martes, 13 de noviembre de 2012

El 8 del 46 y el 7 del 100 (publicado el 9/11/12 en Veintitrés)


Esta semana la agenda política argentina estuvo atravesada, sin dudas, por el episodio “8N” si bien las principales preguntas que rodean a esta movilización vienen siendo debatidas, al menos, desde el último cacerolazo del 13 de septiembre. La cuestión de la espontaneidad como motivación romántica y sincera frente al carácter organizacional y, por ello, presuntamente calculado, interesado y direccionado propio de la actividad política, ha sido uno de los principales tópicos. Como suele ocurrir, este tipo de dicotomías son falsas en la práctica y conceptualmente insostenibles. Porque está claro que no se puede hablar de espontaneidad cuando desde hace casi dos meses, los políticos opositores, las redes sociales y los medios anti kirchneristas se refieren continuamente al 8N o bien como el día del Armagedón o bien como el momento refundacional de la Argentina republicana frente al populismo. Pero finalmente ese no es el eje de la cuestión. Dígase entonces que todo lo que rodea a esta fecha no ha sido fruto de la espontaneidad pero eso no necesariamente le quita mérito u honestidad a la protesta. En otras palabras, sería falaz analizar la calidad del reclamo por el modo en que éste se ha manifestado en la calle. Así, un reclamo espontáneo puede ser “equivocado” y antidemocrático o “correcto” y democrático tanto como lo puede ser cualquier reivindicación que se dé en el marco de una manifestación perfectamente organizada y calculada.
Una cuestión más interesante es la de preguntarse qué proporción de esos manifestantes son votantes kirchneristas desencantados. Encuestadores serios afirmaron que la del 13 de septiembre fue una manifestación de los que en octubre de 2011 votaron a un candidato no kirchnerista y parece bastante plausible tal conclusión pues más allá del accidente de Once o la dificultad para comprar dólares, no parece haber habido muchos más episodios novedosos que pudieran haber hecho cambiar de parecer a un votante kirchnerista de clase baja y media. De hecho, el slogan más repetido es “somos el 46%”, número que da cuenta de una identidad determinada por la elección de 2011, y no se ha visto cartelería con afirmaciones como “yo era del 54%”. En esta línea todavía es muy pronto para un análisis acerca de las características de los convocados del 8N pero si se hace hincapié en los que llamaron a la movilización, resulta claro que los principales organizadores son aquellos que tenían una posición tomada frente al kirchnerismo desde hace mucho, mucho, pero mucho tiempo, quizás, incluso, antes de que el propio kirchnerismo existiera. Pero, una vez más, esto no hace a la movilización ni mejor ni peor pues ese 46% no kirchnerista tiene todo el derecho a expresarse y hasta incluso puede que tenga buenas razones para hacerlo.
Pero más allá de estos aspectos existen otras cuestiones, a saber: ¿es esta movilización el hito que marca la unidad de la oposición en la Argentina? Difícil saberlo pero me temo que no. ¿Por qué? Porque los une el espanto ante el kirchnerismo y ese espanto no logra acordar una agenda propositiva o encarrilarse detrás de un único candidato que pueda corporizar esa agenda. En este sentido, el gran arco de los opositores argentinos desde el PRO hasta el desdibujado y tibio socialismo, pueden ser el receptáculo de una visión antipolítica y administrativa de la política pues ellos mismos la promueven. Pero de ahí a que uno de sus candidatos pueda recibir homogéneamente ese caudal de votos antikirchneristas, hay un abismo.
Ahora bien, como de todos estos asuntos ya se ha dicho demasiado, es preferible  centrarse en una operación discursiva mucha más sutil, esto es, la que busca equiparar el 8N con el 7D como si se tratara de dos códigos equivalentes y válidos para el recordado juego de mesa de “La Batalla Naval”.
La trampa está en suponer que cada uno de estos días representa una fecha emblemática para las dos grandes facciones que aparentemente se enfrentan en la Argentina. Así, la movilización del 8N representaría la demostración de fuerza de esa (casi) mitad de la población antikirchnerista y el 7D, día en que cae la medida cautelar que protege al grupo Clarín, vendría a ser la fecha clave de esa otra “algo excedida” mitad. La operación es bastante obvia. Primero se trata de dividir la realidad argentina en mitades, como si el arco antikirchnerista ya hubiera encontrado su Capriles autóctono. Pero es más, en segundo término, aun si se concediese que el estar unidos por el espanto hacia lo kirchnerista transforma a la movilización del 8N en representativa de una homogénea facción, ¿sucede lo mismo con el 7D? Es decir, ¿se puede reducir tal fecha al momento de “la batalla final” entre el Grupo Clarín y el gobierno? Sin duda, tal reducción es ingenua o interesada y se hace tanto desde el propio Clarín que acusa al gobierno de atentar contra el grupo por ser “el único opositor”, como de aquellos periodistas que desean representar una generación nueva, una suerte de periodistas “pos-independientes”, es decir, periodistas que no están ni con el “periodismo militante del gobierno” ni con el “periodismo independiente” de Clarín.
 Pero por distintas razones unos y otros se equivocan pues el 7D no es el día emblemático en que la facción K pretende celebrar una victoria propia pues lo que está en juego ahí trasciende al gobierno de turno. Dicho de otra manera, todos sabemos que el gran adversario político del kirchnerismo no es otro partido político sino ese poder cultural y económico que es representado por Clarín. Pero el 7D no es el momento en que CFK y Magnetto se enfrentan con espadas láser verdes y rojas. Es el momento en que una ley democrática entrará en vigor sometiendo al poder fáctico más importante de la Argentina. En este sentido, por un lado, la clase política opositora debiera entender que lo que está en juego es la maduración de la democracia argentina y que esta fecha se transformará en un hito que servirá a los futuros gobiernos sean kirchneristas, radicales, socialistas o residuales peronistas. Porque el hecho de que la decisión la tome el poder político garantiza que quien es elegido por el pueblo tendrá la potestad de diseñar un proyecto de país sin el condicionamiento de aquel poder que operó desde las sombras y determinó políticas de Estado a pesar de nunca ser validado en elecciones libres.
Pero por otro lado, también los manifestantes, aquellos que sinceramente creen tener razones para hacer sonar su cacerola, debieran reflexionar acerca del modo en que su reclamo acaba siendo funcional a intereses que largamente los trascienden. Porque de no aproximarse el 7D, sin dudas, no habría 8N y tal afirmación no es una perogrullada de calendario en mano. La prueba de ello estará en los días que vienen y usted, cacerolero medio y honesto, lo verá cuando lea el diario y le informen que, sin saberlo, participó de una epopeya ciudadana a favor de la libertad de expresión. Cuando eso suceda, quizás se sienta engañado, orgulloso o no le importe pero ojalá le sirva de lección para aprender que a veces unas buenas razones particulares para protestar deben quedar entre paréntesis si se percibe que pueden ser manipuladas. En este sentido, le harán creer que su reclamo puntual es el mismo que el del 46% de la gente y que éste, a su vez, coincide con los intereses de las grandes corporaciones. Incluso le dirán que usted ya no pertenece a un 46% perdedor sino que, “como indican las últimas encuestas”, ya está del lado de ese 50% más uno que quiere un país distinto. Pero no se deje engañar: lo que sucederá en diciembre será una conquista para el 100% de los ciudadanos argentinos incluso para ese porcentaje fervientemente antikirchnerista. Lo del 8N, en cambio, es la manifestación de una facción heterogénea que incluye algunos reclamos no necesariamente antidemocráticos pero que será utilizada por las grandes corporaciones económicas para seguir sosteniendo un lugar de poder que excede largamente los límites de las leyes democráticas. Porque recuerde bien: si estas corporaciones ganan no pierden nada más que los kirchneristas. Pierde usted y pierden todos los argentinos.