Instantáneas del mundial. Dos presuntos influencers
mexicanos son captados con su teléfono en la mano en el exacto momento en que
su selección convierte el gol. Se los ve excesivamente efusivos, pero sus
teléfonos no están apuntando al campo de juego sino a sí mismos. Seguramente
están saliendo en vivo para su canal de youtube porque hay seguidores que
esperan sus “reacciones”, aquello que, desde hace tiempo, acabó siendo más
importante que el evento reaccionado. Con el fútbol sucede algo muy curioso:
nunca se ha consumido tanto fútbol, pero cada vez interesa menos lo que sucede
dentro de la cancha. De hecho, los 90 minutos se hacen demasiado extensos. El cooling break no funciona así solamente
para fines comerciales sino para darle un respiro a generaciones de humanos que
son incapaces de concentrarse.
Otra presunta influencer, en este caso, uruguaya, se
filma sobreactuando patriotismo mientras se canta el himno en el estadio antes
del encuentro frente a Arabia Saudita. No está filmando el evento sino a ella
misma gritando las estrofas del himno. Al menos esta influencer parece ser de
carne y hueso porque la mayoría de las imágenes que circulan, especialmente las
de mujeres exuberantes en las tribunas, en algunos casos hasta con gatitos en los
brazos, (por si la atracción de las tetas no alcanza), están hechas con
inteligencia artificial. Devenir viral es todo y pagar una entrada súper cara
en palcos donde la cámara puede captarte es toda una inversión. Creo que a la
chica uruguaya no le dio el presupuesto. Por eso debió elegir lo opuesto a la
sobriedad de su técnico Marcelo Bielsa que, frente a la espectacularización de
todo, simplemente decidió no participar y mirar para abajo.
Luego está el fenómeno del exotismo for export. Algún morocho raro, que baile como nosotros creemos que
bailan los morochos raros y que toque el tambor para cumplir con todos los
requisitos del estereotipo de lo que es un morocho. Afortunadamente, al menos
hasta ahora, no he visto alguna nota que se pregunte por qué Argentina no tiene
negros en el equipo aunque, por suerte, Chequeado.com ya salió a aclarar que,
aunque no sea “evidente” a la vista, hay ancestros africanos en nuestros
jugadores. No sea cosa que nos quiten la copa por no ser lo suficientemente
diversos.
El mundial de fútbol tiene sus tribunas repletas de gente
que, en general, no va a ver fútbol. Y no se trata solamente del hecho de que
se realice en Estados Unidos, país sin tradición y donde el deporte no es de
los más populares. Sucede incluso en la Argentina donde el público de la
selección no es el público que va a ver la liga local los fines de semana. Da
más status estar en la tribuna de Inglaterra vs. Croacia que en la de Flandria
versus Cambaceres porque sí, efectivamente, cuando alguien paga lo que está
pagando por ver un partido del mundial, le interesa cualquier cosa menos el
partido en sí.
Se ha puesto de moda hablar de “Aura” en las redes. Tal
tipo tiene aura; acabo de perder mi aura, etc. Se designa así el estilo, la
genialidad, el carisma, eso propio del individuo o de la escena que los
convierte en únicos e irrepetibles. A propósito, vaya curiosidad, es
relativamente famoso el enfoque de Walter Benjamin al respecto cuando
denunciaba cómo la reproductibilidad técnica, la posibilidad de replicar una
imagen infinitas veces, acababa con ese carácter único, con el aura, que tiene
la obra de arte. Está claro que ver la Gioconda en el Louvre personalmente no
es lo mismo que verla en sus infinitas reproducciones, más allá de que hoy en
día la tentación es entrar a los museos a sacar fotos, es decir, a privilegiar
la lente del teléfono por sobre nuestro contacto visual directo.
Hablando de la obra de arte, Benjamin recuerda que las
obras de arte se producen porque tienen un valor de culto y están basadas en el
ritual. Cuando hablamos de que algo tiene un valor de culto decimos que lo que
importa es que exista y no que otros lo vean. Podría decirse que, justamente,
en la medida en que se hace masivo, se abre a la visibilidad, pierde su
carácter. Sucede a menudo con las bandas de rock a la que muchas veces
denominamos “de culto”, aunque en este caso no lo hacemos porque sean valiosas
sino porque no las va a ver nadie.
Con la fotografía y
el cine, con la posibilidad de su reproducción infinita, la obra de arte se
independendiza de ese orden ritual y, en la recepción y la sobreestimulación de
la repetición, promueve la distracción. Si esto ya lo veía Benjamin en 1930,
imagínense la situación actual donde la vida misma ya es imagen y, en muchos
casos, una realidad paralela creada por algoritmos. ¿Qué vínculo con lo real
podemos adjudicar a las imágenes creadas por IA?
La obra de arte
tradicional promueve una recepción en el recogimiento, un encuentro mano a mano
donde se nos exige una contemplación que nos permite entrar en contacto con la
obra. Nada de esto sucede con las actuales imágenes.
En esta línea, por
ejemplo, Byung-Chul Han, siguiendo a Roland Barthes, afirma en su libro, No-cosas, que la fotografía digital
rompe la relación mágica que conecta el objeto con la fotografía a través de la
luz. ¿Por qué sucede esto? Porque los rayos de luz que emanan del objeto se
conservan en granos de plata, pero en el medio digital simplemente se los
traduce a datos, haciendo que la luz se pierda en el proceso. De aquí que
afirme que “en la fotografía digital, la alquimia deja paso a la matemática”.
Dado que la
fotografía analógica mantiene un vínculo con el objeto, esas fotografías que
guardamos en un cajón, o en un álbum en casa, tienen una memoria, cuentan una
historia, en muchos casos, la nuestra. En cambio, la fotografía digital solo
expresa episodios, de aquí que sea la protagonista ideal para las stories de nuestras redes sociales:
imágenes destinadas a desaparecer en 15 segundos que nadie recordará, ni
siquiera el autor de la misma, y que solo aparecen allí para poder comunicar al
exterior la sumatoria de eventos o acciones que realizamos para poder ser
vistos y likeados.
En la fotografía
digital desaparece el valor de culto, porque no importa que exista, sino que
sea exhibida. “Ser siendo visto”, esa es la cuestión. Para Han la selfi no
puede alcanzar nunca esa belleza que supone ser parte de una historia: solo es capaz
de expresar una alegría digital. En
el mundial, este fenómeno es llevado al paroxismo y se expresa en las poses y
las actitudes que impone la norma de lo viralizable: la chica linda que tiene
que bailar con los pasos de moda y sacar la lengüita haciéndose la ingenua o la
incesante lista de boludos que exponen su performance de aguante marginal antes
de pagar una cuenta en dólares de varios ceros en la tarjeta de crédito.
Cómo sucede que, de
repente, algunas palabras se ponen de moda, nadie lo sabe, pero no deja de ser
curioso que se vuelva a hablar de “aura” cuando todo parece carecer de la
misma, justamente en un contexto de hiperdigitalización donde lo que sobra es
la sobrerreproducción de imágenes, requisito indispensable para lo único que
tiene valor comercial: la viralización y su consecuente monetización.
Entre tanto barullo,
rescato románticamente al tipo que se abraza con el hijo en la casa sin ningún
otro testigo que el perro y ese televisor viejo; al que sale a la calle con la
alegría sobria porque, como diría el indio, “la buena felicidad dicen que no se
nota”.
Ah, y en cuanto a
Messi: ese sí que es único; ese sí que tiene aura.
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