martes, 14 de noviembre de 2017

Aporofobia (editorial del 12/11/17 en No estoy solo)

En el año 2000, una revista llamada La Primera, cuyo dueño era Daniel Hadad, publicaba en tapa una de las notas más vergonzosas de la historia del periodismo argentino. Con el obelisco y una bandera argentina de fondo, irrumpía en la imagen un individuo con fisonomía indígena, el torso desnudo y un diente menos, para graficar un titular que rezaba “La invasión silenciosa”. A su vez, en la bajada del título se podía leer: “Los extranjeros ilegales ya son más de 2 millones. Les quitan el trabajo a los argentinos. Usan hospitales y escuelas. No pagan impuestos. Algunos delinquen para no ser deportados. Los políticos miran para otro lado”. La capacidad de síntesis del título y la bajada eximen de cualquier comentario acerca del contenido de la nota incluida en las primeras páginas de la publicación, pero han pasado los años y son muchos los que todavía recuerdan esa tapa en tiempos donde Daniel Hadad tenía en los medios una centralidad mayor que la que tiene hoy más allá de la importante circulación que tiene su portal infobae.com. Con todo, el mensaje de esa publicación finalmente no hacía más que representar cierto ideario conservador y retrógrado que se encuentra arraigado en la Argentina y en el mundo, y que aparece con más fuerza en tiempos de crisis económica, ideario que no disminuirá por la sobreactuación indignada del progresismo frente a personajes que son una caricatura de sí mismos como “la cheta de nordelta”.
Lo cierto es que bajo algún tipo de amenaza, lo más fácil es señalar al distinto y cada vez que oímos este tipo de afirmaciones las calificamos de xenófobas porque refieren a extranjeros y, en particular, a extranjeros de determinada pertenencia étnica. Sin embargo, parece hora de ser un poco más sutiles y encontrando una categoría adecuada podremos elucidar que lo que está operando allí no es exactamente xenofobia entendida como odio, rechazo y aversión al extranjero sino algo más específico. Quien notó esto y se encargo de difundir una nueva categorización fue la filósofa española Adela Cortina. Con perspectiva universalista y desde la particular mirada de una Europa en crisis más cultural y moral que económica gracias al fenómeno de los refugiados, Cortina parte del siguiente dato: 75.000.000 de turistas extranjeros visitaron España en el año 2016. Se trata de un número récord celebrado por la sociedad española porque el turismo supone ingreso de divisas, creación de empleo, etc. Dicho esto, Cortina se pregunta por qué no hay frente a estos extranjeros actitudes xenófobas. Y la respuesta es simple: porque, en general, se trata de extranjeros con un buen pasar económico. Esto muestra que el rechazo, la aversión y el odio, más que dirigirse al extranjero está dirigido al pobre. En este sentido, la tapa de la revista de Hadad no eligió poner a un alemán con rasgos arios o a algún caucásico empresario y/o microemprendedor. Decidió poner a un descendiente de la zona de altiplano en una situación en la que denotaba pobreza. Si el problema no es la extranjería sino la pobreza, el término xenofobia debe reemplazarse por uno que específicamente represente estos casos, los cuales, por cierto, son los más comunes, porque se desprecia más al paraguayo, al peruano y al boliviano que al alemán porque en el caso de los primeros se supone que son pobres.
Frente a esto, Cortina entiende que el término adecuado es “aporofobia” porque “áporos”  significa “pobre”. En el libro donde Cortina desarrolla esta idea, llamado, justamente, Aporofobia, el rechazo al pobre, la autora rebalsa de ingenuas, buenas y abstractas intenciones llamando a solucionar el problema con más educación e instituciones regidas por valores universales y comunicación democrática. Asimismo, en un salto sorprendente y extemporáneo decide buscar en resultados de la neurociencia una justificación para afirmar que nuestro cerebro es aporófobo, es decir, que hay una tendencia natural de lo humano hacia la aporofobia. Por estas razones es que lo más interesante del libro parece ser la novedad del concepto, (ya que precisa un sentimiento que muchas veces se confundía con la xenofobia pero era de otro carácter), y no la solución propuesta para la problemática ni mucho menos su justificación. En este sentido, aun cuando buena parte del libro quizás no valga demasiado la pena, si acordamos con Gilles Deleuze en que hacer filosofía es crear conceptos, Adela Cortina puede darse por satisfecha no solo por sus dotes creativas sino porque creando un concepto, permitiéndonos nombrar, nos ayudó a asir ese aspecto de la realidad que a falta del término correcto se nos escurría entre las manos.
Por último, un breve comentario sobre el subtítulo o bajada del libro. Es que efectivamente al título Aporofobia, el rechazo al pobre, se le agrega la frase “Un desafío para la democracia”. Es verdaderamente curioso, pues en todo caso me imaginaba que la aporofobia era sobre todo un desafío para el capitalismo antes que para la democracia, especialmente en el contexto en que la profundización de esta nueva etapa del capitalismo puede definirse como una verdadera fábrica de pobres. Así, en todo caso, antes que la aporofobia, lo que es un verdadero desafío para la democracia, me parece a mí, al menos, es el capitalismo.     



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