viernes, 3 de julio de 2026

Esto no es una casta (editorial del 4.7.26 en No estoy solo)

 

Dos meses atrás, en este mismo espacio, les hablaba de la tragedia de Adorni haciendo un juego de palabras entre su situación personal y el género teatral surgido en la antigua Grecia. En aquella nota les mencionaba la mímesis como una representación que nos permite revelar aspectos universales de la experiencia humana; la catarsis como proceso de purificación que se produce en la audiencia cuando ésta se identifica con el padecimiento del héroe, y el error trágico que precipita la trama cuyo final es ineludible, como algunos de los elementos que Aristóteles había reconocido como propios de la Tragedia en su libro Poética. Podría decirse que aquí no hay héroe, aunque sí una infinita cantidad de errores trágicos, comenzando por la foto de su mujer como parte de una comitiva oficial en la que no debía participar. El resto ya lo conocemos, más allá de que día a día, entre cascadas, jubiladas generosas, escribanas que parecen personajes de Tim Burton y tarjetas prestadas para comprar sábanas y monitores gamers, la capacidad de asombro se renueva. Hasta cierto nivel, creo que indigna menos su corrupción que su estupidez. Los argentinos respetamos a los hijos de puta, pero despreciamos a los boludos.

Pero en aquella nota también les hablaba de otro elemento que aparece en las tragedias griegas: el miasma. Aunque en cualquier diccionario lo encontraríamos definido como un efluvio maligno o una emanación fétida que siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas, etc., en el mundo griego de la tragedia, el miasma es más una cuestión moral que física. Se trata, entonces, más bien, de una mancha del espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia. 

De entre todos los personajes de las tragedias griegas, el que mejor puede graficar el miasma es nada menos que Edipo cuando, ya reconocido como parricida e incestuoso, es rechazado por su impureza, por haber devenido un miasma. Si ya había sido señalado como el origen de la peste de Tebas, tras cometer los peores pecados y haberse arrancado los ojos, Edipo es la representación del cuerpo contaminado que debe ser expulsado de la comunidad porque el miasma tiene siempre una tendencia a expandirse. Esto era particularmente problemático porque el miasma ponía en riesgo el lazo comunitario, valor esencial de aquella época.  

Aplicado al caso Adorni, el insólito, y sospechoso apoyo que los hermanos a cargo de la presidencia le ofrecieron por más de 100 días a pesar de las mentiras, la soberbia y el desorden impune de su vida de nuevo rico, parecía no tomar en cuenta el factor contaminante del miasma como si se lo pudiera encapsular. Seguramente, ante lo que iba a ser una derrota política sin precedentes frente al congreso, los Milei cedieron y lo obligaron a escribir esa carta patética, victimista, aduladora de la figura del presidente y tan reñida con el idioma castellano. ¿Será que los correctores de estilo no tienen tarjetas de crédito ni prestan dinero a interés cero? 

Aunque probablemente por malas razones, esto es, tozudez, un apego mesiánico a ciertas presuntas revelaciones de la verdad, etc., lo cierto es que Milei no actuó sobre el miasma con la lógica clásica del sacrificio inmediato y el aislamiento para transformarlo en el chivo expiatorio que no salpique al resto de la administración. Insisto en que más que un convencimiento basado en razones, o la virtud de la lealtad, las causas pueden tener que ver más con el ensimismamiento y un desapego por aquello que solemos llamar realidad, pero lo cierto es que el presidente apoyó a Adorni como ningún otro lo hubiera hecho y lo siguió haciendo incluso ya renunciado cuando volvió a manifestar que cree en la inocencia de su exvocero, aquel que ya no podía hablar y que, cada vez que lo hacía, volvía a hundirse un poco más.

Ahora bien, el reemplazante de Adorni ha sido Diego Santilli, uno de los grandes representantes de “la casta”. De aquí que muchos recordaran aquellas palabras de Macri cuando se refirió a este gobierno como fácilmente infiltrable. Y a las pruebas uno se remite: cada uno de los “puros” es reemplazado por hombres de larga trayectoria, muchos de ellos iniciados en las filas peronistas, que fueron figuras centrales del armado macrista. Esa misma mutación se observa en el perfil de los electores de Milei si se compara el 2023 con el 2025: en la elección legislativa el votante mileísta fue prácticamente el mismo que votó a Macri y muchos de los electores de sectores populares que apoyaron al anarcocapitalista en 2023 en detrimento del peronismo, o se decantaron por una alternativa o, desencantados, directamente no fueron a votar.

Ahora bien, la idea de casta, que ya había sido utilizada en Italia algún tiempo atrás y que resonaba en distintas manifestaciones antisistema por izquierda o por derecha, no hace énfasis en hombres en concreto más allá de que algunos puedan ser más representativos que otros al momento de identificar una época. Refiere más bien al resultado del miasma, cuando la contaminación ya se ha diseminado y ha devenido estructural. La casta es el sistema y por eso la apuesta de Milei, al menos desde lo discursivo, era refundacional. Estaba todo mal. Incluso en su media lengua y en esa actitud adolescente desde un academicismo que solo puede sonar tal para quienes no pertenecen a la academia, hasta coqueteó con incluir a la democracia en esa necesidad de refundación, más allá de que, luego, algo del principio de realidad pareció operar.    

Y ahora la casta está adentro en el mejor de los escenarios posibles, esto es, amparada por un discurso anticasta y bajo el paraguas protector del hombre que dice combatirla. Un capítulo más de los tiempos paradojales donde nada se esconde. No debería extrañarnos que Milei reemplace alguno de sus cuadros por La traición de las imágenes, aquel famoso cuadro de Magritte que muestra una pipa y afirma “Esto no es una pipa”.

Lo cierto es que la mayoría de los ministros pertenecen a la casta, el armado en el congreso es propio de la casta, el avance con los nombramientos del Poder Judicial es lo más casta que puede haber y así podríamos continuar. Y, sin embargo, al igual que en el caso de Magritte, estamos ante un hiato entre la palabra/imagen y la cosa. La palabra y la imagen no son la cosa. Son representaciones. El cuadro de la pipa no se puede fumar. Si la palabra y la imagen no son aquello que representan, si no tienen atadura con lo real, se autonomizan y pierden su capacidad de describir lo que sucede allá afuera. Todo puede ser dicho porque no hay más conexión con lo real. Una imagen de la casta es capaz de decir “Esto no es una casta”.

Por cierto, quizás estemos frente a una contradicción virtuosa pues muchos de los vilipendiados hombres que efectivamente pertenecen a la casta, son más idóneos que la runfla de improvisados e inútiles que rodearon al presidente en sus inicios cuando la presidencia cayó en sus manos gracias a las Fuerzas del Cielo o, lo que es lo mismo, la sumatoria infinita de errores de sus predecesores. Pero, claro, aun en mundos paradojales, donde reinan las autopercepciones y los hechos alternativos, más que el principio de revelación, de tanto en tanto y cada vez más tenue, algo del orden de la realidad emerge, algo del principio de no contradicción, para volver a Aristóteles, golpea nuestra puerta.

La última autorreferencia: el gobierno puede salir airoso del Adornigate pero en la medida en que su discurso pierde potencia cada vez queda más preso de mostrar hechos. Es lo que les había comentado algunas semanas atrás cuando indicada que el énfasis puesto en la supuesta superioridad moralidad llevaba el terreno de la discusión a la coherencia entre palabras y actos, más que a los resultados. Recordemos, si no, que, aunque de manera menguante, todavía hay un amplio sector que asocia a Milei con la esperanza. Esto quiere decir que, en todo caso, espera resultados, pero hasta ahora no los vio.  

Por ello, si los casos de corrupción derriban la fantasía del gobierno de la moralidad, y la irrupción/infiltración de los hombres y mujeres pero, sobre todo, del sistema de la casta exponen una nueva contradicción entre las palabras/imágenes y las cosas o, lo que es peor, la total autonomía de lo que se dice respecto de la realidad, el gobierno está obligado a mostrar resultados.

El gobierno está desnudo frente a su hora crucial de cara a 2027. El relato se agota, la narrativa se debilita y esa mímesis griega que podría decirnos algo acerca de la verdad se diluye en el algoritmo posmoderno de la nueva comunicación política. Así, con una realidad que convierte a La traición de las imágenes de Magritte en una metáfora que denuncia la ilusión de la representación política, al gobierno solo le resta mejorar la vida material de una mayoría si pretende ser competitivo y avanzar hacia la reelección. ¿Llegará a tiempo? ¿Llegarán sus adversarios a entenderlo?

 

No hay comentarios: