viernes, 17 de julio de 2015

La casa común en la patria grande (publicado el 16/7/15 en Veintitrés)

Hay dos maneras de acercarse al sentido de la gira de Francisco por Latinoamérica. Una primera, superficial y zonza, y una segunda, conceptual y política. Para la primera, la actividad de Francisco tiene una pretensión puramente evangélica y ecuménica sin intencionalidad política cuyos únicos aspectos distintivos habrían sido algunas frases demasiado generales (y manipulables) y el particular regalo del Presidente Evo Morales. Dado que esta perspectiva resulta lisa y llanamente una apuesta por la miopía y la desinfomación, puede ser más interesante indagar en el segundo tipo de aproximación antes mencionado pues allí aparecen algunos elementos que vienen orientando la política del líder máximo de la Iglesia Católica: el cuidado de la “casa común”, del planeta, y la necesidad de fortalecer la idea de “patria grande”.
En este sentido no resulta casual la visita a Ecuador y Bolivia, dos países estigmatizados en tanto presuntamente liderados por el fantasma “populista” pues, más allá de la fuerte impronta de la fe católica en la población, se trata de dos gobiernos que han levantado la bandera de la unidad sudamericana de San Martín y Bolívar y que han sido pioneros en llevar al terreno constitucional la necesidad de pensar a la naturaleza como sujeto de derecho.
En otras palabras, Francisco parece haber entendido que existen vasos comunicantes, no solo políticos sino también conceptuales, que permiten ligar los principios de la doctrina social de la Iglesia en aras del Bien Común con la reivindicación de la perspectiva ancestral que, tanto en Ecuador como en Bolivia, se denomina “Vivir Bien” y se resume en la idea de que “lo común” no atañe solo a los hombres sino también a la relación de éstos con la naturaleza.              
De hecho, la última encíclica papal, del 24/5/15, Laudato si, recoge la feroz crítica al capitalismo financiero y a la cultura del consumo que se había puesto de manifiesto en la encíclica anterior (Evangelii Gaudium), para advertir sobre el daño que la voracidad del sistema le realiza al planeta y a todos los que en él habitamos.
Más allá de que la argumentación sigue la línea clásica de la doctrina social de la Iglesia contra el relativismo y los valores “deshumanizantes” del hombre moderno y la revolución científica, lo particularmente novedoso es que Francisco entienda el daño al planeta como un problema social que afecta particularmente a los más desfavorecidos.
Asimismo, Francisco asume el discurso de la periferia cuando indica que hay una responsabilidad en el sistema global y una “deuda ecológica” del norte para con el sur, especialmente por la política colonialista de saqueo de recursos naturales que vienen llevando adelante las grandes potencias durante los últimos siglos. Y en este contexto arremete contra la base del sistema capitalista, la propiedad privada, amparándose en el principio del “destino universal de los bienes”, esto es, aquel fundamento que, por ejemplo, permitía justificar la función social de la propiedad en la Constitución peronista de 1949. De aquí que en el discurso que brindara para los movimientos sociales en Bolivia afirmara: El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando los pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola”.
Asimismo, Francisco se detiene en lo que considera son algunas interpretaciones erróneas de determinados pasajes de las Escrituras para indicar que de éstas jamás puede seguirse que la misión del Hombre sea dominar la naturaleza entendiendo por tal el someterla brutalmente a las necesidades de consumo del paradigma de la racionalidad moderna. No se debe caer, entonces, en la distinción clásica entre sujeto y objeto pues eso supondría una separación entre el Hombre y la naturaleza que no es aceptada ni por la interpretación papal ni por las perspectivas del Vivir Bien. Dicho esto, Francisco entiende que la salida estará en evitar los dos extremos del debate, esto es, ni la fantasía tecnocrática que, ante la evidencia del calentamiento global, afirma que es la propia tecnología la que será capaz de crear las condiciones para que miles de millones de seres humanos puedan tener comida, agua y un ambiente sano; ni el ecologismo romántico que, detrás de algunas ONG o algunas izquierdas funcionales, levantan el dedito acusador frente a determinadas políticas extractivistas llevadas adelante por países periféricos.          
En este sentido, se vuelve a hacer énfasis en el modelo económico y se llama a favorecer formas de producción alternativas y en pequeñas escalas, tal como expresamente aparecen tanto en la Constitución boliviana como en la ecuatoriana. Esto implica, claro está, una decisión política y acciones afirmativas de parte de los Estados que, para escándalo del liberalismo económico, eventualmente, pueden implicar limitaciones al libremercado: “Para que siga siendo posible dar empleo, es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Por ejemplo, hay una gran variedad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala que sigue alimentando a la mayor parte de la población mundial, utilizando una baja proporción del territorio y del agua, y produciendo menos residuos, sea en pequeñas parcelas agrícolas, huertas, caza y recolección silvestre o pesca artesanal. Las economías de escala, especialmente en el sector agrícola, terminan forzando a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales. (…) Las autoridades tienen el derecho y la responsabilidad de tomar medidas de claro y firme apoyo a los pequeños productores y a la variedad productiva. (…) Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero”.
Y si de capitalismo financiero hablamos, bien cabe mencionar algunos de los párrafos que Francisco dedicara a los medios de comunicación hegemónicos, esto es, las principales usinas de construcción de sentido común en favor de los intereses de megaempresas y capitales transnacionales. En Laudato si existen pasajes que se dirigen más bien al vértigo de la cultura de internet y las redes sociales pero, en el discurso brindado en Bolivia, la referencia es precisa: Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco»
Por otra parte, Francisco expone su completo acuerdo con uno de los principios que dominaron la última década en contraposición a la lógica noventista: la prioridad de la política sobre la economía. Lo dice así: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación”.

Para finalizar, por si a usted le ha quedado alguna duda todavía, le dejo el párrafo del discurso en Bolivia en el que el papa adopta una posición clara respecto del camino impulsado por los denominados, peyorativamente, “gobiernos populistas” de la región. Se trata de un camino en el que la defensa de la “Casa común” y la constitución de la “Patria grande” parecen ser necesidades complementarias: “Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena. En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia”.