Este mundial está comprado por Trump para tapar su fracaso en Irán. ¿No
viste que le perdonaron la roja al delantero porque él llamo a Infantino?
¡Racismo! Grita el técnico de Egipto porque a su equipo le hacen tres goles en
14 minutos; este mundial está armado para Argentina porque Messi se sacó la
foto con Trump y porque lo apoya Netanyahu, tal como lo demuestra el sorteo y
la eliminación de las selecciones importantes que lo iban a enfrentar; hay una
confabulación a nivel arbitral, especialmente desde el VAR, que va modelando la
trama para grandes enfrentamientos en la última semana. Estas son solo algunas
de las teorías conspirativas que se han tejido en estas últimas semanas
alrededor del mundial, a lo cual se podrían sumar discusiones delirantes que se
responden también conspirativamente, como la de Argentina país racista que
eliminó a los negros, o Brasil, futbolísticamente fracasado, porque sus
jugadores se hicieron evangelistas.
Ya está lo suficientemente dicho, pero es posible atribuir este tipo de
polémicas a la lógica de las redes y a la necesidad del bait. En otras palabras, dado que el algoritmo privilegia los
mensajes que generen polémica y cada vez son más los que pretenden vivir de la
monetización de su exposición pública, es mucho más redituable la imbecilidad
original que la sensatez compartida.
Esto es cierto. Pero hay otro elemento que resulta más interesante
filosóficamente hablando y que es previo a la lógica algorítmica: me refiero a
la sospecha como signo de inteligencia. Se trata de quien en su círculo de
amigos o en sus redes sociales hace uso y abuso de la sospecha parece alcanzar
cierto estatus por “ver aquello que vos no ves”; es el sospechador serial que
dice saber el funcionamiento de la Matrix; el prisionero de Platón que escapa
de la Caverna y se da cuenta de todo. Así, al menos, lo cree quien
sospecha.
Fue Paul Ricoeur quien allá por 1965 nos habló de los filósofos de la
sospecha (algo que luego, con sus diferencias, retomaría Foucault) y ubicó en
este selecto grupo a Marx, Nietzsche y Freud. Al autor de El capital, porque denunciaba que las ideas dominantes expresan los
intereses materiales de una clase social y generan una falsa conciencia entre
los trabajadores; a quien anunciara la muerte de Dios, porque advertía que
detrás de los presuntos valores morales universales se escondía el poder y, al
padre del psicoanálisis, porque fracturaba la unidad del sujeto moderno
afirmando la existencia del inconsciente por debajo de las decisiones que,
presuntamente, adoptamos de manera racional.
Independientemente de cuán cerca o lejos se encuentre uno de estos autores,
lo que sí se podría resaltar de ellos, aunque también esto se podría aplicar a
buena parte de la filosofía en general, es una suerte de estímulo al fomento
del espíritu crítico, un llamado a no quedarnos nunca con lo que se nos aparece
a simple vista porque esto puede ser engañoso. Sin embargo, la sospecha ha
dejado de ser un instrumento crítico para convertirse en una suerte de marca de
identidad intelectual. La razón es simple: ya no se sospecha para descubrir la
verdad sino para demostrarle a los otros una supuesta superioridad
interpretativa. De aquí que quien encuentre siempre conspiraciones o adopte una
explicación de todo en clave conspirativa, aparezca como más sagaz que aquel
que, quizás, con sabiduría, adopta la navaja de Ockham y entiende que, en
general, la explicación más simple suele ser la correcta. La sabiduría no
estaría así en alcanzar la verdad sino en un método al que no le interesa la
verdad sino el estatus: si desconfío de todo soy más inteligente que aquel que
confía en lo que aparece como “evidente”.
Una última referencia filosófica archiconocida podría ayudar: Descartes
utiliza la duda de manera exagerada, hiperbólica, pero lo hace conscientemente
como un método para alcanzar una verdad indubitable (el “pienso luego existo”).
Se trata de dudar de todo para dejar de dudar. Los que sospechan de todo no
quieren dejar de sospechar. Quieren seguir sospechando porque no buscan la
verdad, sino confirmar su estatus.
Asimismo, la dinámica de la sospecha permanente tiene una gran ventaja: es
irrefutable porque siempre va un paso más allá en la sospecha. Así, si alguien
muestra pruebas obvias de que la tierra no es plana, es porque esconde otras
razones, porque sirve a determinados intereses personales o colectivos. Es
decir, quien niega la conspiración es parte de la conspiración; quien niega la
sospecha es, por eso mismo, sospechoso y sospechado.
Entonces ninguna decisión arbitral es un error humano sino siempre la
consecuencia visible de oscuras tramas en las que se entremezclan intereses
económicos, presiones geopolíticas, luchas simbólicas y bla bla bla. Cuanto más
sofisticado, más likes. Que sea falso es lo de menos.
Podría decirse, entonces, que si los siglos pasados nos dieron la
posibilidad de convertir a la sospecha en un potente arsenal para el espíritu
crítico, el siglo XXI la ha transformado en una irracional y obligatoria
disposición del espíritu que gana en jerarquía cuanto más lejos se encuentra de
la realidad.
Para el sospechador serial, el mundo es una capa de máscaras que hay que ir
quitando, más allá de que suele ser benevolente con su propia máscara, esto es:
el sospechador sospecha de todo menos de su propia sospecha. En ello demuestra
toda su ingenuidad por no decir, también, su idiotez, porque, efectivamente, es
tan idiota el que cree en todo lo que ve como aquel que sospecha de todo lo que
hay.
Esto por no mencionar el modo en que el descreimiento de todo y esta
sospecha hiperbólica afecta la vida social y democrática que necesita algún
mínimo de confianza y algún mínimo de horizontes de sentido compartidos.
Este último aspecto es clave, porque si bien hemos realizado esta
elaboración alrededor de las polémicas del mundial de fútbol, lo cierto es que
se trata de un signo de época que, claramente, trasciende la competencia
deportiva en particular. Nadie puede negar que en el deporte y en la vida
misma, juegan todo tipo de intereses cruzados, y la promoción de un espíritu
crítico para ir un paso más allá de lo que suele presentarse como orden natural
de las cosas, es siempre bienvenido. Pero se trata de una disposición que
pretende alcanzar algo así como el mínimo de verdad necesaria para la
convivencia humana.
Cuando la sospecha deja de ser un método con la verdad como objetivo y se
transforma en una pose, o, por qué no, en una patología en busca de aceptación social
y/o en una mera fuente pasajera de interacciones monetizables, deja de ser el
instrumento de la crítica para devenir una maquinaria infinita de nihilismo. No
es casual que en esta era donde los extremos están de moda, los totalmente
crédulos y los que sospechan de todo, se parezcan demasiado.
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