“Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” Esas
son las últimas palabras de Klaus Kinski personificando a Lope de Aguirre en la
famosa película dirigida por Werner Herzog, y lanzada en 1972, Aguirre, la ira
de Dios.
Sin pretensiones de rigor histórico, el reconocido director
alemán se inspira en la expedición que, allá por el año 1560, llega hasta el
Amazonas en búsqueda del mítico El Dorado, la ciudad de oro. Como se puede ver
en la película, a lo largo del trayecto, Aguirre instiga el asesinato de Pedro
de Ursúa y envía una carta a Felipe II donde dice desconocer el dominio español
y se declara en insurrección. Las crónicas indican que, además, llega hasta la
isla de Margarita, siembra el terror, avanza contra las autoridades españolas y,
acorralado, decide matar a su propia hija para evitar que sea violada por la
turba. Finalmente, Aguirre acaba ejecutado por sus propios hombres en
Barquisimeto. Su cuerpo fue descuartizado y su cabeza exhibida como trofeo.
Como les indicaba anteriormente, a Herzog no le interesa
contar toda la historia sino exponer la catábasis,
el viaje al infierno del protagonista en su delirio mesiánico rodeado de
hambre, muerte, enfermedad y locura. No se trata, entonces, de una película
histórica sino de un viaje metafísico hacia la descomposición. En este sentido,
como una tragedia griega, el final ya lo sabemos todos y es lo que menos
importa.
La película viene a cuento porque se trata de una
metáfora extraordinaria para exponer los procesos de deriva política, la
megalomanía y el fracaso de los proyectos totalizantes encarnados en el líder.
En este sentido, un primer aspecto a resaltar es el
contexto salvaje del Amazonas, la forma en que la expedición, con sus caballos
y sus “atuendos extraños”, chocan con el entorno, como una artificialidad
trasplantada, objetos que no pertenecen a ese espacio. La realidad mostraba que
el proyecto era delirante e imposible de alcanzar, como la propia ciudad de El
Dorado. Pero Aguirre había perdido el contacto con la realidad. De hecho, en
una imagen que, en algún punto daba indicios de lo que Herzog ensayaría en
Fitzcarraldo tratando de trasladar un barco a través de la montaña sin efectos
especiales, hacia el final se observa a la tripulación y al propio Aguirre
vivir lo que parece ser un delirio colectivo cuando observan una embarcación
colgando de un árbol.
Así, el descenso de Aguirre es la lenta pero inexorable
consecuencia de una deriva política, de un proyecto que nunca fue otro que sí
mismo y que no encuentra compañeros en el camino sino súbditos; el compañero de
hoy es solo el traidor de mañana; las lealtades son siempre circunstanciales
puesto que, el pobre Aguirre, ni siquiera tiene hermana. Conforme el viaje
avanza y la descomposición se hace evidente, se observa que el poder en sí es
un poder que ya no administra nada, sino solo un ego. Si el resto obedece es
solo por costumbre y cobardía. Prefieren
obedecer al loco antes que no obedecer a nadie porque lo que necesitan es obedecer.
La megalomanía de Aguirre, por
otra parte, se observa en que, ante la adversidad, redobla la apuesta: la tripulación muere, no
hay comida, la barca se dirige hacia ninguna parte, como el proyecto de
Aguirre, hay traiciones internas y enemigos externos, pero Aguirre no cesa y
dice que va a conquistar un espacio de tierra mayor a la extensión de España.
Cuanto más evidente es el fracaso, más grita y más avanza. Volver atrás no
sería una decisión sensata sino una defección para consigo mismo.
Asimismo, hay algo que trabaja bien la película y que es
cierto clima alucinatorio, el cual remite a la atmósfera de Apocalypse Now. No
solo la escena del barco colgando del árbol, sino la relación con los indios.
Salvo una escena de contacto directo, los indios no aparecen nunca en escena:
son solo flechas que provienen de la selva profunda. Cada vez que las flechas
alcanzan algún tripulante, Aguirre ordena disparar su cañón hacia algún lugar
indefinido de la selva porque nunca puede entender de donde vienen esas
flechas. El propio Herzog nos deja escenas donde lo único que se ve son flechas
volando como si no tuvieran origen. La desesperación es total y profundiza la
paranoia que no cesa ni con la purga interior contra cualquier miembro de la
tripulación que osara poner en tela de juicio la decisión del líder.
Llegando al final, el clima es cada vez más asfixiante
ayudado por el entorno del Amazonas. Pero es como si la naturaleza, la barbarie,
se fuera cerrando sobre lo que pretendía ser un proyecto civilizatorio (la
tripulación lleva, como no podía ser de otra manera, un sacerdote para
evangelizar a los salvajes), clave que está presente en nuestra historia desde
Sarmiento hasta la mirada sobre el peronismo y el antiperonismo como encarnando
cada uno de los polos.
Pero volvamos a la escena final. Kinski está sobre la
balsa en el medio del río. Toda la tripulación ha muerto. Se dice que la escena
fue grabada así de manera fortuita porque a Herzog se le va de las manos la
idea original, y la balsa que navega a la deriva se llena de monitos
descontrolados (no eran mandriles, por cierto, sino monitos ardilla). Es allí
cuando Kisnki toma a uno de ellos en la mano y pronuncia “Yo soy la ira de
Dios. ¿Quién más está conmigo?” para luego arrojar al monito al agua. El que
pretendía conquistarlo todo, está solo discurseando ante monos; el Rey de la
nada se ha quedado sin súbditos y, reducido a una condición animal, es el líder
de un mundo que no existe y que nunca había existido más que como proyecto de
una mente febril. La voluntad de dominio devino aislamiento. El destino, al
menos en la película, ni siquiera le depara una muerte épica: su lucha fue
contra los subordinados (que en la vida real finalmente lo terminan ejecutando,
por cierto); rodeado de animales la máscara del conquistador cae y deja ver la
caricatura patética.
El Dorado no llega ni llegará. Ya no hay poder. Solo
inercia. La clase magistral queda reservada a unos monitos que no la entenderán
y con los que acabará peleándose. No sabemos si es el final de un hombre, de su
autocontrol, de una ideología o de un sistema. La balsa va… la ira de Dios (y
de la Argentina) está sola, a la deriva.
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