viernes, 1 de julio de 2016

El imperdonable lujo de la fragmentación (publicado el 30/6/16 en Veintitrés)

Tras “la escena López” parecen haberse acelerado los tiempos de una diáspora en el Frente para la Victoria. Todo había comenzado con la salida del bloque liderado por Bossio, realizado antes de que comenzaran las sesiones ordinarias, y esta última semana continuó con el desprendimiento del bloque de diputados del Movimiento Evita. Asimismo, los rumores indican que en breve podría haber una nueva e importante ruptura con lo cual es posible que el bloque de diputados del FPV se reduzca a algunas decenas de lo que se conoce como “kirchnerismo duro”.
Con todo, hay un rasgo curioso y si bien nunca faltan los oportunistas, en algunos casos, ex gobernadores que, de repente, parecen haber nacido de un repollo y reniegan de las políticas y de la conducción que defendieron durante estos doce años y que les permitió ganar las elecciones en sus provincias, muchas de las rupturas no se hacen por razones estrictamente ideológicas si bien es verdad que muchos de los “escindidos” fueron capaces de apoyar políticas progresistas y de izquierda solo en tanto eran arrastrados por la conducción y el contexto de época de la región. Ahora bien, usted dirá, con razón, que algunos de los que rompieron ansiosamente con el bloque del FPV votaron a favor del acuerdo con los Buitres, lo cual, parecía un límite. Sin pretender justificar una acción que tendrá costos para generaciones de argentinos, es posible que muchos de los congresistas hayan tenido que sopesar sus convicciones con las necesidades, los reacomodamientos y, por qué no, con los aprietes, tanto del gobierno nacional como de los propios gobernadores que son los que deben poner la cara en cada uno de sus distritos. Seré claro: lo que quiero decir con todo esto es que aun con diferencias en algunos casos importantes y aun reconociendo que hay sectores que convivieron con cierta incomodidad con las reformas más progresistas del kirchnerismo, la fragmentación se debe más a diferencias con el modo de conducir que a razones ideológicas de fondo. Así lo afirmó públicamente, por ejemplo, el referente del Evita, “Chino” Navarro, quien, según trascendió en los medios, se habría reunido durante largas horas con la propia CFK la semana anterior, y le habría manifestado la necesidad de que ella tuviera una mayor presencia y un ejercicio efectivo de conducción más amplia que incluya, como lo hizo otrora, a sectores y referentes locales que durante años se sintieron desplazados o perjudicados por las decisiones que la expresidente tomaba.
Desde mi punto de vista, el momento elegido por el Evita para hacer la escisión no parece el adecuado pero también resulta claro que el pedido a Cristina de una mayor presencia y de una conducción más amplia se encuentra en buena parte de la militancia, incluso en los que la han defendido y la defenderán por siempre. En otras palabras, para quien ejerció el gobierno durante ocho años con una impronta de liderazgo formidable se espera algo más que apariciones circunstanciales con cartas en redes sociales. Esta “ausencia”, que no sabemos si se trata de una decisión de vida o de una estrategia política, genera sensación de orfandad en sus seguidores y sensación de acefalía en las organizaciones.  
Volviendo a la cuestión de las presuntas diferencias entre el kirchnerismo más duro y los otros sectores que conformaron el movimiento nacional en los últimos años, cabe remitirse al Encuentro “El peronismo en el bicentenario de la independencia”, organizado por el PJ en Formosa el 23 y 24 de junio. Sin presencias de referentes de La Cámpora ni del massismo ni de Bossio, el documento final que se proponía como un ejercicio de actualización doctrinaria, resaltó los logros de los doce años mencionando con nombre propio a Néstor Kirchner y a CFK para escándalo de ciertos sectores progresistas porteños que durante años fueron parte del FPV y cada vez que hablan del PJ y de gobernadores como Insfrán repiten como un mantra todos los prejuicios habidos y por haber mientras conocen la realidad de esas provincias y las organizaciones que allí trabajan desde arriba de una combi, con guía turística y leyendo manuales de algún politólogo que habla de clientelismo y de políticas indígenas como una aventura antropológica y desde revistas que se escriben en francés.
En el documento final del Encuentro se afirmó que a las tres banderas clásicas del peronismo, habría que agregarle una fuerte impronta federalista, el compromiso con la construcción de una “Patria Grande” y uno de los elementos identitarios del kirchnerismo: la defensa irrestricta de los DDHH (desde una perspectiva pluricultural y multiétnica); también se llamó a continuar con la agenda de ampliación de derechos, tan cara al peronismo, tomando en cuenta, por ejemplo, el derecho a un ambiente sano tal como se sigue de la anticipadora Carta de Perón escrita en 1972 (“Mensaje Ambiental a los pueblos y gobiernos del mundo”) y de la encíclica papal Laudatio si. Incluso, para los que consideran que todo lo que huela a PJ tiende al conservadurismo, se habló de una política de derechos emancipatoria que fomente un debate público acerca de la posibilidad de una reforma constitucional que sustituya la actual Constitución de matriz neoliberal y que se avance hacia una redefinición de los límites de un poder judicial que en Argentina y en la región es uno de los principales actores de desestabilización de los gobiernos populares. También se tematizó el carácter frentista del peronismo capaz de incluir otras fuerzas, de un Estado activo con políticas inclusivas y de la amenaza de la derecha neoliberal hacia la larga lista de derechos conquistados en estos últimos doce años. Asimismo, en ese documento se indicó que la verdadera grieta es la de la desigualdad; que la solución a ese drama no es el endeudamiento sino una política de industrialización y fomento del mercado interno, y que el Banco Central no puede ni debe ser “independiente” de la política económica del país. Es más, incluso se dedicó un párrafo entero para, quizás, la disputa más importante que haya dado el kirchnerismo, cuando se indicó: “Ayer con la tiza y el carbón, hoy con los nuevos medios digitales y en especial bregando por la recuperación del derecho al acceso amplio y democrático a la comunicación, la batalla cultural se expande y continúa. Es una batalla que se libra en el campo mismo del lenguaje, cuando se distorsionan hasta las palabras y su sentido con términos como flexibilización laboral, cambio, sinceramiento y pesada herencia, configurando un fraude semántico que, con su engaño, intenta manipular a la sociedad. Reivindicamos por ello las valiosas conquistas, aún incompletas, obtenidas por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que son patrimonio del pueblo argentino, tendientes a democratizar la palabra, combatir la concentración de medios y el compromiso con nuevos contenidos federales, culturales y educativos”.
La lectura de este documento final muestra que al interior del PJ hay enormes puntos de encuentro con lo que estuvimos llamando “kirchnerismo duro”. Si bien es atendible que a la luz de la historia se tenga cierta desconfianza hacia el pragmatismo mal entendido que varias veces adoptó “el partido” (y que también adoptaron, por cierto, referentes de ese “kirchnerismo duro”), desde mi perspectiva, el futuro político de CFK necesita de un ejercicio de conducción que vaya un paso más allá de “los puros” incluyendo también a sectores que hoy están dentro del FPV con críticas al papel de CFK, y sectores y referentes que están afuera pero con los cuales se pueden hallar elementos en común, máxime frente a un adversario político tan claro como es el macrismo.
Dicho de otra manera, frente a una derecha legitimada por las urnas y decidida a acabar con las conquistas de la última década, no hay lugar para el lujo de la depuración que llevada al extremo conllevaría un espacio testimonial o “la unanimidad del sí mismo”, aun cuando se puedan esgrimir buenas razones de mediano plazo para hacerlo.      
En todo caso, parafraseando a Alfonsín cuando afirmaba que era mentira que la sociedad argentina se hubiera derechizado pero que, si eso fuera cierto, entonces el radicalismo no debería alterar sus convicciones sino prepararse para perder elecciones, podemos decir que a esa amplia masa gelatinosa, compleja y diversa que llamamos “movimiento nacional y popular” podríamos perdonarle (y hasta exigirle) que pierda las elecciones ante el escenario de una sociedad derechizada pero nunca podrá perdonársele perder las elecciones por llegar a ellas en bloques tan puros como fragmentados.