En el momento justo y con el
escenario dispuesto para una lectura resistente a la ambigüedad, León XIV publica
su primera encíclica a 135 años de la Rerum
Novarum, aquella que, de la mano de, justamente, León XIII, inaugurara lo
que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia. Con Cristopher Olah, uno
de los fundadores de Anthropic como invitado especial y apenas algunas semanas
después de un enfrentamiento abierto con Trump, el papa se posa en las Rerum Novarum de hoy, esto es, en las “nuevas cosas nuevas”, especialmente, en la que plantea un desafío
antropológico para el Hombre: la IA.
En este mismo espacio ya he
analizado parágrafo por parágrafo el texto y estoy seguro que han podido leer
al menos un resumen del mismo, probablemente, de manera paradójica, creado por
IA, de modo que dedicaré solo algunas líneas para refrescar algunos conceptos
para luego posicionarme en lo que ha sido pasado prácticamente por alto: me refiero
a una lección que puede ser abrazada desde Argentina en tanto la encíclica debe
leerse como un documento de reivindicación de los principios de la Doctrina
Social de la Iglesia, esto es, aquella que fue la base del peronismo. En
tiempos donde el Movimiento está completamente desnortado y fragmentado, la
máxima autoridad de la Iglesia considera que los principios que le sirvieron de
fundamento son aquellos que deben guiar el avance de la IA.
Para comenzar, revisemos los
pasajes que han circulado: no se trata de un documento contra la IA ni contra
la tecnología en general, aunque, si bien se aclara que depende de su uso,
también se resalta que una tecnología nunca es neutral. Algo más original fue
aquel pasaje acerca de la cuestión de los límites que, leído en el momento en
que se están desarrollando los Enhanced Games, cobra una significación
especial. León XIV se pregunta por qué todo lo que representa un límite
(incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad) es visto
como un defecto a corregir, en lugar de pensarlo como parte inherente de lo
humano.
También resultó interesante la
manera en que entró de lleno en la cuestión de la moralidad advirtiendo que no
alcanza con que se nos garantice una IA, digamos, “moral”, en el sentido de que
los ingenieros se comprometan a construir sistemas virtuosos, sino que
discutamos cuál es el código ético, cuál es la moral que los ingenieros incluirán.
Si no lo hacemos, dice la encíclica, corremos el riesgo de que la moral del
ingeniero o de la compañía se presente como una moral universal. Asimismo, se
deja en claro que, para la Iglesia, la IA no tiene conciencia moral y jamás
podrá ser una inteligencia humana porque no inhiere en un cuerpo.
No han faltado pasajes que habrán
molestado a Milei, como aquel que indica que, en la era de la robótica, no se
puede confiar en la eficacia de la teoría del derrame o, mucho más interesante,
agudo y actual, lo que parece ser una afrenta directa contra Trump y Palantir,
especialmente a la luz de la propuesta que la empresa hizo circular y que no
era otra cosa que un resumen del libro La
República tecnológica, de Alexander Karp, cofundador de Palantir junto a
Peter Thiel: hay que desarmar a la IA, es decir, sustraerla de la lógica
armamentística. Por si no queda claro, el texto agrega que “desarmar” significa
romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, esto es,
exactamente lo que planteaba Karp cuando llamaba a un nuevo proyecto Manhattan
donde el Software reemplazaría a la
energía atómica y debería estar al servicio de Estados Unidos si es que se
pretende sostener la hegemonía lograda tras la segunda guerra mundial.
Por último, una
interesante discusión acerca del vínculo entre democracia y verdad. Aunque hay
mucho dicho al respecto, León XIV considera que la democracia es un instrumento
de participación en el bien común y que sin verdad no hay democracia, sino el
mero pragmatismo donde lo útil reemplaza a lo bueno. Nada nuevo en este punto,
pero lo curioso es que aquí no hay ninguna referencia bíblica. Por el
contrario, se cita a Hannah Arendt: “el desinterés por la verdad conduce lenta
pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la
filósofa Hanna Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente
convencidos, sino “las personas para quienes ya no existe la distinción entre
el hecho y la ficción (…) y la distinción entre lo verdadero y lo falso””.
Evaluar la
política argentina de los últimos años en esta línea sería todo un hallazgo: no
se trataría de la grieta creada por los convencidos, sino una grieta
transversal entre gente a la que todavía le importan los hechos, y gente a la
que no. Por si hace falta, aclararlo, subrayo la palabra “transversal”, antes
de que algún zonzón crea que solo la derecha es la que está “fuera” de la
realidad.
Pero pasemos
ahora a la segunda parte de estas líneas, aquella que, les decía, probablemente
sea algo más original: el capítulo 1 de la encíclica habla de los aportes de
los distintos papas a la Doctrina Social; el 2 habla de los principios de la
Doctrina; el resto es la aplicación de esos principios a “las cosas nuevas” de
hoy. Ahora bien, ¿tienen algo para decir aquellos principios que fueron
fundamentales hace 135 años y que luego fueron la columna vertebral del
peronismo? Para León XIV, sin dudas, a tal punto que considera que esos
principios deben ser vistos no como un conjunto estático de conceptos sino como
criterios generales para discernir y juzgar, un horizonte a partir del cual
poder orientarse en un vertiginoso avance que cada vez más a menudo planteará
nuevas preguntas.
La dignidad
inalienable de la persona; el bien común; el destino universal de los bienes y
su consecuente función social de la propiedad; el principio de subsidiariedad; la
justicia social; la solidaridad. Con esta lista de principios, el papa entiende
que hay un corpus robusto para dar el debate público.
Por ejemplo, es
desde el concepto de dignidad que la encíclica se opone al transhumanismo y su
utopía de mejoramiento o superación de la especie en esa suerte de híbrido
humano-máquina porque se entiende que se establecerían allí nuevas jerarquías
sociales (y hasta biológicas, ¿por qué no?) que, de alguna manera, supondrían
tomar a personas como medios y no como fines en sí.
Y es por la idea
de bien común, concepto central en el cristianismo y que se encontraba presente
ya en autores como Aristóteles, que podemos afirmar que el todo es más que la
suma de las partes, que somos seres sociales que solo nos podemos realizar en
comunidad y que no se puede pensar en una IA que esté al servicio de unos pocos
o de los intereses personales de sus propietarios; asimismo, a partir del
destino universal de los bienes, es decir, el principio por el cual se sostiene
que los bienes de la tierra (el suelo, el agua, el aire, los recursos
naturales) han sido brindados por Dios a todos los hombres y no para
acaparamiento de unos pocos, se va a seguir uno de los pasajes más
sorprendentes. Es que, recordemos, de aquí se sigue que, para la Doctrina Social
de la Iglesia, tal como se podía observar en la Constitución peronista del 49,
la propiedad privada será respetada pero no es inviolable en tanto tiene, por
sobre todo, una función social. Sí, ya se lo imaginan: dolor Milei.
El punto es que
el papa incluye en la lista de bienes a las patentes, los algoritmos, las
plataformas digitales, las infraestructuras tecnológicas, los datos. Si por
pereza e incomprensión, a Francisco lo llamaban comunista, a León XIV lo
bautizarán directamente como El Anticristo (dolor Peter Thiel, en este caso).
Pero aún hay
más: del principio de subsidiariedad, ese que el progrerío que responde con
“más Estado” a cualquier problemática social, nunca entendió o no quiso
entender a pesar de que se reivindica peronista y es un principio central de la
doctrina, se agrega un nuevo elemento a la polémica. Para quien no lo tenga tan
fresco, el principio de subsidiariedad indica que aquello que pueda ser resuelto
por personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios
no debe ser realizado por instancias superiores y, por tal, entiéndase, el
Estado. Efectivamente, es un eje de la Doctrina Social y del peronismo que el
Estado no debe estar en todo y que debe “justificar” su intervención. La
controversia gira aquí en que, para León XIV, ese “nivel superior” ya no es el
Estado sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico
sobre condiciones de la vida común. De la subsidiariedad se sigue ahora una
exigencia de responsabilidad y formas reales de participación no solo como
control sobre los estados sino también sobre los privados (auditorías
independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los
datos…).
Por último,
según el papa, la justicia social nos permite entender que las injusticias no
nacen solo de decisiones equivocadas de los individuos sino también de
estructuras y sistemas económicos y culturales que producen desigualdad, además
de funcionar como un freno hacia nuevas formas de exclusión sobre personas o
pueblos a los que se les niega el acceso a tecnologías o comunidades a las que se
las expone a una vigilancia invasiva y a algoritmos que reproducen prejuicios.
Justamente, en este sentido, el principio de solidaridad “obliga a reconocer el
trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos”,
esto es, personas de carne y hueso explotados y precarizados que, desde algún
sótano del mundo, por sueldos miserables, teclean y hacen click para sostener y
entrenar los sistemas que los reemplazarán.
A propósito, un
párrafo para un tema del cual no se habla mucho y que, para la encíclica (y
para el peronismo), resulta central: el trabajo.
El texto recoge
lo que parece harto evidente: la posibilidad cierta de que la IA reemplace el
trabajo de una enorme cantidad de gente. Naturalmente, esto plantea un primer
interrogante acerca de cómo sostener económicamente a esa gran masa de
desempleados. Pero en lugar de hablar de subsidios, ingreso universal, etc., la
encíclica plantea que la importancia del trabajo excede la remuneración. Dicho
de otra manera, reducir el trabajo a “horas vendidas” a cambio de un salario,
es no comprender el rol del trabajo para nuestra identidad y para nuestra
condición humana. Suponer que este problema se resuelve solo con dinero que,
eventualmente, pudiera salir de subir impuestos a los grandes ganadores del
modelo, supone un enfoque demasiado básico ante tanta complejidad.
Para finalizar,
la encíclica tiene pasajes donde rechaza argumentos sin demasiada
fundamentación. A saber, aun cuando la discusión acerca del “límite” vaya en la
dirección correcta, al fin de cuentas, el progreso de la humanidad ha sido
también un progreso realizado contra sus propios límites, por ejemplo, en lo
que respecta a condiciones o expectativa de vida. Bienvenido, por cierto. ¿Por
qué esto sería diferente? Puede haber razones para fundamentarlo, pero habría
que explicitarlas. Un segundo aspecto, en este caso más controvertido, gira
alrededor de la cuestión de la autoconciencia. La Iglesia nunca podría aceptar
una IA autoconsciente o con conciencia moral por razones de principios. Pero
incluso cuando tenemos buenas razones para rechazar este aspecto también por
razones científicas, será difícil para los tiempos que vienen, evitar que los
usuarios realicen esa separación tajante entre lo humano o lo artificial,
probablemente porque esa separación, en algún punto, ya no tendrá sentido.
En cuanto a lo
que puede tocar a la Argentina, como les indicaba en un inicio, la encíclica
aplica los principios que luego abrazará el peronismo, al nuevo orden
tecnológico. En algunos casos lo hace mejor, en otros casos no tanto, por
ejemplo, cuando extiende el principio de subsidiariedad como un límite más allá
de los Estados, o cuando se incluye en el destino universal de los bienes a los
algoritmos, etc. Con todo, ante tanto posmodernismo, tanta liquidez, hay allí un
esfuerzo por recuperar una interpretación del mundo, una referencia.
Que en el ámbito
local, frente a la hiperideologización exitosa planteada por Milei, la
estrategia del peronismo sea resignarse, esconderse y avergonzarse, más que ejercicio
de sana actualización representa un largo proceso de descomposición.
Soy escéptico
respecto al futuro. No sé lo que viene e intuyo que será tan novedoso que
necesitará categorías inimaginables para enfrentarlo. Así que el mundo no se ha
vuelto peronista y es muy probable que Perón no nos esté esperando en el
futuro, pero, mientras tanto, aun con debilidades y contradicciones, esos
principios quizás tengan todavía algo para decir.