viernes, 14 de agosto de 2026

Yo voto al Cara de tacho de basura (publicado el 15.8.26 en www.disidentia.com)

 

El líder populista es denunciado por corrupción y, en tanto tal, no tiene mejor idea que renunciar a su cargo de diputado del parlamento británico para, de esa manera, forzar una nueva elección, volver a presentarse y demostrar que “el pueblo” está por encima de la ley.

La estrategia es advertida por los partidos de mayor peso que deciden no presentarse para hacerle el vacío y quitarle legitimidad a la jugada. Aun así, un número récord de 33 candidatos decide hacerle frente, pero hay uno en particular que sobresale: Count Binface, o el Conde Cara de tacho de basura (CCTB), un personaje creado por un humorista que se presenta como un guerrero intergaláctico que porta un extraño traje metalizado coronado, precisamente, con un tacho de basura en su cabeza. Parece un sketch de los Monty Python o el argumento de una serie distópica, pero es real y acaba de ocurrir esta semana: el renunciado diputado en cuestión es nada más y nada menos que Nigel Farage, el líder popular que muchos señalan como el hacedor del BREXIT; el lugar es la pequeña ciudad de Clacton, y CCTB es la invención de Jon Harvey, el humorista que una vez más incursiona en política con su personaje. La novedad es que esta vez las encuestas más serias llegaron a darle, en los días previos a la elección, hasta un 20% de la intención de voto.

CCTB ha lanzado un manifiesto con 20 propuestas en el que se combinan desde las más delirantes a algunas bastante más serias. Entre ellas:

Impulsaré la economía, el prestigio y la fama de la región; reduciré tus impuestos y aumentaré los de todos los demás; las tarifas de autobús tendrán un tope de £1,99, y los helados 99 Flake no costarán más de 99 peniques; los diputados que renuncien a mitad de mandato tendrán prohibido presentarse a la elección parcial resultante; me comprometo a construir al menos una vivienda asequible; los juegos de máquinas de arcade en los que hay que agarrar objetos serán hechos más justos, para que los jugadores realmente tengan posibilidades de ganar; un impuesto extraordinario sobre las novelas policiales de ambiente acogedor escritas (o «escritas») por celebridades; los baches serán rellenados utilizando copias del manifiesto del Partido Laborista de 2024; el Parlamento será trasladado a mi nueva sede en un contenedor de basura en Weeley, mientras el Palacio de Westminster es restaurado, y [promoveré] un referéndum sobre si Plutón debería recuperar su condición de planeta.

A propósito de series distópicas, lo primero que se viene a la mente ante un hecho como este es el ya mítico capítulo de la segunda temporada de Black Mirror: The Waldo Moment

Allí el protagonista es Jamie Salter, un comediante fracasado que trabaja dando voz y movimiento a Waldo, un oso azul animado generado por computadora. Waldo aparece en un programa satírico de televisión y se dedica a entrevistar a políticos, básicamente ridiculizándolos y haciéndolos quedar en evidencia. El quiebre se produce cuando el productor tiene la ocurrencia de instalar una presunta candidatura de Waldo aunque más no sea como forma de publicidad. Sin embargo, la gran sorpresa es que Waldo comienza a recibir el apoyo ciudadano en tanto encarnaría el hartazgo y la antipolítica radical. En lugar de votar en blanco o poner una feta de jamón en el sobre, ¿por qué no votar a un oso azul o un guerrero intergaláctico con un tacho de basura en la cabeza?

Waldo se burla de la política; acusa a los políticos de farsantes, los ridiculiza y elude el lenguaje del debate público tradicional, es decir, juega todas las cartas del cinismo clásico y del outsider, rasgos que hemos visto muy presente en líderes que, por izquierda o por derecha han encontrado eco entre los ciudadanos gracias a su prédica antisistema.   

Aun cuando, con el desarrollo de la trama, quien le daba voz a Waldo se arrepiente, el episodio muestra cómo su criatura acaba autonomizada y cómo su rol es fácilmente reemplazable. Jamie era solo un engranaje y Waldo el antisistema funcional al sistema. 

Llegados a este punto, resulta obvio conectar a Waldo con CCTB pero más interesante es notar que es Farage y ese tipo de liderazgos quienes se parecen demasiado a Waldo y a CCTB. Esto es lo que en una red social se graficaría con el meme de los hombres araña que son iguales y se señalan el uno al otro como presuntos impostores. Decir “yo no soy un político” o afirmar enfrentar al establishment choca aquí con quien, desde el ridículo, señala que ahora el líder populista es el político, que el líder populista es (también) el establishment. Si Farage se hizo popular desafiando a Westminster, a las élites, los partidos tradicionales y las instituciones, ahora le sale un outsider más outsider todavía para recordarle que él también es “el poder” o que, en todo caso, en esta elección él es “la casta” y el que ha provocado esta elección adrede para tapar, con apoyo popular, una presunta prebenda en forma de regalo de 5 millones de libras de parte de un inversor en criptomonedas. 

Luego hay otra lectura posible: frente al candidato tradicional que tiene, por lo pronto, un rostro humano, una identidad partidaria, un programa, una biografía y un discurso, CCTB es el candidato puro significante vacío en el que el ciudadano de a pie puede encarnar todas sus broncas, todo lo que quiere y merece ser tirado a la basura. En CCTB proyectamos nuestra indignación, lo mismo que suele suceder con los candidatos populistas que reciben apoyo por su presunta autenticidad o simplemente por no formar parte de la casta política como si ello, por sí mismo, supusiera ya una virtud.  

El resultado de la elección puede resultar anecdótico, especialmente porque se trata de un distrito pequeño, pero al tiempo de cerrar estas líneas, CCTB estaba superando las expectativas y obtenía un increíble 26,7% de los votos, ubicándose detrás de Farage quien había alcanzado un 62,8%. Si agregamos a esto que solo hubo una participación de alrededor del 44%, notamos que el desprestigio de la política es total pero, sobre todo, nos ayuda a imaginarnos qué es lo que podría venir el día después del fracaso del discurso antiestablishment. En otras palabras, ya se ha comprobado que existe una gran recepción para prédicas antisistema, especialmente cuando crece la insatisfacción contra el modelo de reglas tal como se construyó en Occidente después de la segunda guerra mundial. Pero si lo otro del discurso anticasta no es el regreso de la casta sino una nueva capa todavía más radical que logra diferenciarse de los que hasta ahora parecían outsiders radicales, el futuro nos deparará cada vez más casos como el de CCTB.

Miremos a nuestro alrededor: lo que era imposible 5 o 10 años atrás en el mundo hoy ya no lo es; los candidatos que eran objeto de burla ayer, son los que gobiernan hoy. Sería una apuesta muy arriesgada jugar un pleno a que, después del outsider, llegará el momento de la cordura.  

 

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