El enfrentamiento con los ingleses me recordó tres cosas que bien podrían
entrelazarse: la primera pertenece a lo que podría llamarse la “sociología del
deporte”; la segunda, un breve ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre
individualismo”; y la tercera es una reflexión comparativa sobre el significado
del héroe.
Por supuesto que existen contraejemplos, pero hay una idea general que se
puede tomar como punto de partida: Inglaterra y Argentina expresan dos maneras
antagónicas de entender el fútbol. Probablemente esto podría extrapolarse a la
vida también, pero enfoquémonos en el deporte. Estas formas antagónicas no
convierten necesariamente a unos en mejores que otros. Asimismo, puede que esta
observación incomode a ciertos sectores progresistas y de izquierda al tiempo
que invoque una sonrisa irónica del libertarianismo.
Conceptualmente hablando, la idiosincrasia del fútbol inglés se ha basado
en la idea disciplina táctica, sacrificio colectivo y en priorizar el sistema
sobre la individualidad. Los equipos ingleses (insisto, en general) funcionan
como máquinas donde los jugadores son figuras intercambiables porque lo que
destaca no es la diferencia sino su rol en el engranaje. Claro que han tenido y
tienen figuras que se destacan, pero la prioridad es el equipo y el énfasis
está puesto en el orden del funcionamiento colectivo.
El imaginario del fútbol argentino es completamente distinto. Se prioriza
el crack, se sueña con llevar la 10, se idolatra la gambeta, esto es, la gesta
individual que rompe el engranaje. Hay decenas de casos de buenos equipos, pero
incluso en el recuerdo nos posamos en “la figura”, el que rompió el esquema: es
Maradona, es Messi y son cada uno de los jugadores del barrio y la placita que
sobresalen. Si los ingleses se enfocan en la organización y el control de las
variables, el argentino busca la improvisación, la creatividad, lo cual se
produce con talento natural y, también, por qué no, con algo de picardía.
Si lo comparamos con la filosofía de la antigüedad, el argentino es el
héroe homérico, aquel que sobresale por encima del resto, el que logra vencer a
monstruos, se enfrenta a los dioses y alcanza límites sobrehumanos. Es el que
va al frente solo porque cree haber nacido para ser protagonista. Le puede ir
mal o bien pero su heroicidad está en esa decisión de enfrentarse al poder aferrado
al San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Los espartanos, en
cambio, proponen una lectura radicalmente opuesta cuando perfeccionan el cuerpo
de los hoplitas, muy efectivo en la batalla. Para el que no lo recuerde, al
momento de la confrontación, los hoplitas formaban un bloque homogéneo, hombro
con hombro. Ninguno podía romper las filas. Es más, el héroe era el que
entendía su rol y no el que se destacaba, de aquí que el fin no fuera sobresalir,
sino fundirse en esa homogeneidad. En otras palabras, la protagonista era la
falange y no los individuos que la conformaban y se entendía que 300 tipos
unidos serían mucho más eficaces que 300 individuos sueltos que vayan a ser “su
heroica”.
Esto nos conecta con Borges cuando en el texto citado indica que los
argentinos somos individuos antes que ciudadanos porque no nos identificamos
con el Estado. La contraposición con el cine y la literatura es clara, de aquí
que Borges nos recuerde que en los films de Hollywood es cierto que hay un
hombre que se destaca (el típico caso del detective que se corta solo guiado
por su intuición incluso contra la institución y la burocracia). Pero en todo
caso se destaca y rompe con el orden solo para recuperarlo. En el ejemplo dado,
el detective resuelve el caso y atrapa al criminal, pero para entregarlo a la
policía, al sistema (la mayoría de las películas terminan con el criminal
apresado por el detective para que cinco segundos después suenen las sirenas de
la policía). Esa acción, según Borges, sería impensable en un argentino porque
la amistad es una pasión y la policía es considerada una mafia. De aquí que
sería visto como una canallada y que no sea casualidad que, desde chicos, se
nos enseñara, antes que el progresismo de cristal fuera hegemónico, que se
puede ser cualquier cosa menos “botón”, y que hay cosas que se deben arreglar
entre las personas, sin participación externa, sin el Estado metiéndose, sin
burócratas.
Dice Borges:
“El mundo, para el europeo,
es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que
ejerce; para el argentino, es un caos. (…) En general, el argentino descree de
las circunstancias. (…) Su héroe popular es el hombre solo que pelea con la partida,
ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado
(Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos”.
En “Nuestro pobre
individualismo” Borges no es taxativo al momento de explicar por qué los
argentinos seríamos así. Es un texto escrito en 1946 en el contexto de la
llegada del peronismo, al que nunca nombra, pero el cual es visto como una
forma de colectivismo similar al que para él conformarían el comunismo y el
nazismo. Afirma, además, que quizás seamos individualistas por los sucesivos
malos gobiernos o, exhibiendo su individualismo metodológico y su anarquismo
conservador, porque la idea de Estado mismo es una “inconcebible abstracción”.
Incluso hacia el final,
especula con que el avance de los colectivismos, lejos de afianzar una
pertenencia nacional, podría provocar el efecto contrario, algo que, pareció
confirmarse en los últimos años en Argentina.
Para concluir, y retomando
nuestro eje, cuando escribo estas líneas todavía no se ha jugado la final, pero
si algo les faltaba a estos muchachos para hacer historia, y a Messi en
particular, era ganarles a los ingleses. Lo hicieron con talento y también con
el carácter y la picardía amateur que da el potrero y que no se aprende de
grande. Incluso perdiendo la final ya son héroes aunque, también hay que
decirlo, son héroes porque han ganado todo en los últimos años, y eso es
también muy propio de los argentinos: no hay lugar para Cebollitas subcampeón.
Después vendrán las
interpretaciones sociales y políticas, y cada uno expondrá desde su sesgo que
la selección es maravillosa y que siente una gran identificación, curiosamente,
porque representa los valores que el analista sesgado quiere destacar en esa
batallita zonza y diaria por confirmar sus prejuicios. Es más, el mismo
analista intentará decirnos que esos valores representan a los argentinos
cuando, quizás, ni siquiera lo representen a él.
Creo que fue Menotti el que
dijo “se juega como se vive”. También podría parafrasearse la frase y afirmar “somos
como jugamos”. Tomando en cuenta que vivimos bastante como el culo y que muchas
veces ni siquiera sabemos lo que somos, dejo abierta la pregunta acerca de si una
selección tan exitosa genera semejante identificación porque acaba funcionando
como un ideal aspiracional, esto es, porque ha demostrado ser mucho mejor que
nosotros.
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