Esta semana, el presidente Javier Milei estuvo twitteando durante ocho
horas seguidas una catarata de insultos e improperios a usuarios y periodistas
de medios tradicionales. Aunque la intensidad y la extensión es llamativa, no
se trata de una práctica novedosa. Según un informe de FOPEA, entre el 10 de
diciembre de 2023 y el 15 de septiembre de 2025, el presidente argentino hizo
113.649 posteos entre originales y compartidos, de los cuales 16.802 contenían
insultos, esto es, un 15,2% del total. “Kuka” encabeza la lista con 2286
menciones; le sigue “casta” con 1815; “delincuente” está en tercer lugar con
1023; “mandril” ocupa el cuarto puesto con 904 y luego, ya con menos de 700
menciones, aparecen “corrupto”, “ensobrado”, “violento”, “degenerado”,
“mentiroso” y “terrorista”.
Desde este espacio vamos a evitar caer
en el tono serio y el gesto adusto que advierte sobre los peligros que esta
dinámica trae aparejada para el bien de las instituciones. No porque sea falso
sino porque es un lugar común pero, sobre todo, porque es una crítica que no
interpreta el espíritu de época.
Es que el periodismo libre es muy
importante y preferimos un debate público en buenos términos, pero también
consideramos que unos cuantos periodistas impunes capaces de arruinar la vida
de personas y de hacer operaciones de prensa, bien merecen, al menos de vez en
cuando, un recordatorio de su carácter humano. La vida pública tiene esto y una
puteadita no se le niega a nadie. Hay que bancarse la pelusa o dedicarse a otra
cosa.
La pasión por el insulto que exhibe el
presidente puede analizarse desde diferentes ángulos. Probablemente el más
evidente sea pensarlo en el marco de la nueva forma de comunicación típica de
líderes antiestablishment. Si el sistema de reglas incluye una burocracia
pacata de buenos modales preocupada por nombrar sin ofender a nadie, en la cruzada
mileísta por la libertad, el insulto es un aspecto más de la batalla contra la
casta y la confirmación de aquello que el votante valoró: su presunta
autenticidad. Milei putea como puteás vos y cada vez que un periodista se
victimiza, el espíritu plebeyo e igualitarista de la revolución mileísta
encuentra allí un privilegio.
Pero lo más importante es que el
insulto constante puede ser una forma de redefinir una forma de ejercer el
poder. El ideal del estadista pos segunda guerra mundial era el hombre moderado,
racional, el que sabía encontrar el justo punto medio, etc. Bajo el horizonte
de la tradición liberal-republicana, donde la concentración del poder es el
problema, el liderazgo de la segunda mitad del siglo XX demostraba su grandeza
controlándose. Se trataba de un atributo personal dentro de un sistema de
equilibrio de poderes. En los nuevos liderazgos, el poder se ejerce chocando
contra los límites institucionales y exhibiendo la total carencia de
autocontrol. La moderación aparece así como una impostación y una defección
frente a la casta.
En el caso particular de Milei, además,
parece haber una necesidad complementaria de ser reconocido y de establecer
jerarquías. Aun a riesgo de cierta psicologización de la política que siempre
trato evitar, es evidente que en esta búsqueda de ser valorado y erigirse en un
pedestal de supuesto saber (algo que no ha sido refrendado por su carrera
académica), el insulto ocupa un lugar central. Analíticamente podemos
distinguir dos movimientos porque, al insultar, se está nombrando,
categorizando y etiquetando, pero, al mismo tiempo, se está jerarquizando:
quien es denominado “mierda humana” es categorizado, recibe un bautismo
ontológico, pero a la vez, es degradado. Una mierda humana no puede formar
parte del debate público, está excluida de la comunidad y, automáticamente, es
ubicada en un lugar de inferioridad.
En estos tiempos donde la cultura
hegemónica es dominada por el constructivismo lingüístico que cree poder
cambiar el mundo con palabras, un tipo como Milei, mucho más cómodo en el mundo
de los números, la virtualidad, el laboratorio y la retracción social, brinda
su batalla cultural buscando erigirse como el gran enunciador, aquel que
demuestra su poder nombrando y categorizando. Es el trillado pasaje de Alicia en el país de las Maravillas en
el que Humpty Dumpty le muestra a la protagonista que el significado de las
palabras no depende de la sociedad sino del poder. Al nombrar insultando,
entonces, Milei quiere demostrar que es el que manda y que es él el que
determina las jerarquías.
Desde otra perspectiva,
naturalmente, se puede pensar el insulto como una forma de irrumpir en la
dinámica comunicacional actual donde lo único que se disputa es la atención.
Puede que sea cierto, pero tampoco veo allí una estrategia sistemática. Una vez
más, de Milei se podrá decir de todo, pero nadie afirmará que es inauténtico.
Con todo, me interesa otra perspectiva de esta forma de comunicar y pensar el
insulto presidencial como un acto de comunicación que apunta menos al sujeto
insultado que al observador. Y no me refiero a su obvio efecto en terceros en
el sentido de fomentar autocensura. Eso es evidente. Pero quizás haya otro
efecto más interesante en el sentido de que el presidente crea una suerte de
teatro de poder, una escena de humillación pública para goce de terceros. Son
los millones de usuarios festejando cómo alguien (en este caso, el presidente)
“doma” a su víctima. El destinatario gramatical es el
periodista, economista, político, etc. Pero el destinatario político es la audiencia que mira cómo el presidente
humilla. El adversario es casi un objeto escénico modelado por el poder. Digo esto advirtiendo que
jamás encontrarán en estas líneas la crítica buenista de Milei como un
gobernante cruel, pues, en todo caso, crueldad (y cinismo) era también hablar
de Estado presente con más de 200% de inflación.
Dediquemos los párrafos finales a la comparación con
Alberdi. En éste existía un ideal utópico que se efectivizaría trasplantando
inmigrantes y, con ello, sus hábitos. Se necesitaba producir una nación
partiendo del vacío republicano de nuestras tierras.
Milei es, también, claramente, un utopista refundacional
que quiere producir una determinada sociedad. En este caso, no lo hará con
inmigrantes sino desde la batalla cultural que en el ensimismamiento del
presidente y su dificultad para el vínculo social, se da en el ámbito del
lenguaje. Nombrar insultando, categoriza y jerarquiza, establece quiénes pueden
ser escuchados y quién está arriba y abajo. La única redistribución que propone
Milei es la de la humillación de todos aquellos que osen criticarlo en una
dinámica de purga interna que lo lleva a la unanimidad del sí mismo. Ese teatro
de la humillación, crea espectadores antes que ciudadanos, idiotas en el
sentido clásico, esto es, individuos que no pueden salir de sí mismos y
desprecian la cosa pública. Esto, por cierto, no se expresa solamente en la
tropa mileísta: la izquierda se viraliza con videos bizarros “anticapialistas”
de consumo irónico y buena parte de la militancia peronista devino sommelier de
streamings, su territorio es el celular y su contacto con la realidad alguna
anécdota personal en una aventura antropológica por el conurbano.
Algunos meses atrás, el presidente había prometido no
volver a insultar. Faltó a su palabra. La razón es simple: es su manera de
gobernar.
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