lunes, 9 de julio de 2018

El modelo de la propina (editorial del 8/7/18 en no estoy solo)


Sé que entre los opositores a la administración de Cambiemos hay muchas y muy interesantes propuestas para categorizar a este gobierno. En este mismo espacio hablamos de la tensión entre su costado conservador y su liberalismo cool, y de la particularidad de haber elegido varios CEO de empresas para ocupar las principales líneas de responsabilidad. También advertimos la cultura emprendedorista que se intenta instalar y cómo su presunta lucha contra la pobreza elude la discusión sobre la redistribución del ingreso y obedece más a una formación de dirigentes en la que, en muchos casos, confluye liberalismo económico antiestatalista y solidaridad cristiana. Todos estos elementos están presentes de una u otra manera pero quizás, sin proponérselo, la que mejor ha sintetizado las principales características de la actual administración ha sido su aliada, Elisa Carrió, gracias a lo que bien podríamos denominar “modelo de la propina”.
Olvidémonos por un instante de los disparates de la diputada que, como diría la canción, si no fueran tan dañinos nos darían risa, y pasemos por alto la zoncera del periodismo que yendo a buscar al mozo que atendió a Carrió y que recibió solo 5 pesos de propina, actúa tan estúpidamente como actuaba el periodismo opositor al gobierno de CFK. Porque yendo a buscar al mozo se corre el eje de la discusión para instalarlo en el hecho de si Carrió es consecuente en sus acciones, cuando lo verdaderamente importante es que detrás de la poco feliz referencia a la propina, hay un modelo y un proyecto de país. En otras palabras, centrémonos en todo lo que rodea al pedido de dar propina que la referente de la Coalición Cívica dirigió a su base de sustentación, esto es, las clases medias y altas, porque allí hay una clara definición política. 
Es que, en primer lugar, en el modelo de la propina hay una burda alusión pseudo intuitiva a la lógica del derrame dando a entender que el consumo en las clases bajas puede sostenerse gracias a las sobras generosas de quien todavía puede tomarse un café o comer una pizza. Nadie pasa por alto que cualquier ingreso extra que reciban los sectores más desaventajados, por razones obvias, se traslada inmediatamente al consumo, pero presentada así la cuestión queda a merced de una iniciativa individual ajena a cualquier proyecto colectivo. Y así se la expone como una cuestión moral antes que política porque, como dijimos al principio, en el modelo de la propina no hay discusión sobre la redistribución puesto que el beneficio hacia los que menos tienen es producto de la solidaridad. En otras palabras, lo justo o lo equitativo queda sepultado detrás de la presunta generosidad del poderoso. En este punto el modelo de la propina tiene una compasión religiosa: en vez de cobrarle impuesto a los más ricos te propone una colecta solidaria y un “sol (oenegista) para los chicos”. 
Pero incluso se puede vislumbrar en este llamado a propiciar la economía informal un liberalismo económico bastante ramplón, aquel que cree que todo impuesto es confiscatorio desconociendo que el resguardo y protección de los derechos tiene un costo. Desde ya, esto no supone justificar gastos superfluos ni burocracias en un país en el que la presión impositiva es alta en las capas medias y generosa con los blanqueadores sectores más aventajados, pero llama la atención que algunos republicanos liberales pataleen exigiendo derechos y presencia estatal al tiempo que maldicen cada vez que le quieren cobrar impuestos. 
El cuarto elemento del modelo tiene que ver con una larga discusión en torno al concepto de propina que tiene interesantes intervenciones a lo largo del mundo pues el hecho de querer premiar el buen servicio de, eventualmente, un mozo o un empleado, acaba justificando sueldos magros y, en algunos casos, hasta inexistentes. Así, la responsabilidad del empleador desaparece y el empleado ni siquiera es el socio minoritario de la suerte del local sino que está a merced de la buena predisposición del consumidor.
Esto se enlaza con el último punto que quería destacar y refiere a la cuestión de la meritocracia, la autoexplotación y la introyección de la culpa. Es que la lógica de la propina tiene dos caras, o puede verse desde dos perspectivas. Una es la de la compasión religiosa y la solidaridad cristiana recién mencionada, esa que supone que hay que ayudar al menesteroso por el simple hecho de ser hijo de dios; y la otra es la estrictamente meritocrática, esto es, la propina como un incentivo al esfuerzo y un premio a la buena atención. Por supuesto que se trata de dos concepciones distintas y que en la lógica cristiana ese acto de solidaridad no lleva el nombre de “propina” estrictamente, pero en los dichos de Carrió es equivalente, y ambas concepciones conviven, en tensión, en el gobierno, porque representan las dos grandes tradiciones que confluyen en la formación de sus principales cuadros.
La propina meritocrática es, entonces, el emblema del empleado neoliberalizado, desregulado y uberizado, sin ningún tipo de contención formal y que es celebrado por ser un individuo aggiornado a la incertidumbre propia de los tiempos que corren. El mismo que cuando la propina es baja no lo adjudica a un modelo de ajuste sino al hecho de no haber hecho todo el esfuerzo que la labor requería y a no brindar la atención que el cliente merecía. Es el trabajador que no ve que la propina es algo que va más allá de un gesto solidario o un premio al mérito. Porque la propina es un modelo y un proyecto político. Toda una concepción del mundo.