viernes, 25 de octubre de 2013

La guerra de los mundos (publicado el 24/10/2013 en Veintitrés)

“Les habla Orson Welles, (…) y les tengo que asegurar que La guerra de los mundos no ha tenido más intención que la de celebrar una simple fiesta. En su versión para la radio, el teatro Mercurio también se disfrazó con una sábana y salió desde los arbustos para asustar, diciendo “¡Buuuuuu!”. (…) Hemos aniquilado al mundo ante sus propios oídos y destruido totalmente la CBS. Espero que se sientan aliviados de saber que, realmente, no iba en serio y que ambas instituciones siguen abiertas para sus negocios. Así que adiós a todos y, por favor, recuerden al menos hasta mañana, la terrorífica lección que aprendieron esta noche: la brillante cabeza de invasor que se encuentran en el salón de sus casas, no es otra cosa que un habitante con una calabaza hueca y si acaso el timbre de la puerta suena, y al abrir no ven a nadie, no será un marciano, es Halloween”.
Así finalizaba la emisión del programa de radio que hace exactamente 75 años hacía historia y catapultaba al estrellato a un joven Orson Welles. Lo que había hecho el artista que más tarde dirigiría y protagonizaría Ciudadano Kane, era bastante simple: adaptó al formato radial el texto de una novela publicada por un casi homónimo, H. G. Wells, en 1898, titulada La Guerra de los Mundos. En aquel clásico de la ciencia ficción una civilización marciana invadía la Tierra y aniquilaba todo lo que se interponía en su camino pero la adaptación al formato radial conllevaría uno de los episodios más mencionados en el campo de las teorías de la comunicación. Porque a pesar de que la emisión del programa de Welles advertía desde un principio que se trataba de una dramatización, la adaptación de la novela en el formato de boletín de noticias y la mirada ingenua que se tenía sobre la relación entre medios de masas (incipientes) y la verdad, hizo que mucha gente reaccionara como si efectivamente tal invasión estuviera sucediendo. No hizo falta demasiado: varios locutores, un falso cronista que moría alcanzado por un rayo de calor alienígena, un apócrifo piloto que gritaba antes de estrellarse contra un robot gigante, un supuesto astrónomo que no era otro que Welles, y algunos extra que hacían de policías y de sobrevivientes. Todo esto mientras se pasaba música de orquesta (entre las piezas estaba una versión de “La Cumparsita”) para ser continuamente interrumpida por pretendidos flashes informativos en los que la tensión crecía. Se cuenta que alrededor de 1 millón de personas llegaron a las comisarías para pedir ayuda, colapsaron las líneas, y hasta corrían sin destino con pañuelos en la boca para evitar inhalar los gases tóxicos que emanaban nuestros visitantes del planeta rojo. El episodio llegó a la tapa del New York Times y Orson Welles tuvo que pedir disculpas ante una audiencia que se había sentido engañada. No importaba que se hubiera advertido al principio, y que, a los cuarenta minutos de la emisión de una hora, se haya vuelto a aclarar que se trataba de una representación. Lo que había ganado era el soporte. Pues “si lo dicen en la radio, debe ser verdad”.
 Este increíble hecho es el ejemplo que se utiliza para graficar una visión acerca de la relación entre medios y audiencia que hoy ha caído en desuso. Algunos la llaman “la teoría de la aguja hipodérmica” porque es una teoría que, influida por el conductismo, supone que el mensaje de los medios penetra “bajo la piel” de la masa y, tras internalizarse, produce un comportamiento homogéneo en todos los receptores. Con los años, esta visión acabó siendo demasiado simplificadora porque supone que el receptor es estrictamente pasivo y porque afirma que el mismo mensaje será decodificado por toda la audiencia del mismo modo. Hoy, cualquier teoría de la comunicación seria asume, de una manera u otra, que los receptores no actúan como autómatas y que el mensaje que proviene de los medios es recepcionado en el marco de una red conceptual que tiene que ver con la propia historia del sujeto.              
De aquí que no se pueda sostener que todo es culpa de los medios, más allá de que muchos se toman de esto para deducir, en un salto lógico al vacío, que eso significa que los medios no influyen y que las audiencias son receptáculos de pensamiento crítico. Digamos entonces que los medios influyen, y mucho, aunque nunca determinan completamente porque las audiencias no son estrictamente pasivas más allá de que hay un creciente esfuerzo por la manipulación con estrategias que siempre van un paso delante de la capacidad de adaptación de la población. Porque está claro que la “educación mediática” de 1938 no era la misma que la que se tiene en 2013 pero la posibilidad de manipular audiencias hoy cuenta con mecanismos mucho más sofisticados y una mediatización de la vida infinitamente más profunda.
 Ahora bien, llevado al terreno actual, ¿hay alguna diferencia entre la audiencia que creyó en el bombardeo extraterrestre y la que considera que el disco rígido robado y encontrado en la mochila del motorman de la locomotora que chocó en Once fue puesto allí por una “célula de La Cámpora” como indicaron miembros de La Fraternidad y Jorge Lanata en su programa de Televisión? Leyó bien. Representantes de los trabajadores y periodistas opositores dijeron que el disco rígido que contiene las pruebas de los movimientos del tren y de la idoneidad del motorman no fue robado por él sino que apareció en su mochila por una estrategia del gobierno que quiso “plantarle” una prueba. Claro que nadie puede explicar por qué el gobierno haría esto, ya que, si el motorman es inocente, el disco rígido puesto allí (supuestamente por La Cámpora) demostraría, en manos del juez, que el motorman actuó bien y que el error fue de la máquina. Pero hoy, ya no la verdad, sino la verosimilitud misma, se ha transformado en un lujo que la urgencia de la información no permite. Y con esto, claro está, no pretendo defender al gobierno o exculparlo de deficiencias en el área de transporte. Simplemente me estoy refiriendo al modo en que determinados medios, para ganar credibilidad, se nutren de una audiencia a la que, en paralelo, van constituyendo. Y a medida en que la calidad de las invenciones y las justificaciones va mermando debe mermar también la capacidad crítica de la audiencia. Porque antes las operaciones de prensa, al menos, eran solapadas, de inoculación lenta y con hedor sutil. Hoy están a la vista, huelen a pescado y son impulsadas por emisores de una mediocridad escalofriante que necesitan, claro está, de un receptor acorde. Esto puede explicar que el tema de la semana, después del de Cabandié, sea la opinión de Alfredo Casero, un humorista que en cada expresión parece luchar contra dificultades de atención y una gramática con subordinadas huérfanas de origen que en una “media lengua” lograron afirmar el decálogo más oligofrénico de las verdades mediáticas: que se vive con miedo, que a quien opina distinto le mandan la AFIP, que la Cámpora es demoníaca y que hay que contar la otra verdad de los 70. Todo esto, claro está, acompañado del rapto de heroicidad del fronterizo que mientras denuncia una presunta dictadura asesina por TV, recibe como revelación un deber de luchar contra el mal y de no callarse la boca, aun desde la “clandestinidad” (sic) frente a los que querrían “ponerle un bozal mediático”.        
Para concluir, y descartada la mirada de la aguja hipodérmica, lo que más bien cabe decir es que las audiencias de la actualidad son audiencias desolladas, en carne viva, sensibles y continuamente estimuladas que mayoritariamente pueden acompañar noticias falsas en tanto sean confirmatorias de prejuicios y sean funcionales a los deseos que los propios medios también ayudaron a construir. No son pasivas pero eso no las transforma en una masa crítica. Porque el bombardeo, que no es marciano, es un bombardeo de estímulos que no permite nunca la cicatrización, ni las costras, ni los callos, ya que lo que se busca es mantener una hipersensibilidad que  48 horas de veda electoral no podrá suavizar. Porque este tipo de audiencia es la que no oyó las dos veces en que Welles advirtió que se trataba de una representación y que tampoco oyó a Lanata cuando en su programa de radio admitió que la cámara a Cabandié fue una operación política (donde en ningún momento se “chapea con los desaparecidos” para evitar pagar una multa, lo cual no lo exime, claro está, de la responsabilidad por exigir un “correctivo” a los superiores de la agente). Es la audiencia que lee Clarín pero que, en el mejor de los casos, dice no estar ni con unos ni con los otros, y considera que la guerra de los mundos es aquella que se libra entre dos facciones de poder, la que está al frente de un multimedio hegemónico y la que está al frente del gobierno. Son los mismos que, si un día el diario viene con una calabaza gigante, van a decir que se trata de un sabotaje de la Cámpora mientras la verdadera guerra de los mundos, aquella que se libra entre la verdad y la ficción, o al menos entre lo verosímil y lo inverosímil, se les mea de risa en la cara.