sábado, 5 de septiembre de 2026

Representantes de sí mismos (editorial del 5.9.26 en No estoy solo)

 

A propósito del apoyo de los senadores peronistas a los jueces que estarían conectados al Lawfare que Cristina Kirchner viene denunciando hace más de una década, quiero ir un paso más allá del trillado, aunque no falso, drama de la crisis de representación.

Mi hipótesis es que estamos frente a representantes del campo popular que se representan a sí mismos y que, para justificarlo presentan como colectivos lo que son intereses personales. Sostengo también que en ese movimiento del representante hacia sí se rompe el contrato de nuestras democracias modernas, el representado pierde el derecho a exigir la rendición de cuentas y solo le resta el acompañamiento silencioso y adulador a un conductor infalible. Al electorado le queda, así, aplaudir los aciertos de la conducción y reinterpretar los errores de la misma como una mera etapa de incomprensión que será saldada en un futuro cuando la inteligencia de la figura máxima revele la jugada maestra que los mortales no supimos descifrar. Ser sabio es aceptar con lealtad acrítica lo que viene de arriba; discrepar es una traición o, en el mejor de los casos, una demostración de ignorancia.

Pero antes de avanzar, despejemos rápidamente el campo de las especulaciones. No abrazo una concepción purista de la política: entiendo la rosca, la negociación, la necesidad de ser pragmático y la transa. Es parte del juego y está bien que así sea. En todo caso, y hacia allí vamos, la dificultad se plantea cuando el que rosquea, negocia, es pragmático y transa, hace todo eso mientras levanta el dedo acusador de policía moral de la política. Y las dos cosas al mismo tiempo no se pueden, o no se deberían hacer.

Un segundo elemento aclaratorio: las eventuales críticas que aquí aparecerán al sector conducido por Cristina Kirchner no son parte de la interna con Kicillof. Muchos comunicadores del campo popular, vamos a suponer que por convicción, aprovechan los errores del kirchnerismo duro para sumar en esa interna. Una vez más, está muy bien que así sea pues esa es, precisamente, la lógica de las internas. Sin embargo les adelanto mi posición: creo que es vergonzoso el modo en que el cristinismo horada la candidatura del gobernador por razones estrictas de ambición personal, narcisismos y cargos; pero Kicillof, aun con sus virtudes, que no son pocas, sigue sin hacer autocrítica de su responsabilidad en el espacio K, digamos, en los últimos 12 años; no se le conoce una canción nueva; sus discursos son repetitivos y anacrónicos, e, ideológicamente, su gestión repite todos los clichés progres de la gestión de Alberto.      

Dicho esto, retomemos el punto de partida, esto es, la votación de los jueces en el Senado con el caso Yadarola en el centro. Todos sabrán de qué se trata: un juez que había sido señalado públicamente por CFK como parte del Lawfare, acusación que parecía tener buenos fundamentos independientemente de cómo se resolvió en la justicia, es votado por los senadores que ella misma conduce. La primera reacción es casi de manual: o CFK llegó a un acuerdo político o ya no conduce. Con el correr de las horas, se fueron conociendo detalles y tomó fuerza la primera opción. Su gran alfil, Juliana di Tullio, llegó a hablar de “decisiones políticas institucionales del Senado” con la soberbia de quien cree estar pronunciando una fórmula inexpugnable. En ese mismo posteo señaló a dos periodistas “aliados” que están muy bien señalados pero que no pueden ser “los malos” solo cuando, por un instante de extravío, dejan de repetir el mantra de la conducción.

El episodio di Tullio, que recibió cataratas de reclamos y mensajes de los militantes propios y de usuarios independientes, es uno más de una secuencia que se viene repitiendo con asiduidad últimamente. Wado de Pedro también reaccionó de mala manera cuando se le consultó acerca de su responsabilidad, como ministro, en los acuerdos con la empresa israelí Mekorot para la gestión de recursos hídricos en algunas provincias, o su foto, en la puesta en escena montada por Daniel Hadad, al lado de Borinsky, otro de los jueces señalados como parte del entramado del Lawfare. Más allá de las razones expuestas, el argumento recae siempre en un “con mi trayectoria y mi historia personal, ¿quién tiene el derecho a dudar de mí?”

Asimismo, días antes, el affaire Fernández Sagasti, que empezó como tragedia y terminó como farsa, comenzó con un reclamo sensato de la senadora que fue expuesto por la tropa propia como un ataque a la senadora por su condición de mujer y futura madre, y devino una cruzada por el federalismo en un momento en que “la patria estaba en peligro”. Resuelta la votación de antemano, ni los propios senadores le votaron a favor y quienes luchaban con la senadora por liberar la patria de la opresión posteando en Twitter hicieron mutis por el foro. Atrás había quedado un posteo de Lucía Cámpora chicaneando a los militantes que también había levantado mucha polvareda. Por cierto, en una de esas grandes ironías de la vida, Fernandez Sagasti, que en cuestión de horas había alcanzado un nivel de visibilización única, no tuvo mejor idea que, tras el desplante de los propios, promover un proyecto de ley para que las mujeres embarazadas, que tuvieran una contraindicación médica que les impida viajar, pudieran votar telemáticamente. Ninguna otra contraindicación médica es incluida en el proyecto. Solo la que la afectó a ella. Es decir, creó un proyecto “para sí” más allá de que no pudiera usufructuarlo personalmente porque se le ocurrió tarde, justamente, porque se le ocurrió cuando le pasó a ella.  

Detengámonos en este punto para introducir algunos elementos conceptuales que anticipé al inicio. Me refiero a la idea de una nueva camada de representantes de sí mismos. La primera observación podría ser que no hay aquí ninguna novedad y que estamos ante uno de los tantos casos en el que el representante actúa de manera egoísta y persigue sus propios intereses. En figuras de la derecha, esto es un clásico. Sin ir más lejos, cuando se avanzaba con el proyecto de abrir el juego a la compra de tierras sin límites por parte de extranjeros, uno de los legisladores tenía una empresa que se encargaba de ese negocio. No más preguntas, señor juez.

Pero en la lógica del representante progre, estamos ante algo un poco más sofisticado: es alguien que pierde la capacidad de distinguir entre sus intereses particulares y los intereses de aquellos a quienes representa. La derecha gobierna para sí sin culpa porque en el fondo tiene una concepción jerárquica del mundo, de la política y de la Verdad. El progre también gobierna para sí, pero con culpa. Entonces tiene que hacer un giro más complejo y reinterpretar de la peor manera el “lo personal es político”. Así, un problema del legislador pasa a confundirse con un problema de todos, cuando era simplemente un problema personal del legislador. Y sí, hay que decirlo: a veces lo personal no es político. A veces es un problema tuyo. No es la culpa del sistema, ni del poder o de las estructuras de no sé qué. Es tuyo. No representa a nadie más que a vos. Deal with it. 

Asimismo, les comentaba que hay un cierto tufillo aristocrático en esto de “nosotros no nos equivocamos, si no entendés es porque estamos ante una jugada maestra que ya se revelará”. Hay una dirigencia esclarecida que en todo caso a veces muestra la carta y a veces las esconde, pero siempre juega bien. A la crítica se la despeja con un “ustedes son demasiado negros para entender”. Pero no solo eso: también “ustedes son demasiado negros” para exigirnos explicaciones. No se puede dudar de Wado, no se puede dudar de Di Tullio y lo que es peor: ni siquiera se les puede pedir explicaciones porque ello es tomado como una ofensa. Es un giro propio de estos tiempos identitarios. Dudar, discrepar o exigir una aclaración es visto como un ataque personal, y no como un ejercicio sano de democracia y de control de parte de los representados para con los representantes. ¿O será que los populares creen que la democracia se reduce a ir a votar cada dos años y aceptar todo lo que el representante diga como si el mandato fuera un cheque en blanco? Esta suerte de privatización del poder político, de contrato irrevocable e irrevisable, no parece encajar fácilmente en una tradición popular, por cierto. 

A propósito de lo popular, aquí no estamos simplemente ante el modelo populista de identificación del líder con el pueblo cuya consecuencia es que cualquier crítica hacia el liderazgo se transforma en una crítica contra la voluntad popular. A veces lo hacen pero no se animan a tanto porque nos mearíamos de risa si alguno de los involucrados nos viniera a hablar en nombre del pueblo. Pero entonces hacen un giro: no es que sean indemnes a la crítica porque encarnan la voluntad del pueblo; es que si los criticas le haces el juego a la derecha y sos cómplice de los malos. Sí, sos vos y no los que gobernaron como el culo, el culpable de que gane la derecha. Así que debes manejarte como un dirigente político que defiende los intereses partidarios, pero sin recibir ninguno de los beneficios de un dirigente político. Así, un senador y cualquier boludo de a pie se encuentran al mismo nivel de responsabilidad contra “la nenecha mala”. Por lo tanto, es mejor que te calles.

Por último, algo bastante perverso en esta idea de que “Después de todo lo que hicimos por vos, ahora no podés cuestionarnos”. No se trata de una afirmación insensata. Por el contrario, la trayectoria es algo que todos evaluamos y a veces es injusto reducir a un dirigente a una decisión. Pero esto no significa que debamos dejar de lado la crítica por los aciertos del pasado. Esto vale para todos: para los 4 de copas cuyo único mérito es lamer las botas de la conducción y para la propia CFK que ha tenido grandes aciertos y que paga una condena injusta por una causa insostenible pero que también parece, hace tiempo, haber devenido una representante de sí misma, casi siempre vinculada a su situación judicial (hasta llegó a decirse que su decisión de ponerlo a Alberto obedecía a la supuesta habilidad del presunto operador judicial, para disipar los riesgos de ser llevada a la cárcel. El resultado ya lo conocemos, por cierto).

Retomando nuestro eje, en esta lógica, las conquistas del pasado, son presentadas como una obligación de lealtad eterna. El vínculo representante-representado es sustituido por el vínculo acreedor-deudor y frente a esta casta de representantes, los votantes no somos ciudadanos ni militantes con espíritu crítico y derecho a exigir rendición de cuentas: solo somos deudores por lo que alguna vez nos dieron y porque los que están ahora, antes que dar, nos sacan.   

Frente a los impolutos comisarios de la moral para los que cualquier interpelación es un agravio personal, el traidor, el desagradecido, el que recibe pauta, opera en la interna o es un ignorante, nunca está en las propias filas. Siempre está afuera. Siempre es el otro.    

 

 

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