martes, 5 de abril de 2016

Militando el ajuste (publicado el 10/3/16 en Veintitrés)

Podría llenarse una biblioteca entera con análisis y ejemplos de la complicidad de determinados medios de comunicación con distintos gobiernos, incluso gobiernos de facto. Intereses en común explican esta vinculación pero más allá de ello, y sin creer necesariamente que los medios de comunicación tienen la capacidad para determinar completamente las acciones de sus receptores, lo cierto es que todo gobierno (democrático o dictatorial) entiende que necesita una “pata comunicacional”. Desde la Gazeta de Buenos Ayres, fundada por Mariano Moreno para propagar los ideales revolucionarios, pasando por la “tribuna de doctrina” de Bartolomé Mitre, el uso que el peronismo le dio a la radio, el peso que alcanzó la TV a color en plena dictadura, y la importancia que la comunicación política le da hoy a las redes sociales, tenemos ejemplos de relaciones entre partidos, movimientos y referentes de signo político distinto y soportes variados.    
Ahora bien, más allá de esta breve reseña de 200 años de medios de comunicación y a pesar de los pronósticos agoreros, los diarios siguen teniendo un lugar preponderante en el armado de agenda y por ello siempre es interesante examinarlos. ¿Y qué encontramos cuando lo hacemos? Por ahora, un claro acompañamiento a las políticas de tinte neoliberal que incluyen transferencia de recursos hacia los sectores más aventajados producto de una devaluación del 60% y una inflación que se ha duplicado, achicamiento del Estado, despidos en los sectores público y privado, constitución de una Ceocracia y una fuerte campaña de estigmatización hacia los símbolos de la extendida década kirchnerista. Los grandes titulares, las columnas de opinión y la decisión de qué es y qué no es noticiable siguen esta línea pero quisiera centrarme en un conjunto de notas que, a simple vista, parecen “de color” pero subrepticiamente brindan un mensaje que es el que me interesaría desentrañar. En la red social Twitter hay quienes se dedican a llamar la atención hacia este tipo de notas y las agrupan bajo la etiqueta #MilitandoElAjuste así que en honor a ellos titularé así esta nota.               
Usted se dará cuenta rápidamente de qué se trata. Tenga en cuenta, por ejemplo, una nota que se titula “Contra las vacaciones: resistirse al descanso como estilo de vida” (La Nación, 22/2/16) y donde en el interior de la misma aparece un testimonio que afirma: “Alguien tiene que decirlo con voz clara de una vez: las vacaciones están sobreestimadas. Son un automartirio anual”. En este mismo sentido, preste atención a estos títulos: “Se puede despedir y terminar a la vez con la pobreza” (Clarín, 21/2/16); “Para Ferreres es mejor ganar un poco menos pero estar ocupado” (Fortuna, 7/2/16); “Diez años en la misma empresa puede ser un fracaso personal” (Clarín, 19/1/16); “La decisión más difícil: a la hora de despedir, se trata de un ser humano” (La Nación, 15/2/16). Esta última nota afirma en su “bajada”: “Tanto en la empresa como en el sector público, la desvinculación debe ser llevada adelante con cuidado extremo”.
Resulta demasiado evidente que notas como éstas buscan instalar en la opinión pública un clima favorable a la política de despidos y a la exigencia de flexibilización y pauperización del trabajo que disminuya los costos laborales tal como exigen sectores empresariales. Las vacaciones aparecen así como una “imposición cultural”, si permanece estable en un trabajo usted es un fracasado y si lo despiden es para terminar con la pobreza. Además, lo invitan a conformarse con ganar menos y le piden que esté tranquilo pues cuando lo echen lo van a tratar (casi) como un ser humano.
Por si esto no alcanzara, preste atención a este editorial de Jorge Oviedo en La Nación, el 15/2/16. Le transcribo el párrafo entero pero haga especial énfasis en el pasaje que sigue a la frase “comienzan a ser obligados”: “¿Cuántos episodios inflacionarios harán falta en la Argentina para que se aprenda que el fenómeno es puramente monetario? ¿Que se trata de oferta y demanda? ¿Que las cosas se desmadran cuando los operadores, que no son otros que los ciudadanos, los jubilados, los trabajadores, los obreros, comienzan a ser obligados a tener más pesos que la cantidad con la que se sienten cómodos, y entonces los cambian a toda velocidad por otras cosas, bienes, servicios, monedas, sabiendo que pronto esos pesos valdrán menos?”
¡Qué particular enfoque! ¿Lo notó? Para el autor, los que menos tienen se incomodan (SIC) cuando tienen muchos pesos en el bolsillo algo que por alguna razón insondable no sucede con los que más tienen, no sabemos si porque les corresponde por naturaleza tener más o simplemente porque acceden a pantalones con bolsillos más anchos. (Asimismo, no hace falta decirlo, debe haber sido algún gobierno populista el que, a contramano de las leyes naturales de la economía (según la tradición monetarista, claro), obligó (SIC) a los pobres a tener más dinero en el bolsillo).   
Pero déjeme avanzar en otro conjunto de notas cuyo mensaje es algo más sutil: “El turismo virtual no para de sumar millas” (La Nación, 17/1/16); “¿Compartimos el wi-fi?” (La Nación, 13/2/16); “Vivir en 30 metros cuadrados: una tendencia que crece entre los porteños” (Clarín, 23/12/15); “Marucha, un corte alternativo y económico para el asado” (La Nación, 25/2/16); “Volver al ventilador: el mejor aliado para combatir el calor y la crisis energética” (Clarín, 31/12/15); “Comprar alimentos más baratos y menos ropa, las formas de ahorro más elegidas” (Clarín, 24/2/16).       
Aquí no aparecen los despidos sino “La crisis”. La crisis sobrevino, no es de nadie. Se produjo, sin responsables. El año pasado no había devaluación ni inflación del 40% ni despidos y ahora sí, sin embargo, ninguna de esas notas dice por qué la gente elige “viajar” a través de su computadora y no en persona; por qué vive en 30 metros cuadrados e intenta disminuir costos compartiendo el wi-fi con un vecino y pagando a medias; por qué prefiere el corte marucha y las segundas marcas, y por qué ha dejado de comprarse ropa y de usar el aire acondicionado. El lenguaje sin responsables es caro al liberalismo económico, aquel que cree que las leyes de la economía son naturales. Desde esta perspectiva, los economistas (liberales) tienen la misma precisión que la de un científico natural. Así, de la misma manera que nadie es responsable de la ley de gravedad parece que nadie es responsable de las decisiones económicas que empobrecen a muchos y enriquecen a pocos. Sin embargo, este tipo de mensajes no hacen desaparecer la responsabilidad sino que la transfieren. Sí, efectivamente, en un lenguaje canchero, tuteando y con algunos términos prestados del inglés, de repente te dicen que vos podés estar mejor en la crisis. Si no lo estás es tu entera responsabilidad. No debés quejarte ni rebelarte contra las decisiones de política económica que se enmascaran detrás de las leyes del mercado. Debés acomodarte a los nuevos tiempos. Viví hacinado que es una “tendencia” y usá el ventilador que no es un tarifazo lo que te están clavando sino, simplemente, una crisis energética que, entre todos y solidariamente, vamos a superar. Si no podés sobreponerte a este momento que simplemente “acaeció” es porque te falta ingenio o esfuerzo. Al fin de cuentas, bien podrías comerte una marucha, compartir el wi-fi, viajar por todo el mundo virtualmente y usar la ropa que te compraste el año pasado. ¿No?