viernes, 23 de agosto de 2019

Teoremas para periodistas y políticos que se alejan del poder (editorial del 23/8/19 en No estoy solo)


El escenario político de la Argentina cambió drásticamente desde el 12 de agosto y el posicionamiento de la mayoría de los que participan de una u otra manera en el debate público está virando de un modo asombroso, especialmente en aquellos que abiertamente apoyaron al oficialismo y ahora temen naufragar junto a éste gracias a lo que parecería ser un fin de ciclo.
Hago énfasis en ellos porque la moderación de Alberto Fernández ha sido una constante. En todo caso, lo que se exigía en la campaña del Frente de Todos era moderación en otros actores del espacio, algunos muy afectos a las luces de las cámaras y la amplificación de los micrófonos, pues a pesar de no tener relevancia política sus exabruptos y su “librepensadorismo” era tomado por los adversarios como la palabra representativa del espacio panperonista. Por suerte para el Frente de Todos, las apariciones públicas de los aquí referidos se han hecho más esporádicas y es una bendición para un Frente al cual le ha surgido una dificultad que pocos tomaban en cuenta: las PASO lo posicionan como virtual ganador pero para las elecciones que lo confirmarían faltan dos meses. La crisis del país y de un gobierno que se ha deslizado en la metáfora animal de “gato” a “pato rengo” y que busca insólitamente endilgar, o al menos compartir, culpas con la oposición, sumado a la ansiedad de los periodistas, está obligando al Frente de Todos a dar definiciones que en otro contexto podrían esperar. Especialmente en materia económica, Alberto Fernández está cada vez más compelido a exponer sus referentes. Sin embargo, parece llevar adelante una estrategia inteligente: varios economistas de distintas trayectorias y tradiciones. Desde el que insulta a Kicillof hasta el viceministro de Kicillof. Hay que dar respuestas pero sin mostrar todas las cartas. Desde este punto de vista, el famoso Teorema de Baglini, aquel que indica que en la medida en que alguien se acerca al poder empieza a asumir responsabilidades y a moderar sus posiciones, se cumple a medias puesto que, insisto, si hablamos específicamente de la figura de Alberto Fernández, incluso reconocido por muchos de sus adversarios, lo que ha primado es la moderación.
En todo caso, lo que ha aparecido es un “Teorema del periodismo macrista” que usted podrá personalizar con quien corresponda, por el cual podría decirse que el periodismo oficialista macrista se hace independiente y crítico en la medida en que el gobierno al que apoyaron pierde las elecciones. Es una suerte de contrapartida del Teorema de Baglini porque aquí lo que los hace moderar sus posiciones no es la cercanía con el poder sino, justamente, el hecho de que se alejan de él.
No es relevante si este viraje se da por un temor infundado o por un espasmo de dignidad pero lo cierto es que siendo moderados o haciendo periodismo de guerra siempre han podido trabajar y desarrollar su profesión. No tuvieron esa suerte muchos colegas que fueron críticos de este gobierno y, tal como advirtió un presentador del canal América días atrás, han sido incluidos en listas negras además de padecer una campaña de estigmatización impulsada por periodistas y desde el propio gobierno.             
Al que también parece haber afectado “el día después” de la elección es al poder judicial de Comodoro Py, si bien hace ya mucho tiempo sabemos que hay sectores de ese poder que ajustan sus fallos a las conveniencias personales y a los tiempos políticos. Si siempre ha sido así, en todo caso, el gobierno que venía a restaurar una supuesta República perdida, no solo no ha acabado con esas prácticas sino que las ha agudizado, en algunos casos, con connivencias escandalosas.
Con todo, reconozcamos que hay cosas que no han cambiado: la realidad paralela de Carrió y de algunos referentes mediáticos del oficialismo, más que acercar votos, acercará acompañantes terapéuticos y dañará a las instituciones puesto que si el adversario político es definido como una banda de corruptos, ladrones, insanos, narcos, antidemocráticos, autoritarios, fascistas, etc. estaremos dinamitando el juego democrático, sobre todo, porque, además, todas esas acusaciones son falsas.    
Además, claro está, si la conclusión que saca el gobierno, del resultado de las PASO, es que hace falta radicalizar la campaña impulsando discursos fundamentalistas, es muy probable que la derrota en octubre sea aún más estrepitosa y que el gobierno se pierda la posibilidad de criticar al panperonismo por mejores y verdaderas razones. A diferencia de los periodistas actualmente oficialistas, pareciera así que habría un último teorema, la contracara del de Baglini, que debería rezar que al menos algunos políticos se radicalizan en la medida en que comienzan a alejarse del poder.
Tenemos entonces tres teoremas posibles: el del radicalizado que se modera cuando se acerca al poder, el del periodista macrista que se modera cuando se aleja del poder, y el de algunos políticos que se radicalizan cuando deben abandonar el espacio que ocuparon. 
De todos los teoremas, el más preocupante es este último especialmente si en el camino que transitan mientras se alejan del poder, estos políticos y referentes públicos tienen la suerte de encontrar un bidón de nafta y una cajita de fósforos.    


domingo, 18 de agosto de 2019

Cuando el cambio es cambiar a Macri (editorial del 15/8/19 en No estoy solo)


Se venía quebrando y se quebró. ¿Cuándo comenzó la fractura? Diciembre de 2017, a meses de un triunfo que consolidaba al gobierno y hacía prever macrismo por bastante tiempo. En aquellas elecciones de medio término, el kirchnerismo se había vuelto a equivocar “sacrificando la dama” y negándose a participar de unas PASO con Randazzo. ¿Qué pasó en diciembre de 2017? Modificaron la fórmula para calcular los aumentos a jubilados y eso derivó en una gran conflictividad social en las calles. Allí se empezó a quebrar el macrismo. Pocos se dieron cuenta. Es entendible: el entorno, los medios, todos decían que iban bien, que era por ahí. Sin embargo, ¿aquel comienzo hacía aventurar necesariamente este aparente final en 2019? No. De hecho, el armado electoral del panperonismo ha sido milagroso aunque el milagro tiene una hacedora: la decisión de CFK de correrse del centro de la escena. En lo personal, venía comentando en mis editoriales que ésa era una salida posible para que la oposición deje de construir una minoría intensa y vuelva a competir para ser mayoría pero había dos interrogantes: cómo hacer para garantizar el traspaso de los votos de CFK a quien fuera el ungido y quién sería el ungido. Allí la estrategia fue toda de ella y lo resolvió de forma inesperada: Alberto con ella detrás. Jaque mate (o casi). ¿Por qué? Porque como dijimos aquí también, Alberto no traía votos directamente pero sí de manera indirecta ya que su llegada al Frente de Todos implosionaría Alternativa Federal y renovaría el diálogo con los gobernadores y con el espacio de Sergio Massa. El resultado fue mayor al esperado pero bastaba con un mínimo análisis comparativo para prever al menos algo parecido.
De hecho, en el editorial del 2 de agosto, les decía que la estrategia de polarización del gobierno frente a un peronismo unido podía llevar al triunfo de la oposición porque estas PASO había que compararlas con el 37% que había votado a Scioli en primera vuelta de 2015, sumado al 21% que había obtenido Massa en esa elección. Estos porcentajes no se iban a sumar automáticamente pero le daban al panperonismo un número que no podía ser menor de 42 o 43%. A su vez, el 34% que Macri había obtenido en aquella elección de 2015 necesariamente debía mermar por el desgaste de la gestión y porque le habían aparecido expresiones minoritarias, por derecha, que le iban a quitar algunos puntos, a saber: Espert y Gómez Centurión. Reconozco que la proliferación de encuestas que en promedio daban una ventaja menor a favor de los Fernández me hizo ser cauteloso al momento de publicar la proyección pero un análisis bastante básico arrojaba que la diferencia tenía que estar por encima de 10 puntos. Para el gobierno resultó desastroso pero sinceramente haber obtenido el 32% de los votos es todo un mérito cuando en casi cuatro años lograron que la mitad de los chicos de la Argentina sean pobres, que la inflación esté por encima del 55%, que la deuda se acerque al 100% del PBI con fuga escandalosa de capitales incluida, que la desocupación haya llegado a dos dígitos y que el dólar pase de 10 a 60 pesos. Esto muestra que hay un núcleo duro antiperonista fuerte y consolidado que es capaz de tener estómago como para justificar uno de los peores gobiernos de la historia democrática basándose en el “pero ahora el INDEC dice la verdad”.   
Del “carajo” del “no se inunda más” pasamos, en cuestión de días, a mandar al carajo al infalible Durán Barba, a los bots de las caricias significativas desde Hurlingham, la big data de Marcos Peña y a la autoayuda zen emprendedorista. Resultó así que primó el verdadero “Arte de Vivir”, el que expresan quienes tienen que rebuscarse el mango y que decidieron que había que “cambiar al cambio”. Esto no supone ni una revolución cultural ni nada que se le parezca. Ni el kirchnerismo ni el macrismo logaron transformar los valores de la sociedad argentina, o en parte sí pero esos cambios no fueron capaces de consolidar una hegemonía que pudiera proyectarse. Porque seamos sensatos: si el macrismo no chocaba la calesita, el kirchnerismo era historia. Macri tuvo todo: los fierros de los medios, Estados Unidos, el FMI, los mercados, un clima de época favorable en Latinoamérica, una oposición desmembrada y sin rumbo, el presupuesto de Ciudad, Provincia y Nación. Y sin embargo chocó. Acerca de si este desastre era el plan o se trató de impericia hay que decir que las alternativas no son excluyentes: el plan en lo económico era favorecer a los que han sido favorecidos pero si con todo a favor el plan te hacer perder las elecciones imposibles de perder, evidentemente hubo impericia.    
Con un resultado que parece muy difícil de revertir, el corto plazo deja varios interrogantes. En primer lugar, y aquí va la última autorreferencia, en el editorial antes citado indiqué que ante un resultado negativo el gobierno quitaría el pie de encima del dólar para dejarlo escapar el lunes 12 y endilgárselo al panperonismo. Lo hizo tal cual. Pero también lo hizo a través de uno de los peores discursos de Macri, aquel en el que se mostró como un patrón de estancia enojado con los votantes y pidiendo autocrítica a quien le había ganado por 15 puntos. Cuando quiso arreglarlo, el miércoles, fue peor, porque adujo el error a no haber dormido. Ese Macri alienado y obcecado fue la mejor representación del gobierno y de sus principales espadas mediáticas entre las que incluyo a varias encuestadoras que operaron descaradamente a favor de instalar un clima de paridad electoral que era falso y que hizo que unos cuantos vivos en la timba financiera ganaran ingentes cantidades de dinero entre el viernes y el lunes.
El mismo gobierno que junto a sus usinas propagó, detrás de un paraguas de presunto republicanismo, que el adversario político al que se enfrentaba no entraba dentro del juego democrático en tanto se lo podía identificar como autoritario, insano, populista y cleptómano. Todo en nombre de la unidad de los argentinos, claro. Entonces la primera duda es si este gobierno profundizará esta línea y buscará el incendio que deje la tierra arrasada como si no alcanzara con las limitaciones y la herencia que ya estaba dejando antes del domingo.
La segunda es cómo transitará el Frente de Todos las próximas semanas. Con no cometer errores estrepitosos alcanza y sobra incluso para obtener un triunfo por mayor diferencia. También ha sido interesante la apertura hacia dirigentes que hoy no forman parte del espacio ya que también hay que ir construyendo la fuerza propia de lo que sería un nuevo gobierno que tendrá enormes dificultades. Desde lo económico, cuesta pensar cuánto tiempo podría llevarle a Alberto Fernández enderezar un país en donde no hay espacio para más ajuste y tenés que inyectar dinero en el bolsillo de la gente pero al mismo tiempo tenés que bajar la inflación y te vas a quedar sin dólares porque el actual gobierno acabará dilapidando la cifra récord que le prestó el FMI. Todo esto en un contexto en el que el cheque en blanco durará poco. Asimismo, ordenar el frente interno será el principal desafío porque el Frente de Todos no está amalgamado sino que opera como compartimentos estancos más allá de que los triunfos acomodan los melones (temporalmente). Peor aún lo tendrá el espacio liberal y de derecha que devendría opositor. Con Macri fuera de escena, los votos de ese espacio, que nunca fueron de Macri sino del antiperonismo, buscarán alguna nueva referencia. ¿Acaso Rodríguez Larreta como el único que probablemente pueda resistir en su territorio? ¿Acaso Vidal quien, probablemente desde afuera, no esté sometida al desgaste de la gestión? Es muy pronto para ello y depende de infinitas variables.   
La tercera duda es Argentina en relación a Latinoamérica. Frente a los que auguraban una larga década liberal/conservadora después del triunfo de Bolsonaro, el resultado de México y el posible regreso del peronismo en Argentina vuelve a equilibrar las fuerzas. ¿Seguirán yendo a la carga las fuerzas liberales y conservadoras llamando chavismo a todo lo que no sea liberal o conservador? Probablemente sí porque la ideología y los intereses han sido siempre más fuertes incluso que los algoritmos que filtran la información.  
Mientras el dólar a 60 nos recuerda que los mercados votaron a Macri el viernes, no viene mal tener en cuenta que la mayoría de la ciudadanía, el domingo, decidió votar el cambio que, en este caso, es cambiar a Macri. 



jueves, 15 de agosto de 2019

El escándalo Cambridge Analytica: la última esperanza progresista (publicado el 7/8/19 en www.disidentia.com)


Más de 350 apoyos entre diarios y semanarios recibió, de cara a las elecciones del año 2016, la candidata demócrata Hillary Clinton. Su oponente republicano, Donald Trump, apenas si superó la docena. A propósito de ello, en “There really was a media liberal Bubble”, Nate Silver afirma que los medios estadounidenses fallan en lo que respecta a profesar la diversidad de opinión, han perdido toda independencia y están cada vez más centralizados geográficamente. Para apoyar esta afirmación brinda un dato: en 2013 solo el 7% de los periodistas estadounidenses asumía su condición de “republicano”. Además, la crisis del modelo de negocios de la prensa escrita ha hecho, entre otras cosas, no solo que se despidan a más de la mitad de los trabajadores de prensa sino que la producción periodística, especialmente en el formato digital, tuviera su desarrollo centralizadamente en New York, Washington o Los Angeles, esto es, distritos cosmopolitas en los que en general la mayoría vota demócratas. Se puede agregar a esto el detalle de la composición de las redacciones en las que a diferencia de lo que ocurría en los años 70, donde los periodistas con título universitario apenas si superaban la mitad, el número de egresados universitarios se ha acrecentado a más del 92%, dato que en sí mismo parece no decir nada hasta que caemos en la cuenta que en las universidades estadounidenses el pensamiento demócrata es abrumadoramente hegemónico. Si con esto no alcanzase, imagine qué sucedería cuando los periodistas se enteren que Twitter no es el termómetro del sentir popular sino una cámara de eco que reafirma los prejuicios, los sesgos y los microclimas de los propios periodistas y su extracción social. ¿Se puede vivir en esa burbuja y al mismo tiempo captar que Trump podía ganar en 2016? ¿Se puede vivir en esa burbuja y ser ecuánime con el gobierno republicano? Algo parecido ha sucedido con el Brexit más allá de que allí hubo encuestas que auguraban algún final mínimamente abierto pero, con medios nucleados en Londres y embebidos del cosmpolitismo progresista londinense, no resultaba fácil poder interpretar el sentir de una “Inglaterra profunda” con un quiebre generacional e ideológico evidente. Sin embargo, los resultados fueron los que todos ya sabemos. ¿Llevó esto a un replanteo? ¿Produjeron estas decisiones un deseo de avanzar hacia medios descentralizados, diversos e independientes? Para nada. Más bien todo lo contrario porque cuando se habla de diversidad se incluye todo menos la diversidad ideológica.
Entonces primero se enojaron con los votantes y en paralelo decidieron encarnar una campaña obsesiva de descrédito contra Trump y los conservadores británicos, algo que, naturalmente, muchas veces no les ha llevado demasiado trabajo gracias a algunos de los desaciertos que cometen los recién mencionados. Pero algunos meses después de ambas elecciones apareció la excusa perfecta: el escándalo de Cambridge Analytica que dio lugar a un documental estrenado en Netflix apenas unos días atrás. Su título original es The Great Hack y la traducción, bastante alejada del original, Nada es privado.
Para quienes no lo recuerden, Cambridge Analytica fue una empresa de minería de datos y asesoramiento electoral, acusada de utilizar la información brindada por 87 millones de usuarios de Facebook para crear una campaña de microsegmentación acorde a los intereses de sus clientes. Trabajaron en muchos países, entre ellos, el mío, Argentina, a favor de quien resultaría presidente: Mauricio Macri. Sin embargo, el documental se ocupa de los casos más resonantes: su participación en las elecciones estadounidenses a favor de Trump y en el referéndum en Reino Unido a favor de abandonar la Unión Europea (“Leave EU”).
Lo que el documental quiere instalar está bien resumido en una declaración de Christopher Wylie, un joven programador y exempleado de la compañía, que dice ser el responsable de las campañas de microsegmentación y ha sido uno de los arrepentidos. En una entrevista reproducida por el diario El País el 27 de marzo de 2018 afirma: “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”. Y esto es lo que el documental nos quiere legar: los dos resultados electorales más conmocionantes en mucho tiempo, solo fueron posible por una manipulación maliciosa de los votantes. Porque nadie en su sano juicio podría votar por Trump ni por el Brexit: solo gente manipulada y engañada por estrategias comunicacionales que incluyen fake news y que están pensadas para modificar conductas electorales. En otras palabras, el voto racional es el voto progresista. La “Verdad” está allí. Si otros piensan que esa no es la “Verdad”, simplemente están equivocados o han sido engañados. Es curioso: está de moda el progresismo relativista pero al momento de defender la idea de verdad salen a desempolvar el concepto unitario de “Verdad” de Sócrates y Platón, y al momento de tratar de explicar el voto, siguen presos de la idea de que hay votos de buena calidad (los racionales) y votos de mala calidad (los emocionales).
Cada vez son más los documentales y los editoriales de una prensa indignada con los avances de las derechas en el mundo pero la culpa nunca la tiene la progresía ni el desvarío ideológico de las izquierdas que en muchos casos la prensa misma representa. A su vez, esa misma prensa que ha sido protagonista en la desestabilización y estigmatización de gobiernos ahora cree que el problema de las noticias falsas es un fenómeno estrictamente restringido a las redes sociales.
Hablamos de Trump y del Brexit pero lo mismo sucedió en Brasil: cómo puede ser que haya triunfado un personaje como Bolsonaro, nos interrogamos. ¿Y alguien se pregunta qué agenda tomó el PT? ¿Fue la agenda de los trabajadores o fue la agenda de unas elites universitarias ilustradas con acceso a medios de comunicación y a los debates públicos? ¿No habrá sido esa una de las razones, no la única, claro, antes que el hecho de que Bolsonaro hiciera una campaña sucia a través de Whatsapp?
¿Y no será que Trump representa a un sector importantísimo y mayoritario que no se siente identificado con la agenda de Twitter, el partido demócrata, los grandes medios, Hollywood y Netflix? ¿Son esos votantes zombies fascistas? ¿Son esos votantes idiotas manipulados por una empresa que identificó perfiles a partir de los Me Gusta que los usuarios dejaron voluntariamente en Facebook? ¿Acaso la utilización del Big Data para Obama era virtuosa y ejemplo de campaña moderna pero cuando lo usan los republicanos es una amenaza a la democracia? ¿Que los medios británicos no representen la agenda de millones de británicos conservadores es un problema de los ciudadanos británicos de ideología conservadora o de los medios que dicen ser neutrales? ¿Por qué los mismos periodistas que afirman que los medios son incapaces de manipular a la opinión pública porque la gente no es idiota, afirman que Cambridge Analytica sí pudo hacerlo?
A nadie le importa la inexistencia de estudios serios que sean capaces de poder expresar cuánto pudo haber influido una campaña de manipulación en estas elecciones, y digo esto para no entrar en el debate acerca de cuándo una campaña se transforma en una campaña de manipulación y hasta qué punto la política sería algo demasiado distintito de un modo de conducción de conductas. Es más, está cada vez más extendido entre quienes trabajan en campañas políticas y análisis del comportamiento en redes, que las viralizaciones hechas con mala fe y las campañas de desinformación son más efectivas para confirmar prejuicios que para modificar posiciones, de modo tal que su incidencia sería más que relativa.
El caso de Cambridge Analytica es escandaloso porque expone hasta qué punto una empresa puede hacerse de la principal mercancía de la actualidad: nuestros datos. Sin embargo, me temo que detrás de la correspondiente exposición del caso, se puede ver también otra cosa: la incapacidad que tiene el pensamiento progresista de la corrección política para aceptar que por fuera de su burbuja y su cámara de eco, hay un mundo y hay gente que está reaccionando.    
     
          

miércoles, 7 de agosto de 2019

¿Y si la polarización le da el triunfo a Alberto Fernández? (editorial del 2/8/19 en No estoy solo)



Las PASO del 11 de agosto darán inicio al gran juego. Más allá de las razones nobles que las motivaron, desde su implementación hasta hoy, las internas abiertas no han promovido la participación popular ni han abierto los partidos y los frentes a la ciudadanía. Ha habido excepciones pero en general se instaló que ir a las PASO contra un adversario interno debilita. Es bastante discutible y probablemente un error pero las principales fuerzas tienden a evitarlas, al menos, para los cargos más importantes. En este contexto, se dice que las PASO son una suerte de gran encuesta aunque en un escenario de polarización hacen las veces de una primera vuelta de hecho, un termómetro para que empiece a jugar un cada vez más ansioso voto útil. La consecuencia de ello es el debilitamiento de las fuerzas más pequeñas. Miedo mata pluralidad.
La oposición trata de ganar votos hacia el centro. Por centro izquierda tiene todos los votos. Del centro hacia la derecha tiene también muchos votos, por más que a la intelligentsia progre le duela, pero es allí donde puede disputar indecisos. De hecho algunos análisis muestran que el Frente de Todos tratará de interpelar a aquellos sectores de clase media baja atravesados por el discurso meritocrático que, económicamente, están muchísimo peor que hace 4 años, pero les ha calado profundo el discurso del emprendedorismo macrista. Es el empleado de Glovo que se hizo famoso esta semana por haber sufrido un accidente y haber sido sometido a la humillación cuando desde la empresa le consultaron por el estado del pedido antes que por su estado de salud. ¿Por qué es él? Porque consultado posteriormente, este autónomo de 63 años con moto propia, defendió a la empresa, dijo que la paga de 30000 pesos en bruto por trabajar de lunes a viernes 10 horas por día era muy buena, aseguró que la responsabilidad es de sus “compañeros” de trabajo que frecuentemente fingen accidentes para quedarse con el pedido y acabó fustigando a los gremios y a una militante kirchnerista que había intentado convencerlo de que la precarización laboral suponía una pérdida de derechos.  Es el prototipo del que dice “gobierne quien gobierne el lunes hay que ir a laburar” y “el que cobra un plan es un vago”. Max Weber diría que se huele a ética protestante pero eso ya daría para otro artículo. Está claro que el autónomo que trabaja para Glovo no va a votar a los Fernández pero si se logra hacer primar la economía por sobre la agenda oficialista, algo se podrá rescatar de ese sector.
El gobierno, en tanto, juega a sumar por derecha y por centro. Para la derecha tiene una agenda que va desde Venezuela hasta el Servicio cívico voluntario; y hacia el centro toda una retórica institucionalista que en los hechos ha sido falsada pero que se sirve en bandeja para que el votante antiperonista citadino tenga una excusa y pueda mirarse en el espejo después de volver a votar a Macri. “Han hecho mierda todo…pero al menos ahora sabemos la verdad gracias al INDEC”. Para consuelo es, al menos, curioso.
La gran encuesta echará por tierra las operaciones que vienen haciendo las encuestadoras. Porque es probable que Macri haya mejorado gracias a la estabilidad del dólar pero llevan semanas publicando casi siempre el mismo título: “Una nueva encuesta muestra a Macri cada vez más cerca de los Fernández”. No sabemos si es Godot, el General Alais o un ideal asintótico.
Con todo, claro está, puedo estar equivocado pero cuesta imaginar de dónde podría sacar los votos Macri para triunfar en las PASO o en la primera vuelta. Distinto sería el caso del balotaje pero dado que ese escenario resulta bastante distante voy a posarme en las PASO y en la primera vuelta desde el punto de vista comparativo. Eso sí, tomemos en cuenta algo en lo que probablemente las encuestas estén en lo cierto: la polarización de estas elecciones es mayor a la de las elecciones anteriores. Algunos hablan de que ésta podría hacer que las dos principales fuerzas sumen el 80% de los votos, bastante más que el 71% que habían sumado Scioli y Macri en la primera vuelta de 2015. Dicho esto, es inverosímil que la fórmula de los Fernández obtenga menos del 40% de los votos, por la sencilla razón que en las PASO 2015 Scioli obtuvo 38% y en la primera vuelta de 2015 un 37% con el UNA de Massa jugando por afuera y obteniendo en ambas elecciones cerca de 20%. A esto agreguemos los resultados de las elecciones provinciales que se desarrollaron este año. Por supuesto que los votos que tenía Massa no se suman en su totalidad a la fórmula que encabeza Alberto Fernández y que sería un gravísimo error extrapolar los resultados de elecciones cuya lógica es local a la elección nacional pero volvamos a examinar comparativamente algunos números en distritos clave. Siguiendo con la idea de que estas PASO funcionarán como una primera vuelta de hecho, tomaré números de la primera vuelta del año 2015. En Córdoba, Macri obtuvo 53% y Scioli un 19,26%. ¿Les parece que en este nuevo contexto, Alberto Fernández obtendría tan pocos votos? Seguro que va a perder pero ¿con menos de 20%? En Santa Fe el peronismo obtuvo algo menos del 32% en 2015 y el PRO 35%. Tras el triunfo de Perotti (con el 40%) y el resultado del candidato del PRO (19%), ¿ustedes suponen que aquel  número se repetirá? ¿Y en provincia de Buenos Aires? El peronismo juega unido, Massa encabeza la lista de diputados, en la fórmula está la intendente de La Matanza y Kicillof recibe sin pérdida alguna los votos de CFK. ¿es posible que ese armado haga una elección tan pobre como la que hizo en su momento Aníbal Fernández? De hecho existen más posibilidades de que esa fórmula venza a Vidal mientras los encuestadores se devanan los sesos para poder identificar si la gobernadora logrará empujar para arriba a Macri o el presidente hundirá a Vidal hasta hacerle perder su bastión. “¡Maldito el día en que Macri me impidió desdoblar la elección!” debe pensar la gobernadora. Con todo, como es difícil calcular el corte de boleta, aceptemos generosamente que esa elección será voto a voto pero ¿puede, en este escenario, la fórmula de los Fernández, obtener menos que el 37% que obtuvo Scioli en la primera vuelta de 2015? Vayamos por último a la ciudad de Buenos Aires, no sin antes mencionar que en todas las elecciones provinciales el PRO obtuvo menos votos y que es esperable que esa merma no se recupere. Rodríguez Larreta es favorito y va a ganar. Obtendrá entre el 45 y el 50% aunque es probable que por muy poquito no triunfe en primera vuelta. En la primera vuelta de 2015, Scioli obtuvo 24%, y si bien es difícil comparar porque aquella vez las elecciones locales fueron desdobladas, uno creería que la ausencia de una tercera fuerza de peso (como la que en su momento lideró Lousteau) sumado a esta suerte de experimento paradójico de una lista peronista K que lleva más No K y no peronistas que K y peronistas, debería orillar el 30%.     
Si estas intuiciones, con cierto apoyo en evidencias, fueran correctas, y si es verdad que la polarización entre las dos fuerzas alcanza el 80% del electorado, aun con el promedio que marcan las encuestadoras, esto es, una diferencia para los Fernández de entre 3 y 6%, alcanzaría para pensar un escenario de 42% a 38% o 43% a 37% que, al menos desde mi visión, serían escenarios benevolentes para el gobierno. Sumemos a esto un detalle que puede ser determinante ante diferencias tan mínimas. En las PASO el voto en blanco cuenta pero en la primera vuelta no. En las PASO 2015 el voto en blanco fue de alrededor del 5%. Si un candidato en las PASO 2019 obtuviese el 43% de los votos y repitiese ese número en la primera vuelta de octubre, la eliminación de ese 5% de voto en blanco (que bien podría repetirse en este escenario o incluso aumentar), haría que ese 43% se transforme en 45,2%, es decir, garantizaría el triunfo aun cuando el adversario obtuviese 44%. Esta sería hoy la principal preocupación de un gobierno que supone que en el balotaje capturaría los votos de muchos de los que no votaron en las PASO, de los que votaron a Espert y de la mayoría de los que votaron a Lavagna, pero que no tomó en cuenta que el impulso de la polarización podría llevar a los Fernández a un número cercano al 45%.
Una ventaja de 7 u 8 puntos de parte de los Fernández o un número demasiado cercano a 45% de parte de la fórmula opositora sería un escenario difícil de revertir para el oficialismo y auguraría semanas de enorme conmoción. ¿Acaso para muestra tendríamos la supuesta respuesta de “los mercados” con un gobierno que quitaría, adrede, el pie de encima del dólar el 12 de agosto? Son especulaciones. Distinto sería, claro, que lo aquí expuesto estuviese equivocado y el gobierno haga una elección pareja que le permitiera “garantizarse” un eventual balotaje. Hay también, en este punto, otro sinfín de especulaciones. La verdad comenzará a escribirse el próximo domingo 11.  

          



miércoles, 31 de julio de 2019

La trampa de la diversidad: una crítica desde la izquierda (publicado el 24/7/19 en www.disidentia.com)


El último 12 de julio, Pablo Iglesias, en su programa Otra vuelta de Tuerka, entrevistó a Daniel Bernabé, autor del libro La trampa de la diversidad, el cual ha tenido un éxito sorprendente a punto tal de llevar ya nueve ediciones. Lo primero que le pregunta Iglesias es cuál ha sido el secreto para que un libro claramente de izquierda haya tenido tanta repercusión y tantos comentarios siendo que, al fin de cuentas, aborda un tema que, según Iglesias, lleva discutiéndose varias décadas. Frente a eso, Bernabé duda, refiere a la técnica de escritura (un estilo más periodístico que académico), a la abstracción de estar en el momento y en el lugar justo y, recién al final, esboza que quizás se trata de un tema que viene siendo fruto de debate pero que últimamente ha permanecido oculto. Probablemente todo esto sea verdad pero lo que, desde mi punto de vista, ni Iglesias ni Bernabé observan es que el libro ha tenido éxito sobre todo porque embate contra los discursos de la diversidad desde la izquierda.
Es que, en general, las críticas a las políticas identitarias provienen desde un arco ideológico que va de la derecha reaccionaria hasta sectores liberales moderados que encuentran allí un injustificable retroceso en los pilares de la igualdad sobre los que se constituyó Occidente. Sin embargo, son pocas las voces que se alzan contra las políticas identitarias y de la diversidad desde la izquierda o, en todo caso, esas voces son acalladas y desplazadas por no aggiornarse a la nueva agenda de las minorías y la corrección política que ha adoptado la izquierda tras la caída del muro de Berlín. En el texto de Bernabé, entonces, no vamos a encontrar una línea argumental que denuncie al “marxismo cultural” ni ahonde en pruebas científicas brindadas por la biología sino una crítica al modo en que el neoliberalismo ha utilizado las reivindicaciones identitarias para acabar con la izquierda. En otras palabras, la multiplicación al infinito de identidades (veganos, pansexuales, naturistas, friganos, antinatalistas, feministas, diversos, antiespecistas, etc.) lleva a la atomización y a la persecución de reivindicaciones cada vez más específicas que anulan la acción colectiva que es la única capaz de conmover sinceramente el sistema. ¿Por qué sucede esto? Porque allí aparecen representadas todas las identidades salvo una. En el prólogo del libro, Pascual Serrano lo describe así: “En nuestras series de TV vemos un emigrante, un gay, un vegetariano…y, con ellos, toda la conflictividad cotidiana presentada de forma banal, pero nunca aparece uno de los protagonistas volviendo del trabajo indignado porque su jefe no le paga las horas extras o porque ese mes lleva encadenados cinco contratos de dos días de duración. No existe la clase trabajadora, y menos todavía el conflicto social de clase”. Retomando una clásica distinción, según Bernabé, la izquierda está más preocupada por el reconocimiento que por la redistribución, esto es, está discutiendo la visibilización de “los diferentes” antes que la base material y la puja entre los trabajadores y el capital.
¿Cómo ocurrió todo esto? Según Bernabé, hay varios hitos pero contrariamente a lo que muchos suponen, la revolución de los años 60 con el hippismo y el mayo francés como estandartes establecieron el germen porque más allá de circunstanciales uniones, mientras los trabajadores discutían una salida colectiva desde los sindicatos y el interior de las fábricas, las luminarias de esas transformaciones acabaron abogando por una salida individual: menos revolución y más hachís y espiritualidad con algún gurú en la India. De hecho, afirma Bernabé, los grandes pensadores de la deconstrucción y el análisis de las microrelaciones, Deleuze, Guattari, Derrida, Foucault y también Vattimo, más allá de ser reivindicados muchas veces por el pensamiento de izquierda, contribuyeron al desarrollo de la posmodernidad y, con ella, al neoliberalismo.
La caída de los grandes relatos y la disolución de las identidades y las viejas estructuras de una modernidad que venía siendo atacada por los autores mencionados y anteriormente por la denominada Escuela de Frankfurt, derivó en una confusión total que tuvo su golpe de gracia con el surgimiento de Thatcher y el fin del bloque soviético.
El rol de la exprimer ministro británica ha sido determinante, según Bernabé, para instalar el nuevo clima de época. Es que allí se produce un deslizamiento sutil pero determinante operado sobre el término inglés “unequal” que tiene dos acepciones: la de ser “desigual” y la de ser “diferente”. Según Bernabé, Thatcher logró instalar que la “unequal” que defendían los conservadores no era “la desigualdad” (económica) producto de un sistema que beneficiaba a los dueños de los medios de producción, sino “la diferencia”, esto es, aquello que hace a cada individuo único frente a las pretensiones homogeneizantes del comunismo soviético. De ahí se seguiría que la desigualdad económica es fruto de la diferencia individual.
Expuesto así, a los diferentes solo les queda competir en la lógica del mercado. Es más, según Bernabé, “de la misma forma que consumimos carne o televisores, comida orgánica o teléfonos móviles, consumimos también identidades (…) relacionadas con esos productos”. Para ejemplificar, el autor menciona numerosos ejemplos entre los que podemos citar el modo en que una tabacalera logró que el consumo de su marca se transformara en el ícono de la reivindicación feminista que exigía poder fumar en público hacia fines de los años 20, o cómo la imagen de Frida Khalo en un brazalete ha ido a parar a Theresa May quien la reivindica por feminista para pasar por alto que, ante todo, Khalo era comunista.
Claro que Bernabé se encarga de aclarar varias veces que las reivindicaciones identitarias son atendibles y persiguen fines muy loables pero también indica que una lucha por la diversidad que no ponga en tela de juicio la distribución económica ni dispute las condiciones materiales, no podrá ser nunca una fuente verdadera de transformación del statu quo.
Es más, según el autor, el hecho de que la defensa de estas reivindicaciones identitarias hayan devenido hegemónicas y cada vez tengan más carnadura en políticas públicas impulsadas por las elites mundiales, ha permitido apropiarse a la derecha de la representación de todos aquellos que no se sienten visibilizados por algunas de estas reivindicaciones, espacio que crece en la medida en que se acuse de “fascista” a todo aquel que ose criticar algunas de las acciones que llevan adelante los activistas. El propio Bernabé transcribe un chiste que circuló en Twitter para graficar este escenario: “Me he encontrado a una persona que necesita ayuda pero no es ni mujer, ni LGTB, ni disfuncional, ni pertenece a ningún colectivo racial desfavorecido, así que le he pegado una paliza por facha”. 
Y no solo eso sino que, siempre según Bernabé, la hegemonía de las políticas de la identidad le sirve a la derecha el seductor rol de ser “antisistema” y “rebelde”, incluso de presentarse como una minoría oprimida. En este sentido, Trump, Bolsonaro y Vox son buenos ejemplos de cómo el presunto consenso sobre determinadas políticas no es tal y de cómo debajo de la superficie de la corrección política hay millones de ciudadanos que quieren poder expresar otra cosa. 
En cuanto a la faz propositiva, Bernabé le habla a un lector de izquierda y no hace nada por ocultar lo que podría verse como una suerte de perspectiva de marxismo bastante clásico, sin demasiadas sutilezas. Es enormemente crítico del relativismo progresista que es capaz de defender el uso del velo en culturas musulmanas como forma de presunto empoderamiento, y propone una salida universalista, laica y de una radicalidad republicana como para diferenciarse de alguna variante populista que él debe tener en mente pero que al menos en el libro no aparece expuesta. También afirma que es más importante ir contra la troika que a favor de la diversidad y que el triunfo de la izquierda no se logrará con la deconstrucción del lenguaje y el control de los medios de comunicación. Es que según él, el hecho de que una mujer de clase alta sea capaz de boicotear una reivindicación de mujeres de clase baja, muestra que la clase social es más importante que la identidad de género, del mismo modo que para un gay es más determinante el hecho de ser trabajador que su objeto de deseo.
De aquí que concluya: “La izquierda, presa de este mercado, cosificada también como una mercancía, presenta su seducción a través de las políticas de la diversidad. Una vez que se ha visto incapaz de alterar el sistema, de cambiar las reglas del juego, las acepta y, creyendo aún desempeñar un papel transformador, su única función es resaltar lo minoritario, lo específico, exagerar las diferencias, proporcionar una representación no solo a mujeres, homosexuales, o minorías raciales, sino a toda clase media aspiracional”.
Retomando lo que decíamos en la introducción de esta nota, intuyo que lo que ha hecho de este libro un éxito de venta y materia de controversia es el hecho de criticar a la izquierda desde la izquierda y acusarla de estar persiguiendo una agenda propositiva funcional al neoliberalismo. Se podrá o no acordar con estas críticas y con la propuesta del autor pero sin dudas ofrece una perspectiva capaz de enriquecer el debate.



viernes, 26 de julio de 2019

Alberto Fernández contra resto del mundo (editorial del 26/7/19 en No estoy solo)


El periodismo de guerra se encuentra ya completamente desplegado y augura meses extenuantes. Prácticamente toda la semana hicieron una polémica de la nada: que Cuchuflito y que Pindonga. Hasta fueron a buscar a Cuchuflito a ver si declaraba como un estadista republicano asustado por el hecho de que Argentina se transforme en Venezuela. Por suerte Pindonga decidió no exponerse. CFK es una gran oradora y al no preparar sus discursos a veces comete deslices. Pero no ha sido éste el caso. Está claro a qué se refería y que a lo que ella apuntaba era a los alimentos degradados que ofrecen algunas marcas. El objetivo de su alocución era hacer énfasis en que la crisis hace proliferar alimentos que no son tales. En tiempos de Fake News tenemos Fake Foods y todo se mezcla: los quesos devienen “alimentos a base de quesos”; la leche se transforma en “bebida láctea”; las noticias son “operaciones y publinotas a base de información”.
El periodismo oficialista intentó inferir de allí un desprecio de CFK por las segundas marcas y por las Pymes. Los datos mostrarían otra cosa: se estima que en los doce años de kirchnerismo las pymes crecieron un 50%. Durante el primer cuatrimestre de 2019 cerraron cuarenta y tres por día según números oficiales. Es evidente que Cuchuflito y Pindonga tenían más laburo antes.
Más controvertida fue la intervención de CFK cuando indicó que las entrevistas que le hacían a ella eran una suerte de interrogatorio. Insisto en que CFK se ha equivocado bastante en sus intervenciones por el hecho de la improvisación y además es natural que alguien que haya hablado en público durante ocho años como presidente deje frases que pueden ser descontextualizadas. Pero en este caso, si se ve en vivo el modo, la gestualidad, el tono, etc. resulta claro que de ninguna manera apunta a hacer semejante comparación. Sin embargo, aquello hizo que se sirviera en bandeja a los periodistas, que creen que su oficio y ellos mismos son el termómetro de las repúblicas democráticas modernas, la posibilidad de victimizarse. CFK o alguien cercano logró convencerla de pedir las disculpas del caso a quien había sido aludido. A nadie le importó demasiado. Las fieras ya habían obtenido su manjar.
Mientras tanto el historiador Luis Alberto Romero escribía en La Nación que el macrismo es de izquierda y CFK es de derecha, algo que seguramente hasta dibujó una mueca de piedad en el macrismo. Conmueve el esfuerzo de la gente a quien en general nadie le pide tanto. Y por si esto fuera poco, se viraliza un video que alguien tenía guardado por allí desde hace un año en el que Alberto Fernández le da un “panzazo” a alguien que lo insultaba en un bar. Hay que hacer de Alberto alguien muy pero muy malo.
Hablando de panzas y de Alberto Fernández, no se puede pasar por alto otra polémica: el Tigre Verón. Se trata de una ficción de POLKA en la que se recorren todos los lugares comunes y los prejuicios del antiperonismo y el antisindicalismo: patriarcas caudillistas con barrigas prominentes, campera de cuero, boxeo, hijos acomodados en puestos, violencia, corrupción. Otro caso de gente muy mala. La misma productora que también en vísperas de elecciones había estrenado, en su momento, El Puntero. Para casualidad parece mucho. Jorge Rial, en Intrusos, denominó a El Tigre Verón, el primer caso de una “publificción” trazando un parangón con las antes mencionadas publinotas en las que resulta obvio que alguien pone dinero para ser entrevistado. Aquí se estaría frente a una ficción con clara intencionalidad política, curiosamente, en el mismo momento en que el gobierno embate contra el sindicalismo y amenaza con avanzar con la reforma laboral. Sin embargo, en un claro error de estrategia comunicacional, los Moyano hicieron público a través de su abogado su deseo de denunciar a la productora e incluso al actor Julio Chávez. Un completo delirio y una completa ignorancia respecto a cómo funciona la comunicación y los medios. En tiempos donde vivimos en un mercado de la victimización, denunciar a una productora y al grupo Clarín (incluyendo allí a un actor por el papel que realiza) es hacer del victimario una víctima. Claro que la serie estigmatiza y juega políticamente. Pero eso no se resuelve judicialmente y menos yendo contra el actor incluso si él fuese consciente y eligiera adrede participar de ese papel para favorecer la estigmatización del sindicalismo (algo que no resulta inverosímil pero que, en principio, no me consta). A propósito del sindicalismo, otro error comunicacional ha sido el de la decisión de los pilotos de avión nucleados en el sindicato más crítico al oficialismo, de incluir un brevísimo comunicado, una vez que los vuelos llegan a tierra, denunciando que la política de cielos abiertos que lleva adelante este gobierno atenta contra las fuentes laborales y la soberanía. ¿El comunicado es agresivo contra el gobierno? No. ¿Es invasivo para los pasajeros? En grado mínimo salvo para Luis Brandoni. ¿Es verdadero lo que el comunicado indica? Sí. ¿Por qué, entonces, fue un error incluirlo? Porque todos sabemos que eso será usado contra el sindicalismo todo, contra el peronismo y contra Alberto Fernández. Cuando la oposición intenta instalar el debate económico, algunos sindicalistas le dan al gobierno y a la prensa oficialista la posibilidad de instalar una agenda que va contra el propio sindicalismo y los ubica en el lugar de los malos de la película. Indigna y enoja porque es injusto y es falso el ataque al sindicalismo como un todo pero a nadie le importa la justicia y la verdad, menos en tiempos de elecciones. Además, quien se indigna y enoja pierde.  
Y si de economía se trata, quien dio un gran reportaje y vapuleó a Joaquín Morales Solá fue Alberto Fernández. Ha sido tan resonante la supremacía que el Ministro Dujovne salió a contestar e hizo que los medios oficialistas tuvieran que ocuparse del tema. La entrevista demuestra que hay políticos blindados como Vidal a los que nunca se les hace una repregunta pero que eso ha hecho perder el timing de las entrevistas a algunos periodistas que no están acostumbrados a ser interpelados con datos y argumentos. Fue llamativo ver a un periodista de la trayectoria del columnista de La Nación aparecer tan desprovisto de herramientas y de fuentes. Usando la metáfora futbolística, cuando el rival es de fuste, los números 10 que solo tiran centros y dan pases gol para que el entrevistado cabecee, tienen que aprender a tirarse al piso, hacer tiempo, usar el VAR y trabajar la entrevista.
Por suerte para Alberto Fernández, algunos referentes políticos, sociales y del espectáculo, de aquellos que militan “sueltos” pero que siempre tienen cerca un micrófono, no están haciendo declaraciones que luego puedan ser usadas en contra del candidato del Frente de Todos. Desconozco si ha sido un pedido expreso o un ejercicio autoimpuesto guiado por la prudencia pero quien hoy lidera todas las encuestas, por más o menos puntos, tiene que lidiar, por un lado, con el “fuego enemigo” que es muy ordenado y funciona como una temible maquinaria aceitada de desinformación, intoxicación, instalación y penetración. Y por otro lado, con el “fuego amigo” que es la consecuencia de una descoordinación sorprendente, mensajes sin horizonte claro y llaneros solitarios que juegan la propia.
El Frente de Todos ha sido un armado electoral milagroso, impensable unos meses atrás. Salvo algún distrito en particular, creo que ofrece lo mejor que la oposición podía ofrecer y eso le está permitiendo soñar con el triunfo basándose en todos los votos del núcleo duro de CFK más la capacidad cada vez más evidente de Alberto Fernández quien se enfrenta con solvencia a todas las zancadillas y operaciones a las que el oficialismo lo somete. Si a eso le sumamos la evidencia de estar frente al peor gobierno desde el regreso de la democracia, pasando por alto a De la Rúa, claro, habría razones para ser optimistas. Sin embargo, un buen armado electoral y uno de los peores gobiernos de la era democrática pueden no alcanzar si los propios se siguen equivocando. El adversario de Alberto Fernández debería ser Juntos por el cambio. Por momentos pareciera ser Juntos por el cambio más resto del mundo.          



lunes, 22 de julio de 2019

Argentina: un enigma para politólogos y geómetras (editorial del 19/7/!9 en No estoy solo)


El gobierno que hizo de la despolitización un culto, necesita polarizar, disputar, crear una épica para movilizar a un electorado propio que es un electorado de baja intensidad. Debe hacer hervir a los tibios: Venezuela, La Cámpora narcotraficante, el gobernador comunista, Hezbollah kirchnerista, doctrina Chocobar y Servicio cívico voluntario en Valores. ¿Cómo lograr que los vuelva a votar el 34% que los eligió en la primera vuelta de 2015?
El progresismo cae en la trampa como siempre y se indigna, rezonga en su cámara de eco y trata de idiota a quien no vota progresista. Pero el progresismo elige buenos platos en Palermo, hegemoniza las agendas y tiene más causas nobles que votos. No le gusta reconocerlo. Sin embargo, lo abofetean en Brasil, en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Aunque eso sí: en Twitter y en las universidades gana todas las discusiones.
Votantes macristas casi no hay ni hubo. Más bien, la gran mayoría de los votos de Macri son antikirchneristas y antiperonistas. No está ni bien ni mal o quizás sí pero no importa. Simplemente es y en las últimas elecciones esa suma de núcleo duro de derecha con espuma en la boca más unos cuantos asustados y otros tantos ingenuos que creyeron que no les iban a sacar nada de lo que tenían, alcanzó para ganar la elección. El electorado que acompaña a los Fernández es más intenso, politizado y movilizado. Suena mejor pero no alcanza para ganar en un sistema donde hay balotaje ni lo exime de evitar su microclima. Está sobresemiologizado: cree que todo es un asunto de comunicación. Hay una ingenuidad más grande que la que tenían los iluministas del siglo XVIII porque cree que, explicando, la razón guiará al electorado y los llevará a votar bien. Quien no vota bien lo hace por estar engañado por un señor muy malo llamado Durán Barba. Todo se puede deconstruir menos la terquedad.
Los Fernández se pueden beneficiar con que en las PASO no voten los menos comprometidos con la política. Ese perfil, naturalmente, es más propenso a votar al gobierno que ahora sale a buscar el voto “abuelo” que, los que gozan con bromas de mal gusto, llaman “senil”. La contrapartida de ello es la juventud. Allí los Fernández arrasan pero cruzan los dedos y esperan que el domingo de elecciones no funcione instagram. La grieta es multinivel: viejos contra pibes, k contra anti k, verdes contra celestes, republicanos contra populistas. Sí, siempre gana el gobierno.   
No todo es comunicación pero si vas a comunicar hacelo coordinadamente. El “Frente Todos”, en este sentido, parece el “Frente todas las partes” porque cada uno de los pedacitos que lo conformó comunica lo que quiere. Han hecho de Alberto un equilibrista antes que un candidato y lo ponen a la defensiva o en el rol de tener que explicar. Se desgasta como si fuera gobierno. En un reportaje Matías Lammens reconoce que no tuvo la posibilidad de reunirse ni con CFK ni con Máximo, a quienes ni siquiera conoce personalmente. Es el candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad. Días atrás circuló que se reunieron los equipos de comunicación del Frente Todos por primera vez para acordar algunos puntos y unificar el discurso. Faltan 20 días para las elecciones.
Para el macrismo el problema es el presente. No tiene nada que mostrar. Su gobierno no es el peor de la última era democrática porque existió el gobierno de De la Rúa. Mintieron, ejecutaron un plan para pocos y hasta fueron ineficientes en esa ejecución. Ya casi ni se preocupan en prometer. Dólar quieto hasta lo que dé. Luego estalla. Lo van a votar igual.
Para el kirchnerismo el problema es el pasado porque los votantes a los que debe seducir tienen instalados que el pasado es malo. Alberto juega con referenciarse en un pasado más remoto, casi un Edén virginal: Néstor. Estratégicamente está bien y hay que decirlo con el diario del viernes porque con el del lunes es fácil. Hay que decir que está bien incluso si sale mal como estuvo bien la estrategia de CFK de correrse del centro de la escena apareciendo como vice para garantizar todos los votos a la fórmula. En 2015 se intentó satisfacer a los propios poniendo a Zannini como el garante. No alcanzó. Se hizo campaña más por Aníbal que por Scioli. Perdió Aníbal, perdió Scioli y perdió la Argentina. Ahora la garante es ella. Todos los votos adentro. Punto. Quizás alcanza o quizás no pero tras años de cometer errores en la estrategia electoral, esta decisión fue buena y logró hacer explotar Alternativa Federal y la avenida del medio que nunca fue ancha. La Argentina es un país polarizado donde la mayoría dice ser ecuánime y estar equidistante. Casi todos dicen estar en el medio pero solo se ve que hay un lado y otro. Es un enigma para los politólogos. También lo es para los geómetras.      

miércoles, 17 de julio de 2019

El VAR en el fútbol: la caída de la utopía tecnocrática (publicado el 10/7/19 en www.disidentia.com)


Si hay personas más moralistas que los periodistas de la sección política, son los periodistas de la sección deportiva. Salvo contadas excepciones, la explosión del deporte como negocio nos expone a padecer horas y horas de hombres y mujeres que con una formación, en general, bastante deficitaria, se erigen como portavoces de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que se tiene que hacer y de lo que no. Y para peor: no asumen sus dichos desde una perspectiva personal sino que se identifican como referentes del sentir popular; consideran que son un médium a través del cual el sentido común aflora. Pero además, en las intervenciones de los periodistas deportivos proliferan toda una gama de metáforas “sociales” acerca de cómo se comportan y conforman los grupos, y una serie de explicaciones psicológicas acerca del desarrollo humano individual que no superan el más mínimo análisis. A los periodistas deportivos sumemos todos aquellos referentes del fútbol con algún tipo de responsabilidad dirigencial. En este sentido no deja de llamar la atención cómo, en muchos casos, esa dirigencia, en nombre de la modernidad y de los “nuevos tiempos”, naturaliza las fantasías tecnocráticas más burdas, siguiendo, claro está, los senderos que proponen las dirigencias políticas nacionales. Insisto en que, por suerte, hay excepciones pero hoy hablaremos de la regla ya que esta breve introducción viene al caso para reflexionar sobre todos los prejuicios y el fuerte sesgo ideológico que se encuentra detrás de lo que parecería ser el acto nimio de la implementación de la tecnología en el fútbol y, en particular, de lo que se conoce como VAR, esto es, un sistema que permite brindar asistencia técnica a los árbitros que se encuentran en el césped. Dado que se van realizando continuos retoques a la reglamentación, diré, en general, que el VAR supone la existencia de una cabina de videoarbitraje con diversas cámaras de video que permiten a uno o más árbitros auxiliares junto a otros asistentes, examinar las jugadas controversiales, en particular, los goles, los penales, la utilización de las tarjetas y los problemas de identificación de algún jugador.
Las principales ligas del mundo comenzaron a utilizarlo aunque los que tomaron la iniciativa fueron los torneos internacionales, sean de selecciones o de equipos. Sin ir más lejos, hace algunos días culminó una nueva edición de la Copa América en la que Brasil fue coronado pero varios partidos culminaron en escándalo. A Uruguay le anularon tres goles en un partido (uno de ellos, como mínimo, con excesivo celo); a Argentina no le cobraron dos penales claros contra Brasil; Messi fue injustamente expulsado contra Chile y Perú fue perjudicado en la final contra Brasil cuando se le sancionó un penal en contra. En la UEFA Champions League también hubo jugadas polémicas donde el árbitro o quienes lo asisten tecnológicamente han confirmado o revocado fallos injustamente.
Prácticamente todos los protagonistas, incluso muchos de los periodistas deportivos que lo pedían a gritos en nombre de vaya a saber uno qué concepción de la justicia, coinciden en que la implementación del VAR tal como se ha desarrollado hasta ahora está desnaturalizando el juego especialmente porque se pierden muchos minutos y toda jugada de gol, incluso los off side, están a consideración de la mirada de la tecnología. A juzgar por lo que se ha visto en la Copa América, en breve, los jugadores dejarán de celebrar los goles para no quedar en ridículo ante la posibilidad de que éste sea anulado, y los simpatizantes más cautelosos aguardarán la confirmación de la tecnología para abrazarse con quien tuvieran circunstancialmente al lado. Perder la espontaneidad y el goce estético que supone el grito de gol no es una buena señal pues es de las cosas más lindas del fútbol y es de lo poco del espíritu amateur que al fútbol de megaestrellas le queda.
Por otra parte, cada vez resultan más difusos los criterios de la utilización del VAR y el espacio de discrecionalidad es aún mayor que el que existía antes. Así, lejos, de brindar mayor transparencia, la sensación de opacidad ha crecido: no se sabe por qué se analizan determinadas jugadas y otras no; el árbitro del campo de juego pierde autoridad y las sospechas crecen porque quienes finalmente acaban tomando las decisiones son aquellos que se encuentran en la sala de Videoarbitraje.
Pero hay todavía una pregunta previa, que es la que me interesa indagar porque sospecho que detrás de la implementación del VAR hay toda una concepción tecnocrática del mundo, aquella que considera que la tecnología está asociada a la transparencia y que ésta viene a solucionar todas las injusticias del deporte y del mundo; que los sistemas de derecho funcionan deductivamente sin opacidades, sin lagunas y sin discrecionalidad; y, asociado a este último punto también, que todo lo existente puede reducirse en última instancia a un dato duro, a un hecho incontrovertible. Y todo esto es falso más allá de quien reflexiona aquí no caiga en la moda de los relativismos tontos que creen que todo es una construcción social y que la materialidad del mundo es un invento de gente muy mala que quiere someter a otra. Dicho de otra manera, hay una materialidad existente, hay datos, hay hechos pero también hay interpretación, intervenciones subjetivas que interactúan, perspectivas que no hacen que todo valga lo mismo pero que no pueden tampoco dejarse de lado en función de algún ideal positivista decimonónico. Sin entrar aquí en un debate epistemológico, esto sirve para la percepción general de la realidad como para pensar la complejidad de los sistemas de derecho, entre los cuales me permito incluir el reglamento de un deporte como el fútbol. Subsumir un hecho en una determinada categoría de un sistema de derecho supone una interpretación del mismo como evaluar la intención de una infracción en el área supone una enorme cantidad de saberes y empatías que la sola imagen no brinda. Distinto, claro está, puede ser determinar si una pelota cruzó o no una línea, pero la gran mayoría de las jugadas controversiales, incluso las del off side en las que también, al fin de cuentas, se trata de trazar una línea imaginaria, hay controversias y juega, de una u otra manera sobre una base real y material, cierto sesgo interpretativo. No hay solución para eso más allá de todas las fantasías tecnocráticas que intentan erigirse como el Ojo ecuánime, pulcro y transparente de Dios.   
Todo esto, claro está, sin entrar en el debate, aun a riesgo de cierto romanticismo, que plantearía si la opacidad y, por qué no, la imprevisibilidad, la picardía y el error arbitral no son parte del mismo juego y uno de los condimentos maravillosos que hacen tan pasional y emocionante al fútbol. En eso, naturalmente, no es lo mismo un espectáculo como el fútbol cuyo sentido es también entretener, que un sistema de derecho que rige las relaciones interpersonales de una sociedad desde una perspectiva penal, civil, etc., aunque este punto, por supuesto, merecería un desarrollo mayor.
Quienes consideran que la opacidad no es parte del juego son los principales impulsores del VAR pero ahora caen en la cuenta que esa implementación la ha hecho crecer, no ha eliminado la picardía ni los errores y, por si esto fuera poco, ha aumentado la sospecha sobre la discrecionalidad y sobre quiénes son finalmente los que toman las decisiones. Dirán, claro está, que el sistema deberá mejorar su implementación y seguramente lo hará. Lo que nunca entenderán es que la supuesta perfección del sistema es inalcanzable porque la interpretación jugará siempre, sea del referí que está en el campo o de cien asistentes que vean una imagen desde una cámara. En el caso de un deporte y de un deporte como el fútbol, que esa perfección mecánica sea inalcanzable puede que sea una suerte.       



domingo, 7 de julio de 2019

Apuntes sobre la agenda de campaña (editorial del 5/7/19 en No estoy solo)


Mal que les pese a muchos, especialmente dentro de las perspectivas del análisis del campo popular, existe una extensa cantidad de bibliografía que demuestra que los medios no determinan completamente aquello que pensamos. Sería más cómodo que esa bibliografía no existiera, que esos estudios jamás se hubieran hecho y que las derrotas culturales y electorales se expliquen simplemente porque los medios controlan la cabeza de la gente como se creía ingenuamente en 1938 cuando Orson Welles adaptaba La guerra de los mundos de Herbert Wells al formato radial y hacía entrar en pánico a buena parte de sus oyentes. Sin embargo, esas mismas investigaciones muestran que si bien los medios no son capaces de determinar qué pensamos, sí son capaces de determinar o tener una influencia decisiva en los temas sobre los que pensamos y discutimos. Dicho más fácil: los medios son eficaces para instalar agenda y eso puede ser mucho más importante que la cuestión acerca de cuáles son las posturas que aparecen en el debate de esa agenda. En este sentido, resueltas ya las candidaturas y en el contexto de paridad entre las dos principales fuerzas, la cuestión de la agenda resulta central porque con buen tino todos los analistas advertimos que si la cuestión económica se instala como eje central es muy probable que ésa sea la llave del triunfo para los Fernández. Pero si la agenda se dispersara o tuviera otros ejes, el beneficiario será el gobierno. Y la maquinaria electoral y cultural del oficialismo no debe ser subestimada pues, de hecho, es probable que sea en los únicos dos aspectos donde han sido eficientes.
Es de suponer que el gobierno lance una campaña “de las pequeñas historias anónimas” a través de whatsapp. Al estilo de las narraciones que hacía Macri en campaña cuando siempre aparecía un nombre propio sin apellido, un Cacho, una María, ciudadanos anónimos harán circular mensajes presuntamente espontáneos contando que le pusieron una cloaca, que viaja más rápido, que al narco de la esquina lo llevaron preso, es decir, la agenda y las ficciones que son funcionales al oficialismo. Será difícil contrarrestar aquello pero seguro que no se logrará con mensajes y campañas en las que la oposición hable e interpele solo a los propios. De hecho, la decisión de CFK de hacerse a un costado de la centralidad de la fórmula y de la campaña, tiene que ver con el reconocimiento de que con los puros y duros solo se logran minorías intensas pero se renuncia a la construcción de mayorías. Ese reconocimiento supuso uno de los logros más difíciles en los tiempos de algoritmos: dar un paso más allá del microclima.
Y si de lo que hablamos es de microclima, otro punto importante y muy difícil de vehiculizar para los Fernández será lograr que la lógica y el perfil de la campaña de la ciudad de Buenos Aires no se expanda al resto del país. De hecho, la gestión de Rodríguez Larreta, siendo bastante deficitaria en muchos aspectos, es lo que Cambiemos y el PRO en particular pueden exhibir como logro, especialmente por algunas obras de infraestructura y algún que otro detalle estético; y a su vez, es en la Ciudad de Buenos Aires donde el peronismo y el kirchnerismo no logran hacer pie de ninguna manera ni acertar pues enhebran un sinfín de errores en lo que a perfil, política y selección de candidatos, salvo puntuales excepciones, respecta.
De hecho, el espacio panperonista de la ciudad parece haber elegido como eje la cuestión del aborto a sabiendas que en las grandes ciudades y especialmente en Capital hay una mayoría a favor de la despenalización y/o legalización. Sin embargo, eso intentará ser neutralizado por la decisión de postular a Martín Lousteau quien, junto a su esposa, ha tomado una posición clara y militante a favor del pañuelo verde. Por otra parte, este eje va a contramano de algunas declaraciones de la propia CFK quien más allá de haber cambiado su opinión respecto a legalización, dejó bien en claro que el espacio opositor debía incluir “pañuelos verdes y pañuelos celestes”, especialmente porque en el resto del país la presencia de los que postulan “la defensa de las dos vidas” es potente. Es probable, en este sentido, que CFK entienda que poner como eje de la campaña la discusión “entre pañuelos” lo único que hará es fragmentar a la oposición pues tradicionalmente, en general, el electorado peronista, a diferencia del progresista, ha reivindicado la causa de la igualdad de la mujer pero se ha opuesto a la despenalización y/o legalización del aborto.
Por último, otro aspecto de la agenda que será difícil de evitar para la oposición, que claramente favorece al gobierno y que es parte de una decisión editorial de los medios oficialistas, es tomar como eje del debate público cualquier cosa que diga o haga alguien que se diga o sea identificado como K. Si tres jóvenes no tienen nada más importante que hacer que jugarle una desagradable broma al presidente para lograr un saludo y luego incomodarlo verbalmente, los medios oficialistas dirigen el debate hacia el presunto autoritarismo k y cualquier referente del espacio está obligado a salir en los medios a tomar posición sobre este hecho. Lo mismo sucede cuando actores, referentes políticos marginales autodenominados peronistas o intelectuales brindan opiniones personales sobre temas relevantes y automáticamente son expuestos como portavoces de CFK, de Alberto Fernández, del Papa, etc. Esto hace que el candidato a presidente del espacio opositor pase buena parte de las entrevistas que le hacen aclarando que él no se siente representado por lo que tal o cual personaje ha dicho. Es decir, expone al candidato a presidente a adoptar una actitud defensiva, en tiempos donde ser peronista y/o kirchnerista se ha transformado, de por sí, en una imputación. Es muy difícil orgánicamente poder “controlar” o al menos homogeneizar un discurso cuando los medios están a la caza de cualquier bobería pero hay que hacer el esfuerzo mientras se cruzan los dedos para que el narcisismo de muchos inorgánicos cese y decidan dejarse llevar por un piadoso silencio, al menos temporalmente.                    
La lista de elementos a los que deberá enfrentarse la oposición en la disputa de la agenda es sin duda, más extenso, y probablemente aparezcan nuevas circunstancias y giros que implicarán repentización, astucia, imaginación y, sobre todo, eludir los microclimas con el profesionalismo que merece una campaña de esta magnitud. Son momentos donde la oposición debe comprender que el voluntarismo, la heroicidad individual y el perseguir reivindicaciones particulares independientemente del colectivo y la suerte del país, solo pueden generar victorias pírricas, chiquititas, que serán el germen de una gran derrota el día de mañana.  


lunes, 1 de julio de 2019

Serotonina y la revolución de las pastillas (publicado el 26/6/19 en www.disidentia.com)


“Náuseas, falta de libido e impotencia” son las contraindicaciones del antidepresivo que toma el personaje central de Serotonina, la última novela de Michel Houllebecq. La serotonina es una molécula que se encuentra en nuestro cerebro y en la cantidad adecuada genera un justo punto medio en los estados de ánimo. Pero el estrés hace que ésta disminuya y eso genera desequilibrios. El problema de la baja de serotonina es tan acuciante que ya se habla de una epidemia. De hecho podría concluirse que ése es el clima de la novela y de la época que Houllebecq pretende describir.
Porque los nuevos valores del emprendedorismo que nos dice que ya no hay explotadores ni explotados, no deriva en empoderamiento ni mayor autonomía sino en la explotación de cada uno de nosotros por nosotros mismos, introyección de la responsabilidad y depresión. En este sentido, en una sociedad donde lo que prima es la autoexigencia y el rendimiento, la única revolución posible parece ser la de las pastillas.   
Houllebecq es de esos escritores que uno recomendaría a alguien que quisiera conocer cuál ha sido el sentir del ciudadano medio europeo/occidental en los últimos 25 años, en un recorrido que va desde su primera novela, Ampliación del campo de batalla, donde denuncia el modo en que el retiro del Estado y la destrucción de “la norma” dejan al individuo a la intemperie, hasta sus últimas dos novelas, la recientemente mencionada Serotonina, y Sumisión, aquella en la que se postula la posibilidad de que un hipotético partido musulmán triunfe en las elecciones francesas.
Sin embargo, Houllebecq no solo es reconocido por su obra sino también por sus comentarios críticos de la corrección política. Esto le ha valido acusaciones de misógino, fascista, racista, etc. Sus personajes tienen bastante de eso, aunque claro está, hay quienes no se dan cuenta que solo son personajes.
En esta novela, el personaje principal que habla en primera persona es capaz de atacar a los holandeses, odiar a los burgueses ecoresponsables, afirmar que Francisco Franco es el creador del turismo en España (de hecho Houllebecq tiene una bonita casa en Almería y la historia del personaje comienza allí mismo), hacer comentarios críticos hacia el feminismo y llamar “mariquitas” a los gays.
A su vez, Houllebecq, como en casi todas sus novelas, no duda en ingresar en lo sórdido con un desapego que espanta, el mismo desapego del occidental clasemediero para el que nada vale demasiado la pena. De hecho puede contar suelto de cuerpo que su novia japonesa realizaba orgías en el cuarto que compartían y hasta practicaba zoofilia. También confiesa que en algún momento realizó los cálculos acerca de qué consecuencias podría traer matarla y que alguna vez dudó entre ingresar a un monasterio o irse de tour sexual a Tailandia. Naturalmente, no tuvo la decisión para realizar nada de eso ni tampoco la tuvo cuando planeó matar al niño de la ex novia cuyo amor pretendía recuperar sin compartirlo con ningún “extraño”. Menos aún se animó a hacer algo cuando descubrió que el vecino alemán de la cabaña de enfrente era un pedófilo.
Pero no hay que olvidar que el elemento político siempre aparece en Houllebecq, a veces en el centro, a veces en la periferia, pero siempre incómodo. Aquí gira en torno a la agricultura (téngase en cuenta que Houllebecq es ingeniero agrónomo) para, desde allí,  describir la tensión social en Francia. Es que mientras la novela comenta el proceso de gentrificación parisino, de repente la historia vira hacia un conflicto gremial que tiene como protagonista a un viejo amigo. Así, mientras advierte que el librecambismo, y más con Macrón, claro, siempre acaba imponiéndose sobre el proteccionismo, un corte de ruta realizado por productores de leche acaba con su amigo volándose la cabeza como un mártir frente a la policía y con una represión que arroja varios muertos.
Sin embargo, el eje central es la depresión como signo de la época. Se dice que Houllebecq la sufrió en los años 80, bastante antes de publicar su primera novela y ese tópico atraviesa casi todas sus obras pero, sin dudas, se halla con fuerza en ésta en particular. La depresión y la falta de afecto, claro, la distancia hacia todo y alguna mínima nostalgia hacia las historias de amor como la de sus padres, que deciden suicidarse juntos, de la mano, en su cama, cuando se enteran que uno de ellos sufría un cáncer terminal. Esa nostalgia que se observa cuando él no se anima a decirle a Camille, su novia, que se quede con él, porque entiende, racionalmente, que no correspondía frustrar el destino profesional de ella. Todo eso y el sexo como un falso motor o un exmotor, una iniciativa casi compulsiva que luego se entibia y que deja de ser tan importante, como todo lo que rodea al personaje. Ya no hay erecciones y tampoco le interesa demasiado pues al fin de cuentas se mantiene en el promedio del ciudadano medio europeo.
De hecho, en unos de los pasajes de la novela se puede leer: “Francia, y quizás todo Occidente, estaba sin duda retrocediendo al estadio oral, por decirlo en los términos del fantoche austríaco. Yo seguía el mismo camino, era indudable, engordaba poco a poco, y la alternativa del sexo ni siquiera se me presentaba claramente. (…) Habíamos vuelto en cierto modo al siglo XVIII, en el que el libertinaje estaba reservado a una aristocracia variopinta, mezcla de nacimiento, fortuna y belleza.
Quedaban también, quizás, los jóvenes, bueno, algunos jóvenes, pertenecientes en virtud de su simple juventud a la aristocracia de la belleza, y que creían todavía en ella durante unos años, entre dos y cinco, desde luego menos de diez (…) las chicas jóvenes, obedeciendo, me figuro, a un irreprimible impulso hormonal, seguían recordando al hombre la necesidad de reproducir la especie, objetivamente no se las podía censurar (…) estaban allí pero era yo el que ya no estaba, ni para ellas ni para nadie, y no tenía pensado volver a estar (…) El tiempo de las relaciones humanas había caducado, al menos para mí”.
Lo que sí hay son planes de suicidio aunque también hay falta de decisión; hay un cuerpo desequilibrado que no para de engordar y que espera la muerte pero quiere consumirse todo el dinero para no dejarle nada a ninguna Fundación benéfica y hay, sobre todo, un psiquiatra que le provee el antidepresivo y le advierte que equilibrar la serotonina baja la testosterona. Por ello agrega: “Desprovisto tanto de deseos como de razones para vivir (…) mantenía la desesperación a un nivel aceptable, se puede vivir desesperado, e incluso la mayoría de la gente vive así, no obstante de vez en cuando se pregunta si puede concederse una bocanada de esperanza, bueno, se lo pregunta antes de responder negativamente. Sin embargo persevera, y se trata de un espectáculo impactante”.
Tan impactante como el momento en que el psiquiatra le hace un análisis y le dice que está muriendo de pena, que la cantidad de cortisol que ha generado lo va a hacer engordar cada vez más hasta ser un obeso y que hay un montón de alternativas médicas pero que, al fin de cuentas, no debería desestimar la posibilidad de dejar todo e ir de putas.
Pero pasaron dos o tres meses y el personaje prefirió el antidepresivo y mudarse a un barrio donde pudiera estar cerca de un batallón de terapeutas, uno por cada órgano:
“Comprendí que en adelante mi vida iba a reducirse a eso: a disculparme por las molestias”.
Culminemos entonces con una breve descripción de los efectos de los antidepresivos que aparece hacia el final de Serotonina, quizás para que usted entienda que la autoayuda miente cuando dice que es más efectiva que éstos o cuando le sugiere que leyendo más a Platón evitará tomar Prozac.
“Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible. No crea ni transforma; interpreta. Lo que era definitivo lo convierte en pasajero; lo que era inevitable lo vuelve contingente. Proporciona una nueva interpretación de la vida: menos rica, más artificial, e impregnada de cierta rigidez. No procura ninguna forma de felicidad, ni siquiera un verdadero alivio, su acción es de otra índole: transformando la vida en una sucesión de formalidades, permite engañar. Por lo tanto, ayuda a los hombres a vivir, o al menos a no morir….durante un tiempo”.

sábado, 22 de junio de 2019

Pensar con una navaja: el antídoto para las teorías conspirativas (publicado el 13/6/19 en www.disidentia.com)


La posibilidad de la viralización inmediata y casi infinita de contenido y opiniones ha permitido el regreso de antiguas teorías conspirativas y el surgimiento de algunas muy novedosas. Así, la forma de la tierra, la eficacia de las vacunas, las leyes a favor y en contra del aborto, la irrupción de determinados gobiernos, las muertes célebres, el cambio climático y el lugar que ocupan en las sociedades occidentales determinadas minorías y mayorías, por mencionar solo algunos ejemplos, pretenden ser justificadas a través de explicaciones complejísimas en las que en algún momento aparecen oscuras corporaciones, hombres excéntricos y poderosos, los servicios secretos de las potencias, la Iglesia, la masonería, Bin Laden, los comunistas, los capitalistas y hasta algún que otro marciano infiltrado con la lengua verde.
Incluir a alguna de estas entidades en la explicación parece otorgar cierto status y la apariencia de sagacidad en quien la expone pero también en quien la replica porque funciona como una suerte de guiño, el pase a un club de iluminados que genera mayor identificación cuanto más minoritario es, especialmente en tiempos donde pertenecer a una mayoría se ha transformado en una imputación.  
Es muy difícil combatir contra este tipo de armados, en su mayoría, supersticiones, pero una base desde la cual poder situarnos la encontraremos rastreando el espíritu que irradió un hombre nacido en un pequeñísimo pueblo que en la actualidad apenas si supera los 380 habitantes y se encuentra a unas 25 millas al sudoeste de Londres: me refiero a Guillermo de Ockham y a su célebre “navaja”.
Guillermo ingresó a la orden franciscana y estudió en Oxford donde más tarde dio lecciones sobre la Biblia. Corrían las primeras décadas del siglo XIV y sus posturas heterodoxas fueron condenadas por el papa Juan XXII, algunas por heréticas y otras por, simplemente, “erróneas”. Tal condena hizo que Guillermo escapara de Avignon hacia Pisa donde tuvo la posibilidad de encontrarse con el emperador Luis de Baviera quien lo acogió en su corte de Munich. Allí obtuvo la protección para poder intervenir en distintas disputas incluso contra los papas subsiguientes, si bien con la muerte del emperador, allá por 1347, se dice que Guillermo habría intentado una reconciliación con la más alta jerarquía de la Iglesia Católica, algo que finalmente no sucedió pues, el nacido en Ockham, moriría poco tiempo después.
Hay distintas interpretaciones sobre el pensamiento de Guillermo, a quien la mayoría conoce por haber inspirado el personaje de Guillermo de Baskerville en la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, pero en general existe cierto acuerdo entre hermeneutas y eruditos, respecto a que Guillermo de Ockham fue un precursor de muchas de las posturas que siglos después generaron una fractura en el mundo medieval para dar lugar a la modernidad. Si bien no es materia de este artículo, Guillermo habría sido un fiel representante de la corriente nominalista contra la corriente del realismo platónico en lo que respecta a la discusión en torno a la existencia de los universales, un antecedente de la ciencia experimental y el hombre que entendió, a diferencia de Santo Tomás, que la religión y “la ciencia” corrían por caminos distintos y no podían hallar conciliación. Del pensamiento de Guillermo se seguía también una separación entre el poder terrenal del príncipe, ocupado de los asuntos civiles, y el poder espiritual del papa, en una querella que atravesaría buena parte de los siglos posteriores. Sin embargo, lo que aquí nos interesa es “su navaja”, la cual, naturalmente, no refiere a un objeto en particular sino a una metáfora que luego devino en un principio metodológico clave en diferentes disciplinas científicas y que yo invito a ser utilizado en los debates públicos.
Este principio reza lo siguiente: ENTIA NON SUNT MULTIPLICANDA PRAETER NECESSITATEM (No deben multiplicarse las entidades más de lo necesario). Esto significa que no deben introducirse más realidades ni reglas, supuestos o principios de los que son necesarios al momento de dar cuenta de un fenómeno. De aquí se deduce que, por un principio de economía explicativa, de haber dos explicaciones para un mismo fenómeno habría que elegir la explicación “más simple”.
En este sentido, si frente a la evidencia de una tierra esférica la respuesta es que hay una manipulación de imágenes y cálculos realizada por la NASA y por las grandes corporaciones del poder mundial para engañar a la opinión pública y ocultar que la tierra es plana, estaríamos eligiendo una explicación bastante poco simple y multiplicando la cantidad de entes o principios para dar cuenta de un hecho.  
Volviendo a la novela de Eco, para poder desentrañar las extrañas muertes que suceden en la Abadía, Guillermo de Baskerville hace explícitamente uso de este principio, que en su momento no fue denominado “navaja” y que tampoco se encontraba estrictamente en las afirmaciones de Guillermo de Ockham aunque claramente se derivaban y eran coherentes con otras tantas de sus ideas que nada tenían que ver con esta nueva ola de barberías que busca satisfacer las exigencias cosméticas de los varones, sino que apuntaba a “cortar” y “quitar” lo innecesario, aquello que “sobra” al momento de dar una explicación.
El principio que se sigue de “la navaja” fue retomado por Bertrand Russell ya en el siglo XX para aplicarse a toda explicación científica y suele ser conocido también como el “principio de parsimonia” que indica que “en igualdad de condiciones la explicación más sencilla suele ser la correcta”.
Está claro que muchas veces resulta difícil determinar cuál explicación es más sencilla o ponernos de acuerdo acerca de qué entendemos por sencillez. Por citar solo un ejemplo: ¿es más sencilla la teoría de la evolución que las explicaciones ofrecidas en torno a lo que suele denominarse Teoría del Diseño Inteligente que, palabras más, palabras menos, retoma la vieja tradición de una entidad superior como creadora de la vida? Esto nos obliga a releer con más cuidado el principio, especialmente en lo que respecta a que la explicación más sencilla “suela ser la correcta”, porque de allí se sigue que en algunos casos puede no serlo. Es decir, hay sobrados ejemplos en la ciencia y también, por supuesto, gran cantidad de tramas políticas enormemente complejas donde para poder dar cuenta del fenómeno hay que multiplicar muchísimo los entes, los principios, las variables y las causas. Porque hay fenómenos complejos y también hay grandes conspiraciones pero de lo que se trata, al menos por buen gusto y por respeto al tiempo del otro, es de comenzar siempre por la explicación más sencilla, tener la predisposición a no complejizar exageradamente, pensar siempre regido por una navaja como la de Ockham. Es que no siempre pero, en general, la respuesta está mucho más a mano de lo que la mayoría supone.