sábado, 14 de febrero de 2015

Lecciones de capitalismo terrenal (publicado el 12/2/15)

Ante tanta vorágine de inmediatez, vorágine que no busca otra cosa que la parálisis en el tiempo presente, me permitiré hablar de modo algo más abstracto tomando como eje algunas líneas de una obra de teatro que serán excusa para las reflexiones políticas y filosóficas que desde aquí se suelen dar. Y no voy a recurrir a las tragedias griegas tan contemporáneas que dan escalofríos o, al menos, nos llevan a pensar que existen una serie de pasiones inherentes a los hombres más allá de todo tiempo y espacio. Me voy a referir, puntualmente, a una obra de Mauricio Kartun recientemente reestrenada en Buenos Aires y que lleva como título Terrenal. No invadiré secciones de la revista ni pretendo de repente aparecer como un eximio crítico de arte así que respecto de la obra solo diré que me gustó y que, incluso, me gustó más que el ya de por sí excelente tríptico patronal (integrado por El niño argentino, Ala de criados y Salomé de chacra) que el autor había puesto en escena los últimos años. 
Como breve marco, eso sí, déjeme decir que en esta obra Kartun retoma esa especie de juego de intertexto con, en este caso, la Biblia, y Terrenal no es otra cosa que una reedición de la disputa entre Caín y Abel pero ambientada aproximadamente en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX y con la participación de un tercer personaje, Dios, con acento santiagueño e inspirado (juro que no es una broma) en Horacio Guarany.
Más allá del deseo del autor, la clásica disputa entre los dos hermanos da lugar y herramientas para problematizar varias de las principales discusiones que existen hoy en Argentina. Sobre todo la mirada acerca del capitalismo, aunque, para decirlo más preciso, refiere más al capitalista de carne y hueso que al capitalismo. Dicho de otro modo, Caín, el que, como ustedes saben, acabará matando a su hermano Abel (que en la obra aparece como un vago que trabaja los días de descanso vendiendo isoca, esto es, la larva de esos escarabajos que tienen un cuerno que los hace parecer “minirinocerontes” o “toritos”) es el arquetipo del capitalista. Y en tal descripción el capitalista no aparece, precisamente, como un astuto y ventajero hombre de negocios. Más bien todo lo contrario: es casi un “pobre” tipo que trabaja todos los días sembrando morrones y tiene bien internalizadas una serie de máximas como el respeto a la propiedad y la necesidad de ley. Así es que Caín dice cosas como “Yo no violo propiedad. Hay que respetar medianera. Sagrada privacidad” o “Padrecito patronal. Hacer capitalito y hacer familia que lo herede para que no se desparrame”. Caín se compró “un chumbo” (no se lo pidió a ningún amigo) y vive aterrorizado por la inseguridad. A su vez se jacta de ser un experto en cuantificar, como buen capitalista, y está obsesionado con que le marquen límites. La obra no ahonda en aspectos psicoanalíticos pero, todo el tiempo, el Caín capitalista le exige, a Dios, límites, como los límites de una propiedad. El capitalista necesita ley para estar seguro y hasta cuando mata a Abel implora que Dios lo castigue más por la necesidad de ley que por la culpa. Incluso podría decirse que el capitalista aparece casi como un inimputable o más bien, alguien cuya naturaleza lo lleva al destino inexorable del asesinato ante la imposibilidad de poder tolerar un hermano con un actitud distinta respecto al trabajo y enormemente flexible frente a las imposiciones de una sociedad “como Dios manda”. Mientras tanto, algunas frases disparan reflexiones interesantes como aquella en la que el capitalista establece claramente su relación con la tierra y el medio que lo rodea al afirmar que “la tengo cortita a la naturaleza”. Toda una definición moderna del afán de dominio que describe bien la relación entre el Hombre y su entorno. Otra frase muy interesante de la obra pronunciada por Caín es “No tengo muertos yo. No tengo historia. La historia comienza conmigo. Me hago a mí mismo yo”. Se trata de una suerte de síntesis perfecta del ciudadano medio o “medio pelo” que ni siquiera por maldad postula un egoísmo inconsciente desvinculado de todo lo que lo rodea y al que le faltaría agregar “yo en política no me meto”. Es el mismo que cuando le va bien manejando el taxi cree que es mérito propio y cuando le va mal cree que es culpa del gobierno. Con todo, su vida termina y empieza en él. Como el diario de todos los días que no tiene vínculo con el pasado ni conexiones: puro presente descontextualizado.
Del mismo modo que el Caín capitalista mata a Abel, en la escena anterior había matado a los escarabajos que llama “toritos” por el simple hecho de que invadían su propiedad y ponían en riesgo sus morrones, metáfora cara al pensamiento antiperonista que recuerda “Casa Tomada” de Cortázar. Una vez más: lo hace por susto y por estupidez pero actúa con la eficiencia y la banalidad de un burócrata.  
Pero lo más jugoso es la intervención de Dios. Se trata de un Dios imperfecto, jocoso, y versero que aquí se llama Tata, y deja definiciones políticas como éstas: “¿Y quién te dijo que pelear estaba mal, idiota? Pelear es ser par. El bofetón es vida. Sin choque no hay chispa. Nada se mueve sin riña”.
Frente a ello, el capitalista, que prefiere la paz en tanto es el mejor contexto para hacer negocios, replica “¿Violencia, tatita?” Y este responde: “No. Dialéctica, infeliz. La miseria no es pelear. Miseria es matar al par. El uno crece de a dos. El dos peleando es armonía. Es vuelo. El uno solo, crece monstruo. Pájaro de un ala sola”.
Ante la idea pasteurizada de democracia como diálogo y acuerdo, Dios le explica a Caín que el problema no es pelear, el problema es exactamente el contrario, esto es, la eliminación de la disputa. Sin adversario no hay mayor tranquilidad ni progreso. Hay una paz de los cementerios, autoritarismo y, como se indica en la obra, una vez más con guiños a la Biblia (y por qué no a la historia argentina reciente), un genocidio.  
Para finalizar, un Caín desconsolado le pregunta a Dios por máximas tales como “ganarás el pan con el sudor de tu frente” pero Dios se desentiende de esa autoría para afirmar: “[Es] un eslogan de ustedes. Simios… [ustedes] los hacen y [ustedes] se [los] venden. (…) Yo solo escribo las músicas, pelele. Notas para hacer bailar. ¡Pulsos! ¡Latidos! ¿Para qué mierda sirve la letra? Para distraer el baile (…) Yo música pura. La música del universo. Yo concierto. Las letras las encajan los monos”.

Tata le enseña a Caín que los monos (los hombres), creyendo dar contenido al plan de Dios no hacen más que tergiversarlo y separar la unidad original, lo común. Pero Caín no logra comprender y sigue exigiendo ley, un límite, seguridad jurídica, para decirlo en los términos de moda. Frente a tal exigencia Dios responde de una manera que bien vale un cierre de esta nota: “Amarás más a los inmuebles que a los hombres. Y llevarás adentro el peor de los castigos que alguien pueda llevar. Pero el peor de todos: no querrás que te vaya mejor. Querrás que a los otros les vaya peor”.

3 comentarios:

marcelo teti dijo...

Vi la obra y me parecio excelente
Comparto los comentarios de Dante Palma. Es una obra para verla varias veces y extraer muchas cosas e interpretarlas

Silvia Diaz Ripanti dijo...

cuánta semejanza con la realidad !

Silvia Diaz Ripanti dijo...

muy claro...cuánta semejanza con la realidad...