domingo, 26 de marzo de 2023

Una democracia para peces (publicado el 19/3/23 en www.theobjective.com)

Especialmente cerca de las elecciones, es natural que toda la dirigencia política esté pendiente de sacar su tajada de cualquier evento, desde los más importantes hasta los más nimios. Moción de censura, políticos con salarios altísimos que se benefician de un bono eléctrico, manifestaciones contra la política sanitaria en Madrid, un nuevo exabrupto de Podemos, etc. Este es apenas un pequeño listado de la agenda pública de un periódico español de los últimos días sobre el cual los políticos especulan para obtener votos invirtiendo en ello energía, tiempo y dinero (que muchas veces solo la energía y el tiempo sean propios, es otro asunto).

¿Pero qué hay si les dijéramos que por más relevancia que el tema posea, por más escándalo que éste genere, estamos ante el desafío de satisfacer las demandas y las necesidades de una población incapaz de mantener un mínimo de atención?

El dato es mencionado en el libro La civilización de la memoria de pez, publicado en 2019 y perteneciente al periodista francés, especialista en comunicación, Bruno Patino, el cual ha tenido una suerte de secuela que ha sido lanzada al mercado en español apenas algunas semanas atrás.

El particular título del libro se relaciona con dos descubrimientos: el primero es que, según el autor, un pez es incapaz de fijar su atención por más de 8 segundos, lo cual significa que tras ese tiempo su universo mental se reinicia y su experiencia se renueva.

Si para el lector común este dato es motivo de curiosidad y una razón para apiadarse, mi sugerencia es que no se apresure porque Google ha descubierto la cantidad de tiempo promedio de atención que poseen las nuevas generaciones de humanos, esto es, aquellas para las cuales el teléfono móvil no es otra cosa que una extensión de su cuerpo.

¿Una hora? ¿10 minutos? Nada de ello. Apenas 9 segundos, es decir, un segundo más que la capacidad de atención de la que dispone el pez. A partir de ese momento, dice Patino, “nuestro cerebro se desengancha. Necesita un nuevo estímulo, una nueva señal, una nueva alerta, otra recomendación”. Para ser justos, ni siquiera hace falta ir a comprobarlo: simplemente observemos cómo nos hemos vuelto máquinas multitareas, adictas a la novedad, clicando desesperadamente en busca de la última noticia, un nuevo like, la próxima oferta.    

La civilización de la memoria de pez es un libro sobre lo que se conoce como la economía de la atención, elemento esencial para una etapa del capitalismo en la que la mercancía son los datos y la velocidad es todo.

La atención es un elemento que atraviesa todos los órdenes y para graficarlo podemos mencionar uno de los ejemplos que indica el libro a propósito de la industria discográfica: si antes una banda luchaba por vender un disco, desde la existencia de Spotify, el mayor logro es que el usuario se sostenga más de 11 segundos escuchando una canción. ¿Usted logra escuchar una canción hasta el final? Lo envidio.

Ahora bien, en este contexto las preguntas surgen a borbotones: ¿cómo hacer política en estas condiciones? ¿Es posible una democracia para “peces humanos” al menos en el sentido que hemos conocido la democracia hasta ahora? ¿Qué lugar queda para los grandes debates, los acuerdos, los proyectos a largo plazo y las decisiones racionales si todo es un aquí y un ahora, un presente absoluto?

Alguno de ustedes dirá: es que la política ha dejado hace tiempo de ofrecernos grandes debates, acuerdos, etc. Y es verdad. Incluso se trata de una tendencia que comenzó bastante tiempo antes de que nuestras vidas estuvieran atravesadas por prótesis tecnológicas, ordenadores e inteligencia artificial. Agreguemos a esto que, a su vez, asistimos a un tiempo en que esas generaciones de nativos tecnológicos ya ocupan espacios de decisión con lo cual no solo los electores están necesitados de nuevos estímulos, sino que son los gobernantes los que sucumben a este ritmo frenético y delirante de consumo que confunde lo nuevo con lo bueno. Por cierto, ¿cómo no va a ponerse de moda modificar la historia si la estamos reescribiendo para una generación que a los 9 segundos ya ha cambiado el foco de atención?

Para concluir, y a propósito de peces, viene a mi mente el principio de aquel famoso discurso de graduación 2005 para los alumnos de Kenyon College que brindara el escritor estadounidense David Foster Wallace y que luego fuera publicado bajo el título Esto es agua:

Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice, “Buen día muchachos, ¿Cómo está el agua?” Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta: “¿Qué demonios es el agua?”

Foster Wallace utiliza este ejemplo para ilustrar cómo lo más obvio, aquello que nos rodea y que nos es común, se naturaliza de tal modo que pasa desapercibido. Los dos peces jóvenes nunca se preguntaron cómo estaba el agua porque para ellos resultaba simplemente algo dado, incapaz de ser revisado o de transformarse en un objeto de estudio.

Me pregunto entonces si la política está tan ensimismada como para no darse cuenta el contexto que estamos atravesando como civilización y cuáles son los desafíos inmediatos de sociedades cada vez más fragmentadas, más impacientes y más intolerantes aun cuando la intolerancia de moda sea una intolerancia “buenista” al servicio de un mercado de minorías y victimismo.      

Si ha llegado hasta aquí sin distraerse, significa que usted es una rara avis que ha sabido resistir los estímulos de la disputa por su atención. De modo que no sería extraño que próximamente sorprenda a alguien preguntando cómo está la democracia. Pero no se ilusione puesto que, frente a ello, en el mejor de los casos, le preguntarán qué demonios es la democracia y cualquiera sea su respuesta, será olvidada en 9 segundos.

   

 

 

 


domingo, 19 de marzo de 2023

La irrealidad (publicado el 16/3 en www.disidentia.com.ar)

 

Si ya es un lugar común decir que las categorías de derecha e izquierda son incapaces de explicar la gran mayoría de los fenómenos de la política en la actualidad, otro tanto deberíamos decir de nociones caras al periodismo como objetividad, fuentes confiables, verdad, contrato con la audiencia, etc., todas ellas sacrificadas ante el nuevo modelo de negocios del clickbait.

Como ustedes saben, el clickbait es una técnica de manipulación para atraer a los usuarios, muchas veces con títulos sensacionalistas o con encabezados que no informan, sino que funcionan como una suerte de adivinanza cuya resolución podremos descubrir ingresando al artículo. Algunos sitios web han hecho de este formato un culto pero incluso en plataformas profesionales de noticias su utilización es cada vez más frecuente: “Entró a su casa y vio lo que nunca imaginó” es uno de los tantos ejemplos en los que el lector, atravesado por la curiosidad, ingresa al link, y puede encontrar allí desde la historia de una joven que subió un video a tiktok mostrando cómo el perro le comió una zapatilla en su casa en Alabama, hasta la replicación de una nota de un presunto medio de noticias de la India indicando que una anciana fue testigo de cómo unas hormigas gigantes estaban llevando un plato de arroz hasta su hormiguero. Cualquier cosa. Pero si hay click hay monetización.

Indagar en las causas de este proceso es más difícil que describirlo, pero convengamos que cuando la velocidad reemplazó a la verdad, el modo de hacer periodismo cambió y el servicio de brindar información veraz y objetiva fue reemplazado por el de brindar contenido con rapidez. No importa cuál. Solo importa que sea rápido.

A propósito de ello, un libro al que suelo recurrir cada vez que investigo sobre estas problemáticas, es el de Ryan Holiday, titulado Confía en mí, estoy mintiendo. El subtítulo, como debe ser, es bastante ilustrativo: Confesiones de un manipulador de medios. Efectivamente, eso es Holiday y en este libro publicado hace ya 10 años, explica las diversas técnicas que ha utilizado para manipular la opinión pública aprovechándose de este modelo de negocios “a merced de fraudes, exageraciones, falsificaciones y otros mil delitos contra la verdad”.

A lo largo del libro, Holiday cuenta cómo incide en las guerras por la edición de los perfiles de Wikipedia manipulando estos a favor o en contra de un personaje o de una empresa; el modo en que hace circular falsos rumores o denuncias falsas a través de redes o incluso de periodistas que, a veces sin mala fe, las replican; cómo extorsionaba a los afectados sabiendo que lo peor que podían hacer ante las falsas acusaciones era responder a las mismas, etc. La lista de manipulaciones es infinita y más allá del arrepentimiento del protagonista, lo que resulta más interesante son los aspectos conceptuales por los cuales él considera que este tipo de prácticas ni siquiera son funcionales al modelo, sino que directamente son el modelo actual de la información.

Entre los interesantes aportes, por motivo de espacio, me centraré en lo que Holiday llama “periodismo iterativo”. Según el autor, el periodista iterativo “alza las manos, afirma carecer de información e informa cualquier cosa que haya oído como si fuera una noticia”.

Para fundamentar su posición, entrevista a lo largo del libro a los dueños y/o referentes de algunas de las más importantes plataformas de noticias del mundo cuyas opiniones podemos resumir en este párrafo:

“Como afirmó Jeff Jarvis: ‘Online, solemos publicar primero y revisar después. La gente de la prensa ve sus artículos como productos acabados de su trabajo. Los blogueros ven sus posts como parte del proceso de aprendizaje”.

Aclarando que por “blogueros” aquí deberíamos entender “periodistas de plataformas online”, concluyamos el pasaje citado:

“Este ‘proceso de aprendizaje’ no es una búsqueda epistemológica. Dejando artimañas de lado, Michael Arrington, de TechCrunch, lo dice sin rodeos: ‘Hacerlo bien es caro; hacerlo primero es barato’”.

Este punto es esencial porque aquí aparece la variante de la precarización laboral del periodista: los costos no cierran de modo que es necesario cada vez menos mano de obra y más barata, al menos hasta que la inteligencia artificial pueda hacer circular sus propios rumores y operaciones de prensa. Esta circunstancia sumada a una competencia feroz contra otras plataformas y contra usuarios que hacen las veces de periodistas o simplemente comparten algo con valor informativo, es lo que explica que hacerlo primero sea más barato aunque en ese apuro se esté sacrificando todo lo que debería importar al momento de brindar una noticia.

El ejemplo más burdo de esta dinámica es la nueva moda de “notas en proceso”, lo cual no es otra cosa que el reconocimiento de que se está publicando algo lo más rápido posible sin tiempo físico para chequear las fuentes y por el solo hecho de llegar primero no se sabe bien a qué, porque a la verdad se suele llegar tarde decía algún filósofo por allí.

Esto es, además, muy peligroso porque como el propio Holiday indica, hay numerosos estudios que muestran que una gran mayoría de los usuarios son proclives a reproducir la primera versión de una noticia antes que su eventual rectificación, máxime si la primera versión es una denuncia contra alguien o contra una empresa. Esto a su vez se complementa con la institucionalización del rumor como elemento noticiable, a veces ni siquiera utilizando el potencial sino el “las redes sociales se hicieron eco de…”. No importa el contenido. La noticia es el rumor. Luego opera lo que Holiday magistralmente explica en una frase: “‘Es posible que’ se convierte en ‘es’, el cual a su vez se convierte en ‘ha sido’”.    

Si a esto sumamos que hoy tiene buena prensa estar informado, pero, por tal, se considera conocer los títulos de las principales noticias que el algoritmo nos ofrece, el panorama es sombrío.

Efectivamente, el estar informado hoy es disponer de un título para indignarse en una conversación de ascensor como quien se indigna del estado de clima, sea porque hace mucho calor, mucho frío o no llueve. La publicación en forma de post en las redes sociales es una de las formas en las que las nuevas generaciones realizan su conversación de ascensor sin salir de su casa. Es su posibilidad de decir “qué barbaridad” sin la interacción de miradas y cuerpos reales, lo cual para las nuevas generaciones es siempre un potencial peligro y una fuente de ansiedad.

Por último, está la famosa cuestión del huevo o la gallina: ¿los medios determinan los deseos de su audiencia o son estos últimos los que acaban “moldeando” los medios que van a satisfacerlos. Holiday tiene una respuesta para ello: “el periodismo de visitas de página trata a las personas según lo que aparentan querer (…) y les da esto y solo esto hasta que olvidan que podría haber algo más. Toma el peor aspecto del público y lo empeora. Y luego, cuando los critican, los editores levantan las manos como queriendo decir: ‘También nosotros querríamos que a la gente le gustara un material mejor’, como si ellos no tuvieran nada que ver en ello”.

Dado que el criterio para evaluar una noticia no está relacionado con la verdad o con la imparcialidad sino con el hecho de que sea una noticia que nos haya llegado antes que otra, es natural que los sentimientos de la audiencia se dividan entre la credulidad de los que no han reparado en la dinámica de este dispositivo y los completamente escépticos, que como el mítico Sísifo, realizan un esfuerzo inútil por alcanzar algún grado de realidad externa al circuito infinito de opiniones, rumores, operaciones, trolls y fakes.

A propósito de esto, finalicemos estas líneas con un por demás elocuente último pasaje de Holiday:

“Cuando las noticias se deciden, no por lo que es importante, sino por lo que los lectores clican; cuando el ciclo es tan rápido que las noticias no tienen más remedio que ser sistemática y regularmente incompletas; cuando unos escándalos dudosos fuerzan a políticos a dimitir y lastran las opciones en las elecciones, o eliminan millones de capitalización de mercado en empresas (…), ‘irrealidad’ es la única palabra que define la situación”.

 

    

 

lunes, 13 de marzo de 2023

El fantasma trans en la máquina (publicado el 11/3/23 en www.theobjective)

 

Un fantasma recorre Occidente: el fantasma del transgenerismo. Así podría rezar un eventual manifiesto queer para este siglo XXI donde las antiguas disputas se resignifican.

Si nos centramos en el caso español, junto a la ley del “solo sí es sí”, la denominada “ley trans” es una de las iniciativas gubernamentales que más controversia viene generando, tal como ha quedado evidenciado este último 8M en el que dos bloques claramente diferenciados hicieron oír sus reivindicaciones. Si bien como sucede en otras partes del mundo, la agenda LGTB+ ha sido criticada por sectores de derechas, lo cierto es que, tal como reflejara Marcos Ondarra en The Objective apenas unas semanas atrás, https://theobjective.com/espana/politica/2023-02-05/informe-trans-multiplicado-espana/ , son sectores feministas los que más advertencias están realizando sobre la incentivación a la hormonización temprana y sobre lo que eventualmente sería una suerte de sobrediagnóstico o, según ellas, un fenómeno de posible contagio social que se evidenciaría en comunidades donde las consultas de personas trans habría aumentado hasta un 10000% en 5 años.

Según estas organizaciones feministas, este fenómeno sería parte de una tendencia hacia el “borrado” de las mujeres que se observaría en toda una terminología que ha subsumido a las mujeres biológicas a categorías tales como “cuerpos gestantes” y/o “cuerpos menstruantes”, nociones que apenas unos años atrás habrían sido consideradas insultantes y que, paradójicamente, en tiempos donde todo es una construcción social, suponen un reduccionismo ramplón a categorías biologicistas.  

Dicho esto, quisiera dar un paso más allá para hacer énfasis en un elemento que suele pasarse por alto en el debate. Me refiero a la que finalmente es la base, llamemos, “filosófica” del asunto, esto es, la idea de que la identidad de las personas depende de su autopercepción: se es lo que cada uno percibe ser.

El hecho de que el criterio último para determinar lo que somos sea estrictamente subjetivo, surge de ciertas particulares relecturas de autores franceses y posestructuralistas no siempre del todo bien realizadas, por cierto. Pero también tiene antecedentes en el romanticismo y, sobre todo, en Descartes, el pensador acusado de ser “el creador del yo moderno” a partir del famoso “pienso, luego existo”.

Ahora bien: ¿alcanza que una mujer biológica se sienta varón para que sea un varón? La novedosa teoría queer diría que sí porque, al fin de cuentas, el género es una construcción social y en tanto tal se podría, para decirlo en los términos de moda, “deconstruir”.

Llegados a este punto aparecen algunas objeciones obvias. Por ejemplo: ¿por qué no admitir la autopercepción como criterio al momento de definir la raza/etnia, la edad y hasta incluso la nacionalidad? En otras palabras: ¿por qué es posible nacer biológicamente varón y autopercibirse mujer pero no es posible nacer blanco y autopercibirse negro (y viceversa)? Al fin de cuentas, si la biología no va a cumplir ningún rol, la raza/etnia sería otra construcción cultural pasible de ser “deconstruida”. Lo mismo sucedería con la edad, elemento que más allá del dato “objetivo” de las vueltas que da la Tierra alrededor del sol, está cargado de aspectos culturales y simbólicos enormes en torno a qué es ser un niño, un joven, un adulto y un viejo. Por último, ¿hay algo más político que la nacionalidad? Sin embargo, al menos hasta ahora, la agenda progresista no acepta el criterio de autopercepción para estos otros aspectos que también resultan determinantes para la identidad de las personas.

Con todo, todavía no hemos llegado al punto central: se dice que la subjetividad de las personas está determinada por múltiples dispositivos opresivos entre los que se puede mencionar el género pero también la clase social, la raza, etc. Esto significa que nuestro yo y nuestras decisiones están atravesadas por estos dispositivos por más que no seamos conscientes de ello. Marx, Nietzsche, Freud, Foucault, etc. son algunos de los grandes pensadores que observaron esto de una u otra manera desde sus propias teorías e hicieron grandes aportes en ese sentido. Sin embargo, la autopercepción respecto al género parece no estar sujeta a las determinaciones. Es como si de repente nuestro yo se despegara de sus ataduras y de sus condicionamientos para elegir completamente libre de su cuerpo y de su historia, en este caso, su género.

La identidad de género aparece así como una suerte de epifanía independiente de la materialidad del cuerpo, una revelación metafísica que irrumpe y que no admite determinaciones históricas; o, lo que es peor: una suerte de fantasma que está detrás del yo condicionado y que de repente se despoja de todo “rebelándose para revelarse”.

Esta idea de una identidad que prescinde completamente de la biología, nos remonta como mínimo al famoso dualismo del antes mencionado Descartes, el cual, como ustedes recordarán, afirmaba la existencia de dos sustancias completamente separadas: lo que podríamos llamar “el alma” o “la mente” (la “res cogitans”), y el cuerpo (la “res extensa”). La primera es esencial para determinar la identidad de la persona y es el yo el único que puede tener acceso privilegiado a esos procesos mentales; en cambio, el cuerpo está sometido a las leyes mecánicas de la física y no es más que una suerte de máquina que debe ser “animada” por el alma/la mente. Sobre esta base es que, de la mano de Gilbert Ryle hacia fines de los años 40, se dice que para Descartes el alma es una suerte de “fantasma en la máquina” y es esto lo que parece estar en los fundamentos de la teoría queer sin que muchos lo hayan observado.    

Es más, en un tiempo donde se dice que Trump y Bolsonaro solo pueden ganar gracias a la manipulación realizada a través de fake news, la autopercepción para elegir el género permanece intocable y es incontrovertible. Nada ni nadie condiciona ni es capaz de manipular esa decisión; el yo puede equivocarse siempre salvo cuando “decide” qué es.

El género, para una pensadora de la línea queer como Judith Butler, es una construcción sedimentada originada en una repetición de performances determinadas por el heteropatriarcado pero, de repente, como se puede observar en una noticia que ha circulado esta semana en diversos medios españoles, un nene de 4 años cuyos padres dicen que actúa como mujer desde los 2 años, es acompañado a transicionar por unos progenitores que dan por hecho que las manifestaciones de un ser humano de esa edad deberían ser controvertibles, salvo en lo que respecta a la identidad de género. ¿De dónde apareció ese yo en forma de “niña oculta” tan “claro y distinto”? No lo sabemos.

Para concluir, entonces, nada de lo dicho aquí debiera entenderse como un argumento en contra de los derechos de las personas que forman parte del colectivo LGBT+; menos aún se trató de una reivindicación de la biología sin más por la sencilla razón de que entendemos que la biología no puede explicarlo todo y especialmente porque, dicen, la biología se volvió de derechas. Simplemente se intentaron plantear algunas de las dificultades al momento de la justificación de la autopercepción como criterio definitivo; dificultades teóricas que, naturalmente, la política pasa por alto en su afán de sacar tajada apremiada por los tiempos electorales pero que es probable que a la larga vayan en detrimento de los sectores a los que se ha intentado ayudar.

Un fantasma recorre Europa. Quitémosle la sábana y veamos quién está detrás.   

 

Censura, pastillas y policía de la memoria (publicado el 2/3/23 en www.theobjective.com)

El escándalo generado a partir de la decisión de Puffin Books de reescribir pasajes de la obra de literatura infantil de Roald Dahl que pudieran herir la susceptibilidad de alguna minoría, sigue sumando capítulos en los últimos días. Es que a la crítica contra la medida, lanzada incluso desde las tribunas de medios progresistas, le siguió la reacción rápida de Alfaguara informando que la edición en español no tendrá cambio alguno. Pero esto no fue todo: en las últimas horas, y tras la intervención en el debate público del propio primer ministro británico, Rishi Sunak, y hasta de la mismísima reina consorte, Camila Parker Bowles, Puffin resolvió avanzar en una suerte de decisión salomónica, esto es, la publicación de dos ediciones: la original inalterada y una segunda con reescrituras que, más que para niños, parece dirigida a adultos infantilizados.

Para quienes no están al tanto de la controversia, el sello británico Puffin Books sometió a la obra de Roald Dahl al “tribunal de lectores sensibles”, aquellos que antes solíamos llamar “censores” pero que ahora llamamos “sensibles” por ser de izquierdas. Estos lectores se ocupan de evaluar frases o palabras que van en contra del canon neopuritano de las políticas identitarias y, para el caso de Dahl, decidieron, según transcendió en distintos medios, que el personaje obeso de Charlie y la fábrica de chocolate ya no sería nombrado como “gordo” (fat) sino que solo sería “enorme”. Asimismo, el personaje de Mrs. Twit dejó de ser “fea y bestial” (ugly and beastly) para ser apenas “bestial”; por si esto fuera poco, en otro de los libros, en un pasaje que refería a una “extraña (weird) lengua africana” se eliminó la palabra “extraña”, y los términos “loco” y “desquiciado” se quitaron de todos los textos. La lista es mucho más extensa y despierta entre incredulidad e hilaridad.

Dicho esto, la decisión de la editorial de publicar dos ediciones puede ser útil para hacer énfasis en dos aspectos caros a nuestro tiempo sobre los que quisiera profundizar.

El primero apunta al insólito error de interpretación que los referentes de estas políticas minoritarias hacen de ciertas teorías filosóficas cuando, partiendo de la idea de que nuestra percepción del mundo está atravesada por el lenguaje, infieren de allí que lo único que hace falta para cambiar el mundo es cambiar el lenguaje. La revolución material de antaño deviene batalla cultural por cómo hablamos; de la revolución del proletariado a la revolución de los pronombres.      

Pero para comprender mejor este fenómeno, y más allá de las distopías clásicas como las de Orwell o Bradbury que de alguna manera han hecho énfasis en el modo en que gobiernos autoritarios actúan sobre el lenguaje, hay una novela más actual que puede ser útil. Me refiero a La policía de la memoria, de la japonesa Yoko Ogawa, en la que el gobierno dictatorial de una isla decide por decreto la eliminación de cosas: el olor a perfume, los pájaros, una flor, los barcos, las novelas, etc. Para hacerlo bastaba con la decisión gubernamental de eliminar el vocablo en cuestión para que la realidad ceda porque sin palabra, no hay cosa. El mecanismo era tan directo que en un pasaje la madre le explica a la protagonista: “Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás ni dolor ni fatiga. Una mañana, un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y entonces solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior”. 

El punto es que, por alguna razón, existe gente en la isla que tiene memoria y hace que los objetos que el gobierno pretende eliminar todavía persistan en ella. De aquí que exista una “policía de la memoria” encargada de hacer “inspecciones de recuerdos” para controlar que todos olviden las palabras seleccionadas. El buen ciudadano es, de esta manera, aquel que aprende a olvidar. 

Pero el segundo aspecto en el que quería adentrarme es que esta pasión moralista por un “hablar correcto” en el que hay que cuidar que nadie se ofenda, no nos está llevando a una sociedad más amable e igualitaria sino a una más hipócrita. Esto tiene que ver con el profundo hiato que se está produciendo entre los discursos en privado donde la gente, en confianza, piensa y dice lo que quiere, frente a una protocolizada y sobremoralizada discusión pública donde la decisión más sensata es la autocensura.

De hecho, y ya que hablamos de un mundo de ficción frente a uno real, con esta decisión de desdoblar las ediciones, Puffin Books hace realidad aquella famosa escena de Matrix en la que el protagonista debe decidir entre tomar dos pastillas: la azul, que le permitirá continuar en ese cómodo mundo de ficción que cree verdadero pero donde no habría gordos, feos ni locos; o la roja, aquella que lo llevará a enfrentarse con una verdad seguramente más incómoda, salvaje y desigual en la que eventualmente ofenderá y será ofendido. En este sentido, bien podríamos permitirnos sugerir a los amigos de Puffin Books que la edición original sin censura tenga una tapa roja mientras que la edición para adultos infantilizados tenga una cobertura azul como para evitar que algún lector desprevenido se enfrente a la traumatizante situación de saber que un personaje es “feo”.     

Para finalizar, entonces, y que quede entre nosotros, invitaría a los lectores a que escojamos siempre la verdad aun cuando ésta no nos agrade. Con todo, en el caso de que continuemos en esta burbuja creada por una cultura que mayoritariamente prefiere la comodidad de la pastilla azul, tendremos el beneficio de estar un poco locos,   comer sin culpa esos dulces y no prestar atención a nuestras narices desproporcionadas ni a los tejidos vencidos por la ley de gravedad. Es que en un mundo sin locos, gordos ni feos estaremos a salvo y solo de vez en cuando sentiremos algún desajuste cuando la realidad no pretenda ceder del todo. Pero atención: si usted tomara conocimiento de alguna memoria prodigiosa que, habiendo elegido la pastilla roja, osara sostener el mundo tal cual es, solo pida ayuda. La sensible nueva policía estará aquí para servirle. 


Los ignorantes (publicado el 2/3/23 en www.disidentia)

 

Apenas unas semanas atrás, el psicólogo canadiense Jordan Peterson se vio envuelto en una polémica que escaló rápidamente y promete todavía nuevos capítulos.

Para quienes no lo conocen, Peterson es el autor de libros como 12 reglas para vivir y Más allá del orden, publicaciones que se han vendido por millones. Sin embargo, su fama se forjó a partir de sus intervenciones en redes sociales y sus videos en youtube donde, con un estilo irreverente y en muchos casos agresivo, suele arremeter contra el ideario progresista woke desde posiciones que pueden ser identificadas como liberales y/o “alt-right”.

En esta ocasión la polémica se suscitó a partir de una intervención de Peterson en un podcast y a través de Twitter donde compartió un mensaje de un candidato opositor a la actual administración y fue fuertemente crítico del primer ministro Justin Trudeau. A pesar de que el episodio podría haber terminado en el repudio de un grupo de usuarios frente a lo que habría sido un exabrupto de parte de Peterson, lo que sobrevino sorprendió a propios y extraños. Es que el Colegio de Psicólogos de Ontario amenazó a Peterson con retirarle su licencia de psicólogo en caso de no someterse a un curso de “reeducación” instrumentado para abordar las declaraciones públicas de los profesionales.

El episodio llegó tan lejos que, algunas semanas atrás, intelectuales como Steven Pinker y Jonathan Haidt entre muchos otros, publicaron una carta abierta “contra la caza de brujas sobre Jordan Peterson” en la que denuncian prácticas macartistas y donde se insta al Colegio a abandonar el adoctrinamiento ideológico para salvaguardar “lo que le queda de prestigio moral y profesional”. Para fundamentar su posición, los firmantes incluyen en esta breve carta un textual del comunicado del Colegio de Ontario donde se indica que algunas de las afirmaciones de Peterson respecto a ideología de género, cambio climático, superpoblación y energía nuclear “parecen socavar la confianza del público en la profesión en su conjunto y plantean dudas sobre su capacidad para llevar adelante sus responsabilidades como psicólogo”.       

Como la carta indica, es evidente que las diferencias con Peterson no son de índole profesional sino ideológicas y políticas. Es que no hay nada en las opiniones de Peterson que suponga alguna incapacidad o inconducta para ejercer su profesión aun cuando podamos estar en completo desacuerdo con cada una de las afirmaciones que realiza y con el modo en que las lleva a cabo.

Pero quisiera detenerme en lo que pareciera un aspecto menor, esto es, la supuesta necesidad de realizar “un curso” o una suerte de “capacitación” para comunicarse públicamente como condición para sostener su licencia. A priori parece tratarse de una provocación ya que todos sabemos que Peterson no aceptaría realizar ese curso o, en todo caso, lo aceptaría solo para exponerlo y burlarse públicamente de él.

Sin embargo, si prestamos algo más de atención, la idea de la “capacitación” como solución encierra un sinfín de presupuestos que es necesario exponer.

Digamos, para comenzar, que no se trata de ninguna novedad. Por lo pronto, el ideal ilustrado del cual, afortunadamente, hemos heredado que la clave del progreso es la educación, se encuentra presente aquí con claridad. Asimismo, este espíritu se puede rastrear en buena parte de la tradición clásica y resulta, al día de hoy, una discusión saldada salvo para quienes pretendan romantizar la ignorancia o trazar estúpidas dicotomías.

El punto es que muchas veces este ideal “ilustrado” es utilizado como modo de cancelar los debates en una actitud que es ilustradamente violenta. Con esto me refiero al modo en que muchas veces encaramos las discusiones contra quienes expresan algo que no concuerda con nuestra opinión. ¿Se trata de falta de educación o simplemente de una opinión diferente? En un ejemplo burdo la respuesta es clara: si nuestro hijo de 5 años cree poder volar como Superman o si alguien afirma que la tierra es plana, se trata de casos de ignorancia. No hay allí materia opinable ni se trata de una cuestión de perspectivas. ¿Pero es tan fácil en todos los casos?

Quien sin una actitud negacionista caricaturesca tenga sus reparos respecto al modo en que el mundo “civilizado” avanza en nombre del cambio climático, ¿es un ignorante o simplemente alguien que, incluso pudiendo estar equivocado, simplemente piensa distinto?

Lo mismo sucedería para cualquiera de los temas hoy tan de moda: quien señale que es posible que se esté postergando a las mujeres cuando se permite que una persona trans participe de una competencia profesional, ¿es un tránsfobo ignorante necesariamente? Una vez más: no estamos diciendo que esté en lo correcto. Lo que estamos diciendo es que suponer que el disenso es siempre una demostración de ignorancia habla bastante mal de nuestra capacidad de tolerancia al mismo.      

Pero lo más dramático es que no se trata de la actitud de individuos aislados o de un Colegio de psicólogos en particular. La idea de que el disenso presupone la ignorancia de quien disiente se ha transformado en política de estado y presupuesto común de un sinfín de políticas públicas. La verdad es una sola. Si usted no está de acuerdo con ello, usted es un ignorante que puede dejar de serlo si toma el curso que la burocracia de los ingenieros sociales ha formulado para usted. Usted cree que disiente. Pero simplemente ignora. Por eso debe tomar este curso.

Desde este punto de vista, el progresismo se sitúa en un lugar de superioridad moral y cognoscitiva que establece una suerte de línea temporal en la que los ideales progresistas se sitúan en el presente y el futuro, mientras que la disidencia es solo expresión de quienes viven en el pasado y no se han aggiornado por ignorantes (o por fascistas). Comer carne, oponerse a hablar con la “e”, no estar midiendo la huella de carbono de mi coche o advertir que puede que no todo sea culpa del hombre blanco, supone no pertenecer a este tiempo, ser un inactual, alguien que convive con el resto pero se encuentra temporalmente retrasado. Su posición no es aceptada como discrepancia de modo que solo le queda la capacitación que lo ilumine y lo “traiga” aggiornado al tiempo presente.

Oponerse a este mandato es la muerte civil, lo cual, por supuesto, como sucede en el caso de Peterson, incluiría incluso la muerte profesional a pesar de que es probable que éste tenga mayores antecedentes que muchos de los que diseñaron y brindan este tipo de cursos.

Para finalizar, entonces, digamos que, lejos de defender posiciones retrógradas, lo que se intentó remarcar es que se ha instalado una peligrosa cosmovisión que detrás de toda una retórica de la diversidad, la diferencia y los valores relativos, establece de manera violenta que no hay disenso posible ya que éste no es otra cosa que una ignorancia encubierta.

Sin embargo, un mundo dividido entre los ilustrados que piensan como yo y los supuestos ignorantes, más que un mundo diverso parece, más bien, un mundo monocromático y, sobre todo, bastante soberbio.