jueves, 25 de diciembre de 2025

Sin 20 de diciembre, sin trabajadores, sin pueblo (editorial del 20.12.25 en No estoy solo)

 

Los que siguen este espacio recordarán una columna en la que interpretaba la llegada de Milei como el paso del “Que se vayan todos” al “Que venga cualquiera”. Si esta hipótesis es correcta, Milei no sería la pospolítica, ni la superación de un largo proceso de crisis de representatividad sino más bien el último eslabón de una cadena que nació el 20 de diciembre de 2001, hace exactamente 24 años. En terminología nietzscheana y permítaseme el salto, Milei no sería el Superhombre sino, justamente, el Último Hombre, un emblema decadente del nihilismo que aparece cuando nos enteramos que Dios, es decir, los grandes relatos y los fundamentos últimos dadores de sentido, ha muerto.

Si de citas extemporáneas se trata, el caso de Milei podría leerse a la luz del mítico fragmento final del Batman de Nolan cuando el personaje de Oldman afirma que Batman no es el héroe que merecemos pero sí el que necesitamos. Al menos así puede que lo entienda buena parte de la política y el poder real: el loco que llevará adelante las reformas que el país supuestamente necesitaba y cargará con todo el costo político para que, luego, una figura de la casta que no tuvo las agallas de ir a fondo, saque rédito de la devastación.

Ahora bien, si nos detenemos en la efeméride del 20 de diciembre, cabría decir que más de 20 años después ni siquiera ha quedado esa ritualidad de la violencia y el estallido que teñía cada diciembre de los años posteriores. Afortunadamente, claro. Sin dudas, la reconciliación con la política que operó en una parte de la población alrededor del kirchnerismo, y la politización por oposición a ese proceso que operó a partir de la crisis de 2008, fue borrando esa sensación de que todo daba lo mismo. Al contrario: hubo una repolitización que probablemente se pasó de la raya y que generó conflictos en todas las familias, en aquello que, a falta de un concepto mejor, se llamó “la grieta”.

Sin embargo, claro está, el agotamiento del kirchnerismo y los fracasos de Macri y el gobierno de Alberto, hicieron resurgir el espíritu de principios de este siglo, aunque, en este caso, como suele ocurrir, ya ni siquiera con violencia sino apenas con desencanto. De votar a Homero Simpson y poner la feta de salame a no ir a votar. Como nada puedo hacer, puteo, pero en casa, como pedía Alberto.

Es un clásico decir que todos recordamos dónde estábamos cuando sucedieron los grandes eventos. Aunque no se trate más de una anécdota personal, déjenme contarles que, en mi caso, yo estaba, como todos los 20 de diciembre, cumpliendo años. No menciono esto para recibir las felicitaciones del caso, sino para contarles una sensación que con el tiempo pude resignificar. En aquel 2001, me preparaba para recibir amigos y familiares como de costumbre y no fue hasta que salí a la calle que empecé a tomar magnitud de lo que sucedía, a pesar de que estaba siguiendo atentamente los hechos a través de la televisión desde la noche anterior, en la que había renunciado Cavallo. Es que los autos en el barrio estaban dados vueltas y el Mc Donald’s y el Blockbuster ardían. Yo llevaba las botellas de cerveza vacías al chino cuando me encontré con todo ese escenario. Recién allí pensé que quizás era una buena idea postergar la celebración.

Naturalmente, de esa anécdota se puede inferir que quien escribe estas líneas vivía en una burbuja. Sin descartar esa opción, me inclino por otra mirada, más dramática, incluso para mí. Me refiero al hecho de cómo nos habíamos acostumbrado a esas escenas, a las renuncias de funcionarios, a las crisis, a que se queden con la guita, a que te caguen a palos. Frente a esa sucesión de eventos ya comunes, el cumpleaños, que sucede cada 365 días, era lo verdaderamente novedoso. Naturalmente, ese día fue emblemático por los muertos y por la renuncia de un presidente que asumió ausente, pero estábamos confortablemente adormecidos como la rana en el agua hirviendo.

Muchas veces solemos caer en la tentación de comparar nostálgicamente esos tiempos de lucha con la pasividad actual. Y no es justo decir que añoramos lo que nunca jamás sucedió, para seguir con las citas, pero sí resulta importante señalar que el país ha cambiado mucho.

Perdón por la segunda autorreferencia, pero aquí también hemos mencionado una y otra vez que la Argentina del 2025 no es ni siquiera la del 2015, algo que el kirchnerismo no entiende. En este sentido, y a propósito de estar discutiendo una vez más una reforma laboral, encontramos un panorama de aquello en lo que nos hemos convertido hoy: una CGT deshilachada, pero movilizante y una oposición de dirigentes políticos que no hace pie frente a un gobierno que avanza como elefante en el bazar.

Y lo diré de manera provocadora aunque sea falso: el trabajador no existe más, no, al menos, tal como lo conocíamos. No se trata de un fenómeno argentino donde el nivel de sindicalización todavía alcanza niveles relevantes en algunos sectores comparado con buena parte del mundo. Pero podría decirse que aun cuando sea muy importante discutir políticas que favorezcan la formalización o parar la industria del juicio sin que ello derive en la profundización de la precarización del trabajador que se ha dado de hecho, la fragmentación y descomposición de esa identidad que fue la columna vertebral del peronismo es evidente. Si la política le habla a Twitter, cuando escuchaba algunos de los discursos de la CGT, sin fisuras, aunque obvios, me preguntaba a quién le hablaban o, en todo caso, cuántos oídos son receptivos a ese discurso más allá de los afiliados y de aquellos trabajadores que, estando en blanco, lamentablemente, empezaron a ser vistos como privilegiados, especialmente a partir de la pandemia.

Y es cierto que uno no se lo puede pedir a la CGT pero estamos a un paso de que la IA pueda dejar a la mitad de la población mundial sin trabajo y la única respuesta frente a eso es la receta de la industrialización de un país y un mundo que, si no son los del 2015, menos van a ser los de los años 70; o, por izquierda, una renta básica universal que, como siempre, está más preocupada en redistribuir que en crear la riqueza; o, por derecha, algún tipo de solución altruista de los CEOs de Silicon Valley para mitigar un potencial desorden mundial de consecuencias impredecibles.

Y permítaseme aquí una segunda provocación, también, en parte, falsa, pero provocación al fin: o bien aceptamos que el pueblo, sea lo que fuere, no existe más, o bien admitimos que el pueblo (o buena parte de él) votó a Milei y que el anarcocapitalista es un líder popular, más allá de que en las elecciones de 2025 el voto pareció reacomodarse en un sentido más clásico y el apoyo a “el león” provino más de clases medias y altas.

Si el progresismo todavía no se dio cuenta que es el hijo predilecto del liberalismo y que ha profundizado la fragmentación y la conflictividad social detrás de todo su sermón inagotablemente buenista de la empatía contra la pedagogía de la crueldad, cabe mencionar que, aun con toda la buena fe del mundo, tampoco la respuesta parece clara del lado de los que afirman que “hay que volver a Perón” cuando probablemente Perón los esté mirando desde el futuro diciendo “muchachos, las cosas cambiaron de tal modo que ni siquiera sé si alcanza con una actualización doctrinaria”.

No se trata de hacer borrón y cuenta nueva; menos de despreciar la memoria y los hitos populares que construyeron la Argentina de hoy, con sus pro y sus contra. Pero se hace urgente pensar algo nuevo. El mundo y la Argentina están cambiando demasiado pronto y nosotros estamos pensando demasiado lento.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Rebord, Rosemblat y Dante Presidente (editorial del 13.12.25 en No estoy solo)

 

En los últimos días, impulsado desde algunos sectores del sindicalismo y la política, comenzó a circular la posibilidad de que el pastor evangélico Dante Gebel sea candidato a presidente en 2027. Consultado por Mario Pergolini, el propio implicado no descartó esa posibilidad de modo que cabría prestarle alguna atención puesto que posee seguidores, eventuales importantes aportantes económicos y un discurso pretendidamente ecuménico alrededor de la espiritualidad, tal como mandan los tiempos. A propósito, dado que la imaginación no abunda, tampoco debiera extrañar que se tratara de algún sueño trasnochado a partir de que el evento que el pastor vino a presentar se llama PresiDante, haciendo un juego de palabras con su nombre, y que allí se lo puede ver con la banda presidencial. En todo caso, el tiempo dirá.

Hace algún tiempo circuló, y gracias a alguna información de fuente confiable podría confirmarlo, que el peronismo de la ciudad, de la mano de Juan Manuel Olmos, está detrás de una suerte de “proyecto streamer”, una renovación de candidaturas que pueda romper el techo al que parece condenado el peronismo citadino, y que podría recurrir a figuras como Tomás Rebord y Pedro Rosemblat. Este último ya había pretendido un salto a la política y el primero, presumo, pareciera estar allí resolviendo un dilema interno entre una vida como artista y un salto a la política. Ambos son jóvenes, muy exitosos en sus respectivos proyectos y han hecho mucho más por instalar discusiones autocríticas al interior del peronismo/progresismo que la dirigencia política que ahora pretende sumarlos a sus filas.

Comparar a Gebel con Rebord y Rosemblat es injusto para los tres, pero los menciono aquí porque pareciera que desde diferentes espectros ideológicos se renueva esta tentación muy poco novedosa de apelar a figurar extrapartidarias, “famosos”, como solución a la crisis de representatividad. Y sobre este punto vale una aclaración: Rebord y Rosemblat tienen formación política por encima de la media. Sin embargo, no se está pensando en ellos por esa razón, sino por su éxito en redes y su visibilidad. No es culpa de ellos, pero la razón por la que se los elige es por méritos que no tienen que ver estrictamente con su eventual proyecto o mirada acerca de la política. La demostración es que son ellos, pero podría ser cualquiera: veamos si no el caso de Lali Espósito a quien nos quieren vender como la nueva Evita por haber hecho una canción con un estribillo pegadizo y un mensaje velado contra el presidente. La vara está baja.

Pero más allá de ello, a continuación, quisiera proponerles reflexiones personales acerca de este fenómeno y si en ellas les suena algo del filósofo Byung Chul-Han, sea acompañando su perspectiva, sea criticándola, están bien orientados.

En primer lugar, digamos que, si es cierto que el neoliberalismo convierte al sujeto en un emprendedor, un “creador de sí mismo”, esto es, alguien que está encargado de gestionar su propia imagen y su rendimiento, es natural que esto produzca nuevos tipos de actores políticos. En otras palabras, el político deja de ser un representante de una parte para devenir un autogestor, ni siquiera de su rol en el debate público, sino simplemente de su presencia mediática. Este político performático está más preocupado por el recorte viral de sus alocuciones que por otra cosa, es Julia Strada pidiéndole a su fotógrafo oficial que le saque la foto con cara de valiente señalando con el dedo a un policía.

Ahora bien, si el político devino un producto, el votante se transforma en un consumidor con derechitos económicos de consumidor y no con derechos de ciudadano. Se transforma así en un usuario de la política como quien consume un servicio, o sea como quien puede entrar y salir, suscribirse y darse de baja.

Asimismo, elegir entre los famosos de este tiempo, le permite a la política entrar en la disputa por el recurso más escaso del capitalismo hoy: la atención. Y hace bien, por cierto, porque vaciada de sentido, de valores, de proyecto y de comunidad, lo único que le queda es salir a disputar como un producto más en el mercado. De aquí que no sea casual lo bien que les va a los outsider, con Milei a la cabeza, puesto que la propuesta más delirante suele ser la más efectiva si de atraer la atención se trata. De hecho, no me van a decir que entre un discurso de Taiana y un recital de Milei ustedes van a elegir lo primero.

En este punto, la vieja política suele hacer una extrapolación bastante lineal y burda que muchos influencers creen o eligen creer: muchos likes son muchos votos, muchos seguidores son base electoral y la cantidad de visualizaciones y repeticiones son capital político. Este último, entonces, no tiene que ver ya con valores sino con la posibilidad de tener un mensaje o una imagen viralizable. Si es viral, es bueno.

El nuevo político influencer no es guiado por el pueblo sino por el algoritmo o, lo que es peor, cree que el algoritmo es el que está representando al pueblo. Queda atrapado en un narcisismo algorítmico que no representa intereses partidarios sino los deseos y aspiraciones individuales de unos votantes que son seguidores, en su mayoría pasivos, como quien sigue a su ídolo en la música o en el fútbol como figura inalcanzable. No se trata de crear comunidad sino idolatría. Es el Pitu Salvatierra jurando por Futurock, es decir, por la empresa para la que trabaja; es Mayra Mendoza tatuándose a Néstor y a la tobillera. Dicen que es político pero es solo personal.

Y sobre todo: no hay tiempo. Las unidades básicas ya no forman cuadros, de modo que hay que echar mano a los emprendedores de su propia imagen que, devenidos candidatos, ya están construidos como producto, listos para ser consumidos por derecha, por izquierda o por centro.

Asimismo, los famosos de hoy cumplen con el ideal de autenticidad tan requerido en la actualidad, el principal insumo de la antipolítica, porque la política es asociada a la opacidad, lo turbio, la hipocresía; al fin de cuentas, “la rosca” representa lo que se hace por detrás en un tiempo de tiranía de la transparencia, de obligación de mostrarlo todo, y con “todo” no me refiero solamente a las cuentas públicas sino a lo que concierne a nuestra identidad y nuestra vida privada. Podría decirse, incluso, que el influencer (o la mayoría de ellos) no tiene otro valor que la autenticidad y es lo único que se le exige, por más que en su cuenta muestre una riqueza que no tiene y sus autos de lujo sean alquilados, que venda canjes berretas o se saque fotos con filtros contra las arrugas, la papada y la cintura de lavarropa. En todo caso, aun cuando sea artificial y/o pelotudo/a lo que importa es que sea auténticamente artificial y/o pelotudo/a. Eso es lo que genera identificación y esa conexión es central en política.  

El famoso genera además dos sentimientos contrapuestos, pero que coexisten con efectividad similar: por un lado, su positividad pre o pospolítica lo lleva a sobrevolar los conflictos, estar por encima de ellos, y con ello fantasear con ser el candidato de todos, capaz de unir. El caso de Gebel es claro en ese sentido: el pastor evangelista que no es de izquierda ni de derecha y es capaz de juntar a todas las partes en esa fantasía del pueblo unido en pos de vaya a saber qué cosa.  

Pero, por otra parte, es cierto que, en los últimos años, el famoso, aun cuando no intervenga en política, genera una división: todos tienen sus likes pero también sus haters. En este sentido, reproduce lo que parece haberse instalado en todo el mundo: polarización y sobre todo una polarización constante sobre toda temática. Todo es opinable, sobre todo hay que opinar y el debate público se transformó en un debate del minuto a minuto como un muro de Facebook o un chat de Youtube donde se reparten likes y odios por doquier.

Sin embargo, a no confundirse: la negatividad de los odios es funcional a la necesidad de circulación y viralización de la que hablábamos antes: lo que importa es que atraiga la atención y lo que genera odio atrae mucho más que el amor.

En todo caso, uno de los problemas que se plantea es lo que sucede cuando el influencer pasa a ocupar un cargo de responsabilidad, y aquí, obviamente, eximo a los tres mencionados pues ninguno de ellos ha dado el salto formal todavía.

Es que no se puede gobernar bajo la lógica de los likes y la dopamina como lo hacen muchos de nuestros actuales dirigentes que testean sus iniciativas en Twitter y estudian guiones para que el asesor pagado con nuestros impuestos haga el recorte viral de 30 segundos. Asimismo, y esto se vio claramente en la insólita discusión acerca de si la cuenta de Twitter le pertenece al Javier Milei ciudadano o al Javier Milei presidente, la confusión entre lo público y lo privado está a la orden del día. No hay mediación, no hay investidura, no hay institucionalidad: todo está afuera e igualado en la horizontalidad de la red.

Para finalizar, digamos que, si la política del futuro va a ser la política que reproduzca la lógica de los influencers y el único “valor” será cuán conocido es el sujeto en cuestión, no debería llamar la atención que la política se reduzca a la autenticidad del yo que gobierna por sobre cualquier proyecto político. En Milei esto es claro: el gobierno de Milei es Milei; el mileismo es Milei. Allí no hay proyecto, en todo caso una misión personal en clave de delirio místico que empieza y termina en Milei. Y no debería sorprendernos porque no es el único: simplemente sobresale porque es el que llegó.

Visible, autoconstituido, performático, expuesto, auténtico preocupado por la atención antes que por la deliberación. El candidato influencer, aun cuando pueda tener buenas intenciones y una sólida formación, queda preso de una lógica que lo excede y que indefectiblemente lo aleja de cualquier proyecto colectivo.

Caos y poder sin límite: la época de los depredadores (publicado el 1.12.25 en www.theobjective.com)

 

 

El mundo de los burócratas y el sistema de reglas surgido después de la Segunda Guerra Mundial, cede frente a la nueva camada de políticos que incentivan el caos desde el poder y a los Señores de la Tecnología que entienden los límites como una ofensa. He aquí el diagnóstico de La hora de los depredadores, el nuevo libro del sociólogo y ensayista ítalo-suizo, Giuliano da Empoli, publicado por Seix Barral tras el éxito de El mago del Kremlin y Los ingenieros del caos.

La referencia a sus libros anteriores tiene sentido porque este nuevo texto parece tomar algo de ambos: por un lado, se construye a partir de las anécdotas surgidas de su actividad como asesor político, aquellas que le permitieron dar verosimilitud a la ficción del hombre de confianza de Putin en El Mago del Kremlin; por otro lado, hay una clara continuidad con las elaboraciones de Los ingenieros del caos más allá de que, en este caso, el punto de partida no es el Movimiento 5 Estrellas italiano sino la irrupción de los dueños de las grandes compañías tecnológicas y su relación con lo que el autor llama “los políticos borgianos” del momento, esto es, los herederos del César Borgia que tanta enseñanzas le legara a Maquiavelo.

Para comprender el nuevo escenario, Da Empoli utiliza una particular comparación: la relación entre las élites que actualmente están siendo cuestionadas, aquellas del “Consenso de Davos”, y los Señores de la Tecnología, los Zuckerberg, los Musk, los Altman, los Bezos, etc., es la misma que se dio entre Moctezuma II y Hernán Cortes.

En aquel momento, el emperador azteca dudaba entre masacrar a los visitantes o tratarlos como dioses y eligió la peor salida posible: no hacer nada. Y esto último es lo que estaría haciendo el poder político actual frente a la prepotencia desregulatoria de los dueños de la IA y del futuro de la humanidad. La novedad, en todo caso, sería que, con el nuevo triunfo de Trump, los Señores de la Tecnología se han dado cuenta que ya no necesitan de esa vieja élite que, sea a través de la ONU, sea en Bruselas, sea en la Casa Blanca cuando gobiernan los demócratas, oscila entre implorarle a la IA que vaya más despacio o pergeñar nuevas regulaciones que, por definición, nacen obsoletas.

¿Qué necesitan, entonces, los dueños de los algoritmos? De los “borgianos”, los depredadores de la política que vienen a reemplazar a aquella élite.

“‘A los hombres hay que mimarlos o aplastarlos: se vengarán de las injurias ligeras; pero no podrán hacerlo cuando estas sean muy grandes; de lo que se colige que, cuando se trata de ofender a un hombre hay que hacerlo de tal manera que no se pueda temer su venganza’ (…) Maquiavelo hará de César Borgia el modelo para su príncipe; no el soberano ideal, sino la bestia de poder real, mitad zorro, mitad león, que sabe utilizar la astucia para adular a los hombres y la fuerza para someterlos”.

Trump, Milei, Bukele, el príncipe saudí serían así ejemplos de políticos borgianos, los cuales, no casualmente, gobiernan otorgándoles grandes beneficios a los Señores de la Tecnología.

A pesar de sus diferencias ideológicas, lo que tienen en común los borgianos es algo que está presente en Maquiavelo: la importancia de la acción. Pero no se trata de cualquier acción. La clave está en que se trate de una acción temeraria, aquella capaz de sorprender a propios y extraños. Es que actuar por necesidad es cosa de tecnócratas; el poder, en cambio, es exactamente lo contrario: es actuar cuando no es necesario hacerlo.

Esto nos lleva a la cuestión del caos y a un cambio que ha sido abrupto: si hace 10 años provenía de grupos marginales y rebeldes, hoy el caos es la marca de los más fuertes. Podría decirse, entonces, que antes se utilizaba como herramienta para desestabilizar al poder, mientras que, ahora, se utiliza desde el poder para desestabilizar al sistema.

En este punto, Da Empoli entiende que, lógicamente, los apuntados sean “los abogados”, los representantes del sistema de reglas, de pensar la democracia como un conjunto de procedimientos formales, esto es, todo aquello que los líderes populistas pretenden derribar. No es casual que el gran partido de los abogados sea el partido demócrata estadounidense y no se trata de una metáfora: Tim Walz, el compañero de lista de Kamala Harris, fue el primero en no haber estudiado Derecho entre los candidatos demócratas desde 1980. Pasaron 20 candidatos y 10 elecciones durante 40 años: todos eran abogados.

A propósito del partido demócrata, Da Empoli ilustra el fenómeno de la reacción trumpista a partir de una anécdota muy particular ocurrida en la Fundación Obama en Chicago, de la cual él fue testigo directo, en el año 2017. Mientras esperaban el menú confeccionado por chefs especializados en comida ecológica, Da Empoli compartió la mesa con “líderes del futuro” y una “facilitadora de conversación” para que la gente hable entre sí. En el caso de su mesa, la facilitadora se presentó inmediatamente como una mujer transgénero mestiza adoptada. La situación no mejoró cuando al otro día la agenda ofrecía una meditación opcional a las 7 AM, una entrevista con el príncipe Harry sobre la juventud como vector de la transformación social, un diálogo entre Michelle Obama y una poetisa de moda a propósito de sus fuentes de inspiración y un concierto de un rapero rebautizado como Community Event. Da Empoli concluye de ese episodio que cualquier ciudadano de a pie que hubiera participado del mismo hubiera salido de allí siendo un ferviente trumpista.

En este sentido, el autor considera que el wokismo ha hecho una gran contribución para el actual estado de cosas pues, “para compensar su falta de valentía frente a los retos decisivos, los abogados se lanzaron de inmediato a una batalla por los derechos cada vez más dura que los ha llevado a adoptar posiciones mucho más radicales que la mayoría de sus propios electores”. Esta radicalidad fue combustible para la radicalidad opuesta.

Para finalizar, y conectando de nuevo con Maquiavelo, una interesante analogía se da entre la acción temeraria propia de los borgianos, aquella que impulsa el caos, y la herramienta estrella de los Señores de la Tecnología, la IA, que Da Empoli llama “Inteligencia autoritaria”.

Según el autor, lo propio de la IA es también la ausencia de límite, el derribar toda regla, la reacción intempestiva e impredecible. De hecho, ni siquiera los propios ingenieros saben cómo se comportará la IA con el fin de alcanzar sus objetivos. En este sentido, es una tecnología borgiana hecha a medida de los nuevos liderazgos.

No casualmente, el libro termina narrando el caso de una pequeña ciudad residencial francesa la cual, de repente, empieza a ser invadida por autos que se desvían de la autopista gracias a una aplicación que les indica que, por allí, el trayecto será más rápido. Ni incluir semáforos ni llamar a Google ni entrevistarse por fin con los representantes de la compañía que no tenía empleados en el país permitió un regreso a la normalidad de los vecinos; ningún humano pudo modificar la prepotencia del algoritmo.

¿Queda lugar para el optimismo frente a este panorama? Pareciera que no. De hecho, hacia el final, Da Empoli recuerda el ejemplo de Las Veladas, uno de los libros del filósofo reaccionario Joseph De Maistre, quien, a propósito de la revolución francesa, establece un diálogo en el que se le dice a la condesa: “Durante mucho tiempo no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos; hemos creído que es un mero acontecimiento. Estábamos en un error: es una época”.

¿Hacia un peronismo populista y antiwoke? (editorial del 6.12.25 en No estoy solo)

 

“Se terminó lo woke. Es el turno de la rabia”, era el título de la nota que algunos días atrás publicara James Carville en The New York Times y que se viralizara casi de inmediato gracias a la controversia generada en el espacio progresista. https://www.nytimes.com/2025/11/24/opinion/democrats-platform-economic-rage.html

Carville es un octogenario asesor del partido demócrata estadounidense que alcanzó notoriedad tras ser el estratega que llevó al triunfo de Clinton en el 92, proceso que tan bien ha sido retratado en el documental The War Room.

No es la primera vez, por cierto, que Carville ataca al wokismo. Recuerdo, por ejemplo, una conversación que éste tuviera con Bari Weiss en The Free Press, a fines de 2023, https://www.thefp.com/p/james-carville-says-wokeness-is-over-209 cuando ya se empezaban a discutir los pro y los contra de una eventual nueva postulación de Biden.

En aquel reportaje, Carville afirmaba que “lo woke” se había “acabado”, lo cual era una sentencia que, en realidad, escondía una prescripción: lo woke no se había acabado, pero debía acabarse si es que los demócratas querían ganar la elección.

Allí Weiss le pregunta cómo fue que el partido demócrata pasó de ser el partido de la gente común y la clase trabajadora para transformarse en el espacio de los votantes educados, de élite y algo mayores. Carville reconoce el fenómeno y acepta que han perdido predicamento en el “interior”, en particular entre los votantes blancos, no solo por abandonar la agenda de los trabajadores sino por el desprecio expuesto hacia ellos, desprecio expresado desde un pedestal de presunta superioridad moral. Aun así, Carville reniega y se pregunta por qué el partido republicano no paga el precio de tener un 65% de terraplanistas en su partido mientras que el partido demócrata sí paga el precio por las posiciones de los liberales progresistas que apenas alcanzan un 10% dentro del espacio. Frente a ello, Weiss responde que quizás se deba a que ese 10% controla las editoriales, las producciones de Hollywood, las empresas mediáticas y todas las instituciones creadoras de sentido en Estados Unidos. Es decir, son pocos, pero claramente hegemónicos.

En este intercambio, Carville insiste en que el wokismo se había acabado y que estaba reducido a Fundaciones o a algunos radicales ruidosos, pero no mucho más, agregando que la gente ya había dado vuelta la página a todo ese palabrerío victimizante de apropiación cultural, quitarle fondos a la policía, reafirmar identidades como si de una competencia se tratara, etc.

En todo caso, aun si no se tratara de una prescripción y efectivamente estuviéramos frente a una retirada, al menos si lo comparamos con el momento de auge, lo cierto es que Trump y la derecha en distintas partes del mundo se sirvió del wokismo, o de lo que queda de él, para azuzar su batalla cultural. Era demasiado tentador y un blanco fácil, por cierto.

Así es que dos años después de aquella conversación, Carville vuelve a la carga decretando la nueva muerte del muerto, pero agregando ahora una ruta de acción novedosa: los demócratas debían adoptar una suerte de discurso populista económico. Basta de moderación, posibilismo y sistema de reglas. Juguemos con las armas que al enemigo tan buen resultado le han dado.

Para Carville, los últimos resultados en las elecciones locales en Estados Unidos, con Mamdani a la cabeza, muestran que Trump no ha podido mejorar la situación económica de la mayoría de estadounidenses y que eso siempre se transforma en ira contra el partido de gobierno. Y allí patea el tablero: dice que, a sus 81 años, a pesar de ser reconocido como alguien centrista, considera que hoy el partido demócrata debe promover la plataforma económica más populista desde la Gran Depresión. Es hora de pasar a la acción de manera agresiva y sin complejos, afirma; insuflar la furia, especialmente de esos sectores rurales que los demócratas han perdido. Y allí recoge una encuesta por la cual el 70% de los estadounidenses considera que el partido demócrata estaría desfasado respecto a sus propios votantes por el hecho de haber abrazado una agenda social identitaria antes que económica.

Carville, además, indica que el partido demócrata ya no puede ser el partido con un tufo a absolutismo moral y que debe avanzar con medidas simples y efectistas: subir el salario mínimo a 20 dólares la hora, matrícula universitaria pública gratuita, expandir los subsidios para disminuir los costes de los servicios y convertir el cuidado infantil universal en un bien público.

La razón por la que traigo a colación este análisis de Carville es porque parece estar describiendo el mismo proceso por el que aquí atravesó y atraviesa el peronismo/campo popular/progresismo.

En otras palabras, aun a riesgo de repetición, pues es una pregunta que regresa una y otra vez, el estrepitoso fracaso del posibilismo albertista trabado desde adentro por el internismo del oficialismo opositor kirchnerista, hace que las preguntas de Carville tengan sentido también en Argentina. ¿Y si en vez de acusar de fascistas a todo el que no repite el canon biempensante, el espacio opositor, eventualmente con una figura outsider, una némesis de Milei, avanzara con una agenda económica que patee el tablero? Ni siquiera estamos diciendo que sea lo mejor para la Argentina. De hecho, Carville no dice que sea lo mejor para Estados Unidos, pero quizás sea lo mejor como estrategia para ganar una elección.

Aclarando que no se trata de una propuesta de este escriba, a quien le preocupa ganar elecciones pero, sobre todo, cómo gobernar bien, esta salida populista y radical en lo económico sería una consecuencia lógica de un tiempo en que lo que garpa es el ataque a la burocracia y al statu quo, a lo cual hay que agregarle particularidades locales: en los últimos 10 años, el kirchnerismo, en la medida en que se radicalizaba ideológicamente, paradójicamente, (o no tanto), debía recurrir a figuras cada vez más moderadas, incluso a figuras antikirchneristas que protagonizaron y protagonizarían hechos bochornosos contra el kirchnerismo: Scioli, Alberto y Massa. Y no le fue para nada bien con esa estrategia.

Y mientras los progres hacen las políticas públicas e interpretan que “lo personal es político” significa que el Estado arregle con dinero los problemas personales de los progres, de lo que se trata es de romper las reglas y denunciar que eso es el sistema. Porque hay que repetirlo una vez más: hoy, al sistema, lo componen quienes dicen estar contra él.

Para finalizar, entonces, digamos que, dado que el progresismo que hegemoniza el espacio popular y al movimiento anteriormente conocido como peronismo, reacciona como un eco a las modas de las universidades americanas y a la estudiantina podemita, hoy experta en tabernas y cargos en Europa, no debería extrañar que, de repente, se acuerden que un peronismo que no le mejora económicamente la vida a las mayorías está condenado a ser el ganador moral que pierde todas las elecciones.

Con dirigentes locales desnortados, quizás, paradójicamente, la solución provenga de ese norte que impuso el wokismo y que, ahora, ante su fracaso, decreta, prescribe, (o necesita), acabar con él.

 

 

Los dueños del caos y el cinismo (publicado el 12.12.25 en www.disidentia.com)

 

En el ampliamente citado, Los ingenieros del caos, el sociólogo Giuliano Da Empoli, partía del ejemplo del Movimiento 5 Estrellas italiano para asegurar que estamos frente a una nueva generación de estrategas que, casi siempre en las sombras, utilizan las oportunidades que brinda la tecnología para impulsar propuestas populistas que trascienden la disputa entre derechas e izquierdas. Buscando eludir las mediaciones clásicas de las instituciones de los regímenes republicanos liberales, estos ingenieros utilizan la big data, la segmentación y los algoritmos para promover el caos y sacar rédito de la polarización y la ira popular contra las élites que sostienen un sistema donde las grandes mayorías se encuentran en un estado de insatisfacción permanente.

Más allá del caso italiano, cuya estrategia luego fue seguida al pie de la letra por los impulsores del Brexit, entre muchos otros, desde el punto de vista de Da Empoli estaríamos frente a líderes (con sus respectivos ingenieros detrás) que impulsan el desorden desde sus respectivas administraciones diferenciándose del uso del caos con fines revolucionarios que solía impulsarse de abajo hacia arriba.

Aunque esta diferencia es esencial debería agregarse que, sea desde abajo, sea desde arriba, quienes impulsan el caos dicen luchar contra el verdadero poder o contra el “sistema”. Efectivamente, cuando los líderes populistas de hoy, llámense Trump, Milei, Bukele, Orbán, etc.,  hablan de las élites, la casta, el Deep State, la Catedral, etc., refieren a un sistema que en todo caso está enquistado como maquinaria burocrática del Estado con casi plena autonomía independientemente de quien haya sido designado circunstancialmente para gobernar.

En su nuevo libro, La hora de los depredadores, Da Empoli da un paso más e incluye algo así como dos sectores que hoy confluyen contra las viejas élites del consenso de Davos: los líderes populistas que él llama “Borgianos” tomando como referencia al César Borgia que fue modelo de El Príncipe de Maquiavelo, y los Señores de la Tecnología, los Musk, Altman, Zuckerberg, Bezos, etc., aquellos que, tras el triunfo de Trump, han seguido a la veleta entendiendo que una nueva etapa se avecinaba.

Algo interesante del libro de Da Empoli es una comparación entre las características del político Borgiano y el gran caballito de batalla de los Señores de la Tecnología: la IA.

Si lo propio de esta nueva camada de políticos es la acción, pero no cualquier acción, sino la acción temeraria, aquella inesperada y “no necesaria” capaz de alterar o directamente eliminar las reglas del juego, con la Inteligencia Artificial asistimos a una tecnología que tampoco tolera límite y que resulta impredecible incluso para los propios ingenieros que diseñan los algoritmos.

Este giro de una característica propia de los de abajo utilizada por los de arriba, me recordó un libro publicado allá por el año 83 y que pertenece al filósofo Peter Sloterdijk. Me refiero a Crítica de la Razón Cínica.

Según el autor, el cinismo por el que, allá por el siglo IV AC, un Diógenes era capaz de rechazar convenciones sociales y todo bien material para incluso despreciar a Alejandro Magno pidiéndole que se corra porque le tapa al sol, pasó de ser una insolencia plebeya a una prepotencia señorial. En otras palabras: los cínicos de antes, los denominados “perros”, denunciaban con sus actitudes al statu quo decadente e hipócrita que dominaba la escena tras el siglo de oro ateniense. Pero, ¿quiénes son los cínicos de hoy? Los poderosos. ¿Cómo se expresa ello? De muchas maneras, pero basta con ver cómo la ironía dejó de ser un desafío al poder para ser el síntoma de la prepotencia de quien ya no le alcanza con tenerlo todo, sino que ha decidido mostrarlo y humillar al que nada tiene. El camino de esta transformación ya posee, según Sloterdijk, antecedentes en la Antigüedad (por ejemplo, en Luciano de Samosata) pero lo cierto es que desde la Modernidad hasta la actualidad notamos que una de las características de las sociedades en las que vivimos es estar atravesadas por el cinismo de los poderosos, aquellos que saben el lugar que ocupan, que reconocen para sí defender mentiras o acciones inmorales y, sin embargo, lo siguen haciendo con absoluto desparpajo. Dice Sloterdijk:

 

“El quinismo antiguo, el primario, el agresivo, fue una antítesis plebeya contra el idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada. El señor cínico alza ligeramente la máscara, sonríe a su débil contrincante y le oprime. C´est la vie. Nobleza obliga. Tiene que haber orden. […] El cinismo señorial es una insolencia que ha cambiado de lado. Ahí no es David quien provoca a Goliat, sino que los Goliats de todos los tiempos […] enseñan a los Davides, valientes pero sin perspectiva, dónde es arriba y dónde es abajo.”

 

Este cinismo de los poderosos seguramente incluiría a la nueva camada “borgiana” y a los Señores de la Tecnología pero también a esa casta burocrática contra la que ambos combaten hoy en día y que trasciende lo vinculado estrictamente al Estado para incluir allí también al establishment periodístico, las usinas de adoctrinamiento y linchamiento de las universidades, las grandes instituciones supranacionales y las ONG que están enojadas con Trump porque les cortó el kiosko de los millones y millones de dólares que servían para pagar sueldos pornográficos a parásitos de la corrección política que vendían antiimperialismo con dinero de la USAID estadounidense, es decir, de los impuestos de los trabajadores a los que esos discursos desprecian y señalan como victimarios de toda minoría que se precie de tal.

A propósito, aun cuando Trump nos pueda ofrecer casi diariamente alguna anécdota en ese sentido, la descripción de este cinismo de los poderosos cuadra perfectamente con buena parte de los líderes socialdemócratas de Estados Unidos, Europa y el mundo, y con todo un discurso progresista de izquierda que denuncia censura, sectarismo, ruptura de la división de poderes y fascismo sin poder mirarse al espejo o, quizás, justamente, mirándose y practicando cómo levantar el dedito acusador en un ejercicio de cinismo brutal.

Es más, a los libros de Da Empoli habría que agregarle algún capítulo sobre el modo en que también los espacios socialdemócratas y de izquierda (con o sin ingenieros detrás) impulsaron el caos sirviéndose de la misma polarización que denuncian, polarización que ayudaron a crear promoviendo fracturas sociales y los experimentos de ingeniería social más totalizantes. Esto incluyó la apuesta por dividir a las sociedades de todas las maneras posibles y superpuestas: varones/mujeres, blancos/no blancos, cis/trans, victimarios/víctimas, mayorías/minorías; la creación de una cultura y una neolengua cuyo rechazo supone la muerte civil, y todo un clima persecutorio liderado     por una generación de cristal, presunta vanguardia esclarecida poco tolerante a la frustración, acompañada por una claque que, por complicidad o pusilanimidad, hace silencio y, a duras penas, se toma su pequeña revanchita en el cuarto oscuro para al otro día ir al trabajo y decir “¡Qué barbaridad: ganó la derecha! ¿Quién los habrá votado?”

 

Para finalizar, la idea de un caos y un cinismo que hoy se impulsa desde arriba hacia abajo puede servir como disparador para reflexionar sobre las características de las nuevas formas de liderazgo y de comunicación. Pero reducirlo a particularidades de los líderes populistas de derecha es una mirada muy miope. Podría decirse incluso que esa reacción “por derecha” ha sido una reacción contra el cinismo de las clases dirigentes biempensantes, presuntamente respetuosas de las reglas, que ya habían fomentado el caos y habían puesto la sociedad patas para arriba pero no para hacer una revolución de la igualdad sino para un objetivo mucho más pequeñito: satisfacer sus intereses sectarios, sea señalando sus enemigos reales, sea creando nuevos enemigos ficticios.

sábado, 22 de noviembre de 2025

No es (solo) la tecnología. Es (también) el progresismo (22.11.25)

 

Estados Unidos, elecciones presidenciales 2012. La campaña que redundaría en la reelección de Obama trae una novedad revolucionaria: ingenieros de Google, Twitter, Facebook y otras empresas de Silicon Valley trabajarían durante meses hasta 14 horas por día para alcanzar un hito en lo que a comunicación política refiere, probablemente, el sueño húmedo de cualquier dictadorzuelo bananero: conocer los nombres de cada uno de los 69.456.897 de estadounidenses que habían votado por el candidato demócrata en la elección anterior. No se trataba, claro está, de violar las normas del cuarto oscuro sino de usar una tecnología con una capacidad predictiva tal que la certeza sería total y permitiría dirigir específicamente un determinado contenido propagandístico para contener a los propios y seducir a los ajenos. Esa segmentación de la que hoy tanto se habla, demostraba su potencialidad. Por cierto, claro está, Obama no era un hombre de derecha.

Este dato, por todos conocido, le sirve a Giuliano Da Empoli en su último libro, La hora de los depredadores, para exponer la hipocresía de los demócratas que no solo nunca le pusieron límites a las grandes tecnológicas, sino que fueron los primeros que se sirvieron de ellas. Y todos sabemos: cuando lo hacía Obama era maravillarse con la posibilidad que la tecnología brindaba para llegar al ciudadano e interpretarlo mejor; cuando lo hace la derecha, es para manipular.  

Varios años después, en Argentina, el progresismo está descubriendo el problema de las redes sociales a partir de un documental de Ofelia Fernández replicado por todos los medios y los usuarios progresistas como una revelación a pesar de basarse punto por punto en el libro La Generación ansiosa de Jonathan Haidt, un psicólogo estadounidense que no es derecha pero que lleva años criticando ferozmente las políticas woke a partir de las cuales tanto la propia Ofelia Fernández, como quienes se cuelgan de ella, tomaron notoriedad pública. 

El progresismo tiene una tara ideológica que no tiene la derecha: no puede afirmar que el pueblo se equivoca porque eso lo ubicaría en un lugar incómodo de superioridad moral que el progresismo ostenta y defiende, pero con culpa y en secreto, casi como susurrándolo. La derecha, en cambio puede decirlo sin empacho. Es más brutal, si bien a veces puede matizar con un “lo hacen engañados” o “por clientelismo”.

Ahora bien, si para el progresismo, el pueblo nunca se equivoca, quedan dos opciones: hacer autocrítica y reconocer que el pueblo elige a la derecha porque hoy interpreta mejor los intereses de las mayorías, incluyendo los de los trabajadores; o afirmar que el pueblo fue manipulado. Así, el progresismo siempre estaría en la correcto y el pueblo no se equivocaría, pero, a diferencia de los líderes progresistas, podría ser engañado por gente mala que odia. Y ya está. Asunto cerrado. 

15 años atrás el eje estaba puesto en los medios tradicionales que reproducían el sentido común neoliberal. En aquel momento las redes sociales eran el espacio de la micromilitancia y de dar la batalla contra el poder real y los fierros. La situación cambió y con la hegemonía progresista en el discurso, las redes se transformaron en el espacio de la reacción de la derecha, en algunos casos incluso contra las grandes tecnológicas que, salvo en el caso de Musk, hasta el último triunfo de Trump, eran los cancerberos del wokismo y la corrección política fomentando censuras e impulsando escraches como parte de su negocio.

Y lo que parecía una reacción extemporánea y marginal, de repente tuvo resultados concretos: el primer triunfo de Trump, el Brexit… allí se instaló definitivamente el nuevo sentido común progre: las redes están fomentando el odio, la polarización y las teorías conspirativas a favor de la derecha; los candidatos impresentables ganaban por la posverdad y las campañas en Whatsapp y Tiktok. Tenemos ansiedad y no sabemos si es por el cambio climático o porque siempre está a punto de venir el fascismo. Tratamos de explicar, siempre explicar, y si es posible, en difícil. El progresismo comenzaba su etapa de contentarse con perder elecciones, pero ser el ganador moral.

Sin embargo, claro, ahora tenemos un problema extra: los triunfos de la derecha solían basarse en los apoyos de las clases altas y las clases medias asustadas, en su mayoría adultos y adultos mayores. Se sostenía empíricamente esto de “jóvenes de izquierda” que con los años se van haciendo conservadores. Y de repente, la novedad: por primera vez en varias décadas, los jóvenes son más conservadores que sus padres. El 68 de Mayo (o El Mayo del 68 inverso): asistimos a una revolución generacional donde los conservadores vuelven a ser los padres pero, esta vez, los padres son conservadores de izquierda.

En Argentina, el peronismo les permitió votar a los jóvenes de 16 suponiendo que ese sector de la población nunca sería de derecha y les salió el tiro por la culata. Mencionemos además la creación de una enorme fractura social entre varones y mujeres que solucionó menos problemas de los que generó para, a la cuestión generacional, agregarle la variante Género como predictor del voto (más progre entre las mujeres, más conservador entre los varones).

Una opción podría ser haber hecho un parate allí y pensar: ¿no estaremos haciendo algo mal, nosotros, los progres? No. Preferible hablar de la reacción masculinista de los incels; de los nenes de mamá sostenidos por sus padres; de pendejos que no entienden nada y son individualistas y solucionistas tecnológicos con solidaridad peneana a diferencia de las mujeres que están politizadas y son sororas para construir el bien común. El voto de las mujeres por el progresismo sería un voto racional pero el voto de los varones por la derecha sería una reacción de odio. Y lo cierto es que es racional que las mujeres voten progresismo, al fin de cuentas, están votando por sus intereses, ya que el progresismo ha hecho de la mujer y las identidades sexuales (salvo la heterosexual), una bandera; como también sería racional que los varones voten a la derecha si entienden que sus problemáticas no son abordadas, a saber, altísimas tasas de suicidios, falta de trabajo, brecha en la edad de jubilación, deserción escolar, menos egresados en las universidades y presión patriarcal del todavía no extinto “macho proveedor” en un contexto donde ya es casi imposible sostener a toda una familia, a lo cual se le agrega la novedad de un clima social en el que el varón aparece como un victimario esencial que no merece ni la presunción de inocencia. Detrás de esa “reacción masculinista” seguramente se esconderán machistas, misóginos, homofóbicos y mucha lacra de ese tenor, pero también gente razonable que puede plantear dudas o debates y que automáticamente acaba siendo desacreditada por su condición de varón gracias a este doble movimiento contradictorio en el que las mujeres son empoderadas y víctimas a la vez. Se empoderan porque el discurso de la igualdad y de la mujer moderna así lo requiere, pero se victimizan para no poder ser cuestionadas y para poder posicionarse en el lugar del acreedor eterno para el cual ningún derecho alcanza. El discurso de la igualdad para ciertos sectores es como el horizonte: siempre se aleja un poco más y su efectividad está en la instalación de su imposible cumplimiento.

Pero en vez de tratar de entender el fenómeno se lo desacredita: el otro nunca puede tener buenas razones. Así que vayamos un poquito atrás en el tiempo y echémosle la culpa al año 2010 y sus alrededores, esto es, el momento en el que aparecieron los móviles con cámara frontal para selfis y los botones de Me Gusta y Compartir. Y ya está de nuevo. Estamos ansiosos porque el capitalismo es malo y porque nos manipula la dopamina. Y como todos sabemos, la biología es de derecha.

A propósito del wokismo, dice Da Empoli quien, por cierto, está muy lejos de ser un hombre de derecha: “Para compensar su falta de valentía frente a los retos decisivos, los abogados [refiriéndose a los miembros del partido demócrata] se lanzaron de inmediato a una batalla por los derechos cada vez más dura que los ha llevado a adoptar posiciones mucho más radicales que la mayoría de sus propios electores”. Lo dice para luego agregar que el wokismo ha sido el combustible ideal para alimentar la máquina del caos del populismo de derecha cuyo único real enemigo sería la moderación y no la radicalización con eje en minorías que se plantea por izquierda.

¿Debemos inferir de esto la salida fácil de cargar sobre el progresismo toda la responsabilidad por el regreso de la derecha? No, o en todo caso, si la respuesta es afirmativa debería incluir el fracaso económico del progresismo. Dicho en otras palabras, si los gobiernos progresistas hubieran gobernado mejor y hubieran creado mayor bienestar para las mayorías, probablemente buena parte de lo aquí expuesto hubiera quedado en un segundo plano, al menos para algún sector del electorado. Pero la combinación de fracaso económico y una nueva casta de burócratas dispuestos a una ingeniería social sin precedentes abrió el camino al ascenso de líderes e idearios que, efectivamente, encontraron en las condiciones objetivas del avance tecnológico, canales adecuados para su prédica y su reacción.

 

No toques mi efectivo: Álvarez Agis fuera de la época (editorial del 15.11.25 en No estoy solo)

 

En una de sus obras más recordadas, el filósofo reaccionario Joseph De Maistre, ferviente opositor a la Revolución Francesa, establece un diálogo donde uno de los personajes le dice a la condesa: “Durante mucho tiempo no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos; hemos creído que es un mero acontecimiento. Estábamos en un error: es una época”.

La diferencia entre acontecimiento y época en este contexto es la diferencia entre lo que puede ser un evento relevante, pero, al fin de cuentas, pasajero, y un hecho que marca un punto cero e inaugura una nueva realidad con la capacidad para extenderse en el tiempo y determinar el futuro.

Recordaba ese diálogo a propósito de uno de los debates de la semana. Me refiero, en particular, a la propuesta de Emmanuel Álvarez Agis, el exviceministro de Economía de Cristina Kirchner y Axel Kicillof que ha devenido, en la actualidad, un consultor con cierta influencia y presencia mediática.

En una charla extendida de la que solo circularon unos 30 segundos, Álvarez Agis, que es muy bueno comunicando y muy hábil para generar títulos e interacciones, aparece con una propuesta polémica: cobrar un impuesto de 10% al efectivo. La controversia no tardó en viralizarse e hizo que intervenga el propio presidente acusándolo de chorro además de toda la lista de periodistas siempre a medio camino entre la venalidad y las dificultades de lectocomprensión.

El propio implicado tuvo que salir a explicar más allá de que en la entrevista original estaba claro lo que pretendía: cobrar un impuesto para desincentivar la informalidad y así equiparar la recaudación mientras en paralelo se reducían los impuestos (el impuesto “al cheque”, por ejemplo) que incentivan la informalidad. Repetimos: no se trataba de una suba de impuestos con la pretensión de recaudar más en lo inmediato, sino de que el Estado inicie un círculo virtuoso disminuyendo los dramáticos niveles de informalidad recaudando lo mismo o, en todo caso, recaudando más a largo plazo pero solo como consecuencia de una mayor cantidad de gente incluida en el sistema.

El objetivo de estas líneas no es defender a Álvarez Agis si bien lo que plantea tendría sensatez incluso para los ortodoxos, más allá de que podrá discutirse la medida o los modos en que se plantean los inventivos y los desincentivos. Lo que me interesa es entender el rechazo que produjo el comentario más allá de aquellos que lo han recortado con mala fe. Adelantando parte de las conclusiones, es la época lo que estaría jugando un rol principal.

¿Y cuál es el eje de la época? Sin dudas, especialmente después de la pandemia, una libertad entendida como ausencia de restricción cuyo principal enemigo es el Estado, el cual es capaz de aparecer en la forma del gobierno que no me deja salir de casa, o en la forma de Agencia de recaudación: el Estado/gobierno interponiéndose en la libre circulación, sea de mi cuerpo, sea de mi dinero.

Incluso si escarbamos bien, la dinámica y la controversia alrededor del uso de la IA también va en esa línea. Al fin de cuentas, los dueños de las tecnológicas pretenden un avance sin límites aun cuando ellos mismos reconocen los niveles de automatización de los algoritmos y la incertidumbre respecto a las consecuencias, ya no a largo plazo, sino inmediatas. Frente a ello, al menos desde Europa y organismos supranacionales, ha habido intentos de poner algún límite, en primer lugar, implorando un avance más lento con el insólito acuerdo de parar 6 meses los desarrollos; y luego o, en paralelo, hallando algún tipo de sistema de regulaciones. Más allá de que cualquier intento en este sentido esté condenado al fracaso por la propia naturaleza de esa tecnología, el argumento para oponerse es el mismo: la libertad entendida como ausencia de impedimento, que nada se nos interponga en el camino.

Ahora bien, se dirá que esta forma de entender la libertad y esta agenda es propia de la derecha. Puede ser cierto. Sin embargo, una época, aun cuando tenga su hegemonía, trasciende un espectro ideológico. Observemos, si no, la agenda progresista o de izquierda alrededor de la identidad de género: la idea de que mi identidad está determinada por mi autopercepción de un género que es una construcción cultural, es una forma de posicionar la libertad, en este caso, contra el impedimento del Estado y sus expertos que evaluaban quiénes éramos por los datos de la biología. Para el progresismo, el cuerpo es un impedimento para la libertad, algo que también podría inferirse del slogan “mi cuerpo, mi decisión” por el cual yo podría actuar sobre él, en este punto, por ejemplo, para interrumpir un embarazo. Antes que alguien salte a la yugular, cabría aclarar que de lo dicho no necesariamente se sigue una crítica. Se trata solamente de la pretensión de una descripción y si la descripción es correcta, nadie debiera ofenderse. Por cierto, esta agenda estaba presente bastante tiempo antes de la pandemia.

Volviendo al caso que nos convoca, no tiene sentido evaluar racionalmente la propuesta de Álvarez Agis. Aun cuando pueda ser sensata y aun cuando eventualmente pudiera ser el puntapié para una dinámica virtuosa, no hay aclaración que pueda hacerse: está condenada al fracaso en esta época. La razón es que el efectivo, el dinero “crocante”, es una evasión pero que se la justifica frente a quien hoy aparece como el enemigo: el Estado. En otras palabras, para una mayoría de personas, esa recaudación no es vista como la condición de posibilidad de mejoras de infraestructura, salud, educación o redistribución de la riqueza. Así funcionaría si esa mayoría se sintiera consustanciada con la comunidad y con el Estado. Pero no es el caso y si bien todavía queda bastante del Estado de Bienestar en pie, el ciudadano común lo percibe como un derecho adquirido para, en cambio, posarse en la otra pata de aquello que sucede con los impuestos: corrupción, prebendas, empleo público ineficiente, clientelismo, políticas públicas enfocadas en minorías, etc.

Incluso podría decirse que el efectivo, todavía más que todo el discurso protolibertario detrás de las criptomonedas, deviene el último reducto de una vida “por fuera del sistema”, justamente, porque a diferencia de las cripto que circulan en la completa virtualidad, posee una materialidad que viene a encarnar la utopía nostálgica del individuo libre para el cual, ya no solo la bancarización sino la utilización de un celular, es una forma de atadura. El sucedáneo de esto en las nuevas generaciones, que no conocen un billete de papel, son las billeteras virtuales impulsadas por su carácter de nativos digitales y la sobreprotección de sus padres que controlan el gasto de sus hijos a través de esos instrumentos y, a su vez, se garantizan de que “no les falte nada”. Ese es “su efectivo” y su moneda de libertad.

Las épocas cambian. Lo que parece imposible hoy puede ser hegemómico mañana. Preguntemos, si no, al propio Milei, un economista sin trayectoria académica con ideas radicales, marginales y pasadas de moda que, de repente, instala realidad y se posa en el centro de la agenda. Pero hay que saber diferenciar un acontecimiento de una época. En política, saber interpretar el momento justo, lo es todo. No hay idea, por más racional y sensata que sea, que pueda salir airosa si va en contra de la época y esta es una época donde nada puede ir en contra de lo que hoy se entiende por libertad.

 

Mamdani: la nueva esperanza blanca del progresismo (publicado el 12.11.25 en www.disidentia.com)

Socialista, joven, musulmán, nacido en Uganda de padres indios, y propalestina. Las credenciales de Zohran Mamdani no parecían las más adecuadas para ganar la alcaldía de New York apenas un puñado de años atrás. Sin embargo, evidentemente, algunas cosas han cambiado.

Con todo, esto hay que decirlo, Mamdani no es precisamente alguien que haya llegado a Estados Unidos como refugiado y su apariencia física tampoco se asemeja a la de los que suelen llegar en esa condición. De hecho, Mamdani llegó junto a su familia a New York con 7 años, estudió en el Bronx High School of Science y luego se licenció en Estudios Africanos donde cofundó la sección universitaria de Estudiantes por la Justicia en Palestina; además, su madre es una famosa directora de cine graduada en Harvard, al igual que su padre, quien además es profesor en la Universidad de Columbia, y, su mujer, es una joven artista siria. Digamos que no parecen provenir del subsuelo sublevado, lo cual no es una crítica sino solo una descripción que quizás pueda ayudarnos a comprender mejor las razones de su triunfo.

Mamdani alcanzó el 50% de los votos, venciendo por unos 9 puntos a Andrew Cuomo, también demócrata, que, tras perder la interna decidió ir por afuera, como independiente. Cuomo había tenido que renunciar como Gobernador de New York en 2021 tras haber sido objeto de acusaciones de acoso, lo cual permite inferir que Mamdani tenía enfrente un candidato que cargaba sobre sus espaldas el desgaste de las acusaciones y de la gestión.

El flamante alcalde, triunfó en 4 de los 5 distritos, lo cual incluye el Bronx pero también Manhattan, distrito de los ricos si los hay, y su campaña, con la polarización alrededor de su figura, movilizó a casi el doble de los neoyorkinos si lo comparamos con la elección ocurrida cuatro años atrás.

Según una encuesta de AtlasIntel publicada por El País, https://elpais.com/internacional/2025-11-05/quien-ha-votado-a-mamdani-las-elecciones-de-nueva-york-en-seis-graficos.html , lo que para algunos podría ser una paradoja y, para otros, la demostración de un particular giro ideológico de los empresarios hacia perspectivas de izquierda, Mamdani tuvo el apoyo del 44% entre los sectores más pobres y el 48% entre los más ricos, el sector que, discursivamente al menos, fue el objeto de los ataques de Mamdani. ¿Una demostración de que no solo los pobres pueden votar a sus verdugos? ¿Acaso la prueba de que Mamdani no es el verdugo de los ricos a pesar de que se presente como socialista? ¿Quizás la ratificación de que la ideología puede más? No lo sabemos.

Ahora bien, cuando se desmenuzan todavía más los números aparecen otros datos interesantes: por ejemplo, Mamdani solo obtuvo el 60% de los votos de quienes eligieron a Kamala Harris en la última elección presidencial dado que un 36% se inclinó por Cuomo. Es evidente que hay allí una expresión de la interna demócrata entre el ala de izquierda y la perspectiva más centrista.

En cuanto a la distribución racial, no hubo sorpresas: Mamdani triunfó entre los asiáticos (con 59% de apoyo), los negros (48%) y los hispanos (45%), pero perdió entre los blancos, donde alcanzó apenas el 37%.

Sin embargo, donde sí apareció una curiosidad es que con Mamdani se da un fenómeno que creíamos propio de los candidatos de derecha: el 62% de los jóvenes de hasta 30 años se inclinó a votarlo frente al 29% de los mayores de 65; y el 51% de los varones lo apoyó frente al 37% de las mujeres. Habrá que indagar las razones de esta tendencia que, insistimos, va a contramano de lo que sucede en buena parte del mundo pero que, en todo caso, podría darle una esperanza a los demócratas: se puede ser varón joven y ser progresista. 

No es fácil explicar esto aunque podría adelantarse, como hipótesis, que Mamdani utilizó la misma estrategia que han usado muchos de los espacios de derecha, una suerte de discurso antiélites en general, y contra las élites del propio partido demócrata, necesitado de una renovación generacional y de ideas.

A propósito, recuerdo una nota publicada en el New York Times, https://www.nytimes.com/2025/07/06/opinion/zohran-mamdani-democrats-israel.html por Peter Beinart en la semana posterior al triunfo de Mamdani en la interna demócrata, donde el autor indicaba que una de las claves del éxito de Mamdani había estado en explotar la disputa entre las bases y las élites del partido alrededor del tema Gaza.

Mamdani nunca escondió su posición propalestina, ni siquiera ante las continuas acusaciones de Cuomo y no hay razones para dudar de las convicciones del triunfador, pero lo cierto es que, según los datos de la encuesta de Gallup, en 2013, el apoyo de los demócratas a Israel por sobre Palestina obtenía una diferencia de 36 puntos mientras que en la actualidad ese número se ha revertido dramáticamente: 38 puntos a favor de los palestinos. Este cambio fue incluso más profundo entre los mayores de 50 que entre los jóvenes y la consecuencia es que, hoy en día, solo un 33% de los demócratas apoya a Israel en su conflicto con los palestinos.

No sabemos si esto marcará una tendencia al interior del partido, pero Mamdani parece haber sintonizado que la cerrazón del partido demócrata alrededor del discurso identitario de las minorías no alcanza, de modo que buena parte de sus propuestas, apuntan a una agenda económica y concreta: congelamiento del precio de los alquileres, construcción de viviendas, transportes más rápidos y gratuitos, supermercados populares con comida a bajo costo, aumento del salario mínimo…

¿Podría existir un Mamdani sin Trump? Es un contrafáctico pero una interpretación posible es que, al menos en el país del norte, una salida posible sería oponerle a la radicalidad de Trump una opción igualmente radical. Lo opuesto, así, no sería la moderación sino una versión que lleve el péndulo al otro extremo.

En el progresismo de todo el mundo, hay una euforia desproporcionada por una elección en un distrito muy importante pero que es holgadamente demócrata. Pensemos, si no, que solo el 19% de los neoyorkinos se autopercibe republicano y que, en las últimas elecciones presidenciales, Harris obtuvo allí el 68% de los votos. Lejos estaríamos, entonces, de una elección que pudiera funcionar como termómetro de una incipiente nueva tendencia.

Sin embargo, en todo caso, sí podría ser el puntapié inicial de espacios progresistas que, al menos desde lo discursivo, intentan disputarle a la derecha la representación de los trabajadores a través de propuestas concretas y radicales, además de hacerlo desde posturas populistas antiélites. Si no supiéramos cómo Estados Unidos influye y exporta a Occidente no solo sus reglas sino también sus tendencias sociales y políticas, esta elección sería un evento menor. El futuro dirá, entonces, si no ha sido más que eso o se trata del comienzo del reconfiguramiento ideológico y de la reconversión del progresismo en una versión más amplia y radical que marcará el debate público y la orientación del mundo occidental en los próximos lustros.  

 


lunes, 10 de noviembre de 2025

Un nuevo humanismo contra la cultura de la muerte (publicado en www.theobjective.com el 9.11.25)

 

¿Es posible una nueva civilización que recupere el espíritu humanista en este tiempo de fascismos, exhibicionismos y adoración hacia el dios dinero? Esta es la pregunta central que atraviesa el nuevo libro de Rob Riemen, La palabra que vence a la muerte. Cuentos de verdadera grandeza, editado por Taurus.

Fundador y presidente del Nexus Institute, este ensayista nacido en Países Bajos, con formación en Teología y Filosofía, retoma a través de cuatro historias el tópico que impulsó la creación de su instituto y buena parte de sus libros: el humanismo.

La primera es, nada y nada menos, que la historia de los últimos días de Thomas Mann, entre el amor de su esposa y las convicciones que supo forjar especialmente a partir de La montaña mágica; la segunda entrecruza los caminos del pedagogo Janusz Korczak, Antoine de Saint-Exupéry y Robert Oppenheimer, tres personas que, como indica el título del libro y por diferentes razones, supieron pronunciar la palabra que vence a la muerte; la tercera, por su parte, reflexiona sobre el arte de leer a partir de la anécdota del nacionalista chino que leía un libro mientras daba sus últimos pasos hacia la guillotina y, la cuarta, refiere a la importancia de la educación en las artes a partir de la utopía que nos propone George Orwell.

Ya desde la introducción, Riemen deja bien en claro un posicionamiento sin espacio para ambigüedades y afirma que estas cuatro historias son susurradas por Clío, la Musa de la Historia, aquella que le viene a contar que la verdadera grandeza no es la de los nuevos líderes mesiánicos ni la de los banqueros ni los Ceos de las grandes tecnológicas, sino la de resistir la cultura de la muerte y adorar al Hombre en lugar de venerar el poder, las máquinas y la tecnología. Frente a esta cultura que todo lo corrompe y lo destruye, Riemen afirma que solo el lenguaje, el amor y el arte serán capaces de impedir que gobierne Ares, el dios de la guerra. 

En el caso de la historia de Mann, Reimen hace énfasis en la transformación que atravesó al autor de La montaña mágica desde su temprano abrazo a ese romanticismo alemán en el que la metafísica, el arte, la religión y la muerte confluían al son de las óperas de Wagner, hasta la pregunta con la que culmina su gran obra, publicada seis años después del fin de la Primera guerra: ¿de esta fiesta mundial de la muerte surgirá el amor? Los acontecimientos posteriores lo negarían, pero en la dedicatoria al ejemplar del libro que le acerca su médico personal un día antes de morir, Mann seguía sosteniendo que era el amor la palabra que vencería a la muerte. 

El segundo ensayo lo protagoniza Janusz Korczak, el pedagogo y pediatra que el 6 de agosto de 1942, a pesar de haber tenido la posibilidad de escapar, permaneció en el orfanato junto a los casi 200 niños judíos que ese día serían llevados en tren hasta Treblinka para ser asesinados. El amor tuvo allí la forma de la bandera del trébol de cuatro hojas y la estrella de David que los chicos portaban ese día y que para Korczak representaba la bandera de la esperanza; la misma que se dibuja en los rostros de cada uno de los niños que leyeron El Principito, libro que Saint-Exupéry publicara 15 días antes de decidir ir a pelear a favor de los aliados para finalmente fallecer el 31 de julio de 1944 cuando el avión que pilotaba fuera derribado. En ese mismo ensayo, queda todavía lugar para la declaración de principios de Reimen a propósito del caso Oppenheimer: el hombre es libre y si bien es capaz de construir el arma letal para la humanidad, tiene su bandera de la esperanza en el humanismo europeo y su amor por el alma humana.

El tercer ensayo lo protagoniza Hugo von Hofmannsthal, quien oye la historia de un incidente ocurrido en 1900, en China, durante la rebelión del movimiento nacionalista contra las potencias occidentales. Un alemán observa una larga cola de chinos que iban a la guillotina y uno de ellos está leyendo un libro. El alemán le pregunta cómo puede estar leyendo justo ahora, y el chino le dice “Sé que cada renglón leído es un enriquecimiento”. Este ejemplo le permite a Reimen resaltar la importancia de la lectura, práctica que las nuevas tecnologías y la cultura del desprecio hacia el conocimiento estarían echando a perder, para luego agregar, en otro tópico clásico del romanticismo, que solo el poeta a través de la palabra es capaz de alcanzar una verdad vedada a la lógica y la razón.

La última historia la protagoniza Orwell y su 1984 como ejemplo de la distopía que se concreta eliminando el valor de la privacidad al tiempo que es apropiada por la industria del entretenimiento y por el paradigma de la hiperseguridad con cámaras de vigilancia y control por doquier. Esto le da pie a su vez a amonestar a una sociedad que, según él, utiliza diferentes eufemismos para no hablar del regreso real del fascismo en el marco de un capitalismo salvaje y un orden neoliberal que ataca los valores espirituales.

La palabra que vence a la muerte es un libro bello con historias que conmueven y con un mensaje al que resulta imposible oponerse. Con todo, no se puede obviar que es un libro que lleva al paroxismo ciertas miradas binarias y maniqueas presentes por lo menos desde el siglo XVIII: el corazón frente a la razón; el Hombre frente a la máquina; la poesía frente a la lógica; el libro y la educación frente a la barbarie, y todos los lugares comunes de una divisoria que opera en Occidente desde la querella entre la Ilustración y el Romanticismo. Sumemos a esto una lectura simplificada de la actualidad política que ubica cualquier tipo de liderazgo o forma de gobierno alternativa a la de las repúblicas liberales democráticas europeas como parte del eje del mal mesiánico fascista, y el combo es completo.

De aquí que, si se busca un enfoque original donde sobresalgan complejidades y matices, no estamos frente al libro adecuado. Con todo, se puede resaltar el intento de refundar una civilización humanista que reivindique los valores occidentales contra la gran tendencia relativista, oikofóbica y culposa que se ha impuesto en el viejo mundo. En este sentido, hay aquí un texto que deja espacio a cierto optimismo al cual abrazarse y ello, en estos tiempos, no es poco.