miércoles, 8 de septiembre de 2021

De la vida que queremos a la vida que podemos (editorial del 4/9/21 en No estoy solo)

 

Prejuicios en forma de porros fumados en barrios ricos y pobres, confesiones sobre el comportamiento sexual de los peronistas y polémicas en torno a la seguridad medidas en términos de más o menos diversión. Así se llega a los últimos días de campaña para confirmar la máxima de que sacará más votos quien menos hable.

Sin embargo, todos hablan y asombrosamente el eje parece estar puesto en Javier Milei quien seguramente no alcance los dos dígitos en CABA. Todos están obsesionados con él desde la indignación: la izquierda sale a disputar con él, el FDT sale a discutir con él, JxC oscila entre la crítica y el elogio interesado. Lo cierto es que la izquierda lo hace porque entiende que Milei le disputa el voto joven pero parece difícil imaginar que alguien puede estar indeciso entre la extrema izquierda y la extrema derecha. En el caso del FDT tampoco se entiende bien la obsesión que parece tener más de “indignacionismo bien intencionado” que de estrategia electoral salvo que desde el FDT entiendan que atacarlo es levantarlo para que le saque votos a Vidal. En JxC suponen que elogiándolo podrán sacarle algún voto… Veremos con los resultados en la mano pero lo cierto es que el 60% de los electores de la ciudad elegirá opciones de centro y centro derecha mientras todos los espacios políticos, excepto el de Milei, plantean estrategias electorales en el que quieren captar el voto joven tratándolos como idiotas babeantes cuyo único horizonte de sentido es grabar videos en Tik Tok, gozar sexualmente, escuchar trap y fumar marihuana. Curiosamente, reducir la juventud a esa descripción puede que hable más de los padres que de los hijos. A propósito, alguien escribió en Twitter: “hablan de la cama porque no pueden hablar de la heladera” y en esa lógica podríamos sumar un “hablan de Venezuela porque no pueden hablar de la Argentina que dejaron”, para llegar finalmente a un “hablan del otro porque no pueden hablar de sí mismos”.

Con todo, yendo puntualmente a la elección, aparentemente descontado un resultado abultado en favor del oficialismo o de la oposición, no parece haber razones para suponer que habrá un cambio drástico en la distribución de las bancas. De modo tal que el sentido de la elección está más puesto en la cuestión simbólica y en el posicionamiento de cara al 2023.

Si el gobierno gana por un voto la general (lo cual supone que gane la provincia de Buenos Aires), dirá que es un resultado prácticamente inédito a nivel mundial y que demuestra que la ciudadanía entendió que se va por el camino correcto. Podría decirse que es verdad que la pandemia arrasó con casi todos los oficialismos aunque no parece tan claro que un voto a favor del gobierno pueda leerse como un apoyo sin más al rumbo elegido. Habrá algunos que sí pero también habrá otros que no estén conformes y le den una segunda oportunidad pospandemia como también otros que voten al gobierno por el simple hecho de que lo que está enfrente es peor. A su vez se podría agregar que sería la primera vez desde el 2005 que el peronismo gana una elección de medio término en la provincia. Hacerlo después de una pandemia sería doble mérito. Sin embargo también es verdad que en todas esas elecciones perdidas el peronismo fue dividido.

Del lado de la oposición, incluso si perdiera, se dirá que el oficialismo obtuvo muchísimos menos votos en relación a 2019 y se mostrará al centro del país como la esperanza blanca ilustrada y racional que debe cargar con el trasto clientelar de las provincias del norte y el conurbano. Un clásico. Sin dudas, el gobierno va a sacar menos votos que en 2019 pero hacer esa cuenta es una zoncera que compara peras con manzanas. La comparación debe hacerse con las elecciones de medio término. Es una obviedad pero hay que repetirla.

Ahora bien, si la oposición gana por un voto o hace una muy buena elección cabeza a cabeza en la provincia el horizonte será otro: mientras el gobierno le echa la culpa a la pandemia y empiezan los cambios masivos en el gabinete de ministros que no funcionan, Rodríguez Larreta aparecerá como el gran ganador porque habrá funcionado bien su experimento provincial con Santilli. Entonces si Vidal, quien ha perdido ese ángel llamado “cobertura mediática” que la blindaba, no tiene una merma de votos demasiado fuerte en CABA (esto es, obtener menos de 40% en la general de noviembre, algo altamente improbable), costará arrebatarle a Rodríguez Larreta el cartel de “El candidato” opositor. Será el triunfo de las palomas y el retroceso final de los halcones que ya han retrocedido bastante para acompañar desde atrás. Santilli candidato a gobernador, Vidal candidata para la jefatura de gobierno en CABA y Rodríguez Larreta candidato a presidente. El resto se negocia con una UCR que puede estar algo más fortalecida y ya está: armadito el 2023.

Pero si hablamos de halcones, la esperanza está puesta en el fracaso de la estrategia de Larreta. Es que si Santilli perdiera holgadamente en provincia (digamos, por dos dígitos en la general) y Vidal ganara (algo que todos damos por hecho) pero con una salida muy fuerte de votos hacia López Murphy primero y luego hacia Milei, es de esperar que Macri y el ala dura de JxC saque provecho de esa debilidad para indicar que la “tibieza” del larretismo debe dar lugar al tiempo de los gurkas. En ese escenario el oficialismo se sentirá envalentonado y del otro lado tendremos la oposición más visceral e ideológica en el peor sentido del término.

Si salimos de la burbuja del país centralista, la elección más interesante parece la de Santa Fe. Hay encuestas que lo dan a Rossi por encima de la lista de Perotti. ¿Pueden imaginarlo? El exministro, que se jugó una patriada contra el presidente, la vice y el gobernador, ganando la interna en una lista que a su vez lleva como candidata a la vicegobernadora. Crisis en puerta. Si los medios no fueran tan porteñocéntricos tendríamos una cobertura más jugosa de la que vamos a tener.

Algo parecido se da en Tucumán donde la lista del gobernador compite contra la lista del vicegobernador. Otra crisis en puerta. La enumeración podría continuar porque cada distrito tiene su atmósfera pero en este resumen parece estar lo central.

Para finalizar, prestemos atención al ausentismo y al voto en blanco que puede ser importante aunque no se sabrá finalmente si el fenómeno obedece a la pandemia, a un hartazgo frente a las dos grandes coaliciones o a un poco de ambas cosas. Quedará para más adelante preguntarse si tienen sentido unas elecciones PASO cuya lógica tuvo las mejores intenciones al momento de impulsarse pero que, en la práctica, parece exponer al país a una enorme erogación de recursos y a una parálisis de casi seis meses a cambio de una competencia que, salvo excepciones, ya la han resuelto los líderes de los espacios o, en todo caso, podría resolverse, como se hacía antes, al interior de cada partido o coalición. Pero Argentina no puede perder seis meses cada dos años en un proceso eleccionario que es larguísimo y desgastante para todos: expóngase incluso al más politizado a quince días de propaganda partidaria en los medios y lo que saldrá de allí es la antipolítica más furiosa. 

Entre la decepción de muchos votantes oficialistas por un gobierno que no estuvo a la altura de los años kirchneristas, una oposición cuyo fracaso es demasiado fresco y las distintas alternativas que en general parecen ser cuentapropistas de la política, es difícil imaginar que se vote con una esperanza distinta a una bastante elemental y que, en parte, no depende de nadie: el fin del virus. Una vez desplazada la amenaza de la muerte, algo que por suerte ya se está viviendo, volverán los problemas de siempre. Ojalá la gente vote por la vida que queremos. Me temo, en cambio, que la gente, a duras penas, irá a votar por la vida que podemos. 

   

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