente razonables. Es que si el proyecto no se aprobaba en diputados, Cambiemos cargaría con la máxima responsabilidad porque más de dos tercios de sus legisladores votaron en contra, número importantísimo pero menor al 90% de rechazo que tuvo el proyecto entre la Coalición Cívica, principal aliado de Macri. De hecho, el espacio de Carrió no solo demostró ser el más conservador sino que su líder amenazó públicamente con romper la alianza.
En segundo lugar, en el caso del espacio kirchnerista, casi el 85% de sus legisladores votaron a favor del proyecto y, sin dudas, lo militaron activamente, con lo cual han sido determinantes para alcanzar el número necesario para la aprobación. Sin embargo, como se indicaba algunas líneas atrás, el espacio carga con el peso de la incomodidad ante el hecho de que teniendo mayorías durante doce años, hubo una decisión política de no avanzar en el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo. Por supuesto que los equilibrios de fuerza, los tiempos de la política y los pensamientos de los dirigentes cambian y esa puede ser una respuesta pero, sin dudas, el kirchnerismo se siente incómodo al ingresar en ese debate.
En el caso de la izquierda, con mayor peso en redes sociales y medios del establishment que en el Congreso, sus pocos representantes votaron a favor de un proyecto que también fue militado por los espacios que se nuclean en este campo ideológico y, en todo caso, si se puede hablar aquí de una incomodidad, se trata de una bastante más amplia y muy interesante para una mesa de discusión. Me refiero, claro está, a cómo caído el muro de Berlín, la izquierda parece haber cambiado la lucha de clases y la pretensión de representación de trabajadores y mayorías por la defensa de minorías y reivindicaciones de la sociedad civil cuyo origen se encuentra emparentado con la tradición liberal.
Para ir culminando, y pasando por alto la evidente incomodidad por la que atravesaron los sectores más conservadores de la sociedad que salieron perdidosos de la votación, si bien se espera que en el Senado el bloque del PJ-FPV apoye el proyecto y que CFK revea su postura de antaño, allí la mayor carga recaerá sobre el peronismo agrupado en el Interbloque Argentina Federal liderado por un Miguel Pichetto que, a título personal, ya adelantó que votaría a favor y que espera un tratamiento inmediato, probablemente, en las próximas semanas.
En el Senado, Cambiemos tiene un tercio de los legisladores pero, en términos futboleros, la pelota estará del lado del peronismo K, el peronismo no tan K y el peronismo no K.  Se augura un resultado cerrado pero el envión de la media sanción y la presión social y mediática hace presentir que una reivindicación de colectivos de mujeres que lleva décadas, finalmente se transforme en ley y que Argentina, junto a Uruguay, encabecen un cambio de paradigma en Latinoamérica que, en el mundo occidental en general, tiene importantes antecedentes desde hace ya mucho tiempo.              



lunes, 11 de junio de 2018

La película de la decadencia del periodismo (publicado el 31/8/18 en www.disidentia.com)


Quiero aprovechar estas líneas para desarrollar los cambios sufridos por el periodismo en las últimas décadas y me tomaré una licencia pues lo voy a hacer a partir de las películas de Konstantine Gavras, más conocido como “Costa Gavras”, una eminencia en lo que a cine político refiere. La razón por la que lo haré de esta manera es que el director ha sabido captar siempre el espíritu de cada época y el rol que el periodismo tuvo en cada momento.
Quizás el film más famoso de Costa Gavras haya sido Z, estrenada en 1969. Allí se muestra el modo en que la dictadura griega se sirve de grupos fascistas paraoficiales para acallar las voces disidentes. Más específicamente la película recrea lo que fue el asesinato del diputado de izquierda griego Grigoris Lambrakis y el modo en que la policía trató de encubrir el hecho haciéndolo pasar por un simple accidente. Más allá de que gracias a la labor de un periodista finalmente se demostrara la verdad, y que los asesinos y encubridores hayan sido puestos a disposición de la justicia, las penas irrisorias que recibieron dieron cuenta de la impunidad del régimen.
Mientras era acusado de pro-comunista y Z era prohibida en varios países, Costa Gavras estrena, en 1970, La Confesión. Un film de atmósfera kafkiana que recuerda la célebre novela El Proceso y en el que se narra la historia de Arthur London, miembro de las juventudes comunistas desde los 14 años y combatiente como voluntario en la guerra civil española que, tras transformarse, en 1949, en Vice ministro de Asuntos Exteriores de Checoslovaquia, es acusado y condenado junto a otros 13 importantes funcionarios en lo que se conoce como el Proceso de Praga (1952). Con la muerte de Stalin, London recuperó la libertad y años más tarde pudo contar el modo en que tal proceso fue parte del internismo del poder comunista y que la causa fue armada con acusaciones falsas y autoincriminaciones posteriores a interminables sesiones de tortura. El énfasis en la burocratización y la obsesión del régimen por mantener las formas de una legalidad en el marco de una enorme operación judicial-política resulta sobresaliente en el enfoque que Costa Gavras realiza en esta película. 
En los años siguientes, Costa Gavras va a retratar los procesos de las dictaduras latinoamericanas. Más específicamente, en 1973, estrena Estado de sitio, película cuya trama gira en torno al modo en que los tupamaros secuestran a un agente de la CIA al que luego matan. En esta misma línea, aunque casi 10 años después, en 1982, el griego regresa con Desaparecido, película que no refiere al caso argentino sino al modo en que la dictadura pinochetista había hecho desaparecer (durante un tiempo) a un ciudadano estadounidense comprometido con la causa revolucionaria en territorio chileno. Asimismo, en ambas, Costa Gavras deja bien en claro el modo en que Estados Unidos apoya y es cómplice de las dictaduras que tantas vidas se llevaron en Latinoamérica. 
Ahora bien, tanto en Z como en estas últimas dos películas mencionadas, de una manera u otra, la prensa está presente tratando de dar a luz los hechos que querían ocultarse y desafiando a ese poder represivo que desde el Estado perseguía y torturaba. A veces con más o a veces con menos protagonismo, lo cierto es que el periodismo era un eslabón infaltable de las historias de Costa Gavras. Incluso en La confesión se puede hacer una lectura acerca de la importancia del periodismo. De hecho, uno de los diálogos finales de la película se da cuando el protagonista que había sido condenado logra salir de la cárcel tras la muerte de Stalin. Allí, mientras discute con un camarada si contar o no la historia, se produce este intercambio: -¿Por qué no dijimos nada de lo que pasaba? –No lo dijimos porque no sabíamos. –Claro que sabíamos. Si todo estaba publicado en la prensa. –Es que era la prensa burguesa, la prensa del enemigo.
Si bien claramente este elocuente pasaje puede utilizarse para reivindicar el periodismo e interpelar a aquellos que falazmente descreen de todo lo que provenga de los medios tradicionales, Costa Gavras regresa con una película cuyo título original es Mad City (1997) y que en castellano ha sido traducida, con poco apego al original pero con sabia comprensión de lo que allí se mostraba, Cuarto poder.
En esta película se puede ver a un Dustin Hoffman, periodista bastante venido a menos, que por razones azarosas se encuentra en el lugar justo en el momento indicado, esto es, en una situación de toma de rehenes (en su mayoría niños) y un asesinato (casual) perpetrado por John Travolta, un empleado con muy pocas luces, estadounidense medio, que va en busca de la restitución de su trabajo cuando las cosas se le van de las manos. El personaje de Hoffman acaba manipulando al de Travolta haciendo de la toma de rehenes un show televisivo. De hecho, es el propio periodista el que le va sugiriendo los pasos a seguir en la negociación con la Policía y el que entra en una disputa con su competidor en el canal para manipular a la opinión pública. La presión que recae sobre el secuestrador manipulado que no quería matar ni secuestrar a nadie, sino simplemente que le devuelvan su trabajo nocturno de cuidador del museo para que su mujer no lo martirice, deriva (disculpe si no vio la película) en un triste desenlace: el personaje de Travolta suicidándose y volando por el aire frente a las cámaras.
Con esta historia, Costa Gavras no se priva de nada y muestra la miserabilidad del periodismo, sus egos, las traiciones y la disputa por el rating en el marco de una situación de tensión máxima en el que estaba en juego la vida de las personas. También expone el modo en que la propia Policía actúa en función de una opinión pública que se mueve al ritmo de la polémica inventada del día que incluía reportajes a miembros de la familia del secuestrador y hasta una disputa racial por el hecho de que el asesinado accidentalmente era negro.              
Este breve repaso por solo una parte de la filmografía de Costa Gavras ilustra el cambio fenomenal que se ha dado en los núcleos de poder y expone la necesidad de revisar y resignificar de qué hablamos cuando hablamos de medios, periodismo y periodistas. Películas como Z, La Confesión, Estado de Sitio y Desaparecido no podrían haber sido filmadas en los años 90 o en el siglo XXI pues eran el síntoma de un clima de época. Tampoco Cuarto poder podría haber sido pensada en los años 70 porque representa un contexto completamente distinto en el que los gobiernos y los Estados se encuentran a merced de grandes corporaciones económicas que son también dueñas de medios de comunicación (por cierto, no casualmente las últimas películas del director griego han hecho énfasis en, justamente, las corporaciones económicas).
Naturalmente, hombres francos y perspicaces como Costa Gavras, hombres que captan los tópicos de cada época, habían comprendido ya en 1997 los cambios que se habían producido en el periodismo. De la mayoría de los periodistas, al día de hoy, no se puede decir lo mismo.