miércoles, 30 de diciembre de 2020

Coronavirus: la pandemia que nunca existió (publicado el 3/9/20 en www.disidentia.com)

 

Los muertos por covid-19 no están; no existen; no hay imágenes de ellos; tampoco hay fotos de los hospitales colapsados en tiempos donde cualquiera filma y sube sus grabaciones en las redes. La relación con la muerte y la indignación con ella transcurre por carriles administrativos: cuántos muertos a nivel local, cuántos a nivel mundial, cantidad de pacientes recuperados, comparación con otros países por millón de habitantes, etc. Todo se reduce a un problema de contabilidad. Que los muertos no se vean pero que la administración de la muerte sea transparente. Hay más preocupación por la pulcritud de la información que por los muertos en sí. Incluso hablamos con expertos que exponen modelos matemáticos donde nos proyectan curvas, aumentos de casos, saturación de camas pero los muertos no se ven, ingresan en el mundo de la inteligencia artificial como dato. Es casi una cuestión de gamers. El muerto y el virus siempre es el otro.  

A propósito, días atrás, Arturo Pérez Reverte en XLSemanal.com publicaba una nota titulada “No vimos bastantes muertos”. Allí el escritor exponía una vez más esta máxima de la filosofía y de la comunicación: lo que no se ve no existe. En este sentido indicaba: “fotos que no hemos visto de los ancianos que morían solos en residencias, dolor de familias enterrando a familiares de los que no podían despedirse, rostros enfermos y agonizantes, lágrimas de esa vecina mía que en dos semanas perdió a su marido, a sus padres y se vio ella misma con su hija en un hospital. Los cuerpos amontonados en las morgues, la desesperación, la angustia, la muerte de cerca y en directo”.

El punto de vista de Pérez Reverte se confirma, por la inversa, en el caso que despertó la última ola de protestas raciales en Estados Unidos. Es que si lo que no se muestra no existe, podría decirse que solo existe lo que se muestra, y en una cultura de la imagen donde todos deseamos ser vistos haciendo algo, lo que en realidad altera el humor social no es la muerte de Floyd sino la imagen de la muerte de Floyd. De hecho, violencia racial hay constantemente pero lo que lo hizo insoportable fue la filmación. Es la imagen, antes que el hecho que retrata la imagen, lo que genera la zozobra. No es que haya sucedido sino que haya sido visto.

En la misma línea, el 13 de junio, Rafael Ordóñez publicaba una nota en elindependiente.com, cuyo título va todavía un paso más allá: “Los muertos invisibles, censura en la pandemia”. Allí se entrevista a un grupo de fotoperiodistas para que den cuenta de las enormes dificultades que han tenido en documentar el colapso del sistema de salud español y se llega a la siguiente conclusión: “La gran mortandad causada por la pandemia en España ha sido invisible a los ojos de la libertad de información. Las instituciones gubernamentales del país, de todo signo político, han puesto todas las barreras y trabas para que no tuviéramos registro gráfico de la tragedia. Periodistas de los gabinetes de comunicación de las instituciones públicas han ejercido de cerrojos a las órdenes de los políticos y el acceso a la información no ha sido posible en su libertad total. La muerte (…) se ha convertido en una serie estadística con forma de curva que ha mantenido concentrados todos nuestros sentidos con el objetivo de alcanzar la ansiada nueva normalidad”. 

Explicar este fenómeno de la ausencia de imágenes de la muerte es difícil porque allí conviven aspectos propios de la cultura y la política local junto a elementos de carácter más universales.

En cuanto a estos últimos, la idea más o menos extendida en occidente de que es necesario eludir la morbosidad, el amarillismo y el fomento del miedo en una sociedad a la que se considera frágil y a la que hay que advertirle que las próximas imágenes pueden herir su sensibilidad, es un aspecto que no se puede dejar de soslayo. Por cierto, quien escribe estas líneas está de acuerdo con ello y tiene razones para justificar su posición. Sin embargo, es necesario reconocer que alguien podría alegar que mostrar lo que sucede no es fomentar el miedo y que, en todo caso, si lo que hay da temor, el problema no es del mensajero sino de la realidad. Digamos entonces que como mínimo es un debate atendible.

Pero si se trata de rasgos comunes a los tiempos que corren, una referencia más o menos obvia para entender este fenómeno son los artículos que el filósofo francés Jean Baudrillard publicara en ocasión de la guerra del Golfo y que luego fueran compilados en el libro La guerra del Golfo no ha tenido lugar.

Para Baudrillard, tras la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría, se inauguraba un tiempo de “guerras irreales”, “virtuales”. Un buen ejemplo de ello era, entre otras cosas, que en la Guerra del Golfo no había imágenes de muertos y, a favor de Baudrillard, se trata de un fenómeno que se repitió en los conflictos armados que se sucedieron hasta el día de la fecha y en atentados como los de las torres gemelas donde habrían muerto 3000 personas pero prácticamente no hay ni videos ni fotos de las víctimas.

De hecho las transmisiones de los corresponsales de zonas de conflicto suelen hacerse desde interiores o, como mucho, desde balcones donde los misiles y las bombas se ven apenas como lucecitas que van y vienen a tal punto que no pueden diferenciarse de fuegos de artificio. El comentario le gana al acontecimiento y las guerras devienen así guerras asépticas y virtuales, una pura representación mental de un mundo al que accedemos a través de pantallas. Esto naturalmente se ha acentuado 30 años después y llegó al paroxismo en el año 2020 cuando buena parte del planeta, de repente, se vio obligada a aislarse y a comunicarse a través de sus dispositivos.

Si las guerras se transforman en virtuales y están mediadas por nuestros dispositivos, ya no hará falta librarlas en un territorio y en un determinado tiempo. Por ello los conflictos de la actualidad, salvo algunos resabios, ya no tienen que ver con la ocupación en el espacio ni con las intervenciones directas sino que se acomodan más a la lógica de conflictos y amenazas desterritorializadas. El mejor ejemplo de ello es el terrorismo: la amenaza está en todas partes. Ya no es un Estado extranjero. Puede ser una célula migrante o incluso nacionales; puede ser un loco suelto sin preparación que accede a armas y a  información a través de internet. El terrorista no tiene un género particular, ni una etnia ni una religión. Puede ser tu vecino, el que come una pizza al lado tuyo, tu cita a ciegas, quien maneja el auto que frenó en la esquina. Por lo tanto, el riesgo es total, está siempre y no cesa. Eso es lo importante de los conflictos actuales: se libran en cualquier espacio y continúan indefinidamente. Son guerras que necesitan no terminar nunca y que recibirán como respuesta un control que tampoco cesará y que será ubicuo. En este sentido, la pandemia cumple con todos los requisitos para ubicarse en el centro de los conflictos del siglo XXI.

De hecho podríamos decir, con Baudrillard, que el coronavirus no ha tenido lugar. La enfermedad no se ve. Solo hay imágenes de barbijos como efectos de una causa que no está y que al ser invisible nos amenaza todo el tiempo. Es que las amenazas de estos tiempos necesitan portadores discretos. Solo la discreción puede tener como respuesta el control total, exactamente como sucede con el terrorismo. Si quienes ponen bombas o distribuyen virus fueran monstruos verdes gigantes no haría falta tanto control. Por eso, además, el coronavirus es ideal porque buena parte de sus portadores son asintomáticos. Ni siquiera tosen. Parecen sanos pero están enfermos. Gente asintomática. Gente discreta. El enemigo está en todas partes. Por ello, como decíamos al principio, los conflictos de la actualidad son un problema de administración. El virus no existe porque no se ve pero hay que administrarlo. Entonces hay que protocolizar. Seres humanos resolviendo sus relaciones con las herramientas con las que en general se resuelven los conflictos es algo pasado de moda. Hay que protocolizar todo porque siempre hay riesgo. El otro es un peligro: pone bombas, contagia, ofende.

El virus que no existe, con muertos que no se ven, seguirá vivo en el control que se realice para continuar evitándolo. Por ello la noticia que más se espera no es la de la vacuna sino la del rebrote, la de la reinfección, la de la alteración de la cepa, la posibilidad que en otro mercado de animales aparezca un virus quizás más letal. El simulacro debe continuar como la temporada de una serie de Netflix: covid-2020; covid-2021. Necesitamos que un epidemiólogo de cualquier universidad de mierda, vestido con delantal blanco, nos diga que vamos a usar barbijos de por vida y que para besar en la boca habrá que ponerse un látex en la lengua. Necesitamos saber que vamos a estar siempre en peligro pero sin ver la muerte porque instagram censura las fotos que puedan sensibilizar.

Por cierto, si vas a sacar una foto ejerciendo el acto libertario de hacer fila para tomar un café en frente del hospital, procura que en la toma no aparezcan las ambulancias. No sea que alguien pueda angustiarse y olvide darte un like.

 

 

 

Y sin embargo...es mentira (publicado el 23/12/20 en www.disidentia.com)

 

El protagonista está mirando la TV, llega el momento de los comerciales y aparece una publicidad de Coca Cola que reza lo siguiente: “Hola, soy Bob. El vocero de Coca Cola. Hoy he venido a pedirles que sigan comprando Coca Cola. Estoy seguro de que la beben hace años y si aún lo disfrutan les recuerdo que la compren otra vez pronto. Básicamente es agua marrón azucarada. No hemos cambiado los ingredientes así que no puedo contarles nada al respecto, aunque cambiamos un poco la lata… verán que los colores son distintos y que agregamos el oso polar para los niños. Coca Cola tiene mucho azúcar y como toda bebida calórica puede causar obesidad en niños y adultos que no siguen una dieta saludable. Eso es todo. Es Coca Cola. Es muy famosa. Todos la conocen. Soy Bob. Trabajo para Coca Cola y les pido que no dejen de comprarla. Eso es todo”.

¿Se imaginan un comercial donde alguien pretenda vendernos un producto con ese descaro? En realidad, es una de las primeras escenas de una película de Ricky Gervais del año 2009. Su nombre es The invention of lying y su trama es interesantísima. Se trata de un mundo en el que todos dicen la verdad. Nadie miente. Sin embargo, lo que parece ser una sociedad ideal, libre de Fake news, no es tal porque un mundo en el que todos dicen la verdad puede ser muy cruel. Sin ir más lejos, en la película, el protagonista tiene una cita a ciegas, llega hasta la puerta de la casa de ella y se da el siguiente diálogo:

“-Hola.

-Hola.

-Llegaste temprano. Me estaba masturbando.

-Eso me hace pensar en tu vagina. Soy Mark. ¿Cómo estás?

-En este momento un poco frustrada. También deprimida y pesimista sobre nuestra cita de esta noche. Soy Anna. Entra. Espera ahí [señalando el sillón]. Terminaré de arreglarme. Mientras tanto, quizás notes que sigo algo excitada e intente terminar de masturbarme sin que me oigas.

-Ahora me siento incómodo por haber llegado temprano.

-Sí, me decepciona que así sea y no tengo muchas expectativas por lo de hoy pero la idea de estar sola el resto de mi vida nos asusta a mi madre y a mí por igual”.

Este es uno de los tantos ejemplos que muestra muy bien la película y, si no la vieron, les sugiero que lo hagan. Claro que todo cambia cuando el protagonista, por una cuestión fortuita, acaba mintiendo. Sí, la primera vez que alguien miente. ¿Qué sucedería si alguien mintiese en un mundo donde todos dicen la verdad? La pregunta viene al caso porque si el mentiroso tiene buen corazón puede comenzar a realizar un montón de mentiras piadosas a gente que lo necesita. Por ejemplo, puede decirle a la pareja que se iba a separar que son tal para cual y que, gracias a ese mensaje, la disposición de ellos cambie y vivan felices; puede mirar a los ojos a la mujer creyente que estaba por morir y decirle que la espera el cielo y la salvación eterna para que ella esté tranquila; al idiota que todos desprecian le puede hacer creer que sus afirmaciones son valiosas, etc. Y ahí aparece un punto clave porque en una sociedad donde todos dicen la verdad, todos creen. Y solo en una sociedad en la que todos creen puede haber mentiras piadosas que funcionen como tal. En otras palabras, aunque resulte una obviedad, para que la mentira cumpla su función, el mentido debe creer que se le está diciendo la verdad. De aquí que la credulidad sea vital.

En la película, como les decía, el único hombre capaz de mentir no utiliza ese poder que en un mundo de crédulos podría hacer estragos. Más bien lo utiliza para ayudar y cuando tiene la posibilidad de usar la mentira para seducir a su amor no correspondido, decide decir la verdad porque lo que busca es un amor basado en ésta. Ahí se da cuenta que la mentira no le puede servir siempre o que construir una relación basándose en la mentira no garantiza cimientos sólidos.

Pero el experimento mental que propone Gervais me llevó a trazar puentes con la realidad y hacerme algunas preguntas. La principal gira, naturalmente, en torno a la cuestión de la verdad, tema filosófico si los hay. Sin entrar en precisiones técnicas, digamos que hay muchas definiciones de verdad pero la clásica que aún pertenece a cierto sentido común es la conocida como “verdad como correspondencia”. Esto es, la verdad surge de la relación de correspondencia entre lo que se dice y lo que es, entre lenguaje y realidad. Hay verdad si alguien afirma que tengo un reloj en la muñeca y efectivamente tengo un reloj en la muñeca. Si falta el lenguaje o falta la realidad, no hay verdad. 

¿Y qué sucede hoy? Sucede que nadie se atreve a decir que algo es verdad porque los dos elementos esenciales de la verdad, el lenguaje y la realidad, están puestos en tela de juicio.

De hecho hoy el eufemismo reemplaza a la búsqueda de precisión porque ya no se busca describir sino que lo que se pretende es no ofender. El lenguaje se ha desvinculado de la tarea del conocer para ser un promotor de moral pública. No es que antes no lo fuera pero ahora parece ser ésa su función exclusivamente. Claro que aquí no defendemos una posición positivista decimonónica burda, ni neopositivista, por la cual creamos que es posible encontrar un lenguaje que describa el esqueleto de la realidad tal cual es. Pero de advertir que es imposible hallar un lenguaje perfecto que describa las cosas tal cual son, no se sigue que el lenguaje sea incapaz de transmitir conocimiento y que su única función sea no ofender.

Asimismo, lo que llamábamos “realidad” es ahora la invención de una perspectiva individual. Tantas realidades como individuos. La objetividad devino fascista. Y una vez más: no hace falta caer en una posición radicalizada por la cual se indique que existe un único mundo y que las perspectivas individuales no juegan ningún papel. Pero de ahí no se sigue que la realidad sea lo que el capricho subjetivo determine.

A propósito, leía hace poquito un caso de un joven que se autodenomina “transespecie” y que se hizo una operación por la que se incrustó dos aletas en el cráneo a partir de lo cual dice tener percepciones especiales y no sentirse 100% humano. ¿Por qué no podemos decirle que está equivocado o que, en todo caso, él puede decir y sentirse como quiera, pero la realidad es que él no es un transespecie sino un humano? ¿Acaso puede ofenderse?  Quizás sí pero a veces las subjetividades se equivocan, mal que le pese al posmodernismo.      

Tenemos entonces un lenguaje que no pretende describir y una realidad a merced de los caprichos subjetivos. ¿Dónde podríamos encontrar la verdad en un escenario así? Lo curioso es que la creencia no ha desaparecido. La gente sigue creyendo. No hay verdad pero cree. O en todo caso no hay grandes verdades sino microverdades en las que se cree, al menos un rato, hasta que otra microverdad la reemplaza. Así, lo otro del mundo donde todos dicen la verdad y todos creen, es un mundo donde todo es mentira pero donde hay creencia y por eso pueden operar las mentiras piadosas y se nos exige que las llevemos adelante todo el tiempo. Así, se nos obliga a utilizar mentiras piadosas con la esperanza de que un día, quizás, olvidemos que lo son.

Como muestra la película, un mundo donde todos dicen la verdad no es un mundo deseable. Es, más bien, un lugar donde todos seríamos muy crueles y donde todo estaría a la vista. Agregaría yo, además, que ese mundo tampoco es posible porque la verdad es también una construcción. Pero es una construcción sobre una mínima base común y no sobre el capricho subjetivo porque por más que así lo deseamos, en general, el mundo no se comporta como nosotros queremos. Es así. A veces es una injusticia producto de las formas que tenemos de vincularnos los humanos cuando, por ejemplo, sabemos que cada vez hay más desigualdad. Pero a veces no. A veces la naturaleza juega. Si sos humano, no tienes alas y tampoco puedes vivir bajo el agua ni eres inmortal. Lo siento. Afirmar lo contrario no hará a esa afirmación verdadera por la sencilla razón de que es falsa. El lenguaje crea realidad pero no hace magia. La performatividad tiene límites.  

Entonces nadie quiere el mundo donde todos dicen la verdad. Pero el mundo donde todos dicen mentiras piadosas no nos debe hacer olvidar que, aunque piadosas, hay algunas afirmaciones que son, lisa y llanamente, mentiras.         

Tu presidente es un androide (publicado el 9/12/20 en www.disidentia.com)

 El bipartidismo y las elecciones donde los ciudadanos eligen a quien será su representante se han ido con el siglo XX y son materia de libros de historia. Salvo contadas excepciones, los presidentes en Europa o Estados Unidos se suceden pero las plataformas y las políticas se parecen, especialmente porque quienes gobiernan no son esos presidentes ni los representantes del pueblo. En este sentido, la alternancia es solo alternancia de nombres propios.

El escenario no dista demasiado de aquel diseñado por el escritor de ciencia ficción estadounidense Philip Dick, en su libro Simulacros, publicado en 1964. La novela está ambientada a mediados del siglo XXI. Al frente del gobierno de una nueva entidad política conformada por Estados Unidos y Europa cuya sede es La Casa Blanca, hay un presidente que pertenece al único partido existente. Podría decirse que se dejó de lado la hipocresía de afirmar la pertenencia a distintos partidos. Resultaba más simple asumir que partido hay uno solo y que la democracia solo era real para un grupo mayoritario de cándidos. Es verdad que el pueblo mantenía el derecho de elegir sus presidentes cada cuatro años. El detalle es que estos presidentes son androides. No sabemos por qué Dick recurrió a la idea de presidentes androides para exponer que los presidentes humanos elegidos a través de las urnas responden a intereses fácticos pero convengamos que, como metáfora, es por demás pertinente.

Dejando de lado el sentido más técnico que el término “simulacro” pudiera hallar en la filosofía, la idea de simulacro entendida coloquialmente como una puesta en escena que se hace pasar por algo real, atraviesa toda la historia del pensamiento occidental y también la obra de Dick. De hecho, probablemente, junto a la pregunta acerca de qué es y qué será el ser humano, el tema de qué es real y qué no, es la gran pregunta que está presente obsesivamente, me atrevería a decir, en casi todos sus escritos.

Asimismo, como también sucede en el resto de sus novelas, hay varias historias que se van contando en paralelo pero de ésta yo rescataría con fuerza la cuestión política, la exposición de la farsa en la que se han convertido las democracias actuales. De hecho, la idea de un gran único partido muestra que la verdadera competencia ya no es electoral sino entre empresas. Es el poder real el que saca y pone estos presidentes androides y que juega su propia interna apoyando o desplazando a las empresas que, naturalmente, mantienen este secreto de Estado. Es más, si bien ha sido publicada en 1964, un pasaje de la novela expone que para mediados del siglo XXI las empresas multinacionales serán más importantes que los Estados. Evidentemente la realidad fue más ansiosa y llegó antes que los presagios de Dick, al menos en este punto.

Pero este simulacro no alcanza y Dick va un paso más allá para poner en el centro a la primera dama. La primera dama es una suerte de reina y ocuparía algo así como un cargo vitalicio ya que ejerce ese rol desde hace setenta años, aun cuando los presidentes androides se reemplazan cada cuatro. Como indica uno de los personajes, a finales del siglo XX, Occidente derivó en un matriarcado. ¿Pero es ella también un androide? No. Sin embargo, parece no envejecer. De hecho está siempre espléndida, luce joven y la gente la adora. La respuesta no está en las cirugías ni en un prodigio. Es que la primera dama real, joven y bella había muerto hace setenta años y desde aquel momento ha sido reemplazada, sin que el pueblo se diera cuenta, claro, por actrices cuya fisonomía era similar a la de la finada.

En medio de todo esto aparecen personajes rarísimos como un pianista sin manos que toca gracias al poder mental; unos marcianos que conviven con nosotros y que tienen la capacidad de convencer a la gente, y lluvias radioactivas ocasionadas por bombas lanzadas desde la China popular que derivaron en la esterilidad de muchas personas. El dato es interesante porque en su novela Dick aclara que los sistemas políticos prohíben votar a esta horda de estériles.

Además, en Dick no pueden faltar las colonias en Marte, claro está, y los viajes en el tiempo. En este caso utilizados para cambiar la historia de un Hitler que habría ganado la guerra (como en su otra novela, El hombre en el castillo) y para traer al presente al nazi Hermann Göring, quien había sido el número dos de Hitler y que sería extorsionado para que aceptara realizar un trabajo sucio funcional al interés del gobierno actual.

En el plano de lo político y sociológico no es menor el detalle que marca Dick cuando habla de una sociedad dividida entre una elite que conoce el secreto de los simulacros y un vulgo engañado que cree vivir en un sistema democrático. En medio de todo ello hay unos seres denominados “parias” que no serían producto de una degradación radioactiva sino neandertales que se vinculan con la realidad a través de la televisión. Es interesante este punto porque la diferencia entre la elite y el vulgo no es económica sino vinculada al conocimiento. Son una elite por lo que saben y no por lo que tienen. Efectivamente, Dick ya lo había visto todo en 1964.

¿Y qué sucede en la novela? La empresa que creaba los androides presidentes amenaza con revelar el secreto a la prensa si se le quita el negocio de construir el próximo androide. El gobierno intenta acallar a la empresa persiguiendo a los responsables pero la información sale a la luz y hay un conato de golpe de Estado que enfrenta a la policía federal, de parte de la empresa multinacional, con el gobierno. Pero cuando decimos “gobierno” hay que aclarar que quien gobierna es, en realidad, un Consejo muy poco notable que maneja desde hace décadas al país eligiendo en los castings a la primera dama y poniendo o sacando a los presidentes robots.

Hacia el final, uno de los protagonistas plantea la posibilidad de irse a vivir a Marte mientras observa alrededor la guerra civil desatada y un grupo de neanderthales bailando sin comprender lo que sucede alrededor.

Quienes disfrutamos de la literatura entendemos que el agregado del viaje a Marte es un guiño que hay que agradecerle a Dick. Es que, leída en el año 2020, es la única parte de la novela que nos permite reconocer que se trata de una ficción.  

lunes, 14 de diciembre de 2020

Argumentos, falacias e incomodidades en torno al aborto (editorial del 12/12/20 en No estoy solo)

 

“Te despertás en la mañana y de espaldas a vos se encuentra en la cama un violinista inconsciente. Un famoso violinista inconsciente. Se ha comprobado que él tiene una enfermedad renal grave, y la Sociedad de Amantes de la Música sondeó todos los registros médicos disponibles y encontró que solo vos tenés el tipo de sangre para ayudarlo. Por ello, te han secuestrado y anoche han conectado el sistema circulatorio del violinista al tuyo, así tus riñones podrán ser usados para extraer el veneno de la sangre de él, así como el de los tuyos. El director del hospital, ahora te dice: “Mire, nosotros sentimos que la Sociedad de Amantes de la Música haya hecho esto  –si lo hubiésemos sabido nunca lo hubiésemos permitido. Pero aún así, lo hicieron, y el violinista está ahora conectado a usted. Desenchufarlo sería matarlo. Pero no importa, es solo por nueve meses. Para entonces, ya se habrá recuperado de su enfermedad y con seguridad podrá ser desconectado de usted”. ¿Es moralmente vinculante para vos acceder a esta situación? No cabe duda de que sería muy amable de tu parte si lo hicieras, una gran bondad. ¿Pero tenés la obligación de acceder a ella?”

El párrafo anterior pertenece a la filósofa estadounidense Judith Jarvis Thomson, fue publicado en 1971 y se ha transformado en un clásico de la literatura sobre despenalización del aborto. Si bien su argumentación no estuvo exenta de críticas, lo que la autora intenta señalar es que del derecho a la vida (de un embrión o un feto) no se sigue que exista un derecho a utilizar el cuerpo de otra persona ni tampoco una obligación moral de la dueña de ese cuerpo para con esa vida. Es decir, si te parece razonable que nadie puede exigirte que estés atado a un violinista durante nueve meses aun cuando desconectarte supusiera la muerte de él, encontrarías allí una analogía para justificar que, aun reconociendo que se debe proteger la vida de un embrión, nadie podría obligarte a que sacrifiques tu cuerpo en pos de ello.

Traigo a colación este texto porque en estas semanas en las que escuchamos las posiciones a favor y en contra del proyecto de legalización del aborto, tengo la sensación de que más temprano que tarde se transformará en ley pero los argumentos que se esgrimen para defenderlo no son los mejores.

De hecho, uno de los que más se utiliza para defender la legalización podría entenderse como una variante de la “Falacia naturalista”, aquella que del “ser” deriva un “deber ser”. Me refiero al que indica que, dado que los abortos se realizan igual, de manera clandestina y con el consabido riesgo que para la madre conlleva, entonces, habría que legalizarlos. No hay ninguna duda de que la ilegalidad de la práctica de la interrupción del embarazo no ha hecho que las mujeres dejen de realizarla pero el mismo argumento podría utilizarse para quitar las multas de quienes pasan los semáforos en rojo. Es decir, a nadie se le ocurre afirmar que dado que los automovilistas siguen pasando en rojo, entonces, habría que dejar de multarlos. En todo caso, este tipo de argumento funciona para los casos en que hay nuevas costumbres inocuas que hacen a las leyes obsoletas o, creo que este podría ser el caso, ante la suposición de que lo que se está cercenando es un derecho. El punto es que hay sectores de la sociedad que consideran que el derecho del embrión está por encima del de la mujer. Esos sectores también discuten en términos de “derechos” por más que en la batalla terminológica se los quiera quitar del debate democrático bautizándolos de “antiderechos” (lo cual no es otra cosa que una respuesta del mismo tenor al artilugio que utilizaran “los pañuelos celestes” al autodenominarse “provida” e intentar dejar a “los pañuelos verdes” del lado de “la muerte”).

Asimismo, primo hermano de este argumento es aquel que afirma que despenalizando el aborto acabaríamos con el negocio millonario de las clínicas que realizan abortos clandestinos y de los laboratorios que aumentan los precios de las pastillas que producen los abortos. Sin dudas es así, pero, por ejemplo, a nadie se le ocurriría despenalizar el tráfico de animales en riesgo de extinción para acabar con el negocio clandestino de la compra y venta de los mismos. Si bien podría pensarse que el argumento obedece a razones pragmáticas y no a una valoración moral sobre aquello que se despenaliza, no es el pragmatismo el que podría distinguir entre los casos del aborto clandestino y el tráfico de animales en riesgo de extinción, sino la suposición de que detrás del aborto hay un derecho de las mujeres lo cual hace que el pragmatismo, entonces, se transforme en secundario. 

Pero hay un segundo argumento muy utilizado en favor de la legalización y es el que hace hincapié en la protección de la vida de la madre. Efectivamente, si bien los números que se arrojan difieren enormemente, es evidente que existen muertes de mujeres, en su mayoría pobres, por abortos realizados en condiciones inapropiadas y que la legalización evitaría esas muertes. Sin embargo, el error de esta argumentación es que hace foco en la problemática de “la vida” ya que ese eje es justamente el que utiliza el adversario. En otras palabras, si quienes buscan la legalización afirman que alrededor de cincuenta mujeres mueren por año en la Argentina por complicaciones vinculadas a abortos realizados de manera clandestina, los grupos denominados “provida” argumentarán, naturalmente, que, entonces, cada año mueren, en Argentina, quinientos mil seres humanos “inocentes” por abortos.

Además, dar el debate en términos de “vida” corre el riesgo de olvidar que, para los sectores que buscan la legalización, lo central es instalar la distinción entre “vida” y “persona” entendida como sujeto de derecho. Que hay vida desde la concepción nadie lo duda. Lo que se discute es cuándo esa vida se transforma en sujeto de derecho. Decir que se es persona desde la concepción, desde la semana catorce o desde el nacimiento es, por cierto, toda una discusión metafísica.               

Para concluir, creo que la mejor manera de defender robustamente el proyecto es evitar la variante de la falacia que supone que lo que se repite en los hechos debería transformarse en derecho y correr el eje de la discusión quitándolo del terreno de la “defensa de la vida (de la mujer)” y la salud pública. Para ser más claro: probablemente estas razones sean las que más conmuevan a la sociedad y las que acaben siendo más persuasivas pero, sinceramente, no creo que sean las más potentes. En este sentido, si bien, por supuesto, no está exento de controversias, los que abogan por la legalización quizás encontrarían un terreno argumentativo más sólido si trasladaran el debate al terreno de un derecho que lo que busca es reguardar el valor de la autonomía de las personas.  

De hecho, si retomamos el fragmento de Thomson, una lectura posible de ello es la de la reivindicación del derecho de, en este caso, las mujeres, a disponer libremente de su cuerpo y a proyectar un plan de vida, características que, claramente, un embrión, como tal, no posee. Esto, a su vez, dejaría a los adversarios del debate prendidos de argumentos bastante débiles y arcaicos en torno a las supuestas potencialidades de esa vida que se sumaría a la visión tan frágil como conspirativa por la cual se afirma temerariamente que detrás de todo esto hay un plan de Soros para despoblar la Argentina y traficar órganos de embriones.  

Enfocarse en la autonomía es un argumento liberal y quizás sea por eso que los sectores de izquierda y del progresismo “nac and pop”, que hoy son los principales impulsores del proyecto, se sientan incómodos y prefieran esgrimir otras razones. Porque está claro que incomoda mucho a estos sectores aceptar que están defendiendo un argumento liberal y que en muchos casos llevan como banderas reivindicaciones que son liberales. Pero la incomodidad, las tensiones y los complejos al interior de movimientos, partidos o corrientes ideológicas, no parecen razones suficientes para despreciar un argumento sólido, provenga de la tradición que provenga.

Quedará para otra ocasión, en todo caso, revisar elementos que han aparecido en el debate pero que lo trascienden. Por ejemplo aquella acusación que indica que se trata de una agenda progre de clases medias/altas ilustradas y urbanas. Creo que es así pero eso no invalidaría la reivindicación. En otras palabras, las ilustradas y progresistas clases medias/altas urbanas tienen todo el derecho a llevar adelante una agenda propia, máxime si se esgrimen buenas razones para justificar que hay un derecho que la ley está negando. Ahora bien, por qué esas clases medias/altas evitan asumir esa agenda como propia es un aspecto que, insisto, trasciende la discusión sobre el aborto e incluso trasciende a la Argentina. Es que, en general, pareciera que las agendas progresistas nunca aceptan la agenda como una agenda de clase sino que siempre la llevan adelante en nombre de sectores desaventajados o víctimas. Y aquí se dan enormes paradojas porque hace años que todo se hace por, y en nombre de, los pobres pero cada vez hay más y más pobres. Asimismo, en Argentina en particular todo tiene que hacerse en nombre de Perón y de Evita y si las nuevas reivindicaciones no encajan con los principios del peronismo pues entonces se cambian los principios. En este sentido, se podría ser oficialista, defender la legalización del aborto y sin embargo admitir que de la doctrina social de la Iglesia de la cual abreva el peronismo no se sigue fácilmente una propuesta como ésta. Claro que admitirlo generaría incomodidad y por eso se rechaza. Pero pareciera que importa más el hecho de que se haga en nombre de Perón y Evita, y, presuntamente, a favor de los pobres, que la solidez de la argumentación con el fin de alcanzar un objetivo.

La Cámara de Senadores tiene en sus manos la decisión y lo dicho aquí probablemente no sirva de nada. Es que más allá de mejores y peores argumentos, o de discusiones metafísicas, se tratará, al fin de cuentas, de una decisión política.   

 

*Una versión preliminar de este artículo fue publicada en 2018 bajo el título “Argumentos equivocados para despenalizar el aborto”

viernes, 11 de diciembre de 2020

Los buenos policías y los derechos de los hijos de puta (editorial del 5/12/20 en No estoy solo)

 

El escándalo generado por unos twitts realizados hace casi 10 años por el capitán y dos jugadores más de la selección de Rugby argentina podría haber pasado como una anécdota menor si no resumiera un clima de época.

Los detalles del hecho son por todos conocidos: un conjunto de mensajes de tono particularmente xenófobo y clasista se viralizaron días después del pobrísimo homenaje que Los Pumas rindieran a Maradona. Estos mensajes, la mayoría provenientes de la cuenta del capitán, Pablo Matera, recibieron rápidamente el repudio de usuarios de las redes hasta llegar a ser noticia en los medios tradicionales.

Antes que alguien pueda afirmar que lo que viene a continuación es una defensa de los rugbiers o, peor aún, de la xenofobia, el clasismo o la discriminación tan frecuente que aparece en forma de misoginia u homofobia, advirtamos que, naturalmente, ése no es el sentido de estas líneas. De hecho, hasta podría reconocer que tengo enormes prejuicios, seguramente de clase, contra los rugbiers y que algunos de esos prejuicios son, en realidad, juicios relativamente fundados más allá de que toda generalización supone injusticias. Dicho esto, no puedo acordar con quienes han pedido desmedidas sanciones que, en algunos casos, hasta llegaron a la exigencia de castigos de por vida. ¿Sanciones de esa magnitud para quien incluso ha reconocido su error y ha pedido disculpas aclarando además que hoy, 10 años después, no es la misma persona que era? ¿Hay que sacrificarlo en la plaza pública para que pague sus culpas por un mensaje xenófobo y clasista escrito cuando tenía menos de 20 años? Dejando a un lado el caso específico para no personalizar: ¿Quienes realizan deportes al más alto nivel tienen que ser todas buenas personas? ¿Un eventual boludo o, incluso, un hijo de puta, no tiene derecho a trabajar o a realizar la actividad que desee? Una vez más, y para no ofender a nadie con epítetos: ¿el tribunal de Twitter es el que va a determinar qué personas cumplen con los nuevos requisitos de moralidad para desarrollar una actividad?

La situación es enormemente preocupante justamente porque es tanto el vértigo y la necesidad de castigo de estos tiempos neovictorianos que las sanciones las determinan los enjambres cibernéticos antes que los tribunales de Justicia. El señalado es expuesto en las redes y la viralización hace que el mero señalamiento se transforme en sentencia inmediata, inapelable y, sobre todo, desproporcionada. Si suelen leerme saben que vengo haciendo hincapié en este último punto y estoy tentado a decir que, hoy en día, más grave que las sentencias exprés son los castigos sin proporción que aparecen a partir de que las redes tienen una capacidad memorística ilimitada y descontextualizada. Es más, para el caso en cuestión, es probable que pasen los años y que cualquiera que busque “Pablo Matera” en Google encuentre su nombre asociado a la xenofobia antes que a su desempeño deportivo.      

Pero supongamos que alguien no comprendió lo que acabo de desarrollar y se pregunta si acaso no es para celebrar el hecho de que las sociedades, representadas a través de las redes sociales, hoy en día estén mucho más atentas a repudiar casos de discriminación. Expuesto de ese modo sería difícil oponerse pero, ¿es efectivamente así? No necesariamente. Porque es evidente que hay un mayor recelo por actitudes y comentarios discriminatorios que hace décadas se dejaban pasar por estar naturalizados pero también comienzan a hacerse cada vez más visibles otras formas de discriminación que curiosamente vienen de tradiciones más cercanas a lo que ampliamente podría denominarse “pensamiento de izquierda”. En este sentido, a la clasista y xenófoba declaración del rugbier, representativa de la más vulgar derecha reaccionaria argentina, no se le responde con juicios sensatos, equilibrio, prudencia y búsqueda de igualdad. En otras palabras, a la declaración clasista y xenófoba que estigmatiza a “la mucama laburante” y a “los negros” se le responde clasista y xenofóbicamente para afirmar que todo lo que provenga de clases altas y blancas es malo y repudiable. Al estereotipo de “la sociedad argentina debe tener los valores de Los Pumas” se le responde afirmando que allí no hay nada bueno y que los valores que debe tener la Argentina son los valores de los no blancos y no ricos. Pero no hay nada a priori que determine que los no ricos y no blancos tengan un status moral superior, salvo, claro, que caigamos en romanticismos varios y metafísicas difíciles de justificar.

Entonces nos estamos acostumbrando a que las respuestas a las discriminaciones sean igualmente discriminatorias: a la aporofobia que discrimina a los pobres se le responde con una suerte de aristofobia que ataca a cualquiera que se destaque como si el mérito y el esfuerzo fuesen “de derecha”. En todo caso, deberíamos luchar para que la carrera meritocrática tenga a todos los participantes en el mismo punto de partida. Pero el problema no es el mérito. El problema es que la desigualdad hace que no todos puedan correr en igualdad de condiciones para demostrar quién tiene más mérito.         

Y la lista puede continuar: la respuesta al especismo que pone al Hombre en el centro en detrimento del resto de los animales tiene un montón de elaboraciones razonables y justas pero también sectores que ponen en pie de igualdad a un bebé humano con la cría de una comadreja y que son capaces de llamar “asesino” a quien come un sándwich de jamón y queso; ni hablar de los interesantes aportes del feminismo, con sus discusiones internas y sus conquistas pero que a veces acaba opacado por sectores que dan respuestas misándricas a reales ataques misóginos. Por último, algo que en su momento comentamos aquí, son cada vez más frecuentes las respuestas punitivistas “de izquierda” a los ataques punitivistas “de derecha”. En este punto las contradicciones abundan transversalmente. Leía por allí a un usuario que advertía cómo la derecha buscaba absolver al capitán de Los Pumas por haber escrito esos twitts antes de cumplir 20 años mientras que, al mismo tiempo, se aboga por una baja en la edad imputabilidad que permita meter presos especialmente a jóvenes de clases bajas. Tiene razón. Sin embargo, del otro lado, los mismos que piensan las cárceles como espacios de resocialización y advierten que no se puede hablar estrictamente de la responsabilidad individual de un acto sin tomar en cuenta el contexto de desigualdad originado por el sistema capitalista, exigen penas legales, sociales y morales desproporcionadas para determinados sectores sociales o determinados comportamientos. Así, si el asesino es pobre hay que darle una oportunidad. Pero si el infractor es rico hay que negársela y que pague eternamente. Al punitivismo de derecha no se le responde, entonces, con garantismo, sino con un punitivismo selectivo que es punitivista con los que no me gustan y garantista con los que piensan como uno.

Antes de finalizar, quiero señalar dos puntos más a propósito de esto. El primero es que el exceso de guardianes morales no suele generar sociedades más virtuosas sino más hipócritas. Volviendo al ejemplo de los rugbiers, buena parte de los que piden la expulsión de por vida para los rugbiers twitteros van a la cancha y le gritan a la hinchada rival que “son todos putos y que se laven el culo porque…etc.”. Sin embargo, mientras se haga en masa y no se deje por escrito parece que allí sí se pueden reproducir los estereotipos del machismo y la homofobia más vulgar sin ninguna consecuencia.

Y el segundo punto tiene que ver con las instituciones. Hace algunos años se decía que nadie resistía tres tapas de Clarín. Habría que modificar eso y decir que hoy nadie resiste doce horas de ataques en Twitter. Esto, claro, es una realidad para las personas de a pie pero no puede serlo para las instituciones. Independientemente de lo que suceda con la UAR, que al momento en el que escribo estas líneas, primero sancionó y luego quitó la sanción a los tres rugbiers, lo cierto es que, en general, las instituciones sobrereaccionan a los ataques de las redes cometiendo, en algunos casos, enormes injusticias. No les importa la verdad sino que nadie se sienta ofendido, responder a presiones políticas o que el sponsor, que quiere asociar su marca a los cánones de la nueva moralidad, no se retire.

En síntesis, los boludos, los hijos de puta, las malas personas también tienen derechos porque los derechos que poseen los poseen en tanto personas. Podemos discutir con ellos públicamente, exponer nuestras diferencias, señalarles sus errores, incluso podemos elegir que no sean nuestros amigos pero tienen los mismos derechos que la gente buena, comprometida y sabia. Además, una sociedad en la que solo puedan hablar y, sobre todo, desarrollar una vida normal aquellas personas que los patrones de moralidad consideran virtuosas, no va a generar una sociedad mejor sino una sociedad donde continuará habiendo discriminación, desigualdad e injustica. Será una sociedad en la que, en nombre de ser buenos ciudadanos, nos transformaremos, sin darnos cuenta, en muy buenos policías.