viernes, 9 de octubre de 2015

Los guardianes detrás del debate (publicado el 8/10/15 en Veintitrés)

Con la pulcritud oenegista que una sociedad atrasada como la nuestra no se merece; con el acartonamiento propio de la seriedad y el tono grave que todo admirador de Santiago Kovadloff exige; con actuaciones estelares y “editorializantes” de moderadores amonestadores; sin salirse un ápice del libreto harto trabajado por los asesores y los focus group; casi noruegos de tan republicanos; supurantes de civilización y diálogo como le corresponde a las democracias chiquitas en las que las decisiones no las toma el que llega a la administración a través del voto popular; rodeados de un público igual o más civilizado aún y en el contexto de la Facultad que le brinda a los argentinos los fiscales de la República y las buenas costumbres contra el estatismo que atenta contra nuestros derechos individuales; con analistas que evalúan la calidad democrática, el interés y la participación por la cantidad de menciones en una red social. Así se desarrollaron los monólogos de lo que fue presentado ambiciosamente como #ArgentinaDebate, y que la ciudadanía pudo observar a través de la pantalla de América 2 entre cortes publicitarios que duraron entre 10 y 13 minutos ocupados por las empresas a las que “les interesa el país”.
Dicho esto no me voy a servir de los números del rating para afirmar que, dado que más argentinos vieron Independiente-River o el programa de Lanata, a los ciudadanos no nos interesa la democracia ni el intercambio de ideas, porque sería un reduccionismo. Además, del mismo modo que el éxito en una red social no significa nada en sí mismo, tampoco significa demasiado que los monólogos presentados como debates hayan sido vistos por más o menos gente. En todo caso, de ese dato se pueden hacer distintas inferencias y una de ellas podría ser que buena parte de la ciudadanía entendió que lo que allí había no era un debate sino un show y, si de shows se trata, prefiere el del fútbol o el de Lanata pues, a su vez, como show, el debate dejó muy poco. De hecho, los principales impulsores del montaje se quejaron de que nadie rompiera el molde y los principales análisis solo destacan algún que otro momento de quiebre de la monotonía. Pues al fin de cuenta escuchamos lo que los candidatos vienen diciendo y la única interacción entre ellos se dio cuando uno le hacía una pregunta al otro sin posibilidad de repregunta, con lo cual el preguntado hacía lo que todo asesor hubiera sugerido, esto es, negar la acusación y seguir adelante. Todo esto estructurado por temáticas y con un reloj severo que no permitía nunca intervenciones mayores a dos minutos. Dado que los candidatos, insisto, solo monologaron las propuestas que vienen repitiendo en programas de televisión y spot publicitarios, lo único que se recordará de #ArgentinaDebate son las dificultades gramaticales y argumentativas de Marcelo Bonelli, la fe republicana y las chicanas subrepticias de Luis Novaresio hacia el candidato ausente, la buena voz de Rodolfo Barilli, la puesta en escena del atril vacío para dejar en evidencia la falta de Scioli, la cantidad de veces que, como un mantra, el candidato de la izquierda repitió la palabra “trabajadores”, el “indignismo” acelerado de Stolbizer y los segundos de silencio que pidió el candidato Massa cuando le tocó usufructuar el tiempo que habría tenido el candidato del FPV y que la organización decidió distribuir para que todos los presentes hicieran su catarsis terapéutica contra el oficialismo.    
Como saldo parece poco. Ahora bien: ¿Si hubiera asistido Scioli hubiera sido mejor? No. Porque más allá de las cualidades del candidato x lo que obtura el debate es el formato dado que, como se ha dicho por allí alguna vez, el “medio es el mensaje” y es el “masaje” también.  
Ahora bien, probablemente las razones por las que el candidato del FPV eligió ausentarse no tienen que ver con esta mirada crítica hacia el formato. Más bien, probablemente, prime la idea de que liderando la intención de voto con altas probabilidades de ganar en primera vuelta no hace falta asumir el riesgo innecesario que supondría la lógica del programa televisivo “Intratables”, esto es, ser el invitado especial de una fiesta en la que se hacen presentes “todas las voces” para que por izquierda o por derecha la mayoría critique al oficialismo. Porque Scioli se hubiera encontrado con 5 candidatos atacándolo, de eso no cabe duda.
Sin embargo, se podría objetar que participar de un debate no es algo que dependa de estrategias electorales sino que es un deber republicano. Sobre ese punto me he pronunciado en esta misma revista y aun a riesgo de repetirme reafirmo que si bien podría ser preferible que haya debate aun cuando éste sea un show, lo cierto es que los requisitos republicanos que se esgrimen para exigir a los candidatos la asistencia, o bien están cubiertos previamente al debate o bien no logran ser  cubiertos por el debate. Siendo más específico, resulta insólito afirmar que el debate es necesario para que la ciudadanía conozca las posturas, la personalidad y los desempeños públicos del candidato porque, en tiempos de telepolítica, los candidatos están sobreexpuestos y hasta los que tienen menos recursos equilibran bastante la presencia mediática a partir de la última ley que otorga a los partidos espacios de difusión gratuita en medios. Por otra parte, el formato polemista, lejos de abrir el juego a que la ciudadanía revise sus posiciones y eventualmente pueda encontrar razones nuevas para ratificar o rectificar su voto, promueve la fidelización del mismo ya que la estructura empuja a que se tome partido de antemano por uno de los candidatos. La consecuencia de ello es que siempre creemos que ganó el debate el candidato que ya era de nuestra preferencia antes del mismo.
Pero además: ¿importa quién gane el debate? Aun si fuera cuantificable, ¿qué aspectos del mismo tomamos en cuenta para evaluarlo? Y, por sobre todo: ¿esos aspectos que permiten salir triunfador de un debate estructurado para show televisivo nos hablan de un buen futuro presidente o de un buen polemista mediático?
Es lamentable echar por tierra la excitabilidad republicana de comunicadores y de una parte de la audiencia que cree que participar y hacer política es mirar la tele y opinar pelotudeces en 140 caracteres. Pero resulta llamativo que los mismos que creen que el debate es esencial para la democracia nunca observen ni transmitan los debates que se dan en las cámaras de diputados y senadores o que, incluso, señalen que los mismos son una pérdida de tiempo. Incluso llama la atención cómo candidatos que no asistían (Macri) o no asisten (Massa, Carrió, Michetti, entre otros) a las sesiones de la Cámara para la que fueron elegidos por el voto popular, afirmen que quien no acepta ser parte del show le falta el respeto a la ciudadanía.
Y por sobre todo, para finalizar, creo que con la realización del debate no se beneficia ni la ciudadanía ni los polemistas. Más bien, los grandes beneficiados son aquellos interesados en que se naturalicen y legitimen al menos 3 ideas. En primer lugar, que solo una ONG (o un conjunto de ellas) es la adecuada para organizar un debate plural y neutral porque todo lo que huela a Estado, Gobierno u organizaciones populares parece estar viciado de antemano en tanto faccioso. De esta manera se busca instalar que los ciudadanos libres y racionales (en muchos casos con dudosos financiamiento en dólares), y nucleados en tanto individuos que forman parte de la sociedad civil, son los únicos con la idoneidad y la moralidad para organizar este evento.
En segundo lugar, ¿por qué el lugar escogido fue la Facultad de Derecho? Es de celebrar que el evento se hiciera en una Universidad pública pero ¿por qué no se hizo en Ciencias Sociales, en Filosofía y Letras, en Agronomía o incluso en Odontología ya que también de sonreír se trata? En tiempos de judicialización de la política y donde ciertos sectores sueñan con un gobierno de los jueces, el escenario no parece casual y abona el imaginario de un Estado y una democracia subsumidos al Poder Judicial.
Por último, ¿por qué los moderadores fueron periodistas? ¿No podría haber sido un académico? ¿Acaso un ferretero? ¿Un carpintero? ¿Un docente? ¿Por qué no un comentarista deportivo o más bien un mago con o sin dientes? ¿Fueron periodistas porque son buenos animadores con lo cual se deja bien en claro que se trataba de un show? ¿O fueron periodistas porque lo que se quiso dejar en claro es que debata quien debata lo que importa es legitimar y naturalizar que las ONG, el Poder Judicial y la corporación periodística son los guardianes morales de la República?