jueves, 5 de junio de 2014

Bestiario político argentino N° 20: Los Termocéfalos (publicado el 4/6/14 en Diario Registrado)

Las ideas conservadoras y la defensa cerrada de las mismas era la característica saliente de los termocéfalos ya en la antigüedad. Estas monstruosidades con rasgos antropomórficos fueron denominadas así por la temperatura desproporcionadamente alta que tenían en la cabeza.  Si bien no se podía reconocer si las ideas conservadoras eran las que elevaban la temperatura o es la defensa de las mismas la que genera ese particular desbarajuste corporal, lo cierto es que ya en esa época, y aun con rudimentarios instrumentos, se comprobó que los termocéfalos convivían con nosotros y que eran fácilmente detectables. A tal punto que era juego típico de adolescentes molestarlos apareciendo de repente para espetarles conceptos revolucionarios como “cambio”, “igualdad”, “democracia”, “distribución de la riqueza” o “despenalización”, algo que, sin duda, enloquecía a estas particulares criaturas.
Pero la peor afrenta al termocéfalo es la posibilidad de sostener la indeterminación o la complejidad de un determinado asunto. A punto tal que existen algunas leyendas urbanas que indican que alguna vez, frente a una problemática enormemente compleja, un termocéfalo llegó a una temperatura craneal cercana a los 100 grados, manteniéndose en ese estado mucho tiempo tanto como el que puede mantener un termo el agua caliente. La razón de esta reacción es fácilmente comprensible:  los termocéfalos son seres simples que tienen un mirada maniquea e impulsan, incluso desde su propia lengua, formas binarias de exclusión, con buenos muy buenos y malos muy malos, con blancos muy blancos y negros muy negros.   
En tiempos donde se consideraba que el nacer mujer o varón tenía que ver con la temperatura del semen del padre, entendiendo que, a menor temperatura mayor imperfección, es decir, mayores posibilidades de que nazca mujer, los termocéfalos reivindicaban su condición como representativa del género humano, algo que insólitamente muchos siguen defendiendo hasta hoy con la vehemencia de quien tiene la cabeza caliente. Frente a ellos, antes que un paracetamol, lo que se recomienda es exponerlos a un espejo mientras las transformaciones culturales de la humanidad les pasan por delante de sus narices.