lunes, 8 de febrero de 2021

Alberto, Xuxa y cómo hacerle el juego a la derecha (editorial del 6/2/21 en No estoy solo)

 Dado que estos son tiempos donde todo hay que aclararlo digamos lo obvio: criticar al actual gobierno no significa equipararlo con el gobierno anterior. Es que la administración Macri, junto a los dos años de Fernando de la Rúa, han sido, sin dudas, los peores gobiernos desde el regreso de la democracia con el agravante de que el primero recibió un país con dificultades pero infinitamente mejor que el que recibiera De la Rúa. Dicho esto no acuerdo con la idea de que diferir con un conjunto de políticas y prácticas del gobierno de Alberto Fernández sea hacerle el juego a la derecha tal como advierten muchos usuarios de redes devenidos estrategas políticos. Dejemos, entonces, la razonable responsabilidad del silencio para los funcionarios y tratemos de pensar juntos. Que la autocensura, abundante y naturalizada en tiempos de escraches, trolls y cancelaciones a la carta, no nos gane la partida.  

El desempeño del gobierno en estos casi 14 meses no cumplió con las expectativas de los votantes del FDT. Pero pongamos aquí dos asteriscos: el primero, naturalmente, está vinculado a que cualquier análisis deberá ser matizado por la situación de la pandemia; el segundo, futurología mediante, afirmará temerariamente que, aun con los propios votantes disconformes y una sociedad que al no poder enojarse con un virus se va a enojar con el gobierno de turno, es probable que las elecciones de este año sean ganadas por el oficialismo. En este sentido la lógica de la grieta ayuda pues persiste en el votante de Alberto la idea de que “antes que a Macri lo voto a Alberto”. Insisto, salvo algún cisne negro, esa lógica prevalecerá y la dispersión natural de votos de las elecciones de medio término no alcanzará para que el oficialismo pierda, máxime cuando es probable que más dispersa esté la oposición.

Y sin embargo, no hay ninguna medida económica estructural que haya favorecido a las grandes mayorías de modo que esa porción volátil del electorado que puede votar a Macri y a Alberto de una elección a otra, en algún momento pasará la factura como se la pasó a Macri mientras esperaba los brotes verdes. Quizás un milagro evite un colapso sanitario en el primer semestre y los pronósticos de rebote de la economía traigan algo de alivio. Eso sí: estará en el gobierno lograr que ese rebote sea redistribuido y no sea capitalizado por el grupo de siempre a través de la inflación.

Dejando de lado discusiones no menores acerca de socialdemocracia, peronismo, etc., quizás lo más saliente sea la forma que tiene el gobierno de entender el poder, y que reproduce a nivel país la lógica de la necesidad de estabilidad del Frente. Dicho más fácil, Alberto y el Frente parecen haber entendido que si el espacio no se quiebra será posible sostenerse en el gobierno. Para que eso suceda se intenta mantener a todos los componentes satisfechos con cargos, presupuestos y, por qué no decirlo, en algunos casos, kioskos. Para ser justos, es lo que ha sucedido siempre con distintos gobiernos. Pero el elenco estable parece intocable. Los funcionarios que no funcionan permanecen en el poder y cuando finalmente se van se “les paga” con muy buenas alternativas que hasta pueden incluir embajadas, etc. Esta lógica, trasladada a nivel país, supone intentar que nadie se enoje demasiado y en la práctica esto lleva a un gobierno de Xuxa, “un pasito para adelante y un pasito para atrás”: se impulsa un acuerdo porcino y nos sacamos una foto diciendo “No al acuerdo porcino” mientras esperamos que Paul McCartney proponga, al país de la carne, un lunes vegano; aborto sí pero con ley de los 1000 días; Vicentín sí pero al final no; controlamos el maíz porque la mesa de los…. Pero al final tampoco; del “somos el gobierno de la vida, métanse todos adentro” a mirar para otro lado porque hay que impulsar la economía e ir a la escuela por más que haya más muertos que antes. Los decretos son solo sugerencias, la necesidad es contingente y la urgencia relativa. A las restricciones horarias no se las debe llamar “toque de queda” porque suena a viejos tiempos y nuestra concepción del poder nos dice que ya nada se puede imponer. Porque en el modo progresista de entender el poder los gobiernos acaban siendo gobiernos de la impotencia cuando no de la incompetencia.  Comunicacionalmente los errores abundan, lo cual no quiere decir que todo se reduzca a un problema de comunicación. A veces fallan las políticas y encima se comunican mal. Estigmatizamos a 678 y a la ley de medios para, a cambio de ello, llevar a Robertito a la TV Pública y continuar con el esquema de distribución de pauta a medios que, como pocas veces, militaron la zozobra, el terror y la desinformación jugando con la vida de la gente.

Se habló de un gobierno de científicos cuando la gente votó un gobierno de políticos. Claro que es bueno que los políticos se rodeen de los que saben. Pero que gobierne la política. Los técnicos, sean de Bunge y Born o sean de la Facu de Sociales, son técnicos. Y la pobreza no se soluciona, sigue aumentando, por más que la performatividad del lenguaje nos quiera hacer creer voluntaristamente que todo se reduce a un problema del decir.

Justamente, conectando estos últimos puntos, hay una escuela de asesores que trasciende a este gobierno, claro, pero que ha instalado que siempre hay que dar “buenas notis”, un decirle que sí a todo. ¿Los medios te instalaron que hay que abrir las escuelas, más allá de si es sensato o no y más allá de por qué las razones que se esgrimían antes no sirven para este momento? No importa, deciles que sí. Después vemos. Antes que nos gane Larreta con su blindaje, decí todo que sí. “Vamos a vacunar 10 millones de personas entre enero y febrero”. No hace falta ser médico ni funcionario para darse cuenta que Argentina, aun si las vacunas hubieran llegado en tiempo y forma, no hubiera tenido la capacidad de hacer eso. Si esas 10 millones de personas recibieran las dos dosis habría que vacunar más de 300.000 por día. No pudieron ni vacunar 300.000 en un mes. Pero no importa: vos decí que sí. ¿Y si vacunamos a 10 millones con una dosis? Tampoco se va a poder pero vos decí que sí. Es siempre una suerte de gobierno feliz en un mundo feliz. Si rinde, ponete al frente. Pero cuando solo queda dar malas noticias, borrate. Alberto y su dificultad para delegar no suelen hacer caso. Pero finalmente el presidente pareció entender. Nótese, si no, la comunicación de la pandemia lo que ha sido. Quizás tengan razón esos asesores, por supuesto. Pero no deja de sorprender el modo en que el ejercicio del poder dinamita las popularidades a la misma velocidad con la que se vive. Cuatro años de un gobierno son casi anacrónicos para la lógica del apuro, el vértigo y la ansiedad. Los tiempos de las democracias republicanas no son los del capitalismo financiero ni los de la cultura del descarte.       

En 2020, la tibieza del gobierno le quitó la posibilidad de hacer lo que hacen los gobiernos liberales: una política de shock en momentos de zozobra. No modificó sustancialmente ni el mapa de medios, ni la concentración económica, ni el sistema de salud, ni el comercio exterior, ni el sistema energético, ni la estructura tributaria, etc. y especialmente, en lo que respecta a la justicia, probablemente lo va a pagar de manera directa. De hecho intuyo que por allí intentará la oposición fracturar al gobierno. Porque fracturar la coalición no es condición necesaria pero sí suficiente para volver al poder. Y lo hará, probablemente, llevando al gobierno contra la pared avanzando contra CFK. ¿Y cuando quieran meter presa a CFK qué va a hacer el gobierno?

Lo más curioso es que esa moderación no le ha sido útil al gobierno para evadirse de las críticas. De hecho, le achacan lo mismo que le achacaban al de CFK: Venezuela, populismo (ahora en modo de Formosa e infectaduras), putinismo, Irán y un montón de otros delirios más.

Por último, sin caer en purismos y asumiendo cuáles son los tiempos que corren, ideológicamente hay confusión en el gobierno y por momentos pareciera que éste asume la caricatura que de él ha hecho la oposición: de repente el Frente que incluye a muchísimos peronistas parece tener como columna a cualquier tipo de identidad excepto los trabajadores. Por supuesto que 70 años después de Perón algunas cositas han cambiado pero hoy el Frente parece ser un espacio del pobrismo y las nuevas agendas identitarias sin un plan de desarrollo; apenas una mera administración pretendidamente redistributiva de la escasez; redistribución que no va de arriba hacia abajo sino que saquea siempre a los del medio, los grandes perdedores de la época y los que en los tiempos de Perón fueron enormemente beneficiados porque el peronismo fue un gran creador de clase media. Sin embargo, ahora los pocos grandes cada vez tienen más, los millones de pobres reciben alguna migaja extra pero quien paga la fiesta es una clase media cada vez más empobrecida que de media solo le queda la pretensión, la cultura y la nostalgia. La base electoral del gobierno es gente cagada de hambre a la que hay que repartirle guita para que no explote, jóvenes posmodernos sobre y desideologizados con agendas veganas de grandes urbes y un grupo de gente que ve esto y critica por lo bajo por responsabilidad y por temor a lo que hay en frente.     

¿Y cabe alguna duda de que lo que hay enfrente es peor? ¿Cabe alguna duda de cómo estaríamos ahora si los que saquearon al país en cuatro años, armaron listas negras e hicieron persecución ideológica al tiempo de mostrar ser enormemente incapaces de estar al frente del Estado, nos estuvieran gobernando? No hay dudas al respecto y es eso lo que le da unidad al Frente, lo que hace que las críticas se hagan en privado y lo que probablemente le vuelva a dar el triunfo al oficialismo en 2021. Pero el gobierno tiene una deuda con sus votantes y con el país. Desconocer eso y ocultarlo es hacerle el verdadero juego a la derecha.      

miércoles, 30 de diciembre de 2020

La era de la meritocracia negativa (publicado el 19/8/20 en www.disidentia.com)

 

Las acciones afirmativas que favorecen a determinados grupos brindando cupos, subsidios, escaños, etc., suelen ser vistas como una afrenta a la meritocracia. Quienes son críticos de este tipo de iniciativas advierten que detrás de una causa noble de pretendida igualación, se acaba estigmatizando al favorecido porque se le quita la posibilidad de alcanzar un determinado status en función de su propio mérito. Incluso miembros de algunos de los colectivos seleccionados, como podrían ser los negros, los indígenas o las mujeres, muchas veces son críticos de este tipo de políticas que son cada vez más frecuentes aun en repúblicas liberales.

Del otro lado, quienes abogan por ellas, entienden que las acciones afirmativas que, por ejemplo, pudieran garantizar que las mujeres ocuparan la mitad de los escaños del congreso, que algunas comunidades indígenas accedan a la propiedad colectiva de la tierra o que la comunidad negra tenga un cupo para el ingreso a las universidades, son necesarias para garantizar la igualdad de oportunidades. Si bien hay distintos argumentos y el espectro ideológico que las impulsa es vasto, en general se coincide en que, para que la carrera meritocrática sea justa, todos deben comenzar desde el mismo lugar y esto solo se puede lograr con políticas públicas que intervengan y pongan en pie de igualdad a todos los participantes. En lo personal, no tengo dudas que, en sociedades tan desiguales, una gran mayoría de los habitantes de la tierra comienza a correr la carrera desde posiciones enormemente desfavorables. Sin embargo hay quienes advierten que antes que tratar de igualar al inicio para que la competencia sea justa, lo que hay que poner en tela de juicio es la noción misma de meritocracia porque se asocia al individualismo liberal. Tampoco tengo dudas en que esa asociación sea correcta pero quisiera en estas líneas indagar hasta qué punto las propuestas presuntamente alternativas generalmente impulsadas por el pensamiento de izquierda están ofreciendo una transformación concreta de la lógica meritocrática. En otras palabras, ¿la alternativa a la meritocracia es una propuesta que elimina la competencia salvaje y el atomismo?

Veámoslo con un ejemplo: un inmigrante africano escapa de la miseria y de la persecución en su tierra natal y logra ingresar clandestinamente e indocumentado a un país europeo. Es negro. A semanas de establecerse en un barrio marginal, no tiene trabajo, y junto a una compañera, también negra e inmigrante indocumentada, salen a robar a un barrio acomodado de la capital aprovechándose de una señora mayor a quien intentan quitarle su cartera. Ella se resiste pero ellos acaban logrando su cometido con una cuota de violencia desmedida que supone golpes varios a la señora. Finalmente dos patrullas de policía se acercan al lugar y, tras una breve persecución callejera, logra apresarlos golpeando a ambos. El episodio es captado por un ciudadano desde la ventana de su casa y subido a las redes. En ese momento, los hechos pasan a un lugar secundario y el debate público se transforma en una competencia: se dice que los agresores son víctimas del sistema por ser negros, inmigrantes, indocumentados, pobres y por haber sido golpeados por la policía; sin embargo, el varón es victimario por haber realizado un acto encuadrable en la violencia de género y la gerontofobia; en el caso de su compañera, es victimaria por realizar un acto gerontofóbico pero no por violencia de género; la señora es víctima por ser mujer y por tener más de 70 años pero es victimaria por ser blanca y rica y más victimaria aun porque es de derecha y en su alegato culpa del acto a la política migratoria abierta. Los policías han recibido varios golpes en el acto de resistencia de la pareja, de modo que los golpes del ladrón varón hacia la mujer policía podrían ubicarla como víctima de violencia de género pero ella también es victimaria porque golpeó a la mujer que había robado y ambos policías son victimarios, además, porque representan al Estado; doblemente victimario, a su vez, es el varón policía que golpeó al varón que es ladrón, pero también víctima, y a la mujer, que es doblemente víctima.

El episodio recién descripto es hipotético y si se parece a algún caso existente es pura coincidencia. Con todo, en la era donde lo que interesa es la identidad de los intervinientes antes que las acciones, representa el tipo de debate público que suele darse en torno a casos que toman trascendencia.

¿Ha intervenido en esta descripción el mérito? En ningún momento. Sin embargo, la lógica es la misma. En otras palabras, existe una estructura que plantea la existencia de una carrera en la que los participantes compiten. Por supuesto que no lo hacen en función del mérito sino en función de su carácter de víctima. El valor está puesto, entonces, ya no en una serie de acciones merituables o sí pero en todo caso se trata del mérito de sufrir o haber sufrido un padecimiento.

En el marco de lo que algunos denominan “cultura del victimismo” y que hemos comentado aquí mismo tiempo atrás, entonces, la competencia no se elimina y la meritocracia estrictamente no desaparece sino que deviene meritocracia negativa, mérito de la falta. A propósito, y para graficar este punto, viene al caso un pasaje del libro del italiano Daniele Giglioli, Crítica de la víctima: [se] inaugura (…) el siniestro fenómeno que Jean-Michel Chaumont ha denominado “la competición de las víctimas”, la pugna por el primado del sufrimiento, las macabras disputas entre los golpeados. Nuestro genocidio fue peor que el vuestro; el nuestro es el único verdadero, y no tenéis derecho a compararos con nosotros; el nuestro empezó antes; el nuestro duró más tiempo; no os es lícito hablar del vuestro porque no condenáis suficientemente el nuestro; el nuestro se llevó a cabo con gas; el nuestro, con machetes; el nuestro, por motivos ideológicos; el nuestro, con fines de explotación económica”.

 Creo que no hace falta decir lo que significa para las verdaderas víctimas ser sometidas a esta suerte de competencia nefasta por desentrañar cuál de todas tiene la potestad para erigirse como tal. Pero más doloroso resulta saber que la competencia es salvaje dado que el modelo de la meritocracia negativa premia al triunfador con la impunidad del decir y del hacer, y con un acceso directo a la verdad en tiempos donde, dicen, la verdad ya no existe más. Asimismo, la competencia es enormemente salvaje también porque como lo que está en juego son las identidades antes que las acciones, el ser, antes que la existencia, quien logre triunfar en la carrera lo hace, en algún sentido, para siempre. Si no importa lo que se hace, sino lo que se es, basta con mostrar que determinada identidad es la que más ha padecido para alcanzar un espacio incontrovertible. En el libro citado, Giglioli lo dice así: “En su erigirse como una identidad indiscutida, absoluta, en su reducir el ser a una propiedad que nadie pueda disputarle, realiza paródicamente la promesa imposible del individualismo propietario”.

De aquí se seguiría, entonces, una doble curiosidad para aquellos pensamientos de izquierdas que promueven este tipo de perspectivas: por un lado, perpetúan la estructura competitiva y salvaje de la meritocracia aunque, en este caso, acaban imponiendo esa lógica a grupos y a individuos a los que se pretende proteger; y, por otro lado, al poner el énfasis en las identidades, acaban sustanciando la idea del individualismo propietario que intentan socavar.

Con todo, por supuesto, las contradicciones no son solo de las izquierdas. De hecho, buena parte del pensamiento de derecha ha mutado y ha ingresado en la lógica de la meritocracia negativa obteniendo, en algunos casos, buenos resultados electorales aunque, muchas veces, a cambio de haber resignado buena parte de sus principios. Pero hoy también la derecha ingresa al debate público postulándose como víctima: víctima de la inmigración, del Estado, del populismo, de la delincuencia, de los pobres, etc.

Hay muchas formas de caracterizar el clima de época pero la enorme confusión en el plano de las ideas y las acciones es una marca que no se puede dejar de soslayo.  

Capitalismo, control y victimismo acreedor (publicado el 17/9/20 en www.disidentia.com)

 

“El hombre ya no es el hombre encerrado sino el hombre endeudado” afirmaba el filósofo francés Gilles Deleuze en un brevísimo artículo del año 1990 titulado “Posdata sobre las sociedades de control”. Allí, lo que el autor de Mil Mesetas y El Anti-Edipo intentaba significar era que estábamos ingresando en una era del capitalismo que reemplazaría a las sociedades disciplinarias por las sociedades de control para inaugurar un nuevo tipo de subjetividad. Lo que comenzaba a ser una realidad treinta años atrás se ha efectivizado en las décadas posteriores y probablemente tenga una aceleración vertiginosa pospandemia. Pero aclaremos mínimamente algunas de las categorías mencionadas. Cuando se habla de “sociedades disciplinarias” se hace referencia al término que encontró otro filósofo francés, Michel Foucault, para describir a las sociedades que se estructuraron hasta bien ingresado el siglo XX a partir de instituciones disciplinarias como la familia, la escuela, la universidad, el servicio militar, la fábrica, el hospital, la cárcel, etc. Se trata de instituciones de encierro donde se cumplían horarios y reglas en un territorio compartimentado para generar cuerpos dóciles. Pero a partir de las últimas décadas del siglo XX, si bien estas instituciones no desaparecieron, se transformaron radicalmente. Por citar algunos ejemplos actuales, el teletrabajo ha roto completamente la dinámica de trabajo en una fábrica; lo mismo podría decirse de los hospitales cuando observamos que la medicalización de la vida es un hecho que no necesita de las cuatro paredes de la institución o cuando asistimos a consultas vía Skype y recibimos recetas por whatsapp; para finalizar, digamos que la educación avanza cada vez más hacia la no-presencialidad y que, en cárceles superpobladas o con riesgos de contagios, los dispositivos electrónicos en forma de pulseras, etc., permiten tener control sobre el que debe cumplir una pena.

A priori estos cambios parecen suponer un mayor espacio de libertad: ¿no es beneficioso poder trabajar o estudiar desde casa y evitar ir a un hospital? Todo pareciera indicar que sí. Sin embargo, el paso de una sociedad disciplinaria a una sociedad de control supone una transformación profunda que merece un análisis más detallado. Volvamos al ejemplo del trabajo. Después de algunas conquistas básicas, el obrero clásico que iba a una fábrica trabajaba, digamos, 8 horas en un determinado horario, cumplía una función específica, tenía vacaciones pautadas, etc. El teletrabajador de hoy, en cambio, no tiene horario, siempre está a mano de su jefe a través del teléfono celular y se encuentra sometido a un mercado laboral con exigencias de productividad enormes. Esto muestra que las instituciones disciplinarias, aun con su efecto sobre la subjetividad y sobre los cuerpos, estaban acotadas en el tiempo y en el espacio. Se era “disciplinado” desde el momento en que se entraba al espacio físico de la fábrica hasta que el obrero se retiraba. Luego el disciplinamiento cesaba más allá de que probablemente después la persona ingresara a otra de las instituciones mencionadas. Pero en todo caso había un entrar y un salir. La sociedad de control, en cambio, actúa todo el tiempo, no permite que se salga nunca. El teletrabajador debe estar disponible las 24 horas, los 7 días de la semana porque probablemente trabaje por objetivos. Esa disponibilidad no está vinculada a un espacio físico: puede teletrabajar desde una computadora en cualquier lugar del mundo pero está “controlado” constantemente. El vínculo con el control no cesa: siempre se puede estar trabajando, la formación académica va agregando postítulos al infinito, la medicalización está presente desde pequeños y en todo momento debemos estar tomando alguna pastilla porque algo no anda perfectamente, etc. Siempre falta algo. De aquí que Deleuze indique que en las sociedades disciplinarias había un “sobreseimiento aparente” que se daba en aquellos momentos en que se pasaba de una institución a otra pero en las sociedades de control lo que hay es una “moratoria ilimitada”.

A su vez, como decíamos al principio, según Deleuze, estos cambios van de la mano de una transformación al interior del capitalismo. En sus propias palabras: “el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar del encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción (…) En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción (…) Es un capitalismo de superproducción. (…) Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa”.

Dicho esto, podemos comprender mejor la frase con la que comenzamos: los hombres que durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX fueron moldeados por instituciones disciplinarias fueron “hombres encerrados”. Los hombres de hoy no están encerrados pero eso no los hace más libres. El hombre de hoy está controlado por la falta, el incumplimiento que, por definición, no puede saldarse. Si al hombre encerrado lo identificaba una firma y un número de documento, al actual lo identifica un número de tarjeta de crédito. Por ello, el de hoy es un “hombre endeudado”.

A propósito de esto, el sociólogo y filósofo Mauricio Lazzarato, en su libro La fábrica del hombre endeudado, advierte sobre el modo en que los Estados nacionales cada vez adquieren más deuda y cómo ello condiciona sus políticas públicas y su soberanía. Sin embargo, va un paso más allá y afirma que la idea de “deuda” es, además, esencial para comprender el proceso de subjetivación que propicia esta nueva etapa de capitalismo financiarizado. De hecho, Lazzarato, siguiendo a Nietzsche, afirma que la relación social básica que se establece para constituir una sociedad no tiene que ver con el intercambio interesado entre iguales sino con la relación entre acreedor y deudor. Así, Lazzarato denuncia que nuestra sociedad está estructurada a partir de un origen asimétrico donde ya había una relación de poder. Según lo indica en la página 37 del libro citado: “el crédito o deuda y su relación acreedor-deudor constituyen una relación de poder específica que implica modalidades específicas de producción y control de subjetividad (una forma particular de homo oeconomicus, el “hombre endeudado”)”.

Ahora bien, desde mi punto de vista, una de las pruebas más evidentes del modo en que esta lógica acreedor-deudor ha constituido subjetividades y ha estructurado nuestras sociedades podría observarse en lo que se conoce como “cultura victimista”, categoría que hemos trabajado aquí en artículos anteriores desde diferentes aristas. Pero hay una dimensión distinta sobre la que quisiera enfocarme hoy, esto es: la lógica de la víctima-victimario también se expresa en términos de acreedor y deudor. Porque es la presunta víctima la que se posiciona en el lugar del acreedor y le exige al presunto victimario una deuda que muchas veces se cuantifica económicamente pero que sobre todo funciona como una deuda moral que, por definición, resulta eterna e impagable. Las comunidades indígenas que reclaman por tierras o incluso por probados genocidios ocurridos hace quinientos años se posicionan frente al victimario como acreedores de una deuda que, en el fondo, no se puede pagar. Con esto no pretendo negar ningún genocidio ni desacreditar el reclamo a priori. Simplemente se trata de mostrar un buen ejemplo del modo en que las deudas infinitas están detrás de muchos de los conflictos actuales, en este caso específico, el que se da a partir de quienes dicen ser representantes de aquellos que fueron víctimas reales hace siglos y reclaman una deuda a unos supuestos herederos que, con aquellos victimarios, apenas si comparten un color de piel y una religión (aunque a veces ni siquiera eso). Por otra parte, con reclamos que también pueden rastrearse algunos siglos atrás pero que continuaron teniendo mucha visibilidad bien entrado el siglo XX, el feminismo y la comunidad negra, por ejemplo, también exigen a los varones y a los blancos respectivamente una deuda por injusticias del pasado pero también por privilegios del presente. Y naturalmente la lista podría continuar con las distintas minorías más o menos visibles.

La relación acreedor-deudor cuadra perfectamente en la cultura victimista pues, como el propio Lazzarato recuerda, Nietzsche, en su Genealogía de la moral, nos advierte que el concepto “Shuld” (culpa), fundamental para la moral, está íntimamente relacionado con el concepto “Shulden”, esto es, “deudas”, cuyo sentido es más económico y “material”. De aquí que, por ejemplo, el escritor búlgaro, Tzvetan Todorov en una entrevista publicada el 11 de junio en letraslibres.com, afirme: “Últimamente el papel de la víctima ha cobrado mucha relevancia, lo que resulta paradójico. Nadie quiere ser víctima, pero se quiere pertenecer simbólicamente al grupo de las víctimas, porque eso te abre una especie de línea de crédito infinita, inagotable. Siempre puedes realizar una reivindicación en nombre de la injusticia pasada” [el subrayado es mío].

 ¿Qué es lo que se observa entonces? Que se produce un vínculo victimario-culpa-deuda que se va a oponer a la víctima-acreedora para establecer ya no un nuevo contrato social entre iguales sino una nueva relación de poder asimétrica que pretende moldear nuevas subjetividades aunque sin salirse del modelo. Quienes son identificados como el grupo victimario se transforman en culpables esenciales y como lo que los identifica como victimarios es una identidad (ser blanco, varón, etc.) esa culpabilidad se transmite generacionalmente incluso a quienes todavía no han nacido. De aquí se sigue que poseerán una deuda que los afecta hoy pero también mañana. Y sobre este punto quiero hacer énfasis porque se trata de una inversión del mismo modelo. No de una alternativa. No hay deconstrucción de la lógica acreedor-deudor y es por ello que este tipo de reclamos expresado de esta manera ha encajado muy bien en el contexto de las sociedades de control del capitalismo financiarizado aun cuando hoy sea una bandera de las izquierdas. Lo que se ha invertido es quién puede enarbolar su rol de acreedor. Los grupos que tradicionalmente fueron segregados injustamente y sobre los que se hacía pesar una deuda injustificada ahora se posicionan en el lugar de acreedor y reclaman una deuda. En otro momento podremos discutir los límites de esos reclamos, algunos de los cuales, por cierto, son más que pertinentes pero si las sociedades continúan estructurándose en la lógica acreedor-deudor, independientemente de quién esté de cada lado, podrá haber avances y reparaciones pero también nuevas injusticias y, por lo tanto, nuevos conflictos.    

La paradoja del victimismo (publicado el 9/7/20 en www.disidentia.com)

 

Prácticamente toda discusión pública en la actualidad se expresa en términos de víctimas y victimarios. Las mujeres dicen ser víctimas de los varones, los negros de los blancos, los homosexuales de los heterosexuales, los nativos de los conquistadores, los discapacitados de los no-discapacitados, los inmigrantes de… La lista podría continuar. Sin duda que hay hechos y razones para justificar esta perspectiva. El mundo ha sido y es una fábrica de víctimas y en muchos casos esa condición se vincula a la pertenencia a determinados colectivos pero pareciera que desde hace ya unas décadas vivimos en el marco de una “cultura del victimismo”. Hay varios autores de distintas tradiciones que vienen advirtiendo esto especialmente en la medida en que las reivindicaciones de las izquierdas a lo largo del mundo han adoptado las agendas identitarias en detrimento de las disputas de clase pero hoy quisiera detenerme en un libro publicado en el año 2014. Su nombre es Crítica de la víctima y su autor es el italiano Daniele Giglioli.

El título no debe entenderse como un juicio de valor contra las víctimas reales sino como un intento por reconocer cuáles son las características de esta cultura del victimismo y establecer una delimitación entre las víctimas reales e imaginarias.   

El primer párrafo del libro es bastante elocuente y deja una enorme cantidad de elementos para discutir:

“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos sino lo que hemos padecido”.  

¿Qué quiere significar Giglioli con esta idea de que ser víctima confiere una identidad? Se trata de un signo de los tiempos y de otra de las características que muestra la transformación de las izquierdas después de la caída del muro: es que la clásica pregunta por el “qué hacer”, una pregunta cuya respuesta siempre tenía que ver con una acción transformadora del mundo, hoy ha sido reemplazada por el “qué soy”. El “qué hacer” nos lleva hacia afuera y hacia la acción; el “qué soy” nos lleva a la introspección y a indagar en el terreno de las propiedades atribuibles al sujeto, a algo ya dado. Del “qué hacer” puede venir una revolución; del “qué soy” pueden derivar muchas cosas pero también un manual de autoayuda.

En este sentido no es casual lo que muchos señalan en relación al regreso de la perimida idea de “delitos de autor”, esto es, delitos donde no se juzga la acción en sí sino las características de quien la realiza. Para los nazis, ser judío era un “delito anterior” a cualquier acción que un judío pudiera realizar. Y hoy volvemos a ser testigos de situaciones en las que antes que evaluar qué delito se cometió nos preguntamos qué es quien lo cometió y qué es quien lo padeció. ¿Es un varón o una mujer? ¿Un negro o un blanco? ¿Un hetero o un gay? ¿Un indígena o un descendiente de conquistadores? El qué hizo queda en un segundo plano.

De esto se sigue un elemento central que todavía no hemos mencionado: la cultura del victimismo supone que la condición de ser víctima o victimario no es circunstancial sino esencial. No se es víctima o victimario por algo que se haya padecido o se haya realizado sino que, a priori, en función de a qué identidad se pertenezca, se forma parte del bando de las víctimas o de los victimarios. Si usted ha nacido en una familia de buen pasar, es un varón blanco, heterosexual y occidental cumple con todas las condiciones para ser un victimario esencial. Sus privilegios pueden incluso determinarse a priori y este es un punto a tener en cuenta porque, como indica el propio Giglioli, dado que el concepto de “culpa” se ha secularizado para devenir “deuda”, el castigo que debe recibir el privilegiado/victimario esencial es una deuda eterna. Juega aquí también esta particular concepción por la cual la condición de víctima y victimario se transmite de generación en generación a tal punto que hoy alguien puede sentirse víctima de lo que padeció un ancestro de su comunidad 600 años atrás. Estos reclamos buscan, claro está, efectivizarse jurídicamente o en políticas públicas pero la idea de la existencia de victimarios esenciales con deudas, por definición, inextinguibles, permite comprender por qué muchas de las disputas de la actualidad se dan más en internet que en la justicia. Lo que sucede es que la justicia puede demostrar que una denuncia es falsa o aun cuando demostrara que la denuncia en cuestión es verdadera, impondría una pena proporcional al delito. Esto demostraría que todo individuo agresor no es un victimario esencial sino un victimario circunstancial que debe cumplir una pena que, aun cuando fuera extensa, tiene un límite en el tiempo. En cambio, cuando las acusaciones, denuncias, etc. se dan en redes sociales o se replican en portales, el señalado pierde su presunción de inocencia y automáticamente se le impone de hecho una pena que no tiene proporción. Es una pena eterna porque quedará en el mundo virtual por siempre como merece quien es considerado un victimario esencial. Si su ser es el de un victimario esencial, usted tiene una deuda impagable y le corresponde una pena eterna. Por eso hoy en muchos casos la lucha se da menos en sede judicial que en la edición de wikipedia.       

Volviendo al primer párrafo citado de Giglioli y en conexión con lo que estamos desarrollando, aparece la cuestión de cómo juega la problemática de la verdad en esta cultura del victimismo. El italiano entiende que cuando alguien adquiere el status de víctima queda inmune a toda crítica. Efectivamente, siempre ha sido así. Incluso está extendida la idea de que “a una víctima se le perdona todo” y no hay discusión racional posible allí. Esto se ve muy claro cuando un funcionario lleva a la televisión datos de que bajó la delincuencia pero enfrente le ponen al familiar de una persona, que acaba de ser asesinada, llorando y pidiendo soluciones a lo que lamentablemente no tiene solución. Aquí se muestra que, aunque a todas luces se trata de una falacia, la condición de víctima acaba estableciendo una especie de relación directa con la verdad. Y esto resulta bastante paradójico para tiempos posmodernos donde nos dicen que todo es relativo, que toda mirada es una perspectiva, que los grandes relatos han caído, etc. En realidad, la estructura de los grandes relatos, de la verdad con mayúscula, de Dios, etc. no ha sido reemplazada y eso no es ni bueno ni malo en sí mismo. Necesitamos creer en algo aun en los tiempos donde decimos no creer en nada. Y en aquello en lo que creemos es en la víctima real o en cualquiera que asuma públicamente su condición de víctima. Giglioli lo dice así: “Si el criterio para distinguir lo justo de lo injusto es necesariamente ambiguo, quien está con la víctima no se equivoca nunca”.

Esto también explica esta suerte de abrazo colectivo inmediato que recibe quien es, o dice ser, víctima. Por supuesto que no niego la enorme solidaridad humana pero no perdamos de vista que apoyando a quien aparece como víctima muchos buscan, más bien, tener garantía de verdad, tener garantía de estar en el lugar correcto en un mundo donde todo es líquido. No lo hacen por ayudar al que padece. Lo hacen por ellos mismos, más por debilidad que por empatía. Así dicen cosas como “ante la duda estoy con la víctima” o “hay que acompañar a la víctima hasta que se expida la justicia”. Claro que es la justicia la que finalmente determina quién es la víctima y quizás quien decía ser víctima es el victimario. Pero eso es un detalle cuando el yo necesita aferrarse a alguna certeza. Aun cuando la víctima no sea tal, lo que importa es que, si aparece como tal, se garantiza inmunidad y relación directa con la verdad. No sólo para ella sino también para todos los que la apoyen. En ese sentido, la víctima es un Dios de los tiempos seculares.   

Y como cuando hablamos de “verdad” hablamos también de “poder” quisiera culminar con un breve desarrollo a partir de esta frase de Giglioli: “La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”.

Efectivamente, la cultura del victimismo está erigiendo una nueva forma de poder irresistible, un poder total que anula todo debate porque habla desde una verdad presuntamente inapelable. Este nuevo poder es tan arrasador que hasta los propios poderosos adoptan el lenguaje de la víctima para poder legitimarse. En un nuevo síntoma de este giro de la tradición cínica que, como diría el filósofo alemán, Peter Sloterdijk, ya no se ejerce contra sino desde el poder, hoy podemos escuchar a millonarios europeos decir que son víctimas de los inmigrantes africanos; o a individuos que pertenecen a algunas de las minorías antes mencionadas presentarse como víctimas de un sistema que los ha ubicado en la elite mundial económica, social, cultural, artística y políticamente hablando.    

Esto muestra que, paradójicamente, la retórica del victimismo no está empoderando a las verdaderas víctimas sino generando una competencia en la cual las viejas elites se acomodan y absorben a las figuras emergentes con discurso rebelde en la medida en que entienden que esas reivindicaciones no ponen en tela de juicio sus privilegios de clase.  A propósito de los liderazgos y los referentes, el propio Giglioli recuerda que, cuando Freud hablaba de la psicología de las masas, resaltaba que lo que atraía de los grandes líderes era su potencia; hoy en día se da exactamente al revés: se celebra la impotencia, el padecimiento. No liderará quien haya realizado una acción encomiable sino quien haya padecido una acción aberrante.

De aquí que el italiano se anime a afirmar que nunca hemos vivido tiempos tan contrarrevolucionarios. Es que la idea de revolución estuvo asociada siempre a valores modernos como el sujeto activo, la responsabilidad, la potencia, mientras que la posmodernidad viene a realzar sus opuestos: identidad anclada en el padecimiento propio o ancestral, pasividad e impotencia, ausencia de responsabilidad, etc. Si la modernidad, de la mano del prusiano Immanuel Kant, era una apuesta por abandonar la minoría de edad, la posmodernidad parece una era en la que volvemos a pedir tutelaje y donde se nos pretende anclar en la cárcel de una identidad fija predeterminada por un padecimiento como si lo que somos y nuestro destino estuviera marcado para siempre. 

Un clima de época en el que el “qué hacer” es reemplazado por el “qué soy”, con un mundo que se divide entre víctimas y victimarios esenciales y una verdad irresistible accesible sólo a los que han padecido una injusticia, avanza a pasos acelerados. El cambio cultural se percibe y comienza a tener incidencia directa en diseños institucionales y en políticas estatales. Se auguran tiempos conflictivos pero sobre todo tiempos paradójicos en los que el triunfo de la cultura victimista podrá ser una buena noticia para algunos pero nunca lo será para la inmensa mayoría de las verdaderas víctimas.       

El discurso progresista de la ultraseguridad (publicado el 6/8/20 en www.disidentia.com)

 

Más allá de que sea un lugar común afirmar que ya no hay derechas ni izquierdas, existe un acuerdo en torno a que determinadas agendas, categorías y enfoques pueden ubicarse dentro de un universo amplio de derecha o de izquierda. La cuestión de lo que se conoce como “seguridad”, por ejemplo, suele ser una de las grandes preocupaciones de la derecha y en sus versiones más radicalizadas la respuesta que se da desde aquel espectro ideológico es una respuesta punitivista que puede ir desde exigir militarizar vecindarios y llenar de cámaras de seguridad para controlar comportamientos sospechosos, hasta llamar a la sociedad civil a armarse en defensa propia. Frente a esta mirada, en general, las izquierdas, o los progresismos, al enfocar el delito como una consecuencia social de la desigualdad, entienden que la respuesta punitivista no es la solución y que la mejor manera de combatir el delito es crear una sociedad más igualitaria. Por supuesto que en el medio hay decenas de matices pero esta caracterización puede servir a manera de presentación esquemática.

Dicho esto, pareciera que, en un sentido, la cuestión de la “seguridad” es solo un tema de la derecha, una preocupación de burgueses asustados que protegen su propiedad y que, en todo caso, para la izquierda, la “seguridad” como tal no está en la agenda sino como un sucedáneo del problema de la desigualdad.

Sin embargo, quisiera utilizar estas líneas para observar de qué manera el paradigma de la seguridad punitivista que suele endilgárseles a las derechas también se encuentra presente en las izquierdas de una manera solapada. Para ello me serviré del diagnóstico realizado por los estadounidenses Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, psicólogo cognitivista el primero y abogado el segundo, en un libro que en 2019 se tradujo al castellano como La transformación de la mente moderna.         

El contexto en el cual se desarrolla la investigación es el auge de la cultura de la cancelación en las universidades estadounidenses que luego se exporta a Europa y al resto del mundo. Desde la perspectiva psíquica pero también moral y legal en torno al modo en que estas prácticas afectan la libertad de expresión, los autores repasan con enorme cantidad de ejemplos y documentación una serie de casos en los que los alumnos agreden y censuran a oradores, exigen que se retiren autores de los planes de estudios y presionan a autoridades y a miembros de la comunidad universitaria para que se adecuen a ciertos cánones incluidos dentro de lo que llamaríamos “la corrección política”. De hecho, los autores llevan contabilizado que, desde el año 2000 hasta la fecha de publicación del libro, hubo 379 intentos de retirar invitaciones a oradores en universidades de Estados Unidos. Y algo peor: el 46% de esos intentos fue exitoso y un tercio del 54% que logró dar la conferencia tuvo que hacerlo en medio de escraches y perturbaciones varias.  

La hipótesis del libro es que hay tres grandes ideas que están interfiriendo en el desarrollo social, emocional e intelectual de los jóvenes: “lo que no te mata te hace más débil”; “confía siempre en lo que sientes”; “la vida es una batalla entre buenos y malos”. Asimismo, detrás de cada una de estas ideas se esconden tres grandes falsedades: la supuesta fragilidad de los jóvenes; la exaltación de lo emocional por sobre lo racional y una lógica binaria impulsada por las redes sociales y los algoritmos por la cual no hay matices y, si no eres mi amigo, eres mi enemigo.

Pero lo interesante del libro es que estas grandes ideas equivocadas basadas en tres falsedades han dado lugar a lo que los autores llaman “cultura de la ultraseguridad” (safetyism). En otras palabras, si creemos que por ser jóvenes somos frágiles, que todo lo que expresan nuestras emociones es verdadero y que el mundo está habitado por un montón de gente que solo busca hacernos daño porque es mala, lo que necesitamos es un ámbito de ultraseguridad, una extrema protección frente a un entorno hostil. Lo curioso es que esta creencia está tan extendida entre los jóvenes que una encuesta del año 2017 mostró que el 58% de los alumnos universitarios estadounidenses no quiere estar expuesto a ideas intolerantes u ofensivas y que, dentro de ese espectro, un 63% se identificaba con ideas progresistas pero también hubo un 45% que se identificaba con ideas conservadoras.  

Pero ¿por qué hablar de ultraseguridad? La pregunta viene al caso ya que, en general, los actos de cancelación o escraches suelen basarse en la supuesta ofensa que podría suponer la presencia o la obra de un determinado personaje. Así, por ejemplo, alguien podría decir que hay que quitar de exhibición una película clásica en la que existen protagonistas o enfoques racistas porque ello ofende a la comunidad negra.

Sin embargo, Haidt y Lukianoff afirman que, antes que la ofensa, la novedad de estos tiempos es que la necesidad de censura se expresa en términos de falta de seguridad.  

De hecho, la cultura de la ultraseguridad es el producto de una serie de deslizamientos del concepto de seguridad. Por un lado es un desplazamiento hacia ámbitos que van más allá de sus límites porque acaba equiparando la incomodidad emocional con el peligro físico; y, por otro lado, un desplazamiento en lo que refiere al criterio de validación: de un criterio objetivo a otro subjetivo. Daré algunos ejemplos para que se pueda comprender mejor.

Sobre el primer desplazamiento, que vaya un orador a la universidad a afirmar cosas con las que alguien desacuerda, aparece como un riesgo psíquico-físico. Por lo tanto, que alguien diga lo que no quiero oír o contradiga lo que pienso ya no ofende: genera inseguridad. O en todo caso ofende pero porque antes genera inseguridad. La idea de estar a salvo se extendió a estar a salvo de quien piensa distinto y, en este sentido, no debe sorprender que sea común que las universidades estadounidenses hayan implementado los denominados “espacios de seguridad”, esto es, salas a las que asisten los alumnos cuando, por ejemplo, visita la universidad algún orador que los incomoda. Haidt y Lukianoff mencionan un caso donde la sala contenía galletas, libros para colorear, pompas de jabón, manualidades infantiles, música relajante y un video con marionetas que jugaban además de trabajadores de la universidad especialistas en traumas. Una alumna refugiada en un espacio seguro dijo: “me sentía bombardeada por muchos puntos de vista que van contra mis creencias más profundas y arraigadas”. En esta línea, dos ejemplos más. Por un lado, las universidades empiezan a implementar oficinas de Atención contra Prejuicios donde los estudiantes pueden denunciar a compañeros, docentes o autoridades por comentarios que ellos juzguen prejuiciosos y que se hayan realizado en el ámbito del campus o incluso en redes sociales. Y, por otro lado, se está extendiendo en las universidades americanas una modalidad que también empieza a ser frecuente en portales, foros y medios tradicionales. Es lo que se conoce como “alertas de detonante” (trigger warnings), es decir, notificaciones verbales o escritas para alertar a los estudiantes (o usuarios) que están a punto de encontrarse con material potencialmente estresante para ellos en tanto puede contradecir sus creencias identitarias. Haidt y Lukianoff reconocen que siempre hubo intentos de vetar textos y autores pero insisten en que la novedad es que ahora se hace bajo la presunción de que los alumnos son frágiles y que, incluso aquellos alumnos que no lo son, igualmente fomentan la cancelación y la censura basándose en que hay compañeros que necesitan protección.  

Sobre el segundo desplazamiento, referido al criterio de validación, los autores mencionan el caso de cómo se fue modificando la idea de “trauma” desde un concepto que hacía especial énfasis en consecuencias físicas objetivas a, para decirlo en sus propias palabras, cualquier cosa “experimentada por una persona como física o emocionalmente dañina (…) La experiencia subjetiva del “daño” se hizo definitoria para valorar el trauma. (…) Como en el caso del trauma, el cambio crucial que se produjo en la mayoría de los conceptos (…) fue el giro al estándar subjetivo. No le correspondía a nadie más decidir qué se considera trauma, maltrato o abuso: si tú los sentiste como tales, confía en tus sentimientos”. Pasamos entonces de criterios objetivos de validación al imperio de la subjetividad y a la imposibilidad de poner en tela de juicio cualquier juicio individual. Se produce allí una enorme paradoja porque mientras las izquierdas denuncian el atomismo liberal, pregonan por un estándar de validación que lleva el individualismo al extremo.

Esto también aparece en lo que se conoce como “microagresiones”, esto es, formas de vinculación presuntamente violentas que hasta el día de hoy se encontraban invisibilizadas o “normalizadas”. Lo que sucede con las microagresiones es doblemente preocupante no solo porque el criterio para validarlas es subjetivo y no puede ser puesto en tela de juicio ni controvertido; sino porque el concepto se ha extendido a casos en los que el supuesto agresor no ha tenido intención de “microagredir”. Es decir, la intención como elemento central para asignar responsabilidad de un acto hoy queda en un segundo plano porque se pone el énfasis en el daño que subjetivamente autopercibe la presunta víctima. De aquí que el castigo para el microagresor no incluya como variable la intención. Da lo mismo si un chiste que ofendió a otra persona fue intencionado o no. Importa lo que la persona microagredida sintió y la pena correspondiente será determinada por ello.

La irrelevancia de la acción y de la intención nos acerca peligrosamente a la idea de delito de autor, esto es, la teoría por la cual el juicio sobre un individuo debe hacerse por lo que es y no por lo que hace. Pero es coherente con estos tiempos donde lo que se privilegia es la identidad, es decir, lo que soy antes que lo hago. Pertenecer a una identidad no minoritaria se transforma así en una imputación, en una agresión en sí misma y ante una eventual acusación funciona como prueba en contra que invierte automáticamente la carga de la prueba.  

Para concluir, entonces, la agenda de la seguridad no es solamente una agenda de “la derecha”. Podría decirse que, incluso, las agendas progresistas, antes que rechazarla, amplían esa agenda hasta el ámbito de las relaciones humanas más básicas extendiendo los presuntamente necesarios campos de protección hasta límites hasta ahora desconocidos. En línea con lo que comentaban los autores, los cuales, por cierto, expresan tener mayor simpatía por demócratas que republicanos, esto no solo está promoviendo la multiplicación de generaciones enteras que se asumen frágiles y que, “al salir a la vida”, sufren trastornos de ansiedad, depresión, etc., sino un punitivismo que es tanto o más peligroso que el punitivismo de las derechas. Es que se está combinando un umbral bajo de tolerancia al disenso y el fomento de una cultura pública de la denuncia con instituciones que son incapaces de resistir a la presión de Twitter; una cultura que cree que el cliente, o el que se asume como víctima, siempre tiene la razón.