martes, 5 de abril de 2016

Menos voces en el sur (publicado el 31/3/16 en Veintitrés)

El gobierno de Macri ha decidido desvincular al Estado argentino de la señal de noticias Telesur después de 11 años. La señal pertenece a la compañía “multiestatal”, La Nueva Televisión del Sur C. A., cuyo paquete accionario compartía Venezuela, Cuba, Ecuador, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y nuestro país. Tras esta determinación, Argentina se transforma en el primero en abandonar la compañía. Asimismo, las consecuencias de deshacerse de ese 16% de acciones que poseía el Estado argentino país tiene consecuencias directas pues Telesur dejará de formar parte de la grilla de TDA (televisión gratuita con alcance al 80% de los argentinos) y ya no será obligatorio para los cableoperadores brindarle un espacio. En buen criollo: Telesur no se verá más en Argentina.
El argumento del gobierno argentino en boca del Ministro de Medios públicos, Hernán Lombardi, no es sólido. Cuando eso sucede se acude a muchos argumentos como si la añadidura y la cantidad devinieran necesariamente en fortaleza. Sin embargo, en general, el discurso detrás de la nueva administración en torno a los medios suele acudir a dos nociones: la pluralidad y la austeridad. Independientemente de la carga simbólica que tales nociones expresan (la primera más cercana a una tradición posmo/progre bienpensante y la segunda a una tradición tan eufemística como liberal), lo cierto es que en nombre de la pluralidad y la austeridad se están restringiendo enormemente los espacios para voces disidentes. Porque está claro que Telesur tenía una línea editorial alineada a las experiencias de los gobiernos populares de la región. Su slogan era “Nuestro norte es el sur” y desde allí planteaba, con una programación mayoritariamente informativa, una agenda novedosa y “la otra cara” de los hechos. Además, claro está, Telesur, más allá de que en su formato no era muy distinto al de otras señales de noticias, impulsaba cosmovisiones acordes a las nuevas formas de comunicar que los gobiernos populares exigían, desde Chávez hasta CFK, pasando por Correa y Evo. Se trataba de romper con una matriz de representación y mediación que el periodismo, llamemos “hegemónico”, ostenta y se resiste a discutir.
En este sentido, uno de los columnistas de Telesur, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad, expresó en su blog: “Hoy por hoy, Telesur es una de las mejores fuentes de información en todo el planeta. (…) Telesur no es sólo una “buena idea” democrática de la televisión, es una decisión política estratégica de envergadura trascendental en la ruta de cambiar los paradigmas informativos que nuestros pueblos necesitan en la construcción de su independencia y soberanía semántica y revolucionaria”.“Hoy por hoy, Telesur es una de las mejores fuentes de
información en todo el planeta. (…) Telesur no es sólo una “buena idea”
democrática de la televisión, es una decisión política estratégica de
envergadura trascendental en la ruta de cambiar los paradigmas informativos que
nuestros pueblos necesitan en la construcción de su independencia y soberanía
semántica y revolucionaria”.
Por razones ideológicas, Telesur tiene entusiastas seguidores y detractores efusivos justamente, quizás, porque nunca ocultó su sesgo, un sesgo tan claro como el que poseen otras señales de noticias como la CNN, solo que, claro está, allí el sesgo aparece revestido de independencia y sentido común. 
La comparación con la CNN viene al caso porque si bien la tradición popular siempre pensó en términos de “patria grande” gracias a la historia y los desafíos en común que tiene la región, los que siempre observaron a Latinoamérica como un todo homogéneo fueron los intereses que la expoliaron y que editorializan uniformemente no solo a través de las cadenas de noticias locales sino a partir de un esquema corporativo de carácter regional. 
 
¿A cuántos ciudadanos representa la perspectiva de Telesur? Según el gobierno argentino, a pocos, porque el canal no tenía mucha audiencia en nuestro país. Si bien un alto o un bajo rating se deben a una múltiple cantidad de factores, aun si efectivamente la perspectiva de Telesur fuera representativa de sectores minoritarios, en nombre de la pluralidad habría que sostenerlo y no quitarlo del aire. En todo caso, sería aceptable un argumento decisionista o de realpolitik que diga: nosotros somos gobierno y Telesur representa una cosmovisión que nosotros repudiamos. Por ello, decidimos que el Estado Argentino deje de formar parte de la señal. Ese sería un argumento más sincero y mostraría que el gobierno también hace política en ese sentido. Pero que en nombre de la pluralidad haya menos voces no parece demasiado coherente.
Lo mismo sucede con el argumento de la austeridad. Más allá de que el propio Lombardi, en una entrevista con Daniel Tognetti, reconoció que todo el gasto que tuvo el Estado Argentino por Telesur en 2015 fue de apenas 300.000 pesos por el sostenimiento de la corresponsalía en Buenos Aires, se trata del mismo argumento por el cual la pauta oficial del gobierno central se discontinuó de modo tal que, salvo los medios grandes y dominantes, el resto ha desaparecido o está en vías de desaparecer. Esto no significa avalar la discrecionalidad de la pauta (existente en el kirchnerismo a nivel nacional y provincial y en el macrismo en la ciudad) ni justificar a empresarios que recibieron ingentes sumas sin que eso redunde en mejores productos ni en trabajo estable. Se trata de advertir que en política de medios, la presunta austeridad de hoy se sostiene en connivencia con los medios más importantes. No hay que ser muy perspicaz para entender el acuerdo: nosotros, medios privados, te publicitamos amablemente las acciones de gobierno y vos, Gobierno, obligado a publicitar tales acciones, prescindís de utilizar dinero público por unos meses hasta que desaparezcan las voces disidentes. Vos te publicitás y nosotros eliminamos la competencia. Parece un buen negocio para ambos. 
Para finalizar, ¿quién puede oponerse a la pluralidad y a la austeridad? El punto es que en materia de medios, y también en materia de derechos en general, el sistema privilegia a las posiciones dominantes y solo una política pública del Estado puede matizar, al menos en parte, esa prepotencia del mercado. Tal política de Estado no puede restringirse a la garantizar la pluralidad en los medios públicos sino que debe tener una mirada general del sistema de medios para detectar qué voces y qué cosmovisiones son privilegiadas. Sin intervenir directamente sobre el contenido de los licenciatarios privados, si éstos impusieran una mirada monocorde, tal como lo hacen, el Estado debe tratar de equilibrar y visibilizar otras voces aun cuando sean minoritarias. De eso se trata la pluralidad, esa que, bajo la recurrencia al latiguillo hipócrita de la austeridad, se va reduciendo cada vez más.