domingo, 27 de noviembre de 2022

Apenas un partido de fútbol (publicado el 23/11/22 en www.disidentia.com)

 

El mundial no pudo salvarse de la sobreideologización del debate público; todo acto, por menor que sea, es atravesado por el interés en demostrar a qué ideología pertenecemos. No se trata de que todo sea ideológico sino de que los demás vean nuestra ideología en todo lo que hacemos. Un chiste, una comida, una muerte, un partido de fútbol. En todo tiene que quedar claro a qué facción defenderemos. No hay lugar para la duda y el disfrute anónimo es algo de lo que debemos avergonzarnos. ¿Qué es esto de estar pasándola bien sin que nadie nos vea? ¿Qué es esto de no opinar de lo que está pasando?

Opinar sobre todo como una imposición moral. “Si no dice nada es porque es de derecha”. En la era del ruido el silencio es sospechoso y escapa al algoritmo. El algoritmo tolera todo menos el silencio. Quien calla no es cancelable y en el ámbito público hay dos tipos de personas libres: los cancelados y los no cancelables.

“Somos lo que likeamos”. Por eso hay que tener cuidado con lo que se likea. Es que la identidad se autopercibe y se puede elegir. De ella se puede entrar y salir. Todos pueden ser otros salvo que alguna vez seas señalado por la moral biempensante y te cuelguen la letra escarlata. De ahí no se puede salir. Esa identidad funciona como cárcel con pena eterna y sin proporcionalidad. Es una identidad que no se autopercibe y que no es subjetiva. Por el contrario, es “objetiva” y solo es accesible a los dueños de las percepciones, los categorizadores que todo el tiempo nos dicen que categorizar es violencia.    

La combinación entre una libertad de expresión que se transformó en una obligación de expresión y el hecho de que esa obligación de expresión esté siempre en sintonía con la moral neopuritana ya no solo asfixia sino que también aburre. La presión deviene cada vez más insoportable y poco elegante.  

Si queremos ver el mundial de fútbol antes tenemos que sentar nuestra posición acerca de la monarquía qatarí, el petróleo, la prohibición del alcohol, el rol de la mujer y la discriminación al colectivo LGTB. Le pasó al cantante colombiano Maluma quien se levantó enfadado de una entrevista después de que el periodista preguntara y luego le recriminara su actitud de no condena a la monarquía qatarí; le pasó también a un jugador de la selección de Ecuador que en una conferencia de prensa fue consultado acerca de la violación de los derechos humanos en Qatar. Su estupefacción fue tal que giró su rostro hacia el entrenador pidiéndole ayuda mientras soltó un “es muy difícil”.

Si con nuestras palabras no alcanzara tenemos que asumir la estética correspondiente: brazalete, tatuaje, pañuelo, actitud, color o corte de pelo. Tanto se habla de la búsqueda de nuestra propia identidad interior y sin embargo se empuja a que las identidades sean, sobre todo, hacia afuera. Ser un ser para el otro. Si con la indumentaria y el estilo no alcanza hay que adoptar una forma propia del habla. Eso es lo que importa. Si habla con la E está de un lado. Si habla con la O está del otro. Recelamos de las vigilancias y señalamos al Estado o a las empresas privadas que por privadas son malas. Pero todo el tiempo le estamos diciendo al mundo a través de empresas privadas y a la vista del Estado qué somos y qué pensamos. Las identidades ya no se constituyen en el hacer sino en el mostrar que se hace. “Me hago siendo visto haciendo”.

¿Triunfo de la estética? En un sentido sí y en un sentido no porque al mismo tiempo ya no se puede separar la obra del autor. La estética subordinada a una ética y a una ideología que nos dice que todo es política. ¡Qué linda canción! ¿Pero el que la canta es negro o blanco? ¿Es mujer cis o trans? ¿Es varón hetero o gay? Solo el anonimato podría salvar al arte en estos tiempos. Es que toda firma tiene una historia que hay que investigar para sancionar. Porque seguro que algo tiene para sancionar. A todos les tocará. Incluso a los que hoy son los sancionadores. Así ha sucedido con todos los dispositivos de persecución. Primero inventan los enemigos. Luego inventan los traidores. La diferencia entre estar de un lado o del otro es un simple “no” a alguna de las imposiciones y las imposiciones son cada día más difíciles de soportar.  

Antes se valoraba a la figura pública que pudiendo no hacerlo asumía un compromiso político (siempre y cuando fuera “de izquierdas”, claro). Ahora se la cancela si no lo hace. Su arte es lo de menos. Lo que importa es que “piense bien”.

Se exige coherencia pero el sistema cultural imperante no cumple el requisito. Por ello podemos ser universalistas y exigir DDHH en todas partes del mundo aun cuando estos se parezcan demasiado a los derechos occidentales y aun cuando determinadas imposiciones tengan el tufillo imperialista que nos encanta denunciar; y así celebramos al arquero de Alemania por llevar el brazalete LGTB y criticamos al arquero francés por negarse a ello apoyado en el principio (relativista) de respeto hacia otras culturas, el mismo que la moral inquisidora utiliza para justificar aberraciones de determinadas comunidades puertas adentro. Y se puede ser universalista o relativista pero no se puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Si exportamos valores también debería haber consumo interno de los mismos.

Y si hablamos de incoherencias: ¿Cómo entender que los países europeos de fuerte tradición colonialista, incluso hasta hoy en día, vengan a darnos lecciones de qué principios hay que defender? Las vidas negras importan pero también importan los territorios que todavía están ocupados. Pero ello no está en la agenda de las ONG.  

Por cierto, ¿sabemos algo de los qataríes? Nada. Solo sabemos que no dejan que nos besemos en público y que no nos dejan tomar cerveza. A eso se reduce hoy una “cultura”. En cambio, sí debemos consumir que todas las empresas quieran vendernos los productos de siempre pero con la cara de Messi. Y lo que es peor: también debemos aceptar que los que no gustan del fútbol nos amonesten, nos señalen que somos cómplices de la muerte de obreros y nos digan que, al fin de cuentas, el fútbol de hoy se reduce a 22 millonarios persiguiendo una pelota. Los que no disfrutan del fútbol, en algunos casos funcionarios, también nos dicen qué cosas debe cambiar el fútbol e indican cómo deben comportarse los jugadores, cómo debe alentar la gente en las tribunas, qué canciones se pueden entonar. Protocolizar y castigar. Un Foucault para el progresismo del siglo XXI.    

La estupidez existió siempre pero antes teníamos que tolerarla solamente de boca de los periodistas, esto es, aquellos que tenían una máquina de escribir o un micrófono para expresarlas. Ahora la estupidez se democratizó y para colmo de males los medios tradicionales amplifican esa estupidez democratizada que proviene de las redes. Dichosos los tiempos en que la estupidez era un atributo aristocrático.

El mundial ha comenzado. Entre todo el ruido una pelota rueda y yo simplemente quiero sentarme a ver un partido de fútbol.   

 

 

 

domingo, 20 de noviembre de 2022

CFK y el verdadero puente (editorial del 19/11/22 en No estoy solo)

 

Ante intervenciones como la de un Luis Juez que cada vez se parece  más a sus chistes, un Macri raza superior, o una Kelly Olmos hincha de una selección con inflación de expectativas, sentarse a escuchar un discurso con contenido, como el que brindara CFK el 17 de noviembre último, no abunda.

Sin embargo, los más depositaron su atención en el hecho del eventual anuncio de una candidatura. Probablemente impulsados por la ingenuidad o por la operación de algunos medios afines, lo cierto es que se había instalado que ella anunciaría su “regreso”. No hacía falta manejar información para darse cuenta que eso no podía suceder, al menos no este 17 de noviembre.  

Sin embargo, podemos empezar por allí. Porque anuncios no hubo pero sí algunas intervenciones que pueden interpretarse en esa línea. Habrá que acostumbrarse a esto porque así es la política y porque, como les decía la semana pasada, aunque parezca insólito, entramos en la etapa de CFK como un oráculo al que hay que  interpretar. El “todo en su medida y armoniosamente” que solía repetir Perón y que ella mencionó cuando la tribuna coreaba “Cristina presidenta”; más el comentario acerca de que Perón, a su vuelta, no quería ser presidente pero “tuvo” que serlo, podrían interpretarse como guiños a su candidatura. No hay mucho más que decir. Más adelante se verá. A juicio de quien escribe estas líneas, electoralmente hablando la situación para CFK es peor que en 2019, de lo cual se seguiría que con ella sola sigue sin alcanzar. Sin embargo, como la política ha devenido una rama de la literatura fantástica, dejemos abierto el juego.

Lo más interesante del discurso, entonces, fue su llamado a un consenso amplio, una recuperación del pacto democrático que, según ella, se rompió el día del intento de magnicidio. En un sentido, esa idea coincide con la de Larreta en torno a que para sacar a la Argentina adelante hay que tener el apoyo de un 70% de la Argentina y/o de los factores de poder. La gran diferencia es que con ese número Larreta estaba dejando afuera al kirchnerismo y, en el caso de CFK, ese 70% tácito parecía estar dejando afuera, no al “palomismo” larretista, sino a los halcones de JxC y a Milei. Pero más allá de quién está en ese 30% excluido, hay cierto acuerdo en la idea de que este “empate” que alguien podrá llamar “hegemónico”, o lo que fuera, entre dos fuerzas que se vienen alternando en el poder pero que, sobre todo, tienen la capacidad de obturar a la otra, está jodiendo al país. El problema no es tanto que haya grieta. El problema es que la grieta construya polos capaces de bloquearse mutuamente. Así, ninguna de las coaliciones logra hacer lo que se propone. En algún caso que eso suceda es una bendición (o una resistencia popular) pero independientemente de ello, lo cierto es que los últimos gobiernos se han encontrado con límites claros que les impiden llevar adelante sus planes. Alguien dirá que así funcionan las repúblicas democráticas liberales y es cierto pero una cosa es el equilibrio de poderes y una representación amplia de partidos y otra es que nadie pueda gobernar y siempre se viva un poco peor.  

De lo anterior no debiera seguirse que haya un intento de acuerdo del oficialismo con Larreta, lo cual al menos no nos consta, pero sectores del kirchnerismo, a través de algunos periodistas, dejaron entrever el intento de crear puentes con sectores del radicalismo. De hecho, si uno escucha a Gerardo Morales últimamente, parece tener más coincidencias con el modelo de país del oficialismo moderado que con el ala radicalizada de JxC. Una vez más: todo es posible pero desde aquí lo vemos difícil. En la misma línea se rumorea algún intento de acercamiento con aquel sector del peronismo no K que quedó afuera del FdT con Schiaretti a la cabeza. Me permito ser escéptico aquí también pero dejemos que el tiempo confirme el escepticismo.

Otro aspecto interesante son las afirmaciones de CFK que van a contramano del progresismo que ha capturado al cristinismo y que muchas veces no escucha lo que la propia CFK dice. La referencia a poner más gendarmes en la Provincia de Buenos Aires y a terminar con el debate “mano dura o garantismo”, por ejemplo, demostró que para CFK el tema de la seguridad no es un tema “de la derecha” sino que afecta a todos y sobre todo a los sectores más desaventajados que tienen que vivir encerrados y pueden ser asesinados por el robo de una bicicleta o un celular. Se trató de una nueva demostración de que CFK y el kirchnerismo en general siempre fueron mucho más pragmáticos que lo que el sector sobreideologizado que lo ha hegemonizado cree.

Otro momento incómodo para el progresismo fue cuando tomó un eje central de la doctrina peronista y habló del trabajo como ordenador en tiempos donde la progresía se enoja cuando los trabajadores votan a la derecha. Algo parecido sucedió cuando en lugar de la romantización de la pobreza que celebra la existencia de merenderos administrados por jóvenes universitarios de clase media, se refirió a la importancia de la familia en tiempos donde su sola mención nos ubica automáticamente en la senda de los conservadores y fascistas.

Por supuesto no faltó la mención a algo que es cierto: el modo en que el gobierno de Macri demostró ser más eficiente para condicionar a su sucesor que para gobernar. Efectivamente, la deuda impagable que contrajo sumado a una corporación judicial que va a limitar fuertemente los intentos de avanzar en reformas estructurales, conforman un bloque que el espacio popular con CFK a la cabeza no pudo franquear y contra el que el gobierno de Alberto no pretende disputar. En este sentido, el gobierno de CFK avanzó lo que pudo avanzar con un 54% de apoyo en las urnas. Lo hizo confrontando y por las malas, lo cual muchas veces es necesario. Máxime cuando se observa que la idea de volver a intentarlo por las buenas ungiendo en el gobierno a un moderado, evidentemente, parece haber fracasado.    

Volviendo al discurso, quizás la parte más criticable y preocupante, que de nueva no tiene nada, se conecta con la idea de la gran conspiración que podría rastrearse hasta las más altas esferas de la oposición, en este caso, para atentar contra su vida. Como indicábamos la semana pasada, suponer que Caputo financió a un 4 de copas para matar a la expresidenta mientras compraba bonos especulando con que la muerte de ella haría escalar su precio; y que de ese plan formaba parte un diputado que no tenía mejor idea que comentarlo a sus dos asesoras en voz alta en el bar que está en frente del Congreso es, para ser generosos, como mínimo, inverosímil. En la misma línea, achacarle la inflación a Magnetto y al poder judicial porque le ha permitido a Cablevisión aumentar los servicios que ofrece, supone una subestimación a la audiencia. El Grupo Clarín es culpable de un sinfín de cosas y es parte de un dispositivo de persecución pero no es el culpable de la inflación. Punto. No se puede decir cualquier cosa. Del mismo modo que tampoco se puede decir sin más que la solución para el problema de la corporación judicial es la designación de jueces a través del voto popular. Se trata de un tema tan complejo, con tantas aristas, tanta bibliografía y tantas experiencias a lo largo del mundo que, como mínimo, merecería una discusión más calma que evalúe pros y contras.

Para finalizar, otro aspecto criticable del discurso es lo que parece ser la profundización de cierto ensimismamiento y las referencias en tercera persona al gobierno que integra. Es que la idea de una democracia que sirva para vivir parece una buena respuesta para Luis Juez quien afirmó que la democracia no le había cambiado la vida a nadie, como si vivir y hacerlo en libertad no fuera un cambio lo suficientemente sustancial para la vida de todos los argentinos, especialmente para aquellos que tuvieron que exiliarse y para aquellos familiares que vieron a sus parientes secuestrados, desaparecidos y torturados. Sin embargo, en el discurso pareció más una elaboración a partir del intento de magnicidio que sufriera. Sobre este punto cabe decir que la democracia debería servir para algo más que vivir y que la vida humana pretende ser algo más que la vida biológica desnuda. Asimismo, tenemos mucha gente que pierde su vida o la transcurre miserablemente por hambre, hechos delictivos o simplemente porque las condiciones materiales hacen de su día a día un transitar hacia cualquier lugar menos hacia la autorrealización.

Pero lo más preocupante de este pasaje del discurso es que  refuerza la idea de que su forma de entender la política últimamente parece circunscribirse a los padecimientos personales, los cuales, por cierto, vaya si los tuvo. Pero cuando uno observa que sus intervenciones públicas se restringen casi obsesivamente a las causas judiciales que la atraviesan, o cuando toda referencia al presente y al futuro está en relación con los parámetros del año 2015, como si en los últimos tres años ella y el kirchnerismo todo no hubieran formado parte del gobierno, se entiende por qué muchos de sus votantes están disconformes no solo con Alberto sino con ella también. Si este combo de una política que gira en torno a los asuntos personales y un despegue total de la responsabilidad sobre el actual gobierno no recibe un castigo más duro en las urnas es solo por la dinámica binaria de la política actual y por votantes que entienden que cualquier gobierno popular es mejor que un gobierno de la derecha. Sin embargo, con eso no alcanza para ganar una elección. Al fin de cuentas, de lo que se trata es de vivir mejor y más allá de toda la afectividad que rodea a CFK en tanto principal figura de la política argentina del siglo XXI, a CFK se la eligió y se la elige porque una mayoría vivió mejor bajo su gobierno. La confrontación, la disputa por el sentido, la dimensión trágica y la épica pueden ser elementos centrales de la política para una porción del electorado. Pero CFK no ganó ni ganará hablando de sí misma. Ganó porque mucha gente mejoró su calidad de vida en un sentido amplio. Comprender ello podría ser el verdadero puente, la verdadera conexión con amplios sectores de la sociedad que quizás no quieren comprar el paquete completo del kirchnerismo. Y no hay que enojarse ni sorprenderse por ello. Solo hace falta entenderlo y, luego, aceptarlo.          

domingo, 13 de noviembre de 2022

Cristina en el centro (editorial del 12/11/22 en No estoy solo)

 

Intuyo que de aquí hasta las elecciones transitaremos un período oracular de CFK dentro del FdT. Efectivamente, en cada una de sus intervenciones sus palabras serán analizadas como las palabras proferidas por un oráculo. Como ustedes recordarán, tal como nos lo hicieron saber los griegos, el oráculo decía la verdad pero había que interpretarlo. Es famoso el ejemplo del oráculo que es consultado acerca de quién ganará la guerra y la ambigüedad de sus palabras dio lugar a una interpretación equivocada que derivó en la destrucción del propio imperio. El “voy a hacer todo lo que sea para que el pueblo vuelva a ser feliz” que CFK pronunciara en Pilar tiene esa lógica. Los seguidores lo interpretaron como la confirmación de su candidatura; otros entendieron que era la antesala de una eventual jugada similar a la del 2019.

Al día de hoy no sabemos qué hará CFK pero sí sabemos que continuará teniendo la centralidad. Sectores de la oposición y del  gobierno lamentan ello pero no se atreven a admitir que la única manera de dejar atrás a CFK es haciendo un mejor gobierno que el de ella. Evidentemente eso no ha sucedido y a CFK le han seguido dos malos gobiernos.

Tampoco el kirchnerismo ha logrado dar a luz dirigentes que pudieran reemplazarla en el mejor de los sentidos. De hecho, el pretendido trasvasamiento generacional del kirchnerismo es tan lento que los presuntos trasvasados ya están en edad de trasvasar. También es verdad que en el cristinismo hay cristinistas que siguen una agenda propia a la cual le quieren adosar la figura de CFK para ganar una legitimidad que ni la agenda ni ellos poseen per se; una suerte de trosko kirchnerismo podemita que se abraza al partido demócrata estadounidense y que puede ir de Evita a Greta Thunberg y de Juana Azurduy a Lali Espósito, confundiendo deriva ideológica con actualización doctrinaria.

Son cristinistas de una Cristina imaginaria creada a imagen y semejanza de un montón de ideas a las cuales Cristina no suscribiría. Abrazan la oposición con pasión aun siendo oficialismo y en eso se diferencian de los dirigentes con sobrepeso y los gerenciadores de la pobreza que siempre abrazan el oficialismo, aun cuando los oficialistas sean sus presuntos adversarios.     

Tiene razón CFK cuando afirma que un sector del poder judicial la prefiere presa o muerta y que nunca la aceptará como víctima. Es todo lo que el poder real puede hacer tras el fracaso de su gobierno entre 2015 y 2019, y lo hace con un asustasuegra en la boca mientras espera la autodepuración impulsada por un gobierno que no gobierna y en el que a duras penas y afortunadamente existe un administrador de crisis que permitirá llegar a las elecciones del 2023. Donde se equivoca CFK es en subirse a un inverosímil relato rayano en lo conspirativo. Es tan inmensa la lista probada de atrocidades e ilegalidades llevadas adelante por el macrismo contra el kirchnerismo, que adjudicarle la inverosímil financiación de un grupo de subnormales que facturaban muebles parece innecesaria. Si vivir solo cuesta vida, subirse a los relatos de la gran conspiración solo cuesta credibilidad para sostener las denuncias de las persecuciones que efectivamente existieron. En la misma línea, parece haber razones para llamar a declarar al diputado Milman, (personaje oscuro si los hay…) pero el recurso del testigo que escucha que un diputado le dice en un bar a sus asesoras que van a matar a la vicepresidenta, se parece a los relatos de Majul cuando lo paraban en los bosques de Palermo para darle pendrives y es curiosamente similar al “testigo” que también habría escuchado en la mesa de un bar cómo habría sido el negociado de Ciccone que llevó a Boudou a la cárcel. Por si hace falta aclararlo: que algo sea inverosímil no quiere decir necesariamente que sea falso. Quizás se descubra una impensada trama oculta que sacuda la política argentina. Pero hasta aquí los intentos de sectores del kirchnerismo por comprometer figuras de peso de la oposición en el intento de magnicidio resultan un ejercicio voluntarista para la tribuna de convencidos.

Como ya hemos comentado aquí en otras oportunidades, al gobierno y al kirchnerismo en particular le cuesta proyectar en la ciudadanía la expectativa de futuro que es tan importante en la política. No importa si esas expectativas son desmedidas. Lo que importa es que las haya y que una buena parte de la sociedad las crea. Pero cuando CFK habla la historia termina en 2015. Todas las referencias son al 2015. Luego el ocaso, incluido el gobierno del cual es vicepresidenta. La idea de un “regreso” de la felicidad es, justamente, la promesa de un retorno a un tiempo que ya no existe porque la Argentina y cada uno de nosotros no somos los mismos; un futuro proyectado a algo que ya pasó y que cuesta aceptar que es imposible de reproducir. Quizás por eso el kirchnerismo pierde peso entre la juventud, esto es, porque ofrece una nostalgia que para los más chicos es casi mítica.

Aun así, puede alcanzar para la esperanza porque la Argentina estaba infinitamente mejor en 2015 y no ha pasado tanto tiempo pero resta saber qué es lo que se va a hacer para intentar reflotar aquello que ya no puede volver a ser. En eso hay una responsabilidad de quienes rodean a CFK y que son, finalmente, los que alguna vez deberán tomar la posta ya que, mal que les pese, CFK no es eterna.

¿Cuál es el rumbo que proponen y, sobre todo, cómo llevarían a cabo, con qué recursos, las políticas que el gobierno del cual son parte no realiza? Es que por más que CFK se sostenga en la centralidad, con ella no alcanza si no es como parte de un proyecto robusto que sea más que su figura. En otras palabras, no puede ser que el candidato sea el proyecto cuando CFK no es candidata y que deje de serlo cuando ella encabeza la lista.

¿Hasta dónde alcanzará esta especie de CFK metafísica y trágica a la cual se la sigue exponiendo si no hay un proyecto detrás? Si del otro lado lo que hay es un proyecto de mierda, lo que habría que hacer es ponerse de pie para hacer algo más que aplaudir. El “con CFK sola no alcanza” no debería entonces referir solo a una lógica electoralista cuantitativa. En otras palabras, no se trata de sumar los votos en una cuenta de verdulero y ver cuántos muñecos sumamos para ver cómo ganamos. El “con CFK sola no alcanza” debería ser más bien una interpelación hacia adentro que empuje hacia una clarificación de cuál es el proyecto 2023 que tendrá a CFK en la centralidad.

Muchísima gente se referencia en CFK. Pero para gobernar y mejorarle la vida a la gente hace falta algo más que sumar dirigentes. Lo que es útil para ganar elecciones no necesariamente es bueno para gobernar incluso con CFK en la centralidad. Para muestra basta un botón.     

 

 

viernes, 11 de noviembre de 2022

Elecciones: ¿giro izquierdista u “oposicionista”? (publicado el 11/11/22 en www.disidentia.com)

 

Finalmente Lula será presidente de Brasil por tercera vez en la historia. Se trata de una trayectoria casi de película desde aquel obrero metalúrgico que tuvo que dejar el colegio para trabajar y perdió un dedo en un accidente laboral, pasando por los 3 intentos fallidos de alcanzar la presidencia, la superación de un cáncer, la persecución, la proscripción, y, recientemente, la cárcel. La elección se resolvió en un balotaje voto a voto que demostró que Bolsonaro, pese a lo que muchos analistas afirmaban, es también un líder popular, que habrá varios condicionamientos para el PT en el Congreso y que muchas gobernaciones importantes estarán en manos de la derecha.

Ahora bien, al momento de los análisis, quizás por algún interés en particular o por alguna epifanía, muchos analistas observaron algo que habíamos mencionado en este espacio ya en ocasión del triunfo de Petro en Colombia y de la última elección en Chile que arrojó un rotundo rechazo al texto de la nueva constitución. En otras palabras, antes que mostrar un mapa de color rojo que expusiera el supuesto giro hacia la izquierda de la región, muchos se dieron cuenta que lo que se estaba dando era más bien un giro hacia la oposición. Más que el retorno a una nueva era “izquierdista”, “popular” o “progresista”, lo que se estaría dando, entonces, era una inédita era “oposicionista”. Algunos meses atrás llamé a ese giro “posideológico” en tanto no tiene que ver con derechas o izquierdas sino simplemente con un voto constituido desde la insatisfacción ante el statu quo.

Si nos centramos en Latinoamérica, las últimas 16 elecciones las ganó la oposición, siendo la última victoria oficialista la de Paraguay en 2018. Esto contrasta, por ejemplo, con las sendas reelecciones que lograban, los gobiernos populares de la región en la primera década del siglo XXI.

Naturalmente hay otras lecturas posibles. Si nos restringimos a Sudamérica, las últimas 10 elecciones han sido ganadas por la oposición. Sin embargo, es verdad que en las últimas 4 (Perú, Chile, Colombia, Brasil) los triunfos fueron de oposiciones de izquierda, a diferencia de lo que había ocurrido con los triunfos de la oposición en Colombia (2018), Brasil (2018) y Uruguay (2019), que habían sido triunfos de gobiernos liberales o populistas pero de derecha. También es cierto que en ese momento no se habló de un giro hacia la oposición sino de un giro a la derecha tras el desgaste de los gobiernos “populares” de izquierda, lo cual, creo, era un análisis correcto. ¿Pues entonces qué? ¿Giro ideológico hacia la izquierda o posideológico hacia las oposiciones?

Imposible dar una respuesta con plena certeza pero creo que hay buenos indicios para al menos sospechar que estamos ante un escenario novedoso que no puede pensarse en los términos tradicionales de la alternancia de izquierdas y derechas. De hecho no se trata de un fenómeno “latino” sino que salvo alguna que otra excepción, como la de Macrón en Francia, lo que observamos es que son las oposiciones las que llegan al poder, en algunos casos generando situaciones inéditas como las de presidentes en ejercicio que deciden ir por la reelección y son derrotados (este fue el caso de Macri en Argentina, Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil).

Sin embargo, podría objetarse que estamos pasando por alto el efecto “pandemia”. Frente a ello, cabe decir que, en todo caso, el giro hacia las oposiciones había comenzado ya en 2018; y, al mismo tiempo, indicar que efectivamente, si este giro existe, la pandemia simplemente ha hecho que la tendencia se acentúe.

En este sentido, y como lo hemos repetido hasta el hartazgo aquí, se vuelve a cumplir lo que indicábamos, a saber: la pandemia como aceleradora de procesos antes que como inauguradora de nuevas tendencias. Sin duda, alguien encontrará excepciones pero, justamente, consideramos que son eso: excepciones. 

Si esta hipótesis es correcta, lo que resta es lo más difícil y es dar cuenta de las razones de este fenómeno. En este punto, una vez más, cuesta encontrar precisión y hay un riesgo de cierta abstracción. Asimismo, cualquier afirmación debería ser matizada por el hecho de que muchas de las elecciones mencionadas acabaron resolviéndose en la instancia de balotaje por escasísimos márgenes de modo que cualquiera sea “el giro” se trata de una transformación en un escenario de dos grandes “mitades” antagónicas.

Lo cierto es que parece estar generándose un hiato entre la temporalidad de la política formal y de las instituciones en general, y la temporalidad de los ciudadanos de a pie. En otras palabras, la velocidad con la que vive la gente común y, con ello, la velocidad con que requiere la solución de sus demandas insatisfechas, está muy por encima de las posibilidades de los Estados. De hecho, cuando los gobiernos intentan adecuarse a esa nueva temporalidad suelen hacerlo mal, espasmódica y demagógicamente impulsando políticas o normas al servicio de la reivindicación de moda sin medir consecuencias ni al largo ni al corto plazo. En una cultura que ha instalado que la única función de los Estados es “ampliar derechos” sin que se sepa del todo bien qué queremos decir con eso y sin tener en cuenta los aspectos económicos, sociales y culturales que eso implica, no podemos más que esperar la espiralización de una insatisfacción crónica porque la lógica del reclamo constante no puede hacer más que constituir un nuevo capítulo de “El malestar en la cultura”. Si la competencia hoy se da en el mercado de la victimización y la carrera que se corre ya no es la del mérito sino una carrera de espaldas en busca de culpables reales o ficticios a los que asignarle una deuda, es natural que lo único que encontremos sea insatisfacción.  

En este sentido, no hay Estado de Bienestar que pueda enfrentar el estado de malestar generalizado por condiciones que no son nuevas pero que tienen una dinámica de aceleración frenética.

¿Qué espacio puede haber para un político que hoy plantee que un país necesita cambios estructurales que pueden llevar, pongamos, como mínimo, una década, si todas las demandas, las importantes y las que no lo son, aparecen igualadas en la urgencia?     

Entonces podemos hablar de capitalismo, neoliberalismo, malos gobiernos, socialismo, etc. Agreguemos a eso las grandes tendencias del mundo globalizado y las coyunturas, las particularidades de cada caso, las tradiciones políticas de un país y una región, y hasta incluso el azar. Los factores que inciden en el resultado de una elección son infinitos y dinámicos. Sin embargo, si este proceso de aceleración, el cual, por supuesto, es, como mínimo, concomitante a las grandes tendencias que caracterizan el mundo en que vivimos, no detiene o aminora su marcha, habrá que acostumbrarse a situaciones de inestabilidad política, social y económica.

Para finalizar, digamos que cuando hace algunos meses avanzaba en esta idea indicaba que no estábamos frente a un giro ideológico sino frente a una alternancia de lo distinto basada en un hartazgo de lo que hay. Alguien tiene que pagar el enojo que tenemos y qué mejor que un gobierno de turno, máxime cuando los gobiernos de turno en general hacen todo lo posible para ser criticados. Quien lo reemplace es lo de menos. Solo quiero que pague por mi insatisfacción.

Pero el enojo y el malestar no son atributos de un color o de una ideología. No es la primera vez en la historia que la gente vive mal. Incluso podría decirse que comparativamente puede ser la época en la que, aun con toda la desigualdad existente, la humanidad vive “mejor”. La novedad es que nadie está dispuesto a escuchar que la solución a su insatisfacción supone en algunos casos la aceptación del largo plazo. O lo que es peor: nadie está dispuesto a escuchar que buena parte de esa insatisfacción crónica no tiene solución, al menos en el marco de este tiempo civilizacional que nos toca atravesar.       

 

domingo, 30 de octubre de 2022

El candidato del desacuerdo (editorial del 29/10/22 en No estoy solo)

 

Si en condiciones normales el gobierno del FdT se ha caracterizado por la parálisis en la gestión, el ingreso de lleno en la agenda electoral en un clima de total incertidumbre no hace más que augurar momentos difíciles.

Algo parecía haber cambiado con la llegada de Massa al superministerio, al menos en lo que a cierta dinamización de la gestión respecta. Se hizo a pesar de Alberto pero se acordó ante un abismo que era inminente y que amenazaba la continuidad institucional. Nadie más que las tres patas del Frente saben qué se resolvió en esos días pero parece evidente que Massa desplazó a un Alberto Fernández cuyo poder quedó reducido a una lapicera cada vez más formal y con menos tinta. Ese desplazamiento se realizó con el apoyo del kirchnerismo, presumimos que explícito en privado y tácito en público.

Ahora bien, si ese acuerdo tenía un tiempo de vigencia no lo sabemos, pero el tweet de Cristina criticando, con razón, un abusivo aumento en las prepagas otorgado por el gobierno abre un interrogante: ¿crítica aislada o comienzo de un proceso de horadación de Massa? Que CFK, como viene haciendo en el último tiempo, hable en tercera persona del gobierno en el que se desempeña como vicepresidente detrás de la persona que puso a dedo, sería material para un editorial en sí mismo pero merece ser resaltado una vez más. Con CFK como vice pasamos “de la patria es el otro” a “la lapicera es el otro”; de una práctica política del desensimismamiento a una moral de la irresponsabilidad. El kirchnerismo ocupó una buena cantidad de cargos. Pero, de repente, como no maneja la última lapicera la culpa la tiene el presidente. Como supe decir en este mismo espacio, ese escenario deja al kirchnerismo en un verdadero dilema: o es cómplice y juega al policía bueno y policía malo sin renunciar a los cargos y a la caja; o ha sido un pésimo negociador puertas adentro y a pesar de ser el que aportó el 80% de los votos se quedó afuera de todas las grandes decisiones. En cualquier caso es preocupante.

La situación de Alberto, por su parte, es desconcertante, al menos para quien escribe estas líneas. Cada vez más en solitario, rodeado del círculo íntimo, haciendo su parte pimpilinesca con CFK y en una relación tirante de amor/odio con Massa porque lo necesita para que no naufrague su gobierno pero ese éxito sería su final porque  catapultaría al líder del Frente Renovador como próximo candidato. Alberto nunca fue un candidato de consenso. En todo caso fue un candidato del consenso de CFK consigo misma pero después de esa decisión las distintas partes entendieron que la decisión era buena. Una suerte de consenso “epifánico” y tardío. Hoy la posibilidad de sostener el poco poder que le queda hasta 2023 y ser el candidato a la reelección, algo que en condiciones normales hubiera sido natural, depende de que el Frente no pueda resolver sus internas. En este sentido, Alberto 2023 sería el candidato del desacuerdo; el candidato que emergería por decantación de la disputa entre un kirchnerismo que solo cada vez puede menos y un Massa que pediría más de lo que se merece. Si esta hipótesis es correcta, habría buenos incentivos para que Alberto se transforme en una máquina de impedir porque solo en ese escenario el espacio puede volver a posicionarlo a él como salida por arriba del laberinto.

En este contexto aparece la discusión acerca de las PASO. Con toda la honestidad del mundo, una vez más, confieso mi desconcierto respecto a la estrategia de Alberto. Como ustedes saben, Massa querría suspender las PASO y buena parte del kirchnerismo también. Tienen todo tipo de razones, la mayoría de peso, para sostener su posición pero, en última instancia, claro, se trata de una conveniencia electoral. Pero el presidente se opone. ¿Por qué lo hace? Si no es una suerte de legalismo zonzo no parece clara la estrategia. ¿Cree que en una interna le va a ganar a CFK? ¿Lo cree de verdad? ¿Entonces? ¿Ir a una interna para perderla y automáticamente generar un vacío institucional que hasta podría precipitar su gobierno varios meses antes del fin de su mandato? ¿Acaso se sabe derrotado pero entiende que en las PASO puede ubicar “su gente” para construir tardíamente un albertismo que no supo construir hasta aquí?  Si el llamado a participar de una gran interna es ya una demostración de debilidad (porque va de suyo que todo presidente con posibilidad de ser reelegido es “el” candidato), sostener, contra gobernadores, intendentes y socios mayoritarios del espacio a las PASO que lo condenarían es, desde esta humilde tribuna, inentendible. Sin dudas debe haber allí alguna carta que desde aquí no podemos ver pero la sensación es que la única posibilidad de sobrevida política de Alberto es gracias a otro dedazo, en este caso, producto de, como decíamos, una negociación trabada al momento de elegir sucesor.

Por último, como también ya lo hemos dicho aquí, Massa tiene las de ganar si logra mínimamente encauzar la economía y en tanto es el único que puede ofrecerle algún voto no K al kirchnerismo en una ecuación que 4 años después sigue arrojando “Con CFK no alcanza. Sin CFK no se puede”. Si lograra enderezar la economía mínimamente tendrá más poder al momento de sentarse a negociar con el kirchnerismo y también tendrá a su favor el eventual aprendizaje de la lección de los errores de Alberto en la relación con el kirchnerismo. El punto es si lo van a dejar los de adentro. Es que, como indicamos, un buen desempeño de Massa acabaría con las esperanzas de Alberto y un Massa presidente con poder y una CFK “retirada” es un escenario en el que el tigrense es capaz de deglutir lo que quede de un kirchnerismo que tendrá su eje de gravitación en el conurbano y, eventualmente, en un posible segundo mandato de Kicillof.

Con una sociedad en la que el discurso anticasta ha calado profundo, el espacio que defiende a la política no ha podido resolver con política los problemas de las mayorías. Si a esto le sumamos el año electoral en el que “la política” se reduce a candidaturas, campañas, internitas y demagogias varias, está todo planteado para unos comicios en los que la gente vote enojada. Si es grave que haya desconexión entre los que están dentro del palacio, imaginen cuán grave puede ser cuando esa desconexión se da además entre los que están dentro del palacio y los que lo miran todo desde afuera.