viernes, 16 de noviembre de 2018

La polarización y la fábula política del caracol y la tortuga (publicada el 15/11/18 en www.disidentia.com)


Suenan explosiones, gritos y estalla la ventana; al rato nuevas explosiones y una granada que ingresa a la casa con la suerte de que se puede evitar su detonación. Las voces de los soldados se oyen cada vez más cerca y una bomba hace un agujero en la pared. La confirmación del horror se produce cuando una parte del techo cede y desde arriba caen cuerpos degollados junto a sus respectivas cabezas. Mientras todo eso sucede el matrimonio que habita la casa está discutiendo con violencia un tema que los ha atravesado durante los 17 años que llevan de casados. La discusión supone insultos y bofetadas del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Pero no hay acuerdo y es que ninguno parece tener razones de peso para convencer al otro en este debate central que permite dejar en un segundo plano la guerra que hay allí afuera. El tema que debate el matrimonio puede resultar baladí a la distancia pero ninguna discusión que lleve tantos años merecería ser tildada de tal. Para dejarse de rodeos: ¿el caracol y la tortuga son el mismo animal? Ella testarudamente afirma que así es y él testarudamente le indica que no. ¿Pero acaso la tortuga y el caracol no se encierran en su caparazón? ¿Y no son, la tortuga y el caracol, seres lentos y babosos que se arrastran? ¿Y si les damos verdura es falso que el caracol y la tortuga la coman por igual? Por último, ¿faltamos a la verdad si decimos que ambos son comestibles? Pues entonces, caracol y tortuga son el mismo animal. Así al menos razona ella para incomodidad e indignación de él y tal desacuerdo constituye el eje de la obra de teatro que Eugene Ionesco publicara en 1962 bajo el título Delirio a dúo.

El argumento parece hacer justicia con la categoría de “teatro del absurdo” con que se suele reunir a autores como Ionesco y Beckett, entre otros, pero, visto a la luz de los días que corren, cobra una inusitada potencia explicativa para dar cuenta de la miopía de las clases dirigentes y el ensimismamiento de los participantes de los debates públicos.       
De hecho es imposible repasar los diálogos de los personajes de la obra de Ionesco y no pensar que esa tozudez para defender posiciones irreconciliables sobre temas que están saldados es representativa de lo que sucede en los programas de debate en radio y TV, en los espacios donde se legisla y en las redes sociales donde cualquier intercambio parece realizarse con la intensidad propia de un asunto trascendente. Y sin embargo, en general, lo verdaderamente importante sucede en otro lado mientras seguimos enfrascados en disputas fratricidas que en muchos casos no difieren demasiado en profundidad y calidad argumentativa que la expuesta en la obra.    
Y no se trata de un fenómeno local: pasa en Argentina, en Brasil, en España o en Estados Unidos donde la polarización resulta evidente y es también azuzada por cada uno de los polos y por la lógica mediática que en el afán de la corrección política siempre presenta posiciones radicalmente antagónicas sobre cualquier temática dándoles el mismo status y posicionando como referentes a energúmenos que eventualmente un día pueden llegar a ocupar espacios de toma de decisión. Y lo más curioso es que lo hacen en nombre de la necesidad de consenso y de dar lugar a todas las voces. ¿O acaso lo harán para posicionarse en un presunto lugar de neutralidad frente a las dos radicalidades que ellos mismos han elevado a referentes de un debate?
¿Y qué hay respecto de las audiencias y de la opinión pública en general? ¿La gente de repente se ha vuelto idiota y ha dejado de percibir cuáles son los temas que verdaderamente importan? Sinceramente no habría ninguna buena razón para suponer tal cambio pues idiotas en cantidad ha habido siempre. En todo caso, lo que sí parece novedoso es que la estupidez se ha democratizado y las usinas de transmisión de las mismas se han multiplicado con la irrupción de las redes sociales. Este fenómeno también es útil para dar cuenta de las fake news pues está claro que las noticias falsas no fueron inventadas hace dos años. Lo que ha variado, claro está, es la posibilidad de que cualquiera pueda difundirlas y de que esa difusión sea masiva e inmediata.  
Por cierto, en la última escena de la obra, con los cuerpos degollados colgando del techo y las paredes agujereadas, los protagonistas deciden tapar con colchones los huecos de las paredes, evitar mirar los cuerpos y volver a discutir si la tortuga y el caracol son el mismo animal.
Allí comprendí la frase de aquel amigo experto en Beckett que al sugerirme la lectura de Ionesco me advirtió: “Lo absurdo no es el teatro. Lo que es absurdo es la realidad”. 

lunes, 5 de noviembre de 2018

Una preocupación llamada Bolsonaro (publicado el 1/11/18 en www.disidentia.com)


Del mismo modo que nadie había imaginado que Donald Trump pudiera llegar a la presidencia de Estados Unidos, Jair Bolsonaro ganó el balotaje en Brasil con alrededor de 55% de los votos. Sí, el candidato que ha sobresalido por reivindicar militares que torturaron, que promete mano dura y armas para todos, que ha anunciado un programa de ajuste neoliberal y que ha tenido infelices declaraciones de carácter racista, homofóbico y misógino, ha recibido casi 58 millones de votos.
Antes de cualquier análisis, eso sí, no se puede obviar que Bolsonaro ganó unas elecciones en las que el candidato que lideraba las encuestas quedó imposibilitado de presentarse por una resolución judicial. Si bien todos sabemos que los contrafácticos no son ni verdaderos ni falsos, no hay duda que Lula como candidato hubiera presentado un escenario distinto.  
Otro elemento del contexto que no puede pasarse por alto es que el gobierno de Michel Temer, producto del impeachment que se cargó a Dilma Rousseff, llega a su fin con números de impopularidad alarmantes, pues al plan de ajuste y empobrecimiento, se le agrega una población que observa que Temer está lejos de ser un sinónimo de transparencia.  
Dicho esto podría indicarse que lo que más sorprende de un candidato que hasta los medios de centro derecha presentan como “ultraderechista”, es que más allá de algunos matices propios de campaña, en principio, no ocultó lo que era ni lo que viene a hacer. Si bien habrá que ver cuántas de esas promesas se cumplirán en el ejercicio de la presidencia, es difícil que algún votante de Bolsonaro pueda decir dentro de unos años que se ha sentido engañado.  
Por otra parte, y seguramente tras el fracaso del gobierno de Temer, se debe tomar en cuenta que Bolsonaro ocupa el espacio y el espectro ideológico de una derecha que carecía de candidato y que se enfrentaba a una izquierda del PT implosionada que, hasta último momento, especuló con la posibilidad de algún vericueto legal para que Lula pudiera presentarse.   
Cabe indicar también que es difícil sostener que Bolsonaro, de formación militar, sea un outsider de la política, pues lleva treinta años de carrera ocupando diferentes cargos y ha sido varias veces reelegido como diputado. Quizás la confusión se da porque Bolsonaro, al igual que los outsiders, suelen tener discursos antipolítica pero no será ni la primera ni la última vez que un dirigente que lleva años ocupando cargos pregone la antipolítica. Al fin de cuentas, vivimos tiempos en que nadie puede exigir nada a nadie. Menos aún coherencia.
Pero detengámonos un momento aquí para subrayar dos cosas al menos. En primer lugar: el contexto de la antipolítica es el caldo de cultivo para personajes como éstos, que prometen darlo vuelta todo, y que en un principio parecen una broma digna de consumo irónico hasta que un día se transforman en tu presidente. En segundo lugar, una vez más, la historia enseña a los espacios socialdemócratas, populares y de centro izquierda que las crisis de las derechas, no derivan necesariamente en el regreso a un voto de izquierdas sino que suelen derivar en opciones a la derecha de la derecha. Y esto a pesar de que Bolsonaro no ha sido el candidato de los medios y del establishment, al menos hasta que los medios y el establishment entendieron que podía ganar. En todo caso, sí podría decirse que los medios y el establishment hicieron todo lo posible para destruir al candidato del PT sea quien fuere, pero sería injusto decir que hicieron campaña directa en favor de Bolsonaro.
Sin medios a favor, ¿fueron las fake news las que llevaron a Bolsonaro al triunfo? Seguidores del PT denunciaron una campaña sucia y mensajes viralizados con mala fe, lo cual ha sido cierto, pero tenemos que tener en cuenta que la referencia a las fake news es el último invento de la progresía iluminista para explicar la derrota de sus candidatos. Así, aparentemente, si gana Trump, se quiere abandonar la Unión Europea y gana Bolsonaro, se trata de un resultado que se explica porque la gente es tonta y es engañada por unos muchachitos muy inteligentes que comparten aviesamente contenido falso detrás de una computadora. Y las fake news existen, se utilizan cada vez más en las campañas electorales pero no son determinantes. Si decir que se perdió una elección por las fake news consuela a los derrotados…allá ellos… pero sería deseable que al menos en privado se miraran al espejo.
Y este punto se enlaza con que el triunfo de Bolsonaro expresa también el gran fracaso de los discursos de centro izquierda que provienen de los laboratorios onanistas de las universidades y que desprecian inquietudes de la gente en tanto “agenda de la derecha”. Es que para los espacios populares y progresistas, la inseguridad de los ciudadanos, en especial vinculada a los ataques contra la propiedad, es agenda de derecha. Esto lleva a que no se ofrezcan políticas de seguridad razonables y alternativas a las propuestas punitivistas y lo único que se termina haciendo es pontificando desde un pedestal que la responsabilidad individual en los delitos no existe y que todo es fruto de la desigualdad social. Tampoco hay alternativa para el discurso transparentista del oenegismo lo cual genera, o bien que los espacios populares, de centro izquierda, hagan un seguidismo bobo a ese tipo de discursos, o bien que los desprecien completamente y presenten que los controles y la eficiencia estatal son políticas de derecha. Sería bueno que los intelectuales populares expliquen que la desigualdad no tiene que ver con que un gobierno robe un poco más o un poco menos sino con los modelos económicos que llevan adelante estos gobiernos pero que también se debe avanzar hacia una propuesta de Estado inteligente y eficaz.
También ha sorprendido cómo el tema de la supuesta necesidad de recuperar los valores de la familia tradicional contra lo que, incluso en un spot que circuló por la web, aparecía explícitamente como “ideología de género”, fue eje de la campaña. Esto se explica no solo por la fuerte tradición cristiana que tiene Brasil sino especialmente por la conservadora variante protestante pentecostal que lleva años ganando adeptos y ocupando espacios de representatividad política. Frente a esta situación no hay que enojarse ni indignarse sino comprender el lugar que ocupa la religión especialmente en los sectores populares y el trabajo social que realizan las iglesias evangélicas allí donde el Estado no aparece. Si frente a este escenario, la solución que propone la progresía es avanzar en la separación definitiva de la Iglesia del Estado y entender Brasil releyendo a Max Weber mientras se acusa de conservadores fanáticos a los protestantes, lo que podremos ganar son unos votos en un centro de estudiantes universitario pero una elección nacional en un país como éste la perderemos por escándalo incluso frente a un candidato “fácil” como Bolsonaro.
Por último, muchos se preguntaron con indignación cómo un negro puede votar a un racista, cómo un gay puede votar a un homofóbico y cómo una mujer puede votar a un misógino. La respuesta no es simple pero está a la vista, aunque les incomode a los que dicen ser referentes de la reivindicación de los derechos de las minorías. Es que la identidad de un negro no se reduce a su condición de negro, ni la de gay a ser gay ni la de una mujer a ser mujer. Pensar que es así supone subestimarlos. Porque los individuos pertenecientes a determinados grupos minoritarios, al igual que los individuos que pertenecen a grupos denominados “mayoritarios”, tienen un sinfín de dimensiones que van más allá del color de piel, el objeto de deseo o el género. Entonces, en vez de decirle a un gay que es un idiota porque votó a un homofóbico habría que pensar que un gay puede votar por otras razones además de la de ser gay. Quizás cree que es más importante que la clase política deje de robar y considera que Bolsonaro es la persona adecuada para acabar con la corrupción; quizás trabaja haciendo delivery en bicicleta y en el último año le robaron cinco veces, y cree que la solución es armarse y poner más policías. Desde mi punto de vista, ese votante está equivocado y no está allí la solución pero ¿quién soy yo para decirle que esas no son razones para votar?  
En síntesis: ganó Bolsonaro y hay motivos para preocuparse. No solo por lo que puede hacer sino porque quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil y en el continente parecen no querer entender las razones por las que alguien como él pudo haber llegado tan lejos.  

lunes, 29 de octubre de 2018

Unidad en el pueblo: el proyecto político de Francisco (editorial del 28/10/18 en No estoy solo)


Tras el encuentro ecuménico que se llevó a cabo días atrás en Luján, referentes políticos, periodistas e intelectuales no peronistas fustigaron fuertemente a la figura del Papa Francisco y a esta versión de la Iglesia crítica del modelo económico. Liberales, progresistas e izquierdistas recordaron el conservadurismo en materia de moral y costumbres de la Iglesia y destacaron la necesidad de avanzar hacia una separación definitiva de ésta respecto del Estado. Pero lo curioso es que la reacción contra la Iglesia provino incluso de muchos católicos que aceptan todos los pasajes oscuros de la historia universal de la Iglesia y que incluso han festejado o al menos justificado el rol de la institución en el año 55 y en el 76 pero que, sin embargo, no le perdonan haber sido una prenda de unidad para un peronismo que intenta, a contrareloj, ser competitivo para 2019. Podría decirse que, a la luz de los acontecimientos, el antiperonismo es un sentimiento religioso más fuerte que el vínculo con Dios y su representante en la Tierra.
¿Pero qué sucede en el plano conceptual y político? Porque todas las críticas tienen asidero y llevan mucho tiempo en algunos casos pero la reacción, esta vez, fue desproporcionada y supuso editoriales y varios días en tapa de los diarios, TV y radio además de encarnizados cruces en redes sociales.
Fue entonces que pensé que el mejor aporte que podía hacer era correr la hojarasca y pensar cuáles son los principios del proyecto político, si es que podemos hablar en esos términos, claro, de la Iglesia que lidera Francisco. Porque intuyo que allí uno puede encontrar la respuesta a buena parte de las tensiones que no tienen que ver con coyunturas, emociones violentas y narcisismos.
Para ello me voy a servir de un discurso que Francisco diera en 2010, cuando era simplemente el cardenal Jorge Bergoglio, y que fuera publicado bajo el título Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo. Se trata de un discurso que se da en el contexto en que la relación con el kirchnerismo no era la mejor. Y cuando uno lo repasa observa, naturalmente, la base de la doctrina social de la Iglesia pero una clara coincidencia con La comunidad organizada de Perón, especialmente en lo que respecta al diagnóstico de la presencia de antagonismos que deben ser superados. En aquel discurso de Perón, al menos desde mi punto de vista, el antagonismo central y a partir del cual el peronismo busca aparecer como una tercera posición superadora, es el que enfrenta al liberalismo individualista y al comunismo colectivista. Frente a ello, Perón afirma que la realización individual se da siempre en comunidad, retomando ideas clásicas ya presentes en Aristóteles, pero la pertenencia a esa comunidad no debe eliminar la individualidad. Las palabras de Bergoglio, sesenta años después de las de Perón, obviamente, incluyen otras tensiones o aggiornan esa “tensión original”, pero están puestas allí para enumerar lo que, considera, son los cuatro principios necesarios para elaborar su propuesta: 1) que el tiempo es superior al espacio, esto es, que se trata de estructurar un proyecto, una narrativa y una finalidad antes que ocupar circunstancialmente un lugar sin referencia alguna hacia dónde ir; 2) que la unidad es superior al conflicto, es decir, que frente a algunas lecturas neomarxistas que afirman que el conflicto es constitutivo a la democracia y a lo humano, éste puede y debe superarse en un proyecto común; 3) que la realidad es superior a la idea, o sea, que frente a las vanguardias idealistas que se autonomizan de la realidad y consideran que pueden cambiarlo todo desde el lenguaje y la ideología, Bergoglio considera que la idea debe estar al servicio de una realidad que no es maleable caprichosamente; 4) que el todo es superior a la parte, esto es, lo que les indicaba anteriormente: que el todo es más que la suma de las partes pero que ese todo no anula a esas partes sino que las integra.  
A lo largo del texto, además, aparecen menciones a la independencia, a la soberanía y a la justicia social, y se exhorta a que la finalidad del proyecto sea siempre el Bien Común, elementos que luego aparecerán, claro está, en las encíclicas que él realizará más adelante en calidad de Sumo Pontífice. Pero lo más interesante conceptualmente es que Bergoglio retoma una idea que floreció durante los siglos XVIII y XIX en el seno de la tradición reconocida como “romántica”. Me refiero a la idea de que el sujeto de la historia, el sujeto de las trasformaciones, es el pueblo. Allí está el núcleo central que separa esta propuesta de los puntos de vista liberales, conservadores, progresistas e izquierdistas. Es el pueblo como ente cultural-mítico pero encarnado en el hoy y proyectado hacia el futuro, el que puede y debe superar las divisiones y las tensiones. De esta manera, contra los liberales, la historia no es la historia de los individuos sino de los grandes hombres que encarnan a un pueblo en un momento histórico particular; contra los conservadores, es el pueblo orientado hacia el Bien Común el que debe transformar la sociedad para devenir comunidad plena y justa; y contra la izquierda y la progresía, no son las fracciones ni los grupos exigiendo derechos formales y anteponiendo sus intereses facciosos a los de las mayorías los que marquen el camino hacia la unidad en el tiempo, aun cuando alguna de sus exigencias pueda ser razonable. Es más, en tiempos de políticas de identidad, Bergoglio afirma que “la persona social adquiere su más cabal identidad como ciudadano en la pertenencia a un pueblo” y no como individuo agregado a otros en una sociedad ni como individuo vinculado a un grupo en razón de su etnia, clase, género u objeto de deseo.
Para finalizar, como indicaba al principio, no escribo estas líneas para defender o criticar presupuestos de la perspectiva de Bergoglio y la tradición de la cual él abreva en la Iglesia, sino para comprender qué es lo que puede estar de fondo más allá de los gestos de unos sectores u otros. Si, además, esto sirve para echar algo de claridad acerca de las tensiones conceptuales actuales y futuras dentro del espacio nacional y popular, donde también conviven espacios progresistas y de izquierda, habré colmado sobradamente mis expectativas pues parecen ser tiempos de demasiada corrección política combinada con extravíos ideológicos, holgazanería reflexiva y el enorme vacío que deja la ausencia de un proyecto político.              


jueves, 25 de octubre de 2018

El payaso "IT" y la política del miedo (publicado el 18/10/18 en www.disidentia.com)


El último lustro viene arrojando, en todo el mundo, resultados electorales sorprendentes: iniciativas y candidatos que era imposible que ganaran han ganado y el establishment biempensante se ha sentido conmovido e indignado, sentimientos que, por cierto, no contribuyen a que cese su infatigable tendencia a equivocar el diagnóstico sobre este tipo de fenómenos.

Con todo, probablemente, la conmoción obedezca, en última instancia, a que toda la cultura occidental de los últimos siglos se ha apoyado en la idea del progreso moral de una sociedad libre y abierta que se estructura a partir de agentes racionales que toman decisiones informadas. Sin embargo, asistimos, a lo largo y ancho de nuestra civilización, a una opinión pública a merced de la agitación mediática de turno y una política atravesada por las emociones.
Sí, efectivamente, los grandes liderazgos y la cultura de masas hoy están en el baúl de los recuerdos del siglo XX pero en tiempos de liderazgos pulcros, eficientes, horizontales y “CEOcráticos” las emociones siguen jugando un papel preponderante por más que sigan teniendo peor prensa que la santa Razón.
En este marco, salvo excepciones, políticos populistas pero también socialdemócratas y liberales se encuentran a merced de una opinión pública que alimenta sus prejuicios con posverdad, y procesos eleccionarios que suelen polarizarse y definirse por la negativa antes que por la positiva. Dicho de otra manera, los candidatos ya no pugnan por dar buenas razones para que se los vote porque éstas importan poco. Simplemente buscan tener menos imagen negativa que el adversario: “¡Cuidado que vienen los populistas….! ¡Cuidado que vienen los comunistas…! ¡Cuidado que vienen los fascistas…! ¡Cuidado que vienen los liberales…! ¡Cuidado que vienen los nazis…!”. Siempre está por venir el mal, el gran fantasma. Se trata de ese otro al que nos enfrentamos y que condensa toda esa monstruosidad que nos asusta. Así, de todas las emociones, evidentemente la que se privilegia es el miedo, el terror a ese adversario al que nos enfrentamos y que aparece como amenaza a la nación, a la identidad, a los valores, a la diversidad, etc. Esto significa que estamos inmersos en un proceso de política “IT” y por tal refiero a ese siniestro payaso que ideó Stephen King y que tuvo su nueva versión cinematográfica el año pasado. Es que el payaso “IT”, “ESO”, en castellano, adopta la forma que más miedo genera en aquel que lo enfrente. Si un niño tiene miedo a las serpientes, el payaso se convertirá en la serpiente más terrorífica o en su metáfora más cercana, del mismo modo que si su compañero tiene miedo a crecer probablemente el payaso se transforme en un gigante. En la política “IT”, el candidato que no nos gusta adopta la forma de todos nuestros miedos. Es más: para distintos electores un candidato puede representar distintas características, incluso contradictorias entre sí, como ser populista y liberal, conservador y progresista, de derecha y de izquierda. Porque lo que importa es que aparezca como “el mal”, aquello que genera “terror” y a lo que jamás se podría votar en ninguna circunstancia.
Al tanto de este fenómeno, especialmente en el caso de sistemas bipartidistas y/o con elecciones que se definen a través del balotaje, no es casual que los asesores de campaña se ocupen más de defenestrar la imagen del oponente que de ayudar a construir una imagen propositiva del candidato propio. Y lo hacen sean del signo político que sean porque hoy en día no solo los conservadores se basan en esta política del miedo sino que también abusan de ella los sectores  progresistas que en cada elección y en cada lugar del planeta plantean que lo que se juega allí es la gran batalla final contra el nazismo o el mismísimo Lucifer, en una lógica que más que a IT nos recuerda a los épicos enfrentamientos de Star Wars entre los sables verdes que representan al bien y los sables rojos que representan al lado oscuro.
Pero lo cierto es que, al menos para el progresismo biempensante, esa estrategia no funcionó incluso contra candidatos que a priori eran incapaces de triunfar, como Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil.
Por todo esto, cuando en procesos electorales nos inviten a elegir entre globos de un color y de otro habrá que tener mucha agudeza porque es probable que ambos globos estén representando a un payaso aterrador pero que solo debería dibujarnos en el rostro una sonrisa sarcástica: la sonrisa de quien entiende que, al menos en política, nunca estarán demás los matices ni los intentos de encontrar la complejidad detrás del maquillaje.        


lunes, 15 de octubre de 2018

Uber y los libres autoexplotados (publicado el 4/10/18 en www.disidentia.com)


En casi todos los países del mundo la llegada de Uber ha generado conmoción, batallas legales interminables e incluso hechos de violencia casi siempre protagonizados por quienes ven afectado su negocio, principalmente, los taxistas. Más allá de las particularidades de las legislaciones de cada Estado, en general se suele hacer hincapié en que Uber supone un tipo de competencia desleal, que tiene un modelo de negocios que hace difícil su regulación y, por lo tanto, el cobro de impuestos, etc. En Latinoamérica, por ejemplo, Uber comenzó en 2014 y prácticamente se ha extendido por todo el continente con distintos grados de litigiosidad pero con una excelente recepción de los usuarios que encuentran allí precio prefijado, costos más bajos y seguridad. A su vez, con la masificación de los teléfonos celulares y el auge de las aplicaciones, otro tipo de empresas que ofrecen distintos servicios son parte del vocabulario natural de los usuarios. Son empresas particulares porque lo único que ofrecen es una aplicación. Así, Uber, es una empresa gigante de alquiler de coches y sin embargo no posee ni un solo vehículo; lo mismo podría decirse de AirBnB en el ámbito del turismo o una empresa argentina como Mercadolibre, que ya tiene alcance regional y, sin ningún local de venta físico propio, no hace otra cosa que cobrar comisiones por conectar usuarios y marcas que pueden vender desde un juguete usado hasta un televisor de última generación. El negocio de las aplicaciones al servicio de la utopía tecnológica propuesta por Silicon Valley promete mediatizar prácticamente todos nuestros vínculos y su auge es explosivo. Al ya mencionado caso de Uber, que en menos de un lustro y a pesar de las resistencias, está complemente instalada entre los usuarios, podemos sumarle, solo como ejemplo, los casos de Glovo, una empresa fundada en Barcelona en 2015 o Rappi, empresa de capitales colombianos fundada el mismo año, que han inundado las calles de Buenos Aires con miles de “glovers” o “rappiers” que no son otra cosa que, en su mayoría, jóvenes desempleados que disponen de una bicicleta o una motocicleta y se encargan de trasladar pedidos a domicilio. En este caso la resistencia no ha sido grande porque nadie vio afectado su negocio y las empresas se han beneficiado porque tercerizan el servicio y reducen los costos despidiendo a los empleados que se encargaban de los repartos.
Pero lo más interesante es cómo este modelo de negocio está modificando la concepción de “trabajo” y “trabajador” acorde a las exigencias del nuevo esquema que propone el capitalismo financiero. Sin sindicalización, sin cobertura médica, en el mejor de los casos y donde hay regulación, el trabajador (o lo que queda de él) paga un impuesto básico que en Argentina se conoce como Monotributo pero varía de país en país. Lo curioso es que a cambio de las protecciones de las que otrora gozaban los trabajadores, cierto discurso dominante presenta este tipo de vínculos como espacios de libertad, sin horarios y sin jefes, lo cual, sin dudas, es cierto. Porque quien trabaja para Uber y su vínculo laboral empieza voluntariamente cuando se conecta y culmina voluntariamente cuando se desconecta, ya no es un trabajador sino un empresario de sí mismo que negocia, aparentemente de manera libre y en igualdad de condiciones, su tiempo a cambio de un dinero que, naturalmente, no me atrevería a llamar “salario”. Sujetos autónomos y libres entrando y saliendo rezaría otra utopía, la libertaria, sin tomar en cuenta que la gran mayoría de quienes brindan ese servicio, han perdido el trabajo o realizan horas extra por sobre el trabajo que todavía sostienen porque aquella paga ya no les alcanza.
Estos empresarios de sí mismos son el ejemplo claro del cambio de las relaciones laborales en las sociedades en las que vivimos porque son sujetos con sueldos miserables pero que se consideran libres por presuntamente, no tener, como en el capitalismo clásico, de modo visible, un explotador que los explote, situación que aparecía con claridad en las sociedades donde las clases y las identidades resultaban mucho más fijas que en la actualidad. El empresario de sí mismo se cree empresario y cree manejar sus tiempos pero acaba generando su autoexplotación. Es él mismo el explotado y el explotador, y en las condiciones actuales de distribución de la riqueza, su destino es, probablemente, el fracaso y la depresión. Así, para el empresario de sí mismo en el marco de una sociedad del rendimiento y la exigencia, la única revolución que hay es la de las pastillas. Y la razón es simple: como los modelos económicos no parecen jugar ningún rol relevante, ya no hay jefes y nos quieren hacer creer que rigen las condiciones esenciales para una justa carrera meritocrática, que no alcance para llegar a fin de mes acaba siendo una responsabilidad personal. ¿A quién entonces, debemos hacerle la huelga si enfrente no hay explotador y si los gobiernos son vistos como meros administradores de la miseria?
En las páginas 193 y 11 de Topología de la violencia, el filósofo coreano Byung-Chul Han lo explica de este modo: “la desaparición de la instancia de dominación externa no suprime, sin embargo, su estructura de coacción. La libertad y la coacción coinciden. El sujeto del rendimiento se libra a la coacción para maximizar el rendimiento. De este modo se autoexplota. (…) El sistema capitalista pasa de la explotación por parte de otro a la autoexplotación, del deber al poder (…). Su libertad paradójica hace que sea víctima y verdugo a la vez, amo y esclavo. Aquí no hay distinción entre libertad y violencia (…) La violencia sufre una interiorización, se hace más psíquica y, con ello, se invisibiliza. Se desmarca cada vez más de la negatividad del otro o del enemigo y se dirige hacia uno mismo”.
 Si bien a poco de ingresar a la tercera década del siglo XXI y con una revolución tecnológica a cuestas, nadie puede pretender que las relaciones laborales sean las mismas que antaño, el presunto oasis de sujetos libres que entran y salen de una aplicación, tiene más de necesidad y  violencia que de libertad, salvo que, claro está, la autoexplotación de un individuo arrojado a los márgenes del sistema sea interpretada como una decisión autónoma entre una importante gama de opciones. Es que en una sociedad donde no hay trabajadores y todos son empresarios de sí mismo la explotación no desaparece. En todo caso, cambia el explotador porque ya no es un otro sino el propio sujeto y lo que se mantiene constante es que el explotado sigue siendo el mismo aunque ahora, claro está, crea que es libre.