viernes, 30 de agosto de 2013

Hubris para todos (publicado el 29/8/13 en Veintitrés)

Tras los discursos que diera la presidenta después de las PASO, se reflotó un tópico que se había instalado en los inicios de su llegada al poder en 2007. En aquellos tiempos, una revista la acusó de “bipolar”, y en la actualidad se transita por todo un abanico de afirmaciones que van desde el burdo “está loca” para, pasando por el “se maneja con el lóbulo emocional” (SIC), llegar al presuntamente científico diagnóstico del médico y periodista Nelson Castro quien con enorme carga dramática indicó que CFK sufre el “Mal de Hubris”. Indagar sobre el significado oculto de este diagnóstico será el objetivo de esta nota.  
Para comenzar, digamos que dado que no existe en los manuales de psiquiatría ninguna referencia a este mal, conviene aclarar que “hubris” viene del griego “hybris”, término que posee una enorme cantidad de acepciones, utilizaciones e interpretaciones pero que generalmente es traducido por “desmesura”, ”insolencia”, “soberbia”, “temeridad”. Tal término es un eje central para comprender las tragedias griegas porque el destino trágico del héroe tenía que ver con el ir más allá de su condición y pretender ocupar el lugar de los dioses. Así es que generalmente en estas obras se encuentra un personaje principal que cae en desgracia por cometer un error fatal que precipita su final inexorable. Porque no hay forma de escapar al destino y los dioses, tarde o temprano, e incluso tras varias generaciones, hacen cumplir el castigo por la insolencia y el desafío perpetrado por los humanos.
Las tragedias que han llegado hasta la actualidad dan cuenta en numerosas ocasiones de este funcionamiento. Baste recordar la soberbia de Creonte en Antígona o la locura que se le impone a Ayax que, cegado por ésta, confunde a un conjunto de animales con Ulises y sus seguidores.
Asimismo, ya desde la antigüedad se les adjudicaba a los tiranos el exceso y la desmesura que los hacía ir más allá de ese virtuoso punto medio aristotélico adecuado al bueno gobernante. Razón no faltaba pues la megalomanía cruel ha sido una característica distintiva de los principales líderes autoritarios a lo largo de toda la historia de las organizaciones humanas. En esta línea, no hace falta recurrir a la mitología, ni moralizar ni enfocar el asunto en términos religiosos: simplemente alcanza con revisar los libros de historia para observar que la realidad y los hechos, muchas veces, superan a la más fatal tragedia griega.
Más cercanos en el tiempo, con menor pretensión cientificista que el doctor Castro, un clásico de los comunicadores es vincular a los gobiernos de centroizquierda de la región con la tiranía, la demagogia y el autoritarismo, todos elementos atravesados, aparentemente, de hybris. Dado que ya lo hemos analizado en esta columna, simplemente, recordaré que este artilugio eficaz es utilizado para relacionar políticas gubernamentales en la que la participación estatal es preponderante, con supuestos desequilibrios psíquicos de sus impulsores. Tal falaz vinculación tiene como consecuencia peligrosísima la introducción de una categoría médico-biológica, como lo es la de “enfermedad”, en el campo de lo social y político, permitiendo afirmar, muy sueltos de cuerpo, que determinada ideología es “un cáncer”. Dado que usted ya imagina el modo en que podría volver a concretizarse una “quimioterapia política, social y colectiva”, me gustaría, entonces, volver al concepto de hybris para arribar a algunas conclusiones sobre uno de los conflictos centrales de la Argentina de hoy. Porque sigo sin creer que el eje central de las turbulencias de nuestro país pueda reducirse a lo estrictamente político y económico. Es también cultural y con esto no estoy afirmando “iluministamente” que todos los males de la Argentina se acabarán cuando la gente se eduque. Más bien me refiero a que estamos ingresando en una etapa de una espiral que sólo vagamente podemos vislumbrar y en la que se asiste a un discurso periodístico que ya no se contenta con presentarse como uno de los discursos capaces de construir verdad sino que busca mostrarse como el único. Para ello, el discurso periodístico y el periodista tienen que deslegitimar el resto de los lenguajes y de los actores sociales y públicos. En este sentido, se arremete contra todo orden institucional. Hoy en día, el principal afectado es el poder político pero si la Justicia no formara parte del entramado de las corporaciones de poder en Argentina, también estaría aguardando su avatar. Pareciera así que la única manera de restablecer la credibilidad que ha perdido el periodismo hace ya algunos años es haciendo que la palabra del periodista no necesite ninguna otra validación, que alcance con ella para dar verdad y verosimilitud. No es casual que, en el ejemplo del médico Castro aquí citado, el lugar del periodista se complemente con el discurso médico, ese gran disciplinador social que ha delineado a las sociedades occidentales contemporáneas. Por todo esto, es natural la referencia a la hybris, porque ésta, recuerde, no sólo tenía la cara de la desmesura humana sino que también hablaba de la necesidad de aceptar un orden que venía dado por los dioses. En este sentido, que nadie puede apartarse de ese orden dado pues su castigo será inexorable, es otra de las lecturas de las grandes tragedias griegas pues quien ose hacerlo recibirá el escarmiento total para que el auditorio, que se siente identificado con el héroe, sepa que esto le sucederá a quien desafíe la supuesta naturaleza de las cosas.
 Para finalizar, un detalle a ser destacado es la característica de los dioses griegos que aquí intervienen porque éstos se encuentran lejos de ser ecuánimes, justos y desapasionados. Más bien se trata de dioses arbitrarios, que favorecen a sus preferidos, que tienen intereses determinados y por eso actúan sobre la vida humana. Dicho esto, mi pretensión no es indicar que Nelson Castro realiza una proyección psicoanalítica y acusa a CFK del mal que él mismo padece. Podría ser eso, podría ser misoginia también pero la idea no es acusar de desequilibrado al que acusa de desequilibrio pues eso no haría un aporte importante a la discusión. Más difícil, y por eso más interesante, me resulta señalar que Castro, en este caso, como un simple referente de la corporación periodística, disfraza una advertencia de diagnóstico y actúa como quien pretende seguir ocupando el rol de la divinidad y siente peligrar su lugar en el Olimpo. Esto no significa ni que CFK sea Antígona ni tampoco implica ubicar al movimiento nacional y popular en una épica irredenta. Significa simplemente que algunos afectados reaccionan como dioses que han sido desafiados e interpelados por la acción humana que en este caso no es otra cosa que el liderazgo de un movimiento político que puso en tela de juicio la credibilidad del periodista.  Por eso, Castro actúa como el dios enojado al que le han robado el fuego. Síntoma de ello es su libro Enfermos de poder, donde analiza los casos de Videla, Menem, De la Rúa, Perón, Roosevelt, Franco, Stalin, Mussolini y Kennedy entre otros hombres públicos que por la vía democrática o dictatorial alcanzaron la cima del poder. Todos ellos se habrían creído dioses y habrían actuado con desmesura y soberbia, “enfermedad” que, como se ve en esta lista,  sólo ataca a los hombres y mujeres que hacen política. Queda entonces interrogarse por la particularidad de esta presunta enfermedad que tiene predilección por los funcionarios públicos y casualmente nunca ataca a los que tienen el verdadero poder, por ejemplo, divinidades como los empresarios, los periodistas “titulares”, o los jefes del propio Nelson Castro.