lunes, 8 de julio de 2013

Bestiario político argentino N° 7: Las Lamias (publicado el 5/7/13 en Diario Registrado)

Fue recién con los estudios sobre porotos que realizara Mendel hacia la segunda mitad del siglo XIX, y que significaron un enorme aporte en la comprensión del mecanismo de la herencia, que se comenzó a investigar acerca de los orígenes de esa enorme cantidad de compatriotas que poseen la facultad de poderse quitar y poner los ojos a voluntad. El árbol genealógico llevó, entonces, a considerar a las lamias como primeras madres argentinas y símbolo de la particular relación que tiene el país con sus hijos. Como señala Filóstrato, Lamia era una princesa Libia que tuvo varios hijos producto de su relación amorosa con Zeus, lo cual generó un enorme ataque de celos de Hera, que, como venganza, raptaba a la progenie de esta pareja y los asesinaba apenas nacían. Pero el odio de Hera no terminaba allí y para prolongar el sufrimiento de Lamia, la condenó a una vida insomne robándole los párpados. Esto hizo que Zeus, piadosamente, le otorgara a Lamia la posibilidad de quitarse los ojos todas las noches para poder descansar y adquirir, a su vez, la forma corporal que desease. Sin embargo, el trastorno producido por Hera hizo que la atormentada Lamia se transforme en una suerte de espíritu maligno cuya frustrada vida como madre la llevó a asesinar a todos los recién nacidos de la ciudad. Probablemente, son estas características las que explican por qué, con el tiempo, el nombre deviene genérico y se llama lamias a un conjunto de espíritus que aterrorizan a los niños como los íncubos, el cuco o las serpientes con gorra de policía.
En esta línea, Robert Graves recuerda que en el Bestiario moralizado de Gubbio la lamia es una criatura cuya leche es venenosa y por ello acaba matando a sus hijos en el amamantamiento. En la actualidad se ha llegado a la conclusión de que el antídoto no es un asunto de neonatólogos ni alquimistas sino de legisladores y que la existencia de leyes justas purifica la leche y regenera los párpados que la maldición se había apropiado.