miércoles, 14 de agosto de 2013

La era de la datapolítica (publicado el 30/7/13 en Veintitrés)

Mucho se ha hablado del modo en que las nuevas tecnologías fueron determinantes para el triunfo de Obama en las elecciones de 2008. Para el que no lo recuerde, bajo una estricta estrategia secreta, un grupo de expertos en sistemas, sociólogos y matemáticos fueron convocados para participar durante 18 meses, desde la llamada Cueva (una sala del principal búnker de campaña), de la recolección, clasificación, cruce y análisis de datos de los ciudadanos estadounidenses habilitados para votar. Esto que a simple vista no parece novedoso, debe ponderarse tanto cuantitativa como cualitativamente porque supuso la llegada de lo que se conoce como los big data a la política, y porque expone como nunca el modo en que se reconfigura la mirada sobre el votante.
Los big data son sistemas complejos capaces de poder manejar un enorme volumen de información sin que ello vaya en detrimento de la velocidad y la variedad de esos datos. En este sentido, supóngase que un equipo de campaña de un candidato x es capaz de unificar la información de una enorme cantidad de encuestas a lo largo de todo el país y durante un determinado lapso de tiempo. Esa importante información podría dar cuenta de cuál es el nivel de simpatía o antipatía del electorado en relación a determinado candidato según estrato social,  región, nivel educativo y edad entre otras variables. Pero los big data de Obama tenían algo más que estos datos que ya se encuentran disponibles en cualquier parte del mundo en el que un candidato puede contratar a una encuestadora. El plus de información lo dieron las redes sociales y lo que se conoce como “minería de datos” pues el grupo de La Cueva promovía adherirse a la candidatura de Obama vía Facebook y de esa manera lograba acceso no sólo a aquellos convencidos sino a los amigos de los convencidos que no siempre lo están, y a los amigos de los amigos de los amigos, etc. Gracias a esto, las variables antes mencionadas no eran desechadas pero el nivel de especificidad que se ganaba era abismal. Por poner un ejemplo, se dice que a partir de los big data se pudo reconocer cuál era la serie favorita de las mujeres de un pueblo de uno de los distritos más reacios a aceptar la candidatura del actual presidente y, gracias a una estrategia de marketing que incluía publicidad en los intervalos de ese programa, se logró revertir la situación. Esto quiere decir que a la información de las encuestas tradicionales se le sumaron datos sobre gustos personales que incluían libros y películas favoritas, pertenencias deportivas, frecuencia con la que se visitan espacios de recreación y toda la información privada relevante e irrelevante que insólitamente volcamos en las redes sociales. El partido demócrata invirtió unos 100 millones de dólares en construir esa gigante base de datos y se dice que gracias a ella Obama conoce el nombre y el apellido de los 69 millones de habitantes que confiaron en él en 2008.  
Sin duda, bien interpretada, esta información puede ser importante al momento de enfrentar una elección y hay muchos candidatos en Argentina que son reconocidos por su devoción a las encuestas y su acercamiento al fenómeno de las redes sociales, terreno en el que hoy se reproduce buena parte de los temas de la agenda pública sin que ello la transforme necesariamente en representativa del clima social tal como algunos optimistas e interesados se apresuran en afirmar.
 Pero más allá del marketing político resulta interesante reflexionar acerca del modo en que esta posibilidad de fragmentación de los datos altera el modo en que se interpreta al electorado y al ciudadano que vota. En otras palabras, el ciudadano que vota podría ser caracterizado más que nunca por aquello que el filósofo Gilles Deleuze denominó proceso de “dividualización”. Este término viene a reemplazar un proceso anterior, clave de la modernidad, que fue la “individualización”, la irrupción del sujeto, que en el ámbito de la filosofía se ubica a partir de la reflexión de Descartes y su célebre “pienso, luego existo”. Es desde allí que se considera que existe una racionalidad afincada en un cuerpo individual al que le inhieren, en tanto cuerpo humano, una serie de derechos también individuales. El fin de la modernidad, en cambio, trajo un proceso de división, de fragmentación en el sujeto: una dividualización. Ya no hay individuos sino dividuos. Ya no somos unidades claramente delineables sino un conjunto de fragmentos reunidos arbitrariamente bajo un número de DNI. Donde esto se ve con claridad es en Internet donde más que como una unidad somos vistos como perfiles de consumo. La red no globaliza identidades individuales sino fragmentos a los que se les despoja de los rasgos identitarios que supimos conseguir en los últimos siglos. El primero de estos rasgos perdidos es la nacionalidad. Esto hace que el único número que interese no sea el del documento de identidad ni el del pasaporte sino el de la tarjeta de crédito, y nuestra identidad no sea otra cosa que una ficción constituida por los seudónimos (nicks) con los que ingresamos como usuarios a los servicios que páginas de nuestro interés solicitan.
Ahora bien, la fragmentación no llega a los padrones electorales donde la variable individual y el nombre propio como unidad indivisible siguen existiendo. Sin embargo, ¿hasta qué punto el marketing político no está pensando su objeto como fragmentario? En otras palabras, ¿no se estará reemplazando la mirada tradicional sobre el votante por aquella que impera en la lógica analítica de la división cada vez más microscópica que impera en la web? ¿No será esta dividualización un aporte más hacia una mirada que equipara elegir un determinado candidato con la decisión de seleccionar un producto?
Sin pregonar por un retorno romántico a un paraíso que nunca existió, el vertiginoso avance de las nuevas tecnologías y de una cultura de la conectividad en la que no hay delimitación clara entre lo privado y lo público, abre una enorme discusión acerca del modo en que la información que, voluntaria e involuntariamente, allí se expone, puede ser utilizada no sólo por los Estados sino por las empresas. Pero además, las nuevas tecnologías están contribuyendo enormemente a una reconfiguración de la identidad y de la autocomprensión que los seres humanos tenemos de nosotros mismos. Sin duda esto tiene consecuencias en la arena de la política y en los modos de acercamiento a electores que comienzan a ser vistos como fragmentos de decisión y no como unidades complejas. Claro que, a su vez, la información de los big data podría utilizarse en el momento postelectoral, es decir, en el momento en que se acaban las promesas y hay que poner manos a la obra. Allí sin duda, reconocer la especificidad de las reivindicaciones de cada uno de los votantes parece una herramienta infinitamente útil pero una enorme cantidad de datos no garantizan ni un buen diagnóstico ni una buena solución. Menos que menos puede responder a cuáles son las razones por las que un electorado hace determinadas reivindicaciones y si tales reivindicaciones son razonables. Para eso no hay wikipedia ni máquina que valga.