domingo, 5 de febrero de 2017

Lo que oculta la posverdad

Con la decisión del diccionario de Oxford de designar a “posverdad” como la palabra del año, se consagró a una categoría que venía siendo tema de numerosos artículos y que había adoptado cierta masividad a partir de la publicación de la revista The Economist http://www.economist.com/news/leaders/21706525-politicians-have-always-lied-does-it-matter-if-they-leave-truth-behind-entirely-art . ”Posverdad” significa, según este diccionario: “Circunstancias en que los hechos objetivos son menos importantes, a la hora de modelar la opinión pública, que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”. Con la posverdad, entonces, no se busca dar herramientas para un análisis racional sino afianzar los prejuicios de modo tal que los hechos, o bien se adecuen, o bien choquen contra ellos.
Lo curioso es que la mayoría de los articulistas que enfocaron esta presunta novedad hacen referencia a que solo a través de la posverdad se pueden explicar el triunfo de Trump, el Brexit y el No al referéndum en Colombia. Es más, arrecian columnas de opinión en las que se les achaca a las redes sociales ser las principales causantes de la difusión de la posverdad. Podría decirse que estos puntos de vista algo de razón tienen y para ello obsérvense algunos datos.
El sitio web estadounidense politifact.com (http://www.politifact.com/personalities/donald-trump/) descubrió que alrededor del 85% de las aseveraciones de Trump fueron entre “medio verdaderas” (15%), “mayormente falsas” (19%), “falsas” (33%) y, lo que yo traduciría como, “aviesa y descaradamente mentirosas” (18%). Esto no sería tan problemático si la ciudadanía tuviera los anticuerpos para detectar esta habitualidad pero parece haber buenas razones para sospechar que hubo una campaña sucia de instalación de mentiras tal como sucedió aquí, por ejemplo, cuando se comprobó la existencia de miles de llamados telefónicos que vinculaban al padre de Daniel Filmus con Sergio Schoklender. Así, tal como publica el corresponsal del diario La Nación en España, Martín Rodríguez Yebra, en una pequeña ciudad de Macedonia llamada Veles (que nada tiene que ver con mi glorioso y amado club de fútbol, claro), se encontraron al menos 150 sitios web que se ocupaban exclusivamente de la política de Estados Unidos y que fueron los principales impulsores de las peores operaciones de prensa contra el partido demócrata. Si a esto lo complementamos con que la mayoría de los ciudadanos occidentales sub 40 se informan fragmentariamente a través de lo que circula en las redes sociales y que esa información, como también la de Google, es sesgada por algoritmos que seleccionan aquellas noticias que más se acomodan al interés y punto de vista del usuario, el fenómeno resulta alarmante y abre una enorme cantidad de interrogantes. El articulista de La Nación, como muchos otros, agrega que las expresiones de la derecha europea utilizan estos mismos artilugios como así también “los gobiernos autoritarios de Rusia, Turquía y Venezuela” (SIC). En otras palabras, parece que la posverdad es propiedad de la gente mala del mundo y de los gobiernos que no se adecuan al esquema de las sociedades liberales y republicanas. Pero ¿los demócratas en Estados Unidos no utilizan la mentira ni apelan a las emociones? ¿El PP en España tampoco a pesar de que Aznar perdió la elección por señalar a ETA como causante del atentado en Atocha y a pesar de que Rajoy no pudo formar gobierno durante casi un año jaqueado por casos de corrupción? ¿El PRO en Argentina tampoco utiliza la posverdad aun cuando Durán Barba (que ha escrito libros acerca de cómo persuadir al electorado a través de las emociones) estuvo implicado en la denuncia antes mencionada y aun cuando, a más de un año del debate presidencial, es flagrante la cantidad de promesas incumplidas por parte de Macri? La lista puede seguir y finalmente atañe a todo gobierno, del signo que sea, por izquierda o por derecha, y la podemos remontar bastante tiempo atrás porque la “posverdad” no es otra cosa que un concepto con buena sonoridad y apariencia de profundidad, algo muy importante para vender libros, pero que no hace más que condensar, con mucha ambigüedad, un signo de los tiempos posmodernos. Es más, podríamos incluso remontarnos a los orígenes de la democracia ateniense y la disputa entre Platón y los sofistas, en el que el primero acusaba a los segundos de despreocuparse por la verdad y vender al mejor postor técnicas de persuasión para digitar la conducta de las asambleas. De modo que la “posverdad”, en todo caso, lleva al menos 2500 años aunque, claramente, tomó una dinámica particular con la imprenta, el auge de la prensa y, actualmente, con las redes sociales.
En el caso de Trump, millones de personas replicaron a través de Facebook que Francisco había dado su apoyo al excéntrico magnate, que Bill Clinton había abusado de una menor de 13 años, que Obama era musulmán y que había sido fundador de ISIS. Si bien nadie puede probar que haya sido determinante, todas estas noticias circularon como todo el tiempo circulan denuncias falsas contra alguna personalidad pública sobre algún tema sensible para que el fascismo de lo políticamente correcto realice sus sentencias con prejuicios similares.
Con todo, lo interesante aquí es el modo en que los articulistas encaran esta problemática porque cometen varias peligrosas falacias. En primer lugar, utilizan la posverdad para defender el justamente castigado rol aséptico de los medios tradicionales. Efectivamente, indican que lo que circula en las redes no tienen ningún control de veracidad como sí lo tendrían los medios “serios”. Pero, ¿hace falta que pongamos ejemplos de las noticias falsas impulsadas por los medios tradicionales? Sin dudas que en las redes sociales circula con enorme velocidad cualquier tipo de información pero, salvo excepciones, la agenda la imponen los grandes medios o, en todo caso, se produce una retroalimentación entre los usuarios y esos medios. Esto, más que hablar mal de los usuarios, habla mal de los medios pues lo que sucede es que es tal la pauperización, tal el descrédito del periodismo profesional, que una noticia falsa inventada por un usuario es compatible con las operaciones de baja estofa que realizan los medios consagrados. En este sentido, si es que la posverdad es una novedad, lo es porque los medios tradicionales han renunciado a la verdad, incluso a la verosimilitud.
En segundo lugar, el fenómeno de la posverdad para desacreditar los resultados eleccionarios es una forma muy poco delicada de subestimación de los votantes pues indica que cualquier resultado que no sea a favor de los candidatos del establishment, está reñido con el sentido común, la racionalidad y es producto de la estupidez de la gente o de un estado de encantamiento. En la Argentina, como “posverdad” era una categoría un poco compleja, eligieron el término “relato” pero significa lo mismo y fue utilizado para explicar por qué la ciudadanía apoyaba mayoritariamente al espacio que estuvo en conflicto con el establishment. No había ninguna buena razón para apoyar al gobierno de los Kirchner, por lo tanto, o eras beneficiario de un plan social, o eras un corrupto, un fanático o un hipnotizado por la retórica populista de “la reina”.         
Para finalizar, entonces, al igual que con el término “relato”, la “posverdad” está siendo utilizada para ocultar algo. En este caso, se trata de ocultar la responsabilidad que han tenido el capitalismo financiero, la clase política y las corporaciones económicas (que son también dueñas de medios de comunicación), en la aparición de un Trump, en el surgimiento de mayorías que consideran que resignar ciudadanía en pos de una Europa neoliberal quizás no sea tan conveniente, y en una desmovilizada sociedad como la colombiana donde una abstención del 62,59% mostró que la población entendió que la paz no valía ni siquiera el ratito que conlleva trasladarnos a depositar nuestro voto.

     

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