miércoles, 27 de mayo de 2026

Liderazgo mileísta: ¿populismo o vanguardia? (editorial del 9.5.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás se publicó en español un pequeño libro, Fascismo y populismo, de Antonio Scurati, profesor de literatura comparada en la universidad de Milán y reconocido por ser el autor de la saga en la cual se basó la extraordinaria serie Mussolini, el hijo del siglo. 

A propósito del debate actual alrededor de las nuevas derechas y esa tendencia de algunos sectores de denominarlas fascistas o neofascistas, la hipótesis de Scurati es que estos nuevos emergentes, antes que fascismo, lo que habrían heredado de Mussolini sería su populismo. Scurati menciona siete características del populismo y, en alguna ocasión, en este mismo espacio, nos hemos servido de ellas para argumentar, justamente, que en Milei hay populismo, pero no fascismo. Sin embargo, hay una característica en particular sobre la que quisiera detenerme porque, en ella, la figura de Milei no encaja o, en todo caso, se trata de un elemento que bien supondría algunas reflexiones.

Me refiero al nuevo tipo de liderazgo que habría inaugurado Mussolini, esto es, un liderazgo que guía a las masas, ya no por ponerse al frente de ellas sino por acompañarlas. De hecho, Mussolini se autodefinía como “el hombre del después”, en el sentido de que llegaba a los acontecimientos políticos una vez sucedidos, luego de la determinación popular. 

Esta idea de no ir por delante se entiende mejor con la caracterización que hace Scurati del Mussolini más joven que diferiría de aquel de los años 30 y 40 que ya posee una concepción del hombre nuevo, un programa articulado, etc. Para el Mussolini “original”, el líder “no tiene ni debe tener ideas propias, carece de convicciones irrenunciables, no guarda fidelidad, no guarda lealtad, carece de estrategias a largo plazo, no guía a las masas hacia una meta lejana y elevada, que él atisba, pero las masas no ven. Muy al contrario, ese líder solo conoce tácticas y ninguna estrategia, solo oportunidades y ninguna convicción, solo praxis y ninguna teoría”.

Evidentemente esta descripción no hace justicia con Milei pues el actual presidente parece ser exactamente lo contrario: tiene ideas que defiende dogmáticamente, tiene una concepción de la fidelidad que le hace sostener personajes que no lo merecerían, su estrategia de transformación es a largo plazo y refundacional, guía a las masas hacia metas que rozan lo místico, privilegia la estrategia antes que la táctica y se abraza a la convicción y a la teoría antes que a las oportunidades y a la praxis. Por supuesto que podría haber contraejemplos (y los hay) pero digamos que, siguiendo la caracterización que hace Scurati, el accionar de Milei pareciera ser casi el opuesto al del joven populista Mussolini.

Ahora bien, claro está, la gran paradoja en este sentido es que, con ello, Milei reproduce el tipo de liderazgo propio de las vanguardias de izquierdas que, aun cuando contaban con antecedentes previos, aparecen con claridad durante la época leninista: son los intelectuales organizados los que “desde afuera” guían a las masas de trabajadores y al pueblo hacia la emancipación. Esta herencia fue muy clara en las guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70 y permanece en aquellos espacios de centroizquierda tan afectos a la ingeniería social y a esgrimir una supuesta superioridad tanto moral e intelectual por abrazar a quien se autoperciba víctima y/o haber pisado una universidad.

Al igual que las vanguardias, entonces, Milei no es “el hombre del después” sino, justamente, “el que llega antes”, es el león, el que lidera, más allá de que por razones psicológicas hay buenas razones para suponer una dependencia, quizás hasta patológica, con la hermana. Pero nadie vota a la hermana sino a él y la vanguardia de Milei es, al igual que la de las izquierdas, tanto moral como intelectual, más allá de que cada vez le cueste más sostener ambas. Porque, moralmente hablando, los escándalos ANDIS, LIBRA, el de “el profe” Espert y, ahora, el de Manuel “Cascada” Adorni, hacen que cada alusión del presidente a la presunta superioridad de su moral sea vista como un ejercicio hipócrita; en cuanto al punto de vista intelectual, como alguna vez mencionamos aquí también, el escándalo LIBRA, que lo obliga a reconocer, o bien que ha sido cómplice de una estafa, o bien a aceptar que no sabe nada de criptos, esto es, de lo que supuestamente sabe, supuso una herida potente que se acrecienta en la medida en que la economía y el modelo empieza a mostrar fatiga y amesetamiento, para decirlo con generosidad. Esto será particularmente problemático si se cumple con el “principio electoral” de que la gente no vota dos veces el mismo activo. En este caso, refiero al activo de la baja de la inflación que pudo haber sido valorado en 2025 pero quizás no lo sea ya en 2027, especialmente si queda estacionado en un número de entre 2 y 3% mensual.     

Milei no sería así el “hombre del después” sino que la gente, el pueblo, sería la que ha llegado después a las ideas de la libertad que al líder esclarecido ya le habían sido reveladas. Esto supondría que ha sido el pueblo el que se identificó con Milei y no a la inversa. Por cierto, creo que es así porque vio en él el representante de lo desquiciado y, sobre todo, del azote, de la revancha. “Este tipo está roto, tiene bronca y quiere romper todo como yo”. No se trataba de estar mejor, sino de que los supuestos responsables de que yo esté mal, lo paguen. El tipo que supone que la redistribución es un robo, fue votado para que redistribuya el castigo de ser argentino, de aquí que lo de Adorni pegue en el eje: el votante puede permitir una continuidad temporal de la malaria, pero lo que no va a admitir es la existencia de nuevos privilegiados “con la suya”. El voto plebeyo que acompañó a Milei puede seguir comprando expectativas subido a la retórica individualista del rendimiento y el esfuerzo, pero no aceptará el afano o, en todo caso, no aceptará que alguien afane tan boludamente, que no es lo mismo, pero es igual. A su vez, desde aquí, agregamos algunos requisitos más: un toque de inteligencia, un esfuerzo por el buen gusto y algo del orden de la sorpresa. Porque no se puede pretender tanta impunidad siendo tan soberbio y no se puede ser tan tilingo, tan grasa, para, con la primera guita (presuntamente afanada), ponerte pelo, arreglarle los dientes a tu mujer, ir a vivir al country, construir una cascada en tu casa, y viajar a Punta y a New York para comprar carteras y trajes caros en una suma que, algunos estiman, rondaría los 800.000 USD. No, hay que dejar pasar una, al menos.

Retomando el eje de estas líneas, podría decirse que el estadista es aquel que es capaz de manejar los dos tipos de liderazgos y reconocer en qué momento ser el líder que debe llegar antes y cuándo ser el líder que camina detrás del pueblo. Supondría un artículo aparte, pero presidentes que sobrevinieron después de grandes crisis, Alfonsín, Menem y Kirchner, por ejemplo, tuvieron algo de eso, independientemente de cómo hayan finalizado sus mandatos. El más cercano, Kirchner, necesitaba sin duda interpretar el momento histórico, la necesidad de la gente, dejarse llevar; sin embargo, al mismo tiempo, adoptó una agenda que no estaba en la primera línea de reivindicaciones y, desde allí, construyó un espacio que, digamos, prácticamente dominó la política argentina por 20 años. Fue el hombre del después pero también el que desde adelante dijo “hay que ir por acá” y la gente lo siguió. Este punto es clave, porque contra la retórica populista, tampoco es cierto que el pueblo quiera simplemente un líder que lo siga. También quiere un proyecto, una meta, una propuesta, una guía. Las dos cosas son ciertas. Si el líder solo hace lo que quiere el pueblo, no solo puede caer en la demagogia barata, sino que puede llegar a ser visto como una figura reemplazable; pero si solo es una vanguardia esclarecida, la soledad, la paranoia y los amigos del poder, hacen que el líder olvide que hay momentos donde tiene que volver a caminar detrás de la gente.

El actual gobierno lleva dos meses enfrascado torpemente en el caso Adorni, figura menor que solo se sostiene por el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Es difícil pedirle a Milei que camine detrás de la gente o que, al menos, escuche lo que se vive en el día a día. Pero, de vez en cuando, el líder de vanguardia debe al menos girar la cabeza y ver si hay alguien acompañando sus ideas detrás. No sea cosa que, de tan convencido por su causa y su misión, el día que recuerde girar la cabeza, observe que la gente ha quedado allá, bien lejos, y que los únicos que lo han acompañado son su hermana y unos perros clonados con nombres de economistas.    

 

 

 

 

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