miércoles, 13 de septiembre de 2017

Cucarachas (editorial del 10/9/17 en No estoy solo)

Los llaman “cucarachas”. Todos les dicen “cucarachas” porque se ven como tales. Las fuerzas de seguridad enfrentan estos verdaderos insectos, casi como un cáncer social, pero también lo hacen los pobres, aquellos que imploran al ejército que intervenga y detenga estas alimañas que saquean y roban todo lo que encuentran a su paso. El ejército habla un idioma distinto que el de los pobres pero las cucarachas como enemigo común, y algunos decodificadores, les permite unirse en el objetivo. 
Todavía recuerdo las palabras de una oficial del ejército: “La mierda en su sangre las hace así. La enfermedad que portan, que ignora el valor de la vida o el dolor de quien más va a sufrir. No detuvimos a las cucarachas durante 5, 10 o 20 años. Siguen naciendo niños así y luego se reproducen. Por cada cucaracha que usted salva hoy condena, Dios sabe, a cuánta gente a la futura desesperación y pena. No puede usted seguir viéndolas como humanos. Hay que eliminarlas (…)”.
Minutos después de escuchar ese relato, un oficial del ejército acribillaba a una cucaracha al igual que lo hacía en los entrenamientos y luego acuchillaba a otra con la pasión del odio tras una larga pelea en la que el insecto enfermo atacó a quien vela por nuestra seguridad. Consultado por un superior al respecto, el oficial dijo sentir algo de euforia y, luego, un enorme alivio además de ningún remordimiento.  
Estoy seguro que si me hubieran mostrado el diario del día posterior el título hubiera sido: “en un nuevo enfrentamiento cae una cucaracha subversiva”. 
Más allá de eso, un buen resumen del fenómeno se da en el diálogo entre ese mismo oficial y una cucaracha que, sinceramente, parecía “normal” como vos y yo. Ella le pregunta: “¿Ve una cucaracha en mí?” Y él responde: “No, las cucarachas están enfermas. Además las cucarachas no hablan”. Ella lo interrumpe y le dice: “No es que no hablamos. Es que no nos oyen”.  
A partir de allí empecé a entender todo. Es que los oficiales del ejército parecen tener una suerte de microchip instalado que les hace ver como enemigos a quienes no lo son, como cucarachas a quienes son personas como cualquiera. Ese microchip es como una máscara que les distorsiona la realidad y que el oficial ha aceptado voluntariamente, como acepta voluntariamente cualquiera de nosotros escuchar las bajadas de línea de un formador de opinión.
Ahora bien, esto que a falta de un término correcto, llamo “microchip”, está implantado en las fuerzas del orden desde hace mucho tiempo y solo busca hacer más eficiente el exterminio. Porque han logrado, a través de la radio, la TV y las computadoras, después de lo que ellos llaman “guerra”, que el hombre común también odie a las cucarachas. Pero no han logrado todavía que ese hombre común se anime a matar. En todo caso, repudia a las cucarachas, las persigue, les cierra la puerta, las insulta y las echa de cualquier lugar en el que puedan tener cobijo, pero no da el paso siguiente hacia el aniquilamiento. Porque son cucarachas pero parecería que algo de humano tienen. Recuerdo cómo hacia el final, el oficial que había asesinado a las cucarachas se da cuenta que éstas son, en realidad, tan humanas como él, y su superior le dice: “[Claro que] son como nosotros. (…) Por eso son tan peligrosas. (…) Los humanos somos una especie empática por naturaleza. En realidad no queremos matarnos entre nosotros…hasta que nuestro futuro depende de matar al enemigo”.
Tras esta afirmación, al capítulo 5 de la tercera temporada de la serie inglesa Black Mirror que acabo de transcribirles, le quedan unos minutos más que no adelantaré para que lo puedas ver en tu casa sacando tus propias conclusiones y haciendo tus propias analogías. En todo caso, sí te puedo decir que en esta serie se hace mucho hincapié en las consecuencias sociales que se siguen del uso de las nuevas tecnologías, ya no en futuros lejanos, sino en el aquí y en el ahora más próximo, y que siempre que hay opresión hay resistencias. En este caso puntual, las cucarachas crearon un dispositivo capaz de anular momentáneamente esos microchips o máscaras que distorsionan la realidad y deshumanizan al adversario político. Esa anulación le permite a los ciudadanos de a pie ver las cosas tal cual son y eso supone un enorme dilema pues el precio de aceptar que existe una realidad distinta a la que uno creía, genera rechazo y la enorme responsabilidad de no haber sabido ver lo que en realidad ocurría y hasta, quién te dice, haber sido cómplice directa o indirectamente de algún hecho aberrante. ¿Qué harías si te dieran a elegir? ¿Preferirías ver la realidad tal cual es, asumiendo tus errores y el peso de la injusticia, o preferirías vivir felizmente una irrealidad? 
Mientras tanto, leo y escucho en diarios y televisión que unas cucarachas que gobernaron el país, y cuya denominación es intercambiable con otras tales como “Kakas”, “corruptos”, “mapuches”, “mercenarios”, “ladrones”, “peronistas”, “zurdos”, “terroristas”, iraníes”; “kurdos” o “chavistas”, han declarado una guerra contra la República y la Democracia. Y entonces vuelvo a ver el capítulo de Black Mirror, comienzo a pensar estas líneas y recuerdo a un filósofo alemán, más citado que leído, cuando advertía que si uno de los bandos de la disputa afirmaba luchar en nombre de la humanidad, cualquiera que se enfrentara a éste quedaría reducido a una entidad cuyo único destino es el exterminio físico.
La divisoria entre normales y cucarachas tiene varios capítulos en nuestra historia y tiene hoy su reescritura novedosa. Pero el círculo perfecto se cierra cuando suceden dos cosas: en primer lugar, cuando aparecen las cucarachas de las cucarachas, esto es, un subgrupo de cucarachas identificadas como tales por otro subgrupo de cucarachas que dice ser mejor cucaracha; y en segundo lugar, cuando de tanto que te dicen cucaracha, un día mirándote en el espejo te ves con antenas, un montón de patas y revolviendo en la basura.



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