viernes, 24 de junio de 2016

Las falacias y las subjetividades (publicado el 23/6/16 en Veintitrés)

Algo curioso que sucede con hechos que están en boca de todos y que aparentemente son de una claridad meridiana es que, paradójicamente, tienen infinitas interpretaciones. En este sentido, el caso López no es la excepción pero lo que sí ha sido excepcional fueron las declaraciones de distintos referentes kirchneristas, desde políticos hasta hombres de la cultura y los medios, manifestando dolor, pesar, bronca y desilusión (sentimientos por demás genuinos para quienes han puesto el cuerpo defendiendo una idea sin pedir nada a cambio). ¿Por qué esta reacción ante este caso? ¿Por qué no se generaron esos sentimientos ante casos en los que la justicia falló y encontró culpables de corrupción a Felisa Miceli y a Ricardo Jaime, por ejemplo? Probablemente la respuesta esté en la flagrancia de una escena que, más que “lanatesca”, es “fellinesca”. Efectivamente, parece digna de un grotesco del director de cine italiano que un alto funcionario del gobierno anterior termine a la madrugada pasado de cocaína y/o con brote psicótico tirando bolsos llenos de dinero en un convento, tratando de sobornar a la policía, diciéndole a una monja nonagenaria que había robado para donar y que alerte de lo sucedido un vecino llamado “Jesús”.  
Lo cierto es que esta vez, en general, los distintos referentes kirchneristas no salieron a afirmar que se trataba de una operación mediática ni que, finalmente, en el macrismo ladrones hay de sobra. Ambas cosas son también verdaderas pues la locura en que entró López parece fruto de una información que alguien le brindó (probablemente un servicio de inteligencia) y la celeridad con que llegó la policía también resulta tan sospechosa como el hecho de que todo ocurriera horas antes de votarse, en el Congreso, leyes estructurales que afectarán la vida de los argentinos por generaciones; en cuanto a los casos de corrupción en el macrismo, no me haga perder tiempo en la inmensa y vergonzosa lista empezando por un presidente que asumió procesado y que dice no haberse dado cuenta que tenía plata en un paraíso fiscal. Sin embargo, estos dos elementos no alcanzan a explicar por qué López tenía ese dinero y todo hace suponer que se trataba de coimas vinculadas a la obra pública. Judicialmente restará saber si López era el último eslabón de la cadena o si recaudaba para superiores, hipótesis que la corporación mediática intenta instalar desde hace mucho tiempo. También cabría, de una vez por todas, investigar la corrupción empresaria toda (y no solo la de los empresarios que vieron crecer sus negocios durante la larga década kirchnerista) y avanzar en una legislación que logre mayor transparencia en las adjudicaciones de la obra pública y en el financiamiento de las campañas electorales.    
Con todo, lo que me interesa tematizar aquí es lo que considero que es la verdadera discusión de fondo. Me refiero a unos corrimientos de sentido ayudados por una serie de falacias lógicas y un conjunto de imágenes espectacularizadas. Hablo de los que intentan presentar la “escena López” como representativa del kirchnerismo. ¿Cómo lo hacen? Apelando a una figura retórica muy usada y que se trata de una de las falacias más comunes: la sinécdoque. Se trata de hacer pasar una parte por el todo. Por ejemplo, supongamos que tenemos una máquina que pesa una tonelada de lo cual se infiere que se trata de una máquina de mucho peso. Sin embargo, supongamos también que, sabiendo que está compuesta por miles de pequeñas arandelas, engranajes y tornillos que en ningún caso superan los 100 gramos de peso, concluyéramos que, dado que sus componentes son livianos, por lo tanto, la máquina es también liviana. ¿Estaríamos razonando bien? Claramente no. Pues una propiedad de sus componentes no supone necesariamente que esa propiedad sea trasladable al conjunto y ni siquiera al resto de sus componentes. De aquí que, quienes a partir del caso López, afirmen que el kirchnerismo es una maquinaria corrupta estén cometiendo una falacia bastante vulgar por cierto.
Asimismo, falacia primo-hermana de ésta cometen los Majul, los Lanata y los Carrió cuando habiendo sido artífices de decenas de operaciones que fueron desestimadas por la justicia, de repente, al acertar una te dicen con carita canchera e imploración a la desmemoria de las audiencias: “¿Viste que teníamos razón?”
Pero hay una falacia todavía más grave que también es muy común y que aquí la podríamos rebautizar como de “falsa analogía”. Esta falacia vincula dos elementos que no tienen relación y le adjudica al primero una propiedad del segundo. Específicamente, el razonamiento que no nos cansamos de escuchar es: “dado que López es un ladrón, por lo tanto, el modelo kirchnerista es un modelo de saqueo”. ¿Pero qué tiene que ver la redistribución del ingreso, el énfasis en el mercado interno, el No al ALCA, la política de DDHH, la AUH, el fin de las AFJP, la Ley de medios, la universalización de la cobertura para jubilados, la estatización de YPF y Aerolíneas con José López?
Cuando uno realiza este tipo de preguntas, empezará a notar que hay una profunda hipocresía y que lo que verdaderamente les incomoda a los que hoy se rasgan las vestiduras con los casos de corrupción k, son las cosas que el kirchnerismo ha hecho bien. De hecho, consulte a la lista de indignados que desfilan por los medios y ninguno le dirá: “estoy de acuerdo con todas las políticas públicas del kirchnerismo pero censuro la corrupción de sus dirigentes”. No dicen eso, sino que afirman que la redistribución del ingreso ha sido un engaño; que el fomento del mercado interno genera pérdida de incentivos; que el No al ALCA nos aisló del mundo; que la política de DDHH es revanchismo setentista; que la AUH o bien es mérito de Carrió o, si no lo es, resulta clientelista como todos los planes sociales; que el fin de las AFJP era por “La Caja”; que la ley de medios era para silenciar voces; que universalizar la cobertura a los jubilados es injusto para con aquellos que han hecho sus aportes; que la estatización de YPF fue una confiscación y que Aerolíneas pierde dinero. Les importa un carajo si hubo o no corrupción. Lo que quieren es vincular las medidas centrales de un gobierno que no les gustó, y al que siempre combatieron, con la corrupción, porque siempre les resultó difícil convencer a una amplia mayoría de que las medidas mencionadas no fueran virtuosas. En síntesis, quieren instalar que redistribución del ingreso y justicia social son sinónimos de populismo y de corrupción, no porque les interese condenar la corrupción sino porque les interesa condenar la redistribución del ingreso y la justicia social.  
Por último, engañan cuando te dicen que hay hambre por la corrupción. De ninguna manera: el hambre lo produce o lo deja de producir un modelo político, económico y cultural. ¿Aumentó la pobreza porque un tipo o diez o cien se robaron unos millones de dólares o porque hubo más de 150000 despidos, se transfirieron ingresos a los sectores agroexportadores, la devaluación llegó al 50%, las tarifas vinieron con aumentos de hasta el 1000%, el transporte cuesta el doble, la inflación se duplicó, la deuda se disparó tras el acuerdo con los Buitres y vamos rumbo a la quiebra del sistema de reparto? ¿Quieren que hagamos la cuenta?
Dicho esto: ¿Estamos afirmando que la corrupción es un tema menor? No. ¿Estamos justificando un presunto “roban pero hacen”? Tampoco. Quien infiera eso tiene mala fe o dificultades de lectocomprensión. Estamos afirmando que los ejecutores de la única corrupción estructural, esto es, los ejecutores del plan de transferencia de recursos hacia los sectores más aventajados y enajenación de los activos públicos que comenzó con la última dictadura militar, te están engañando y han puesto en marcha un dispositivo de destrucción total del modelo que los enfrentó. Ya no les alcanza con imponer su modelo económico. Ahora quieren que lo aceptes con felicidad y, en la medida de lo posible, sin tener que recurrir a la represión, quieren que les pidas perdón. O sea: ya se llevaron tu guita. Ahora vienen por tu subjetividad. 
           

       

domingo, 19 de junio de 2016

Pensar en (y con) Borges (publicado el 16/6/16 en Veintitrés)

A 30 años de la muerte de Borges, el mejor homenaje será usarlo discrecionalmente. ¿Cómo no hacerlo con quien nos advirtiera que la lengua no es más que un sistema de citas? ¿Cómo no hacerlo con quien no tuvo ninguna pretensión de erigir una filosofía sino que utilizaba los sistemas filosóficos con fines literarios y lúdicos?
Claro que no estoy hablando de usar a Borges tal como hacen aquellos que para lograr un subsidio en la Universidad o poder publicar un librito le sigue adjudicando, forzadamente, virtudes como haber anticipado el desarrollo de una Internet zonza presentada como la panacea de la democratización con Wikipedia haciendo las veces de una Biblioteca de Babel. De lo que se trata, en cambio, es de tomar algunos elementos de sus cuentos para ponerlos al servicio de la creación, en este caso, de la nota que usted está leyendo.
En este sentido, la pregunta que podríamos hacernos es si podemos encontrar en la literatura de Borges algunas categorías e imágenes que puedan ayudarnos a comprender la sociedad en la que vivimos. Y la respuesta debe ser, sin ninguna duda, afirmativa. De hecho, y disculpe la autorreferencialidad, a partir de una pregunta similar construí el libro Borges.com (Editorial Biblos), allá por el año 2010, tomando como punto de partida los cuentos de Borges para pensar la política, la filosofía y los medios. Se trata de uno de los libros que más disfruté escribir y si bien estoy plenamente satisfecho con su resolución, al volver a leer a Borges, siempre acabo pensando que podría agregarle capítulos al infinito. Sin embargo, por razones de espacio, aquí me abocaré solamente a una perspectiva que Borges desarrolla en uno de sus cuentos más reconocidos. El relato al que me refiero es “Funes el memorioso” y se trata de un cuento incomprensible por fuera de la filosofía platónica, aspecto que a estudiosos de Borges como Juan Nuño le permite abonar la hipótesis de una marca indeleble del discípulo de Sócrates en el autor de Ficciones, algo con lo que, claramente, no concuerdo. Con todo, más allá de esta controversia poco relevante en este contexto, lo cierto es que el cuento de “Funes” es perfectamente utilizable como ejemplo de la teoría del conocimiento de Platón.
Repasando brevemente el desarrollo del cuento, el personaje Ireneo Funes sufre un golpe en la cabeza tras caerse de un caballo pero, en vez de sufrir la típica amnesia que vemos en las películas, adquiere una cualidad casi sobrenatural: una memoria total que le permite recordarlo todo. Sin embargo, si bien Borges no lo desarrolla, Funes no solo alcanza esa memoria total sino también una suerte de capacidad omniperceptiva que le permite tener conciencia de todo lo que sucede alrededor, incluyendo el modo en que una bacteria actúa sobre, por ejemplo, una de sus muelas. La conjunción entre una capacidad absoluta para percibir y una memoria total podría parecer, a priori, un beneficio, a tal punto que, solo por citar uno de los elementos que menciona Borges, Funes podía aprender un idioma con solo leer un diccionario.
Sin embargo, Borges hace exactamente la lectura inversa, y la posibilidad de dar cuenta de todos los hechos y, al mismo tiempo, recordarlos, no lleva a otra cosa más que a la “angustia”. De aquí que en uno de los últimos párrafos del cuento Borges indique: “[Funes] Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
La analogía con el periodismo actual y con el tipo de sociedad en el que habitamos resulta evidente. Basta dedicarse a leer un portal de noticias, un diario o mirar un noticiero para notar hasta qué punto las noticias verdaderamente importantes resultan silenciadas gracias a la intensa proliferación de nimiedades; por otra parte, si pudiéramos separarnos un poco de nuestro día a día y rememorar cómo vivíamos hace apenas quince años, notaremos el modo en que a través de las diferentes prótesis tecnológicas recibimos una enorme cantidad de estímulos a los cuales debemos responder en simultáneo. Como muchas veces tematizamos en este espacio, la proliferación de estímulos o noticias irrelevantes genera una igualación que eleva la dimensión cuantitativa en detrimento de la cualitativa. Dicho más fácil: todo acaba valiendo lo mismo porque lo importante y lo no importante resultan equivalentes en tanto son simplemente “un” estímulo o “una” noticia. ¿Cuál es la consecuencia de esa igualación? Lo que Borges decía en el párrafo citado: la imposibilidad de abstraer y, por lo tanto, de pensar. Y aquí aparece claramente la herencia platónica pues, para éste, la verdad se alcanzaba en el mundo de las ideas, esto es, el espacio donde habitan las abstracciones y no las cosas concretas que inundan nuestros sentidos. La idea de mesa, la “mesidad”, es una entidad abstracta a la que todas las mesas existentes en el mundo nuestro de cada día, copian o representan. Pero lo central es que esa “mesidad” supone quitar todos los detalles de cada una de las mesas concretas para quedarse con lo importante, con lo que define al objeto. No es relevante, entonces, si es marrón, chiquita, con tres patas o con rueditas. Eso no hace a la idea de mesa sino a las características contingentes de los objetos. Asimismo, un mismo objeto observado desde diferentes perspectivas sigue siendo el mismo objeto porque logramos hacer una abstracción. Si no lo hiciéramos habría tantos objetos y necesidad de nombres distintos para cada una de las perspectivas que adoptamos tal como le sucede a Funes a quien “No solo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”.
Más allá de acordar o no con la metafísica platónica y los mundos ideales, lo cierto es que todos los humanos hacemos abstracciones. No solo lo hacemos cuando llamamos “mesa” a un objeto que puede tener cuatro o dos patas, ser cuadrado o redondo, etc. sino cuando, por ejemplo, nos encontramos con nuestra pareja y nos pregunta qué hicimos ayer. Si fuéramos Funes, le contaríamos exactamente todo lo que nos ocurrió las 24hs anteriores pero tendríamos un problema: al no poder discriminar lo relevante de lo irrelevante tardaríamos 24hs en relatarlo lo cual probablemente genere en nuestro interlocutor una bien fundada pérdida de paciencia. 
Por ello, le propongo una actividad: abstráigase de lo cotidiano, apague el celular, la TV y cierre el diario al menos un día para dedicarse a leer a Borges. Realice esa práctica una vez por mes de aquí a fin de año y percibirá un resultado que será asombroso: por un lado notará que alrededor suyo, en el país y en el mundo, nada sustancial ha pasado, que todo sigue igual y que, en el peor de los casos, no hacía falta enterarse primero de aquello relevante que acaba de pasar; y, por otro lado, lo más interesante, es que se dará cuenta que, cada vez que vuelve a ser leído, Borges piensa en (y con) nosotros mientras escribe siempre un poquito mejor.    
   

      

viernes, 10 de junio de 2016

Periodismo: ¿1820 o 2016? (publicado el 9/6/16 en Veintitrés)

Hace un año, en ocasión de una nueva celebración del día del periodista, en este mismo espacio, remarqué una particular paradoja. Me refiero a que los periodistas autodenominados independientes celebran su profesión el 7 de junio porque en aquel día de 1810 se publicó por primera vez La Gazeta de Buenos Ayres cuyo director era Mariano Moreno. ¿Por qué habría una paradoja allí? Porque se trata de uno de los ejemplos más groseros de lo que hoy se denominaría “periodismo militante”. En otras palabras, la visión aséptica de un periodismo desclasado, desinteresado y preocupado por los “hechos” no encontrará en La Gazeta ninguna de esas presuntas virtudes porque para Moreno la prensa debía estar al servicio de la difusión de las ideas revolucionarias. Esto suponía publicar diatribas contra el enemigo, ocultar información que pudiera dañar al gobierno y hasta justificar ajusticiamientos hacia quienes no comulgasen con el nuevo horizonte político que intentaba instalarse y que recién iba a consolidarse allá por la década del 80 del siglo XIX. En aquella nota, y sobre esta base, citábamos a Martín Becerra que en un interesante artículo distinguía tres grandes etapas en el periodismo: una primera denominada “facciosa” que iba desde las vísperas de la revolución de mayo hasta mediados de la década del 70 del siglo XIX aproximadamente, esto es, el momento en que surgirían diarios como La Nación, La Prensa y La Capital. A ésta le sigue una segunda etapa, denominada “profesional”, donde se crea el mito del periodismo independiente que se pone por encima de los intereses de las partes para representar a la ciudadanía toda, lo que hoy sería, “la gente”. Esta etapa abarca casi cien años y llega hasta el momento “multimedial” que comienza a forjarse hacia finales de los años 80 del siglo XX. La convergencia tecnológica y el ingreso de capital extranjero permitieron dar forma a la posibilidad de que un solo dueño posea distintos medios de comunicación y que éstos puedan ser, al mismo tiempo, un negocio y, más que nunca, un enorme dispositivo de extorsión hacia los gobiernos.
Aquella nota la había titulado “Feliz día del periodista (faccioso)” porque hacía énfasis en que el periodismo, desde sus orígenes, era el órgano de las facciones en disputa y defendía los intereses de una parte, tal como lo hace ahora. El estilo, las formas, son distintas, pero el espíritu es el mismo, lo cual, por cierto, no tiene nada de malo.
Ahora bien, buscando elementos para graficar la continuidad facciosa del periodismo, recordé un libro que, justamente, había citado en aquella nota. Se trata de Guerras mediáticas, de Fernando J. Ruiz. Allí se le dedican algunas páginas a lo que podríamos pensar como un antecedente del particular momento que vive el periodismo en la Argentina y en el mundo. Me refiero al fraile Francisco de Paula Castañeda quien tuviera un fuerte enfrentamiento con el Gobierno de Rivadavia que le valió varios destierros durante la década del 20. En términos generales digamos que Castañeda atacaba fuertemente el proceso de laicización que pregonaba el nuevo gobierno y para ello creó ocho periódicos tan solo entre 1820 y 1821. Pero hay algo más curioso aún: los periódicos tenían un solo redactor que, por supuesto, era él mismo con seudónimos. Así, para cuatro de estos periódicos utilizaba seudónimos de mujer y, para los otros cuatro, seudónimos de varón, lo cual era una verdadera novedad porque resultaba impensable para la época que se les diera a las mujeres la posibilidad de estar al frente de una publicación. Y no solo eso: también armó un congreso imaginario exclusivamente femenino y hasta redactó las actas de las reuniones que, por supuesto, nunca existieron. Antecedente de Neustadt y, por lo tanto, de buena parte de los periodistas del establishment de hoy, uno de esos cuatro periódicos se llamaba Doña María Retazos, donde “Doña María” emulaba “la voz del pueblo” cuan “Doña Rosa”. Este diario, curiosamente, recibía importante cantidad de cartas de lectores pero, naturalmente, luego se descubriría que era el propio Castañeda quien las enviaba, con seudónimo, a su propio diario.
Según Ruiz, en la página 70 del libro mencionado anteriormente: “La invención de personajes fue una de sus prácticas habituales. Castañeda decía que él hacía “una comedia en forma de periódicos”. En su periódico Desengañador Gauchipolítico escribía una redactora llamada Doña Viuda de la Patria y otras veces Doña Aburrida de Ingratos, Doña a Veces me Falta la Paciencia  (…)”. 
Por su parte, el ataque a las ideas iluministas que invitaban a la Iglesia a separarse del Estado era justificado por Castañeda de la siguiente manera: “Los discípulos (de Voltaire) que son del infinito número jamás por jamás leerán un discurso serio, porque su elemento son las novelas, las fábulas, las sátiras y todo lo perteneciente a ese jaez; pues, amigo mío, para atacarlos yo, es preciso que me entre por las cloacas y lodazales, en donde los impíos se han encastillado, para hacerles ver que también el sarcasmo, el chiste y la sátira pueden servir contra la impiedad, y a favor de la religión”.
Por último, Ruiz recoge del historiador Ricardo Piccirilli la afirmación de que Castañeda lanzó un periódico por cada enemigo, idea central, justamente, de la última novela de Umberto Eco, Número Cero. En este sentido, Castañeda entendía que necesitaba “los fierros”, que no eran armas, sino un medio de comunicación para propagar sus ideas y disputar políticamente. La idea de un periódico por enemigo parece sustentarse en el hecho de que Castañeda publicó más de treinta periódicos a lo largo de su vida, entre ellos, algunos con títulos bastante particulares como Vete portugués que Aquí No es, Eu no me Meto con Ninguem, Despertador Teofilantrópico Misticopolítico y Nación Argentina Decapitada por el Nuevo Catilina Juan Lavalle.

Un medio para atacar enemigos; un medio para hacer política; un único redactor y muchas bocas de expendio; la comedia periódica; la impostura, la farsa de las cartas de lectores multiplicadas bajo seudónimos. ¿Qué periodismo estoy describiendo? ¿El de 1820 o el de 2016?                 

sábado, 4 de junio de 2016

La religión liberal PRO (publicado el 2/6/16 en Veintitrés)

“En el segundo semestre todo va a mejorar”; “hemos tomado las medidas más duras para comenzar a salir del pozo”; “le hicieron creer al empleado medio que podía comprarse plasmas y viajar al exterior”; “ahora hay que pagar la fiesta populista”; “les pido un esfuerzo hoy en nombre del futuro”. Se trata de frases e ideas de los últimos años, pronunciadas por distintos actores, en aras de justificar una política de ajuste. La lista puede continuar pues simplemente cité de memoria. Incluso le propongo que pueda agregar usted algunas más pero cuando lo haga notará algo seguramente: la estructura religiosa subyacente al discurso del liberalismo económico. Más específicamente, al analizar con cierta minuciosidad este tipo de discursos y justificaciones usted notará los tres momentos que componen, por ejemplo, el relato cristiano: un pecado original (populista); un tránsito de sacrificio (la política de ajuste); y la promesa de salvación (un futuro estructurado en base a la meritocracia).
El origen, entonces, está en la tentación populista. Efectivamente, nos dicen que todos hemos comido la manzana y que hemos caído del Edén. No se atreven a llamarnos “Eva” pero sí nos dicen “Evitistas” a los que hemos mordido la manzana de la redistribución del ingreso. Lo cierto es que parece que cometimos un pecado, nosotros, como pueblo, por dejarnos llevar por la presunta salida fácil que implicaba la demagogia populista. En términos de la discusión que Platón tenía con los sofistas, se podría decir que dejarnos llevar por la tentación de creer que podíamos vivir mejor, consumir más y elevar el nivel de vida, fue apostar por el placer antes que por el bien, porque el placer supone satisfacción inmediata más allá de las consecuencias posteriores.
Nos tentamos, nos dicen, y elegimos realizar una fiesta que no podemos pagar y a la que no tenemos derecho a asistir; elegimos que el prohombre y el gusano bailen y se den la mano sin importarles la facha pero, nos advierten ahora, esa fiesta no puede sostenerse indefinidamente, es momento de ordenar y pagar lo consumido y, sobre todo, “lo roto”, que no son ni vasos ni platos sino un “orden jerárquico” y una distribución piramidal del goce. No importa que en la Argentina los populistas sean los que pagan las deudas y los austeros liberales los que las toman. Lo que importa es que aparentemente hay que pagar una fiesta popular y en la puerta hay unos señores que dicen ser los dueños del salón.  

¿Cómo se paga? Como indica la religión, con un tránsito de sacrificio y de culpa. Debemos aceptar que forzamos las cosas, que viajar al exterior, tener celulares y comer afuera es algo que no nos corresponde naturalmente. Entonces hay que autoflagelarse; hacer la penitencia; introyectar la autoridad de una vez y, por sobre todo, pagar hasta el fin de nuestras vidas con el sacrificio por el sacrilegio populista que hemos legitimado y hasta defendido. ¿Qué es esto de acostumbrarse a la moratoria para jubilados, señora? Si a usted no le aportaron o fue ama de casa jódase y confórmese con una pensión del 80% de la mínima cuando cumpla 65 años. Cualquier queja diríjase a los que le hicieron creer que usted tenía derechos que no le asisten. Pero el sacrificio será recompensado a pesar de esa “caída original”, ese desvarío primitivo, esa orgía dionisíaca de de igualarlo todo (los ricos con los negros; los meritócratas con los zánganos que no tienen empleo de calidad porque trabajan en el Estado; los pechera-militantes con los voluntarios oenegistas desinteresados y re-independientes; los corruptos con los indignados). Efectivamente, habrá recompensa porque el liberalismo económico no solo diagnostica la culpa y exige el sacrificio de redención sino que además ofrece un estímulo, como lo hace el cristianismo. Tal estímulo no es el cielo sino “las inversiones” que llegan gracias a la confianza y a la seguridad jurídica, eufemismo por el cual debiera decirse “posibilidades legales para realizar pingües e inmediatos negocios”. ¿Y para cuándo se espera esto? Según el macrismo, en el segundo semestre, aunque la sensación es que ese segundo semestre nunca llega, como un calendario obsoleto, un príncipe azul o el recordado e impuntual General Alais. “Estamos mal pero vamos bien”. En el segundo semestre subiremos al cielo si hemos hecho las cosas correctamente, si aceptamos la meritocracia y si podemos pagar la factura de luz del ascensor que nos permita semejante viaje. Pero lo cierto es que no hay demasiada novedad respecto de los discursos de los políticos y los economistas del establishment a lo largo de los últimos años. Comparemos si no, desde Martínez de Hoz hasta la fecha qué se esgrime cada vez que se busca justificar un ajuste. Pecado, sacrificio y una salvación que siempre está un paso más allá; que siempre supone un sacrificio actual más grande y cuanto menos pueden justificar el alejamiento de la salvación (ese segundo semestre que nunca llega) más grande será la construcción mítica de ese pecado original, más grande será “la pesada herencia” del pecado populista. Porque de los tres momentos, todos lo sabemos, el único que importa es el segundo. En otras palabras, el primero y el tercero están puestos allí para justificar el segundo que es el único que se hace en el presente, en este tiempo y en este espacio. El pecado original ya pasó; la salvación es siempre el futuro que está por llegar. La pelea está en el mientras tanto y en cómo una minoría le da razones a la mayoría para que acepte que es correcto que viva peor que como debe vivir al tiempo que instala que las mejoras que el pueblo había recibido eran un espejismo, un relato ficcional, como si la guita en el bolsillo hubiera sido alguno de esos contradictorios objetos existentes solo en los cuentos de Borges. Se trata de convencer a los muchos de que deben sacrificarse por los pocos. Al fin de cuentas, algo tan antiguo como la religión.    

viernes, 27 de mayo de 2016

La sociedad de la iluminación (publicado el 26/5/16 en Veintitrés)

La semana anterior comenzó en la Argentina una nueva edición de Gran Hermano, un programa en el que un grupo de jóvenes se somete voluntariamente al encierro y a que sus vidas sean transmitidas, sin interrupción, durante las 24hs del día. Tal programa es, desde mi punto de vista, símbolo de lo que llamaré una “sociedad de la iluminación”, una sociedad en la que existe un imperativo de “estar a la vista” y donde aquello que es visto tiene que ser accesible sin mediación alguna. Esta forma de vincularse con las imágenes es definida por el filósofo coreano Byung-Chul Han, como una relación “pornográfica” porque la pornografía es, justamente, una vinculación directa entre la imagen y el ojo. Pensemos en lo que sucede cuando observamos pornografía (yo sé que vos nunca viste ni revistas ni películas pornográficas pero seguro que algún amigo o amiga te contó). ¿No es acaso lo propio de la pornografía el hecho de que todo está a la vista? En la pornografía no hay sugerencia de nada. La imaginación se cancela en la total exposición a tal punto que ni siquiera se permite la ropa interior. El cuerpo expuesto al ojo sin mediación, sin profundidad ni interpretación posible.  
En este sentido, conviene contraponer el carácter pornográfico aquí señalado con los objetos de culto. Todos tenemos, seamos religiosos o no, objetos, acciones o íconos que consideramos “de culto”. Los que pertenecen a alguna religión lo tienen más en claro pero les ocurre también, por ejemplo, a ciertos adolescentes que son fanáticos de una banda de rock de baja convocatoria. Mientras la convocatoria siga siendo baja y formar parte de ella siga siendo casi una actividad exclusiva, el sujeto hará todo lo posible por fomentarla e incluso exhibir esa pertenencia a través de remeras, etc. Sin embargo, si esa banda de rock alcanza cierta masividad, probablemente, aquel que estuvo desde un principio sentirá incluso una traición o una distorsión. Dirá, con desdén, o bien que la banda ya no es lo que era antes o bien que sigue siendo lo que era antes pero ahora sus recitales están atestados de gente “no genuina”, lo cual lastima la relación de culto que el sujeto tenía con esa banda de rock. El filósofo alemán Walter Benjamin afirmaba, en este sentido, que cuando se trata de cosas que están al servicio del culto, es más importante que existan a que sean vistas. Es decir, lo que las hace de culto no es su exposición pública sino, justamente, el mero hecho de que existan. Naturalmente, en la sociedad de la iluminación, donde nada puede ni debe ser ocultado, sucede exactamente lo inverso: el valor está en que sea expuesto, no en que exista. Es más, podría decirse que solo existe en la medida en que es expuesto. Visitá, si no, las páginas personales de millones de usuarios de Facebook para notar si esto es o no así. La exposición de sus vidas en cada detalle es lo que le permite a esos usuarios considerarse existentes y quien no acepta tales reglas de exposición es catalogado de anormal o sospechado de ocultar algo.
El efecto paradójico de la iluminación es que los reflectores son tantos que ciegan. En este sentido, la sociedad actual le plantea un enorme desafío a la legendaria alegoría de la caverna de Platón en la que el prisionero, al escapar y enfrentarse a la luz del sol, podía reconocer el origen, el sentido y la finalidad de las cosas. De hecho podría decirse que hoy no hay prisioneros sino que todos hemos sido liberados y estamos expuestos a la luz. El punto es que la luz es tan potente que no deja ver ni deja comprender. Por eso, la sociedad de la iluminación es lo otro del proyecto iluminista que buscaba iluminar a través de la luz de la razón. Hoy la iluminación es total, pero lo que se busca es estimular las emociones sin ninguna mediación de la racionalidad.
Por otra parte, ¿esta exhibición del yo, especialmente a través de perfiles en redes sociales o blogs que en algunos casos parecen suponer un regreso a la moda de los “diarios íntimos”, no pone en tela de juicio la siempre controvertida distinción entre lo público y lo privado? Sin pretender hacer aquí una historia de la separación entre ambas esferas, lo cierto es que el borramiento de la frontera entre lo público y lo privado se ha dado de manera vertiginosa en las últimas décadas.
Sin embargo, la obsesión por la privacidad y por una libertad que veía en el Estado una amenaza, no es una pesadilla medieval sino un hecho durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Es más, en el clásico El declive del hombre público, de Richard Sennett, se observan las grandes transformaciones que se dieron en la relación entre lo público y lo privado desde el siglo de las luces hasta ahora. Más específicamente, la separación entre ambas esferas es, para el autor, una invención occidental que comienza a tomar forma a partir del siglo XIX junto con el desarrollo de las sociedades industriales, el avance de lo urbano y el auge de la burguesía. En la medida en que esa urbanidad se ampliaba y lo público ganaba terreno, era necesario generar un espacio de protección para la familia nuclear. Así, si durante el siglo XVIII primaban las discusiones públicas, las conversaciones y la teatralidad, durante el siglo XIX, la respuesta romántica frente al iluminismo comenzó a valorar la autenticidad, esto es, la idea de rescatar los valores individuales frente a una sociedad que parecía pretender uniformarlo todo. La antropóloga argentina, Paula Sibilia, en las páginas 74 y 75 de su libro La intimidad como espectáculo lo expresa así:    
“En oposición a los hostiles protocolos de la vida pública, el hogar se fue transformando en el territorio de la autenticidad y de la verdad: un refugio donde el yo se sentía resguardado, donde estaba permitido ser uno mismo. La soledad, que en la Edad Media había sido un estado inusual y no necesariamente apetecible, se convirtió en un verdadero objeto de deseo. Pues únicamente entre esas cuatro paredes propias era posible desdoblar un conjunto de placeres hasta entonces inéditos y ahora vitales, al resguardo de las miradas intrusas y bajo el imperio austero del decoro burgués (…)”
A su vez, dentro del hogar aparecen los cuartos propios como el lugar por antonomasia desde el que se puede cultivar el yo. En este sentido, no es casual que en el siglo XIX comiencen a proliferar los diarios íntimos. Incluso Sibilia recuerda un episodio muy interesante en el que a Virginia Woolf, en 1928, se le pregunta por qué las mujeres no han escrito grandes novelas y ella responde: porque al carecer de cuarto privado no tenían lugar donde poder desarrollar y exponer la vinculación con su propio yo. La mujer no tenía un yo sino que su ser estaba en función de su marido y en función de las tareas del hogar. ¿Para qué requeriría un espacio propio quien supuestamente se debe a la familia y solo puede realizarse en tanto cumple una función en esa familia?
Pero a menos de 100 años de aquella repuesta la situación es completamente distinta. Se asiste a una cultura de exhibición de la intimidad a la que Sibilia denomina “extimidad”. Se trata de la intimidad puesta hacia afuera; lo que era propio y pretendíamos preservar, ahora es volcado voluntariamente hacia los demás que, por cierto, están deseosos de consumir esas vidas íntimas que en general son tan comunes como la tuya y la mía. Cualquier vida ajena es objeto de consumo y lo que se busca es consumir “realidad” antes que la ficción de lo público. Por eso queremos perfiles de Facebook reales, sean o no famosos, y nos encantan los reality, sea con gente que está encerrada en una casa o con señores que bailan y se pelean, de manera presuntamente realista, con los jurados. En este sentido, el programa de TV Gran Hermano y el resto de los reality son la expresión del mismo fenómeno de extimidad que se da en las redes sociales.
Ahora bien, este yo hacia afuera, para poder ser consumido, tiene que transformase en imagen espectacularizada y buena parte de su éxito estará en cuán pornográfico se muestre (en el sentido de cuánto desee exhibir su intimidad y no, por supuesto, en el sentido de si ese yo desea desnudar su cuerpo). Así, como lo indica Sennett, si el siglo XVIII fue el siglo de apogeo del hombre público y, por lo tanto, del apogeo del diálogo, naturalmente, el avance de esta intimidad, que en la actualidad es extimidad, supone el triunfo de la imagen por sobre la palabra.     
Dicho esto, quiero cerrar estas líneas sobre la sociedad de la iluminación con un párrafo de la página 29 del libro La sociedad de la transparencia de Han: “La economía capitalista lo somete todo a la coacción de la exposición. Solo la escenificación expositiva engendra el valor; se renuncia a toda peculiaridad de las cosas. Estas no desaparecen en la oscuridad sino en el exceso de iluminación”.