viernes, 4 de marzo de 2011

El dilema del intervencionismo (publicado originalmente el 3/3/11 en Veintitrés)

La revuelta popular que desde hace algunos días pone en jaque al gobierno de Libia y que parece ser sólo una de las fichas de este dominó cuyo primer movimiento se dio en Túnez, está generando ya grandes coletazos en el ámbito internacional. En el plano económico resulta evidente que un conflicto en una zona abundante en petróleo genera el alza y el desequilibrio de prácticamente todos los bienes que directa o indirectamente están vinculados al “oro negro”. En lo que respecta a la geopolítica, el equilibrio inestable existente en el norte de África justifica que cualquier cambio sea observado con fino detalle, máxime cuando esos cambios se dan, por ejemplo, en Egipto, esto es, aquel Estado que parecía ser el garante de la pretendida estabilidad de la zona.

Sin duda, no hay análisis serio que pueda hacerse sin desarrollar la densa y contradictoria historia reciente de una zona cuya fisonomía es cambiante y que todavía paga las consecuencias de la explotación, el colonialismo y la, más que nunca, arbitraria división política que comenzó a dibujarse después de la Segunda Guerra Mundial. Conflicto étnico, religioso, político, sumado a enormes masas de desposeídos, son razones que resultan lo suficientemente importantes como para contradecir aquella visión ingenua que considera que se trata de las “revoluciones de Twitter y Facebook”.

Que las nuevas tecnologías y, en particular, este tipo de redes sociales, puedan permitir a muchos jóvenes adquirir capacidad organizativa, no implica que esta alcance para derrocar gobiernos que permanecen en su lugar desde hace décadas. La revolución, mal que les pese, nunca estará a un clic de distancia.

Con todo, resulta llamativa la interpretación naïf que las corporaciones de medios occidentales hacen de lo que ocurre en el norte de África pues lo presentan como una revolución cuya variable es principalmente etaria y que lo único que busca es alcanzar el nivel de progreso moral de Occidente, el cual se manifestaría en las vigorosas y consensuadas instituciones democráticas. Si bien no deja de ser cierto que este parece ser uno de los componentes importantes y movilizadores, temo que las categorías con que observamos estos fenómenos desde este lado del mundo son impropias. Asimismo, y casi como una digresión, permítaseme indicar que resulta paradójico el modo en que los medios argentinos que ensalzan las bondades de “la revolución juvenil de las redes sociales” y consideran que la falta de arrugas es un bien en sí mismo, han empezado una campaña feroz contra aquella parte mayoritaria de la juventud argentina que “emergió” en el Bicentenario y lloró la muerte de un político el 27 de octubre de 2010. Los jóvenes del norte de África son presentados como propulsores de la gran democracia global que leyó a Marshall McLuhan; los de aquí son despreciados y están a punto de alcanzar la categoría de “nuevos imberbes”.

Realizado ya este comentario, quisiera posarme en algunos de los dilemas que se le plantean a la comunidad internacional tras esta crisis contagiosa que amenaza a varios de los vecinos sin distinguir a los dictadores apoyados por Europa y Estados Unidos, de los dictadores comprometidos, implícita o explícitamente, con la variante fundamentalista del Islam.

De todos estos dilemas, hay uno que considero el principal, esto es, ¿debe intervenir, en este caso en Libia, la comunidad internacional sea a través de la ONU, sea a través de la OTAN?

El interrogante necesita ser respondido con premura pues cada vez son más insistentes los rumores que hablan de una inminente intervención y ya no son aislados los republicanos que presionan a Obama para que movilice tropas. A contramano del eslogan de la publicidad de un tipo de infusión, el Tea Party y sus aliados ideológicos no dejarán que Obama se tome ni siquiera 5 minutos.
Simplificando en demasía las cosas parece haber dos grandes posturas a las que se puede recurrir frente a este dilema. La primera pertenece a la tradición liberal universalista y podría justificar que la comunidad internacional presione al gobierno de Khadafi con un conjunto de medidas que van desde el aislamiento económico hasta la intervención militar. Generalmente, existe cierto acuerdo en que la movilización de tropas extranjeras para controlar la situación es el último recurso y sólo se justifica en la medida en que se demuestre fehacientemente que estamos frente a una flagrante y sistemática violación de derechos humanos. En otras palabras, los Estados particulares no pueden violar ese conjunto de derechos que pertenecen a todo individuo por el mero hecho de haber nacido humano. Si así lo hicieren, la intervención internacional no sólo sería posible sino que, prácticamente, sería una obligación. La literatura al respecto es vasta pero para mencionar los autores contemporáneos que más han desarrollado este punto de vista, sugiero recurrir al estadounidense John Rawls y al alemán Jürgen Habermas.

El otro punto de vista, contrapuesto al universalista, puede ampararse en diversas tradiciones y autores, muchos de los cuales desacuerdan entre sí en otros aspectos de sus teorías. Sin embargo, lo que generalmente comparten estos pensadores es la crítica a los valores occidentales profundamente impregnados de presupuestos liberales.

Si tomamos uno de los más reconocidos, un neomarxista como Antonio Negri, en su ya célebre libro Imperio, desarrolla lo que, según él, caracteriza la nueva forma política del planeta. Este análisis comparte el diagnóstico de los universalistas en cuanto a que la globalización ha logrado que los Estados-nación tal como los conocíamos hayan sido sobrepasados por la vehemencia del capital transnacional. Sin embargo, lo que para los seguidores de la idea universalista es el puntapié inicial para la utópica sociedad planetaria en la que todos los hombres comparten una misma idea moral con los derechos humanos como estandarte, para Negri, se trata de una nueva y más profunda forma de sujeción: la de la vigilancia planetaria liderada por instituciones supranacionales que ejercen un control policíaco sobre los cuerpos de todos los hombres del mundo sin importar origen, valores ni territorio. Desde este punto de vista, ya no hay imperialismo en el sentido de un Estado-nación que sojuzga a otro; lo que hay es Imperio, una forma jurídica que no enfrenta a un Estado imperial contra otro Estado, sino al mundo entero contra un “Estado díscolo”.

Para Negri, una entidad supranacional como la ONU simplemente es la representante de los valores liberales que se imponen por la fuerza sobre otras cosmovisiones. Así, la democracia y los derechos humanos no serían más que ideas occidentales que se trasvisten de universalmente válidas para todas las culturas, en todo tiempo y espacio. No respetar tales ideas es causal de intervención.
El dilema de la intervención está planteado: no intervenir y dejar que un líder masacre a los que han cometido el único pecado de oponerse a un régimen hablaría de una comunidad internacional absolutamente despreocupada por la dignidad y la vida de hombres y mujeres inocentes. En nombre de los derechos humanos y como seres humanos que somos, parece seguirse el deber de evitar la profundización de acciones de exterminio barbáricas. Sin embargo, por otro lado, las intervenciones recientes generalmente lideradas por Estados Unidos han demostrado no ser más que la forma violenta y, muchas veces, criminal, con la que el Imperio instituye sus condiciones utilizando el recurso de la apelación a principios pretendidamente universales.

El dilema está expuesto y, como tal, la elección de una de las opciones presupone resignar algo. No hay forma de evitarlo. Así son los dilemas.

1 comentario:

Hernán dijo...

No estoy tan de acuerdo. Si realmente se tratara de que las intervenciones son "humanitarias" o "para llevar democracia", o "para parar genocidios" entonces no sería difícil apoyarlas. Tampoco se tratara sólo de una intervencion contra la soberanía de un país en el nombre del petroleo. Por empezar, me parece muy bien que desde el sentido común se critique la intervención. Pero también me parece que esto muchas veces nace de la compulsión popular de "desconfiar de todo" o de estar en contra de todos a la vez. Desde ese lugar, es muy común acusar a EEUU de haber tolerado a Kadafi hasta ahora y que "de repente!" se dieron cuenta que era un "tirano", un "asesino" y todo lo que se dice. Y esto viene de la imagen que se tiene de que EEUU u "occidente" tolera dictadores en el nombre de los negocios y los sacan cuando les conviene. Mi objeción es que nunca hay que olvidarse de que EEUU y "occidente" no es que hayan tolerado dictadores, sino que en muchos casos los han fabricado y mantenido, para sostener proyectos acordes a sus intereses de dominación. Basta recordar que la gran mayoría de las sucesivas dictaduras militares que sufrió Latinoamérica en el siglo pasado fueron todas dictaduras neoliberales, parte de un gran plan de EEUU para mantener al continente bajo su hegemonía. Y que la mayoría de esas dictaduras militares, instaladas para servir a los intereses poderosos, nacieron del derrocamiento de gobiernos democráticos que intentaban tomar otro camino.
El caso de Kadafi es exactamente el opuesto. Nunca fue un dictador servil a EEUU, sino todo lo contrario. Su proyecto nacional se baso en una elaboración autóctona de un socialismo árabe, y se ganó la enemistad de las potencias a tal punto que en los '80 lo acusaban de estar detrás de todo atentado terrorista e incluso los EEUU bombardearon Trípoli y Bengazi en 1986, y mantuvieron aislado al país por 20 años. EEUU y Libia tienen una larga historia de enemistad. Y quizás ahora están ajustando cuentas. Lo mismo hicieron con Saddam. Si realmente se tratara de defnder los derechos humanos, si realmente EEUU sólo hubiera "tolerado" dictadores en lugar de imponerlos y masacrar pueblos, yo no sería partidario de la no-intervención. Nadie lo sería. No se trata de defender un soberanismo a ultranza o del relativismo cultural. Se trata de hacer un balance en cada caso, y veremos que la mayoría de las veces, las intervenciones occidentales se basan en mentiras. Yo creo que, además de sus intereses económicos estratégicos de contar a largo plazo con fuentes de petroleo más favorables, lo que están haciendo ahora es bombardear indiscriminadamente un país para destruirlo (como hicieron con Yugoslavia y con Iraq) y destruir un proyecto nacionalista y distributivo como el que rige en Libia.