viernes, 17 de julio de 2026

¿Es Messi mejor que nosotros? (editorial del 18.7.26 en No estoy solo)

 

El enfrentamiento con los ingleses me recordó tres cosas que bien podrían entrelazarse: la primera pertenece a lo que podría llamarse la “sociología del deporte”; la segunda, un breve ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre individualismo”; y la tercera es una reflexión comparativa sobre el significado del héroe.

Por supuesto que existen contraejemplos, pero hay una idea general que se puede tomar como punto de partida: Inglaterra y Argentina expresan dos maneras antagónicas de entender el fútbol. Probablemente esto podría extrapolarse a la vida también, pero enfoquémonos en el deporte. Estas formas antagónicas no convierten necesariamente a unos en mejores que otros. Asimismo, puede que esta observación incomode a ciertos sectores progresistas y de izquierda al tiempo que invoque una sonrisa irónica del libertarianismo.

Conceptualmente hablando, la idiosincrasia del fútbol inglés se ha basado en la idea disciplina táctica, sacrificio colectivo y en priorizar el sistema sobre la individualidad. Los equipos ingleses (insisto, en general) funcionan como máquinas donde los jugadores son figuras intercambiables porque lo que destaca no es la diferencia sino su rol en el engranaje. Claro que han tenido y tienen figuras que se destacan, pero la prioridad es el equipo y el énfasis está puesto en el orden del funcionamiento colectivo.

El imaginario del fútbol argentino es completamente distinto. Se prioriza el crack, se sueña con llevar la 10, se idolatra la gambeta, esto es, la gesta individual que rompe el engranaje. Hay decenas de casos de buenos equipos, pero incluso en el recuerdo nos posamos en “la figura”, el que rompió el esquema: es Maradona, es Messi y son cada uno de los jugadores del barrio y la placita que sobresalen. Si los ingleses se enfocan en la organización y el control de las variables, el argentino busca la improvisación, la creatividad, lo cual se produce con talento natural y, también, por qué no, con algo de picardía.

Si lo comparamos con la filosofía de la antigüedad, el argentino es el héroe homérico, aquel que sobresale por encima del resto, el que logra vencer a monstruos, se enfrenta a los dioses y alcanza límites sobrehumanos. Es el que va al frente solo porque cree haber nacido para ser protagonista. Le puede ir mal o bien pero su heroicidad está en esa decisión de enfrentarse al poder aferrado al San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Los espartanos, en cambio, proponen una lectura radicalmente opuesta cuando perfeccionan el cuerpo de los hoplitas, muy efectivo en la batalla. Para el que no lo recuerde, al momento de la confrontación, los hoplitas formaban un bloque homogéneo, hombro con hombro. Ninguno podía romper las filas. Es más, el héroe era el que entendía su rol y no el que se destacaba, de aquí que el fin no fuera sobresalir, sino fundirse en esa homogeneidad. En otras palabras, la protagonista era la falange y no los individuos que la conformaban y se entendía que 300 tipos unidos serían mucho más eficaces que 300 individuos sueltos que vayan a ser “su heroica”.

Esto nos conecta con Borges cuando en el texto citado indica que los argentinos somos individuos antes que ciudadanos porque no nos identificamos con el Estado. La contraposición con el cine y la literatura es clara, de aquí que Borges nos recuerde que en los films de Hollywood es cierto que hay un hombre que se destaca (el típico caso del detective que se corta solo guiado por su intuición incluso contra la institución y la burocracia). Pero en todo caso se destaca y rompe con el orden solo para recuperarlo. En el ejemplo dado, el detective resuelve el caso y atrapa al criminal, pero para entregarlo a la policía, al sistema (la mayoría de las películas terminan con el criminal apresado por el detective para que cinco segundos después suenen las sirenas de la policía). Esa acción, según Borges, sería impensable en un argentino porque la amistad es una pasión y la policía es considerada una mafia. De aquí que sería visto como una canallada y que no sea casualidad que, desde chicos, se nos enseñara, antes que el progresismo de cristal fuera hegemónico, que se puede ser cualquier cosa menos “botón”, y que hay cosas que se deben arreglar entre las personas, sin participación externa, sin el Estado metiéndose, sin burócratas.   

Dice Borges:

 

“El mundo, para el europeo, es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino, es un caos. (…) En general, el argentino descree de las circunstancias. (…) Su héroe popular es el hombre solo que pelea con la partida, ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado (Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos”.

En “Nuestro pobre individualismo” Borges no es taxativo al momento de explicar por qué los argentinos seríamos así. Es un texto escrito en 1946 en el contexto de la llegada del peronismo, al que nunca nombra, pero el cual es visto como una forma de colectivismo similar al que para él conformarían el comunismo y el nazismo. Afirma, además, que quizás seamos individualistas por los sucesivos malos gobiernos o, exhibiendo su individualismo metodológico y su anarquismo conservador, porque la idea de Estado mismo es una “inconcebible abstracción”.

Incluso hacia el final, especula con que el avance de los colectivismos, lejos de afianzar una pertenencia nacional, podría provocar el efecto contrario, algo que, pareció confirmarse en los últimos años en Argentina.

Para concluir, y retomando nuestro eje, cuando escribo estas líneas todavía no se ha jugado la final, pero si algo les faltaba a estos muchachos para hacer historia, y a Messi en particular, era ganarles a los ingleses. Lo hicieron con talento y también con el carácter y la picardía amateur que da el potrero y que no se aprende de grande. Incluso perdiendo la final ya son héroes aunque, también hay que decirlo, son héroes porque han ganado todo en los últimos años, y eso es también muy propio de los argentinos: no hay lugar para Cebollitas subcampeón.

Después vendrán las interpretaciones sociales y políticas, y cada uno expondrá desde su sesgo que la selección es maravillosa y que siente una gran identificación, curiosamente, porque representa los valores que el analista sesgado quiere destacar en esa batallita zonza y diaria por confirmar sus prejuicios. Es más, el mismo analista intentará decirnos que esos valores representan a los argentinos cuando, quizás, ni siquiera lo representen a él.  

Creo que fue Menotti el que dijo “se juega como se vive”. También podría parafrasearse la frase y afirmar “somos como jugamos”. Tomando en cuenta que vivimos bastante como el culo y que muchas veces ni siquiera sabemos lo que somos, dejo abierta la pregunta acerca de si una selección tan exitosa genera semejante identificación porque acaba funcionando como un ideal aspiracional, esto es, porque ha demostrado ser mucho mejor que nosotros.

 

 

 

 

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