jueves, 15 de junio de 2017

A propósito del día del periodista (editorial del 11/6/17 en No estoy solo)

El debate sobre el periodismo ha devenido en farsa desde hace ya algunos años y el mejor ejemplo de ello es celebrar el día del periodista (independiente, neutral y objetivo) a partir de la primera edición de La Gazeta de Buenos Ayres, cuyo director era Mariano Moreno. Efectivamente, basta examinar la concepción del periodismo que La Gazeta y el propio Moreno tenían, para mostrar que los periodistas presuntamente independientes celebran su día, curiosamente, reivindicando al más militante de los periodistas (Mariano Moreno) y al más militante de los periódicos, esto es, aquel que en ningún momento ocultó haber sido creado como órgano de propaganda y difusión de las ideas revolucionarias, lo cual implicaba, no solo diatribas, opiniones y operaciones contra los enemigos de turno, sino la justificación de los ajusticiamientos en la etapa más jacobina de la revolución.
El investigador del CONICET, Martín Becerra, por ejemplo, en un artículo publicado en 2010 y titulado “Las noticias van al mercado: etapas de la intermediación de lo público en la historia de los medios de la Argentina”, distingue tres etapas en la historia del periodismo. Una primera considerada “facciosa” que abarcaría desde las vísperas de la revolución de mayo hasta aproximadamente los años 70 del siglo XIX, es decir, hasta la década en que surgieron diarios como La Nación, La Prensa y La Capital, entre otros; una segunda, llamada “profesional”, que va desde el período de la organización del Estado nacional allá por la década del 80 del siglo XIX hasta casi 100 años después, esto es, hasta la irrupción de la etapa multimedial que caracteriza a la tercera etapa denominada “financierizada”. Esta última etapa, que comienza en la década del 70 del siglo pasado, se profundiza gracias a la convergencia tecnológica y a la presencia preponderante del capital extranjero de la mano de la globalización económica. 
Adentrándonos en el momento faccioso, aquel en el que se incluye a La Gazeta y que es el que aquí interesa, podrían mencionarse algunas de las afirmaciones que hiciera Fernando J. Ruiz en su libro Guerras Mediáticas. Allí, el autor afirma: “La estrategia fue gobernar también a través de las noticias. Por eso, una de las primeras medidas de la Primera Junta fue crear un periódico. La Gazeta de Buenos Ayres, dirigida por Mariano Moreno, cumplió las funciones de buscar aliados, amenazar y prevenir a los potenciales enemigos y, por supuesto, legitimar la revolución (…) Mariano Moreno quería tener los más potentes medios de comunicación de su época para evitar que en la etapa posrevolucionaria se difundiera la confusión entre los ciudadanos. Temía que si no dominaban los medios de opinión, el enemigo pudiera disolver la relación del pueblo con su gobierno”. Ruiz menciona, además, que la Primera Junta obligó a los párrocos españoles a que leyeran La Gazeta a sus fieles tras finalizar cada misa y destaca un fragmento de El Plan de Operaciones, atribuido a Mariano Moreno, en el que queda sintetizada la mirada que tiene el gobierno de la época respecto a la función de La Gazeta: “La doctrina del Gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atractiva, reservando en la parte posible todos aquellos pasos adversos y desastrados, porque aun cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la mayor no los conozca y los ignore, pintando siempre éstos con aquel colorido y disimulo más aparente; y para coadyuvar a este fin debe disponerse que la semana que haya de darse al público alguna noticia adversa, además de las circunstancias dichas, ordenar que el número de Gacetas que hayan de imprimirse, sea muy escaso, de lo que resulta que siendo su número muy corto, podrán extenderse menos”.   
La mirada de Moreno sobre la función de la prensa muestra que la asociación entre periodismo y objetividad, o entre periodismo e información desideologizada, es una invención que se realiza con bastante posterioridad, más específicamente, un mito de origen que se comienza a construir 60 años después de la publicación de La Gazeta en un contexto cultural completamente diferente. Pues en esa época ya aparecía un Estado central en plena configuración y la novedad de un proceso de reformas educativas que comenzaría un vertiginoso camino de alfabetización y, con él, una reestructuración del espacio público y de la opinión pública.      
En palabras del anteriormente citado, Martín Becerra: “El desplazamiento de la política de trinchera a la esfera de lo cultural y moral es el que expresa el nacimiento de un periodismo crecientemente profesionalizado, ejercido por asalariados de una clase media en formación, con residencia en grandes urbes, que incorpora nuevos lenguajes, ideas renovadas, temáticas y secciones diferentes a la prensa para permitir su salto a escala industrial de producción. El periodismo faccioso utilizado como arma de combate por la elite política deja su lugar para una emergente ideología de la objetivación, de la asepsia informativa, que se expandirá como el sentido común de los profesionales de la prensa desde fines del siglo XIX y que contribuye a su masificación”.
Es interesante observar hasta qué punto, la profesionalización a la que refiere Becerra es, entonces, la creadora de su propio mito fundante ya que la defensa facciosa de determinados intereses prosiguió pero revestida del aséptico dato duro. ¿Acaso hay algo más faccioso que el célebre slogan del mitrista La Nación hablando de una “Tribuna de doctrina” o el diario Crítica, el 6/9/1930, día del Golpe de Estado a Yrigoyen, cuando tituló “¡Revolución!”? Y cuando el diario Clarín, el 25/3/1976, decía en su tapa “Total normalidad. Las fuerzas armadas ejercen el gobierno”, ¿estaba haciendo una descripción neutral de los hechos? A estos ejemplos tan burdos se le podría sumar una interminable lista que diariamente y sobre temáticas de las más a las menos relevantes, deja expuesto hasta qué punto las empresas periodísticas militan incansablemente por sus intereses y por su ideología. Tal como lo hiciera Mariano Moreno, quien para hacer periodismo no necesitó ampararse en ninguna mitología de la neutralidad.      



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