domingo, 25 de agosto de 2013

Bestiario político argentino N° 11: Los Alharepres (publicado el 21/8/13 en Diario Registrado)

Los comentarios sobre los Alharepres son, como mínimo, contradictorios. La razón es atendible: son monstruos sin forma que aparecen entre multitudes que manifiestan reivindicaciones heterogéneas. Dicho de otro modo, se trata de seres cuya única materialidad es el sonido característico que los identifica. Sus detractores se mofan de ellos espetándoles ser sólo ruido; sus admiradores, en cambio, ven en sus súbitas apariciones señales contra los gobiernos de turno.
No hay estudios ni tratados serios sobre los Alharepres. A lo sumo un conjunto de crónicas dispersas cuyos primeros registros aparecen en escritos de la tradición musulmana al menos desde el siglo IX. Me permitiré citar una de éstas con fecha no del todo precisa pero, sin duda, en el contexto de la ocupación mora en el sur de España. Se cuenta que frente a una serie de decisiones populares del Sultán, las clases acomodadas salieron a manifestarse en la puerta del Alcázar. La convocatoria habría sido espontánea y no existían representantes de esos intereses sino sólo el reclamo de aquellos hombres. Ante la persistencia de la manifestación, el Sultán tuvo una idea particular. Mandó a rodear todo el perímetro de la manifestación con espejos de unos dos metros de altura y en apenas algunas horas la multitud se vio dentro de una precaria pero eficaz estructura cuyo sentido resultaba desconocido, hasta que ocurrió lo que el Sultán había planeado y se ha transformado en una de las páginas más mágicas de la tradición islámica: la multitud se enfrentó a los espejos pero no podía reflejarse en ellos. Ninguno de los que allí estaba. La turba enloqueció y comenzaron los gritos mientras los manifestantes corrían hacia cada uno de los espejos con esperanza de hallar representación. Pero ninguno los reflejaba. Naturalmente, comenzó la violencia, y una enorme cantidad de pedreadas derivó en decenas de espejos rotos y “cronistas” heridos. Sólo aquellos que no habían entrado en un brote histérico, creyendo que se trataba de falsos espejos, acudieron a los objetos personales que portaban y podían generar algún tipo de reflejo pero, una vez más, ninguno de ellos devolvía imagen, sólo puro vacío.
Esta historia debe entenderse en el marco de una cultura iconoclasta que no admite la representación pues cualquier intento de representar a Alá es visto como un sacrilegio. De ahí la relación tan particular de esta tradición con las estatuas, las pinturas y los espejos, esto es, el objeto privilegiado que nos permite re-presentarnos. La aparición de los inmateriales Alharepres con su sonido característico similar al del golpeteo de un cacharro, había sido una señal inequívoca para confirmar que se estaba frente a una manifestación incapaz de hallar representación y representantes. El Sultán lo sabía bien.