Aun asumiendo que ya se ha dicho todo
sobre las elecciones del último domingo en Brasil, intentaré aquí hacer énfasis
en algunos aspectos específicos para luego evaluar hasta qué punto pueden
resultar de utilidad al momento de pensar el caso argentino.
Comencemos por lo más básico
haciendo constar que esta pregunta la hacíamos años atrás cuando los que
ganaban eran de izquierda: ¿estamos frente a una ola de derecha que ha teñido
al continente de azul? ¿O estamos siendo testigos de la incapacidad de los
oficialismos para reelegir, de modo que se trata de una alternancia que es de derecha
simplemente porque antes teníamos gobiernos de izquierda? El dato en este sentido
es elocuente: entre 2000 y 2015 los oficialismos vencieron en 24 de 38
elecciones; en cambio, entre 2015 y la fecha, los oficialismos vencieron en
solo cuatro de 26.
No hay respuesta intermedia ahí,
pero es cierto que podría haber algo de ambas cosas. La incapacidad que tienen
los oficialismos de sostenerse se puede explicar por varias razones; pero al
mismo tiempo es cierto que parece haber una derechización de las demandas, o lo
que sería más justo, las derechas están sabiendo dar respuestas, al menos desde
lo discursivo, a demandas mayoritarias que la ciega deriva ideológica de la
izquierda cultural, acomodada e identitaria, desprecia. Esto incluso aceptando que
hablar de tendencias claras hacia la derecha o hacia la izquierda suena algo injusto
cuando vemos los números más finos. A saber, de las 26 elecciones, 20 tuvieron
que resolverse por balotaje, es decir, la fragmentación, tras el declive de los
grandes partidos, parece ser la norma. Asimismo, algo menos del 50% de esas
elecciones se resolvió por una diferencia menor a cuatro puntos entre el
ganador y su principal competidor. En síntesis, incluso aceptando que hubiera
tendencias, hay que reconocer que buena parte de las elecciones se definen por
un puñado de votos. ¿Cómo debería interpretarse este resultado desde Argentina?
¿Milei debería alegrarse por una supuesta ola derechizadora o preocuparse por
la confirmación de la debacle de los oficialismos?
Segundo elemento, en este caso,
algo particular de la elección brasileña pero que puede servir como ejemplo
para el caso argentino: aun en situación de aislamiento mucho más extremo a la
de CFK, Jair Bolsonaro logró transferir los votos a su hijo incluso cuando el
expresidente no está preso por corrupción sino por un delito más grave: atentar
contra el orden constitucional. Y, sin embargo, todos sus votos (y algo más) fueron
para su hijo que públicamente, además, indico que, si le tocara alcanzar la
presidencia, buscaría una amnistía o un indulto para su padre. ¿Podríamos
imaginar un escenario así en Argentina? ¿CFK pidiéndole a Máximo que sea el
candidato y éste afirmando que la primera medida sería, por ejemplo, un indulto
para su madre? Intuyo que aquí el paralelismo tiene límites y que ese escenario
hoy es más bien remoto. Pero tampoco podríamos descartarlo plenamente. Quién
dice… quizás la experiencia bolsonarista, paradójicamente, inspira una nueva
estrategia en San José 1111.
En tercer lugar, la elección en
Brasil podría confirmar la harto confirmada muerte de la avenida del medio: los
escenarios, incluso en los casos donde hay una inicial fragmentación, acaban en
polarización y allí parecen sacar provecho los extremos. Una vez más, a
diferencia de lo que ocurría décadas atrás, parece más redituable inclinarse
hacia una minoría radical que construya desde un núcleo duro, que salir a
pescar mayoría de indecisos en el centro. Como varias veces repetimos aquí, si
a la radicalidad de Milei se le va a responder con más radicalidad, los Grabois
o las Bregman de la vida cosecharán algo más de lo que suelen cosechar. Si, en
cambio, interpretamos que lo otro de la radicalidad no es una radicalidad
alternativa sino la moderación, se intentará un gran frente con todos adentro
(del cual, seguramente se autoexcluirían Bregman y Grabois, si, en este último
caso, no le dan los cargos que pide a cambio de su 5%). Aun así, bien vale una
posdata: no olvidemos el particular sistema de balotaje que tiene la Argentina,
mucho menos exigente que el tradicional y donde 40 puntos puede ser suficiente.
En ese esquema, los incentivos para volcarse hacia miradas más radicales o
garantizar los “votos propios” son mucho más grandes que para los casos donde
hay que superar el 50% de los votos.
Otro elemento a tomar en cuenta,
aun cuando no quisiera entrar en análisis demasiado desagregados: pareciera que
el voto en Brasil fue mucho más clásico que el de Argentina 2023; que Lula
triunfó ampliamente entre los sectores bajos y algunos espacios medios
profesionales y sobreideologizados, mientras que Bolsonaro obtuvo el apoyo de
las clases acomodadas y los poderes fácticos. Es cierto que en Argentina 2025,
el voto pareció distribuirse en esta línea, es decir, como generalmente ha
sido, pero no hay que olvidar que el voto a Milei en 2023 fue transversal y con
una importante presencia también en clases bajas donde, por ejemplo, el
macrismo nunca había podido hacer pie.
En cuanto a las razones, el
progresismo que le echaba la culpa al “poder de los medios” cada vez que el
resultado no le gustaba, ahora, en otra muestra de pereza intelectual, lo
atribuye al algoritmo, la IA, las fake news y otro montón de cosas que, pareciera,
solo utiliza la derecha y que, evidentemente, tan determinantes no son porque
en la primera vuelta Bolsonaro ganó solo por 2 puntos. En Argentina, ya podemos
adelantar el análisis de las elecciones 2027: si gana Milei, habrán sido por
los bots de Santiago Caputo, el voto miedo y el hecho de que la gente es tonta;
si gana el peronismo, se dirá que, dado que la gente no es tonta, ya no se deja
manipular (hasta la próxima elección, donde, en caso de ganar la derecha, la
población habrá vuelto a ser tonta y manipulable). Si es cierta la hipótesis de
la alternancia, cada cuatro años, entonces, la gente pasaría de ser tonta a
racional; de manipulada a empoderada (y viceversa).
Ahora bien, ¿Lula perdió porque
la gente vota con el bolsillo y el bolsillo no andaba tan bien como lo vendían
los progresistas foráneos? Ahí hacen falta números más finos, pero
evidentemente las diversas perspectivas tienen algo de razón: algunos indican
que la dependencia con China reprimarizó a Brasil y que la administración de Lula
continuó ese legado, lo cual tiene como consecuencia mayor concentración y
menos derrame; también se hace énfasis en el increíble alto nivel de
endeudamiento de los hogares. Sin embargo, otros contrastan estos datos con
números más que positivos en términos de crecimiento, baja del desempleo,
reducción de la pobreza, etc. Con todo, es cierto que, una mayoría de
brasileños consideran que las mejoras no han llegado a sus bolsillos. Dicho
esto, indicar que el voto a Bolsonaro se debió exclusivamente a la economía,
parece, en este sentido, una hipótesis demasiado audaz. ¿Y qué de la Argentina?
El gobierno también podría tratar de contraponer algunos éxitos macro con la
debacle de la micro y la sensación mayoritaria de que la guita no alcanza.
¿Será en Argentina la variable económica más determinante que en Brasil? Los
próximos meses serán clave en este sentido.
Llegando al final, dos aspectos
más: en primer lugar, el efecto Trump. Pareciera que, a diferencia de Europa,
todo lo que toca en Latinoamérica lo convierte en oro. Si se confirma el
triunfo de Bolsonaro, podrá jactarse de ello, sin dudas. ¿Iniciamos
definitivamente un camino hacia la Doctrina Donroe? ¿O acaso el eventual
resultado adverso de las elecciones de medio término en EEUU, tras el gran
error del ataque a Irán impulsado por Israel, podría hacer de Trump un pato
rengo que transmita su renguera a sus socios sudamericanos? ¿Llegará Milei con
la espalda de Bessent como sucedió en 2025, o, con el gobierno republicano
debilitado y de salida, deberá enfrentar en soledad los problemas de la
economía argentina que todavía no ha podido resolver?
Por último, el caso de Lula: ¡qué
difícil sigue siendo para los líderes populares de centroizquierda la cuestión
de la sucesión! Esta es la séptima vez que el líder brasileño se presenta como
candidato a presidente. En caso de confirmarse los números de la primera
vuelta, habría perdido 4 y ganado 3. Pero, claro está, cuando intentó
transferir votos a su candidato la caída fue estrepitosa. Más allá de ello,
Chávez delegó cuando la enfermedad le dijo basta; CFK, cuando la Constitución
la limitó, delegó candidatura, pero nunca jefatura; el personalismo de Evo
Morales es en buena parte responsable del desastre boliviano actual, y la lista
podría seguir con Correa, etc. Es paradójico que los espacios que siempre se
jactan de construir proyectos y de brindar transformaciones culturales, acaben
siendo fuertemente personalistas. Donde más fresco lo tenemos es en Argentina:
el candidato es el proyecto siempre y cuando la candidata no sea CFK, y la
dependencia con el líder llega a tal extremo que su sector es capaz de una
pirueta jurídica para obturar a cualquier otro candidato que, además de
pretender ser presidente, avance en la alocada idea de, también, disputar la
jefatura.
Aplicado al oficialismo actual,
la pregunta sería si hay proyecto mileista sin Milei, como dejó entrever
Patricia “Zelig” Bullrich, cuando dijo que lo que importa era el proyecto. De
confirmarse ello, sería el último paso hacia un proyecto anticasta liderado por
la casta.
En resumen, mirarse en el espejo
de la elección en Brasil tiene un valor limitado: solo algunas de las lecciones
de allí parecen extrapolables más allá de que tanto Argentina como Brasil
también responden a tendencias regionales y/o mundiales. Lo cierto es que
Latinoamérica se tiñe de azul y la próxima elección presidencial en Argentina
puede funcionar como la solidificación de esa tendencia o, probablemente, el
inicio de un nuevo ciclo de alternancia que exprese que, apoyada en una objetiva
insatisfacción, el único color que elija la gente sea el del cambio
permanente.