viernes, 28 de agosto de 2026

Gobernar es insultar (editorial del 29.8.26 en No estoy solo)

 

Esta semana, el presidente Javier Milei estuvo twitteando durante ocho horas seguidas una catarata de insultos e improperios a usuarios y periodistas de medios tradicionales. Aunque la intensidad y la extensión es llamativa, no se trata de una práctica novedosa. Según un informe de FOPEA, entre el 10 de diciembre de 2023 y el 15 de septiembre de 2025, el presidente argentino hizo 113.649 posteos entre originales y compartidos, de los cuales 16.802 contenían insultos, esto es, un 15,2% del total. “Kuka” encabeza la lista con 2286 menciones; le sigue “casta” con 1815; “delincuente” está en tercer lugar con 1023; “mandril” ocupa el cuarto puesto con 904 y luego, ya con menos de 700 menciones, aparecen “corrupto”, “ensobrado”, “violento”, “degenerado”, “mentiroso” y “terrorista”.   

Desde este espacio vamos a evitar caer en el tono serio y el gesto adusto que advierte sobre los peligros que esta dinámica trae aparejada para el bien de las instituciones. No porque sea falso sino porque es un lugar común pero, sobre todo, porque es una crítica que no interpreta el espíritu de época.

Es que el periodismo libre es muy importante y preferimos un debate público en buenos términos, pero también consideramos que unos cuantos periodistas impunes capaces de arruinar la vida de personas y de hacer operaciones de prensa, bien merecen, al menos de vez en cuando, un recordatorio de su carácter humano. La vida pública tiene esto y una puteadita no se le niega a nadie. Hay que bancarse la pelusa o dedicarse a otra cosa.

La pasión por el insulto que exhibe el presidente puede analizarse desde diferentes ángulos. Probablemente el más evidente sea pensarlo en el marco de la nueva forma de comunicación típica de líderes antiestablishment. Si el sistema de reglas incluye una burocracia pacata de buenos modales preocupada por nombrar sin ofender a nadie, en la cruzada mileísta por la libertad, el insulto es un aspecto más de la batalla contra la casta y la confirmación de aquello que el votante valoró: su presunta autenticidad. Milei putea como puteás vos y cada vez que un periodista se victimiza, el espíritu plebeyo e igualitarista de la revolución mileísta encuentra allí un privilegio.

Pero lo más importante es que el insulto constante puede ser una forma de redefinir una forma de ejercer el poder. El ideal del estadista pos segunda guerra mundial era el hombre moderado, racional, el que sabía encontrar el justo punto medio, etc. Bajo el horizonte de la tradición liberal-republicana, donde la concentración del poder es el problema, el liderazgo de la segunda mitad del siglo XX demostraba su grandeza controlándose. Se trataba de un atributo personal dentro de un sistema de equilibrio de poderes. En los nuevos liderazgos, el poder se ejerce chocando contra los límites institucionales y exhibiendo la total carencia de autocontrol. La moderación aparece así como una impostación y una defección frente a la casta.

En el caso particular de Milei, además, parece haber una necesidad complementaria de ser reconocido y de establecer jerarquías. Aun a riesgo de cierta psicologización de la política que siempre trato evitar, es evidente que en esta búsqueda de ser valorado y erigirse en un pedestal de supuesto saber (algo que no ha sido refrendado por su carrera académica), el insulto ocupa un lugar central. Analíticamente podemos distinguir dos movimientos porque, al insultar, se está nombrando, categorizando y etiquetando, pero, al mismo tiempo, se está jerarquizando: quien es denominado “mierda humana” es categorizado, recibe un bautismo ontológico, pero a la vez, es degradado. Una mierda humana no puede formar parte del debate público, está excluida de la comunidad y, automáticamente, es ubicada en un lugar de inferioridad.

En estos tiempos donde la cultura hegemónica es dominada por el constructivismo lingüístico que cree poder cambiar el mundo con palabras, un tipo como Milei, mucho más cómodo en el mundo de los números, la virtualidad, el laboratorio y la retracción social, brinda su batalla cultural buscando erigirse como el gran enunciador, aquel que demuestra su poder nombrando y categorizando. Es el trillado pasaje de Alicia en el país de las Maravillas en el que Humpty Dumpty le muestra a la protagonista que el significado de las palabras no depende de la sociedad sino del poder. Al nombrar insultando, entonces, Milei quiere demostrar que es el que manda y que es él el que determina las jerarquías.

Desde otra perspectiva, naturalmente, se puede pensar el insulto como una forma de irrumpir en la dinámica comunicacional actual donde lo único que se disputa es la atención. Puede que sea cierto, pero tampoco veo allí una estrategia sistemática. Una vez más, de Milei se podrá decir de todo, pero nadie afirmará que es inauténtico. Con todo, me interesa otra perspectiva de esta forma de comunicar y pensar el insulto presidencial como un acto de comunicación que apunta menos al sujeto insultado que al observador. Y no me refiero a su obvio efecto en terceros en el sentido de fomentar autocensura. Eso es evidente. Pero quizás haya otro efecto más interesante en el sentido de que el presidente crea una suerte de teatro de poder, una escena de humillación pública para goce de terceros. Son los millones de usuarios festejando cómo alguien (en este caso, el presidente) “doma” a su víctima.  El destinatario gramatical es el periodista, economista, político, etc. Pero el destinatario político es la audiencia que mira cómo el presidente humilla. El adversario es casi un objeto escénico modelado por el poder. Digo esto advirtiendo que jamás encontrarán en estas líneas la crítica buenista de Milei como un gobernante cruel, pues, en todo caso, crueldad (y cinismo) era también hablar de Estado presente con más de 200% de inflación.

Dediquemos los párrafos finales a la comparación con Alberdi. En éste existía un ideal utópico que se efectivizaría trasplantando inmigrantes y, con ello, sus hábitos. Se necesitaba producir una nación partiendo del vacío republicano de nuestras tierras.

Milei es, también, claramente, un utopista refundacional que quiere producir una determinada sociedad. En este caso, no lo hará con inmigrantes sino desde la batalla cultural que en el ensimismamiento del presidente y su dificultad para el vínculo social, se da en el ámbito del lenguaje. Nombrar insultando, categoriza y jerarquiza, establece quiénes pueden ser escuchados y quién está arriba y abajo. La única redistribución que propone Milei es la de la humillación de todos aquellos que osen criticarlo en una dinámica de purga interna que lo lleva a la unanimidad del sí mismo. Ese teatro de la humillación, crea espectadores antes que ciudadanos, idiotas en el sentido clásico, esto es, individuos que no pueden salir de sí mismos y desprecian la cosa pública. Esto, por cierto, no se expresa solamente en la tropa mileísta: la izquierda se viraliza con videos bizarros “anticapialistas” de consumo irónico y buena parte de la militancia peronista devino sommelier de streamings, su territorio es el celular y su contacto con la realidad alguna anécdota personal en una aventura antropológica por el conurbano.

Algunos meses atrás, el presidente había prometido no volver a insultar. Faltó a su palabra. La razón es simple: es su manera de gobernar.

No hay comentarios: