sábado, 1 de noviembre de 2025

Vergüenza ajena (editorial del 10.10.25 en En estoy solo)

 

Muchas veces en este espacio hemos mencionado, como una de las variables para entender el triunfo de Milei, el modo en que la “gente rota” se identificó con su figura. No se trataba, por cierto, de una estigmatización, sino de la simple descripción enfocada en un sector de la población a la que sucesivas crisis económicas y sociales había destruido en todo sentido, también en lo que respecta a su subjetividad.

Muy conectado a esto, estaba una sed de revancha, una necesidad de castigo guiado por una bien fundamentada ira por el malestar padecido: había que acabar con los privilegiados y el privilegio era la casta, una categoría que tenía como referente principal a la política y a todo lo vinculado con el Estado pero que también se podía extender a sectores empresariales, periodistas, universidades, etc., es decir, los creadores de sentido común hegemónico. Por supuesto que detrás de esa necesidad de castigo había una esperanza, falsa, mentirosa y tramposa, pero esperanza al fin, al menos para los que no se daban cuenta de que era falsa, mentirosa y tramposa: me refiero a la idea de que el fin de los privilegios beneficiaría al conjunto de la población. El ejemplo más evidente era la zoncera de suponer que reducir el gasto político era la solución al problema de los argentinos. Se trata de una afirmación que no resiste el menor análisis, más allá de que, por supuesto, hacía falta reducir el gasto político y Milei tenía razón en apuntar a todos los privilegios de la casta. Lo que no era verdad es que de la eliminación de esos privilegios se siguiese el bienestar general.

Los que me leen hace años, saben que suelo emparentar la figura de Milei con el de la película Joker 1, cuando esa violencia generalizada explota y no busca ninguna otra finalidad que la violencia misma. Es una generalización y, por tanto, es injusta, pero podemos decir que una buena parte de los votos que recibió Milei provinieron de un montón de gente que, con razón, harta de gobiernos de distinto color que le jodieron la vida, decide votar al “loco”, al “roto”, al “desequilibrado” que estaban tan loco, roto y desequilibrado como la mayoría de los argentinos… y que rompa todo, porque peor de lo que estábamos no se puede estar. Esta última afirmación es falsa pero no importa: la sensación era esa y la posmodernidad nos dice que lo único que no se puede contradecir son las autopercepciones.

Ahora bien, más allá de algunas decisiones y de mucha gestualidad en torno a algunas disputas de la “batalla cultural”, en el ámbito económico el gobierno de Milei solo puede mostrar la baja de la inflación. No es poco. De hecho, es mucho. Mi intuición era que ese logro alcanzaría para validar al gobierno en estas elecciones de medio término, pero quizás no sea así, especialmente a partir de la infinita cantidad de errores y escándalos que envuelve a la administración desde hace unos meses. La Argentina ha tenido gobiernos horribles, pero llama la atención tantos errores, uno detrás de otro, en tan poco tiempo y especialmente después de haber sorteado con holgura un primer año en el que tenía todo en contra y en el que los más optimistas auguraban helicóptero antes de cumplir el semestre. Incompetencia, soberbia, egos y un plan para un país que no existe, de repente confluyen en ese momento trágico de la política que es impredecible pero que, cuando aparece, se hace evidente: el momento en el que, metafóricamente, empiezan a entrar todas las balas, el inicio de un fin que puede extenderse más o menos pero que es inexorable. Incluso el contraejemplo de la reacción kirchnerista a la derrota de 2009, con un triunfo arrasador en 2011, podría ajustarse a este vaticinio: tras aquel conflicto con las patronales del campo y con los medios, algo se rompió y la sutura fue solo provisional. Tardó bastante en explotar, pero explotó.

Todo puede pasar pero cuesta imaginar cómo el gobierno podría acortar esos casi 14 puntos de desventaja en la provincia de Buenos Aires, tras el escándalo Espert, de lo cual se seguiría que es más que probable que el gobierno pierda, al menos por un voto, la elección nacional o que, en todo caso, si la magia de la contabilidad de los sellos arrojara un número distinto, aun así tuviera que cargar con la derrota simbólica por paliza en el distrito más importante y contra quien pretende sucederlo en el cargo. Sumemos a esto que el lunes posterior a la elección, todo esperamos cambios drásticos en la economía, de esos que no van a favorecer a las mayorías, por cierto.

Tras 2009 el kirchnerismo se relanza con una serie de medidas audaces, radicales y profundas. ¿Tiene margen Milei para algo así? ¿Qué tipo de medidas podría tener en la manga más que más guita de algún lado para extender el atraso del dólar? Si el peronismo no alcanza para ganar una elección, tampoco parece alcanzar con el antiperonismo, de modo que el roto debería poder ofrecer algo más que su cualidad de roto, especialmente cuando del otro lado la principal referente está presa y el “riesgo kuka” es un hombre de paja.

Por otra parte, lo que sirve para ganar una elección no necesariamente alcanza para gobernar. El “¡Viva la libertad, Carajo!” se parece demasiado a aquel capítulo de los Simpsons en el que Bart repite una frase estúpida una y otra vez y todos sus amigos le dicen “haz lo tuyo, Bart”, repite esa frase estúpida, ya nadie espera otra cosa de vos. Lo que al inicio pretendía crear una mística, hoy es un meme con la cara de ALF. Es que los que tenían esperanza, la están perdiendo, y aquellos Jokers que solo querían incendiarlo todo, empiezan a darse cuenta que su Joker quizás sea parte del problema o, dicho de otra manera, observan que, quizás, antes que una novedad, están frente el último y decadente paso de la descomposición de la política, aquella contra la cual reaccionaban incendiándolo todo. Porque, o bien asistimos al modo en que Milei se ha rodeado de la casta, o bien cabe preguntarse hasta qué punto estamos frente a un escenario superador después de los escándalos LIBRA, ANDIS, y del presunto narcodiputado que pedía “Cárcel o Bala” para ahora abrazarse al Estado de derecho que, eventualmente, podría brindarle el beneficio de la primera opción.

Por último, especialmente a partir de 2010, aquel kirchnerismo había sabido conectar e interpretar lo que estaba pasando, del mismo modo que Milei lo entendió previo a la elección 2023. El punto es que ahora parece desconectado de la realidad, envuelto en conspiranoias y la repetición de su fórmula muestra que aquel aprovechamiento fue menos una estrategia que una carambola, un ejemplo más del “momento justo en el lugar justo”. Nada más. La disrupción constante puede ser efectiva fuera del poder y, en la administración, puede funcionar un tiempo. Pero hay un momento en el que un sector de la población, al menos, pide soluciones y, sobre todo, aunque no esté tanto de moda, en un contexto en el que queda expuesto cómo mintió “El Profe” que firmaba acuerdos por 1 millón de dólares para asesorar presuntos narcos, todavía hay algunos conservadores que valoraríamos cierto sentido del pudor, ese que estuvo ausente en el concierto que brindó el presidente en el Movistar Arena. A propósito, permítaseme cerrar con algo de mitología griega.

Según el catedrático español Carlos García Gual, en la Antigüedad se consideraba que el pudor, el respeto y el sentido moral (aidós, en griego) eran esenciales para la convivencia humana.

De hecho, el mito cuenta que cuando los dioses dieron forma a las distintas especies encomendaron a dos de los titanes, Prometeo y Epimeteo, la tarea de distribuir características a cada uno de los seres vivos, de modo tal que todos tuvieran fortalezas y debilidades, para de ese modo lograr un equilibrio. El problema es que Epimeteo, cuyo nombre significa “el que reflexiona tarde” o “el que piensa después de actuar”, repartió todo y se olvidó del Hombre. De aquí que Prometeo (“el que piensa antes de actuar”), robara el fuego a los dioses y se lo ofreciera a los hombres que, gracias a ello, fueron también los únicos seres capaces de reconocer y venerar a las divinidades.

Sin embargo, de la posesión del fuego no se sigue la sabiduría política, y la mejor prueba de ello es que cuando los hombres se unieron y vivieron juntos comenzaron a tener conflictos entre sí al punto de poner en riesgo la continuidad de la especie. Fue por eso que Zeus envió al Dios Hermes a que repartiera a todos los seres humanos la mencionada “aidós” y la “díke” (sentido de la justicia), porque sin ellas no habría posibilidad de vida en sociedad. Platón resume este pasaje, en su diálogo Protágoras, del siguiente modo:

 

A todos, dijo Zeus, y que todos participen. Pues no existirían las ciudades si tan sólo unos pocos de ellos lo tuvieran, como sucede con los saberes técnicos. Es más, dales de mi parte una ley: que a quien no sea capaz de participar de la moralidad y de la justicia lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad

 

A propósito del término “aidós”, Pedro Olalla, un especialista en cultura griega, nos recuerda que proviene de “aitho”, esto es, un fuego interior que aflora, en ocasiones, sobre nuestro rostro en forma de rubor.

Si los argentinos hemos perdido ya el sentido de justicia y con ello la posibilidad de una convivencia pacífica, no permitamos que se lleven también ese otro don: el de ponernos colorados sea por vergüenza propia, sea por vergüenza ajena.  

 

lunes, 6 de octubre de 2025

Argentina en crisis. Por la tarde, clase de natación (editorial del 4.10.25 en No estoy solo)

 

El 2 de agosto de 1914, Franz Kafka escribía en su diario una sentencia perturbadora, podría decirse, verdaderamente kafkiana: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, clase de natación”.

Se trata de una frase que ha tenido un sinfín de interpretaciones y que hasta le ha valido acusaciones, entre ellas, la de banalizar el inicio de lo que sería un período de 30 años de horror y/o demostrar el nivel de ajenidad respecto de la realidad. Sin embargo, a los fines de estas líneas, voy a destacar otras dos interpretaciones posibles, para nada originales, por cierto: la primera sería la que muestra que los grandes sucesos, quizás los más atroces, aquellos capaces de cambiar el destino de la humanidad, son naturalizados y se mezclan con nuestras más banales actividades diarias. No se trataría así del escritor viviendo en la burbuja ni menospreciando un evento como éste sino la demostración de que convivimos con el horror y que aun en ese horror intentamos continuar con una “vida normal” en la medida de lo posible.

El segundo mensaje que podría seguirse de esa anotación es que no se toma real dimensión de los eventos mientras suceden y, como diría Hegel de la filosofía, siempre llegamos tarde. Este último punto no está tan mal porque al menos ayuda a combatir estos tiempos donde cada día añoramos estar formando parte de hechos que cambiarán la historia cuando como mucho acaban destacándose en una story de Instagram. Pero podría ser, simplemente, que Kafka, como quizás buena parte del mundo, no estuviera comprendiendo lo que allí se estaba gestando. No sería, entonces, ni la primera ni la última vez que, con el diario del lunes, todo se ve diferente y claro.

Creo que en Argentina pasa bastante de esto: naturalizamos sucesos conmocionantes y, al mismo tiempo, no tomamos la dimensión de lo que nos pasa hasta mucho tiempo después de sucedido. Probablemente cada país pueda afirmar algo parecido, pero no es menos cierto que la Argentina tiene algo de enigmático que se ve con claridad cuando tenemos la posibilidad de conversar con algún extranjero. El qué pasa en Argentina es una pregunta recurrente que inmediatamente se transforma en por qué les pasa y esas preguntas tan amplias son las más difíciles de responder porque tenemos que alejarnos, abstraernos del detalle pequeño de la internita y ver las grandes tendencias. Y claro que uno puede ensayar respuestas y no todo es lo mismo; tampoco hay un virus del fracaso ni somos los más fracasados, pero no es fácil responder con matices cuándo se jodió Argentina, si es que alguna vez no estuvo jodida; y menos fácil aún es responder cómo puede ser que estando tan jodida se destaque en tantas áreas, tenga unos recursos humanos que muchos países envidiarían, etc. Todo eso es verdad al mismo tiempo.

Sin embargo, hay que decirlo, con 15 años de una economía estancada, el sistema de partidos estallado, lo que pareciera ser el inminente fracaso de un nuevo gobierno, (el tercero consecutivo y de distinto color político), y una crisis social que va más allá de una crisis económica más, nos hemos acostumbrado a vivir siempre un poco peor y, a su vez, a no comprender la relevancia de todo lo que nos ha sucedido. Nos hemos conformado con el malo por conocer antes que por el malo conocido, y nuestra actividad ciudadana se reduce a meros espectadores del evento indignante de turno, como podría ser, sin ir más lejos, la salvajada ocurrida en La Matanza, donde a priori pareciera incluirse, prostitución, narcotráfico y espectacularización disciplinante del horror a través de una transmisión en vivo de los asesinatos. Todo en un marco de lumpenaje social que hasta parece incluir a un joven de clase media que llegó a los narcos tras padecer una estafa cripto, sin comprender la estafa anterior que le habían vendido: la de poder vivir sin trabajar. A su vez el tratamiento de la tragedia también habla de aquello en lo que nos hemos convertido: todo un montón de gente tratando de sacar su tajada del horror, arrojándole el cuerpo de las chicas al gobierno municipal, al provincial, al nacional, discutiendo si se trata de una nueva aparición del patriarcado, etc.

En el plano económico, el amateurismo del gobierno y la inestabilidad emocional y política de quienes toman las decisiones, ha acelerado el desenlace de un plan donde el fin estaba claro y lo único que restaba saber era el cuándo. Cada día hábil es para el gobierno un suplicio y de una semana a otra la actual administración pasa patética y ciclotímicamente de la reelección al helicóptero dando manotazos de ahogado entre los presuntos porcentajes que se llevaba la hermana y la flamante aparición de un candidato que podría estar evolucionando del anarco al narcocapitalismo.

Está claro que no se trata solo de un fenómeno de la Argentina. Ya sabemos que somos los mejores en todo pero tampoco es para exagerar. Todo hoy es veloz, todo hoy pasa rápido y se pierde, lo cual incluye a la paciencia. La insatisfacción crónica, con mejores o peores fundamentos, es la sensación mayoritaria y la victimización una identidad. Pero el nivel de inestabilidad política y emocional por la que atravesamos los argentinos no es normal. Vivimos como si no fuese así, vamos a la tarde a natación, pero la habitualidad al deterioro de todo, lo que Houellebecq llamaría “la ampliación del campo de batalla” sobre un conjunto básico de cosas que pensábamos como dadas y ahora debemos volver a pelearlas, nos joden la vida.

Que otros estén mucho peor no debiera ser un consuelo y si bien la incertidumbre es el zeitgeist, Argentina devino un laboratorio casual, una prueba concreta de un país que objetivamente no tiene los problemas que muchos otros tienen en términos de guerras potenciales, conflictos étnicos, disputas religiosas, carencia de recursos naturales, y, sin embargo, parece condenado a una espiral de pauperización de las condiciones de vida que, insisto, ojalá pudieran medirse solo en términos económicos. Es mucho más profundo que ello. Es una incertidumbre que devino constitutiva, una inseguridad que va más allá de que te afanen un celular en la calle; una inseguridad de esas que duele en los huesos cuando hay humedad.

Entre la derecha que gobierna un país que desprecia y una izquierda que es comentarista de un país que no entiende, toca contentarse con que el próximo fracaso no sea demasiado estrepitoso. Ni siquiera se trata de pedir trabajo para poder pagar la clase de natación. Se trata de abrazarnos a la esperanza de que al menos no se lleven también el agua de la pileta.  

 

Maratón: la experiencia personal y filosófica de correr (publicado el 5.10.25 en www.theobjective.com)

 

La leyenda cuenta que allá por el 490 a. C, Filípides corre 41,8 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para comunicar la buena nueva: “Hemos vencido”. Éstas serían sus últimas palabras porque, tras pronunciarlas, caería muerto. Filípides era un hemeródromo, término cuyo significado literal es “el que corre un día entero” y era uno de los tantos mensajeros a los que se les requería servicio cada vez que había que comunicar algo urgente. Incluso se dice que habría recorrido la distancia desde el Ática hasta Esparta, más de 200 kilómetros, en un solo día, para pedirle a los lacedemonios que intercedieran a favor de los atenienses contra los persas.

La corrida de Filípides fue tan célebre y trágica al mismo tiempo que hizo que maratón pasara a designar el nombre de la gran competencia de resistencia del atletismo y que esos casi 42 kilómetros transitados se transformaran en una marca universal.

Con esa leyenda de fondo y tomando como referencia lo que podría considerarse el primer manual de reflexión sobre el deporte en general, escrito por Filóstrato, el ateniense (170 d. C.), la escritora, periodista y licenciada en Letras Clásicas, Andrea Marcolongo, regresa a las librerías con El arte de Correr. De Maratón a Atenas, con alas en los pies (Taurus).

Sin embargo, lo que a primera vista podría parecer un intento de revisar el evento histórico que significó la caída del rey persa Darío, es más bien una gran excusa para narrar una experiencia personal de la autora: la preparación para correr la maratón de Atenas que va desde la ciudad de Maratón hasta el estadio Panatenaico de la capital griega.

El libro ofrece datos de color y algunas curiosidades quizás no del todo conocidas por el gran público. Por citar alguna de ellas: si en la actualidad, la competencia, a nivel planetario, requiere transitar 42 kilómetros y 195 metros en lugar de los 41,8 kilómetros originales, se debe al capricho del príncipe de Gales que, en los Juegos Olímpicos de 1908, extendió la carrera unos 400 metros para que la largada fuera desde el Castillo de Windsor. Asimismo, se menciona cómo ya entre los egipcios existía una ley que castigaba con la muerte a aquel corredor que salía segundo tras haber sido vencedor en la competición anterior, o el caso de Aristión, el pugilista que ganó su competencia en los Juegos Olímpicos estando muerto. Efectivamente, mientras le rompía los dedos del pie a su competidor para lograr que se rindiera, Aristión era estrangulado por éste con tanta buena (o mala) suerte que el rival aceptó su derrota una fracción de segundo antes de que le llegara la muerte a quien sería el ganador de la competencia.

Pero en línea con el espíritu de Filóstrato, el libro también incluye algunas reflexiones personales sobre el deporte en general y el running en particular.

Allí, Marcolongo, resalta la particularidad del correr como un deporte solitario que no se enseña y que parece connatural del ser humano, además de tratarse de una actividad que va mucho más allá de lo físico para conectar con lo mental. De hecho, para la autora, la preparación de casi cinco meses para el evento en cuestión le permitió comprender ese kairós griego, al que define como un tiempo sin principio ni fin, un continuo estar haciendo (corriendo), y aquello que se suele conocer como estado de conciencia flow y supone estar inmerso completamente en una actividad y permanecer al mismo tiempo presente ante uno mismo.

En otro de los capítulos, Marcolongo advierte sobre tres olas que están invadiendo el running: la salutista, la ecológica y la tecnológica.

En cuanto a la primera, la autora señala sentirse algo incómoda con esta especie de tiranía de lo sano sobre el deseo, más allá de que da la bienvenida al mejoramiento de la calidad de vida que eso puede suponer. Algo similar sucede con la segunda ola, la ecologista: sin llegar a suscribir al delirio radical de aquellos runners que pretenden que los corredores hagan la actividad dando vueltas de manzana y sin traslados, para disminuir la huella de carbono, Marcolongo resalta que la moda del running contribuye a tomar conciencia respecto a la necesidad de un ambiente habitable. Por último, la ola tecnológica supone, para la autora, una gran paradoja: se nos dice que correr es liberador pero cada vez más nos encontramos presos de una serie de dispositivos y aplicaciones que nos controlan los pasos, lo que comemos y la actividad que realizamos, de modo que, de repente, nos vemos rindiendo cuentas al reloj o caminando solos en casa para que el teléfono registre que cumplimos la meta diaria.

Por último, correr ha sido para Marcolongo, según sus propias palabras, un gimnasio de feminismo y campo de batalla más profundo que haber leído a Simone de Beauvoir. En este sentido, aunque aclara que no le interesa opinar sobre el feminismo, considera que el hecho de poseer ovarios y útero la ha impulsado a solidarizarse con toda mujer, especialmente porque en el running se observa lo que ella considera una suerte de desventaja asociada, por ejemplo, a las dificultades que podría traer la menstruación al momento de realizar la actividad deportiva. Marcolongo agrega además que, a sus 38 años, y por el hecho de ser mujer, se vio obligada a tener que resignar su maternidad por preparar la carrera, dilema que, por razones biológicas, no se le presenta a los varones y que, según la autora, por cuestiones insondables, no podría resolverse con una mínima planificación familiar.

A diferencia de su libro anterior, Desplazar la luna, un texto que también partía de una experiencia personal, en este caso, haber pasado una noche en solitario en el Museo de la Acrópolis como excusa para contar y reflexionar acerca del saqueo del Partenón por parte de los británicos, El arte de correr nos dice demasiado acerca de la autora y muy poco acerca de la historia de la batalla de Maratón y del contexto cultural, político y filosófico en el que ésta tuvo lugar. En el mismo sentido, la lógica de lo que por momentos es un diario íntimo acaba dejando en segundo plano los atisbos de reflexiones generales que podrían darle otro vuelo al libro.

Por cierto, ¿cómo terminó la historia? Marcolongo corrió la maratón y llegó. “Venció”, si bien, afortunadamente, no compartió el destino trágico de Filípides. Sin embargo, queda abierto a interpretación si el haber cumplido el objetivo supone necesariamente un final feliz, pues, a decir de la autora, “La felicidad de salir airosa de la prueba no estaba a la altura de la ansiedad y la fatiga que durante días y semanas había experimentado para conseguirla”.

Probablemente porque es necesario aceptar que buena parte de las metas que nos planteamos en la vida, una vez alcanzadas, nos dejan esa sensación agridulce que nos lleva a reflexionar acerca de si valió la pena la energía invertida y a preguntarnos “y ahora qué”, a menos de tres semanas de la maratón griega, Marcolongo decidió volver a entrenar y a ponerse un nuevo objetivo más modesto: los 10 kilómetros de la San Silvestre Vallecana.

 

viernes, 26 de septiembre de 2025

No pienses en Karina (editorial del 27.9.25 en No estoy solo)

 

Mientras el gobierno intenta digerir el cachetazo recibido en la provincia de Buenos Aires, consultores, políticos y analistas discutimos las razones de aquel resultado. Como comentábamos días atrás en este mismo espacio, entendemos, a diferencia de lo expresado por Milei, que el castigo en las urnas contra el gobierno obedeció no solo a su desconcierto político sino también a una economía que no ha mejorado para muchos sectores, lo cual tiene como consecuencia la pérdida de uno de los grandes activos del gobierno: cierto monopolio de la esperanza.

A su vez, también decíamos, si las encuestas que daban una elección más o menos pareja estaban en lo cierto y, dado que la crisis económica, en todo caso, no fue repentina, lo único que cabe pensar es que el escándalo de las presuntas coimas en ANDIS, con los Menem y la propia hermana de Milei, involucrados, tuvo una incidencia mucho más grande de la imaginada. Aunque es difícil de saberlo, quisiera tomar como hipótesis ese escenario para algunas reflexiones acerca de lo que podría y de lo que debería hacer la oposición.

Podría decirse, entonces, que, salvo algunas excepciones, la oposición y, por tal, me refiero exclusivamente al peronismo, hizo lo que más o menos debería hacer: llamarse a silencio, no hacer olas, que todos los focos se posen sobre el gobierno y utilizar las herramientas a mano para sostener lo más posible el tema. Con todo, esa estrategia, aunque correcta en lo inmediato, tiene sus riesgos en el mediano y el largo plazo. En otras palabras, poner en el centro de la agenda la cuestión de la transparencia es jugar en el terreno simbólico del discurso del adversario, y allí los triunfos solo pueden ser pírricos.

Lo hemos citado aquí hasta el hartazgo, pero, en este sentido, siempre vale la pena recordar el famoso libro de George Lakoff, No pienses en un elefante, un manual de comunicación política que advertía a los demócratas que debían evitar dar la disputa dentro de los marcos conceptuales, los valores morales y la “neolengua” republicana si querían volver a ganar elecciones.

Lakoff fundamenta su posición en la idea de ciertos marcos cognitivos que todos tenemos y que se activan con determinadas palabras. Los marcos son estructuras mentales que conforman nuestra manera de ver el mundo y, en Estados Unidos, hay dos grandes tipos de marcos vinculados a la concepción de familia que tienen demócratas y conservadores (por cierto, con las diferencias idiosincrásicas correspondientes, estos dos modelos pueden servir, al menos en parte, para comprender las grandes divisorias existentes, al menos, en algunos países como Argentina). Los conservadores tienen un modelo familiar de “padre estricto” que supone que el mundo es un lugar peligroso en el que hay que competir; que existe el bien y el mal absolutos y que los niños nacen “malos”, en el sentido de que solo buscan hacer lo que les place y, en tanto tal, necesitan ser “enderezados” para poder vivir en sociedad. Lo que se busca es un padre estricto que impulse la autodisciplina porque solo el sujeto autónomo tiene posibilidad de ser exitoso en un mundo donde reina la ley de la selva. Esto, claro está, tiene consecuencias a la hora de pensar políticas públicas: un Estado que funciona como padre estricto debe propiciar el mayor campo de libertad para el sujeto autónomo; pensar a sus habitantes como ciudadanos y no como sujetos a ser tutelados; debe intervenir lo menos posible y debe acabar con el proteccionismo. Por último, tiene que comprometerse con evitar políticas sociales que generen clientelismo y dependencia.

En cuanto al modelo de familia demócrata-progresista, Lakoff lo llama “modelo de padre protector”. Desde este punto de vista, a diferencia del modelo anterior donde era el padre el que imponía las condiciones, aquí padre y madre son corresponsables de la crianza en igual medida; los niños nacen buenos y, si se los cría fomentando la empatía y la responsabilidad, pueden ser mejores; el mundo incluso puede ser más agradable de lo que es y no hay un destino ineludible de competencia individualista, a tal punto que la única manera de realizarse es en el marco de una comunidad sana e igualitaria donde todos tengan las mismas oportunidades. Si este modelo lo trasladamos al Estado, naturalmente nos daremos cuenta que aquí pensamos en un Estado mucho más grande, preocupado por una redistribución más equitativa, que tiene en cuenta a los grupos desaventajados por quienes vela a través de subsidios o políticas de acción afirmativa, etc.

Los marcos son tan importantes que son capaces de hacer rebotar los hechos que los contradicen. Así, acomodamos la realidad a la necesidad de nuestras estructuras y valores. Lakoff escribió este libro antes de la omnipresencia de los algoritmos que no hacen otra cosa que reforzar creencias, de modo que ustedes pueden imaginar cuál es la situación en este momento.

Si la perspectiva de Lakoff es correcta, el eje puesto en la transparencia y la lucha contra la corrupción, activaría los marcos de la cosmovisión liberal-republicana y antiperonista. Naturalmente, y en estos tiempos donde todo hay que explicarlo, creo que resulta claro que no estamos aquí diciendo que la transparencia y la lucha contra la corrupción sean elementos secundarios o poco relevantes de un gobierno. Todo lo contrario. Pero sí advertimos que ese tipo de agenda volverá como un búmeran contra un peronismo que nunca fue ni pretendió parecer inmaculado.

Hacer eje en la transparencia, entonces, es subirse a la verba oenegista y suponer que el Estado es sospechoso porque siempre se habla de transparentar el Estado y nunca, por ejemplo, de transparentar la financiación de las ONG preocupadas por la transparencia del Estado. Por alguna extraña razón, nadie se preocupa por transparentar al transparentador. Igualmente, gracias al berrinche de centenares de ONG en Argentina y en el mundo cuando Trump les cortó el chorro, nos enteramos de las ingentes millonadas de dólares que repartía la administración Biden para difundir agenda progre a través de la USAID, dinero que fue bien recibido por instituciones de un amplio espectro ideológico, incluyendo organizaciones de izquierda y hasta trotskistas que hacían discurso antiimperialista con financiamiento imperialista.

Asimismo, hacer énfasis en la lucha contra la corrupción, corre el eje de lo político a lo moral, igualándolo todo. Contra la corrupción van a estar el “gato” Silvestre y Majul gritando al mismo tono porque la indignación moral supera las diferencias ideológicas y va a ser el mejor refugio para los micrófonos que fueron generosos con este gobierno: son los primeros que van a decir que el gobierno fracasó en lo moral y no en su plan económico. En otras palabras, se deja abierto el escenario a un reemplazo de nombres que no afecte el modelo. Saldrá Milei y entrará cualquiera que acepte las condiciones del poder real.

Si la Alianza de la UCR y el FREPASO finalmente no ofrecía otra cosa que un menemismo con moral, un menemismo con la bragueta cerrada, no debería extrañarnos que en breve vengan a ofrecernos anarcocapitalismo posmileísta con buenos modales, sin el loco que grita ni la hermana que (presuntamente) afana.

 

 

 

 

 

¿Hacia una guerra civil? (publicado el 25.9.25 en www.disidentia.com)

 

Charlie Kirk, el joven polemista conservador fuertemente identificado con Trump, fue asesinado mientras participaba de un debate público. Las imágenes del horror dan la vuelta al mundo, se transforman en una cuestión de Estado y llevan la polémica allende los Estados Unidos.

El debate era para Kirk su lugar natural y este evento iba a ser el primero de su gira semestral, titulada The American Comeback Tour, por la cual iría a terrenos hostiles, ideológicamente hablando, y abriría el micrófono a quien deseara intercambiar opiniones. En este caso, era la Universidad de Utah, pero se trataba de una práctica habitual más allá de que muchas veces su participación era boicoteada y cancelada por quienes no pensaban como él y, evidentemente, consideraban estar tan en lo cierto que no necesitaban debatir.

Nacionalista cristiano, Kirk, era un defensor de la libre portación de armas y muchas de sus declaraciones siguen siendo hoy reproducidas por sectores de izquierda como ejemplos de sentencias racistas, misóginas o transfóbicas. Con apenas 18 años había creado Turning Point, una organización que buscaba promover un gobierno limitado, el libre mercado y los valores tradicionales, y en poco tiempo se había convertido ya en una referencia, lo cual le permitió nuclear a cientos de miles de jóvenes conservadores y ser una de las organizaciones que más activamente participó de la campaña presidencial de Trump difundiendo su mensaje y recaudando fondos. Para tener una idea de la magnitud, Turning point afirma tener presencia en 3500 universidades y escuelas secundarias estadounidenses además de emplear a 450 personas.

Si el asesinato a plena luz del día y frente a las cámaras fue lo suficientemente conmocionante, la miserabilidad de las polémicas posteriores no se quedó atrás.

Antes de conocer al asesino, automáticamente el gobierno republicano culpó a la izquierda de la violencia política y, como contraparte, en redes sociales miles de mensajes o bien celebraban la muerte del “fascista” o bien, al menos, la justificaban.

En este último caso, hasta se publicaron estadísticas que mostrarían que hubo más casos de violencia política de derecha a izquierda que viceversa y se apeló a la idea del efecto búmeran que la izquierda progresista suele esgrimir contra la derecha cada vez que el atacado no es de su bando: la violencia es de derecha, por lo tanto, si es alguien de izquierda el que la ejerce, solo se trata de un vehículo que canaliza la violencia original hacia su verdadera fuente. Se sigue de aquí que, si el asesino es de derecha, la culpa la tiene la derecha; y si el asesino es de izquierda, la culpa la tiene la derecha también.

Incluso hasta que se confirmó la identidad del asesino se lo intentó vincular con sectores de ultra ultra derecha más a la derecha del ultraderechismo de Kirk; también se llegó a afirmar que los mensajes antifascistas que el asesino había dejado eran señuelos, etc. Por estas horas, las investigaciones están mostrando que se trataría de un joven que se habría radicalizado en ideas de izquierda y que aparentemente tenía una pareja transgénero, información que, naturalmente, los sectores radicales de derecha utilizan para vincular el transgenerismo con la violencia. Un poco de su propia medicina a los sectores progresistas que por alguna razón insondable afirman que las personas transgénero son más buenas que las que no lo son o que el amor entre personas del mismo sexo es un espacio libre de violencia.

Hablando de propia medicina, las redes y los medios progresistas ahora se horrorizan por algunos casos de despidos de aquellas personas que se burlaron o justificaron el asesinato de Kirk. Los mismos que impulsaron la cultura de la cancelación, ahora invocan la libertad de expresión, y los que invocaban esta última frente a la selectividad cancelatoria del progresismo, devuelven gentilezas.

En el medio, demostraciones flagrantes de la presencia de hecho del derecho penal de autor, aquel identificado con el nazismo donde no importan los hechos sino las características personales del autor. Esto se complementa con otra cara: la de la víctima esencial sobre la cual tampoco importa qué hizo sino qué es. ¿Mataron a alguien? OK.  Pero, ¿el agresor es mujer o varón? ¿Es negro o blanco? ¿Es de izquierda o de derecha? ¿Es gay o hetero? ¿Y la víctima? ¿A qué grupo pertenece? Eso es todo lo hay que juzgar porque, hoy en día, determinadas identidades o determinados posicionamientos políticos te ubican como agresor o víctima independientemente de lo que hagas, a nivel civil, sin dudas, y, a nivel legal, también, al menos en algunos casos. Por cierto, se trata de una violencia que, en este punto hay que decirlo, no comenzó la derecha. 

Pero un elemento tan sorprendente como preocupante ha sido el modo en que a poco a poco la violencia política se instala coqueteando, al menos desde lo discursivo, con la idea de una guerra civil. Probablemente sea una exageración, pero The New York Times https://www.nytimes.com/2025/09/12/technology/charlie-kirk-shooting-civil-war.html se ocupó de medir las menciones a “civil war” en las redes tras los últimos eventos de violencia política y el número va dramáticamente en aumento. Por ejemplo, cuando, en 2022, la justicia estadounidense perseguía a Donald Trump y realizó un allanamiento en Mar-a-Lago, hubo más de 118.000 menciones a “civil war” en 48hs; cuando sucedió el intento de asesinato a Trump, en la misma cantidad de tiempo, la cifra ascendió a más de 260.000 y tras el asesinato de Kirk el número superó los 340.000. Insisto en que el dato sea probablemente anecdótico y de las menciones en redes sociales no se sigue un hecho, pero en todo caso sí parece una prueba del recalentamiento de una polarización que ya viene demasiado recalentada.

A propósito, en este mismo espacio, el año pasado les comentaba sobre la película Civil War, del británico Alex Garland, el mismo de Ex Machina, Devs y Annihilation, quien confesara que comenzó a imaginar la trama tras los incidentes de la toma del Capitolio en 2020.

De aquí que no sea casual que el film esté ambientado en Estados Unidos, pero lo interesante es que la película es reacia a cualquier identificación con alguna de las partes en pugna. De hecho, hay momentos en que no queda claro a qué bando pertenecen los combatientes que circunstancialmente aparecen en escena. Sabemos que el presidente habría ingresado en una deriva autoritaria intentando ir por un tercer mandato inconstitucional y que habría disuelto el FBI. También sabemos que esta guerra enfrenta a las fuerzas leales al gobierno con las fuerzas occidentales secesionistas de Texas y California, no casualmente, un Estado, digamos, republicano, y un Estado claramente identificado con los demócratas, como para no dar lugar a interpretaciones tendenciosas o segundas lecturas. Sin embargo, no sabemos si el presidente es republicano o demócrata.

Esta es una de las razones por las que la película resulta incomodísima porque no nos da digerido quién es el malo y quién es el bueno, de modo que nos impide tomar posición, lo único relevante en el debate público moralista de la actualidad. Y lo que es peor: nos obliga a juzgar hechos sin conocer la identidad de los ejecutantes; la obra con autores anónimos.

Para cerrar, Ezra Klein, un columnista progresista del The New York Times escribió un artículo https://www.nytimes.com/2025/09/11/opinion/charlie-kirk-assassination-fear-politics.html que le valió muchas críticas de sus lectores donde, tras listar los casos de violencia política en Estados Unidos de los últimos años, afirmó que Kirk hacía política de la manera correcta aun cuando los separara un abismo ideológico. Pero, sobre todo, lo más interesante es que Klein señaló que, con la excepción de las más brutales dictaduras, la violencia política nunca es unidireccional y nunca va solo contra “nuestros enemigos”.

En esta misma línea, podemos afirmar que, de tanto preguntarnos quiénes son los buenos y quiénes son los malos para saber de qué lado ponernos, nos hemos olvidado de acordar qué es lo malo y lo bueno en sí y, sobre todo, cuáles son los límites que nuestras guerras culturales no deberían superar si es que queremos que esas guerras no destruyan aquello poco que todavía tenemos en común.