martes, 7 de agosto de 2012

Evita y el Estado afeminado (publicado el 7/8/12 en Diario Registrado)


Un debate caro al interior al peronismo que continúa hasta hoy es aquel que presenta una tensión entre los dos máximos referentes del movimiento. Así, algunos entienden que habría un supuesto peronismo radicalizado o jacobino encarnado por Evita y un peronismo pragmático, negociador, con rasgos autoritarios y de derecha que estaría encarnado en el propio Perón. Sin embargo, tal distinción no es más que una simplificación que intenta sistematizar y encasillar dos figuras en compartimentos estancos cuando lo cierto es que funcionaban como una pareja política. Por ello es que creo más interesante indagar en algo que podría presentarse como una cierta paradoja alrededor de la figura de Evita. Me refiero a que fue gracias a su impulso que las mujeres pudieron irrumpir en la arena pública específicamente a través del acceso al voto. Tal conquista quebró toda una tradición occidental en la que la mujer aparecía como un individuo de segunda que debía estar bajo tutela masculina. Se rompía, entonces, con esa construcción cultural que dividía las tareas con precisión y ubicaba al varón en el ámbito de lo público, confinando a la mujer al espacio de lo privado. Esto venía de la mano de toda una construcción de género que suponía que los rasgos identificatorios de los varones eran el ser activos, proveedores, fuertes y racionales, mientras que la mujer aparecía como la pasiva, consumidora, débil e irracional y pasional.
Como es de imaginar en una sociedad patriarcal, las supuestas características de los varones se extendían al Estado y al Derecho y por ello buena parte de los movimientos feministas critican el carácter preeminente masculino de estas instituciones. 
Ahora bien, Evita lleva a la mujer al ámbito de lo público y ella misma por mérito propio, pasa a ser una figura de primera línea incluso opacando por momentos a su marido. Pero esto lo hizo sin renunciar al rasgo pasional que supuestamente sería propio de las mujeres. En este sentido, Evita eleva a las mujeres y a ella misma a un ámbito marcado por la hegemonía masculina como es la arena pública y al mismo tiempo le da al Estado una “cara femenina” asociada con el afecto hacia los pobres y con las políticas sociales. ¿Esto generó que se pudiera ver que el Estado también puede adoptar las características aparentemente propias de lo femenino? No, aunque quizás sea injusto echarle la culpa al propio peronismo más allá de que bien cabía ver en los años en que Evita estuvo viva una suerte de división de las tareas públicas similar a la división de las tareas privadas: el varón (Perón) en la estrategia y en la teoría, y la mujer (Evita) en el vínculo afectivo y solidario con el pueblo.  
Más allá de las inmensas transformaciones igualitarias que jurídica y culturalmente hemos transitado, no sólo la Argentina sino también Occidente sigue considerando que el Estado replica los valores presuntamente propios de la masculinidad. De aquí que se les exija a las mujeres que acceden a la función pública o bien que alcancen esos supuestos valores masculinos o bien que su trabajo se circunscriba al aspecto social, una suerte de cara solidaria y caritativa del Estado que siempre es vista con recelo por las miradas de la modernidad liberal. Esta faz presuntamente afeminada del Estado todavía sigue siendo vista como una desviación y en tanto tal, no es casual que los gobiernos técnicos y “bien masculinos” decidan comenzar por allí con sus recortes presupuestarios.