Que Miriam Bregman tiene imagen
positiva; que debería ser la vice de Axel; que tendría una intención de voto de
dos dígitos… En las últimas semanas, medios tradicionales y redes se hicieron
eco de un presunto fenómeno que, los más optimistas, no tardaron en equipararlo
al de Milei. En este caso no se trataría de un outsider sin partido, pero sí de
la referente de una postura radical y extrema que, de repente, y ante un
eventual escenario de crisis de representación (al menos en la oposición)
podría devenir competitiva. Para un partido trotskista sería un escenario jamás
visto. Sin embargo, se razona, si ganó un anarcocapitalista, casi que la
Argentina se merecería una trotskista. ¿No?
Ahora bien, ¿esta hipótesis
Bregman es una hipótesis realista o más bien el síntoma de un escenario que, en
silencio, susurra verdades incómodas?
Hay quienes ven en Bregman una
suerte de neozamorismo y algo de sentido tiene la comparación especialmente si
interpretamos que Milei no es la figura de la pospolítica que emergió como
consecuencia del “que se vayan todos” sino la mutación final de la crisis. En
otras palabras, Milei no sería lo nuevo, sino el último político, (que ya no
cree en la política).
Fukuyamistamente hablando, el fin
de la historia argentina ocurrió en 2001 y de ahí en más lo que vendría serían
simplemente diversas manifestaciones de un contrato social roto, por arriba,
abajo, derecha o izquierda. Bregman sería una hija del mismo proceso como lo
fue Zamora con su 12% en CABA allá por el año 2003. Esa es una lectura posible,
aunque habría que ser justos y reconocer que durante buena parte de la “década
ganada” existió una recomposición de la política, un “resurgir de la historia”.
Pero se trataría de la anomalía en una partida que ya estaba resuelta en 2001.
Si Bregman es un síntoma más de
la crisis de representación de los últimos 5 lustros, también es un síntoma de
la deriva ideológica del kirchnerismo, especialmente de su militancia, aquella
que entroniza a CFK y le hace su “Good Bye, Lenin” proyectando la Casa Rosada
en San José 1111, pero la escucha bastante poco. Porque hace tiempo que cuesta
encontrar las diferencias entre un militante K y un trosko. Se disputan la
misma agenda y el juego es a ver quién es cada vez más radical. Por cierto,
esto no ha ocurrido porque el trotskismo haya cedido hacia el centro. Es el
kirchnerismo en su versión progresista el que se ha acercado allí y el que ha
llevado al debate público y a las redes una interna digna de asambleas de
facultades de Filo y Sociales.
¿Cómo ha ocurrido esto? La
explicación quizás no sea tan compleja: el trotskismo, más allá de su retórica
alrededor de los trabajadores, ha abrazado la agenda progresista importada de
la interpretación puritana que las universidades estadounidenses hicieron de
ciertos autores franceses en un proceso que, por mencionar un hito, habría
comenzado en el mayo del 68. Y lo mismo ha hecho el peronismo en su variante
kirchnerista: de la patria grande y la reivindicación del “pueblo” a la
autopercepción de identidades; de la redistribución al reconocimiento; de la
justicia social al performativo de Butler; de la lucha en las calles a regular
los lenguajes de odio en las redes.
Se da así una gran paradoja: los
dos bandos se disputan la atalaya moral de la vanguardia de izquierda abrazando
una agenda directamente funcional a la fragmentación identitaria del
neoliberalismo y el capitalismo aceleracionista. Y sin embargo duermen
tranquilos porque lo hacen en nombre del bien que lucha contra el mal.
Bregman obtuvo 9% en su última
elección, un muy buen resultado que se explica por el corte de boleta existente
que afectó al candidato del espacio popular. Y claro que no es lo mismo, pero
con Bregman podría darse una suerte de revancha progresista en un sentido
bastante particular. Me refiero a que votar a Bregman presidente, equivaldría a
votar con la misma irresponsabilidad que votó el electorado de Macri y Bullrich
por Milei. El progre no se ha permitido ser irresponsable todavía: es el que te
moraliza y te dice “no le hagas el juego a la derecha” y se traga todos los
sapos (especialmente los que cocina CFK). Por eso, necesita patear el tablero y
hacer su aporte para que, eventualmente, todo vuele por el aire. La derecha lo
ha hecho sin culpa y claramente orientada por su gorilismo; ahora le tocaría a
la izquierda, impulsada por su lucha contra el fascismo (que, parece, siempre
es de derecha), y, por qué no, también por su gorilismo. Porque, digámoslo: el
trotskismo y el progresismo han sido siempre profundamente antiperonistas más
allá de que los hados y las circunstancias los hayan encontrado en espacios
comunes de tanto en tanto.
Sin embargo, y para ser justos,
si fuese verdad (me permito dudarlo) que hubiera una opción trotskista
competitiva, habría que dedicarle unas líneas al peronismo más tradicional que
se deja psicopatear por la progresía pero que, al mismo tiempo, ofrece
candidatos patéticos, conservadores y acomodaticios. Un Iorio gritando “Bregman
existe por ustedes” de la misma manera que Milei existió por el desastre del
último gobierno, no estaría muy alejado de la verdad.
Gente con ánimo conspirativo
sospecha que levantar a Bregman es una estrategia del kirchnerismo duro para
esmerilar a Kicillof. Desconozco si es el caso, aunque esas alquimias suelen
irse de las manos, tal como ocurrió con Milei. Mientras tanto, si un eventual
fracaso de Milei extendiera los coletazos del 2001, no sería descabellado
imaginar un nuevo 2003 donde la lógica indicaría que, máxime si no hay PASO, se
podría ir a hacia una fragmentación total con candidatos que no superen los 25
puntos. Cuesta imaginar que siendo Kicillof candidato, Bregman pueda soñar con
un balotaje, al menos si lo que pretendemos es analizar antes que expresar
deseos. ¿O será que se busca quitarle votos a Kicillof por izquierda para luego
presentarle un candidato moderado apoyado por CFK para que lo venza? Del otro
lado, la cosa no viene simple tampoco: ¿pega un nuevo salto Bullrich para ser
candidata a presidente y dividir el voto de la derecha, o se contenta con ser
la candidata a Jefe de Gobierno en CABA y esperar su turno presidencial en 2031
con la edad bastante al límite?
No cerremos la puerta a nada. Al
fin de cuentas, vivimos en Argentina. Pero la hipótesis Bregman huele más a
fantasía palermitana que a realidad concreta. Con todo, su aparición en el
escenario no es azarosa pues expresa un síntoma: el de un 2001 que decretó
nuestro fin de la historia, el de la deriva ideológica del kirchnerismo (y el
trotskismo), y el de la necesidad de esgrimir el derecho a votar irresponsablemente
que un sector progresista de la sociedad añora por lo bajo. Si la derecha tuvo
su Joker, ¿por qué la izquierda no buscaría tener el propio?
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