Algunos meses atrás se publicó en
español un pequeño libro, Fascismo y
populismo, de Antonio Scurati, profesor de literatura comparada en la
universidad de Milán y reconocido por ser el autor de la saga en la cual se basó
la extraordinaria serie Mussolini, el hijo del siglo.
A propósito del debate actual
alrededor de las nuevas derechas y esa tendencia de algunos sectores de
denominarlas fascistas o neofascistas, la hipótesis de Scurati es que estos
nuevos emergentes, antes que fascismo, lo que habrían heredado de Mussolini
sería su populismo. Scurati menciona siete características del populismo y, en
alguna ocasión, en este mismo espacio, nos hemos servido de ellas para
argumentar, justamente, que en Milei hay populismo, pero no fascismo. Sin
embargo, hay una característica en particular sobre la que quisiera detenerme
porque, en ella, la figura de Milei no encaja o, en todo caso, se trata de un
elemento que bien supondría algunas reflexiones.
Me refiero al nuevo tipo de
liderazgo que habría inaugurado Mussolini, esto es, un liderazgo que guía a las
masas, ya no por ponerse al frente de ellas sino por acompañarlas. De hecho,
Mussolini se autodefinía como “el hombre del después”, en el sentido de que
llegaba a los acontecimientos políticos una vez sucedidos, luego de la determinación
popular.
Esta idea de no
ir por delante se entiende mejor con la caracterización que hace Scurati del
Mussolini más joven que diferiría de aquel de los años 30 y 40 que ya posee una
concepción del hombre nuevo, un programa articulado, etc. Para el Mussolini
“original”, el líder “no tiene ni debe tener ideas propias, carece de
convicciones irrenunciables, no guarda fidelidad, no guarda lealtad, carece de
estrategias a largo plazo, no guía a las masas hacia una meta lejana y elevada,
que él atisba, pero las masas no ven. Muy al contrario, ese líder solo conoce
tácticas y ninguna estrategia, solo oportunidades y ninguna convicción, solo
praxis y ninguna teoría”.
Evidentemente esta descripción no
hace justicia con Milei pues el actual presidente parece ser exactamente lo
contrario: tiene ideas que defiende dogmáticamente, tiene una concepción de la
fidelidad que le hace sostener personajes que no lo merecerían, su estrategia
de transformación es a largo plazo y refundacional, guía a las masas hacia metas
que rozan lo místico, privilegia la estrategia antes que la táctica y se abraza
a la convicción y a la teoría antes que a las oportunidades y a la praxis. Por
supuesto que podría haber contraejemplos (y los hay) pero digamos que,
siguiendo la caracterización que hace Scurati, el accionar de Milei pareciera
ser casi el opuesto al del joven populista Mussolini.
Ahora bien, claro está, la gran
paradoja en este sentido es que, con ello, Milei reproduce el tipo de liderazgo
propio de las vanguardias de izquierdas que, aun cuando contaban con
antecedentes previos, aparecen con claridad durante la época leninista: son los
intelectuales organizados los que “desde afuera” guían a las masas de
trabajadores y al pueblo hacia la emancipación. Esta herencia fue muy clara en
las guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70 y permanece en aquellos
espacios de centroizquierda tan afectos a la ingeniería social y a esgrimir una
supuesta superioridad tanto moral e intelectual por abrazar a quien se
autoperciba víctima y/o haber pisado una universidad.
Al igual que las vanguardias,
entonces, Milei no es “el hombre del después” sino, justamente, “el que llega
antes”, es el león, el que lidera, más allá de que por razones psicológicas hay
buenas razones para suponer una dependencia, quizás hasta patológica, con la
hermana. Pero nadie vota a la hermana sino a él y la vanguardia de Milei es, al
igual que la de las izquierdas, tanto moral como intelectual, más allá de que
cada vez le cueste más sostener ambas. Porque, moralmente hablando, los
escándalos ANDIS, LIBRA, el de “el profe” Espert y, ahora, el de Manuel
“Cascada” Adorni, hacen que cada alusión del presidente a la presunta
superioridad de su moral sea vista como un ejercicio hipócrita; en cuanto al
punto de vista intelectual, como alguna vez mencionamos aquí también, el
escándalo LIBRA, que lo obliga a reconocer, o bien que ha sido cómplice de una
estafa, o bien a aceptar que no sabe nada de criptos, esto es, de lo que
supuestamente sabe, supuso una herida potente que se acrecienta en la medida en
que la economía y el modelo empieza a mostrar fatiga y amesetamiento, para
decirlo con generosidad. Esto será particularmente problemático si se cumple con
el “principio electoral” de que la gente no vota dos veces el mismo activo. En
este caso, refiero al activo de la baja de la inflación que pudo haber sido
valorado en 2025 pero quizás no lo sea ya en 2027, especialmente si queda
estacionado en un número de entre 2 y 3% mensual.
Milei no sería así el “hombre del
después” sino que la gente, el pueblo, sería la que ha llegado después a las
ideas de la libertad que al líder esclarecido ya le habían sido reveladas. Esto
supondría que ha sido el pueblo el que se identificó con Milei y no a la
inversa. Por cierto, creo que es así porque vio en él el representante de lo
desquiciado y, sobre todo, del azote, de la revancha. “Este tipo está roto,
tiene bronca y quiere romper todo como yo”. No se trataba de estar mejor, sino
de que los supuestos responsables de que yo esté mal, lo paguen. El tipo que supone
que la redistribución es un robo, fue votado para que redistribuya el castigo
de ser argentino, de aquí que lo de Adorni pegue en el eje: el votante puede
permitir una continuidad temporal de la malaria, pero lo que no va a admitir es
la existencia de nuevos privilegiados “con la suya”. El voto plebeyo que
acompañó a Milei puede seguir comprando expectativas subido a la retórica
individualista del rendimiento y el esfuerzo, pero no aceptará el afano o, en
todo caso, no aceptará que alguien afane tan boludamente, que no es lo mismo,
pero es igual. A su vez, desde aquí, agregamos algunos requisitos más: un toque
de inteligencia, un esfuerzo por el buen gusto y algo del orden de la sorpresa.
Porque no se puede pretender tanta impunidad siendo tan soberbio y no se puede
ser tan tilingo, tan grasa, para, con la primera guita (presuntamente afanada),
ponerte pelo, arreglarle los dientes a tu mujer, ir a vivir al country,
construir una cascada en tu casa, y viajar a Punta y a New York para comprar
carteras y trajes caros en una suma que, algunos estiman, rondaría los 800.000
USD. No, hay que dejar pasar una, al menos.
Retomando el eje de estas líneas,
podría decirse que el estadista es aquel que es capaz de manejar los dos tipos
de liderazgos y reconocer en qué momento ser el líder que debe llegar antes y
cuándo ser el líder que camina detrás del pueblo. Supondría un artículo aparte,
pero presidentes que sobrevinieron después de grandes crisis, Alfonsín, Menem y
Kirchner, por ejemplo, tuvieron algo de eso, independientemente de cómo hayan
finalizado sus mandatos. El más cercano, Kirchner, necesitaba sin duda
interpretar el momento histórico, la necesidad de la gente, dejarse llevar; sin
embargo, al mismo tiempo, adoptó una agenda que no estaba en la primera línea
de reivindicaciones y, desde allí, construyó un espacio que, digamos,
prácticamente dominó la política argentina por 20 años. Fue el hombre del
después pero también el que desde adelante dijo “hay que ir por acá” y la gente
lo siguió. Este punto es clave, porque contra la retórica populista, tampoco es
cierto que el pueblo quiera simplemente un líder que lo siga. También quiere un
proyecto, una meta, una propuesta, una guía. Las dos cosas son ciertas. Si el
líder solo hace lo que quiere el pueblo, no solo puede caer en la demagogia
barata, sino que puede llegar a ser visto como una figura reemplazable; pero si
solo es una vanguardia esclarecida, la soledad, la paranoia y los amigos del
poder, hacen que el líder olvide que hay momentos donde tiene que volver a
caminar detrás de la gente.
El actual gobierno lleva dos
meses enfrascado torpemente en el caso Adorni, figura menor que solo se
sostiene por el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Es difícil
pedirle a Milei que camine detrás de la gente o que, al menos, escuche lo que
se vive en el día a día. Pero, de vez en cuando, el líder de vanguardia debe al
menos girar la cabeza y ver si hay alguien acompañando sus ideas detrás. No sea
cosa que, de tan convencido por su causa y su misión, el día que recuerde girar
la cabeza, observe que la gente ha quedado allá, bien lejos, y que los únicos
que lo han acompañado son su hermana y unos perros clonados con nombres de
economistas.
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