lunes, 1 de junio de 2015

Dos perspectivas en torno a Scioli (publicado el 30/5/15 en Veintitrés)

En la medida en que avanza el cronograma electoral, y tras sucesivos “baños de humildad”, se va delineando quiénes serán, finalmente, los candidatos. La oposición parece tener resuelto el panorama y lo único que puede alterarlo es el “enigma Massa”. En otras palabras, Macri será el vencedor de la interna en la que competirán la UCR, la CC y el PRO, y en todo caso lo que resta saber es si competirá contra Carrió y Sanz o si este último preferirá dar un paso al costado antes que recibir una paliza electoral; y María Eugenia Vidal sería la candidata de ese espacio en la Provincia de Buenos Aires. Pero todo esto podría sufrir una alteración si se acepta la propuesta massista de ir hacia una gran interna “panopositora”, convite que, por ahora, Macri rechaza menos por razones ideológicas que por la convicción de que el mejor Massa será aquel que, acorralado, finalmente, no tenga otra que bajarse, quizás, de todo. Pues cada día que pasa, al exintendente de Tigre se le hace más difícil renunciar a la candidatura presidencial para desembarcar en la provincia y de aquí sale una enorme paradoja ya que la encerrona en la que se encuentra Massa es producto, en realidad, del gran triunfo que obtuvo en las elecciones de 2013. En este sentido, si Massa hubiera ganado por apenas unos puntos o incluso si hubiera perdido por apenas unos puntos, se habría concentrado en intentar ser el gobernador de la Provincia. Sin embargo, aquella estruendosa victoria le hizo creer que sería “el elegido”, “el candidato” que podría seducir al establishment económico y, al mismo tiempo, a un peronismo residual agotado del kirchnerismo.
Con todo, el que espera y sueña es Francisco de Narváez pues si Macri y Massa formaran parte de la misma interna, él podría capitalizar los votos de ambos candidatos y posicionarse como el opositor capaz de disputar, con el oficialismo, la gobernación.
Desde la perspectiva del oficialismo, en la provincia de Buenos Aires todavía persisten algunos precandidatos aunque todo parecería encaminarse a un mano a mano entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez. El primero tiene niveles altísimos de conocimiento y gracias a su prepotencia de trabajo y su capacidad oratoria, suele ser el preferido por aquellos sectores kirchneristas de paladar negro fuertemente imbuidos de la agenda del día a día que instalan los medios y en la que el actual Jefe de Gabinete es siempre protagonista en tanto voz oficial. Su punto débil es la sobreexposición, cierto descuido en la construcción territorial, y la imagen negativa que ha cosechado en una parte de la ciudadanía. En cuanto a Domínguez, su principal rival, antes que Fernández, es el hecho de que “el gran público” no lo conoce. Pero a favor tiene los cuadros técnicos, una reconocidísima labor institucional, un espíritu dialoguista y el trabajo “hormiga” de alianzas con intendentes, universidades y sectores de la producción. Seguramente hoy corre detrás en las encuestas pero su potencial podría dar una sorpresa. Asimismo, ambos son de cuna peronista y están identificados con el peronismo pero Domínguez parece tener mayor capacidad para atraer a sectores del peronismo que esperan alguna señal para abandonar su desencanto.
Donde no parece que exista lugar para ninguna sorpresa es en cuanto a los precandidatos a presidentes por parte del oficialismo. Si bien la presidenta cuenta con la facultad de catapular y darle competitividad a cualquiera que unja como candidato, pareciera que la disputa se resuelve entre Scioli y Randazzo.               
Ninguno parece ser aquel que hubiera elegido la presidenta y el núcleo duro del kirchnerismo en condiciones ideales, aunque también es verdad que, para ese espacio, la única que garantiza cabalmente la continuidad del proyecto tal como lo conocemos, es la propia presidenta. Pero impedida por una cláusula constitucional, CFK, que construyó poder de forma verticalista como Perón, tiene el mismo problema que el fundador del movimiento justicialista: designar como sucesor a un nombre propio que, naturalmente, y por la propia dinámica de lo humano, decida erigirse como el nuevo polo magnético del poder. En este sentido, no es descabellado pensar que el “kirchnerismo puro” tema que el candidato del propio espacio haga con ellos lo que Kirchner hizo con Duhalde en 2005, esto es, tras unos años de transición, desplazarlo completamente y quitarle todo tipo de injerencia en las decisiones. Sin dudas, la situación no es la misma y los liderazgos no son lo mismo pero tanto Randazzo como Scioli, seguramente, querrán darle su propia impronta a una eventual presidencia.
En cuanto a las posibilidades electorales de cada uno, Scioli, todas las encuestas así lo dicen, se encuentra adelante de Randazzo quien especula con conseguir todo el voto del kirchnerismo más progresista que desconfía de Scioli y que la presidenta se pronuncie abiertamente, aunque no parece que esto último vaya a suceder.
En este contexto, se espera que los meses que restan hasta las PASO sean de enorme tensión al interior del kirchnerismo pues parece haber dos perspectivas en pugna. Por un lado, lo que podríamos llamar “línea de la tradición pejotista”, que adheriría a la candidatura de Scioli por ser el único que aparentemente garantizaría el éxito. Son los mismos que se irían detrás de cualquier candidato (incluso de un peronista antikirchnerista) si éste les garantizara un caudal de votos suficiente que les permita continuar en su cargo y son los mismos que, seguramente, no se sienten del todo cómodos con la política de confrontación tan propia del kirchnerismo. 
Pero, por otro lado, se encuentra la línea de los sectores progresistas del kirchnerismo que hegemonizan la comunicación k, sea a través de espacios intelectuales, sea a través de distintas plataformas mediáticas, que parecen, por motu proprio, llevar adelante una cruzada antisciolista que prácticamente ubica a éste como un espejo del candidato conservador Mauricio Macri. Y no resulta del todo justa la comparación aun cuando sea verdad que el establishment ha elegido al exmotonauta como el mejor candidato dentro del FPV y aun cuando se espera de él pronunciamientos menos ambiguos respecto de las grandes conquistas y, sobre todo, las grandes batallas llevadas adelante por el oficialismo. Es más, hasta estoy tentado a adelantar que una eventual presidencia de Scioli contará con un escenario legislativo sin mayorías absolutas de lo cual se sigue que el actual gobernador de la Provincia deberá negociar con la oposición. Y en ese contexto vendrá la segunda etapa del plan de los grupos del poder real, esto es, separar a Scioli del kirchnerismo generando así un cisma entre el sector que responderá a CFK y el gobierno. Si esta hipótesis es correcta no es irrazonable preguntarse hasta qué punto Scioli podrá resistir tal presión y tales tentaciones más allá de que hasta el momento lo haya hecho.
Sin embargo, quienes defienden esta línea y afirman que Scioli es el enemigo N° 1, tendrán que explicar por qué los Kirchner lo han elegido, en 12 años, para ocupar los cargos de vicepresidente de la Nación y gobernador de la Provincia, es decir, los cargos más importantes de la República luego de los que ocuparan Néstor Kirchner y Cristina Fernández.  
A manera de resumen, y para finalizar, habrá que indagar cuánto de la crítica de esos sectores del progresismo kirchnerista obedece más bien a ese arraigado sentimiento antiperonista de socialdemocracia citadina y a su pretensión de marcarle la cancha a la política; y, a su vez, porque no solo de progresismo zonzo se compone el movimiento, habrá que indagar también cuánto hay de peronismo autoexculpatorio en aquellos que asumiéndose peronistas (y kirchneristas) acaban justificando cualquier candidatura en tanto definen al peronismo (y al kirchnerismo) como una máquina burocrática de poder pragmático que debe ganar como sea independiente de quien sea el candidato y de los principios por los que éste pregone.