lunes, 15 de abril de 2019

Repensar el poder (publicado el 4/4/19 en www.disidentia.com)


Escena 1: la falsa marquesa mira por la ventana cómo los campesinos a los que somete obedecen resignadamente y cómo esos mismos campesinos maltratan y se abusan de la candidez de uno de ellos llamado Lázaro. El hijo de la marquesa, preocupado y algo culposo le pregunta a su madre si no siente temor a que los campesinos se den cuenta de esta explotación y ella responde: “Yo los exploto a ellos y ellos explotan a ese pobre hombre [Lázaro]. Es una cadena. No se puede hacer nada”. Frente a ello, el hijo arremete y dice: “Quizás [Lázaro] (…) no se aprovecha de nadie”. Pero la respuesta de la madre es tajante: “Eso es imposible”. 

Escena 2: Abigail, una noble caída en desgracia, utiliza todo tipo de estrategias de seducción e intriga para transformarse en la protegida de la reina Ana de la dinastía escocesa de los Estuardo. Mientras la reina duerme, Abigail se dedica a poner su suela encima de uno de los conejos que tanto adora Ana. Lo aprisiona contra el piso aunque, por suerte para el animal, decide ser misericordiosa y lo suelta. Sin embargo, segundos después, como sucedía casi todas las noches, la reina convoca a Abigail para que ésta se postre ante ella y permanezca allí con el rostro sobre su sexo.
La primera escena corresponde a la película italiana Lazaro felice dirigida por Alice Rohrwacher y la segunda corresponde a The favourite, de Yorgos Lanthimos. Ambas escenas tienen algo en común: nos demuestran que las relaciones de poder son mucho más complejas que lo que parecen y no solo porque en este caso el poder lo ejerce una mujer contra un grupo de campesinos, los campesinos contra uno de ellos, una mujer contra un animal o una mujer contra otra, sino por una razón más conceptual que quisiera desarrollarles aquí. Es que en los debates actuales en los que aparece “el Poder”, con mayúsculas, sea lo que éste fuera, es decir, el imperialismo, el capitalismo, el heteropatriarcado, el racismo, el nacionalismo, el colonialismo, el esclavismo, etc., la imagen que se tiene del mismo resulta simplista y esquemática. Esto obedece a una razón muy sencilla: se cree que las relaciones de poder son estrictamente unilaterales de lo cual se seguiría la imagen ciertamente equivocada de gente muy mala ejerciendo el poder y gente muy buena padeciéndolo. Nada hay en el medio y la gente poderosa es muy pero muy mala y la gente que lo sufre es muy pero muy buena. Victimarios y víctimas que siempre realizan el mismo papel, de modo tal que se transforman en victimarios y víctimas esenciales y eternos.
En general, en la actualidad, todo aquel que se posiciona en la arena pública desafiando a algún poder abreva en ciertas tradiciones y referentes entre los cuales sobresale, sin duda, el filósofo francés Michel Foucault, conocido mundialmente como un “teórico del poder” a pesar de que él se sentía más cómodo ubicado en la categoría de un pensador de “las condiciones de posibilidad de la subjetividad”. Y hago expresa mención a él, justamente, porque como suele pasar en la gran mayoría de los debates actuales, aun cuando muchos de ellos provengan de las usinas universitarias, se cita y se deforman autores, o, en todo caso, se los utiliza irresponsable y recortadamente con el único fin de pretender confirmar un punto de vista.
Pero si pretendemos ser precisos hay que decir que, según Foucault, la tradición liberal, la marxista y cierta interpretación del psicoanálsis de Freud, tienen una visión totalizante y absoluta del poder. Es que, según estas perspectivas, el poder se tiene o no se tiene porque éste es entendido como un bloque homogéneo, una suerte de totalidad de la cual solo es posible liberarse in toto. El poder es visto así como una realidad compacta, exterior y delineable de lo cual se infiere que la única salida sería el cambio revolucionario. El propio Foucault tenía una concepción similar del poder en sus primeros escritos, lo cual explica la excitación que él produce en algunas patrullas de izquierda universitaria. Sin embargo, como él mismo indicara en una entrevista que brindara en 1977, su posición fue variando con los años y la mirada que él tenía en un libro como El orden del discurso fue siendo paulatinamente abandonada: “Hasta ese momento [1969] aceptaba la concepción tradicional del poder, el poder como mecanismo esencialmente jurídico, lo que dice la ley, lo que prohíbe, aquello que dice no, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barrera, negaciones, ocultaciones, etc. Ahora bien, considero inadecuada esta concepción.”
Efectivamente, Foucault se da cuenta que el poder es una relación mucho más compleja y que todos los individuos son receptores y emisores de poder, tal como se pudo observar en las dos escenas descriptas. Nadie es completamente sometido ni nadie posee un poder que lo haga inmune a alguna instancia de sometimiento, séase reina, protegida, marquesa, campesino o conejo.
Así lo dice Foucault: “Entre cada punto del cuerpo social, entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe, pasan relaciones de poder que no son la proyección pura y simple del gran poder del soberano sobre los individuos; son más bien el suelo movedizo y concreto sobre el que ese poder se incardina, las condiciones de posibilidad de su funcionamiento”.
Foucault afirma, entonces, que el poder está en todas partes, lo cual no quiere decir que se presente como totalidad ni que sea imposible resistirlo. Tampoco significa que el poder resida o se circunscriba al Estado sino que hay poder en toda la red de relaciones sociales que atraviesan a los individuos y que acaban siendo constitutivas de la subjetividad. El poder se presenta, así, como una relación y no como aquello que poseerían sujetos con una racionalidad previa e independiente de sus cursos de acción. De este modo el poder no se ejerce sobre otro sino sobre las acciones de ese otro que es un otro no cerrado y que se constituye como tal solo mediante la acción y la relación que establece con un yo (que tampoco está dado de antemano).
No obstante, un punto central es que no toda relación es una relación de poder porque la relación de poder se ejerce sobre sujetos libres, lo cual implica que siempre hay posibilidad de decidir resistir, de modificar o de retrovertir esa relación.
Esta mirada de “el último Foucault”, a diferencia de lo que él sostenía en el principio y a diferencia también de las visiones clásicas compartidas por marxistas, liberales y ciertas elaboraciones que se seguirían de Freud, es mucho más interesante y debería interpelar a los participantes de los debates públicos actuales en los que parece que todos buscamos obtener legitimidad, ya no por la robustez de nuestros argumentos, sino por la presunta condición de víctima de algo. Que todos seamos emisores y receptores de poder, que haya intersticios y resistencias, y que todos estemos inmersos en relaciones de poder no significa, claro está, que todos estemos en igualdad de condiciones pero presenta un panorama mucho más complejo y más incómodo, no apto para soluciones simplistas ni para moralinas maniqueas.  

miércoles, 3 de abril de 2019

Contra los rinocerontes (publicado en www.disidentia.com el 21/3/19)


Cuando Manuel I de Portugal recibió al rinoceronte, la noticia comenzó a circular rápidamente por toda Europa. No era para menos pues corría el año 1515 y desde la época del imperio romano que una bestia semejante no se veía por aquellas latitudes. El rinoceronte había sido obsequiado a Afonso de Albuquerque, gobernador de la India portuguesa quien entendió que lo mejor sería enviarlo a Lisboa para que los portugueses tuvieran la posibilidad de observar al animal que por aquellos años era considerado prácticamente una bestia mítica, como los unicornios. Tras varios meses de travesía, el rinoceronte, junto a su cuidador, llegaron a la desembocadura del Tajo, muy cerca del lugar donde se estaba construyendo la famosa Torre de Belem y el suceso fue tal que hasta el día de hoy, si se mira con atención, se podrá notar que, en uno de los costados de la Torre, aquello que sobresale es la figura del rinoceronte.
La atracción por lo exótico es parte de la naturaleza humana y el rinoceronte era, al menos en Europa y en aquel momento, verdaderamente exótico. Se lo llamó Ganda y se cuenta que se lo enfrentó a uno de los elefantes que poseía Manuel I con un resultado sorprendente: el elefante, temeroso, escapó entre la multitud que se había agolpado para presenciar la disputa. Pero el asunto no termina allí porque en la actualidad se puede ver un “retrato” de Ganda en el Museo Británico pintado por Alberto Durero en 1515. El detalle es que el pintor alemán lo realizó sin haber visto jamás al animal y basándose solamente en descripciones orales lo cual no dejaría de ser una mera curiosidad si no se tratara, probablemente, de la imagen de rinoceronte más reproducida desde aquel momento, inspiradora, incluso, de la escultura de Salvador Dalí “Rinoceronte vestido con puntillas”.
Sin embargo, la historia del exótico Ganda acabó trágicamente pues Manuel I, para congraciarse con el papa León X, decidió enviarle al rinoceronte pero el barco que lo trasladaba naufragó después de haber hecho una escala previa en Marsella. El cuerpo del animal logró ser rescatado para ser disecado pero evidentemente el atractivo ya no fue el mismo.
Con todo, la historia de Ganda me hizo recordar una obra de teatro del rumano Eugene Ionesco, titulada, justamente, Rinoceronte. Englobada en lo que suele denominarse “teatro del absurdo”, la obra de Ionesco se va tornando perturbadora y acaba transformándose en una reflexión de lecturas variadas acerca de cómo lo que consideramos exótico, diferente y fuera de la norma puede naturalizarse e imponerse a fuerza de repetición. Son varios los personajes que intervienen pero lo central es que en el almacén situado en una pequeña ciudad de provincia, mientras Juan y Berenguer dialogan, se escuchan ruidos extraños a través de la ventana. Al asomarse, con total incredulidad, los participantes de la escena observan lo inverosímil: un rinoceronte de dos cuernos recorriendo las calles del pueblo. Todos comienzan a comentar el fenómeno sin poder explicarse de dónde ha salido el animal, salvo Berenguer, que permanece indiferente.
En medio de conversaciones, por momentos, delirantes, otra vez un sonido extraño desde la calle hace que todos se asomen por la ventana y observen que se trataba de un rinoceronte pero que, a diferencia del anterior, tenía solo un cuerno. El primer acto culmina con una discusión acerca de cuántos cuernos tiene un rinoceronte y con el hecho de que un gato aplastado por uno de los animales es la prueba de que no se trata de un gran delirio colectivo.
El segundo acto, por su parte, transcurre en una oficina administrativa pero el eje es el mismo: la discusión sobre la repentina aparición extraordinaria de estos animales. Uno de los personajes descree de los hechos, otro le indica que si fue publicado en el diario debe ser verdadero y una mujer afirma haber sido perseguida por uno de los animales. Hasta que, de repente, un rinoceronte irrumpe en el edificio generando pánico. Sin embargo, una de las señoras allí presente comienza a hablarle como si el rinoceronte fuera el marido y llegan noticias desde afuera indicando que serían diecisiete los rinocerontes que circulan en la ciudad.
La escena luego se traslada a la casa de Juan, quien estaba enfermo pero que, al descreer de los médicos, prefiere hacerse atender por veterinarios. No se sabía qué le ocurría a Juan pero su piel se empezaría a poner verde y la protuberancia en su frente comenzaría a crecer hasta convertirse en un cuerno. Mientras Juan se transforma en rinoceronte y berrea, intercala reflexiones y afirma: “¡(…)No es tan malo [convertirse en rinoceronte]! Después de todo, los rinocerontes son criaturas igual que nosotros (…) Hay que reconstruir los fundamentos de nuestra vida (…) volver a la integridad primordial. (…) [Acabar con la moral] Hay que ir más allá de la moral [y volver a la naturaleza] (…) La naturaleza tiene sus leyes. La moral es antinatural”. Berenguer intenta hacer entrar en razón a su amigo y le explica que si todos nos transformáramos en rinocerontes derribaríamos siglos de civilización humana y todo un sistema de valores irreemplazables, pero a Juan no le interesa y le contesta que le encantaría derribar toda esa construcción de valores y que celebraría transformarse en un rinoceronte porque no tiene prejuicios.
El último acto de la obra de Ionesco transcurre en el cuarto de Berenguer y allí el diálogo se desarrolla con el personaje Dudard, quien, en la misma línea que Juan, relativiza la problemática de convertirse en rinoceronte. Primero indica que podría ser una enfermedad pasajera pero luego acaba afirmando que, al fin de cuentas, los rinocerontes son buenos y que para convertirse en uno de ellos hay que tener vocación. Además, agrega Dudard, “¿dónde termina lo normal y dónde comienza lo anormal? ¿Puede usted definir esas nociones: normalidad, anormalidad? Filosófica y médicamente, nadie ha podido resolver el problema”. La discusión se va enrevesando y eligen buscar al lógico del pueblo para que acerque algo de razonabilidad pero éste ya se había convertido en rinoceronte.
En ese momento ingresa a escena Daisy y Berenguer afirma que los rinocerontes son anárquicos puesto que están en minoría pero tanto Dudard como ella le aclaran que son una minoría solo por el momento puesto que cada vez son más. Además, grandes personalidades ya se han convertido en rinoceronte lo cual, sin duda, otorga un status diferencial. De hecho, la gente ya se ha acostumbrado a los rebaños de rinocerontes que recorren las calles y simplemente se aparta cuando ellos llegan para luego retomar su paseo habitual.
Pero los rinocerontes crecen en número e irrumpen en el escenario. Dudard ya es uno de ellos y solo quedan Daisy y Berenguer como los únicos representantes de los seres humanos en un pueblo de rinocerontes donde lo exótico se transformó en la norma. La sensación de ahogo de Berenguer crece, el ambiente se llena de polvo porque los animales barren con todo lo que hay a su paso. En la radio ya no hay noticias sino solo berridos y Berenguer, desesperado, le indica a Daisy que “No hay más que ellos. Las autoridades se pasaron de su lado”. Sin embargo, ahora es Daisy la que lo relativiza todo y le dice a Berenguer que quizás ha llegado el momento en que deberían aprender el idioma de los rinocerontes, su psicología y que, después de todo “a lo mejor somos nosotros los que necesitamos que nos salven. A lo mejor somos nosotros los anormales”.
Daisy finalmente decide irse y Berenguer queda solo. Es allí cuando comienza a dudar pero todavía insiste, racionalmente, en que hablándoles podría convencer a los rinocerontes para que vuelvan a ser humanos. Sin embargo, Berenguer empieza a descreer hasta de su propia lengua: “¿Pero qué lengua hablo? ¿Cuál es mi lengua? ¿Es castellano esto? Tiene que ser castellano. ¿Pero qué es el castellano? Se lo puede llamar castellano, si se quiere, nadie puede oponerse, soy el único que lo habla. ¿Qué digo? ¿Acaso me comprendo?”. Dudando de su propia lengua, inmediatamente Berenguer duda de sí mismo y para autoidentificarse grita “¡soy yo!”. Pero el proceso ya estaba en marcha y su percepción comienza a cambiar a tal punto que ya empieza a observar como deseables las características de los rinocerontes para culminar diciendo: “Ellos son los hermosos. ¡Me equivoqué! (…) ¡Cuánto quisiera ser como ellos! No tengo cuerno (…) ¡Qué fea es una frente lisa (…) Ojalá me salga [un cuerno] y no sentiré más vergüenza, podré ir a reunirme con todos ellos (…) Tengo la piel fofa (…) ¡Cuánto quisiera tener una piel dura y ese magnífico color verde oscuro, una desnudez decente, sin pelos, como la de ellos! (…) [Y esos] cantos tienen atractivo, un poco áspero, pero un atractivo indudable. (…) ¡Ay, soy un monstruo! (…) ¡Jamás me convertiré en rinoceronte!”.
La obra tiene un final abierto pues pareciera que, finalmente, Berenguer decide resistir en calidad de “último hombre” pero, más allá de eso, la historia de Ganda y la obra de Ionesco nos presentan un buen ejemplo de cómo lo exótico, diferente o extraordinario puede transformarse en el patrón de normalidad que siempre supone imposiciones violentas y fuertes procesos de desindentificación, como el que le sucede a Berenguer cuando ve transformada su percepción, su criterio estético y hasta acaba dudando de su lengua y de su propia identidad. Si bien está claro que de la obra de Ionesco se pueden hacer múltiples interpretaciones, me interesa hacer énfasis en el modo en que lo diferente también puede transformarse en autoritario cuando deviene hegemónico y se transforma en el patrón de normalidad que acaba presionando al que no acepta la imposición, que, en este caso, es el humano Berenguer y no el o los rinocerontes.
Sé que está de modo atacar los pilares de occidente y la modernidad. En algunos casos, sin dudas, está muy bien que sea así. Pero hay otros casos en los que no. En este sentido, si me quieren convencer de que la presunción de inocencia debe ser selectiva y que la igualdad ante la ley admite excepciones; si insisten en que finalmente todo es relativo y que la realidad es una mera disputa simbólica en el terreno del lenguaje sin ningún tipo de vínculo con la materia; y si van a intentar hacerme creer que debemos tolerar que la democracia y las instituciones, por ser productos históricos, estén a merced de las modas y los grupos de presión sin más, no cuenten conmigo. Elegiré seguir siendo un humano aun cuando a mi alrededor los berridos de los rinocerontes quieran convencerme de otra cosa. Pueden acusarme de conservador y puede también que cuando intente explicar por qué hay principios de la modernidad que defiendo, mi idioma castellano ya no se entienda. Pero al fin de cuentas y pese a todo, todavía puedo discernir y escribir que prefiero esta frente lisa y esta piel fofa antes que ese cuerno que tiene muy poco de bello y mucho menos de revolucionario.


lunes, 1 de abril de 2019

Macri: el comentario, la carrera y la pared (editorial del 31/3/19 en No estoy solo)


Si hay una característica sobresaliente de Macri y el PRO es su pasión por el comentario. Lo hacían, obviamente, cuando eran oposición pero lo curioso es que lo siguen haciendo siendo gobierno. De aquí que en este espacio haya bautizado al gobierno de Macri como “el tercer gobierno de Cristina” porque desde lo discursivo, la centralidad de Cristina sigue plenamente vigente y las enormes dificultades de un gobierno que no logra mostrar un dato positivo se le achacan a la administración anterior. Incluso repasando los editorialistas oficialistas, aquellos que afirman que ser periodista es ser crítico del gobierno de turno, notaremos que dedican más líneas a quien lidera el espacio de Unidad Ciudadana que a las enormes dificultades que atraviesa Cambiemos.
Pero la pasión por el comentario tiene un objetivo que resulta más difuso a simple vista: la quita de responsabilidad. Es que quien comenta aparece siempre desde un presunto “afuera” de la situación, como si sus acciones no hubieran tenido incidencia. Se comenta siempre lo que han hecho otros o lo que, en última instancia, decimos que han hecho otros. En todo caso, quien comenta solo es responsable de su comentario pero no es responsable del hecho que comenta.
Con todo hay que destacar que los comentarios fueron variando no solo por las promesas incumplidas sino porque las consecuencias del modelo se hacen cada vez más indisimulables. Al principio era “no hablar del pasado” aunque casi en paralelo se instaló la presunta “pesada herencia”, latiguillo que sirvió para los primeros dos años. A partir de ahí surgió la idea de “los setenta años” como respuesta a todo drama presente. La cifra sirve, obviamente, para culpar de todos los males al peronismo y, a su vez, para exculpar de todos los desastres a un gobierno que solo lleva algo más de tres años en el poder.
La recurrencia a los setenta años persiste pero ahora se suma el comentario respecto al temor sobre el futuro, eufemismo por el cual debe entenderse, la posibilidad de que vuelva a ganar CFK más allá de que nadie sabe siquiera si se va a presentar. De esta manera el combo es “pesada herencia” más “setenta años de un país jodido” y “temor a un regreso de CFK”. Y cuando todo eso no alcance, le podemos agregar que el presente es oscuro porque, al habernos reinsertado en el mundo, sufrimos las crisis ajenas. Con esto, entonces, se muestra que el gobierno nunca asume errores y cuando a sus funcionarios se les pide autocrítica afirman que se equivocaron al no contarle a la sociedad lo mal que se estaba. Es decir, la autocrítica es, en realidad, una crítica velada a la anterior administración.
Igualmente vale decir que no les ha ido mal con esta estrategia a punto tal que al día de hoy el gobierno tiene razones para saberse aún competitivo en las elecciones, de modo tal que la pasión por el comentario continuará y me atrevería a agregar que acentuará la idea de “el miedo al regreso del populismo”. Así, conforme las encuestas les sigan dando mal dirán que el aumento del dólar no es por una administración que en cuarenta meses lo llevó de $10 a $45 sino por la posibilidad del retorno de quien lo había dejado en $10 o en $15, si quieren medirlo según el dólar ilegal. Pero, claro está, el gobierno está allí en una gran encerrona porque, por un lado, necesita que el dólar suba para que cierren los números, para recuperar la competitividad perdida en los últimos meses y para evitar la presión de un FMI que asiste al espectáculo de fuga de divisas récord como un pequeño aporte de campaña; y por otro lado, la subida del dólar espiraliza la inflación y la inflación espiralizada mata relato y acaba con su ilusión reeleccionista. No hay salida de ese callejón. En todo caso, lo que no se sabe es si podrán llegar a diciembre con el dólar controlado o explotará antes. Si no logran controlarlo, tal como se está viendo en estos días, quedará el último gran comentario: asociarlo a la falta de confianza producto del encadenamiento de derrotas que se van a suceder en las elecciones que se han desdoblado y que podrían llegar a ser once hasta que en junio se vote en Mendoza. Y si con esto no alcanzara, puede que hasta el propio gobierno quite el pie de encima del dólar para autogenerar una disparada el día posterior a su más que factible derrota en las PASO, en caso de que CFK finalmente se presente. Lo harían, claro está, para endilgárselo a CFK o al candidato opositor que sea. 
Como se observa, el gobierno juega con fuego y está al límite por sus propias decisiones, por su particular concepción del mundo y por todos sus errores de ejecución. No obstante parece decidido a caer “con las botas puestas” tal como se sigue de las declaraciones de Macri en la entrevista pública que le realizara Mario Vargas Llosa esta última semana. Allí hizo sus últimos grandes comentarios cuando, “corrido por derecha”, indicó: “el gradualismo se explica por una administración que gobierna en minoría” y “a las reformas hay que llegar por consenso y ese consenso generó un estado de vulnerabilidad”. O sea, frente al Think Tank de la ortodoxia liberal de la Fundación Libertad, se sacó la máscara republicana, mandó al carajo el discurso de los buenos modos y los acuerdos “sentados todos en una mesa”, y expuso que no pudo hacer lo que quiso porque no tenía mayoría. Esto, a su vez, va de la mano de la gran zoncera que intentarán instalar en las próximas semanas, esto es, que este gobierno de Macri no mostró al verdadero Macri sino que solo sirvió para enderezar el desorden herededado, de lo cual se sigue que para ver en la cancha al verdadero Macri, el virtuoso, habría que darle una oportunidad más. Este presunto “verdadero Macri” difiere del anterior solo en la temporalidad tal como él mismo expresó cuando indicó “Vamos a ir en la misma dirección lo más rápido posible”. O sea, entre el Macri actual y el Macri bueno hay solo una diferencia de velocidad. Quizás sea cierto. No obstante, hay que tener en cuenta que la velocidad puede ser un problema cuando el objetivo de la carrera es el mismo y cuando ese objetivo es siempre una pared.


martes, 26 de marzo de 2019

Macri caliente. Un mensaje hacia adentro (editorial del 24/3/19 en No estoy solo)


Fue en el verano londinense de 1957 cuando Lord Altrincham, un noble que estaba al frente de National and English Review, publicó un artículo enormemente crítico del discurso de la joven reina Isabel II. Inglaterra había hecho un papelón internacional con su intervención en el conflicto por el canal de Suez y transcurrida ya una larga década desde el fin de la segunda guerra mundial, las ideas que sacudirían el mundo en los años 60 ya comenzaban a configurarse. Entre ellas, claro está, la del fin de las monarquías para dar lugar a las repúblicas. En ese contexto, Lord Altrincham advirtió que los discursos de Isabel II exponían la distancia enorme existente entre la monarquía y un pueblo que ya no soportaría los privilegios. Y como si esto fuera poco, refiriéndose a la reina, agregaba: “Parece incapaz de pronunciar siquiera unas pocas oraciones seguidas sin un texto escrito, un defecto que es especialmente lamentable cuando el público puede verla (…) La personalidad expresada por las frases que ponen en sus labios es la de una escolar puntillosa (…) una auxiliar encargada de la disciplina”.
Los medios amplificaron estas palabras y, en cuestión de días, Lord Altrincham se ganó una trompada de un militante de una agrupación conservadora llamada “Liga de leales al imperio” pero también una invitación al palacio real. Porque el Lord no era antimonárquico sino todo lo contrario. De hecho, su crítica apuntaba más a quienes rodeaban a la reina que a Isabel II misma. Es decir, estaba más dirigida al adentro que al afuera. Es que, como sucede cuando se está en el poder, el microclima, la burocracia y los aduladores hacen que el referente pierda contacto con la realidad y quede aislado. Habiendo transcurrido ya más de 60 años de aquel episodio, paradójicamente y visto de manera retrospectiva, hay quienes afirman que esas críticas llegaron justo a tiempo para salvar a la monarquía ya que muchas de las sugerencias propuestas por Lord Altrincham fueron llevadas adelante por Isabel II, entre otras tantas, dar un discurso de navidad en vivo con muchísima más espontaneidad que los discursos rígidos que le armaban los conservadores hombres de palacio que la rodeaban.
Como se suele decir ahora, a pesar de que los consejos hacia los hombres de la política son tan antiguos como Occidente, Isabel II tuvo su “coucheo” para poder tener un mejor vínculo con el pueblo. Porque hay figuras que nacen con habilidades oratorias innatas y otras que no. Pero, al fin de cuentas, con práctica y buenos asesores todo puede mejorar.
En el caso del presidente Macri, no sabemos si hay poca práctica o si fallan los asesores pero sin duda sus dificultades expresivas son evidentes y en casi dos décadas de hacer política, Macri no es el mismo que antes pero mantiene esa enorme dificultad para contactarse con el ciudadano de a pie y con la realidad. De hecho, hace tiempo que su discurso parece haber iniciado una frenética carrera de distanciamiento con el mundo que atraviesa distintas etapas, desde la negación hasta un voluntarismo zonzo que ahora deviene un enojo dirigido a la oposición pero que, también, por momentos, se desliza hacia el ciudadano. A Macri no le sale ser popular y habrá que indagar en el diván por qué lo sigue intentando si, al fin de cuentas, logró tener votos en Boca, en la Ciudad y en la Nación siendo lo que es, es decir, siendo una figura impopular incluso con votos.
Sin embargo, por alguna razón, quienes lo asesoran, y que en general lo han hecho bien, por cierto, ahora le han indicado que haga la puesta en escena del enojo tal como lo hizo en el inicio de las sesiones del Congreso, en la entrevista que le brindara a Luis Majul y en el último discurso hacia el gabinete ampliado en el que, para que no queden dudas de su presunta condición de enojo, dijo “estoy caliente”. Por qué el estar caliente aparece como una virtud y un gesto de autoridad en Macri y como una crispación y un signo de irritabilidad rayano con lo psiquiátrico en el caso de la expresidente, es algo que solo el vergonzoso blindaje mediático puede explicar, pero el gran problema de Macri es que la ciudadanía que siempre lo sintió lejos, hoy lo siente enormemente lejos, probablemente tanto como los británicos sentían a la reina en la época de Lord Altrincham.
A su vez es razonable que así sea porque es natural que cuando a uno las cosas le salen mal se retraiga y si a esto le sumamos que sus asesores también parecen haber perdido contacto con la realidad, que todos los índices económicos son desastrosos, que sectores del establishment le empiezan a soltar la mano y que miembros de la justicia empiezan a dar señales de autonomía respecto a los intereses del gobierno soportando, incluso, descaradas acciones de disciplinamiento, el panorama es complejo. Y todo esto por no mencionar las fracturas internas y periodistas que ahora empiezan a preguntar y a criticar, a pesar de que hicieron de todo para que Macri llegue al poder. Evidentemente todo parece confluir hacia un fin de ciclo que era impensable hace 18 meses y al cual hay que agregar la debilidad de origen que se basa en reconocer que los votos que tuvo Macri han sido más antikirchneristas que macristas.
Esa fractura con la sociedad y esa distancia serán difíciles de recomponer a tal punto que no sabemos si el mostrarse enojado es más un gesto hacia la propia tropa -mientras los rumores, de la mano de las encuestas, arrecian-, que una señal hacia una sociedad que ingresando al cuarto año de gobierno empieza a exigir respuestas. Esto no significa, claro está, que Macri tenga perdida la elección ni mucho menos a tal punto que me animo a decir que aun cuando las encuestas lo están ubicando algunos puntos detrás sigue siendo el favorito, menos por sus méritos que por la incógnita que es hoy una oposición que ni siquiera conoce sus candidatos.
Pero de lo que no parece haber duda es de una cosa: la presunta calentura que, según mi hipótesis, está dirigida a los de adentro, es inversamente proporcional a la frialdad distante que perciben los ciudadanos, que son mayoría, y lo ven desde afuera.   



martes, 12 de marzo de 2019

Green Book y las identidades detrás de la corrección política (publicado el 7/3/19 en www.disidentia.com)


Principios de los años 60. Don Shirley es un pianista de música clásica que decide hacer una gira por el sur de los Estados Unidos. Hasta aquí nada fuera de lo normal. Pero el eje de la cuestión es que Don Shirley es negro y en los años 60 no es fácil ser negro en el sur de los Estados Unidos. La historia de este pianista es el eje de Green Book, la película ganadora del Oscar, y podría decirse que era esperable su triunfo en la medida en que, en general, transita todos los caminos de la corrección política y varios lugares comunes de las películas norteamericanas. Se trata de una road movie con los estereotipos bien marcados: Don Shirley, además de ser negro, es pulcro, posee un fuerte discurso basado en el valor de la dignidad humana y es un genio artístico. Su chofer es un ítaloestadounidense que vive en el Bronx, su centro es su esposa y la vida de una numerosa familia italiana que se junta a comer pasta y que siempre tiene algún miembro vinculado a la mafia. Es decir, todos los clichés habidos y por haber. Tony Lip, ése es su seudónimo, es prácticamente un analfabeto, no puede controlar sus emociones violentas y es un hombre fiel; además, es un antiintelectualista y odia a los negros pero la historia termina bien, y, a pesar de todo un camino marcado por las diferencias entre ambos, el negro y el blanco se hacen amigos y terminan festejando navidad juntos. Si a esto le sumamos que se trata de una comedia dramática con buenas actuaciones que trata de denunciar constantemente las vergonzosas leyes y tradiciones que segregaban a los negros en Estados Unidos, tenemos un film que es candidato serio a ser premiado porque ya no importa si la película es buena o mala. Lo que importa es que tenga un mensaje acorde con los tiempos y la moral vigente. 
Sin embargo, hay otras lecturas posibles, o al menos algunos elementos que aparecen en el film y que pueden plantear ciertas fragmentaciones en el discurso hegemónico de la corrección política. Nada nuevo, por cierto, porque, de hecho, en la extensa bibliografía de pensadores que han trabajado la problemática del racismo y también del género, hace décadas que se hacen este tipo de señalamientos y que podríamos sintetizar en la crítica a la presunción de homogeneidad de los grupos. Cuando hablo de homogeneidad me refiero a esa postura que entiende que los grupos señalados como desaventajados se estructuran monolíticamente, son fácilmente identificables y capaces de entrar en una generalización rápida. Así, todos los individuos pertenecientes a grupos como “los negros”, “las mujeres”, “los indígenas”, “los gays”, etc. tendrían los mismos intereses y padecimientos porque lo que los determina es su condición de pertenencia a ese grupo. Se trata, claro está, de una mirada profundamente etnocéntrica que no entiende que esos grupos tienen tantas diferencias individuales internas como las que tienen los grupos que se consideran aventajados. Insisto en que esto ha sido advertido hace ya algunas décadas por muchos de los principales defensores de políticas especiales de discriminación positiva para minorías. Más específicamente, advierten que no es lo mismo ser un negro rico que un negro pobre; que no es lo mismo ser una mujer blanca que una mujer indígena; y que no es lo mismo ser un gay famoso nacido en New York que ser un gay ignoto nacido en Latinoamérica, por solo mencionar algunas de las múltiples variables que atraviesan las identidades individuales de las personas. Es que además de ser parte de una minoría determinada por género, etnia, religión, objeto de deseo, etc., los individuos se constituyen también por la cultura, el país de origen, las tradiciones, el status socioeconómico, las relaciones interpersonales, etc. No tomar en cuenta estas diferenciaciones puede ser muy efectivo al momento de exigir derechos pero también puede tener como consecuencia la pérdida de libertades de los miembros de esos grupos y el surgimiento de una serie de beneficios que son usufructuados solamente por quienes dicen representar a estos grupos. Por citar solo un ejemplo, enormemente controversial, la exigencia de la propiedad colectiva e indivisible que exigen determinados grupos indígenas, cuya titularidad no es individual sino comunitaria, es enormemente beneficiosa para poner un límite al avance prepotente del capital sobre tierras ancestrales pero tiene, como contrapartida, una limitación severa sobre las libertades de los miembros de la comunidad, ya que éstos serían incapaces de vender su parcela o comenzar una nueva vida en condiciones materiales dignas en otra comunidad. Es una prerrogativa que protege de los avances del afuera pero que, al mismo tiempo, coarta las libertades hacia adentro.
En el caso de Green Book, los blancos desprecian a Don Shirley por su condición de negro y se lo hacen sentir a cada momento los hombres y mujeres de todos los lugares por los que transita su gira como también el propio Estado cuando tiene reglamentaciones segregacionistas y una policía que lleva a la práctica esa discriminación. Pero también es verdad que Don Shirley desprecia a su chofer blanco por toda su brutalidad italiana a tal punto que, en un principio, le exige que, prácticamente, haga el trabajo de servidumbre para el cual Don Shirley tenía encomendado a un hindú. Por otra parte, tal como queda expuesto en varias escenas, los negros pobres ven con malos ojos a Don Shirley porque viste bien y porque tiene actitudes arrogantes de artista y de rico. Asimismo, en un momento de la película, Don Shirley es sorprendido por la policía manteniendo relaciones sexuales con un hombre blanco y acaba siendo humillado por la policía. Si bien no se ahonda demasiado en este episodio, se deja ver que, al menos en ese Estado del sur, al momento de la discriminación, primó más ser gay que ser negro porque Don Shirley y el hombre blanco gay recibieron el mismo maltrato.
Para finalizar, no hay que olvidar que el chofer de origen italiano, blanco, es segregado por otros blancos por razones étnicas y culturales, y que, como se muestra al final de la película, también existen oficiales de policías que, lejos de maltratar a un negro y a un ítaloestadounidense son capaces de ayudar aun en un día de navidad con una intensa nevada.
En lo personal soy escéptico en cuanto a esperar que Hollywood y sus decisiones en lo que a premiaciones respecta, avance en desmitificar y señalar algunas de las ideas que se instalan sin demasiado sustento pasando por encima de la verdadera complejidad del mundo y de las relaciones interpersonales. Sin embargo, quizás agudizando la mirada o leyendo un poco entrelíneas, podamos encontrar elementos que nos ayuden a pensar que detrás de los grupos también hay diferencias y que no existen variables únicas para determinar la identidad de nadie.                    


lunes, 4 de marzo de 2019

Macri 2019: de presidente a pastor (editorial del 3/3/19 en No estoy solo)


Finalmente, en el discurso con el que el presidente inaugurara las sesiones ordinarias del parlamento, no hubo agenda legislativa, lo cual quizás haya sincerado que este año el congreso estará, de hecho, paralizado. Solo voluntarismo y algunos datos, muchos de los cuales fueron ostensiblemente falsos, como el de la presunta baja de la inflación, la creación de empleo y un manipulado número de pobreza. Lo que no faltó tampoco fue lo que a mí me gusta llamar la política “IT”, en referencia al payaso de Stephen King que se hizo famoso en la película homónima y que, en realidad, no tiene forma alguna sino que adopta la de los miedos que tiene el que lo ve. No solo en Argentina pero desde hace algunos años y, en particular, durante el año 2019, se abusará de la política “IT” y es probable que el gobierno, incapaz de mostrar logros, base su campaña en endilgarle al peronismo todos los males que asustan a una sociedad. Para muestra, valga la nota que publicara Jaime Durán Barba el sábado 23 de febrero en el bisemanario Perfil y que se titula “Cristina, Maduro y el autoritarismo”. Allí, el asesor afirma: “Las que cometen los asesinatos masivos en Venezuela son guardias revolucionarias paramilitares. Si Cristina gana las elecciones, cambia la Constitución, como anuncia, y arma a los barras bravas, a su Vatayón Militante de presos comunes, a los motochorros y a grupos de narcotraficantes para que maten a sus opositores tendríamos una guardia semejante. Si radicaliza su posición revolucionaria podría participar directamente del negocio del narcotráfico como lo hace la cúpula militar venezolana, apresar a los jueces que combaten el delito como anunció uno de sus voceros y dictar una amnistía preventiva para todos los asesinos y narcotraficantes. Sería una iniciativa revolucionaria novedosa del garantismo al frente del Ministerio de Justicia”.
Es preocupante que el principal asesor del gobierno haya escrito una pieza semejante porque nos permite avizorar el nivel de debate público que tendrá la campaña. Con todo, me permito marcar qué curioso es lo que sucede con Maduro en el discurso de muchos de los antichavistas porque se ha transformado en un significante vacío al que se le adosan todos los vicios. Con esto no pretendo defender a Nicolás Maduro, quien tendrá su responsabilidad en la crisis venezolana, pero el Nicolás Maduro de carne y hueso es distinto del significante Maduro que hoy por hoy es casi una entidad mítica, un fantasma que asusta a los chicos. Incluso Maduro, como el Cuco, podría no existir en la realidad pero su efecto sería el mismo. De aquí que cuando discutimos sobre Venezuela y sobre Maduro tendríamos que acordar si vamos a hablar de la realidad o de las construcciones simbólicas que se hacen sobre algunos de los protagonistas de la realidad. En el discurso de Macri no faltó el presidente de Venezuela, como tampoco faltó la referencia al narcotráfico y al decreto sobre la extinción de dominio, una aberración jurídica que hace obsoletas a las instancias de apelación y elimina la presunción de inocencia pero que se realizó para lograr dos cosas: por un lado, incomodar a la oposición y exponerla como cómplice en caso de rechazarlo, y, por otro lado, para instalar que el problema de la Argentina de hoy se debe a la corrupción y no a un modelo económico. Sobre esos carriles transitó el discurso de casi una hora del presidente Mauricio Macri.
Pero yo me quiero detener en un tópico que fue central en el discurso, que está presente desde los orígenes de Cambiemos y que es cada vez más frecuente en el presidente y sus principales adláteres: la referencia a la Verdad. Macri, Vidal y la mujer pobre que es puntera política y aparece en todos los spots de campaña de Cambiemos hablan de la importancia de la Verdad. En este último caso nos dice que antes era pobre y ahora también pero al menos ahora le dicen la verdad. Todo Cambiemos ha hecho de esa idea un motivo de sus discursos probablemente como una extensión del concepto de “relato” que los medios opositores al kirchnerismo habían instalado montándose en un INDEC cuyos números no eran representativos de la realidad. Si el kircherismo fue un relato, entendiendo por tal, una falsedad o un discurso ficcional que distorsionaba la realidad, el macrismo viene a hablar con la Verdad. En lo personal, nunca se me ocurriría pedirle Verdad a la política, no porque me guste que me mientan sino porque el ámbito de la Verdad puede ser la religión, la filosofía o, incluso, para algunos, la ciencia, pero nunca la política. En todo caso, a la política le pediría proyectos colectivos o soluciones concretas a problemáticas cuya coordinación no puede ser implementada por un solo individuo, pero nunca se me ocurriría ir a pedirle “la Verdad”.
Más allá de este comentario, lo cierto es que dejando de lado algunos energúmenos, en general, el discurso antikirchnerista, antes que criticarlo todo, no se animó a decirle a la gente que estaba viviendo mal porque era evidente que en general no era eso lo que estaba pasando. Lo que hizo, en cambio, fue decirle que estaba viviendo bien pero que eso era ficticio y poco perdurable. Dentro de este discurso, los más salvajes, llegaron a afirmar públicamente que la gente vivía bien pero no lo merecía y que comprarse un celular, tener el aire acondicionado prendido o hacer un viaje a Europa era parte de una fiesta a la que nunca debieron estar invitados.
No pienso hacer aquí una historia del concepto de Verdad pero el discurso de Macri no difiere del que tuviera Platón hace 2500 años y que luego fuera readaptado por el cristianismo. Es que la Verdad sería “lo que está por detrás”, “lo que no se ve”. La Verdad además es algo permanente, algo que subyace a ese mundo caótico nuestro de todos los días que todo lo confunde. Alcanzar esta Verdad, además, exige un esfuerzo intelectual. Por otra parte, del mismo modo que le sucede al prisionero cuando sale de la caverna en República, la verdad duele y al principio nos negamos a reconocerla. Todos estos elementos están en el discurso de Macri, probablemente tanto por su formación como por necesidad ante la evidencia de que al gobierno le cuesta mostrar datos y hechos concretos que permitan ser optimistas. Y es por eso que Macri nos dice que están sentadas las bases para mejorar y que, aunque no lo veamos, estamos mejor que en el 2015, aspectos que bien podrían sintetizarse en la legendaria frase “estamos mal pero vamos bien”. Más allá de la indignación, aquella frase tiene una carga filosófica interesante porque le está diciendo a las mayorías que ellas no son capaces de ver la Verdad y la realidad sino que están presas de un aquí y un ahora que obtura la posibilidad de penetrar en la verdadera realidad, del mismo modo que cuando uno ve un edificio terminado no se da cuenta que está sostenido por cimientos que debieran ser sólidos. Es más, el debate en la actualidad es calcado al que mantenía Platón con los sofistas y a aquel que pretendía separar a la filosofía y a los filósofos de los sofistas. No casualmente estos últimos eran acusados de asesorar a los políticos induciéndolos a que transiten el camino de la demagogia dándole al pueblo lo que el pueblo quiere más allá de que ello sea “pan para hoy y hambre para mañana”. Pero ese pan de hoy, no era “la Verdad”, no era “la realidad”, decían los filósofos que, en muchos casos, no lo olvidemos, se oponían a los ideales democráticos que defendían muchos de los sofistas.
Varios analistas indicaron que el discurso de Macri inauguraba la campaña antes que las sesiones legislativas. Creo que tienen razón. Y a eso agregaría que los elementos enumerados en esta nota serán los ejes de la campaña del oficialismo y que la cuestión de la Verdad será uno de los “caballitos de batalla” más allá de que este gobierno se haya caracterizado por incumplir promesas y por viralizar números falsos y manipulados. En todo caso, será un capítulo más en la historia del cinismo pero lo que va a ser más interesante es que la cuestión de la Verdad va a ser utilizada por Macri no solo para moralizar la discusión política adjudicándole al adversario el lugar de la mentira, sino para instalar en la sociedad que una Verdad entendida como aquello permanente que está oculto, por detrás, es la base que se ha construido en estos primeros cuatro años de gobierno que fueron necesarios  para enderezar la herencia recibida. Se le pedirá, así, a la sociedad, un esfuerzo más y una renovación de la confianza para que, en un nuevo mandato, la Verdad salga a la luz y se pueda palpar concretamente.  Expuesto en estos términos, no sé si en 2019 Cambiemos pedirá que votemos a un presidente o a un pastor evangelista new age.        

viernes, 1 de marzo de 2019

Black Mirror y la realidad a medida (publicado el 21/2/19 en www.disidentia.com)


Hace ya muchos años mis padres me compraban libros de una colección que en, lengua hispana, se conocía como Elige tu propia aventura, y tenía títulos y presentaciones muy seductoras para un adolescente, a saber: Guerra contra el amo del mal, La caverna del tiempo, Al Sahara en globo, Tu nombre en clave es Jonas, etc. Se trataba de historias breves en las que, en determinada página, el lector debía escoger entre una situación dilemática: si quieres que Juan persiga al ladrón ve a la página 63; si quieres que Juan permanezca debajo de la mesa ve a la página 85. La decisión en uno u otro sentido, obviamente, cambiaba el rumbo de la historia que, en algunos casos, podía derivar en un final abrupto. Que yo recuerde, al menos, era la primera vez que el lector tenía una participación activa, en un sentido estricto, y de esa manera el texto escrito podía evitar, al menos en parte, aquellas críticas que Sócrates le hacía cuando indicaba que, a diferencia de la oralidad, es imposible interactuar con aquello que está escrito porque permanece allí inmutable, frío y ajeno a nosotros. Con los años supe que había algunos antecedentes y me encontré con Rayuela de Julio Cortázar que se puede leer desde el capítulo 1, como se lee cualquier libro, pero también se puede leer ingresando desde el capítulo 73 y siguiendo la dirección alternativa que propone el autor, esto es, después del capítulo 73, el 1, el 2, el 116, el 3, el 84, etc. Rayuela es, entonces, dos libros en uno y depende de la voluntad del lector, guiada por Cortázar, cuál de “los libros” leer. Sin embargo, casi veinte años antes, Jorge Luis Borges, en lo que algunos juzgan como una anticipación de la teoría que Hugh Everett III formulara en el ámbito de la física cuántica, escribe un cuento llamado “El jardín de los senderos que se bifurcan”, en el que se plantea la posibilidad de la existencia de mundos paralelos y donde cada decisión que se toma abre el juego a una nueva ramificación de posibilidades. En el cuento en cuestión, un chino llamado Ts´ui Pen, que había sido gobernador de Yunnan y acabó renunciando al poder para escribir una novela, se transforma en materia de una investigación que arroja el siguiente pasaje: “Me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio (…) En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta –simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etc. En la obra de Ts´ui Pen, todos los desenlaces ocurren”.

Seguramente influenciado por estos antecedentes, la última entrega de la serie inglesa, Black Mirror, cuyo eje principal es llevarnos a futuros más o menos cercanos y distópicos donde la tecnología juega un papel principal y modifica todo lo que entendemos por subjetividad, privacidad y realidad, avanzó en un experimento que, si bien tenía algunos antecedentes en programas para niños, resultó sorprendente. Me refiero a la posibilidad de que sea el propio espectador a través de sus decisiones quien guíe la historia. Para eso, la plataforma de streaming Netflix, da la posibilidad de hacer click en la pantalla para decidir, entre otras opciones, si el protagonista debe desayunar Sugar puffs o frosties, si escoge escuchar Thompson Twins o Now II, si acepta trabajar en la oficina, o si decide contarle a la psicóloga el episodio de la muerte de su madre. Asimismo, Charlie Brooker, creador de la serie, decidió, en este caso, replicar esta idea de los mundos paralelos en el núcleo del film. Más precisamente, ambientada en 1984, esta entrega de Black Mirror cuenta la historia de un adolescente que, influenciado por un libro llamado Bandersnatch, de un tal James F. Davies, decide crear un video juego que se caracteriza por crear mundos paralelos cuyo tránsito depende de las decisiones del usuario. El libro Bandersnatch, justamente, es un libro que al protagonista le fascina porque tiene el formato de los libros “Elige tu propia aventura”.
En lo personal, espero con ansias cada novedad de Black Mirror y en general mis expectativas logran colmarse por demás. En este caso, a su vez, decidí participar del “experimento” de interacción con enorme curiosidad y también quedé satisfecho con un contenido que siempre apuesta a correr las fronteras de lo imaginable.
Sin embargo, en esta posibilidad de ser uno el protagonista, o, en todo caso, ser aquel que toma las decisiones dentro de una limitada cantidad de opciones prefijadas, pero opciones al fin, hallé un signo de los tiempos que me gustaría problematizar. De hecho, si razonamos en una pendiente resbaladiza, sería solo cuestión de tiempo la aparición de películas que tengan infinitas cantidad de variantes cuyo desenlace, finalmente, acabaría siendo a medida del usuario. Desde este punto de vista la noción de autor recibiría un nuevo golpe y bien cabría pensar hasta qué punto tendría sentido recordar el nombre de una película que es distinta para cada uno. Es más, incluso se podría preguntar qué lugar les quedará a aquellos que, quizás, no deseen participar, aquellos que prefieren entregarse a la sorpresa de una obra que se presenta como una unidad con un principio, un desarrollo y un final que ha sido decidido por otro. ¿Habrá películas para ellos o el que no participa se queda sin premio?
Esta lógica se está extendiendo ya a otros campos como advertí en este mismo espacio meses atrás cuando, citando a Evgeny Morozov, les indicaba que los artículos online a través de los cuales accedemos a la información e incluso a la opinión, van a ser escritos de forma automática por algoritmos que nos van a dar el título, la orientación ideológica, el contenido y el desenlace que mejor se adecua a nuestra preferencias, del mismo modo que hoy los algoritmos seleccionan qué publicaciones de amigos podemos ver en redes sociales y qué productos pueden ofrecernos en función de nuestras búsquedas e historial de compras.
Esto demuestra que el modo en que internet es capaz de segmentar y dirigir la información está llegando al máximo de individualización. Y la  consecuencia de ello es una paradoja pues se acaban creando burbujas y mundos propios incomunicados e incomunicables dentro de un paradigma en el que se nos invita compulsivamente a “compartir” todo el tiempo contenido. Ya no soportamos dejar de participar porque nos han vendido que la era del consumidor pasó, que ahora somos prosumidores empoderados y que subiendo contenido constantemente nos convertimos en periodistas, artistas, fiscales, comisarios morales y formadores de opinión.
Por todo esto, tendremos las películas con los finales que queremos, la información con el contenido que va a satisfacer nuestros prejuicios y los productos que deseamos al precio que un algoritmo ha determinado según nuestro poder adquisitivo. Lograremos, por fin, toda una realidad a medida.
Parece la trama de una nueva entrega de Black Mirror. Pero no lo es.   
 


 



jueves, 14 de febrero de 2019

Una ceguera para los tiempos que corren (publicado el 7/2/19 en www.disidentia.com)


En el año 1995, el escritor portugués José Saramago publica Ensayo sobre la ceguera, una novela que bien podría pensarse como un tratado político. De hecho, siempre me gustó pensar ese texto en la línea de los pensadores contractualistas de la modernidad como Hobbes, Locke o Rousseau, que hacían experimentos mentales para desde allí justificar un sistema de gobierno. Saramago no fue tan lejos, más allá de que fue un hombre políticamente comprometido desde que hacia fines de los años 60 se afiliara al Partido Comunista y de que, en última instancia, una crítica más directa a las instituciones liberales se encuentre expuesta en un libro posterior como Ensayo sobre la lucidez. Con todo, en lo que respecta al libro que me convoca, cabe decir que cuando Saramago piensa su epidemia de ceguera, no está teniendo una pretensión propositiva a favor de un sistema de gobierno pero sí, claramente, deja entrever su posición respecto de la naturaleza humana al igual que lo hicieran los contractualistas.

Para los que no han leído la novela, o lo han hecho hace tiempo, recuerden que todo comienza con un accidente de tránsito protagonizado por un hombre que misteriosamente dice haberse quedado ciego de manera abrupta. Lo que sigue a continuación es el avance de una epidemia de “ceguera blanca” que pone en jaque a las instituciones y a la propia organización social. Volviendo a la línea de continuidad que les proponía al principio, Saramago entiende que para poder descifrar la naturaleza humana lo mejor que podemos hacer es imaginarnos cómo actuaríamos si todos fuésemos ciegos.
Y la respuesta que da la novela es para nada alentadora ya que lo que allí surge es un verdadero estadio sin ley en el que la solidaridad no abunda y lo que prevalece son las ambiciones individuales, la desesperación y la violencia. Así, buena parte del texto transcurre en un hospital donde se convive con el olor nauseabundo de las heces y el orín de los ciegos que se encuentran encerrados y son reprimidos por las fuerzas policiales, o resultan víctimas de una mafia de ciegos que saquea, roba y viola a otros ciegos.  
Sin adelantar demasiado e invitando, por supuesto, a su lectura o relectura, el personaje de la mujer del médico acaba siendo clave en la novela porque, por razones desconocidas, es la única persona que no ha perdido la vista. Entiendo que habrá interpretaciones múltiples sobre este personaje pero puede que Saramago necesite descansar en cierto ideal iluminista, al menos por contraste, un héroe positivo que a su vez represente un liderazgo esclarecido, una suerte de vanguardia capaz de guiar al resto.
Pero más allá de eso, que sería materia de otro análisis, una de las citas más recurrentes de la novela y que grafica la crítica social que se encuentra detrás de la metáfora de la ceguera es aquella que reza así: “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.   
Ahora bien, la ceguera como metáfora también ha sido utilizada en una de las películas que hace algunas semanas estrenó la plataforma de streaming Netflix: Bird Box. Dirigida por Susanne Bier, protagonizada por Sandra Bullock y basada en la novela homónima de Josh Malerman, esta película me interesó porque creo que, en ella, la ceguera tiene otra función y representa muy bien el giro que ha dado nuestra civilización desde la publicación de la novela de Saramago hasta la actualidad.
En sintonía con Ensayo sobre la ceguera, Bird box comienza con un noticiero informando de una ola de curiosos suicidios y accidentes de tránsitos que rápidamente se trasladan al pueblo de la protagonista. Tras el suicidio de su amiga, ella, junto a un grupo de sobrevivientes, se da cuenta que el estado de locura que lleva a la gente a suicidarse está vinculado a algo que ven. La solución precaria, pero solución al fin, es encerrarse en una casa y tapar las ventanas para que nadie pueda mirar hacia afuera. Nunca se termina de saber qué es eso que está afuera pero lo que sí se sabe es que los pájaros lo detectan, de aquí el nombre de la película, y que la única manera de salir a la calle, tanto para buscar provisiones como para escapar, sea con los ojos vendados. ¿Escapar de qué? De unos hombres que también, por razones desconocidas, han visto a aquello que causa este mal pero, lejos de haberse vuelto locos y haberse suicidado, se han transformado en una suerte de fanáticos que creen tener la misión de hacerles ver aquello a los que aún se niegan.
Cuando parece que el mundo se ha reducido a millones de cadáveres suicidados y hordas de fanáticos que buscan obligar a ver a los pocos resistentes, la protagonista logra contactarse con alguien que la invita a alcanzar una comunidad en la que estaría a salvo y que se encuentra río abajo. Advirtiendo que estoy contando demasiado de la película y que si no quiere saber el final, lo mejor es que abandone la lectura aquí mismo, lo cierto es que la protagonista alcanza finalmente esta comunidad y lo que se revela es que se trata de una comunidad de ciegos. De modo tal que los únicos humanos capaces de sobrevivir a esta monstruosidad que ingresa a través de la vista son los ciegos y esa lectura me hizo pensar cómo, lo que en Saramago era la metáfora de aquello que somos o, en todo caso, aquello en lo que nos hemos convertido, en Bird Box es radicalmente distinto, quizás porque en Saramago sigue operando la metáfora iluminista de la luz y la mirada como guía racional. En cambio, la distopía posmoderna de Bird Box es mucho más fiel a una sociedad del espectáculo donde la red social en boga es aquella en la que lo que importa es la foto y la historia que, con su imagen, desaparece a las 24 horas. En este tipo de sociedad, el dejar de ver, más que una condena, aparecería como una salvación y un golpe al corazón del espíritu voyeurista e invasivo que nos atraviesa. Desde ya nadie está invitando ni celebrando una discapacidad que trae enormes perjuicios para quienes la padecen. A lo que me refiero es que en un mundo donde todo el tiempo se nos invita a ver y los dispositivos con que contamos no son otra cosa que unas máquinas de generación constante de imágenes; un mundo en el que “lo más visto” supone una jerarquía y un status, y en el que estamos expuestos a estímulos y fanáticos necesitados de la mirada ajena y el click, el negarse a ver se transformaría en una verdadera insubordinación, uno de los pocos gestos verdaderamente disruptivos. ¿Usted se lo imagina?
En este sentido, si en la novela de Saramago, la mujer que veía era la que guiaba, en Bird Box es el ciego el que encuentra la salida y quien decide voluntariamente taparse los ojos es el que se salva. Por cierto, no se me ocurre metáfora mejor para describir los tiempos que corren.       
 
   

  

martes, 1 de enero de 2019

La peste en el siglo XXI (publicado el 27/12/18 en www.disidentia.com)


La primera rata muerta no hacía imaginar lo que le depararía a la ciudad. Pero en doce días la cantidad de ratas muertas había alcanzado las ocho mil y llegó el turno del primer humano contagiado. Los síntomas eran claros: alta temperatura, ganglios inflamados, miembros hinchados, manchas en el cuerpo y un dolor interno espantoso.
Pocos se animaban a decirlo pero había llegado la peste y como no podía ser de otra manera, quien cuenta la historia con presunta objetividad es un médico, el Doctor Rieux. Las muertes se sucedieron y con ello toda la organización social en nombre de la profilaxis: cuarentenas, aislamientos y ensayos. La administración declara el “Estado de Peste” y se cierra la ciudad.
Esta es la descripción del inicio de la trama de La peste, de Albert Camus, un texto publicado en 1947 y en el que está claro que el autor utiliza la peste como metáfora. ¿De qué? Es difícil pensar en otra cosa que no sea la ocupación nazi en el contexto de la segunda guerra mundial, a tal punto que hacia el final del libro, cuando la peste cesa, Camus indica que para los que habían quedado encerrados en la ciudad, “la verdadera patria se encontraba más allá de los muros (…) Todos los hombres habían terminado por adoptar el traje de papel que desde hacía mucho tiempo representaban: el papel de emigrantes, cuya cara primero y ahora sus ropas hablaban de ausencia y de la patria lejana. A partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad, no habían vivido más que en la separación, habían sido amputados de ese calor humano que hacía olvidarlo todo”.
Ahora bien, sin que haya ocupación extranjera, esta sensación de ajenidad, de separación de lo que es propio, de extrañamiento, es algo que sentimos muy a menudo cuando vemos la TV, leemos un diario, salimos a la calle o conocemos el resultado de las elecciones y nos damos cuenta que la mayoría votó al candidato que aborrecemos.
Es que la metáfora sirve para pensar aspectos de nuestra sociedad actual y sobre todo comportamientos humanos, demasiado humanos, frente a la adversidad.
De hecho, en La peste tenemos a aquellos que se la pasan elucubrando cuándo termina el desastre y a aquellos que tienen remordimiento por no poder recordar los gestos de la amante que ha quedado más allá de los muros de la ciudad; tenemos también a los que intentan escapar de la ciudad por desesperación y exponiendo al resto del mundo a la propagación de la peste, y a los funcionarios burócratas que siguen actuando como tal porque, si fuese de otro modo, no serían burócratas. A su vez, naturalmente, en el contexto de la peste, la policía se endurece y reprime a los que intentan escapar y todos se transforman en sospechosos. Es que el “Estado de Peste” se parece demasiado al “Estado de sitio”.
Pero había más: en las paradas de los servicios públicos la gente se daba la espalda para no contagiarse y el periódico más vendido fue el denominado Correo de la epidemia. Es de suponer, por cierto, que se vendía más por morbosidad que por la necesidad de estar al tanto de lo que era evidente.
Además, la superstición había reemplazado a la religión, la vida se desorganizó, aumentaron los precios y crecieron los desocupados. Esto hizo que se trabajara de cualquier cosa aun cuando esto conllevara peligro de muerte y que Camus, a través del Doctor Rieux dijera que “la miseria era más fuerte que el miedo”. Y sin embargo, la ciudadanía asistía a espectáculos, los cafés permanecían abiertos. Esa es quizás, la parte más dura de la novela, esto es, el reconocimiento de que las condiciones sociales pueden empeorar drásticamente y sin embargo todo puede seguir siendo igual ya que  finalmente nos vamos a acomodar a las peores condiciones.
Es que la peste no tenía que ver con situaciones arrebatadoras y disruptivas sino con una administración prudente e impecable. La burocracia funcionaba plenamente en medio de la peste. “Banalidad del mal”, le llamó alguien y Camus lo refuerza cuando afirma que “La peste no es una repentina hoguera sino un ininterrumpido pisoteo” y que “se había sacrificado todo a la eficacia”.
Por último, Camus indica que la peste suprimió los valores y que “sin memoria y sin esperanza, [los habitantes de Orán] vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes”.
Les comenté al principio que La peste era una gran metáfora de la ocupación nazi y ahora no logro darme cuenta si Camus hacía una descripción de la época o estaba anticipándose a muchísimos aspectos que en pleno siglo XXI se han naturalizado. Sin equiparar una situación con la otra, claro está, no resulta descabellado preguntarse desde cuándo el mundo presuntamente libre comenzó a parecerse tanto a un mundo asediado por la peste.