viernes, 15 de marzo de 2013

Pasión y política (publicado el 14/3/13 en Veintitrés)


Cuadras enteras llenas de hombres, mujeres y niños despidiendo entre griteríos y llantos desconsolados los restos de Chávez, no son otra cosa que la exteriorización de la irrupción de la dimensión afectiva de la política. Con esto no estoy diciendo que el líder bolivariano sea bueno o malo sino simplemente que el hecho político de la muerte del caudillo desnudó uno de los aspectos que suelen ser demonizados en los análisis de las coyunturas políticas y la construcción de identidades y referentes populares. Me refiero al carácter pasional, del orden de lo emocional, que se establece entre el pueblo (o buena parte de la ciudadanía) y esa singularidad física y mortal en cuyo nombre propio se encarna un movimiento político. Una vez más, y va la segunda aclaración, no se trata de realizar un panegírico de las pasiones ni ensalzar presuntas virtudes románticas de cualquier manifestación popular espontánea. Se trata nada más de advertir que no se puede dejar de soslayo este elemento. Y para desarrollar esta idea preguntemos en primer término: ¿por qué hay tanto recelo a la hora de introducir la variable pasional en el análisis político? La respuesta es compleja pero comienza, sin duda, en las críticas que la tradición socrático-platónica realizaba a la expansión democrática durante el gobierno de Pericles. La idea era que permitir que cada vez más varones se transformaran en ciudadanos con voz y voto abría la puerta a que se transformaran en legisladores de la ciudad aquellos cuya naturaleza les exigía estar ajenos a los asuntos públicos. Dicho de otro modo, la visión aristocrática que Sócrates y su discípulo promovían afirmaba que ciudadanos debían ser sólo aquellos capacitados, aquellas almas en las que prevalece el aspecto racional. Se trata, claro, de una característica de la que sólo gozan unos pocos elegidos. Bajo este presupuesto, la apertura propuesta por Pericles y encarnada en la figura de los sofistas, maestros en un arte de la persuasión accesible a cualquiera, era vista como un gesto demagógico hacia aquellos sectores postergados que, en tanto incapaces, eran fácilmente convencidos con argumentos que apuntaban al placer instantáneo antes que a un bien duradero. De aquí que los sofistas, esta suerte de sujetos pre-maquiavélicos, fueran criticados  pues, al momento de hacer de consejeros de los políticos, sugerían darle al pueblo lo que el pueblo quería aun cuando eso fuese nocivo en el largo plazo. Incluso, podría decirse más, esto viene de la mano de una suposición, que en algunos casos llega a la actualidad, y es aquella que afirma que el pueblo siempre se equivoca, justamente, porque no puede ver nunca más allá del aquí y del ahora.
En la modernidad, las estructuras sociales ya no podían ser legitimadas por un orden natural ni por una entidad trascendente, pero las pasiones siguieron siendo mal vistas. De aquí que los diferentes pensadores que se ocuparon del origen y la legitimidad del Estado apuntaran a un pacto entre seres racionales. La idea era que la base de una sociedad justa no podía estar establecida por sujetos movidos por las pasiones más allá de que en autores como Hobbes una emoción como el miedo haya sido uno de los motores de su teoría.
 Dicho esto, si bien en cada época existieron pensadores que llamaban a tener en cuenta el elemento pasional y afectivo, la imposición de la tradición racionalista los condenó a tener mala prensa. Y es desde esta perspectiva que los fenómenos de liderazgos de masas durante el siglo XX y el siglo XXI suelen seguir siendo interpretados en clave de manipulación o sugestión. Sea que venga por derecha o por izquierda, se acusa a estos procesos de autoritarios, totalitarios, cesaristas, etc. y se resuelve la explicación de la relación con el pueblo en términos del presunto carácter hipnótico que un líder carismático irradia hacia una masa de pobres desvencijados deseosos de satisfacer sus necesidades inmediatas. En este paquete, junto al nazismo, el stalinismo o el fascismo, ha caído el populismo que, sin duda, caracteriza a la construcción política chavista.
 Si bien no es este el espacio para discutir acerca de qué se entiende por populismo, recuérdese que esa definición instalada del sentido común que prácticamente lo equipara a una de las plagas de Egipto, no es la única definición posible, tal como señalara Ernesto Laclau en el primer capítulo de La Razón populista. Con esto, claro está, no quiero poner en tela de juicio el carácter personalista de Chávez ni obviar el modo en que en varios de los discursos que brindara no faltaba oportunidad para presentarse como una suerte de encarnación del pueblo. Incluso, sin proponérselo, claro, las condiciones de lucha con una enfermedad tan traicionera lo elevaron directamente a una personalidad mítica en vida. Todo esto resulta insoslayable. Pero lo que quiero resaltar de la construcción política de Chávez y que en menores dosis se repite en los liderazgos de centro izquierda de la región, es la reivindicación de la pasión ya no entendida como una devaluación de lo racional. La pasión como inherente al hecho político, guste o no. Porque el haber visibilizado a sectores completamente olvidados, sumidos en la pobreza extrema sin atención sanitaria, ni educación, ni vivienda ni trabajo genera naturalmente una buena razón para establecer vínculos afectivos con ese líder y con ese movimiento. ¿Cómo no entender la pasión por el peronismo o por el chavismo en aquellos a los que ningún gobierno prestaba atención?
Hablar de la pasión como variable de lo político supone enfrentar esa parte de la biblioteca que ha triunfado en los planes de estudio universitario y que entiende que la política se reduce a una serie de reglas procedimentales, un conjunto de instituciones republicanas que vehiculizan y tamizan la voluntad irracional de las mayorías; una serie de instancias que se controlan entre sí con sucesivos niveles de representación cuyo carácter presuntamente aséptico beatifica las decisiones de los sectores dominantes. ¿Pero es esta la política racional? ¿Las masas deben seguir a aquellos representantes que leyeron esa parte de la biblioteca e hicieron de Venezuela un prostíbulo de petróleo con toda la seguridad jurídica para quienes compraban el barril a 1 dólar?
¿Entonces las masas deben dejar su costado pasional para comprender que es racional y serio perseguir las políticas de los grandes centros financieros? En esta línea, ¿deben votar a aquellos que hablan pausado, poco y “en difícil”, pues no sea cosa que le ocupen mucho espacio en la cadena nacional? ¿Deberán manifestarse a favor de los blancos que tienen cara de estadista, visten bien y padecen cierta afectación en los modos? 
Permítame, para finalizar, entonces, preguntar: ¿de dónde habrá salido que elegir ese tipo de propuestas que llaman a administrar lo que hay y a manejarse en el campo de “lo posible”, resultan elecciones más racionales que las otras? ¿Qué maravillosa inteligencia o dispositivo habrá instalado en el sentido común que matar de hambre a la mitad de la población es el producto de un plan racional y que hay que esperar que la riqueza derrame?
 En síntesis, ¿quién nos habrá hecho creer que votar a un populista (como Chávez), un populista que da trabajo, salud, educación y casa, es un gesto clientelístico basado en la pasión y en la irracionalidad, pero votar a un técnico (como Rajoy), un técnico que aumenta la desocupación, recorta en salud, en educación y apunta al récord de suicidios por desahucio, es una lección racional de ciudadanos occidentales bien pensantes y bien modernos?