martes, 1 de enero de 2019

La peste en el siglo XXI (publicado el 27/12/18 en www.disidentia.com)


La primera rata muerta no hacía imaginar lo que le depararía a la ciudad. Pero en doce días la cantidad de ratas muertas había alcanzado las ocho mil y llegó el turno del primer humano contagiado. Los síntomas eran claros: alta temperatura, ganglios inflamados, miembros hinchados, manchas en el cuerpo y un dolor interno espantoso.
Pocos se animaban a decirlo pero había llegado la peste y como no podía ser de otra manera, quien cuenta la historia con presunta objetividad es un médico, el Doctor Rieux. Las muertes se sucedieron y con ello toda la organización social en nombre de la profilaxis: cuarentenas, aislamientos y ensayos. La administración declara el “Estado de Peste” y se cierra la ciudad.
Esta es la descripción del inicio de la trama de La peste, de Albert Camus, un texto publicado en 1947 y en el que está claro que el autor utiliza la peste como metáfora. ¿De qué? Es difícil pensar en otra cosa que no sea la ocupación nazi en el contexto de la segunda guerra mundial, a tal punto que hacia el final del libro, cuando la peste cesa, Camus indica que para los que habían quedado encerrados en la ciudad, “la verdadera patria se encontraba más allá de los muros (…) Todos los hombres habían terminado por adoptar el traje de papel que desde hacía mucho tiempo representaban: el papel de emigrantes, cuya cara primero y ahora sus ropas hablaban de ausencia y de la patria lejana. A partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad, no habían vivido más que en la separación, habían sido amputados de ese calor humano que hacía olvidarlo todo”.
Ahora bien, sin que haya ocupación extranjera, esta sensación de ajenidad, de separación de lo que es propio, de extrañamiento, es algo que sentimos muy a menudo cuando vemos la TV, leemos un diario, salimos a la calle o conocemos el resultado de las elecciones y nos damos cuenta que la mayoría votó al candidato que aborrecemos.
Es que la metáfora sirve para pensar aspectos de nuestra sociedad actual y sobre todo comportamientos humanos, demasiado humanos, frente a la adversidad.
De hecho, en La peste tenemos a aquellos que se la pasan elucubrando cuándo termina el desastre y a aquellos que tienen remordimiento por no poder recordar los gestos de la amante que ha quedado más allá de los muros de la ciudad; tenemos también a los que intentan escapar de la ciudad por desesperación y exponiendo al resto del mundo a la propagación de la peste, y a los funcionarios burócratas que siguen actuando como tal porque, si fuese de otro modo, no serían burócratas. A su vez, naturalmente, en el contexto de la peste, la policía se endurece y reprime a los que intentan escapar y todos se transforman en sospechosos. Es que el “Estado de Peste” se parece demasiado al “Estado de sitio”.
Pero había más: en las paradas de los servicios públicos la gente se daba la espalda para no contagiarse y el periódico más vendido fue el denominado Correo de la epidemia. Es de suponer, por cierto, que se vendía más por morbosidad que por la necesidad de estar al tanto de lo que era evidente.
Además, la superstición había reemplazado a la religión, la vida se desorganizó, aumentaron los precios y crecieron los desocupados. Esto hizo que se trabajara de cualquier cosa aun cuando esto conllevara peligro de muerte y que Camus, a través del Doctor Rieux dijera que “la miseria era más fuerte que el miedo”. Y sin embargo, la ciudadanía asistía a espectáculos, los cafés permanecían abiertos. Esa es quizás, la parte más dura de la novela, esto es, el reconocimiento de que las condiciones sociales pueden empeorar drásticamente y sin embargo todo puede seguir siendo igual ya que  finalmente nos vamos a acomodar a las peores condiciones.
Es que la peste no tenía que ver con situaciones arrebatadoras y disruptivas sino con una administración prudente e impecable. La burocracia funcionaba plenamente en medio de la peste. “Banalidad del mal”, le llamó alguien y Camus lo refuerza cuando afirma que “La peste no es una repentina hoguera sino un ininterrumpido pisoteo” y que “se había sacrificado todo a la eficacia”.
Por último, Camus indica que la peste suprimió los valores y que “sin memoria y sin esperanza, [los habitantes de Orán] vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes”.
Les comenté al principio que La peste era una gran metáfora de la ocupación nazi y ahora no logro darme cuenta si Camus hacía una descripción de la época o estaba anticipándose a muchísimos aspectos que en pleno siglo XXI se han naturalizado. Sin equiparar una situación con la otra, claro está, no resulta descabellado preguntarse desde cuándo el mundo presuntamente libre comenzó a parecerse tanto a un mundo asediado por la peste. 



martes, 25 de diciembre de 2018

¿Volver? ¿Para qué? (editorial del 23/12/18 en No estoy solo)


Se termina el que hasta ahora ha sido el peor año de la administración de Macri y aun cuando en el 2019, los dólares que adelantara el FMI pudieran evitar otra crisis macroecónomica, se descuenta que los cuatro años de Macri finalizarán sin ningún indicador que suponga una mejora respecto de 2015. Efectivamente, en año de elecciones, la mejor noticia que podrá dar el gobierno es, con suerte, que se está mejor que el peor año de los últimos quince.

De aquí es de suponer que la campaña de Cambiemos agitará fantasmas, girará en torno a valores, abundará en sloganes vacíos a los cuales nadie podría oponerse como “la lucha contra el narcotráfico”, y contará con el clásico de todo oficialismo: mostrar las obras y decir “ahora vamos por más”. Entiendo también que el gobierno hablará de “Seguir cambiando” porque el “Cambiemos” puede servir cuando querés decir que el problema es el oficialismo pero, cuando sos vos el oficialismo, el riesgo es que una ciudadanía capaz de morir de literalidad entienda que ahora, al que hay que cambiar, es a Macri.
Asimismo, en el gobierno se acentuará la victimización y la pasión por el comentario. Es que al gobierno las cosas le pasan, dice que quiere pero que no ha podido, que los problemas de los primeros dos años se debían a la herencia y que los problemas de los segundos dos años obedecen al temor de que regrese la dueña de la herencia. Es un gobierno espectador. Sin embargo, lo saben, claro, el discurso de la impotencia no se puede extender en el tiempo porque aún cuando la estigmatización hacia el espacio opositor le haya permitido al oficialismo seguir teniendo expectativas de cara a las próximas elecciones, la ciudadanía no votará impotentes indefinidamente.
En este sentido, en el oficialismo dirán que el verdadero gobierno de Macri es el que está por venir; que ya han acomodado los presuntos desajustes del kirchnerismo y que necesitan otros cuatro años para que la Argentina despegue de una vez. El segundo semestre será así, el décimo, aunque probablemente “segundo semestre”, más que una descripción basada en datos, pase a la posteridad como la frase que denota un progreso que se promete pero nunca llega. Parafraseando a Eduardo Galeano, para quien la utopía es como el horizonte, esto es, resulta inalcanzable pero sirve para que sigamos caminando, el segundo semestre en el macrismo, es la promesa de salvación que intenta convencer a la mayoría de la población que siga caminando aun cuando antes del horizonte lo primero que encuentre sea, probablemente, el abismo.     
Lo que sí ha perdido el oficialismo, y no creo que pueda recuperar, es el monopolio de la expectativa de futuro que tuvo incluso siendo gobierno. Y eso es un problema porque si en política no ofreces futuro es difícil que te voten. Es que la ciudadanía necesita, aun cuando sea una flagrante mentira, un ideal, alguien que le diga que algo va a cambiar porque en las sociedades actuales nos invitan a que todos formemos parte de alguna minoría indignada que pida que algo cambie. El malestar en la cultura está en carne viva y sobre todo es un malestar de la desjerarquización porque toda indignación y toda reivindicación vale lo mismo: es igual un señor amenazando con escrachar a un seguridad privado por no responder por qué el Papá Noel de un shopping se retiró diez minutos antes del horario indicado, que una movilización popular exigiendo alimentos después de que se conociera un aumento en la pobreza y la desocupación. Se trata de gente enojada por algo pidiendo cosas. Presentado así, el periodismo agradece, máxime si la noticia viene acompañada de un video casero.
Mientras tanto, los legisladores de todas las fuerzas políticas responden espasmódicamente a la agenda de las redes y los medios. Lo presentan como capacidad para dar cuenta de las demandas, como un intento de dar respuesta, y no es otra cosa que improvisación y puesta en escena para una opinión pública que la semana que viene se indignará por otra cosa. ¿Los legisladores de todos los partidos están bajo esta dinámica? Me temo que sí, incluso los legisladores que nos gustan. Es que de tanta corrección política, de tanta supuesta escucha, la política se olvidó de hablar y los dirigentes parecen haberse olvidado de dirigir.
E insisto en que esto es un problema de toda la dirigencia política. De hecho, en el ámbito de la oposición, lo único que se discute es si se van a juntar o si CFK se va a presentar. Nadie sabe para qué se juntarían, más allá de ganarle a Macri, lo cual, por cierto, claro está, no sería un objetivo menor y mejoraría la vida de mucha gente. Pero retomando lo dicho párrafos atrás: ¿qué propuesta de futuro brinda la oposición? ¿Alcanza con decir “venimos a acabar con uno de los peores gobiernos de la historia” y luego transformarse en comentaristas de los comentaristas que administran el Estado? ¿Alcanza con afirmar “venimos porque dijimos que íbamos a volver”, o ser dirigente supone además explicar para qué se quiere volver?

  

  

lunes, 17 de diciembre de 2018

Los políticos Superman y los políticos reparadores de bicicletas (publicado el 13/12/18 en www.disidentia.com)


En uno de los primeros programas del show televisivo Monty Python´s Flying Circus, estrenado hacia fines de los años 60 en la BBC, hay un sketch muy particular en el que todos los miembros de una comunidad son Superman y están vestidos con el traje característico tal como lo hemos visto en los comics y en las películas. La trama comienza a desplegarse cuando un grupo de Superman aguarda su turno en la lavandería a la cual han arribado en transporte público y un niño Superman les avisa que, en uno de los parques londinenses, un Superman se ha caído de la bicicleta y que ésta se ha averiado. El hecho genera una enorme zozobra pues evidentemente estos superhéroes eran capaces de hacer justicia y ocuparse de los grandes temas del mundo pero no eran capaces de arreglar una bicicleta. Sin embargo, en ese momento, uno de los Superman revela su identidad oculta: además de superhéroe él es un “Reparador de Bicicletas”. Todos los Superman observan con asombro a su nuevo héroe y se sorprenden cuando éste muda su clásica ropa azul y roja con la “S” en el pecho para vestirse con el overol manchado de grasa típico de los mecánicos. Y así se traslada hasta el lugar del accidente, donde lo esperaba un Superman incapaz de arreglar la bicicleta, para resolver el inconveniente con la frialdad de un técnico y el sentido del deber de todo hombre de bien.
En lo personal, creo que este sketch se puede utilizar como metáfora para describir el paso de los liderazgos políticos modernos a los de la posmodernidad. Pues como indican algunos gurúes, se habrían acabado los liderazgos clásicos del siglo XX, esos hombres que llegaban al poder siendo grandes oradores, aparentaban saberlo todo y construían sobre sí una épica y un gran relato. En este sentido, el siglo XX fue un siglo de líderes Superman, líderes omnipresentes, infalibles y omniscientes con los que el pueblo mantenía un vínculo emocional.
Pero el siglo XXI, -al menos eso nos dijeron y en parte se ha cumplido-, dio lugar a otro tipo de líderes. Son aquellos técnicos presuntamente pragmáticos, jóvenes, con cierto desprecio por la historia y las tradiciones políticas, que dicen que las discusiones son parte del siglo pasado y que aquí lo único que importa son los problemas de la gente. Son los “Reparadores de Bicicletas”, aquellos que ejercen un liderazgo horizontal, saben delegar y entienden que ya no hacen falta héroes sino hombres y mujeres que sepan trabajar en grupo y sean capaces de resolverles a los ciudadanos los asuntos de “todos los días”.  
Es que, aparentemente, la política de hoy ya no es la de las derechas y las izquierdas sino la de los temas pequeños, las microhistorias, como el arreglo de una bicicleta. Y puede que tengan razón. Sin embargo, del mismo modo que algunos se apresuraron a sentenciar el fin de la historia, a la luz de los últimos acontecimientos, los liderazgos políticos de los Reparadores de Bicicleta están siendo puestos en duda y enfrentan graves crisis en los países en los que les toca administrar. Asimismo, los liderazgos fuertes, al estilo Superman, tan propios del siglo XX, no han cesado si bien, por supuesto, es difícil encontrar en la actualidad líderes de la estatura y la potencia que tuvieron los grandes políticos del siglo XX, más allá de que éstos hubieran sido de izquierda, de derecha, de centro o que incluso hubieran llegado a la cima del poder a través de un golpe de Estado.
Entonces cabe subrayar que, del mismo modo que a poco de cumplirse 30 años de la caída del Muro de Berlín, nadie puede plantear la existencia de un mundo unipolar en el que han triunfado las instituciones de la democracia liberal, tampoco es posible afirmar que nos encontramos ante la hegemonía de este nuevo tipo de liderazgos por más que los gurúes de la comunicación política nos los quieran seguir vendiendo y aun cuando, efectivamente, en muchos países, ese tipo de perfiles ha obtenido buenos resultados electorales.
Así, parece que los Superman han vuelto y eso no es necesariamente malo, más allá de que habrá que estar atentos a la deriva autoritaria que pudiera tener alguno de ellos. En todo caso, habrá que evaluar caso por caso y quitarse el prejuicio aquel que indica que todo liderazgo fuerte deviene antidemocrático. Mientras tanto, lo que resulta claro, es que hay una importante porción de la ciudadanía en el mundo occidental a la que, evidentemente, ya no le alcanza con que le arreglen la bicicleta.  
      

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Democracias idiotas (publicado el 28/11/18 en www.disidentia.com)


Casi al estilo de esos programas televisivos de preguntas y respuestas, algunos días atrás, alguien me proponía un juego: ¿a que no adivinas quién pronunció este fragmento? Y el fragmento en cuestión era el siguiente: “Un ciudadano (…) no abandona los asuntos públicos para ocuparse solo de su casa, y hasta aquellos de entre nosotros que tienen grandes negocios están también al corriente de las cosas de gobierno. Miramos al que rehúye el ocuparse de la política, no como una persona indiferente, sino como un ciudadano peligroso […]. Es opinión nuestra que el peligro no está en la discusión, sino en la ignorancia; porque nosotros tenemos como facultad especial la de pensar antes de obrar”.


Reconozco que al mirar ese tipo de programas y jugar desde casa, nunca me destaqué. Si a esto le sumo una mala memoria para las frases, el juego estaba casi perdido pero la suerte y algo de deducción estaban de mi lado. Respecto de esta última, estaba claro que solo en la antigüedad podría considerarse peligroso a alguien que fuera indiferente a la política. A esa mínima orientación le siguió un vago recuerdo de haber utilizado ese fragmento en un libro y efectivamente era así. Se trata de un pasaje adjudicado a Pericles en algún momento de su gobierno de Atenas y veinticinco siglos después nos resulta sorprendente porque, para un antiguo, apartarse de la cosa pública implicaba renunciar a formar parte del derecho a tomar las decisiones como miembro de la comunidad.
Pero si bien naturalmente, en Atenas, la mayoría buscaba ser reconocido como ciudadano, también es verdad que existían hombres que preferían ocuparse enteramente de sus asuntos privados. A ellos se los definía con un término preciso bien conocido por nosotros. Eran “idiotas”. Sí, el prefijo “idio” que compone muchísimas de las palabras que utilizamos y designa a “lo propio”, permite comprender que el idiota en Atenas era aquel que estaba metido en sus propios asuntos. Con el correr de los siglos, el sentido peyorativo del término se sostuvo pero su significando se fue modificando y hoy lo concebimos como sinónimo de alguien con poca inteligencia. De aquí que en pleno siglo XXI difícilmente llamemos “idiota” a quien anda en sus propios asuntos o se desliga de lo público. Más bien, todo lo contrario: es tonto el que se ocupa de lo público y astuto y exitoso (a veces) el que solo se ocupa de sí mismo.
Pero a este fenómeno que es el corolario de varios siglos de florecimiento de concepciones individualistas que en casos extremos tienen aversión a todo aquello vinculado al Estado, debemos agregarle una novedad que no ha irrumpido de repente pero se viene repitiendo con más asiduidad en los últimos años. Me refiero al hecho de que además de haber dejado de considerar un peligro a aquel que se desliga de lo público, hoy no solo lo celebramos sino que consideramos que ese individuo es la persona indicada para la administración de lo público. Basándose en toda una serie de premisas y analogías falsas, como aquella que afirma que un empresario exitoso tendrá éxito administrando un país, buena parte de las sociedades del mundo, por distintas razones, están eligiendo “idiotas” en el sentido clásico del término, para que administren lo que es de todos. A este fenómeno lo he bautizado “democracias idiotas” y, por supuesto, no tiene que ver con que la ciudadanía se haya vuelto imbécil de repente. Con todo, no deja de sorprender cómo grandes mayorías consideran que los mejores administradores de lo común pueden ser hombres y mujeres que muchas veces abiertamente expresan un desprecio por aquello que es común y que hacen campaña prometiendo la reducción a su mínima expresión de lo que es de todos.   
Lo cierto es que los que votan idiotas celebran cuando el idiota rebaja impuestos pero luego se molestan cuando el Estado, al que consideran, por definición, corrupto, no les da la cobertura que dicen merecer. Así, el ciudadano que vota idiotas exige que el Estado no se entrometa pero también quiere educación y atención médica públicas de calidad, no ver pobres en las esquinas, cobijar extranjeros, pasear seguro por el barrio y jubilarse pronto con una asignación que le permita vivir de turista sus últimos años. Y el gobernante idiota, por su parte, cuando nota que gobernar un país no es gobernar una casa ni una empresa, no revisa su modelo sino que, como suele pasar, se molesta con el país, con sus ciudadanos y, sobre todo, con la realidad. Se puede apreciar, entonces, que resultan bastante conflictivas las democracias idiotas, más por idiotas que por democráticas.
Con todo, quiero hacer un último señalamiento a modo de resumen y como corolario. Y no se trata de un mero juego de palabras. Es que si se observa bien, en la antigüedad, como indicaba Pericles, la indiferencia del idiota era peligrosa y naturalmente ninguna mayoría lo elegiría para administrar la cosa pública. En la actualidad, en cambio, la situación es inversa y se dan dos fenómenos que unidos son peligrosos: por un lado, las grandes mayorías eligen idiotas para que los gobiernen y, por otro lado, a esos idiotas lo público ya no les resulta indiferente.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Cristina: pueblo, pañuelos y peronismo (editorial del 25/11/18 en No estoy solo)


Advertencia: las siguientes líneas contienen escenas de peronismo explícito tal como fueron expresadas por la expresidente CFK en el Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico organizado por CLACSO y que se desarrollara entre el 19 y el 23 de noviembre. Es que, efectivamente, en el marco de un espacio con características algo más académicas, CFK avanzó en una serie de conceptos caros a la tradición peronista que en algunos aspectos genera tensión con categorías, prioridades y urgencias de las perspectivas que forman parte del kirchnerismo y abrevan en el liberalismo político y en las izquierdas.
La intervención de la expresidente comenzó haciendo énfasis en la noción de pueblo, categoría que podemos rastrear hasta el romanticismo del siglo XIX pero que en Argentina ha sido apropiada por el peronismo, tal como aparece en distintas intervenciones de Perón entre las cuales podemos destacar La comunidad organizada y el Modelo argentino para el proyecto nacional, por citar dos textos emblemáticos que vieron la luz con 25 años de diferencia. A su vez, naturalmente, el peronismo no nació de un repollo y es en la Doctrina social de la Iglesia donde explícitamente se pueden encontrar antecedentes de esta cosmovisión. Allí, para no remontarnos tan atrás, se sugiere repasar las encíclicas de Francisco o un discurso de Bergoglio del año 2010 que fue publicado bajo el título Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo.
Por otra parte, la noción de pueblo es reivindicada por teóricos populistas neomarxistas como Ernesto Laclau para quien la política es disputa y el pueblo se constituye frente a un otro a partir de un liderazgo capaz de unificar distintas demandas insatisfechas. Doctrina social y perspectiva laclausiana no son lo mismo pero, naturalmente, hay vasos comunicantes entre ellas y ambos puntos de vista conviven en el kirchnerismo.
En este sentido, y ante las acusaciones de populismo, CFK pareció aceptar el convite y reivindicar una noción de pueblo que no sea de izquierda ni de derecha para enfrentar al neoliberalismo. Este aspecto sorprendió a algunos porque todos sabemos que los que llaman a superar las izquierdas y las derechas, son de derecha. Pero en el caso de CFK cabe contextualizarlo porque está hablando desde el peronismo, un movimiento policlasista y transversal que incluye dentro de sí visiones más a la derecha o más a la izquierda pero que lo que tiene bien en claro es que la disputa actual y de siempre –al fin de cuentas, el corazón de la doctrina peronista-, es la del capital versus el trabajo. En este punto, quizás atenta al resultado de las urnas en Brasil con un PT cuya agenda se inclinó más hacia las temáticas de las minorías que a las de los trabajadores, CFK advirtió que dentro del espacio hay pañuelos verdes pero también pañuelos celestes. De esta manera dejó bien en claro que el adversario es el capital antes que la iglesia, el patriarcado y el varón blanco heterosexual. Esta idea es coherente con lo que la misma CFK afirmara el día de la votación del proyecto de IVE cuando indicó que al proyecto nacional, popular y democrático había que llamarlo también “feminista”, lo cual, en algunos casos, fue interpretado incorrectamente porque desde el punto de vista de CFK, la explotación sobre la mujer es una subcategoría de la explotación. En palabras de la propia expresidente: “hay dentro de la explotación de los trabajadores, del capital sobre el trabajo…una subcategoría de explotación. [Porque] un trabajador es explotado pero una mujer trabajadora es más explotada”.  
Esto no hace menos grave a la explotación sobre la mujer y hasta puede que CFK esté equivocada pero eso es lo que piensa ella y, desde mi punto de vista, que también puede estar equivocado, claro, resulta coherente con la tradición peronista. En este sentido, CFK se distancia de este giro que han dado las izquierdas en la Argentina y en el mundo por el cual la principal divisoria de la sociedad es el género y la agenda de la lucha es la de distintas minorías que, en muchos casos, se definen en torno a su sexualidad. Durante el gobierno de CFK se tomó la decisión de no avanzar en la discusión sobre el aborto pero se sancionó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género gracias a que el partido gobernante lo impulsara y lo militara. Sin embargo, el peronismo entiende que esas conquistas son parte de un proyecto emancipador cuyo sujeto es el pueblo y no una minoría en particular. No es esa una diferencia menor.
Insisto en que se puede no estar de acuerdo pero cuando desde la izquierda se acusa al peronismo de ir de la mano de sectores conservadores en el formato de “pañuelos celestes” bien se puede responder que si la grieta es la reivindicación de género y no el capital versus el trabajo, se llegará a la incómoda situación de estar del mismo lado de Fernando Iglesias o Silvia Lospennato, por citar solo dos ejemplos de legisladores que apoyaron el proyecto de IVE pero luego votaron todos los ajustes del modelo neoliberal de Cambiemos. Asimismo, a esos sectores de izquierda se les podría mostrar con ejemplos como los de Francia con Le Pen, Estados Unidos con Trump y Brasil con Bolsonaro, que los trabajadores y los sectores populares no se han vuelto fascistas de repente sino que, quizás, perciben que sus intereses no están representados por la agenda de las minorías en la que coinciden desde el progresismo demócrata estadounidense hasta partidos de ultraizquierda que hasta hace algunas décadas hicieron la vista gorda ante las persecuciones que sus gobiernos y sus partidos hicieron sobre mujeres y gays en sus propias filas y en sus propios países. Una vez más, no celebro esta situación, solo la diagnostico porque observo que hay sectores importantes de la sociedad que no están de acuerdo y no consumen la agenda de Netflix y Hollywood. Muchos dirán que hay que luchar para que esto deje de ser así, y quizás tengan razón, pero hoy es así.      
En suma, el debate es interesantísimo y expone las tensiones al interior del kirchnerismo y el panperonismo como así también una particular obsesión culpógena de cierta militancia kirchnerista juvenil, urbana, universitaria y psicoanalizada a la que le incomoda ser corrida por izquierda y que parece más preocupada por responder a las exigencias de la agenda del trotskismo que a una porción enorme del electorado y del pueblo con el que quizás no se pueda coincidir en una agenda progresista completa. Sin embargo, no se debe pasar por alto, que ese mismo sector del electorado, con una conducción política adecuada, también supo acompañar la sanción de leyes importantísimas celebradas por colectivos de mujeres, indígenas y minorías sexuales que antes de la larga década kirchnerista hubieran sido inimaginables.
Se acercan las elecciones y nadie está en la cabeza de CFK pero a juzgar por este discurso, que luego habrá que confirmar si se transforma en acciones concretas, la expresidente entiende que para darle la disputa al neoliberalismo y para que el Estado pueda tener respuesta a las exigencias de las diversas minorías, antes que nada, hay que ser mayoría.