viernes, 2 de enero de 2026

Grabois, lumpenaje y burocracia kirchnerista (editorial del 27.12.25 en No estoy solo)

 

Los últimos días del año sorprendieron con una escalada de conflictos en los municipios de Quilmes y Lanús. Los primeros, reivindicados por Juan Grabois, fueron protagonizados por miembros de una agrupación a la que éste pertenecía y giraron en torno de una ordenanza municipal que, entre otras cosas, buscaba regular la actividad de los trapitos; en el caso del municipio gobernado por Julián Álvarez, manifestantes del Movimiento Evita de Lanús lideraron un reclamo por mejores condiciones laborales, prendieron fuego un árbol de navidad y generaron incidentes varios. Que los conflictos hayan sucedido en días consecutivos contra dos municipios gobernados por La Cámpora y azuzados por agrupaciones que están en la vereda opuesta en la interna peronista, impulsó acusaciones cruzadas, especialmente entre Mayra Mendoza y Grabois.

No hay espacio aquí para desarrollar todo el proceso que derivó en el surgimiento de los movimientos sociales, los piqueteros y lo que se intenta denominar “economía popular”, sin que nadie sepa bien de qué se trata eso, pero sin duda que, para un espacio como el peronismo, cuya columna vertebral ha sido el movimiento de los trabajadores organizado, los coletazos del neoliberalismo, dejando fuera del sistema a millones de personas, obligó a ampliar la mirada y los conceptos.

A su vez, no se trató solo de un problema del peronismo: el Estado, incluso en administraciones como las de Macri o Milei, continuó con políticas de ayuda social a sectores vulnerables que, en el mejor de los casos, subsisten con empleos precarios e informales (no olvidemos que, sin ir más lejos, el gobierno de Milei mejoró en términos reales las partidas de la ayuda social y que al Movimiento Evita y al propio Grabois se los acusó, con razón, de pactar con Carolina Stanley).

En la medida en que el peso de estas organizaciones fue creciendo y la dinámica del piquete se transformó en parte del paisaje cotidiano, desde el kirchnerismo, en general, se encuadraron esas manifestaciones como parte del derecho a la protesta, mientras que desde la derecha se hizo énfasis en dinámicas clientelísticas y en la necesidad de garantizar la libre circulación. Aunque en Argentina todos los debates permanecen abiertos, hay que reconocer que la evidencia fue abrumadora a favor del gobierno de Milei en este punto: los piquetes se acabaron cuando el Estado cortó los mecanismos de financiación directa e indirecta que esas agrupaciones y sus dirigentes recibían del dinero de los contribuyentes. Era más fácil que cagar a palos a todo el mundo: había que cortar el chorro de guita y ya. Se acabaron los piquetes. Sonará triste pero la derecha tuvo razón en este punto.

Otra cosa es el elemento simbólico y esa romantización del lumpenaje que el kirchnerismo y sectores de izquierda reivindican. A favor de ellos, habría que decir que se trata en parte de un fenómeno mundial: ser (presuntamente) marginal, comportarse de ese modo y cantar como tal es cool y aspiracional, supone abrazar una identidad recia, sufriente y antisistema cuando el propio sistema devino antisistema. No es la única contradicción del modelo hegemónico: pensemos si no en ese doble movimiento que presenta a las mujeres como víctimas esenciales a la vez que empoderadas para poder decir con Shakira “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

En el caso del peronismo en particular, la romantización llegó a tal punto que se realizaron maniqueas contraposiciones entre una supuesta cultura solidaria y de buenos valores existente en las villas, frente a la siempre demonizada y supuestamente hiperindividualista clase media, por cierto, aquella en la que podemos encontrar una importante base electoral del kirchnerismo, especialmente si pensamos en algunas franjas profesionales de entre 35 y 50 años. Aquí no sabemos cuál fue el huevo o la gallina pero lo cierto es que el propio peronismo adoptó como tal la caricatura que la oposición gorila hizo de él, y acabó tergiversando todo: el que no labura es siempre una víctima; la meritocracia es mala palabra; los delincuentes no tienen responsabilidad porque son hijos de la desigualdad; la masculinidad es tóxica; la heterosexualidad es violencia; criticar que se gasta más de lo que entra es de derecha; la inflación no es un problema, etc. Aquí estamos lejos de defender la imagen nostálgica del peronismo como respuesta sagrada a los problemas del presente, pero, ¿a quién se le puede ocurrir que eso es peronismo? Sí, efectivamente, solo se le puede ocurrir a un antiperonista y a alguien que reivindica el peronismo, pero no entiende lo que es.

A propósito, veía un recorte de una entrevista a Juan Grabois hecha por Tomás Rebord en el que el primero se autopercibía (SIC) como “un humanista revolucionario con influencias peronistas, cristianas, de distintas corrientes teológicas, marxistas, autonomistas, aceleracionistas”. Por suerte aclaró que quizás no estaba caracterizando bien el término aceleracionista cuando Rebord lo interrumpió diciendo que no podía ser todo eso y aceleracionista a la vez, pero digamos que Grabois es capaz de encarnarlo casi todo, incluso tradiciones o perspectivas cuyo significado es incapaz de explicar.

El comentario acerca de Grabois quedaría en la mera anécdota si no fuera el propio kirchnerismo el que le diera espacio a pesar de estar demostrando en todo momento que, con un poco de poder, arrasará lo poco que queda de éste, y no lo digo por estos hechos menores en las municipalidades, sino porque en Grabois aparece la apuesta de una radicalidad outsider por izquierda, lo opuesto a Milei pero que comparte con el ultralibertario esto de ser alguien de afuera que, ante la institucionalización y burocratización de los pibes que venían por la liberación, encarna el que viene a patear el tablero por izquierda, tal como Milei lo hizo por derecha. El kirchnerismo lo levantó para joderlo a Massa, le dio más de lo que merecía en las últimas listas y ahora Grabois les está tocando la puerta en un proceso que era más que previsible. Y, sobre todo, está corriendo por izquierda a La Cámpora, especialista en correr por izquierda. Lo hace desde una posición pseudo troska, sobreactuando la liberación de “compañeros” tras un par de horas en cana por hacer quilombo, tratando de garcas a los exjóvenes de La Cámpora y creando el oxímoron de “trabajadores cuidacoches”. Pero en ese escenario, La Cámpora tiene que salir a defender la propiedad privada y los derechos del vecinito que no quiere más extorsiones de unos tipos que presentan como laburo cobrarte por dejar tu auto en la vía pública. Se trata de un cambio que yo celebro y una muestra de la responsabilidad que supone gobernar un municipio, pero si lo hiciera Jorge Macri lo acusarían de crear una ciudad para pocos y de utilizar una pedagogía de la crueldad.

En los próximos dos años veremos si Grabois, promovido por el kirchnerismo, acaba deglutiéndolo acusándolo de ser una casta de burócratas que creció bajo el paraguas de contratos y cajas. No le va a faltar razón en buena medida. También veremos si los electores acabarán abrazando ese mejunje de tradiciones y valores que Grabois dice encarnar aunque no pueda ni siquiera explicar bien de qué se trata y quizás solo sea el disfraz detrás del cual se esconda un proyecto político personal basado en una voluntad de poder con delirios místicos y en formato misión divina. Se trata de la misma lógica que expresa Milei de modo que no debería extrañar que ese eventual enfrentamiento ya no se dé en términos políticos sino en términos morales: el Bien contra el Mal.

¿Hace falta decir que cuando la moral reemplaza a la política las cosas terminan mal? La seguimos el año que viene. Tengan todos un muy buen 2026.

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Sin 20 de diciembre, sin trabajadores, sin pueblo (editorial del 20.12.25 en No estoy solo)

 

Los que siguen este espacio recordarán una columna en la que interpretaba la llegada de Milei como el paso del “Que se vayan todos” al “Que venga cualquiera”. Si esta hipótesis es correcta, Milei no sería la pospolítica, ni la superación de un largo proceso de crisis de representatividad sino más bien el último eslabón de una cadena que nació el 20 de diciembre de 2001, hace exactamente 24 años. En terminología nietzscheana y permítaseme el salto, Milei no sería el Superhombre sino, justamente, el Último Hombre, un emblema decadente del nihilismo que aparece cuando nos enteramos que Dios, es decir, los grandes relatos y los fundamentos últimos dadores de sentido, ha muerto.

Si de citas extemporáneas se trata, el caso de Milei podría leerse a la luz del mítico fragmento final del Batman de Nolan cuando el personaje de Oldman afirma que Batman no es el héroe que merecemos pero sí el que necesitamos. Al menos así puede que lo entienda buena parte de la política y el poder real: el loco que llevará adelante las reformas que el país supuestamente necesitaba y cargará con todo el costo político para que, luego, una figura de la casta que no tuvo las agallas de ir a fondo, saque rédito de la devastación.

Ahora bien, si nos detenemos en la efeméride del 20 de diciembre, cabría decir que más de 20 años después ni siquiera ha quedado esa ritualidad de la violencia y el estallido que teñía cada diciembre de los años posteriores. Afortunadamente, claro. Sin dudas, la reconciliación con la política que operó en una parte de la población alrededor del kirchnerismo, y la politización por oposición a ese proceso que operó a partir de la crisis de 2008, fue borrando esa sensación de que todo daba lo mismo. Al contrario: hubo una repolitización que probablemente se pasó de la raya y que generó conflictos en todas las familias, en aquello que, a falta de un concepto mejor, se llamó “la grieta”.

Sin embargo, claro está, el agotamiento del kirchnerismo y los fracasos de Macri y el gobierno de Alberto, hicieron resurgir el espíritu de principios de este siglo, aunque, en este caso, como suele ocurrir, ya ni siquiera con violencia sino apenas con desencanto. De votar a Homero Simpson y poner la feta de salame a no ir a votar. Como nada puedo hacer, puteo, pero en casa, como pedía Alberto.

Es un clásico decir que todos recordamos dónde estábamos cuando sucedieron los grandes eventos. Aunque no se trate más de una anécdota personal, déjenme contarles que, en mi caso, yo estaba, como todos los 20 de diciembre, cumpliendo años. No menciono esto para recibir las felicitaciones del caso, sino para contarles una sensación que con el tiempo pude resignificar. En aquel 2001, me preparaba para recibir amigos y familiares como de costumbre y no fue hasta que salí a la calle que empecé a tomar magnitud de lo que sucedía, a pesar de que estaba siguiendo atentamente los hechos a través de la televisión desde la noche anterior, en la que había renunciado Cavallo. Es que los autos en el barrio estaban dados vueltas y el Mc Donald’s y el Blockbuster ardían. Yo llevaba las botellas de cerveza vacías al chino cuando me encontré con todo ese escenario. Recién allí pensé que quizás era una buena idea postergar la celebración.

Naturalmente, de esa anécdota se puede inferir que quien escribe estas líneas vivía en una burbuja. Sin descartar esa opción, me inclino por otra mirada, más dramática, incluso para mí. Me refiero al hecho de cómo nos habíamos acostumbrado a esas escenas, a las renuncias de funcionarios, a las crisis, a que se queden con la guita, a que te caguen a palos. Frente a esa sucesión de eventos ya comunes, el cumpleaños, que sucede cada 365 días, era lo verdaderamente novedoso. Naturalmente, ese día fue emblemático por los muertos y por la renuncia de un presidente que asumió ausente, pero estábamos confortablemente adormecidos como la rana en el agua hirviendo.

Muchas veces solemos caer en la tentación de comparar nostálgicamente esos tiempos de lucha con la pasividad actual. Y no es justo decir que añoramos lo que nunca jamás sucedió, para seguir con las citas, pero sí resulta importante señalar que el país ha cambiado mucho.

Perdón por la segunda autorreferencia, pero aquí también hemos mencionado una y otra vez que la Argentina del 2025 no es ni siquiera la del 2015, algo que el kirchnerismo no entiende. En este sentido, y a propósito de estar discutiendo una vez más una reforma laboral, encontramos un panorama de aquello en lo que nos hemos convertido hoy: una CGT deshilachada, pero movilizante y una oposición de dirigentes políticos que no hace pie frente a un gobierno que avanza como elefante en el bazar.

Y lo diré de manera provocadora aunque sea falso: el trabajador no existe más, no, al menos, tal como lo conocíamos. No se trata de un fenómeno argentino donde el nivel de sindicalización todavía alcanza niveles relevantes en algunos sectores comparado con buena parte del mundo. Pero podría decirse que aun cuando sea muy importante discutir políticas que favorezcan la formalización o parar la industria del juicio sin que ello derive en la profundización de la precarización del trabajador que se ha dado de hecho, la fragmentación y descomposición de esa identidad que fue la columna vertebral del peronismo es evidente. Si la política le habla a Twitter, cuando escuchaba algunos de los discursos de la CGT, sin fisuras, aunque obvios, me preguntaba a quién le hablaban o, en todo caso, cuántos oídos son receptivos a ese discurso más allá de los afiliados y de aquellos trabajadores que, estando en blanco, lamentablemente, empezaron a ser vistos como privilegiados, especialmente a partir de la pandemia.

Y es cierto que uno no se lo puede pedir a la CGT pero estamos a un paso de que la IA pueda dejar a la mitad de la población mundial sin trabajo y la única respuesta frente a eso es la receta de la industrialización de un país y un mundo que, si no son los del 2015, menos van a ser los de los años 70; o, por izquierda, una renta básica universal que, como siempre, está más preocupada en redistribuir que en crear la riqueza; o, por derecha, algún tipo de solución altruista de los CEOs de Silicon Valley para mitigar un potencial desorden mundial de consecuencias impredecibles.

Y permítaseme aquí una segunda provocación, también, en parte, falsa, pero provocación al fin: o bien aceptamos que el pueblo, sea lo que fuere, no existe más, o bien admitimos que el pueblo (o buena parte de él) votó a Milei y que el anarcocapitalista es un líder popular, más allá de que en las elecciones de 2025 el voto pareció reacomodarse en un sentido más clásico y el apoyo a “el león” provino más de clases medias y altas.

Si el progresismo todavía no se dio cuenta que es el hijo predilecto del liberalismo y que ha profundizado la fragmentación y la conflictividad social detrás de todo su sermón inagotablemente buenista de la empatía contra la pedagogía de la crueldad, cabe mencionar que, aun con toda la buena fe del mundo, tampoco la respuesta parece clara del lado de los que afirman que “hay que volver a Perón” cuando probablemente Perón los esté mirando desde el futuro diciendo “muchachos, las cosas cambiaron de tal modo que ni siquiera sé si alcanza con una actualización doctrinaria”.

No se trata de hacer borrón y cuenta nueva; menos de despreciar la memoria y los hitos populares que construyeron la Argentina de hoy, con sus pro y sus contra. Pero se hace urgente pensar algo nuevo. El mundo y la Argentina están cambiando demasiado pronto y nosotros estamos pensando demasiado lento.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Rebord, Rosemblat y Dante Presidente (editorial del 13.12.25 en No estoy solo)

 

En los últimos días, impulsado desde algunos sectores del sindicalismo y la política, comenzó a circular la posibilidad de que el pastor evangélico Dante Gebel sea candidato a presidente en 2027. Consultado por Mario Pergolini, el propio implicado no descartó esa posibilidad de modo que cabría prestarle alguna atención puesto que posee seguidores, eventuales importantes aportantes económicos y un discurso pretendidamente ecuménico alrededor de la espiritualidad, tal como mandan los tiempos. A propósito, dado que la imaginación no abunda, tampoco debiera extrañar que se tratara de algún sueño trasnochado a partir de que el evento que el pastor vino a presentar se llama PresiDante, haciendo un juego de palabras con su nombre, y que allí se lo puede ver con la banda presidencial. En todo caso, el tiempo dirá.

Hace algún tiempo circuló, y gracias a alguna información de fuente confiable podría confirmarlo, que el peronismo de la ciudad, de la mano de Juan Manuel Olmos, está detrás de una suerte de “proyecto streamer”, una renovación de candidaturas que pueda romper el techo al que parece condenado el peronismo citadino, y que podría recurrir a figuras como Tomás Rebord y Pedro Rosemblat. Este último ya había pretendido un salto a la política y el primero, presumo, pareciera estar allí resolviendo un dilema interno entre una vida como artista y un salto a la política. Ambos son jóvenes, muy exitosos en sus respectivos proyectos y han hecho mucho más por instalar discusiones autocríticas al interior del peronismo/progresismo que la dirigencia política que ahora pretende sumarlos a sus filas.

Comparar a Gebel con Rebord y Rosemblat es injusto para los tres, pero los menciono aquí porque pareciera que desde diferentes espectros ideológicos se renueva esta tentación muy poco novedosa de apelar a figurar extrapartidarias, “famosos”, como solución a la crisis de representatividad. Y sobre este punto vale una aclaración: Rebord y Rosemblat tienen formación política por encima de la media. Sin embargo, no se está pensando en ellos por esa razón, sino por su éxito en redes y su visibilidad. No es culpa de ellos, pero la razón por la que se los elige es por méritos que no tienen que ver estrictamente con su eventual proyecto o mirada acerca de la política. La demostración es que son ellos, pero podría ser cualquiera: veamos si no el caso de Lali Espósito a quien nos quieren vender como la nueva Evita por haber hecho una canción con un estribillo pegadizo y un mensaje velado contra el presidente. La vara está baja.

Pero más allá de ello, a continuación, quisiera proponerles reflexiones personales acerca de este fenómeno y si en ellas les suena algo del filósofo Byung Chul-Han, sea acompañando su perspectiva, sea criticándola, están bien orientados.

En primer lugar, digamos que, si es cierto que el neoliberalismo convierte al sujeto en un emprendedor, un “creador de sí mismo”, esto es, alguien que está encargado de gestionar su propia imagen y su rendimiento, es natural que esto produzca nuevos tipos de actores políticos. En otras palabras, el político deja de ser un representante de una parte para devenir un autogestor, ni siquiera de su rol en el debate público, sino simplemente de su presencia mediática. Este político performático está más preocupado por el recorte viral de sus alocuciones que por otra cosa, es Julia Strada pidiéndole a su fotógrafo oficial que le saque la foto con cara de valiente señalando con el dedo a un policía.

Ahora bien, si el político devino un producto, el votante se transforma en un consumidor con derechitos económicos de consumidor y no con derechos de ciudadano. Se transforma así en un usuario de la política como quien consume un servicio, o sea como quien puede entrar y salir, suscribirse y darse de baja.

Asimismo, elegir entre los famosos de este tiempo, le permite a la política entrar en la disputa por el recurso más escaso del capitalismo hoy: la atención. Y hace bien, por cierto, porque vaciada de sentido, de valores, de proyecto y de comunidad, lo único que le queda es salir a disputar como un producto más en el mercado. De aquí que no sea casual lo bien que les va a los outsider, con Milei a la cabeza, puesto que la propuesta más delirante suele ser la más efectiva si de atraer la atención se trata. De hecho, no me van a decir que entre un discurso de Taiana y un recital de Milei ustedes van a elegir lo primero.

En este punto, la vieja política suele hacer una extrapolación bastante lineal y burda que muchos influencers creen o eligen creer: muchos likes son muchos votos, muchos seguidores son base electoral y la cantidad de visualizaciones y repeticiones son capital político. Este último, entonces, no tiene que ver ya con valores sino con la posibilidad de tener un mensaje o una imagen viralizable. Si es viral, es bueno.

El nuevo político influencer no es guiado por el pueblo sino por el algoritmo o, lo que es peor, cree que el algoritmo es el que está representando al pueblo. Queda atrapado en un narcisismo algorítmico que no representa intereses partidarios sino los deseos y aspiraciones individuales de unos votantes que son seguidores, en su mayoría pasivos, como quien sigue a su ídolo en la música o en el fútbol como figura inalcanzable. No se trata de crear comunidad sino idolatría. Es el Pitu Salvatierra jurando por Futurock, es decir, por la empresa para la que trabaja; es Mayra Mendoza tatuándose a Néstor y a la tobillera. Dicen que es político pero es solo personal.

Y sobre todo: no hay tiempo. Las unidades básicas ya no forman cuadros, de modo que hay que echar mano a los emprendedores de su propia imagen que, devenidos candidatos, ya están construidos como producto, listos para ser consumidos por derecha, por izquierda o por centro.

Asimismo, los famosos de hoy cumplen con el ideal de autenticidad tan requerido en la actualidad, el principal insumo de la antipolítica, porque la política es asociada a la opacidad, lo turbio, la hipocresía; al fin de cuentas, “la rosca” representa lo que se hace por detrás en un tiempo de tiranía de la transparencia, de obligación de mostrarlo todo, y con “todo” no me refiero solamente a las cuentas públicas sino a lo que concierne a nuestra identidad y nuestra vida privada. Podría decirse, incluso, que el influencer (o la mayoría de ellos) no tiene otro valor que la autenticidad y es lo único que se le exige, por más que en su cuenta muestre una riqueza que no tiene y sus autos de lujo sean alquilados, que venda canjes berretas o se saque fotos con filtros contra las arrugas, la papada y la cintura de lavarropa. En todo caso, aun cuando sea artificial y/o pelotudo/a lo que importa es que sea auténticamente artificial y/o pelotudo/a. Eso es lo que genera identificación y esa conexión es central en política.  

El famoso genera además dos sentimientos contrapuestos, pero que coexisten con efectividad similar: por un lado, su positividad pre o pospolítica lo lleva a sobrevolar los conflictos, estar por encima de ellos, y con ello fantasear con ser el candidato de todos, capaz de unir. El caso de Gebel es claro en ese sentido: el pastor evangelista que no es de izquierda ni de derecha y es capaz de juntar a todas las partes en esa fantasía del pueblo unido en pos de vaya a saber qué cosa.  

Pero, por otra parte, es cierto que, en los últimos años, el famoso, aun cuando no intervenga en política, genera una división: todos tienen sus likes pero también sus haters. En este sentido, reproduce lo que parece haberse instalado en todo el mundo: polarización y sobre todo una polarización constante sobre toda temática. Todo es opinable, sobre todo hay que opinar y el debate público se transformó en un debate del minuto a minuto como un muro de Facebook o un chat de Youtube donde se reparten likes y odios por doquier.

Sin embargo, a no confundirse: la negatividad de los odios es funcional a la necesidad de circulación y viralización de la que hablábamos antes: lo que importa es que atraiga la atención y lo que genera odio atrae mucho más que el amor.

En todo caso, uno de los problemas que se plantea es lo que sucede cuando el influencer pasa a ocupar un cargo de responsabilidad, y aquí, obviamente, eximo a los tres mencionados pues ninguno de ellos ha dado el salto formal todavía.

Es que no se puede gobernar bajo la lógica de los likes y la dopamina como lo hacen muchos de nuestros actuales dirigentes que testean sus iniciativas en Twitter y estudian guiones para que el asesor pagado con nuestros impuestos haga el recorte viral de 30 segundos. Asimismo, y esto se vio claramente en la insólita discusión acerca de si la cuenta de Twitter le pertenece al Javier Milei ciudadano o al Javier Milei presidente, la confusión entre lo público y lo privado está a la orden del día. No hay mediación, no hay investidura, no hay institucionalidad: todo está afuera e igualado en la horizontalidad de la red.

Para finalizar, digamos que, si la política del futuro va a ser la política que reproduzca la lógica de los influencers y el único “valor” será cuán conocido es el sujeto en cuestión, no debería llamar la atención que la política se reduzca a la autenticidad del yo que gobierna por sobre cualquier proyecto político. En Milei esto es claro: el gobierno de Milei es Milei; el mileismo es Milei. Allí no hay proyecto, en todo caso una misión personal en clave de delirio místico que empieza y termina en Milei. Y no debería sorprendernos porque no es el único: simplemente sobresale porque es el que llegó.

Visible, autoconstituido, performático, expuesto, auténtico preocupado por la atención antes que por la deliberación. El candidato influencer, aun cuando pueda tener buenas intenciones y una sólida formación, queda preso de una lógica que lo excede y que indefectiblemente lo aleja de cualquier proyecto colectivo.

Caos y poder sin límite: la época de los depredadores (publicado el 1.12.25 en www.theobjective.com)

 

 

El mundo de los burócratas y el sistema de reglas surgido después de la Segunda Guerra Mundial, cede frente a la nueva camada de políticos que incentivan el caos desde el poder y a los Señores de la Tecnología que entienden los límites como una ofensa. He aquí el diagnóstico de La hora de los depredadores, el nuevo libro del sociólogo y ensayista ítalo-suizo, Giuliano da Empoli, publicado por Seix Barral tras el éxito de El mago del Kremlin y Los ingenieros del caos.

La referencia a sus libros anteriores tiene sentido porque este nuevo texto parece tomar algo de ambos: por un lado, se construye a partir de las anécdotas surgidas de su actividad como asesor político, aquellas que le permitieron dar verosimilitud a la ficción del hombre de confianza de Putin en El Mago del Kremlin; por otro lado, hay una clara continuidad con las elaboraciones de Los ingenieros del caos más allá de que, en este caso, el punto de partida no es el Movimiento 5 Estrellas italiano sino la irrupción de los dueños de las grandes compañías tecnológicas y su relación con lo que el autor llama “los políticos borgianos” del momento, esto es, los herederos del César Borgia que tanta enseñanzas le legara a Maquiavelo.

Para comprender el nuevo escenario, Da Empoli utiliza una particular comparación: la relación entre las élites que actualmente están siendo cuestionadas, aquellas del “Consenso de Davos”, y los Señores de la Tecnología, los Zuckerberg, los Musk, los Altman, los Bezos, etc., es la misma que se dio entre Moctezuma II y Hernán Cortes.

En aquel momento, el emperador azteca dudaba entre masacrar a los visitantes o tratarlos como dioses y eligió la peor salida posible: no hacer nada. Y esto último es lo que estaría haciendo el poder político actual frente a la prepotencia desregulatoria de los dueños de la IA y del futuro de la humanidad. La novedad, en todo caso, sería que, con el nuevo triunfo de Trump, los Señores de la Tecnología se han dado cuenta que ya no necesitan de esa vieja élite que, sea a través de la ONU, sea en Bruselas, sea en la Casa Blanca cuando gobiernan los demócratas, oscila entre implorarle a la IA que vaya más despacio o pergeñar nuevas regulaciones que, por definición, nacen obsoletas.

¿Qué necesitan, entonces, los dueños de los algoritmos? De los “borgianos”, los depredadores de la política que vienen a reemplazar a aquella élite.

“‘A los hombres hay que mimarlos o aplastarlos: se vengarán de las injurias ligeras; pero no podrán hacerlo cuando estas sean muy grandes; de lo que se colige que, cuando se trata de ofender a un hombre hay que hacerlo de tal manera que no se pueda temer su venganza’ (…) Maquiavelo hará de César Borgia el modelo para su príncipe; no el soberano ideal, sino la bestia de poder real, mitad zorro, mitad león, que sabe utilizar la astucia para adular a los hombres y la fuerza para someterlos”.

Trump, Milei, Bukele, el príncipe saudí serían así ejemplos de políticos borgianos, los cuales, no casualmente, gobiernan otorgándoles grandes beneficios a los Señores de la Tecnología.

A pesar de sus diferencias ideológicas, lo que tienen en común los borgianos es algo que está presente en Maquiavelo: la importancia de la acción. Pero no se trata de cualquier acción. La clave está en que se trate de una acción temeraria, aquella capaz de sorprender a propios y extraños. Es que actuar por necesidad es cosa de tecnócratas; el poder, en cambio, es exactamente lo contrario: es actuar cuando no es necesario hacerlo.

Esto nos lleva a la cuestión del caos y a un cambio que ha sido abrupto: si hace 10 años provenía de grupos marginales y rebeldes, hoy el caos es la marca de los más fuertes. Podría decirse, entonces, que antes se utilizaba como herramienta para desestabilizar al poder, mientras que, ahora, se utiliza desde el poder para desestabilizar al sistema.

En este punto, Da Empoli entiende que, lógicamente, los apuntados sean “los abogados”, los representantes del sistema de reglas, de pensar la democracia como un conjunto de procedimientos formales, esto es, todo aquello que los líderes populistas pretenden derribar. No es casual que el gran partido de los abogados sea el partido demócrata estadounidense y no se trata de una metáfora: Tim Walz, el compañero de lista de Kamala Harris, fue el primero en no haber estudiado Derecho entre los candidatos demócratas desde 1980. Pasaron 20 candidatos y 10 elecciones durante 40 años: todos eran abogados.

A propósito del partido demócrata, Da Empoli ilustra el fenómeno de la reacción trumpista a partir de una anécdota muy particular ocurrida en la Fundación Obama en Chicago, de la cual él fue testigo directo, en el año 2017. Mientras esperaban el menú confeccionado por chefs especializados en comida ecológica, Da Empoli compartió la mesa con “líderes del futuro” y una “facilitadora de conversación” para que la gente hable entre sí. En el caso de su mesa, la facilitadora se presentó inmediatamente como una mujer transgénero mestiza adoptada. La situación no mejoró cuando al otro día la agenda ofrecía una meditación opcional a las 7 AM, una entrevista con el príncipe Harry sobre la juventud como vector de la transformación social, un diálogo entre Michelle Obama y una poetisa de moda a propósito de sus fuentes de inspiración y un concierto de un rapero rebautizado como Community Event. Da Empoli concluye de ese episodio que cualquier ciudadano de a pie que hubiera participado del mismo hubiera salido de allí siendo un ferviente trumpista.

En este sentido, el autor considera que el wokismo ha hecho una gran contribución para el actual estado de cosas pues, “para compensar su falta de valentía frente a los retos decisivos, los abogados se lanzaron de inmediato a una batalla por los derechos cada vez más dura que los ha llevado a adoptar posiciones mucho más radicales que la mayoría de sus propios electores”. Esta radicalidad fue combustible para la radicalidad opuesta.

Para finalizar, y conectando de nuevo con Maquiavelo, una interesante analogía se da entre la acción temeraria propia de los borgianos, aquella que impulsa el caos, y la herramienta estrella de los Señores de la Tecnología, la IA, que Da Empoli llama “Inteligencia autoritaria”.

Según el autor, lo propio de la IA es también la ausencia de límite, el derribar toda regla, la reacción intempestiva e impredecible. De hecho, ni siquiera los propios ingenieros saben cómo se comportará la IA con el fin de alcanzar sus objetivos. En este sentido, es una tecnología borgiana hecha a medida de los nuevos liderazgos.

No casualmente, el libro termina narrando el caso de una pequeña ciudad residencial francesa la cual, de repente, empieza a ser invadida por autos que se desvían de la autopista gracias a una aplicación que les indica que, por allí, el trayecto será más rápido. Ni incluir semáforos ni llamar a Google ni entrevistarse por fin con los representantes de la compañía que no tenía empleados en el país permitió un regreso a la normalidad de los vecinos; ningún humano pudo modificar la prepotencia del algoritmo.

¿Queda lugar para el optimismo frente a este panorama? Pareciera que no. De hecho, hacia el final, Da Empoli recuerda el ejemplo de Las Veladas, uno de los libros del filósofo reaccionario Joseph De Maistre, quien, a propósito de la revolución francesa, establece un diálogo en el que se le dice a la condesa: “Durante mucho tiempo no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos; hemos creído que es un mero acontecimiento. Estábamos en un error: es una época”.

¿Hacia un peronismo populista y antiwoke? (editorial del 6.12.25 en No estoy solo)

 

“Se terminó lo woke. Es el turno de la rabia”, era el título de la nota que algunos días atrás publicara James Carville en The New York Times y que se viralizara casi de inmediato gracias a la controversia generada en el espacio progresista. https://www.nytimes.com/2025/11/24/opinion/democrats-platform-economic-rage.html

Carville es un octogenario asesor del partido demócrata estadounidense que alcanzó notoriedad tras ser el estratega que llevó al triunfo de Clinton en el 92, proceso que tan bien ha sido retratado en el documental The War Room.

No es la primera vez, por cierto, que Carville ataca al wokismo. Recuerdo, por ejemplo, una conversación que éste tuviera con Bari Weiss en The Free Press, a fines de 2023, https://www.thefp.com/p/james-carville-says-wokeness-is-over-209 cuando ya se empezaban a discutir los pro y los contra de una eventual nueva postulación de Biden.

En aquel reportaje, Carville afirmaba que “lo woke” se había “acabado”, lo cual era una sentencia que, en realidad, escondía una prescripción: lo woke no se había acabado, pero debía acabarse si es que los demócratas querían ganar la elección.

Allí Weiss le pregunta cómo fue que el partido demócrata pasó de ser el partido de la gente común y la clase trabajadora para transformarse en el espacio de los votantes educados, de élite y algo mayores. Carville reconoce el fenómeno y acepta que han perdido predicamento en el “interior”, en particular entre los votantes blancos, no solo por abandonar la agenda de los trabajadores sino por el desprecio expuesto hacia ellos, desprecio expresado desde un pedestal de presunta superioridad moral. Aun así, Carville reniega y se pregunta por qué el partido republicano no paga el precio de tener un 65% de terraplanistas en su partido mientras que el partido demócrata sí paga el precio por las posiciones de los liberales progresistas que apenas alcanzan un 10% dentro del espacio. Frente a ello, Weiss responde que quizás se deba a que ese 10% controla las editoriales, las producciones de Hollywood, las empresas mediáticas y todas las instituciones creadoras de sentido en Estados Unidos. Es decir, son pocos, pero claramente hegemónicos.

En este intercambio, Carville insiste en que el wokismo se había acabado y que estaba reducido a Fundaciones o a algunos radicales ruidosos, pero no mucho más, agregando que la gente ya había dado vuelta la página a todo ese palabrerío victimizante de apropiación cultural, quitarle fondos a la policía, reafirmar identidades como si de una competencia se tratara, etc.

En todo caso, aun si no se tratara de una prescripción y efectivamente estuviéramos frente a una retirada, al menos si lo comparamos con el momento de auge, lo cierto es que Trump y la derecha en distintas partes del mundo se sirvió del wokismo, o de lo que queda de él, para azuzar su batalla cultural. Era demasiado tentador y un blanco fácil, por cierto.

Así es que dos años después de aquella conversación, Carville vuelve a la carga decretando la nueva muerte del muerto, pero agregando ahora una ruta de acción novedosa: los demócratas debían adoptar una suerte de discurso populista económico. Basta de moderación, posibilismo y sistema de reglas. Juguemos con las armas que al enemigo tan buen resultado le han dado.

Para Carville, los últimos resultados en las elecciones locales en Estados Unidos, con Mamdani a la cabeza, muestran que Trump no ha podido mejorar la situación económica de la mayoría de estadounidenses y que eso siempre se transforma en ira contra el partido de gobierno. Y allí patea el tablero: dice que, a sus 81 años, a pesar de ser reconocido como alguien centrista, considera que hoy el partido demócrata debe promover la plataforma económica más populista desde la Gran Depresión. Es hora de pasar a la acción de manera agresiva y sin complejos, afirma; insuflar la furia, especialmente de esos sectores rurales que los demócratas han perdido. Y allí recoge una encuesta por la cual el 70% de los estadounidenses considera que el partido demócrata estaría desfasado respecto a sus propios votantes por el hecho de haber abrazado una agenda social identitaria antes que económica.

Carville, además, indica que el partido demócrata ya no puede ser el partido con un tufo a absolutismo moral y que debe avanzar con medidas simples y efectistas: subir el salario mínimo a 20 dólares la hora, matrícula universitaria pública gratuita, expandir los subsidios para disminuir los costes de los servicios y convertir el cuidado infantil universal en un bien público.

La razón por la que traigo a colación este análisis de Carville es porque parece estar describiendo el mismo proceso por el que aquí atravesó y atraviesa el peronismo/campo popular/progresismo.

En otras palabras, aun a riesgo de repetición, pues es una pregunta que regresa una y otra vez, el estrepitoso fracaso del posibilismo albertista trabado desde adentro por el internismo del oficialismo opositor kirchnerista, hace que las preguntas de Carville tengan sentido también en Argentina. ¿Y si en vez de acusar de fascistas a todo el que no repite el canon biempensante, el espacio opositor, eventualmente con una figura outsider, una némesis de Milei, avanzara con una agenda económica que patee el tablero? Ni siquiera estamos diciendo que sea lo mejor para la Argentina. De hecho, Carville no dice que sea lo mejor para Estados Unidos, pero quizás sea lo mejor como estrategia para ganar una elección.

Aclarando que no se trata de una propuesta de este escriba, a quien le preocupa ganar elecciones pero, sobre todo, cómo gobernar bien, esta salida populista y radical en lo económico sería una consecuencia lógica de un tiempo en que lo que garpa es el ataque a la burocracia y al statu quo, a lo cual hay que agregarle particularidades locales: en los últimos 10 años, el kirchnerismo, en la medida en que se radicalizaba ideológicamente, paradójicamente, (o no tanto), debía recurrir a figuras cada vez más moderadas, incluso a figuras antikirchneristas que protagonizaron y protagonizarían hechos bochornosos contra el kirchnerismo: Scioli, Alberto y Massa. Y no le fue para nada bien con esa estrategia.

Y mientras los progres hacen las políticas públicas e interpretan que “lo personal es político” significa que el Estado arregle con dinero los problemas personales de los progres, de lo que se trata es de romper las reglas y denunciar que eso es el sistema. Porque hay que repetirlo una vez más: hoy, al sistema, lo componen quienes dicen estar contra él.

Para finalizar, entonces, digamos que, dado que el progresismo que hegemoniza el espacio popular y al movimiento anteriormente conocido como peronismo, reacciona como un eco a las modas de las universidades americanas y a la estudiantina podemita, hoy experta en tabernas y cargos en Europa, no debería extrañar que, de repente, se acuerden que un peronismo que no le mejora económicamente la vida a las mayorías está condenado a ser el ganador moral que pierde todas las elecciones.

Con dirigentes locales desnortados, quizás, paradójicamente, la solución provenga de ese norte que impuso el wokismo y que, ahora, ante su fracaso, decreta, prescribe, (o necesita), acabar con él.